‘Fariña’ fina

Agradezco con entusiasmo a la juez Alejandra Fontana y más todavía al ex cacique pepero de las Rías Baixas, José Alfredo Bea Grondar, en calidad de instigador, que a estas alturas de la liga haya cometido la enorme torpeza de ordenar el secuestro del libro de Nacho Carretero titulado Fariña. Entre mi monumental despiste para ciertas cuestiones y mi agenda —digamos— complicada, jamás hubiera tenido conocimiento de tal obra, de no haber mediado la bronca originada por el absurdo intento de la magistrada de ponerle puertas al campo. Ni siquiera la publicidad de la serie de televisión —bien hecha, pero creo que pierde respecto al libro— me habría empujado a comprar el magnífico trabajo de Carretero, con el que he disfrutado un potosí. Y creo no haber sido el único. Tanto en papel como en formato digital, las ventas se han multiplicado por ene gracias a la decisión judicial.

Efecto Streisand, creo que lo llaman en fino. En castizo, darle tres cuartos al pregonero. Menudo tolo, que dicen en mi querida Galicia, el tal Bea Grondar, que habría pasado desapercibido entre los mil choricetes citados en el texto. Otra cosa es que, pese al paradójico resultado promocional, no debamos perder de vista lo principal, es decir, que estamos ante un intolerable caso de censura. Incluso aunque todo haga indicar que no vaya a tener mucho más recorrido en tribunales, como tal hay que denunciarlo sin rodeos. Al tiempo, el asunto también nos vale para distinguir un verdadero ataque a la libertad de comunicación del intento de pillar cacho propagandístico haciéndose pasar por víctima de la tijera. Algún caso ya se ha dado.

Censuras de diseño

Sigo con una inmensa sonrisa socarrona la bronca literalmente de diseño a cuenta de la retirada de ARCO de algo que los medios nombran como obra de arte, y yo no sé si sí o si no. Quizá sea un raro y un descreído sin cura, pero el verdadero arte del episodio me parece que reside en la capacidad para volvernos a colar el sucedido entre los titulares y la materia de aluvión para que los todólogos nos lancemos a opinar. O bueno, según los casos, a pontificar, que en el rato que ha pasado desde que nos echaron la noticia a modo de alpiste, he visto, escuchado y leído intervenciones dignas de tesis doctoral de veterinaria. Qué decepción se van a llevar cuando comprueben la pobreza de mi aportación, que básicamente consiste en tomarme el asunto a guasa.

¿Que cómo puedo decir algo así cuando de nuevo hemos visto actuar la oprobiosa censura sobre el ímpetu creador a lomos de la sagrada a la par que cada vez más mancillada libertad de expresión? Pues porque son ya demasiados años repitiendo la misma coreografía del escándalo impostado en eventos como el que nos ocupa u otros del pelo. Cuando no es una capucha a lo Abu Ghraib sobre una modelo esquelética, es un pene circuncidado gigante o una Virgen de los Dolores con tacones y bolso. Esta vez son unos retratos pixelados de personajes que se nos presenta (y no negaré que para mi varios lo son) como presos políticos del sistema judicial español. Pasaría como valiente denuncia, si no fuera porque tanto el autor, como la galerista, como el que en primera instancia consintió la instalación y luego mandó retirarla tenían claro que pasaría justo lo que ha pasado.

Eternos ofendidos

No cesa la pandemia de escandalizables por esto, lo otro y lo de más allá. Manda narices, a estas alturas del psicodrama, montar el pollo por un cartel de promoción de una película —tragicomedia, me dicen que es— titulada, por si cabía alguna duda sobre su temática, Fe de etarras. Sí, otra del bueno de Borja Cobeaga, que luego dirá que no quiere encasillarse. Es la enésima y seguramente hasta graciosa vuelta de tuerca a lo mismo que nos lleva sirviendo desde los tiempos de ¡Vaya semanita! Por eso llama la atención que todavía quede quien esté dispuesto a manifestar su ofensa, ni siquiera ante la cinta en sí, sino ante el modo en que se anuncia.

Si no conocen el caso, ni gasten un segundo imaginando tremendos escarnios. Toda la bronca es por la consignilla forocochesca “Yo soy españoool, españoool, españoool” tachada con rotulador rojo. Tal memez ha provocado la santa indignación de plexiglás de los restos de serie cavernarios. Que si cómo se puede hacer chanzas con algo tan serio, que si a tiro de piedra del edificio donde cuelga el pancartón se produjo tal o cual asesinato —¿En qué sitio de Donostia no?—, que si es intolerable con ETA aún sin disolverse, o que cómo se nota que han ganado los malos.

De entrada, punto para el creativo de la plataforma Netflix, productora de la película, que ha sabido multiplicar el impacto con el recurso de la provocación de diseño, que ya le funcionó con el “Sé fuerte” de Rajoy para dar bola a la serie Narcos. Por lo demás, me remito a mis mil y una columnas sobre la ley del embudo que rige con la libertad de expresión. El límite siempre es lo que me molesta a mi.

Lo que debe callarse

Otra de esas realidades incómodas que se tiende a ocultar. O a justificar cuando saltan los setecientos cerrojos impuestos por los tiranuelos que decretan lo que se puede y no se puede contar. Ya sé yo que tras estas líneas llegarán enojadísimas hidras de la moral correcta a gritar, quizá con otras palabras, que es que no se puede ir pidiendo guerra, que hay cosas que pasan y son imposibles de evitar o, como gran comodín, que peor es lo de los corruptos del PP. Me ocurrió cuando escribí sobre los miles de secuestros y violaciones continuadas de niñas en Rothertham o sobre las centenares de agresiones sexuales de Colonia, Hamburgo, Düsseldorf u otras ciudades alemanas.

Vacunado contra los que defienden la intolerancia en nombre —qué asco— de la tolerancia, vuelvo a citar a Marieme-Hélie Lucas, argelina y radicalmente feminista: “La izquierda postlaica tiene miedo de que la tachen de islamófoba”. También cito, porque es de justicia, al autor y medio que publican la noticia. Fue Enric González, nada sospechoso de racista machirulo, espero, quien daba cuenta el viernes en El Mundo de una denuncia firmada por más de 20.000 mujeres —en muy buena parte, musulmanas— que viven o trabajan en las inmediaciones del Boulevar de La Chapelle, en París. Cada día son sometidas a todo tipo de acosos físicos y verbales por parte de los varones que campan a sus anchas en el lugar. “Salope (puta) es lo más bonito que te gritan”, lamenta una de las mujeres que aportan su testimonio en el reportaje. ¿Y no ha habido consecuencias de la denuncia pública? Sí, sus firmantes han sido acusadas de ser del Frente Nacional.

Prohibiciones

El otro día me descubrí a mi mismo abogando por una prohibición. Y no precisamente en la sobremesa de una cena ni en el marianito dominical. Fue nada menos que en la televisión pública vasca, concretamente, en El programa de Klaudio, ante unas cuantas miles de personas. Hablábamos de ese garito infecto de Gasteiz que había tenido la genial idea de organizar un concurso de culos de mujeres con 200 euros de premio para la ganadora. Traía de casa mi argumento habitual para situaciones como la planteada: mejor no dar ni media bola a este tipo de membrilladas que buscan, justamente, el autobombo por la cara. Creo que llegué a decirlo, pero obviamente, el razonamiento no sirve ni como parche para un debate así. La cuestión era qué hacer una vez que la competición estaba anunciada y se conocía incluso sobradamente.

En ese cara o cruz, ni lo dudé: “A riesgo de parecer retrógrado, creo que no hay más remedio que prohibir determinadas actividades, y esta es una de ellas”. Como la mayoría de mis compañeros en la mesa, me acogí a lo denigrante para las mujeres que resulta un espectáculo de ese pelo. Ante la evidente pregunta sobre quién decide lo que es o deja de ser denigrante, vinimos a coincidir en que eso es cosa de la mayoría de los representantes políticos de la sociedad. De hecho, tal concepción está presente en varias leyes, incluyendo la que se habría aplicado para impedir el evento.

Al llegar a mi casa tras el programa, vi el guasap de una amiga nada sospechosa de dejarse cosificar: “¿Quién eres tú para prohibirme que, si es mi voluntad, me presente a un concurso de culos?” Ahí les dejo el embolado.

Censura en Donostia 2016

La capacidad de pegarse tiros en el pie de Donostia 2016 empieza a ser digna de estudio. Desde que era una idea recién parida por el entonces alcalde y hoy verso suelto a tiempo completo, Odón Elorza, hasta estas largas vísperas de la clausura, no ha dejado de acumular broncas, bronquillas y broncazas. Casi todas ellas, además, absolutamente innecesarias. Tanto, que la sucesión de rifirrafes invita a una suerte de teoría de la conspiración: ¿no será que lo están haciendo adrede para que se hable de un evento que en sí mismo —no nos engañemos— interesa a locales y foráneos poco tirando a nada?

Sí, suena a desvarío paranoico, pero no menos, me van a reconocer, que el motivo de la última zapatiesta. Oigan, que hablamos de censura abiertamente reconocida y justificada por los responsables ejecutivos y políticos de la cosa. Se admite sin el menor rubor que se han retirado equis obras de una exposición de arte realizado en centros de reclusión porque las firman presos o expresos de ETA, y eso podría “ofender a las víctimas del terrorismo”. ¿Por el contenido? ¡No, por la mera autoría!

Por las propias características de la muestra, es bastante probable que tras el resto de los trabajos haya asesinos, pederastas, violadores, políticos corruptos… La lista de posibles agraviados es amplia. Yo mismo me incluiría en ella, si no fuera porque en realidad me importa una higa lo que se pueda exhibir en una feria de manualidades creadas, no dudo que con toda ilusión, en talleres ocupacionales. De hecho, lo que de verdad me asombra y me irrita es que nos lo cuelen como arte. Y más aun, que lo censuren torpemente.

Más sobre el cartel

Pues nada, oigan, que circulen que ya no hay más que ver en el abracadabrante episodio del cartel censurado de la Emakumeen Bira. Cambiado el pecaminoso afiche por otro (sosete de narices) al gusto de la Liga de la Moral, la Decencia y las Buenas Costumbres, el nuevo edicto manda hacer borrón y cuenta, aquí paz, y después gloria.

Jugándome el coscorrón reprobatorio del Don Remigio paternalista o la Doña Remigia Ojitoalparche de turno, antes de cumplir con la norma y aceptar tragar el sapo, me permitiré anotar las enseñanzas de esta jeremiada en fa sostenido. La primera es el inmenso pan como unas hostias que se le ha rendido a la causa de la igualdad. En lo sucesivo, la machirulada más caspurienta exhibirá este absurdo lance como prueba de sus testiculares y nauseabundos estereotipos. Qué profundamente revelador, por cierto, verlos a todos retuiteando a todo trapo las consideraciones (cargadas de razón) de su hasta anteayer bestia negra, Blanca Estrella Ruiz. Así se garrapatea la Historia, o la histeria, no sé bien.

Otra lección va sobre lo fácil que les resulta a los campeones de la santurronidad hacer un colosal daño y acto seguido, llamarse andanas. Después de haber jodido pero bien a la organización, y conseguida a tirones de piel la enmienda exigida, llegan las palmaditas en el lomo, algo así como “Es buena gente, pero a veces se les va la olla”.

Y aunque hay muchos más aprendizajes, señalo a modo de cierre cómo las muchísimas mujeres —yo diría que mayoría— que no han comulgado con la versión reglamentaria han recibido de la otra parte, la igualitaria, trato de equivocados seres inferiores.