¿Cuántos somos?

25 por ciento de participación en las consultas sobre el derecho a decidir organizadas por Gure Esku Dago el pasado domingo. Hablamos de 35 municipios con una sociología claramente proclive a la cuestión, como se ha venido demostrando en incontables citas electorales. No parece que sea un secreto, de hecho, que igual que en las tandas anteriores, se ha escogido estas localidades porque se pensaba que podían ejercer como locomotora. ¿Reconocemos de una vez que los números no se parecen ni de lejos a lo inicialmente esperado o seguimos despejando a córner con las manidas excusas, interpretaciones o acusaciones cruzadas de culpa?

Por lo que veo, impera nuevamente la segunda opción. Que si tampoco está tan mal. Que, oye, ya mejorará cuando sea de verdad. Que no ayudó el tiempo soleado (con lluvia, ídem de lienzo). Que lo importante es crear cultura democrática. Que en realidad no se planteaba ningún objetivo. Que no hay que cegarse por las cifras. Que qué quieres, si el PNV anda pactando con el PP los presupuestos y eso desanima mucho. Que si no vas a ayudar, no molestes a los que lo están intentando…

Como me sé encuadrable en uno o varios de los enunciados anteriores, antes de hacer mutis, me limitaré a evocar la imagen del lehendakari Ibarretxe en el reciente acto del Kursaal junto a Artur Mas invitando a los asistentes a corear la canción Zenbat Gera? Hay que empezar por ahí, por contarnos. Una vez más, sin pretextos, evitando la tentación de hacernos trampas en el solitario. Ojalá estuviéramos dispuestos a afrontarlo, pero me temo que resulta más sencillo dejarse arrastrar por la cómoda inercia.

30 por ciento

La plataforma Gure Esku Dago se declara muy satisfecha con el resultado de las consultas sobre la soberanía del domingo pasado en 32 municipios de Gipuzkoa, uno de Araba y otro de Bizkaia. Asegura que la participación del 30 por ciento es un paso importantísimo hacia la consecución del objetivo que se persigue. Valora aún mejor que casi el 100 por ciento de los votantes apoyara la independencia. Ante la multitud de ojos como platos que causaba tal reacción, un titular de prensa acudía al rescate: decía que los números eran mejores, dónde va a parar, que los cosechados por la Constitución española en el referéndum de 1978. Pulpo… ya saben.

Quizá es que sea un aguafiestas, que las ruedas de molino para comulgar me resultan indigestas o que me adorna la mala costumbre de ser incapaz de dejar de ver lo clamoroso. No se descarta, ya puestos, que me haya convertido en un españolazo del copón de la baraja. El caso es que me debato entre el estupor, la tristeza y un punto de bochorno por semejante reacción triunfalista cuando canta a traineras que esas cifras son muy modestas. Y ninguna prueba mejor que la nula incomodidad que han causado en la acera unionista, por no hablar del regocijo sin tapujos con que determinados medios, ya imaginan cuáles, dieron la noticia. Casi es de agradecer el histrionismo histérico ¿o es histerismo histriónico?) de Carlos Urquijo, que debe de ser el único que se toma en serio la cosa.

Comprendo que no se pueda ni se deba hablar abiertamente de fracaso, pero opino humildemente que urge una reflexión sincera sobre lo que salta a la vista que no ha sido un gran resultado.

Autocríticas o así

Después de cada baño de urnas, a los partidos les conviene pararse a pensar por qué las cosas han ido como han ido. Y no solo en caso de derrota. También cuando la cosecha de votos ha sido generosa, resulta un ejercicio de provecho hacer inventario de cómos y por qués. Siempre que se haga, claro, desde la sinceridad y no desde el subidón soberbio de trazo grueso que tiende a parir explicaciones como que se es el puto amo y/o que el pueblo esta vez ha sido muy listo y ha sabido escoger. Errores de diagnóstico de ese pelo suelen engendrar futuros y no lejanos batacazos. Vuelvo a escribir como ayer que cuatro años son un visto y no visto. Ahí tienen empacando sus efectos personales en este o aquel despacho a los que hace casi nada no había quien tosiera.

Centrémonos en estos y en los muchos otros que, llevando en el machito varios quinquenios, acaban de descubrir que su culo también es desalojable de una patada popular. Son excepción ínfima los que son capaces de reconocer que la han pifiado pero bien. Lo más que llegan a admitir, provocando una pereza infinita, es que “quizá no hemos sabido comunicar nuestro mensaje”, o en una formulación directamente insultante, que “tal vez la gente no ha sabido entendernos”. Y luego están los que cierran los ojos a su monumental trompazo y rebuscan en acera de enfrente algo que dé apariencia de triunfo a su fracaso. Casi me caigo de la silla el domingo por la noche, cuando miembros de unas siglas abofeteadas por el escrutinio retuiteaban aleluyas por la pérdida de la mayoría absoluta de un partido que les había triplicado largamente en votos y representación.

Derrotas como victorias

A lo mejor son solo las encuestas, que van de mosqueo y sobrecocinadas a beneficio de obra, pero lo que uno infiere aquí y allá es que la anunciada muerte del bipartidismo en el Estado español tardará en llegar un buen rato. Si es que llega, que llevamos desde 1982 con la misma cantinela y todo lo que han visto nuestros ojos crecientemente cansados es la alternancia de rigor. Me quito, te pones, te quitas, me pongo, y vuelta a empezar. Al resto de los jugadores les queda pelearse las pedreas y, en el mejor de los casos, cruzar los dedos para que la mayoría no sea absoluta y puedan ejercer de bisagra, es decir, de bisagrilla. Eso, claro, y el autoengaño, en cuya práctica han alcanzado una maestría que roza la perfección.

Si estas formaciones —cada vez más en número, y de propina, más divididas— fueran capaces de abandonar la fascinación por su ombligo y mirarse desde fuera, comprobarían la amarga insuficiencia de lo que proclaman como grandes logros. Imaginemos, porque no es descabellado, que en las elecciones del 25 de mayo, la correosa candidatura acaudillada por el tertuliano omnipresente obtuviera el único escaño al que aspira. Habría cohetes, guirnaldas y charangas como si se hubiera certificado la toma del Palacio de invierno. Sin embargo, la jodida y terca realidad determinaría que frente a los, pongamos, meritorios 350.000 votos habría unos cuantos millones de papeletas respaldando el pérfido modelo contra el que luchan. Se trataría no ya de una victoria pírrica, sino de una derrota en toda regla. Pero vaya usted a decirles a los felices ganadores que, aunque no quieran verlo, han perdido.

La república que no fue

Será que se me está avinagrando —más aun— el carácter, pero este año he llevado muy mal las conmemoraciones de la segunda república a las que yo mismo me sumaba con gran entusiasmo no hace tanto. Por alguna extraña razón, que puede ser haber leído bastante sobre ese tiempo irrepetible, en lugar de soltar la lagrimita y dejarme arrastrar por la ola emotiva, he ido de berrinche en berrinche al comprobar lo poco que se parece el pastiche naif de algunos fastos seudonostálgicos a lo que pasó en realidad entre el 14 de abril de abril de 1931 y el último parte de guerra. Puedo entender vagamente los motivos de la idealización, pero me niego a aceptar la reescritura de los hechos como si se tratara de un cuento de hadas y brujas al gusto del infantilismo en que ha decidido instalarse esa cierta izquierda de la que no dejo de escribir últimamente. Está fatal la intolerancia a la frustración que provoca el presente, pero extender el vicio del autoengaño al pasado roza la patología.

Como anoté en otro aniversario, yo sigo reivindicando sin rubor la república imperfecta, una época en la que junto a los sentimientos más nobles proliferaron excesos, ingenuidades, atropellos, corrupción, caciquismo, fanatismos y, desde luego, políticos tan canallas o más que algunos de los actuales. ¿Tememos que por reconocerlo estemos justificando a los que se la llevaron por delante? Con ello solo estaríamos demostrando una conciencia culpable y, de propina, desdeñando la oportunidad de aprender de los errores. Y eso nos condena a la eterna añoranza de algo que no fue y que muy probablemente jamás volverá a ser.

Lo del viernes

Lo llamaré ‘lo del viernes’. No porque no se me ocurran formas mejores de etiquetarlo. Simplemente, me quedo con la más neutra y, salvo que ustedes me sorprendan, con la que resulta irrebatible. Todo lo que tenemos de cierto respecto a la cuestión es que ocurrió un viernes. El resto está sujeto a la interpretación y es altamente opinable. A tal punto, que las versiones oscilan entre la releche y la renada. Ese es, de hecho, el fenómeno que inspira estas líneas y donde diría que se esconde la madre del cordero. Que algo tan clamorosamente evidente como lo que sucedió ante nuestros ojos, oídos y entendederas dé lugar a lecturas no ya distintas, sino antagónicas, merece una reflexión. Una que no estamos dispuestos a hacer justamente por el mismo motivo que provoca que sumando dos y dos, a unos les salga cinco y a otros tres.

Sería grave que eso fuera así porque andamos peces con las matemáticas, pero tendría remedio a fuerza de echarle codos. Lo que no hay manera de arreglar es que la diferencia de resultados se explique por la obstinación en ver lo que nos sale de las narices. Ustedes, yo, el de la moto, la del descapotable y cualquiera que prestara una gota de atención somos perfectamente conscientes de que ‘lo del viernes’ sumaba cuatro. Quizá en otras ocasiones cabían dudas o había margen para la discusión de matices, pero en esta, todos y cada uno de los ingredientes hacían imposible la discrepancia. En el salón Imperial del Carlton y en el vídeo emitido por la BBC no había más cera que la que ardía. Sabrá cada quién por qué ha decidido tirar, como de costumbre, por la calle del autoengaño.