Aquel mayo, estos lodos

Antes de que se acabe el mes de María, las flores y los fastos de medio pelo, habrá que dedicarle unas líneas a las bodas de oro —y la expresión casposa es intencionada— de una de las mayores estafas ideológicas del siglo XX. Lo sorprendente, o quizá no, es que medio siglo después, con todos los hechos contantes y sonantes que documentan la filfa, hayamos tenido que asistir al orgasmo colectivo celebratorio.

El pasado no es lo que fue, podríamos parafrasear libremente a Paul Valery. Claro que tampoco descubro nada, pues desde que tengo uso de razón (y soy nueve meses mayor que los acontecimientos reseñados), mayo del 68 ha sido contado más desde la mitología que desde el periodismo o la Historia. Qué patéticos resultaban ya en los 80 y los 90 los fantasmones de aluvión que se pegaban el moco de haber estado a pie de barricada en París, cuando sus contemporáneos los recordaban con el culo bien prieto y cuidándose de tirar una mala octavilla en su terruño de aquella España donde mandaba un señor, cuántas veces habrá que recordarlo, que se murió de viejo en la cama.

Solo los más sinceros reconocen que mayo de 68 fue una enorme derrota del progresismo. No solo porque De Gaulle aplastó con las urnas y no con las armas a los que decían haberse levantado contra el orden establecido. También o especialmente, por la lección que supuso ver cómo no demasiado tiempo después, la inmensa mayoría de aquellos jóvenes revoltosos fueron pillando cacho en el perverso Sistema y se convirtieron exactamente en la clase de individuos que pretendieron combatir. ¡Y las veces que se habrá repetido lo mismo desde entonces!

Isaías Carrasco, 10 años

Viernes, 7 de marzo de 2008, claro que me acuerdo. Era el último día de la campaña para las elecciones generales. Llevábamos dos semanas conteniendo la respiración. Teníamos algo más que un mal pálpito. Dábamos por seguro que ETA no iba a resistir la tentación de hacerse notar. En realidad, ya lo había hecho. Pocas horas después de la pegada de carteles, reventó un repetidor en el monte Arnotegi de Bilbao. Luego llegaría el aviso serio en forma de bomba en la puerta de la Casa del Pueblo de Derio.

Lo siguiente fue descerrajar cinco tiros al antiguo concejal del PSE en Arrasate, Isaías Carrasco, cuando se disponía a ir a trabajar a su puesto de cobrador en el peaje de Bergara. Su mujer y su hija mayor escucharon los disparos desde casa y bajaron corriendo, presintiendo lo peor. Era la una y media de la tarde. Poco después de las dos, mi entonces compañera de Radio Euskadi, Arantza García, le dio en directo la noticia de la muerte de Carrasco a Miguel Buen, cabeza de la candidatura socialista en Gipuzkoa, que no pudo reprimir los sollozos. Es uno de los momentos de radio más dramáticos de los que tengo memoria.

No olvido igualmente las justificaciones de siempre ni la cobardía para evitar la condena en su propio pueblo. Tampoco a ciertos voceros del PP de la época como César Vidal difundiendo la especie de que ETA le había regalado un muerto al PSOE —literal— para que ganara aquellas elecciones. Lo demás está en la brutal entrevista de los diarios de Vocento en que la viuda y dos de las hijas de Isaías revelan que tras el asesinato, aún tuvieron que sufrir mil vejaciones. Conviene tenerlo presente.

Yoyes… todavía

Les vengo con una recomendación. Esta noche ETB-2 emite —en tiempos se decía reponeYoyes. No me considero lo suficientemente versado como para decirles si, en lo puramente cinematográfico, la de Helena Taberna es una película buena, mala o regular. A mi me parece más que digna, pero creo que su aportación real va más allá de lo formal o lo estético. Reside principalmente en su valor como testimonio de un episodio de nuestra Historia reciente (el asesinato de María Dolores González Katarain se produjo hace 31 años y dos días, apenas anteayer) que nos debemos conjurar para no olvidar jamás. Se me dirá que como cualquiera de las iniquidades cometidas por estos, aquellos o los de más de allá en las décadas del terror, y es verdad. Ocurre, en todo caso, que se trata de un hecho —me consta lo frío de denominarlo así— que reúne un compendio de circunstancias que explican no solo cómo vivimos todo aquello, sino cómo lo seguimos viviendo.

Eso último es lo singular… y lo preocupante. Más de tres décadas después de su ejecución por “chivata y traidora”, el recuerdo de Yoyes sigue siendo muy incómodo, casi un tabú, para muchos de esos que en otros asuntos siempre van con la Memoria en los labios. Todavía el otro día, cuando aconsejaba en Twitter echarle un ojo a la cinta, me llovieron escupitajos verbales de variado pelaje. Me citaban a Lasa y Zabala o a Iñigo Cabacas —hace falta ser brutos y malnacidos— a modo de contrapeso, como si las injusticias se compensasen. Ya sé que fue, en el fondo, por decir lo prohibido: que Kubati, el arrogante asesino de Yoyes, imparte ahora lecciones sobre Derechos Humanos.

Gernika, 80 años

Gernika, 80 años, y sigue sin llegar el menor gesto de reconocimiento del Gobierno español. Bastarían unas palabras, ni siquiera demasiado escogidas. Podrían copiarlas de las mil instituciones de cualquier lugar del mundo que no han perdido los anillos por pronunciar unas frases balsámicas allá donde sus antecesores habían cometido una injusticia. No se trata, en ningún modo, de asumir la responsabilidad a título personal de los actuales dirigentes. Nadie es tan bruto como para atribuirles la autoría de una barbarie que ocurrió cuando ni siquiera habían nacido. ¿A santo de qué, a estas alturas, la cerril negativa, tantas veces acompañada de aspavientos. Es imposible que no parezca un signo de conciencia culpable.

Claro que tal vez sea algo más que la conciencia. Ahí tienen a Juan José Imbroda, militante del PP y máxima autoridad civil de ese vergonzante parque temático del franquismo llamado Melilla, acudiendo en pleno 2017 al entierro de pompa y circunstancia de los despojos del tres veces golpista José Sanjurjo Sacanell. Cuando es descubierto, en lugar de bajar la testuz abochornado, todavía se atreve a porfiar que volvería a hacerlo una y mil veces porque el genocida frustrado —recordemos que palmó, quizá por intercesión de los suyos, solo dos días después de la sublevación— había defendido o así la ciudad en 1921.

Y abundando en homenajes fúnebres que lo explican casi todo, el patético Cara al sol de unos energúmenos casposos ante el féretro de José Utrera Molina, orgulloso esbirro del bajito de Ferrol, muerto de viejo sin arrepentir y sin rendir cuentas. Gernika, 80 años. Y los que pasarán.

‘Patria’

Me acerqué con mucho recelo a Patria, lo reconozco. Por más que mis críticos literarios de cabecera siempre me contaban maravillas de Fernando Aramburu como escritor, me pesaban demasiado los titulares de sus entrevistas. Quizá tenga que volver a releerlas, pero en mi memoria hay frases de aluvión: nacionalismo obligatorio, sociedad enferma y todo el repertorio habitual de tantos y tantos que hicieron tabla rasa y hasta negocio de los años del plomo; no digo que fuera su caso, ojo. Con esos precedentes, temía lo peor de una novela que se anunciaba como testimonio de esa época que algunos llaman, entre lo épico y patético, del conflicto. Mis prejuicios construían mentalmente un argumento de buenos buenísimos y malos malísimos, viceversa exacta de esos truños del otro lado que nos pintan como héroes a matarifes de la más ruin estofa. Me equivocaba.

Hay poco maniqueísmo zafio en las casi 650 páginas de un relato que ojalá abra el camino a otros muchos que se atrevan a entrar sin concesiones en ese ayer sobre el que se pretende echar o lustre o tierra. En lugar de una historia de tirios y troyanos —o sea, vascos y vascos—, encontramos la dolorosa reconstrucción de algo que, para nuestra desgracia y nuestra vergüenza, ocurrió. El Txato, Bittori, Miren, Joxe Mari, Joxian, Arantxa, Gorka, Nerea, Xabier, y todos los demás personajes —incluyendo al nauseabundo Patxi— son trasuntos exactos, apuntes del natural, de seres de carne y hueso que hemos tenido la dicha y la desdicha de tratar en nuestro entorno inmediato.

Aunque duela, y a veces lo hace profunda e intensamente, merece mucho la pena leer Patria.

Contra el olvido

Con el rostro pétreo de costumbre, Javier Maroto hace un birlibirloque de unas viejas palabras de Xabier Arzalluz y termina recetando inyecciones de olvido a las víctimas del 3 de marzo. Su consejo, pasar página. La náusea es inmediata. Y con ella vienen la indignación, el dolor, la incredulidad y la sospecha —una vez más— de que el exalcalde de Gasteiz no tiene corazón.

Sé que es duro lo que acabo de escribir, probablemente mucho más que cualquiera de las mil y una invectivas que le he lanzado a lo largo de los años. Sin embargo, no se me ocurre otro modo de referirme a alguien que sale sin ambages en defensa de los oscuros verdugos ideológicamente no lejanos que provocaron la matanza. Después de cuarenta años de negación, de justificación, de ninguneo, de inconmensurable agravio comparativo, un individuo en calidad de portavoz municipal de su grupo político se permite abogar por la amnesia voluntaria. No cuesta demasiado imaginar lo que —¡con toda la razón del mundo!— diría Maroto frente a quien propusiera echar tierra sobre los asesinatos y las extorsiones de ETA.

Y este es el punto en que las presentes líneas se vuelven reversibles. No, no, y un millón de veces no a cualquier forma de cierre en falso. Dos millones si se tratan, de acuerdo a la costumbre, de desmemorias selectivas, es decir, sectarias. Vale ya de esa trampa inmoral que consiste en exigir que se llegue hasta el fondo de estas responsabilidades mientras se demanda el pelillos a la mar para aquellas. Si de verdad pensamos que todo el sufrimiento es uno —por desgracia, me temo que no es así— deberíamos conjurarnos contra el olvido.