¿Merece un aplauso?

Ocurrió el lunes por la tarde y sigo sin dar crédito. Representantes significados de las que llamamos, en un tópico que empieza a caducar, fuerzas del cambio en Navarra aplauden a rabiar al artista (será para gustos) Abel Azcona. Su hazaña consistía en haberle soltado cuatro frescas en Twitter al que fuera concejal delegado de Cultura del ayuntamiento de Iruña, Fermín Alonso, sobra decir que militante de UPN. La actuación del hábil conseguidor de espacio mediático merecía la que actualmente es la máxima calificación en materia de polémicas, principalmente en redes sociales: un zasca. Grande, inmenso, enorme, antológico… variaban las glosas de hombres y mujeres que uno tiene por progresistas y, en la mayor parte de los casos, personas muy razonables.

Y sí, muy bien, resulta que en la desigual esgrima dialécticoa, Azcona desenmascaraba, amén de una notable incoherencia en la actitud de UPN, prácticas de abierto favoritismo de los regionalistas… respecto a él mismo. El asunto podría haber quedado ahí, pero el as de la provocación necesitaba despedazar a su rival y para hacerlo no dudó en llevar la diatriba al barro. Atentos, si no la conocen ya, a la demasía que escupe el individuo: “Además tuve reunión y tu partido me ofreció plaza pública en cultura porque me estaba follando a uno de vuestros parlamentarios”.

En ese punto, la denuncia, que es gravísima, pasa a quinto plano. Nada de “tenía una relación”. Qué va, se lo follaba, al estilo de esos caspurientos machotes que cuando son de la diestra, nos merecen la repulsa más firme. En este caso, sigo sin entender por qué, el tipo ha salido a hombros.

Una hostia bien dada

Confieso que todavía temo que acabe descubriéndose que el vídeo viral del repartidor que le calza una yoya a un tontolachorra con cámara que le vacila sea un montaje. Lo sentiría en el alma. Sin rubor proclamo que hacía mucho que no me dejaba tan buen cuerpo un producto audiovisual. Qué inmenso gustirrinín, asistir a esa bofetada cósmica ejecutada de modo sublime, marcando cada uno de los tiempos, como Aduriz cuando está de dulce. Ti-ta-tá, y el giliyoutuber se lleva en su jeta de gañán la huella justiciera del sopapo. Por primaveras. Por botarate. Por cenutrio. Y sobre todo, por buscarlo.

Si no saben de lo que hablo, lo que imagino casi imposible en estos tiempos de imágenes que se multiplican como los panes y los peces de la Biblia, pregunten, porque seguramente alguien a su lado tendrá una de las mil versiones de vídeo. Sin duda, la mejor es la que tiene menos ornamentos. La provocación del panoli con el insulto que acabará en el diccionario de la RAE —Cara anchoa—, la incredulidad al primer bote del currela, el inútil intento de contenerse, el cabreo llegando al punto de ebullición, los balbuceos acojonados del graciosete y, como apoteosis, la galleta en la jeró.

Como motivo de gozo añadido, la media docena de santurrones de pitiminí que han venido a afearnos la conducta con no sé qué vainas de la legitimación de la violencia. Qué derroche de moralina de quinta y, sobre todo, qué tremendo insulto a quienes son objeto de la violencia auténtica, cascarse el bienqueda cóctel de tocino y velocidad. Basta un gota de sentido común para entender que se trata, sin más, de una hostia ganada a pulso.

Vídeos de tercera

Cuánto moralista, y yo qué viejo. Panda de hipócritas, en realidad, que disfrutan como gorrinos en el fango mientras riñen al personal con gesto de vinagre. Ya les presento yo a media docena que fuera de foco hablan, como cualquier mortal, del mango que gasta el de la parte delantera, de la concentración extrema del que está en retaguardia y, claro que sí, de la actuación de la tercera en concordia. Luego, cuando hay que dirigirse a la parroquia, se lían a hacer ascos, a preguntarse hasta dónde vamos llegar y qué va a ser esto y, cómo no, a sacar conclusiones irrefutables a partir de un puñado de datos y tres quintales de prejuicios.

Por si no lo habían pillado, que es posible porque me he puesto deliberadamente oscuro, les hablo del vídeo. Sí, de ese que es una vergüenza intolerable que haya trascendido, pero del que todo quisque está al cabo de la calle. En su cerrilidad, los y las apóstoles que claman sobre la ignominia delictiva de su difusión no se dan cuenta de que están contribuyendo a hacer lo que tan oprobioso les parece, es decir, a darle más bola al asunto. Pero claro, a ver quién se resiste a ganar el concurso del repudio más gordo, cuando se combinan elementos tan suculentos como el sexo que se sale del nada emocionante misionero y el fútbol, aunque sea con la intervención de un par de jornaleros del balón casi ignotos.

Seré lo peor de lo peor, pero, aparte del lucimiento de los escandalizados de carril, no veo motivo para tanta bronca. Por lo demás, estoy por afirmar que a la mayor parte de la gente que conozco y seguramente a casi toda la que desconozco no le pasaría nunca algo así.

Hijo mío, no tuitees

Descarriado rapaz, dos puntos. Por tu culpa estoy que si me pinchan no sangro. ¡Tuitero! ¡Nos has salido tuitero! No podías haber hecho como tu primo Bernardo, al que le dicen ahora Beñat, que se metió en la ETA, no. O como el pequeño de la Trini, que está en Basauri porque atracó una farmacia. Qué va, tú siempre más y peor: ¡tuitero! Ya le dije a tu padre que ese esmarfon de los demonios o como se llame nos traería la ruina a casa. Todos esos aparatos son la peste, que se lo oí el otro día a un doctor muy listo en el programa de Ana Rosa. Os sorben la sesera a los jóvenes igual que la mopa de la teletienda agarra el polvo y ya ni sois personas ni nada. Bueno, a los jóvenes y no tan jóvenes, porque según se ve en la calle, hay cuarentones y cincuentones que se pasan el día venga y dale a mandar mensajitos enalteciendo esto y lo otro, que eso es lo que hacéis, no me lo niegues.

Te pareceré, como siempre, una exagerada, pero tú, que has estado en mis entrañas y has mamado mi leche, deberías comprender mejor que nadie mi sinvivir. Ya no es por las vecinas, que se hacen lenguas las muy arpías y cuchichean cuando me ven pasar que ahí va la madre del tuitero, que menuda educación te dimos o que ya se veía venir. Lo que de verdad me reconcome es el miedo a que cualquier madrugada echen la puerta abajo y sea la guardia civil para llevarte preso. Es oír pasos en la escalera y ponerme en lo peor. Y aquí sí que no me vas a decir que me monto películas, porque estos días en el parte ya han contado varios casos de infelices como tú que han acabado delante de un juez por tuitear. ¿O me lo estoy inventado?

A la carroña

No se había enfriado aún el cadáver de la mujer más poderosa de León, y medio internet ya sabía por qué le habían descerrejado cuatro tiros a bocajarro. No eran teorías envueltas en condicionales sino pontificaciones incontrovertibles sin el menor resquicio para la duda. “Quienes defienden los escraches, tomen nota”, señaló el dedo acusador de una profesional de la siembra de bronca, allá al fondo a la derecha. En la misma latitud, otro latigador contumaz del ultramonte proclamó entre espumarajos que aunque había pensado abstenerse, el 25 de mayo depositaría su voto justiciero a favor del partido de la difunta.
El proceso sumarísimo instantáneo no se detuvo cuando las evidencias empezaron a apuntar clamorosamente al móvil más pedestre y humano del ajuste de cuentas personales pendientes ni ante la revelación de que la víctima y las presuntas victimarias compartían afiliación en el PP. Todavía habrían de llegar el bocazas que le cargó la muerta al Gran Wyoming, y entre otros muchos, el editorialista del exdiario de Pedrojota que dejó caer que el asesinato de Isabel Carrasco no era ajeno “a la creciente animadversión hacia los miembros de la clase política”. Hay que joderse.
La sangre mezclada con pólvora resulta irresistible para los carroñeros de todo signo y condición. De todo, sí, porque en la contraparte de la carcunda, que es tan repugnante como su paralelo, proliferaron los garrulos bailando zapateados por la desaparición de “otra puta facha” o, los más moderados, recitando el “algo habrá hecho” que tan familiar nos suena por estos lares. Hasta las mismísimas de los unos y los otros.

Nigeria, qué risa

Como se sabe, el secuestro de más de doscientas niñas en Nigeria es un asunto de mucha risa. ¿Que digo una barbaridad? Pues vayan y háganselo ver a la legión de guasones irreductibles que se lo están pasando cañón tuneando la foto en la que María Dolores de Cospedal aparece con el cartel de la campaña por la liberación de las jóvenes. Ha sido el penúltimo gran éxito de ese pastizal de ovejas que a veces —no siempre, ojo— son las redes sociales. Las adaptaciones bufas, muchas de innegable ingenio, han corrido como la pólvora hasta conseguir ese peculiar fenómeno que consiste en erigirse en noticia de más repercusión que los propios hechos de fondo, es decir, el cautiverio de las alumnas y la movilización para conseguir que vuelvan a sus hogares.

Lo curioso y a la par revelador es que llamar la atención sobre ello le convierte a uno en un avinagrado cortarrollos que no deja que el personal se descojone de lo que le venga en gana. Es la vigencia eterna del gag de Gila sobre aquellos gañanes: “Le quemamos la casa y se enfada; pues si no aguanta una broma, que se vaya del pueblo”. Puede que aquí el incendio haya sido metafórico e incluso quepa citar como atenuante que no había mala intención. Casi peor, porque eso denota que no se está dispuesto a detenerse un segundo a pensar acerca de la pertinencia o no de hacer gracias sobre determinadas cuestiones. Y sí, también sé que la excusa de carril es señalar que en este caso, como diría García Márquez, no hay que buscarle el pelo al huevo. Ocurre que se trata de un huevo melenudo, leñe. Hay mil motivos para hacer mofa y befa de Cospedal. Pero no este.

La enaltecedora

Titulares que mueven a algo a caballo entre la piedad y la carcajada: “Subí el emblema de ETA a Facebook sin darme cuenta”. Son palabras de una de las 21 personas detenidas en la jacarandosa Operación Araña que se marcó la Guardia Civil la semana pasada con el supuesto objetivo de limpiar el patio internáutico de contumaces enaltecedores del terrorismo. Nos los habían pintado como una suerte de escurridizos y malvadísimos hackers que colocaban sus perniciosas consignas entre sus miles de seguidores. Empecemos por esto último. Resulta que Begoña, la autora del entrecomillado de más arriba, apenas tiene cincuenta amigos en Facebook, en su mayoría, [Enlace roto.], familiares y conocidos de Galicia, tierra de la que emigró a Euskadi tras una ruptura sentimental. Salvo que se trate de ninjas o muyahidines, no da la impresión de que haya ahí masa crítica suficiente para iniciar un movimiento insurgente ni nada que se le parezca.

El resto de detalles que ella misma aporta tampoco la retratan precisamente como una temible ciberdelincuente. De 46 años, separada, madre de una hija que le da más de un disgusto, y con una discapacidad física reconocida del 72 por ciento, Begoña usa la famosa red social de Zuckerberg —solo esa; en Twitter ni se ha estrenado— para lo que tantos y tantos, o sea, para mantener un sucedáneo de contacto con el mundo. Comparte citas blanditas de postales de autoayuda, canciones de Rocío Jurado y fotos de su tierra de acogida, entre ellas, una ikurriña que contenía la serpiente y el hacha. Para la llamada benemérita pasa por una peligrosa enaltecedora.