Más sobre el desarme

Venga, va. Hablemos del desarme. Sin consignillas de todo a cien, a poder ser. Quizá habrá que empezar señalando lo obvio. Si ahora hay que deshacerse del material de limpiar el forro al prójimo es porque se ha estado acumulando durante (hagamos precio de amigo) cuarenta años. Y ojalá se hubiera quedado la cosa en el almacenaje. Pero es que buena parte de toda la cacharrería que hoy parece que no hay forma de quitarse de encima se utilizó para matar. Roza lo macabro que quienes se dedicaron a coleccionar el instrumental, a usarlo y a aplaudir y/o justificar las consecuencias se afanen en dar lecciones. Joder, con los conversos, qué prisas y qué a destiempo.

Y qué capacidad de análisis político. ¿A qué vienen los lamentos por la actitud de esa entelequia que llamamos El Estado? ¿Alguien esperaba seriamente algo que no fuera torpedear el fin de ETA? Esa es la perversa gran paradoja y, al tiempo, siniestra factura que se le debe por aquí a la banda, más allá del enorme sufrimiento que provocó. Si, incluso en los años más duros, ETA resultó un chollo para su supuesto enemigo, ahora que es solo un nombre evocador sin capacidad de hacer daño, los representantes de ese tal Estado van a hacer lo imposible por la continuidad de su bicoca. Esta operación fantasmal incluyendo la detención injusta de personas que actuaban guiadas por las mejores intenciones o, sin ir muy lejos, la descomunal exageración del episodio de Altsasu para convertirlo en terrorismo son la prueba de lo que señalo. Es descorazonador pensar quién celebraría la vuelta a las andadas y a quién le entran sudores fríos solo de imaginárselo.

Desarmes y chapuzas

Nuevo golpe contra los arsenales de ETA. Eso dicen los titulares a la diestra de la línea imaginaria. “Golpe”, de verdad. Como si se tratara de una acción heroica arrostrando peligros sin número. Tremenda gesta en comandita de las policías de La France y L’Espagne. Después de un tiempo fisgoneando una probablemente tan bienintencionada como chapucera operación secreta para mostrar al mundo —vía exclusiva a ciertos medios, temo— que ETA está dispuesta a destruir unos cuantos cachivaches de matarile, los uniformados se suman a la fiesta. Para cargársela, claro. Aparecen en la suerte de chatarrería, se incautan del material de desecho y detienen a las personas que, con su mejor voluntad, se habían avenido a participar en lo que entendían que podría contribuir a agilizar de una vez el embrollo sin fin del desarme.

Esos son, poco más o menos, los hechos. Contados, lo reconozco, desde mi cada vez más resabiado prisma, pero sin alteraciones en lo básico. A partir de ahí, la conocida coreografía. Estos lo presentan como una gran hazaña en nombre del Estado de Derecho y aquellos como un intolerable ataque de los “enemigos de la paz”. Llama la atención que tal categoría comprende no solo a los ejecutores y ordenantes de la maniobra policial, sino a cualquiera que no esté dispuesto a comprar la moto de la bondad infinita de lo que queda de la banda frente a la maldad de los demás. Sueltan la milonga, como no me cansaré de subrayar, individuos que tiraron de pipa directamente o aplaudieron a quienes lo hicieron. Hablan, además, en nombre de un pueblo que no le ha dedicado a este asunto ni medio pensamiento.

Otro desmarque del PP

Desde que, en los tiempos del parlamento incompleto por imperativo legal, el Gobierno de Patxi López instituyó el Día de la Memoria, he cumplido el trámite de escribir en todas y cada una de las ediciones sobre este peculiar brindis al sol. De vísperas, en la jornada o, como hoy, a toro pasado. Un repaso cronológico de esos desahogos arroja como resultado quintales de melancolía veteada de cierta irritación. Nada parece haber cambiado. Flores, pebeteros, discursos, gestos de estudiada solemnidad y, por supuesto, desmarques.

Este año, en singular: desmarque. Ha sido de nuevo la menguante quinta fuerza política del país, el PP, la que ha hecho mutis bajo el intelectualmente perezoso pretexto de que el homenaje se creó solo para las víctimas del terrorismo. Y ahí, aunque meten para hacer bulto a las del GAL y el Batallón Vasco Español, es evidente que se refieren exclusivamente a las de ETA. Sostienen los ahora comandados por el regresado Alfonso Alonso que la inclusión de cualquier otro sufrimiento que no sea el genuino, el homologado por la Denominación de Origen del Dolor, incurre en perversa equiparación y no están dispuestos a pasar por eso.

Somos lo suficientemente mayorcitos para tener claro que tras tan endeble argumentación  —casi insulto a la inteligencia y, desde luego, a las personas que han sido objeto de daño injusto— no hay más que marketing politiquero. Desnudo sin ETA, como reconoció la laminada antigua presidenta, Arantza Quiroga, y con el resto de mensajes cogidos por otras siglas, el PP vasco ha decidido seguir explotando las rancias martingalas constitucionalistas. Así les va.

Fabio, 25 años

Se me humedecieron los ojos, cómo evitarlo, leyendo el pasado domingo el reportaje de Kike Santarén sobre el asesinato del niño Fabio Moreno hace ahora 25 años. Durísima, la expresión “el hijo de un txakurra”, pero es que exactamente así justificaron y menospreciaron el crimen muchos de los que ahora tildan a los demás de enemigos de la paz. Tanto ir con la memoria en la boca arriba y abajo, y qué poco les gusta que les recuerden que sus héroes, esos a los que aún hoy festejan, no tuvieron el menor empacho en manchar el asfalto con sangre infantil. Daños colaterales, decían, y esa era la versión amable frente a la otra, la que helaba el alma: socialización del sufrimiento.

Tengo grabados a fuego aquellos días de noviembre del 91. Ya llevaba varios atentados cubiertos, pero este fue el primero que me tocó en mi pueblo, y desde luego, el primero que tenía como víctima a una criatura. De dos años, concretamente. Inenarrable la imagen, en la primera de Deia, de la chamarra ensangrentada del pequeño a unos metros del coche de su padre, reventado por la bomba-lapa. Guardo también, imposible de borrar, el brutal dolor de su madre, Arantza, entrevisto en la puerta de su casa cuando un periodista malnacido le hizo abrir gritando “¡Soy de Correos, tengo un telegrama del rey!”. Y cómo no, el féretro blanco saliendo de la iglesia de San Agustín, donde aguardaba una multitud que desbordó Erandio.

Álex, el mellizo de Fabio, que salvó la vida de milagro, dice hoy que se tomaría un café con los asesinos —los para algunos mitos Javi de Usansolo y Gadafi— para que le contaran por qué lo hicieron. ¿Qué le dirían?

Cinco años, cinco

Esta es una columna de trámite, no se lo negaré. Me traen la inercia de la efeméride y la fuerza de la costumbre. Si he escrito algo en cada aniversario, no voy a dejar de hacerlo en este, que es el quinto. Qué monográficos más bonitos hemos hecho todos para conmemorar el lustro del comunicado de liquidación de ETA por cese de negocio. Arrimando, claro, cada cual el ascua a su sardina o hasta mintiendo conscientemente. ¿Por? Pues porque hay que maquillar los recuerdos, supongo. ¿Cómo vamos a reconocer que, pasado un tiempo, aquello que tanto ansiamos, que soñamos de mil y una maneras, acabaría tocado de una vulgaridad carente de cualquier delicadeza?

Esto, sin más ni menos, era lo que algunos, exagerando dos huevas, llaman la paz. Ha tenido su cosa que estas fechas marcadas en el calendario hayan coincidido con el psicodrama de Alsasua. Qué gran piedra de toque para calibrar el minuto de juego y resultado del camino hacia la normalización. Por si alguien lo dudaba, hay quien está exactamente como en las décadas del plomo y la sangre corriendo por el asfalto. Unos en Tiro y otros en Troya, pero gastando las mismas demasías dialécticas y tirando sin rubor de panfleto chillón.

La buena noticia —y aquí descolocaré otra vez al señor que el otro día me reprochó que empezaba los textos de un modo y los terminaba de otro— es que esos, los irreductibles del conflicto a diestra y siniestra, son menos. Muchos menos. Están perfectamente censados en sus respectivas reservas que van menguando de elección en elección. Ocurre que los otros, los que les quintuplican, hace bastante tiempo que están a otra cosa.

‘Patria’

Me acerqué con mucho recelo a Patria, lo reconozco. Por más que mis críticos literarios de cabecera siempre me contaban maravillas de Fernando Aramburu como escritor, me pesaban demasiado los titulares de sus entrevistas. Quizá tenga que volver a releerlas, pero en mi memoria hay frases de aluvión: nacionalismo obligatorio, sociedad enferma y todo el repertorio habitual de tantos y tantos que hicieron tabla rasa y hasta negocio de los años del plomo; no digo que fuera su caso, ojo. Con esos precedentes, temía lo peor de una novela que se anunciaba como testimonio de esa época que algunos llaman, entre lo épico y patético, del conflicto. Mis prejuicios construían mentalmente un argumento de buenos buenísimos y malos malísimos, viceversa exacta de esos truños del otro lado que nos pintan como héroes a matarifes de la más ruin estofa. Me equivocaba.

Hay poco maniqueísmo zafio en las casi 650 páginas de un relato que ojalá abra el camino a otros muchos que se atrevan a entrar sin concesiones en ese ayer sobre el que se pretende echar o lustre o tierra. En lugar de una historia de tirios y troyanos —o sea, vascos y vascos—, encontramos la dolorosa reconstrucción de algo que, para nuestra desgracia y nuestra vergüenza, ocurrió. El Txato, Bittori, Miren, Joxe Mari, Joxian, Arantxa, Gorka, Nerea, Xabier, y todos los demás personajes —incluyendo al nauseabundo Patxi— son trasuntos exactos, apuntes del natural, de seres de carne y hueso que hemos tenido la dicha y la desdicha de tratar en nuestro entorno inmediato.

Aunque duela, y a veces lo hace profunda e intensamente, merece mucho la pena leer Patria.

3.300 personas escoltadas

Empezaré por el final. De hecho, por el final del final, es decir, por determinados comentarios que sé que inevitablemente recibirán estas líneas. Ojalá fuera una venda antes de la herida, y no la confirmación regular y hasta cansina de la brutal cantidad de tipejos que aún justifican el matarile a granel que practicó ETA. ¡Ah, claro, el de ETA! ¿Y qué pasa con el de…? Exactamente a eso me refiero, a la mandanga argumentativa que disculpa a unos sanguinarios sin matices pretextando que los de enfrente no eran mancos.

Pues no, no cuela. No hay absolutamente nada que sirva como pretexto o contrapeso a la incontestable injusticia que supuso que entre 1990 y 2011 en este trocito del mapa hubiera 3.300 personas escoltadas las 24 horas del día. Lo recoge el informe que ha elaborado el Instituto de Derechos Humanos Pedro Arrupe de la Universidad de Deusto por encargo de la Secretaría para la paz y la convivencia del Gobierno vasco. Me consta que varios lectores conocen en dolorosa carne propia de qué hablo. Al resto le pido que trate de imaginarse lo que es no poder siquiera bajar a tirar la basura sin compañía. Quizá provocando un grado de incomodidad mayor, les invito no ya a imaginar, sino a recordar —porque seguro que lo han vivido— cuántos se cambiaban de acera al ver aparecer a esta especie de leprosos sociales. Eso, si el valiente del lugar, siempre en compañía de otros de su ralea, no les soltaba las bravuconadas de rigor.

Así que podemos silbar a la vía, tirar del comodín de las otras injusticias impunes o incluso negarlo, que seguirá siendo vergonzosamente cierto que ocurrió. Y apenas ayer.