Ping-pong eterno

¿Recuerdan la urgencia con la que se convocaron las elecciones generales? Se nos hizo creer que había una prisa loca en darle un tajo al nudo gordiano del bloqueo para afrontar no sé qué cuestiones inaplazables. Pues mañana se cumplirán dos meses de la cita con las urnas y este es el minuto en que seguimos sin novedad en el Alcázar, o sea, en La Moncloa. Mimetizado en Rajoy —¿seguro que cambió el colchón?—, Pedro Sánchez tira de cachaza y se deja llevar en la placidez de la presidencia en funciones.

El cuajo alcanza tal nivel que en este tiempo apenas hemos oído de sus labios nada que tenga que ver con su investidura. De eso se encargan sus fieles escuderos, la vicepresidenta interina, Carmen Calvo, y el chico para todo, José Luis Ábalos, que va camino de batir el récord sideral de comparecencias públicas inútiles. Según salen de su boca, las palabras caducan. Ahora está todo muy avanzado para un gobierno de cooperación, ahora las posturas están a siglos, ahora, ya si eso, hasta se le tiran a los tejos a Ciudadanos, a ver si en su zozobra muerde el anzuelo y caen unas abstenciones del cielo.

Para nota también, lo del presunto socio preferente. El inquilino del chalé de Galapagar amenaza una noche con hacer morder el polvo a Sánchez para jurar a la mañana siguiente que el acuerdo está más cerca de lo que parece. Y apostilla el mendicante de ministerios, con cinismo insuperable: “aunque tengan que pasar dos meses y medio”. Efectivamente, es lo que parece. Nos toman a los ciudadanos por el pito de un sereno. Sus vidas no van a cambiar salga el sol por donde salga. El ping-pong que dijo Iglesias puede ser eterno.

Ciudadanos, en barrena

La banda sonora de esta columna la pone Carolina Durante. “Todos mis amigos se llaman Cayetano; no votan al PP, votan a Ciudadanos”. Veremos si en el futuro hay que modificar el ripio. No corren los mejores tiempos para la cuadrilla del chaval del Ibex. ¿O será ya ex-chaval? Llámenme conspiranoico, pero empieza a darme a la nariz que las sonoras deserciones que estamos viendo no son fruto de la casualidad. Igual que un día asistimos a una evidente operación de montaje a golpe de talonario de una fuerza que sustituyera al PP en caso de colapso gaviotil, se diría que ahora los financiadores tratan de frenar el invento.

Es verdad que suena un poco raro, pero vamos a ver si me explico. Fallado el objetivo original de hacerse con el gobierno de España —el poder territorial es importante pero secundario— con la suma de las tres derechas, el plan de contingencia consiste en evitar que Sánchez repita en Moncloa apoyado por Unidas Podemos y/o el resto de partidos disolventes que ustedes saben. Y eso pasa inevitablemente por que los naranjas se traguen sus bravuconadas del cordón sanitario contra el PSOE y acaben facilitando la investidura de su presunto archienemigo a través de la abstención. En nombre, ya saben, de la sacrosanta estabilidad. No es la primera vez que se ha hecho; recuerden cómo consiguió Rajoy su segundo mandato.

¿Funcionará la presión? Para ese fin, estaría por apostar que no. Es tarde para que Rivera, convertido ya en un Napoleón de lance, recule. De hecho, da la impresión de que Sánchez lo ha asumido y su dilema actual es pactar con Iglesias o jugársela a otras elecciones. Pura elucubración, conste.

Ciaboga inesperada

Esto sí que ha sido el clásico del gol en Las Gaunas, o sea, en el Sadar. Cuando —confesémoslo— muchos teníamos la garrota preparada para disciplinar a modo al PSN por su enésima traición, los acontecimientos giran y nos encontramos al perverso vasquizante Unai Hualde con 30 votos como 30 soles para presidir el Parlamento de Navarra. Oigan, que según mis dedos, son cuatro más de la mayoría absoluta. No me dejará por mentiroso Inés Arrimadas, indignadísima testigo de excepción de la ciaboga inesperada. Qué cagada, mi brigada, venir a celebrar el triunfo de la Razón de Estado y quedarse con el molde. De propina, con una secretaría de la Mesa de la cámara para EH Bildu, en la persona del incombustible Maiorga Ramírez, hasta ahí podíamos llegar. Pues se llegó.

A casi dos horas del lugar de los hechos, reconozco que se me escapan decenas de claves. Me siento incapaz de explicar por qué ocurrió lo que en el instante de comenzar la sesión de constitución de la legislatura nos habían dicho que era imposible. Y todavía tengo menos idea de por qué el partido que el sábado se volvió a cubrir de cieno en la elección de las corporaciones municipales ha actuado como nuestros ojos asombrados vieron ayer. En mi estupefacción, ni siquiera descarto que esta vez la llamada también haya venido de Madrid. Volteando el dicho, Ferraz te lo quitó, Ferraz te lo da, a lo mejor, después de haber echado cuentas para comprobar que por justicia poética, en esta ocasión la continuidad en Moncloa resulta más fácil aparcando los remilgos y dejando a los partidos del régimen otros cuatro años en el dique seco. Lo iremos viendo. Eso espero.

Pactilandia

Felicitemos al equipo de guionistas de este enredo de acuerdos, desacuerdos y contracuerdos a que estamos asistiendo. Fíjense que yo no daba un duro por el serial, pero aquí y ahora reconozco humildemente que, como elaborador de espacios informativos y moderador de tertulias, todos los días he tenido alpiste nuevo que echar al personal. Y da lo mismo el ámbito del que hablemos. Si no era el embrollo de Irun, eran las mil y una abracadabras de la cuestion-de-estado de la demarcación foral, el gamberrismo dinamitero de Vox, los esfuerzos de PP y Ciudadanos para que no parezca que están de hinojos ante Abascal o la reiteración de Iglesias en la solicitud de un ministerio o, ya si eso, una subsecretaría. Para nota, claro, la actuación a favor de corriente del PSOE, con Ábalos, el de la voz cavernosa, sacando el matasuegras del adelanto electoral unas horas antes de que saliera su compañera Adriana Lastra con la milonga del “gobierno de cooperación” para que las hordas opinativas tuvieran con qué entregarse a su consuetudinario onanismo mental.

Y más allá de la pirotecnia, los hechos contantes y sonantes. En la aburrida CAV, el pacto previsto, con margen a alguna liebre saltarina pasado mañana en la constitución de ayuntamientos. En Navarra, todo abierto todavía, no diré que no, pero con Maya volviendo casi con seguridad a la alcaldía de la capital. En una parte regular de la hispanitud, triderecha pura y dura, más o menos disfrazada, a falta, quizá, de alguna extravagancia. Todo ello, como anticipo de un gobierno de Sánchez en España a lomos de una aritmética que a la hora en que tecleo no soy capaz de prever.

¿Se repetirá la historia?

Le copio la frase a mi psiquiatra de cabecera: qué culpa tengo yo, si las veo venir. Con el escrutinio aún caliente e incompleto, a la vista de los números de Nafarroa se me ocurrió conjeturar que daban para el cambalache en otros lugares de la hispanitud. Los listos presentes en el debate corrieron a tildarme poco menos que de conspiranoico y megalómano. A quién carajo le iba a importar fuera de la Comunidad Foral lo que hacían o dejaban de hacer en un terruño ignoto, cuando las habas de verdad se jugaban en Madrid —capital y comunidad—, Barcelona y, por supuesto, en Moncloa.

Pasando por alto la pésima memoria en materia de agostazos y marzazos de los sabios circundantes, osé apuntar la (para mi) bastante verosímil posibilidad de que los dos diputados de UPN en el Congreso facilitaran la investidura de Pedro Sánchez a cambio de permitir el gobierno de esa cofradía de mareantes que atiende por Navarra Suma. Ahí me cayeron de todos lo colores. Poco faltó para que me retirasen el carné de opinatero por verbalizar lo que apenas un día después cobró carta de naturaleza.

Eso ya fue tres o cuatro días después, cuando los medios del ultramonte descubrieron literalmente la pólvora. Queda para la antología de la vergüenza ajena una portada de ABC que sostenía que el PNV le exigía a Sanchez “que facilite el gobierno de los batasunos” (les juro que es cita textual) en Nafarroa. Y qué decir del ignorante amanuense de El Mundo que tocaba a rebato en una descarga titulada “Si Navarra cae”, en la que anunciaba el apocalipsis… ¡con cuatro año de retraso! si los constitucionalistas no gobernaban. Vayan haciendo sus apuestas.

Ministro Iglesias

Es difícil escoger entre la lástima y la rechifla. Aunque quizá sea el hastío el sentimiento que más encaja con la matraca reiterada de Pablo Iglesias sobre su sueño húmedo de ser ministro. Si bien últimamente parece que el número de sus amigos —no digamos el de votantes— se reduce cual si le hubiera abandonado el desodorante, todavía deberían quedarle unos cuantos fieles para decirle, con toda la suavidad que sea necesaria, que está rozando el ridículo tirando a lo patético. El vallecano emigrado a Galapagar empieza a recordar a aquel entrañable aspirante a torero apodado Platanito que iba de feria en feria rogando una oportunidad para saltar al ruedo.

Qué diferencia, por cierto, este Iglesias con la cerviz baja y tono de voz quedo que ahora mendiga un chusco del gobierno —ya si eso, una subsecretaría o una dirección general— con aquel soberbio rey del mambo que a ritmo de rap le exigía a Sánchez tres cuartos de gabinete, incluido el CNI. Y ahí es donde procede la reflexión. En apenas tres años, el cuento ha cambiado diametralmente. Aquel PSOE al que se le llegó a administrar la extremaunción exhibe una lozanía envidiable. En contraste, la formación llamada a asaltar los cielos se acaba de estrellar en las mismas urnas que le hicieron creerse lo que Cortázar llamaba “la última chupada del mate”. Bastante éxito ha sido mantener, especialmente en la demarcación autonómica, un puñadito de lapas que sobrevivirán empotradas en el mismo sistema del que abominan y cuya humillación hacia ellos consiste justamente en subvencionarles sus vicios pequeñoburgueses mientras su líder carismático pordiosea un ministerio.

Fichad, fichad, malditos

Tiene bemoles lo de la ministra de Trabajo en funciones. “Nadie se ha tomado en serio el registro horario”, ha dicho Magdalena Valerio entre el lamento de plexiglás, la denuncia posturera y, en definitiva, el reconocimiento de la chapuza indecible que evacuó su gobierno en esa diarrea legislativa para la galería que el gurú Iván Redondo bautizó como viernes sociales. Lo divertido rondando lo encabronante es que la titular interina de la cartera del currele protagonizaba semejante rasgado de vestiduras horas antes de que su propio negociado publicase algo así como un manual de instrucciones para que las empresas se hicieran una mínima noción de cómo poner en práctica la genialidad.

Y ni aun así, oigan, porque ese presunto reglamento contempla tantas y tan variadas situaciones, que el resumen último es que vale todo y no vale nada. Vamos, que el control puede hacerse con sofisticadísimos métodos telemáticos o con una puñetera hoja de papel en la que se anotan a lápiz —da igual si son a voleo o directamente falsos— los datos de entrada y salida de lo que en tiempos de mi viejo se llamaba el productor. Las intenciones son seguramente inmejorables; el resultado, una jodienda añadida a la ya achuchada tarea de ganarse el pan. Claro que no cabe esperar nada de un sistema en el que quienes legislan sobre cuestiones laborales, quienes ejecutan esa legislación y quienes deciden sobre su cumplimiento no tienen ni pajolera idea sobre la naturaleza real del trabajo. ¿Cómo narices les explico yo a los propietarios de esas limitadas mentes funcionariales cuadriculadas que mi curro es de 24 horas al día, hotel y domicilio?