Pactando con el diablo

Tremendo cabreo al fondo a la derecha por el acuerdo sobre el Cupo. Los guardianes de las esencias hispanas braman las maldiciones del repertorio habitual por la nueva traición del melifluo inquilino de Moncloa. Le acusan de haberse vuelto a bajar los pantalones ante el insaciable sablista vascón. En su doliente versión, se trata de la enésima concesión a los egoístas e ingratos nacionalistas periféricos que viven como Dios a costa del sacrificio de los laboriosos naturales del país que dicen querer abandonar. Como corolario, sentencian con la carótida a punto de explotar que la venta de la primogenitura por cinco votos era innecesaria, pues unos presupuestos prorrogados no supondrían, en la práctica, un gran roto.

No les voy a engañar. Me resulta enternecedor y hasta divertido el rasgado ritual de vestiduras. Máxime, tras comprobar que al escocido coro de la reacción patriotera se le ha unido la crema y la nata del progritud local, foránea y entreverada. Dando la razón al castizo autor del astracán titulado Los extremeños se tocan, la izquierda fetén también habla de traiciones. En este caso, al pueblo, la ciudadanía o la mayoría social (escójase la terminología al gusto del consumidor), aprovechando que, como se sabe, todas las mañanas y algunas tardes despacha uno a uno con cada integrante del censo.

1.400 millones de euros de vuelta a las arcas vascas, otra rebaja de 256 en la liquidación de este año y cifras similares en los próximos ejercicios. Eso, de saque, y a sumar al resto de lo económico y no digamos a lo extraeconómico que se ha rascado. Pues no sale tan mal pactar con diablo, ¿o sí?

Judas Hernando

De todos los personajes y personajillos de la tragicomedia del PSOE, pocos resultan tan patéticos y a la vez miserables como el Judas de las gafas de montura azul. Hasta ahora, para distinguirlo del otro pájaro con acta de diputado con que comparte apellido —el repelente Rafa del PP—, se le nombraba como el Hernando regular en oposición al Hernando malo. Tras sus últimas fechorías acreditadas, la cosa no está nada clara. Procede foto finish en la línea de meta de la ruindad. Suerte tuvo, en el tenso cruce con Pedro Sánchez en la bancada socialista, de que el objeto de su traición se conformara con darle una mano de mantequilla y mirarlo con desprecio. Alguien menos templado que el descabalgado secretario general le habría calzado una hostia. Y seguro que el otro, cobarde de cuna y formación, se la habría quedado sin rechistar.

Qué bochornoso papelón, el de Antonio Hernando Vera, arlequín al servicio de quien sea que tenga el poder. Portavoz a grito pelado y con cara de cistitis del ¡No es No! cuando mandaba el de las camisas blancas inmaculadas, vocero de la abstención responsable y testicular en el interregno de la gestora susánida. Siempre, en todo caso, sumiso, ovejuno y lamelibranquio, como corresponde a esa clase de individuos, desgraciadamente extensa, que no tienen más fin en la vida que salvar el culo propio al tiempo que trepan por el organigrama clavando el piolet sobre las cabezas de sus congéneres. Lo que no calculan muchos de ellos, y algo me dice que será el caso del perillán que nos ocupa, es que en cuanto dejan de ser útiles a sus barandas, son expedidos a la nada sin compasión.

Rajoy, traidor

Va de vídeos. Si ayer les animaba a fisgar los del PP que tan bien reflejan las enseñanzas del Manual del perfecto canalla, hoy les recomiendo que hagan lo propio —o quizá, lo impropio— con las más recientes producciones fílmicas de la AVT. Son cinco piezas reiterativas como el repertorio de Melendi, así que, igual que en el caso anterior, les recomiendo que reduzcan la ingesta a una. Más que suficiente, porque todos los engendros visuales atienden al mismo esquema machacón: unas palabras de Rajoy (o de Fernández Díaz) manifestando su firmeza contra ETA tienen el contrapunto de un salpicado de imágenes de Uribeetxeberria Bolinaga, recibimientos a presos o titulares de prensa sobre salidas de la cárcel. Como remate, se estampa un sello con la palabra “Traición” en caracteres XXL y se anima a acudir a la manifestación de mañana en la madrileña plaza de Colón —dónde si no—, bajo el lema, justamente, “No más traiciones”.

Manda un congo de narices que lo que los detentadores del monopolio del dolor califican como inmensa felonía sea la aplicación de una legalidad que, ya de origen, se hizo (o se manipuló) a la medida de su afán de notoriedad y su sed de venganza. Como esa sed es insaciable, su queja es literalmente de vicio y jamás podrá ser satisfecha por el atribulado Gobierno español.

Esa es la parte que sería cómica si el fondo no fuera trágico. Mariano y su comanda no reparan en operativos policiales pirotécnicos, presiones a los jueces, toquiteos de leyes y atropellos sin cuento con el único objeto de calmar a la talibanada pseudovictimil. Y todo lo que consiguen es que les llamen traidores.

Lo que piensa Madina

Pagaría real y medio por los pensamientos de Eduardo Madina. No por las palabras que le toca pronunciar como buen perdedor y mejor sabedor de que la vida da muchas vueltas y no conviene ponerse a mal con los nuevos amos. Esas declaraciones, previsibles y necesariamente medidas, me interesan lo justo. Yo lo que quiero conocer es lo que de verdad le bulle por dentro tras la inmensa humillación pública a que ha sido sometido por tantos y tantos de los que le pasaban la mano por el lomo. ¿Quién necesita enemigos con esos amigos que le meten a uno en canción para, acto seguido, desviar sus afectos a un parvenú con caídita de ojos del que hace mes y medio nadie tenía noticia? De gran esperanza blanca a derrotado sin paliativos por un clon madrileño del muñeco Ken. Y sin aparato al que culpar, porque la hostia monumental ha sido construida voto a voto por la militancia soberana.

Soberana, y según en qué agrupaciones, casi sádica. Si el vapuleo en Andalucía ha sido para nota, la morrocotuda paliza en Gipuzkoa da para una tesina, no se sabe si de Ciencias Políticas o de Psicología Básica. Quizá de ambas disciplinas; no es fácil precisar si esos números atienden a alguna rebuscada clave interna, a la pura y simple antipatía personal que solo se manifestaba sotto voce, o a la tormenta perfecta provocada por la mezcla de lo uno y lo otro.

Anoto, con todo, que la cura de humildad no ha sido solo para el directamente implicado. También los pronosticadores acelerados tenemos algo que aprender de esta reedición de la fábula de la liebre y la tortuga. En política no siempre ocurre lo que parece más probable.

La ‘traición’ de Imanol

Diez años de la muerte de Imanol. Qué gran momento podría haber sido para que tantos y tantos de los que van todo el rato con la memoria en astillero demostraran que lo suyo no es de boquilla. Pero ni modo, claro. A ver quién es el guapo que sale a cantar la gallina sobre la otra noche de piedra que sobrevino a la que sí se puede recordar sin riesgo de ser excomulgado. Ahí sí se aplica, ¿verdad?, lo que en la contraparte nos resulta inaceptable: que si no hay que reabrir viejas heridas, que si hay que mirar al futuro, que si no hay que olvidar el contexto… Y esos son los enunciados medianamente presentables. En el fuero interno de muchos de estos conmemoradores selectivos anida la conciencia culpable de su vergonzante cobardía, cuando no de su miserable participación activa en el linchamiento. A ver si esos que andan inventariando las castas llegan algún día a nuestro parnasillo local, atestado de canallas con apariencia entrañable y docenas de armarios repletos de cadávares.

Aún hoy habrá, apuéstense algo, quien me espete que le estoy bailando el agua a un traidor. Las fatwas, ya se sabe, sobreviven al que ha sido objeto de ellas a modo de aviso a futuros desviados de la ortodoxia y autojusticación de los malnacidos que las emiten. Lo gracioso, o sea, lo siniestro de este caso es que la traición fundacional de Imanol consistió en denunciar el asesinato de Yoyes por haber dado el paso que al correr de los años —mucho años— daría, bajo el palio de los héroes esta vez, uno de los que la apiolaron.

Dedico estas líneas al puñado de valientes que no lo abandonaron aquí en Donostia ni allá en Tombuctú.