De Delgado a Cospedal

Era cuestión de tiempo que la cenagosa e interminable fonoteca del madero podrido Villarejo regurgitase una grabación que mostrase en porretas a algún ser humano con ojos del Partido Popular. Le ha tocado —también es verdad que tenía muchos boletos, ¿verdad, Soraya SdeS?— a la hasta anteayer soberbia mandamucho María Dolores de Cospedal. Conforme a la coreografía habitual, un presunto diario digital ha ido suministrando las piadas de la doña y su maromo, el tal Del Hierro, en progresión geométrica. Primero la puntita, luego una dosis cumplidita y después, el tracatrá final. O bueno, semifinal, porque tiene pinta de que quedan más jugosas entregas.

Más allá de la gravedad de lo revelado por las cintas marrones, que apenas es medio diapasón sobre lo que ya imaginábamos, el episodio nos sitúa ante el espejo de la política española. Primero, porque queda tan claro como ya sospechábamos que las cloacas del estado eran frecuentadas indistintamente y con igual desparpajo por tipas y tipos de las dos siglas que han conformado el asfixiante bipartidismo aún sin extinguir del todo. Segundo, y diría que especialmente relevante, porque las reacciones de los partidos de las pilladas en renuncio prueban la asquerosa hipocresía que impulsa sus actuaciones.

Cuando la cazada fue la ministra de Justicia del gobierno de Pedro Sánchez, el PP saltó a la yugular y el PSOE clamaba que era una infamia seguir el juego a chantajistas sin escrúpulos. Ahora los papeles están exactamente invertidos. Desde estas modestas líneas reclamo idéntica vara para ambas Dolores, Delgado y Cospedal. Y por supuesto, lo mismo para el Borbón viejo.

Sobre las cloacas

Ciento y pocos días después de su sorpresiva elevación a los cielos monclovitas, el sanchismo, atizado por todos los costados, como corresponde a cualquier gobierno que se precie, opta por la defensa de carril, declararse víctima de una conjura masónica. O de las cloacas, que es el término consensuado en el argumentario de los nuevos mandarines para nombrar al malvado monstruo informe que se está hinchando a soltar soplamocos a los pardillos llamados para la gloria de convertir la sombría Hispania rajoyana en la luminosa Pedronia, tierra libre de conflictos, penas y penillas.

Al primer bote, cabría recordar a lo Reverte que al poder se llega cagado, meado y llorado. Enfadarse y no respirar no es (o sea, no debería ser) una opción. Tampoco está de más recordar que el flanco en el que están recibiendo las hostias, el de la moralidad de los gestores de lo público, es exactamente el que utilizaron como bandera para despoltronar al anterior y encaramarse al timón. ¿Cómo es que ahora son bagatelas los que anteayer eran motivos de dimisión y/o cese fulminantes?

Claro que lo que menos cuela es hacerse de nuevas y llevarse las manos a la cabeza con las tales cloacas. Si personalizamos, como procede, la rata en jefe del sumidero del que hablamos se llama José Manuel Villarejo Pérez, y realizó buena parte de sus servicios más hediondos por encargo de conmilitones muy significados del actual presidente del Gobierno español. Si, como acabamos de escuchar con tristeza, una fiscal tenida por independiente (hoy ministra) le reía las gracias machistas y comentaba con él en tono jocoso ciertos delitos graves, era por algo.

¿Se queda Delgado?

De momento, Sánchez aguanta a su ministra de Justicia. Lo escribo con cierta prevención, después de haber tenido que comerme hace tres semanas una columna que empezaba de un modo muy parecido, solo que la que estaba entonces haciendo equilibrios en el alambre era la titular de Sanidad. Ni tres horas después de recibir el apoyo a machamartillo de su reclutador, Carmen Montón se hizo el harakiri porque al cúmulo de renuncios en que había sido cazada, se sumó el vergonzoso descubrimiento de haber copiado de la Wikipedia su trabajo de fin de máster chungo.

Si comparamos situaciones, se diría que la de Dolores Delgado es más peliaguada. Lo que se le atribuye, desde luego, se antoja de una gravedad mayor. Esta vez no es un título obtenido en un Phoskitos ni la evidencia de un fusilamiento intelectual. De entrada, son unas palabras muy gruesas, de esas que no se le perdonarían a nadie de la acera ideológica de enfrente. Un motivo de tarjeta roja de libro, según el catecismo actual, empeorado por el compadreo con el siniestro comisario Villarejo que queda patente en la grabación de marras. Y todo, después de haber mentido contumazmente al asegurar que apenas conocía al fulano o que los contactos con él se habían reducido a imponderables de carácter profesional.

Esos jijí-jajás que hemos escuchado todos, incluso concediendo alguna manipulación por parte del malvado polizonte, no dejan lugar a las dudas. Delgado debe dimitir o ser destituida. Por haber llamado maricón a Marlaska, por las gracietas sobre fiscales y magistrados con menores, por sus amistades peligrosas y por haber faltado reiteradamente a la verdad.

Historias corinnáceas

Siempre he sostenido, y lo haré una vez más, que el verdadero fin de una monarquía a estas alturas del calendario es entretener al populacho. En ese sentido, los súbditos forzados de los Borbones no tenemos motivo de queja, y menos, desde que el circo capeto ofrece sus funciones simultáneamente en dos pistas, cada una con su payaso principal, a saber, el joven y el viejo. Aunque el primero apunta maneras, al que de verdad hay que estarle agradecido por el espectáculo es al veterano. Teóricamente retirado, el paquidermicida sigue dándolo todo para que a la plebe no nos falte solaz. Incluso, por persona interpuesta (o sea, testaferro, ejem) como está siendo el último caso, que encierra una jartá de guasa.

Para empezar, y al margen de las cuestiones de portería sobre queridas y tal, no me digan que no tiene su puntito que lo que puede acabar en hostia a la regia institución provenga de un medio de la extrema derecha (el tal OKdiario de Inda), que antes ha recogido la mercancía en lo más profundo de las cloacas del estado, léase comisario Villarejo, y me llevo una.

De esta historia corinnácea me quedo sin dudar con una de las frases de la mengana (sí, mejor así) en las grabaciones de matute: “Juan Carlos no distingue entre lo que es legal y lo que es ilegal”. La frase vale para 2018, para el día de su entronización como sucesor del caudillo a titulo de rey y para su largo y ancho reinado alfombrado de succionadores sin cuento. Claro que a su emérita majestad ahí se las pueden ir dando todas, que por algo abdicó, jodiéndole un congo, en su vástago varón. Ese, Felipe VI, es el que tiene motivos para apretar el culo.

Faltaba Vera

¡Miren quién ha tenido que aparecer en uno de los meandros menores de las vísperas del día de la disolución —definitiva, nos dicen, como si ya la palabra no lo indicara— de ETA! Con un ego como el que gasta Rafael Vera y Fernández-Huidobro, le ha faltado tiempo para reservarse su papelín en el festejo. Y ahí que salió de su catacumba y se fue a largar por esa boquita en el programa de Jordi Évole, ante quien cabe descubrirse, no sin dejar de preguntarse qué les dará a los más sinvergüenzas del barrio hispanistaní, que hacen cola para confesarse ante él.

Como hacía tiempo que no me lo echaba a los ojos, mi primera reacción, incluso antes que la náusea, fue tararear mentalmente una de Sabina: vaya ruina de Don Juan. No resultaba fácil reconocer al pimpollo con planta de actor clásico de sus buenos tiempos, aquellos en los que se dedicó al innoble oficio de la política de cloaca a las órdenes de ustedes ya saben quién. Mantiene, eso sí, la arrogancia, la soberbia, la prepotencia y, en definitiva, la absoluta falta de moral de siempre. Con un añadido digno de mención: después de su corto y plácido paso por la trena, se puede permitir un desparpajo aun mayor.

En su cínico y repugnante relato, el GAL no fue ni justo ni injusto, solo necesario. Y hasta los secuestros y asesinatos de personas que nada tenían que ver con el presunto objetivo resultaron de provecho para la causa. Nada de lo que arrepentirse. Lo contrario: solo motivos para elevar el mentón, sacar pecho y vanagloriarse. Al final, nada se parece tanto a un criminal como otro criminal, independiente de en nombre de qué diga que mata cada uno.

Nada nuevo

Pierdo la cuenta de las veces que cito en estas líneas al capitán Renault. Va una más. De nuevo anda el personal imita que te imita al gendarme de Casablanca impostando —ahora se dice postureando— escándalo porque ha descubierto que se juega… ¡en el mismo garito donde él se echa sus timbas! Menos lobos. Efectivamente, lo de Fernández y el baranda del chiringo catalán contra el fraude es de una gravedad extrema. De cárcel, como escribía ayer. Sin embargo, la única novedad respecto a las otras tropecientas mil ocasiones en que ha ocurrido algo similar es que alguien grabó el trile y lo ha difundido.

Esa es otra, y no menor: si lo piensan, ni siquiera podemos celebrar que la publicación del atropello obedezca a causas nobles. Ustedes y yo, que llevamos unas cuantas renovaciones del carné de identidad, sabemos que aquí no hay un alma pura exponiendo el bigote para denunciar una injusticia. Es algo bastante más prosaico. De saque, una bronca entre Mortadelos y Anacletos del CNI y alcantarillas aledañas. Como segundo, un juez, el tal Daniel De Alfonso, tratando de salvar su culo porque, según su propia expresión, “Yo soy español por encima de todo, pero a mí me hunde, tengo familia”. Y como resumen y corolario, intereses pura y duramente electorales.

Si el domingo no tuviéramos cita con las urnas, la grabación habría seguido en la nevera donde llevaba un par de años. Noten el paralelismo con la propia conversación de marras, que básicamente trata de filtrar dossieres de conveniencia a la prensa adicta para que los haga reventar contra los enemigos en momentos muy precisos. Moraleja: todo es una m…

Fernándezgate

Nos equivocamos al pedir la dimisión del ministro Fernández. Lo que debemos exigir a voz en grito es su detención e ingreso en prisión a la espera de un juicio del que no cabe esperar sino una condena de una porrada de años. Y a poco que las cosas sean como parecen —benévolo que soy, concederé la presunción de inocencia—, Mariano Rajoy Brey debería correr exactamente la misma suerte, como conocedor (dejémoslo ahí) de la turbia maquinación contra los líderes del proceso soberanista de Catalunya.

No creo que exagere ni un gramo. Es posible que la torrentera de latrocinios y pisoteos de derechos que se han sucedido en los últimos tiempos nos haya endurecido la piel y la sensibilidad ante los atropellos. Es muy complicado, efectivamente, establecer un ránking de desmanes, pero no hay la menor duda de que estamos ante uno de los escándalos más graves de los cuatro decenios de postfranquismo que llevamos. Claro que tampoco es nuevo ni mucho menos, no nos engañemos.

Una vez más estamos ante la fetidez y la inmundicia de las cloacas del Estado —el español, por descontado— siguiendo al pie de la letra la peor versión de Maquiavelo, aquella que proclama, con aroma a Varon Dandy y copazo de Sol y Sombra, que el fin justifica los medios. De propina, con una mezcla de torpeza y vileza dignas de Nobel de la mendruguez. Hay que ser inepto a la par que malvado (o viceversa) para grabar una conversación llena de pelos y señales sobre propósitos claramente delictuosos. ¿Qué tenía en la cabeza esta manga de truhanes de tres al cuarto, paletos aprendices de Richard Nixon? Seguramente, la certidumbre de la impunidad.