Silencio sobre Judimendi

El novísimo tiempo es el viejo con una docena de parches y, por desgracia, cada vez más modorra para la denuncia. Para según qué denuncias, quiero decir, que llevo horas esperando la aparición de los campeones mundiales de la proclama justiciera a ver si dicen algo mínimamente crítico sobre la nauseabunda glosa como héroe del asesino de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez. Totalmente en vano, oigan. Ni un cuartillo de tuit respecto a la enésima vuelta de la burra al trigo, en este caso, en el barrio gasteiztarra de Judimendi. Silencio sepulcral incluso de los que no hace demasiadas vueltas de calendario sí parecían tener claro el discurso ético y no dudaban en señalar las conductas intolerables.

Anoto aquí y ahora que les echo muchísimo de menos y que no comprendo por qué ya solo escogen para sus chapoteos los charcos que apenas cubren. Porque es justo y necesario levantar la voz contra la arbitrariedad sin matices del Caso Altsasu, nadie lo niega. Y hay que estar, claro que sí, en primera línea de protesta por las mil y una tropelías cometidas sobre los políticos soberanistas catalanes, por la medalla pensionada que no le retiran al torturador Billy el Niño, por la cárcel a la carta del cuñado de Felipe VI o por los incontables atropellos que nos salen al encuentro cada día. Pero aquí también hay que retratarse, aun a riesgo de perder las palmaditas en la espalda de aluvión o, como ya está acostumbrado a experimentarlo en sus propias carnes este humilde escribidor, de convertirse en pimpampum de los que tienen la absoluta convicción de que matar estuvo bien o, como poco, estuvo perfectamente justificado.

Abusos en la Iglesia vasca

De nuevo, la Iglesia aparece como piedra de escándalo. Esta vez, la vasca, por si alguien, en su autocomplacencia o ceguera voluntaria, pensaba que las sacristías del terruño estaban libres de polvo y paja. Cuánta respiración contenida, por cierto, ante la trayectoria conocida del señalado como autor —confeso, no se pase por alto— de por lo menos tres casos de abusos a menores. ¿Quién iba a pensar que Juan Kruz Mendizabal, Kakux, tan cercano, tan afable, tan campechano, tan… bueno, ya saben, iba a ser un depredador sexual?

Junto a esa pregunta, otras más incómodas: ¿Por qué ha pasado tanto tiempo desde que ocurrieron los hechos hasta su conocimiento? ¿No había indicios o sospechas? ¿Quién o quiénes miraron hacia otro lado? ¿Qué les impulsó a ello? ¿Cómo se explica que fuera subiendo en el escalafón? ¿A qué se debe que hasta la fecha no haya actuado, que sepamos, la justicia ordinaria? ¿De qué nos sirven las palabras compungidas del Obispo Munilla? ¿Qué es eso de intentar convencernos, a estas alturas, de que en el pecado está la penitencia? Y sobre todo, ¿tenemos la certeza de que es el único caso? ¿Hay alguna garantía de que no va a volver a ocurrir?

Déjenme que en el último párrafo me mire el ombligo. Se nos reclama, con razón, a los medios de comunicación que informemos sin tapujos ni miedo sobre la cuestión. No dejemos de hacerlo. Pero, por favor, no permitamos que nos guíe el morbo chabacano. Es digno del mejor periodismo localizar a las víctimas y darles la voz que les han robado durante años. Sin embargo, están de más esos titulares sensacionalistas llenos de sórdidos y explícitos detalles.

Pablo decreta el silencio

Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Seguro que no sospechaba el Borbón mayor que sus balbuceos a modo de disculpa crearían escuela y serían imitados incluso por los revoltosuelos morados. Pues ahí tienen al rey Sol, Luna y Estrellas de Podemos marcándose un Juan Carlos. Ocho minutazos de vídeo para pedir perdón. Con soniquete de rap suave, carita compungida ma non troppo y un derroche de lirismo incompatible con la sinceridad del mensaje. Cuando cuidas más la forma que el fondo en algo tan primario, malo. Pero a quién va a sorprender a estas alturas el individuo, un narciso tóxico de manual de esos que expresan su amor a bofetadas.

Claro que aquí hay que aplicar otro clásico: la primera vez que me engañas es tu culpa, la segunda, la tercera, la cuarta y la vigesimonovena es mía. Allá quién se trague la enésima contrición seguida de un propósito de enmienda que nunca llega. Eso, si nos fijamos solo en los pucheritos rogando la absolución. La lectura verdaderamente política está en el resto de la plática, cuando decreta que lo que hasta ayer era sano debate en abierto es en lo sucesivo un cáncer liquidacionista. Y con un par, Kim Jong-Iglesias Turrión impone la ley del silencio a su mesnada. “Esto no va de callarse, va de contenerse”, sentencia con el morro rozando el asfalto. A la transparencia, al streaming, al rico intercambio de opiniones, a la sana confrontación de pareceres, que les vayan dando. Lo dice él, punto en boca.

Desde mi butaca de patio, aguardo entre divertido y curioso el nuevo capítulo del psicodrama. Dos plateas más arriba, Rajoy se orina encima de la risa.

Santa Rita mártir

Repetiré una vez más mi máxima: la muerte no nos convierte en buenas personas. Así que no verán que me brote ni media lágrima por Rita Barberá. De igual modo, se lo puedo asegurar, ninguna sonrisa. ¿Y guardar un minuto de silencio por ella? No sería especialmente sentido, pero tampoco me tendría por reo de hipocresía por hacerlo. Lo cortés no quita lo valiente y viceversa. Otra cosa es que me diera por aprovechar el viaje fúnebre para vender mi moto o espolvorear mis demagogias a sabiendas, esa es otra, de que al olor de los crisantemos no es difícil tocar la fibra de cierto público y hacer caja. Que si los bolsos de Louis Vuitton frente a la pobreza energética, bla, bla, bla, requeteblá.

Pasado el estupor por el inesperado óbito de la doña (bueno, ya hay quien dice que estaba cantado), lo primero que me asalta es una reflexión baratuja sobre la insoportable levedad del ser. Tanto para tan poco. Quién le iba a decir a la en tiempo remoto reina de la belleza y hasta anteayer sultana del Mediterráneo que palmaría de un vulgar patatazo hecha un adefesio físico y, lo más doloroso, repudiada en sus últimos días entre los vivos por los que le fueron más próximos. Y ahí viene la segunda parte de la cavilación: cómo en cuanto ha adquirido la condición de cadáver, toda esa fulanada que le había puesto popa regresa al elogio desmedido, baboso… y falaz.

Esa es la tristísima moraleja. Por mucho que esa caterva de fieles de ida y vuelta se empeñe en el blanqueo de la (oportunamente) finada a base de excesivas adulaciones postmortem, no colará. Rita Barberá quedará en la Historia exactamente como lo que ha sido.

Yoyes, 30 años

“Yoyes, ejecutada por traidora”, berreaba una pared de ladrillo de mi barrio. Debajo, el mismo spray siniestro había dejado la apostilla: “ETA, herria zurekin”. Durante años estuvo ahí. Nadie movió un dedo para taparla. Ni desde las instituciones ni desde la presunta sociedad civil. Y no es que nos pareciera bien. En realidad, ni nos lo plateábamos. Simplemente estaba ahí, qué le íbamos a hacer. Formaba parte del paisaje, como otras tantas y tantas pintadas que mirábamos sin ver o veíamos sin mirar, quién sabe.

¿Qué nos iba o nos dejaba de ir en ello? Bastante teníamos con lo nuestro. La vida en aquellos ochenta cabrones —hoy tan dulcificados por la nostalgia de ajonjolí— era muy dura en general. Podían haber echado del curro a tu padre en esta o en aquella reconversión. Era fácil que tu hermano fuera un yonki, que tu mejor amigo hubiera muerto de una sobredosis o que al vecino del cuarto le hubieran inflado a hostias unos fulanos con o sin uniforme. Mucha policía, poca diversión, ponme otro kalimotxo.

30 años después del asesinato que dio lugar a lo que cuento, leo en un excepcional reportaje de Kike Santarén que los amigos de Yoyes hablan de su victoria póstuma. Lo cierto es que quisiera sumarme al voluntarismo y proclamar también el triunfo, pero soy incapaz. Al contrario, la suya fue una derrota humillante, un nauseabundo escarmiento. Lo prueba que el tipo que le descerrajó los dos tiros que la mataron, aparte de decir las cosas que a ella le llevaron a ser sentenciada, sea agasajado hoy como héroe en un amplísimo círculo que alcanza a los que ejercen, con un par, de apóstoles de la memoria.

¿Arde Gasteiz? ¿Arde Iruña?

Seguimos siendo un multicine de reestrenos. Cada equis, en las pantallas amigas y menos amigas se proyectan los viejos clásicos. El otro día, por ejemplo, volvieron a poner en sesión simultánea ¿Arde Gasteiz? y ¿Arde Iruña?, dos rancios títulos que, según parece, jamás pasarán de moda. Aunque lo conocen sobradamente, les resumo el argumento de ambas cintas: con el pretexto de defender una buena causa, una panda de niñatos se pega un festín de cargarse lo que se ponga por delante y se monta un rollete épico para intercambiarse hostias con unos uniformados que tampoco le hacen ascos a moler alguna costilla. Y luego, ya saben, las tramas añadidas. Por un lado, la prensa cavernaria poniéndose pilonga porque puede volver a soltar el cronicón de la nunca extinta guerra del norte. Por otro, y esto es lo que da para llorar un río porque se supone que sí debería haber cambiado, las justificaciones, cuando no aplausos, de la gesta perpetrada por lo que hoy ya no se atreven a llamar la juventud alegre y combativa.

¿Cómo dicen? ¿Que ha habido desmarques? Sí, ya sé, y ustedes también saben. Si quieren nos engañamos en el solitario y nos chupeteamos el dedo como si fuera un polo de fresa. Esos textos de mecachis y jolín, evacuados casi al despiste y en contradicción con los tuits apologéticos de señalados incombustibles de la cosa radicaloide, lo que vienen a decir es que aunque esté una gotita feo romper cuatro fruslerías de nada, había un buen motivo para hacerlo, y que en todo caso, la culpa es de los que vinieron con las porras. Pues nada, ovación para los que defienden lo público destrozando lo público.

«Lo demás, merde»

No se sientan raros si a bote pronto no saben a qué diablos alude el encabezado de estas líneas. La clave está en una noticia que, por lo menos a la hora en que tecleo, ha sido convenientemente envuelta en sordina por dos razones. La primera —y supongo que accesoria—, porque se trata de una exclusiva de un medio concreto, eldiario.es, y este oficio mío es muy rácano a la hora de reconocer el mérito de una cabecera ajena. La segunda y definitiva causa del (bochornoso) silencio es que se trata de una información que retrata con precisión meridiana a los titulares de la Corona española. Ahí la prensa cortesana, que es tan abundante como en los tiempos del Borbón mayor, silba a la vía y habla del tiempo. O de las movidas internas de Podemos, que para el caso, pata.

Ocurre que la autora de esas palabras que les ponía como cebo es la antigua presentadora de telediario y hoy reina cañí, Letizia Ortiz Rocasolano. Antes de sorprenderles con el mensaje completo, les cuento que el destinatario es Javier López Madrid, un prenda que además de ser yerno del ministro franquista y constructor de postín, Juan Miguel Villar Mir, está implicado en varios marrones, entre ellos, el de las tarjetas black de Bankia. Fue precisamente tras descubrirse ese nauseabundo pastel, cuando la individua se dirigió a su amigo en estos términos: “Te escribí cuando salió el artículo de lo de las tarjetas en la mierda de LOC y ya sabes lo que pienso Javier. Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde. Un beso compi yogui (miss you!!!)”. Las conclusiones se las dejo a ustedes.