Un filoetarra del PP

Impresionante magnanimidad, la del PP español. Desde su alto pedestal genovés, la banda liderada por el de los másteres de chicha y nabo asegura estar dispuesta a archivar el expediente que se le ha abierto a su único juntero en Gipuzkoa, Juan Carlos Cano. En actitud literal de perdonavidas, un tal Antonio González Terol, portavoz accidental de los gavioteros, proclama obrar en pos de rebajar la tensión, o sea, la santa y justa indignación de la sucursal del norte ante la villanía sin nombre cometida sobre uno de sus militantes más intachables. Resumiendo, aquí paz y después gloria, pelillos a la mar, circulen, que no hay nada más que ver.

Ocurre que la infamia ya está hecha, y por mucho que el auto de fe acabe un cajón, nada podrá borrar el inmenso daño que se le ha infligido a Cano por haber tenido un puñetero despiste. Todo lo que hizo, como saben, fue votar por error al candidato de EH Bildu a presidir la Comisión de Derechos Humanos del parlamento foral. Un voto que ni siquiera cambiaba nada, pues el aspirante tenía apoyos de sobra para ser elegido. Pero ahí fue cuando el ultramonte mediático olió la sangre y salió en tromba a convertir en filoetarra desorejado a un hombre que vivió tres lustros con escolta y que estuvo a un tris de ser asesinado por el mismo comando que se llevó por delante en Andoain a José Luis López de Lacalle y Joseba Pagazaurtundua.

Así las gasta la jauría cavernaria, que acabó triunfante. En lugar de poner pie en pared, la melindrosa dirección pepera se sumó al linchamiento con el oprobioso expediente. Por fortuna, el PP vasco esta vez sí ha estado a la altura. Conste en acta.

¿Y la abstención?

En la terminología al uso, lo que Pedro Sánchez está haciendo con Pablo Iglesias se denomina troleo. Del nueve largo, además, porque el eterno presidente en funciones arrea en las partes más expuestas de su atribulado adversario. ¿No era Iglesias el que no hace tanto exigía negociaciones en streaming, o sea, transmitidas en directo? Pues ahí se va Sánchez a la televisión pública a anunciar urbi et orbi que cuando tenga un rato le va a llamar por teléfono para proponerle la penúltima ocurrencia de su hechicero, que básicamente consiste en marear la perdiz. Todo lo que le quedó al líder de Podemos, que andaba ante otra alcahofa, fue decir que no son formas, pero que bueno, que vale, y que ya procurará tener el móvil con batería. Todo, para que a media tarde, el inquilino interino de La Moncloa corriera a tuitear que ya había llamado a Pablo y que este pasa un kilo, jo qu péna.

Esa es la política en tiempos de Twitter. Como dicen que dijo aquel torero, lo importante no es hacerlo sino contar que lo has hecho. Y para que a cada capítulo no le falte su novedad, mientras sigue la trama pimpinelesca, se suelta la especie, a lo Gila, de que en las sesiones de investidura “pasarán cosas”. ¿Qué cosas? Pues, por ejemplo, que el Partido Popular se abstenga. De momento, no es más que un asustapardillos, pero si yo fuera el Iván Redondo de Pablo Casado, le animaría a darle una vuelta. De saque, quedaría como generoso hombre de estado que piensa antes en la estabilidad de la Nación que en su propio interés. A partir de ahí, tendría un gobierno débil cabreado con su sostén natural al que atizar hasta en el cielo de la boca.

Tormenta en la triderecha

El espectáculo a cargo de los integrantes de triángulo escaleno de la derecha está resultando impagable. Aunque conociendo el percal, ya sospechábamos que tanta testosterona de cuarta y tanta cerrilidad reunidas implicaba riesgo explosivo, la calidad de la reyerta supera todas las expectativas. Y tengo la impresión de que todavía nos quedan unos cuantos pifostios a los que asistir desde butaca de patio.

La cosa es que recuerdo haber escrito sobre esto hace unas semanas, y mi pronóstico de entonces no se ha cumplido. No del todo, por lo menos. Vaticinaba que pese a la condición de Vox de partido gamberro, la sangre no acabaría llegando al río. Se antojaba complicado que se malbaratara la santa misión de sacar del poder al rojo-morado-separatismo solo por un quítame allá esas zancadillas y esos escupitajos intercambiados. Ya ven, sin embargo, que este es el minuto en que lo de Murcia se ha descacharrado y lo de Madrid Comunidad empieza a cantar a fiasco también.

¿Es comprensible? Desde lo más humano, diría que sí. Sé que les pido algo complicado, pero esfuércense en meterse en la piel de los dirigentes y militantes de Vox. El trato que están recibiendo —otro asunto es que se lo merezcan y que nos importe una higa— por parte de sus presuntos aliados azules y naranjas, especialmente de estos, no es de recibo. Partiendo de la necesidad perentoria e inexcusable de los votos de la banda de Abascal, es de una golfería supina seguir vendiendo la especie de que no hay ninguna posibilidad de negociación y hasta poniendo cara de asco o de usted por quién me toma al referirse a quienes les tienen pillados por la ingle.

¿Vuelta a las urnas?

Qué extraña coincidencia. 24 horas después de haber anunciado las fechas de los intentos de Pedro Sánchez para ser reinvestido presidente del gobierno español, nos sale el prestidigitador Tezanos con un CIS que vaticina una apabullante victoria del PSOE en caso de repetición electoral. Está hecho tan a bulto, que en la demarcación autonómica el PACMA anda a la par del PP —¡tampoco es para tanto!—, pero a quién le importa. Como quiera que en una porra anterior el brujo demoscópico de Ferraz desde tiempos de Felipe X y Alfonso Z acertó un par de cosas, al tosco sondeo apoquinado con dinero público se le concede la condición de augurio infalible. En consecuencia, se usa como aviso a navegantes morados, naranjas y azules subidos a la parra: ustedes verán, señores Iglesias, Rivera y Casado —a Abascal lo dejamos para otro rato— a quién le conviene más que nos veamos en las urnas allá por novienbre..

Los analistas de mejor fe, que son la mayoría, aseguran que se trata de un farol o, incluso, de un teatro que, como suele ser costumbre, tendrá como desenlace un pacto de último segundo, justo al borde del precipicio. Confieso que quiero creerlo porque es difícil concebir una irresponsabilidad de tal calibre que implique meternos en otro pifostio electoral dentro de cuatro meses, pero no apostaría más de diez céntimos por el buen fin de la vaina. Quien tenga memoria, y no demasiada, recordará cómo tras las generales de diciembre de 2015 anduvimos en parecidas cábalas y, contra lo que parecían indicar la lógica y hasta el decoro, acabamos volviendo a votar medio año después. Quedan poco más de dos semanas para evitarlo.

Navarra escuece

Sigo sin saber cómo acabará el enésimo serial foral. Es cierto que pinta mejor que hace 48 horas, pero la amplia bibliografía presentada en el pasado invita a extremar la prudencia. Como suelo repetir, hasta el rabo todo es toro. En cualquier caso, a la espera de la evolución de la trama, toca disfrutar este momento de llantina, rasgado ritual de vestiduras, dolientes toques a rebato y demasías dialécticas que nos devuelven uno o varios lustros atrás en el calendario.

Procede entonar el clásico cervantino: ladran, luego cabalgamos. ¡Y qué ladridos, oigan, desde el ultramonte político y mediático! No sabe uno dónde escoger entre tanta salida de madre. “El PSOE abraza al separatismo en Navarra”, vociferaba en portada el diario que fletó el Dragon Rapide en julio de 1936. “Sánchez se entrega a Bildu para allanar su investidura”, clamaba también en primera la hoja volandera fundada por el ínclito Anson. En versión corregida y levemente aumentada, el editorialista el experiódico de Pedrojota se incendiaba: “Entregar Navarra al aval de Otegi”. Todo, claro, pasando por alto que en este psicodrama, la coalición soberanista ejerce casi de convidado de piedra y que, como ayer advirtió Barkartxo Ruiz en Onda Vasca, no piensa resignarse a semejante papel.

Tanto da. Para Pablo Casado y su protegida ahora matritense, Ana Beltrán, lo del miércoles fue “ponerse de rodillas ante el nacionalismo” o “el inicio de la traición y el primer pago al independentismo”. Como guinda, Rivera, el mil veces ridiculizado por Macron, se abona al comodín de las líneas rojas pisoteadas, como si lo suyo con Vox fuera un accidente. Sobra rostro.

Ronda preliminar

“Ahora toca prudencia, discreción y tranquilidad”, salmodiaba Pablo Iglesias a la salida de su encuentro protocolario con su casi majestad Pedro Sánchez. Quién ha visto y quién ve al otrora residente en Vallecas ahora emigrado a Galapagar. Qué tiempos aquellos, apenas anteayer, en que porfiaba que las negociaciones debían ser transmitidas por streaming. O cuando reclamaba la vicepresidencia, el CNI, un porrón de carteras y dos huevos duros. Sería digno de estudio lo que aplaca la polipaternidad, el chalé con piscina o, siendo positivos, el realismo de quien, tras echar cuentas, ya sabe que los cielos no se toman al asalto.

Me van a perdonar que me ponga magnánimo y perdonavidas, como él mismo, y deje escrito aquí que el todavía joven Iglesias progresa adecuadamente. Con suerte, a Sánchez le salen las cuentas y le regala un ministerio. Fíjense que yo, incluso con mi innata querencia a pensar mal, estoy casi convencido de que no corremos el riesgo de un abrazo con Rivera. Menos, después del cabreo del figurín figurón porque Pedro lo relegó a la sala pequeña de Moncloa, cuando el día anterior le había agasajado con la grande a Pablo Casado, lo que en el lenguaje no verbal de la política implica reconocer al palentino hostiado como verdadero jefe de la oposición. Qué poco se parecen, por cierto, el manso líder del PP que vimos a la salida de la reunión con Sánchez y el buscabroncas perpetuo que en campaña vomitaba improperios a granel. Supongo que es lo que tiene haber recibido un meneo cósmico en las urnas. En el otro lado, el que ejercía como anfitrión puede felicitarse. Ha vuelto a ganar. Esta vez, tiempo.

Eterno viaje al centro

Desde el mismo día en que se fundó para disimular sus orígenes netamente franquistas —Fraga, Arias Navarro, el blanqueado Areilza y un porrón de ministros del dictador—, el PP ha estado viajando al centro. Con más o menos brío, las cantinelas de la huida de los extremos, la moderación, y/o el liberalismo civilizado no han dejado de acompañar la trayectoria zigzagueante del partido hoy liderado (es un decir) por esa menudencia intelectual llamada Pablo Casado. Otra cosa es que los hechos contantes y sonantes desmintieran esas proclamas que, por lo demás, no se tragaban ni los más incautos.

Solo en los momentos de máxima necesidad, los genoveses han abandonado el búnker y han sido capaces de llegar a acuerdos con los que tildaban de rompepatrias. Ocurrió prácticamente anteayer, en la segunda legislatura de Rajoy, pero también en 1996, en la primera de Aznar. Sí, el mismo Aznar que luego abanderó la facción más ultramontana y que, como les anuncié en estas líneas que haría, se ha quitado de en medio tras el fiasco que él ayudó a cimentar.

También les anoté y vuelvo a reiterar que no nos apresuremos a firmar el certificado de defunción. De la extremaunción también se sale; mejor prueba que Sánchez y el PSOE no hay. Lo que es más complicado es que llegue a consumarse el ahora cacareado viaje al centro. Especialmente, si los capacitados para pilotar la salida de las cavernas no se dejan de piaditas tardías de bienqueda y pasan a la acción. Les doy un nombre: Alfonso Alonso. Una muestra de la voluntad de hacerlo sería rehabilitar a los muchos históricos del PP vasco castigados por la parte más dura de la dirección.