Echevarriatik Etxeberriara

Me puse a ver Echevarriatik Etxeberriara cargado de recelos y prejuicios. Temía que, como he comprobado tantas veces, el tic justificatorio —o incluso el glorificador— se colara entre las buenas intenciones declaradas. “El documental trata de indagar en la importancia que ha tenido la violencia dentro del mundo de la izquierda abertzale [en Oiartzun]”, había leído en la escueta nota de presentación que hay en la web del trabajo que firma Ander Iriarte. Mi duda estaba en si las indagaciones buscaban concluir, en una línea ya muy explorada y puesta en práctica, que aunque matar, secuestrar y extorsionar no está del todo bien, hubo un momento en que hubo una buena causa para hacerlo. Un puñado de fotogramas me bastaron para comprobar que el asunto no iba por ahí.

Para los suspicaces a la inversa, me apresuro a aclarar que ni de lejos se intenta hacer la consabida caricatura de los descerebrados criados en territorio comanche y dispuestos a apiolar en nombre de Euskal Herria a quien se les cruce en el camino. Ni siquiera hay un afán de equidistancia o buenrollismo. Son, sin más y sin menos, una hilera de testimonios, todos de personas que pertenecen a la izquierda abertzale en su sentido más amplio, que cada espectador tiene la responsabilidad de interpretar. Lo complicado y a la vez estimulante es que no son relatos cuadriculados. Incluso quienes pueden representar determinado estereotipo sorprenden saliendo por donde no se esperaba.

A falta de espacio, reservo estas últimas líneas para animarles a localizar el documental —temo que no será fácil— y someterlo a su criterio. No les pesará.

La república que no fue

Será que se me está avinagrando —más aun— el carácter, pero este año he llevado muy mal las conmemoraciones de la segunda república a las que yo mismo me sumaba con gran entusiasmo no hace tanto. Por alguna extraña razón, que puede ser haber leído bastante sobre ese tiempo irrepetible, en lugar de soltar la lagrimita y dejarme arrastrar por la ola emotiva, he ido de berrinche en berrinche al comprobar lo poco que se parece el pastiche naif de algunos fastos seudonostálgicos a lo que pasó en realidad entre el 14 de abril de abril de 1931 y el último parte de guerra. Puedo entender vagamente los motivos de la idealización, pero me niego a aceptar la reescritura de los hechos como si se tratara de un cuento de hadas y brujas al gusto del infantilismo en que ha decidido instalarse esa cierta izquierda de la que no dejo de escribir últimamente. Está fatal la intolerancia a la frustración que provoca el presente, pero extender el vicio del autoengaño al pasado roza la patología.

Como anoté en otro aniversario, yo sigo reivindicando sin rubor la república imperfecta, una época en la que junto a los sentimientos más nobles proliferaron excesos, ingenuidades, atropellos, corrupción, caciquismo, fanatismos y, desde luego, políticos tan canallas o más que algunos de los actuales. ¿Tememos que por reconocerlo estemos justificando a los que se la llevaron por delante? Con ello solo estaríamos demostrando una conciencia culpable y, de propina, desdeñando la oportunidad de aprender de los errores. Y eso nos condena a la eterna añoranza de algo que no fue y que muy probablemente jamás volverá a ser.

Farsantes

El relato es mucho más importante que los propios hechos. Lo estamos viendo de nuevo en estas horas de desvergonzada e incesante orgía laudatoria a Adolfo Suárez. En la mejor biografía del personaje que se ha escrito, Gregorio Morán clava este peculiar fenómeno de la memoria deconstruida a lo Adriá: “Quizá nos hicimos mayores cuando descubrimos que era el pasado el que cambiaba siempre, y que el presente seguía en general inmutable”. Manda pelotas que, teniendo edad y meninges para acordarnos de cómo discurrieron los acontecimientos, estemos dispuestos a dar por buenas las versiones trampeadas del ayer que nos están colando.

A Suárez, hoy loado a todo loar, lo dejaron tirado como a un perro después de haberle hecho pasar las de Caín. ¿Quiénes? Eso tiene gracia: los mismos que ahora se dan golpes de pecho y lo elevan a los altares. Su martirio fue obra —literalmente— de todos del rey abajo. No por nada fue el Borbón, ayer gimiente, el que dio la orden de acoso y derribo sin reparar en gastos. Sencillamente, se les había ido de las manos y había que quitarlo de en medio antes de que les jodiese el invento.

Eso también se cuenta poco: no lo habían escogido por ser el más brillante sino el que, gracias a su ambición y a su ego, parecía el más manejable. Las otras dos alternativas, Fraga y Areilza, le daban mil vueltas en talento (también para hacer el mal) y no era cuestión de arriesgarse. No contaban con que aquel chisgarabís se metería tanto en su papel y acabaría creyendo que era el elegido para devolver las libertades. Cuando le vieron las intenciones, lo fumigaron. Hoy lo lloran. Farsantes.

La batalla del relato

Ojos como platos del Arzak: un alto cargo del Gobierno español habla en público de algo llamado “la batalla del relato”. Así, como si estuviera dando cuenta del cambio de color de los calcetines de la Guardia Civil. Y dice, poco más o menos, que una vez tumbada la doctrina Parot, ese va a ser su motivo para levantarse cada día de la cama. ¡Rediós! Apenas unos días después, allá por las antípodas ideológicas, un señalado —en muchos sentidos— dirigente político se lleva a la boca la misma expresión. No para ciscarse en ella, rechazarla de plano y afirmar que los suyos se niegan a entrar en reyertas barriobajeras que, por lo demás, son la manifestación de la disposición a hacer trampas. Al contrario, lo que hace es ver la apuesta y subirla. También él se apunta al pulso. A ver quién tiene más huevos para imponer una versión oficial, universal y canónica de lo que ha pasado aquí.

La cosa es que esta canción es viejísima y la hemos tarareado todos. Ahora que vamos despacio, tralará, vamos a contar mentiras. Mi escándalo viene por el desparpajo. Uno ya se imagina que se la quieren meter doblada y que a la que se descuide, le van a intentar pegar el cambiazo. Pero, caray, con disimulo y poniendo cara de yo no fui. ¿Por qué clase de subseres nos tomarán, que se dan el desahogo de anunciarnos con luz y taquígrafos que piensan bañarnos de trolas de aquí en adelante hasta que comulguemos a diario con su rueda de molino? Casi mejor no contestar. Supongo que en el fondo saben que, quitando un puñado de tocapelotas que se resisten a consumir potitos, así se los haya hecho su madre, el resto de la misión es coser y cantar. Con que la parroquia propia compre la novela, la edición está amortizada.

Si me da pena, es por las almas de cántaro que, movidas por tan nobles como ingenuas intenciones, hacen proselitismo del beatífico relato compartido en armonía y salud. Me da que no se van a comer un colín.