Euskal ezteiak

El ritual del matrimonio tradicional vasco contiene una gran riqueza de peculiaridades que retratan la idiosincrasia del país

Un reportaje de Amaia Mujika Goñi

En El País Vasco, al igual que en resto de Europa, los modos de vida tradicionales como la ganadería y el pastoreo, la agricultura y la pesca o las artesanías y oficios están en vías de extinción y con ellos esquemas mentales y creativos, técnicas de trabajo, léxico, ritos y rituales individuales y colectivos, convertidos en sujeto de investigación antropológica y objeto de museo.

Algunas de estas costumbres y prácticas de gran relevancia comunitaria, despojadas hoy de su utilidad, carácter y simbolismo, son recreados en el presente como fiesta-espectáculo de cohesión social identitaria. Así, ritos de paso como el matrimonio se escenifican bajo la denominación de Euskal Ezkontza en numerosos municipios como parte de las fiestas locales, o como una puesta en escena por jóvenes novios a la hora de celebrar su enlace civil. Una representación que tiene su origen en los cuadros teatrales de las Euskal Jaiak de Zarautz, promovidas por el pintor Mauricio Flores Kaperotxiki para la festividad de la Virgen de Arantzazu en 1924 y que siguen celebrándose con gran éxito en la actualidad.

Gizona agea esta andrea aizea. Eulalia Abaitua
Gizona agea esta andrea aizea. Eulalia Abaitua

En la cultura tradicional, el matrimonio –ezkontza– es el rito de paso más importante del ciclo vital del hombre y la mujer, es el tránsito a la edad adulta, la sexualidad y la procreación, así como el de mayor prestigio social al erigir a los contrayentes tras los esponsales, en jaun y andere de una casa, Etxe. Un etxeko jaun y una etxekoandre que, al margen de si son propietarios o simples inquilinos, ricos o pobres, son la cabeza y los brazos de una de las unidades básicas que han sustentado la sociedad vasca en la era moderna.

Herrik bere legue… Etxek bere astura. La casa –etxea– en el País Vasco, no es solo edificio y morada sino el núcleo físico, mental y simbólico sobre el que se sustenta su cultura. Su prototipo es el caserío –baserria– una explotación agrícola-ganadera de producción, reproducción y consumo, autosuficiente e indivisa que se ha de preservar y mejorar para ser transmitida de generación en generación.

Un complejo económico, autónomo y disperso en el paisaje pero integrado en su comunidad –herria– por vínculos materiales y simbólicos que rigen los modos de relación, colaboración y celebración entre vecinos.

Sugabeko etxia… odolgabeko gorputza. Un inmueble multifuncional vertebrado con el medio, de ahí las variedades constructivas existentes en el País, y con una distribución interior adaptada a las necesidades de habitación, trabajo y sepultura. Una vivienda cuyo corazón es la cocina en torno al hogar (luz, calor y alimento) custodiado por la etxekoandre al ser espacio para evocar, rezar y transmitir en euskera, y lugar donde la familia reunida, convive, trabaja y recibe.

Un casa asentada en la tierra y fundida con ella al cobijar un mundo animado de seres invisibles y familiares difuntos a los que se habla, respeta y venera al formar parte de los principales acontecimientos de la existencia de los vivos, mediante los ritos en torno al fuego sagrado del hogar y su prolongación en la sepultura de la parroquia, enlazados por el –hilbide-. Una casa habitada –etxekoak– cuyos miembros son identificados por su nombre y a los que proporciona personalidad jurídica y social.

Una familia extensa, que aglutina a todos los nacidos en ella y que al abandonarla en aras de su viabilidad económica siguen vinculados por una teja, árbol o dote, símbolo de la mutua reciprocidad con la casa a la que pertenecen y en la que serán siempre acogidos/as. Y por supuesto a los que moran en ella, la familia del elegido/a por los padres –etxenausik– como sucesor para la gestión, continuidad y transmisión del mayorazgo.

Con este fin, el heredero/a –zu etxerako– contrae matrimonio, en general de conveniencia, con la firma de un contrato en cuyas capitulaciones se especifican las respectivas aportaciones de los contrayentes y las servidumbres para con el Etxe (padres, hermanos, criados). Unos deberes que en el caso de la mujer son más explícitos ya que erigida en el eslabón entre pasado y futuro, recaen en ella el desempeño de los ritos funerarios para con los antepasados –sepultura hartze– y la maternidad con el fin de asegurar la sucesión.

Una de las estipulaciones primordiales del contrato matrimonial será la dote que supone la aportación de dinero, tierras o animales por parte del novio/a que llegaba de fuera, constituyendo una fuente de ingresos para el etxe y, en algunos casos la compensación para el resto de los hijos, que a su vez debían generar su propia dote para abandonarla. A veces por separado y a veces formando parte de ella está el arreo integrado por los muebles y enseres que el novio/a llevaba a su nueva casa y cuyo traslado, después de las proclamas, era un acto ritual y simbólico, que en el caso femenino finalizaba en torno al hogar con el rito de –etxe-sartzea– entre la etxekoandre mayor y la entrante o, en el establo con la entrega del palo –makila– cuando el traspaso de poderes era entre el etxeko jaun y su sucesor.

Eztei-gurdia El arreo tradicional, en el caso del novio se componía de ropa para sí, regalos para la prometida y aperos o herramientas de algún oficio por ser estos sus cometidos en su nueva casa. El de la mujer, en aras de su naturaleza, atributos y destino se habría ido preparando desde temprana edad y estaba constituido básicamente por la cama completa y el arca, expresión ambas de su futura vida conyugal; los elegantes y primorosos útiles de hilar como símbolo de las cualidades de feminidad y diligencia, y el ajuar textil fruto de años de aprendizaje y trabajo, para los que habrá contado con la enseñanza y colaboración del resto de las mujeres de su familia y vecindad.

La fabricación industrial, una mayor disponibilidad económica y las modas de la sociedad urbana influyeron, con el tiempo, en el número y tipología de los muebles integrantes del arreo incorporando cómodas, plateros, armarios, relojes, vajillas, sillas, aguamaniles y espejos con los que amueblar la casa. Si el mobiliario era imagen de la fortaleza doméstica de la casa no lo era menos el ajuar textil, al constituir ambos la suma de los sucesivos arreos llegados con cada nuevo matrimonio. Un ajuar que era trasladado en un arca específicamente construida para la novia y colocada en la habitación del nuevo matrimonio conteniendo, además de las varas de lienzo sin cortar, el ropero femenino, con el traje de boda que mudará en mortaja a su muerte, la lencería y la ropa de diario; el ajuar doméstico (ropa de cama, mantelerías y toallas) para el día a día y las celebraciones familiares, y los paños rituales, en especial los funerarios (sudarios, paños de ofrenda) de gran calidad y riqueza ornamental.

Gure amak, kutxean… noizko oialak ditu / Amonen amonekin nik galdu dut kontu. El traslado del arreo de la novia a su nueva casa se realizaba con anterioridad a la boda, habitualmente en día de labor y, dependiendo del nivel económico de la familia, en uno, dos y hasta en tres carros de bueyes. Un acto festivo de ostentación y notoriedad del etxe comunicado a los ancestros y a la comunidad mediante el chirrido estridente de los ejes de los carros y el bullicio, los cohetes y la música que acompañaba al cortejo de padres, hermanos y primeros vecinos.

Las parejas de bueyes, elegidos por su porte, se engalanaban cubriéndolos con lienzos de rayas o mantas de colores, hermosos collares de campanillas al cuello o con la costumbre vizcaina, de cubrir el yugo tallado con una piel de tejón y coronarlo con una –azkonarra– de hierro forjado y campanillas de bronce a fin de ahuyentar los malos espíritus. En algunos pueblos de Navarra y Zuberoa abría la comitiva el hermano de la novia llevando un carnero con los cuernos adornados con cintas rojas que, llegados a la casa, se convertían en objeto codiciado por unos y otros terminando, en general, sobre la boina del que sacaba a bailar a la recién desposada tras la boda.

Gurdi erdian… kutxa, aurrean arda-tza / ta lilai-muturrean amuko mata-tza / Gurdi atzean suila ta tupiki per-tza / ogekoz edertzen da gurdiaren ertza. La disposición del arreo sobre los carros, como en todo acto ritual, estaba codificada con un lenguaje simbólico compartido por la comunidad. Así la cabecera del carro estaba presidida por la rueca y el huso, situando a la cola, el espejo, haciendo referencia con ello a las cualidades que debían prevalecer en la mujer casada: laboriosidad sobre coquetería; centrada y en alto, la cama vestida con jergón de perfolla de maíz, cuatro colchones y almohadas de lana con sus correspondientes haces de lienzo de lino (sábanas, fundas de edredón y almohada). Y bajo ella el arca de novia con el ajuar textil que al llegar a la casa era desplegado, enumerado y elogiado por la costurera que lo había cosido, empezando por las sábanas y terminando por las camisas para el novio, entre las que destacaba una de elegante pechera para lucir en la boda.

Aurrean-aurren… oazala / Ederra eta zabala / Badakizue zer amoreri / Eginen dio itzala. En los otros carros, habitualmente prestados por los vecinos, se disponía el resto de los muebles, aperos de labranza, enseres de cocina, calderos y herradas de cobre, presididos por el torno de hilar mecánico y una estampa religiosa enmarcada. Atados al último carro una novilla, yegua u ovejas que se aportaban como dote, y cerrando el cortejo un grupo de mujeres que llevaban tortas y viandas para el banquete nupcial, siendo en Bizkaia las amigas de la novia, las encargadas de trasladar sobre sus cabezas los presentes de los familiares y las delicadas piezas de vajilla, paños de iglesia y candeleros de bronce.

Eztai-eguna… baita jairik alaiena / Anka jaso bage ez da gelditzen gai dena. Llegado el arreo a su destino, se celebraba el matrimonio en la iglesia y tras la bendición sacramental se volvía a la casa para disfrutar del banquete nupcial en torno a una gran y copiosa comida dispuesta para la ocasión, no siendo ni la primera ni la última con la que se agasajaría a los invitados. Al caer la tarde, los recién casados con amigos y familiares se fundían en una soka dantza, enlazando pasos y vidas en una suerte de compromiso colectivo ante un futuro incierto y a la vez prometedor: la continuidad del Etxe.

Goazen gudari danok…: El batallón Arana Goiri frente al fascismo

En septiembre de 1936 varias compañías de gudaris consiguieron detener en la muga entre Gipuzkoa y Bizkaia a las tropas sublevadas, lo que permitió la aprobación del Estatuto de Autonomía y la creación del Gobierno vasco

Un reportaje de Iñaki Goiogana

Cuando los soldados del ejército sublevado llegaron a Elgoibar el 21 de septiembre de 1936, el pesimismo ya había echado raíces entre las fuerzas leales a la República. Todo hacía indicar que la suerte estaba absolutamente de parte de los que pronto serían conocidos como franquistas. En efecto, solo hacía una semana que los soldados de Mola habían ocupado San Sebastián, una ciudad por lo demás vacía en más de la mitad de su población que optó por huir de la segura represión que se adueñaría de todos los territorios ocupados por las tropas formadas por requetés, falangistas, regulares coloniales y soldados profesionales. En esos escasos 8 días los sublevados apenas tuvieron resistencia a la hora de cubrir todo el ancho de la provincia guipuzcoana y no había razón para pensar que pudiera ocurrir algo diferente cuando entraran en Bizkaia. El desastre en el frente vasco parecía inminente.

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Hacía dos meses que la guerra había comenzado. Al inicio de la contienda, los sublevados se hicieron fuertes en Nafarroa y Araba, en el primer territorio citado prácticamente sin resistencia, en Araba se declaró la huelga general pero la indecisión del gobernador civil, la acción de las fuerzas derechistas, especialmente tradicionalistas, bien organizadas y decididas a favor de la sublevación, además de la postura partidaria al golpe de los jefes militares hizo que rápidamente la provincia alavesa se decantara contra las autoridades legítimas. En Bizkaia y Gipuzkoa el golpe fracasó. En Bizkaia desde el primer día, en Gipuzkoa después de dominar a los militares acuartelados en Loiola.

Aunque los leales a la República lograron dominar la situación en su capital, los sublevados empezaron a asomar en Gipuzkoa a finales de julio y primeros días de agosto. El 27 de julio entraron en Beasain y el primero de agosto en Ordizia. Sin embargo, los combates más fuertes y encarnizados, a la vez que los que decidieron la suerte del territorio, se desarrollaron a lo largo del Bidasoa, en la frontera interestatal. Lograr el aislamiento del territorio leal fue una conquista estratégica de primer orden, tanto desde el punto de vista material como moral. El 5 de septiembre fue ocupada Irun y, consiguientemente, cerrado el paso internacional, el 8 Errenderia y el 13 Donostia. Durante dos meses en Gipuzkoa los milicianos y gudaris lucharon denodadamente y con determinación, pero prácticamente sin armas adecuadas para la guerra. La política de No Intervención, auspiciada por el Reino Unido y secundada por Francia, privó a la República de los mercados legales de armas, mientras que los sublevados fueron en todo momento surtidos de todo tipo de material de guerra por parte de sus aliados nazi-fascistas, teóricamente partidarios y suscriptores de la No Intervención. No es de extrañar pues, que a la altura de mediados de septiembre los sublevados se hallaran eufóricos y llegaran a hacer planes para repartirse el botín del que se iban a incautar cuando, en pocos días, entraran en Bilbao.

Aglutinar esfuerzos En la capital vizcaina funcionaba la Junta de Defensa de Bizkaia, un organismo dirigido por el gobernador civil, José Echeverria Novoa, que integraba en su seno a todas las fuerzas políticas y sindicales que apoyaban a la República, desde el PNV hasta la CNT, pasando por socialistas, comunistas y republicanos de todo signo. Sea por la personalidad de Echeverria Novoa, por el peso de socialistas y nacionalistas o porque el frente se hallaba más lejos que en Gipuzkoa, en Bizkaia los intentos de revolución social no se dieron, no al menos con la intensidad que se dieron en Gipuzkoa donde las fuerzas republicanas más extremas tuvieron mayor protagonismo. Por lo demás, la carencia de armas de guerra en Bizkaia era similar a la que se daba en Gipuzkoa. Ello hacía que la ayuda que de Bizkaia podía llegar a Gipuzkoa fuera más simbólica que realmente efectiva.

En esta tesitura, casi a la puerta del desastre, las fuerzas republicanas empezaron a aglutinar esfuerzos. Se sucedieron los encuentros para formar un gobierno de unidad además de una dirección de los asuntos públicos vascos más coordinada. Francisco Largo Caballero, el dirigente socialista encargado de formar el que se conocería como el Gobierno de Victoria ofreció al PNV entrar en el ejecutivo republicano. El partido jeltzale exigió la aprobación del Estatuto de Autonomía y la formación de un Gobierno vasco.

Iniciada la guerra las distintas formaciones políticas y sindicales crearon sus propias unidades militares para hacer frente a los sublevados y, según los casos, para hacer la revolución o para defenderse de ella. El PNV, con el fin de conocer su poder de convocatoria, convocó para el 4 de agosto en Artxanda a sus seguidores. La convocatoria fue un éxito. Para entonces unos cientos de jóvenes habían acudido a Sabin Etxea secundando otras llamadas similares pero de menor intensidad y con estos jóvenes se inició la formación de las primeras unidades jeltzales en Bilbao, en el amplio edificio del Patronato que se hallaba en la calle Iturribide. Esta fue la semilla de Euzko Gudarostea en Bizakia, pero hubo dos cuarteles importantes que funcionaron en Gipuzkoa, uno, el más importante, en el santuario de Loiola, y otro, menor, localizado en Eskoriatza.

Una vez que llegaran los sublevados a la muga entre Bizkaia y Gipuzkoa era cada vez más claro que la suerte se podía decidir en muy pocas jornadas. Prueba de ello es la octavilla que el general sublevado Mola hizo lanzar sobre Bizkaia, donde daba margen hasta el 25 de septiembre para su rendición a “vascos y montañeses”, en caso contrario no repararía en medios hasta conquistar todo lo que se le resistiera. No hubo tal rendición y Mola cumplió lo prometido. Ese día fueron bombardeados Bilbao, Barakaldo y Durango con innumerables víctimas. La reacción popular también se cobró sus vidas pues a raíz de los bombardeos fueron asaltados los barcos prisión y la cárcel de Durango siendo asesinados a decenas de presos. Horas antes de que se cumpliera la hora del ultimátum de Mola, se obró un pequeño milagro. Lezo de Urreiztieta, santur-tziarra miembro de Jagi-Jagi, demostró estar bien preparado para actividades especiales. Lezo logró llevar al puerto de Bilbao un cargamento de armas después de trasbordar el material en alta mar de un barco a otro. Los pertrechos militares habían sido adquiridos en Checoslovaquia, transportados a Hamburgo y de allí a Bilbao después del intercambio marino en el Golfo de Bizkaia. Para que esta operación clandestina de adquisición de armas se desarrollara con éxito, el consejero de Hacienda de la Junta de Defensa de Bizkaia, el jeltzale deustuarra Eliodoro de la Torre, se había incautado, previo inventario, del oro depositado en el Banco de España de Bilbao. El metal se había trasladado a Francia en vapores de pesca de Ondarroa, donde había sido convertido en moneda fuerte e ingresado en una cuenta corriente.

Estas armas llegaron a Bilbao el 23 de septiembre. Rápidamente fueron distribuidas entre las unidades del frente y las de la retaguardia. Entre las unidades a las que llegaron estas armas estaban las cuatro compañías nacionalistas acuarteladas en el Patronato Kortabarria, Etxebarria, Garaizabal y Zubiaur. Nada más hacerse con el nuevo material estos gudaris supieron que en cosa de horas serían llevados al frente a reforzar las líneas que iban a ser atacadas por los sublevados. El 24 de septiembre, una vez reunida, la tropa fue arengada por las autoridades del PNV y se les comunicó que partían al frente unidos todos ellos bajo la denominación de Batallón Arana Goiri. Cuando llegaron a Eibar, la compañía Garaizabal y dos secciones de la compañía Zubiaur fueron separadas del grupo principal. Mientras el núcleo más numeroso continuó viaje hacia Elgeta, las unidades separadas fueron llevadas a Markina y de aquí, atravesando Etxebarria, al alto de San Miguel. En Aiastia sustituyeron a compañeros suyos del cuartel de gudaris de Loiola y junto a unidades de otras ideologías se aprestaron a resistir la embestida del enemigo.

Freno al avance La lucha de las unidades nacionalistas se prolongó desde el amanecer hasta el mediodía del 25 de septiembre. Los gudaris no pudieron mantener sus posiciones iniciales pero sí frenaron el avance franquista. La ofensiva franquista del 25 de septiembre se prolongó hasta los primeros días de octubre, cuando los franquistas definitivamente desistieron de continuar. Para entonces la línea de frente había retrocedido entre unos centenares de metros y unos pocos kilómetros, fijándose entre Asterrika, en la costa, hasta Elgeta. Pero el significado de aquella batalla va más allá del mero hecho de armas. La detención del arrollador avance franquista hizo posible que el Estatuto de Autonomía aprobado en la Cortes republicanas el 1 de octubre de 1936 pudiera tener un territorio y población sobre el cual ejercer su jurisdicción. De esta forma el lehendakari José Antonio Agirre pudo jurar su cargo en Gernika, a escasos kilómetros del frente, formar un Gobierno de concentración y ejercer una labor transformadora como nunca antes se había conocido. Se creó un ejército unificado con su marina, se erigió una universidad, se oficializó el euskara, etc. Con razón se ha dicho que el ejecutivo de Aguirre entre octubre de 1936 y junio de 1937 aprovechó el Estatuto hasta donde no estaba escrito dejando claro que la transformación radical de la sociedad era posible desde la democracia y el orden. Aquel Gobierno si no hizo más fue probablemente porque no pudo, no porque no se lo propusiera.

Hay que reconocer que todo aquello se logró gracias al esfuerzo que desplegaron miles de jóvenes, que en la mayoría de los casos antes de la guerra jamás habían empuñado un fusil, en los montes y en la mar luchando contra el ejército sublevado y en especial los que lucharon en el frente que se dibujó entre el mar y Elgeta a finales de septiembre y primeros de octubre de 1936. Nuestro recuerdo especial a los caídos en la acción desarrollada en Zirardamendi el 25 de septiembre, en representación de todos los que cayeron tanto entonces como antes y después en los frentes y en la retaguardia en defensa de la libertad.

Los vascos de la Primera Guerra Mundial

El pasado lunes se cumplió un siglo del comienzo de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, en la que los vascos también participaron y, a veces, desertaron

Un reportaje de Iban Gorriti

LA Primera Guerra Mundial también afectó a un buen puñado de familias vascas. El saldo de la contienda arroja 6.000 muertos, una larga lista de desaparecidos, y miles de heridos vascos de Iparralde y algunos contados enrolados al conflicto desde Hegoalde. Los investigadores disparan que 2.000 de los fallecidos fueron naturales de la provincia de Lapurdi. Además, hay autores que aseguran que hubo un tema tabú para los historiadores franceses: los insumisos y los desertores. Apuntan que, de los 8,5 millones de franceses movilizados, un 2% de deserciones provino del departamento fronterizo del sur del Estado. “Esta insumisión, que es ante todo un fenómeno pirenaico, tiene, empero, un carácter vasco”, valoraba Jacques Garat en el suplemento Aburu de Enbata y traducido en la revista Muga en 1982.

Se calcula que unos 6.000 vascos murieron en la Gran Guerra. Fotos: Sabino Arana Fundazioa
Se calcula que unos 6.000 vascos murieron en la Gran Guerra. Fotos: Sabino Arana Fundazioa.

El periodista labortano Eneko Bidegain (Baiona, 1975) cita en sus estudios que se envió a filas a vascos de entre 18 y 49 años. Su origen y destino fue el Regimiento 49 de Baiona, así como el Regimiento 18 de Pau. Los primeros en ir a la guerra lo hicieron el 7 de agosto. Cruzaron el callejero de Baiona hacia la estación del ferrocarril. En tres días, un total de 25.000 soldados partieron de Iparralde a la Gran Guerra. Del Bajo Pirineo, se estima que fueron 45.000.

En la línea del frente también hubo soldados de Hegoalde. Algunos investigadores estiman que fueron entre 200 y 300. El escritor catalán Ricard de Vargas-Golarons cita por ejemplo a dos jóvenes que provenían de Arrigorriaga: Francisco Beaskoetxea y José Perone-lle. Al parecer, se sumaron a la legión extranjera a través del partido Unió Catalanista.

Otras estadísticas apuntan a que la tercera parte de los vascos muertos durante la Primera Guerra Mundial perdieron la vida en la Batalla de Verdún, la más larga de este episodio histórico en el que se enfrentaron la denominada Triple Alianza contra la Triple Entente. La primera estuvo formada por las Potencias Centrales: el Imperio alemán y Austria-Hungría. Italia, que había sido miembro de la Triple Alianza junto con Alemania y Austria-Hungría, no se unió a las Potencias Centrales, ya que Austria, en contra de los términos pactados, fue la nación agresora que desencadenó el conflicto, además del asesinato del archiduque Fernando.

La Triple Entente la formaron el Reino Unido, Francia y el Imperio Ruso. Más adelante, Italia, Japón y Estados Unidos se unieron a la Triple Entente, mientras el Imperio Otomano y Bulgaria se unieron a la Triple Alianza. El Estado español se posicionó neutral, aunque no lo fue para proveer armas, como se hizo desde Eibar y Gernika-Lumo, por ejemplo. La industria vasca de armamento registró unas cifras de producción y venta no conocidas hasta la fecha. El gremio necesitó más mano de obra para abastecer a la Gran Guerra. El aumento también se dio, aunque según especialistas consultados en menor medida, en las explotaciones mineras, así como en las de barcos mercantiles.

Quien llegara a ser la primera consejera del Departamento de Economía y Planificación del Gobierno vasco, Milagros García Crespo, es taxativa en su análisis sobre la repercusión de esta ofensiva internacional. Lo escribió bajo el título Un modelo económico diferente: “La primera Guerra Mundial situó al País Vasco como la región industrial más avanzada de España, completando el proceso puesto en marcha con el sector metalúrgico a finales del siglo XIX e impulsado a principios de siglo por un fuerte sector bancario. La reacción proteccionista se produjo a partir de 1919 y no antes, porque la guerra permitió la exportación a gran escala y redujo a niveles mínimos las importaciones. La articulación del proteccionismo supuso un trato favorable para la industria vasca, siendo el centralismo el precio pagado por la protección y la reserva del mercado interior para la producción propia, la cual terminó por ser incapaz de competir en los mercados internacionales”.

Franquismo

García Crespo lleva sus conclusiones incluso al final de la Guerra Civil. Así, estima que durante los veinte años de autarquía, desde 1939 hasta 1959, el fuerte intervencionismo del Estado utilizó el proceso de sustitución de importaciones y la reserva de mercado para la protección de la industria estatal, “intensificándose la falta de competitividad”. Bizkaia y Gipuzkoa habían sido consideradas por los franquistas como “provincias traidoras”. Por ello “sufrieron intentos discriminadores sobre su industria. Así se deduce del análisis de los criterios restrictivos seguidos en la concesión de autorizaciones para la creación y ampliación de empresas en el País Vasco. Los intentos discriminatorios tuvieron escasas consecuencias porque, al ser la creación de focos industriales alternativos un proceso lento, resultó imprescindible fomentar la producción”.

Martina, la guerrillera de Berriz

Vitoria-Gasteiz cuenta con una calle dedicada a la Coronela Ibaibarriaga, en referencia a Martina, una berriztarra que con 20 años salió de su casa para luchar como guerrillera contra la ocupación francesa de principios del siglo XIX

Un reportaje de Ascensión Badiola

LA figura de Martina Ibaibarriaga, injustamente ignorada, en parte, por la oscuridad en la que quedaron sumidas las mujeres guerrilleras y, en parte también, por la falta de crónicas y de documentación que amparó esa oscuridad, nos acerca a la imagen de una heroína local que luchó junto con otras muchas mujeres desconocidas en contra de la represión de los invasores, así como también con guerrilleros de la talla de Francisco de Longa, otro vizcaino que con el avance de la guerra llegó a hacer carrera militar y a alcanzar un cargo importante en la jerarquía castrense, al igual que lo lograron otros guerrilleros.

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Sobre las mujeres, por el contrario, nos han llegado apenas unas líneas en alguna crónica o en las memorias de alguno de estos hombres que se emplearon a fondo contra los imperiales; incluso sabemos de ellas por las condecoraciones simbólicas y las pensiones vitalicias que Fernando VII concedió a las guerrilleras que con su valentía colaboraron en la ardua tarea de recuperar el trono, entre ellas, la duranguesa Ángela Tellería. De Martina apenas sabríamos nada si no fuera porque un nieto suyo, Ricardo Blanco Asenjo, escribió en un suplemento del periódico El Imparcial de Madrid, con fecha 7 de mayo de 1883, un relato novelesco sobre Martina al que se ha tachado más de leyenda que de historia real.

Martina Ibaibarriaga Elorriaga nació en Berriz en 1788, fue bautizada en la iglesia de San Juan Evangelista y murió en el pueblo burgalés de Oña en 1849, lugar en el que vivió casi toda su vida de casada después de terminar la guerra de la Independencia. En su primera juventud y hasta la toma de Bilbao por los franceses, el 6 de agosto de 1808, fue vecina de Bilbao, hija del boticario José de Ibaibarriaga Ameztegi, de Munitibar, que tenía su negocio en el Casco Viejo.

Nada más producirse el hecho de Ibeni, la batalla en la que murió el también conocido Luis Power, se formaron cuadrillas de ciudadanos en la capital vizcaina con la intención de pelear contra los franceses y es aquí cuando comienza la leyenda de Martina que, al parecer, se echó al monte como un hombre más para combatir a las tropas de Napoleón después de que en el saqueo de Bilbao, murieran a mano de los invasores, su padre y su hermano José.

Martina entró en la partida del guerrillero Belar, también conocido como El Manco, y es con él cuando empiezan sus aventuras por la zona del Duranguesado y donde los franceses detuvieron a su hermana Magdalena y a su madre para saber sobre el paradero de La Martina, como era conocida en tierras vizcainas y alavesas, detención de la que ha quedado constancia en el Archivo Foral del Territorio Histórico de Bizkaia, en un documento dirigido por el primer jefe de escuadrón al presidente del Tribunal Criminal el 25 de agosto de 1810 sobre el interrogatorio efectuado a la madre de Martina, de nombre Magdalena Elorriaga, sobre el paradero de su hija, «la muchacha vestida de hombre que hace parte de la banda de Belar, alias el Manco», así como el interrogatorio a la hermana de la muchacha bandida. El papel de los guerrilleros fue fundamental en la guerra contra el francés puesto que las fuerzas regulares del ejército se vieron apoyadas por estos ante los insuficientes medios con los que contaban y no fue hasta muy avanzada la contienda cuando la guerrilla se integró en el ejército regular. Hombres y mujeres de la guerrilla que pertenecían a diversas clases sociales, y que apenas tenían instrucción militar, tuvieron que agruparse por partidas al mando de uno de ellos, generalmente el más experto y audaz. Fueron los guerrilleros los que resucitaron el ataque por sorpresa, que unos años después fuera utilizado con gran éxito por Zumalacarregi. Atacaron las avanzadas enemigas, asaltaron convoyes y correos, minaron sus fuerzas y, en definitiva, consiguieron la desmoralización de un enemigo desigual en cuanto a que este era muy superior en número, táctica militar, potencia armamentística, logística y experiencia.

División Iberia

Así se inmortalizaron en Navarra, Javier Mina y su sobrino; en las montañas de Burgos, el cura Jerónimo Merino; en Salamanca, Julián Sánchez, El Charro; en La Mancha, el médico Juan Palarea; en Catalunya, el barón de Eroles y, cómo no, el vizcaino Francisco Tomás de Antxia, más conocido como Francisco de Longa, guerrillero que llegó a ser general en el ejército regular y bajo cuyo mando estuvo Martina Ibaibarriaga cuando ingresó en la División Iberia, según documentan las memorias del guerrillero Mina.

Fueron los guerrilleros tal pesadilla para los invasores que el general francés Soult expidió en Andalucía un decreto en el que se expresaba: «No hay ningún ejército español fuera del de S. M. católica don José Bonaparte. Así que todas las partidas que existan en las provincias, cualquiera que sea su número y cualesquiera que sean sus comandantes, serán tratadas como reuniones de bandidos y los individuos de ellas cogidos con las armas en la mano, serán fusilados y sus cadáveres expuestos en los caminos públicos. Los guerrilleros están hostigando cada día más a los franceses». Para los franceses y autoridades autóctonas colaboracionistas, todos los guerrilleros fueron brigants, es decir, bandidos, y fueron numerosísimos los juicios del Tribunal Extraordinario de lo Criminal, un tribunal exclusivamente francés contra ellos, bandidos a la fuerza, que al carecer de todo tenían que dedicarse al pillaje por los pueblos para poder obtener mantas, dinero y comida, hasta el punto de llegar a ser temidos casi tanto como los franceses. En este punto es donde comienza la confusión entre la Martina bandida y la Martina guerrillera; una confusión que también puede estar alimentada porque muchas de estas partidas atacaron en las poblaciones a los alcaldes y cargos afrancesados que colaboraron con el invasor. En su devenir, Martina llegó a estar al mando de una partida compuesta por cincuenta hombres, tal y como documentan las memorias de Mina cuando dicen de ella: «El 3 de julio se puso fin, cerca de Murgia, a las correrías de una partida que estaba haciendo estragos en Álava y Vizcaya, encabezada por una mujer llamada Martina».

Embarazada

Mina era implacable con las guerrillas que degeneraban en comportamientos de bandidaje. Al jefe navarro le presentaron a Martina y a los suyos en Santa Cruz de Campezo, a su vuelta de la visita al feudo de Longa en el norte de Burgos y decidió entonces hacerlos conducir ante Longa para que este dispusiese de ellos. «El fornido cabecilla vizcaíno hizo fusilar a los ocho más criminales, pero tuvo que perdonar a La Martina, por estar embarazada, incorporándola a ella y a los demás a su fuerza. Con el tiempo aquella mujer llegó a ser oficial en la División Iberia y para sorpresa de Wellington llegó a combatir como tal en la batalla de Vitoria».

Lo cierto es que esta mujer tuvo relación con otros personajes importantes de la época como fueron: el ya mencionado Francisco de Longa, nacido en Cenarruza y que dirigió la victoriosa acción de la Venta del Hambre en el macizo de Orduña, apoderándose de 5.000 uniformes completos y de 10.000 pares de zapatos y que con el tiempo llegó a ser general; el navarro Francisco Espoz y Mina, de 30 años, quien combatía al lado de su tío Javier; el guerrillero Mariano Renovales, con quien luchó en el sitio de Zaragoza, y aunque no existe dato alguno sobre la participación de Martina en la batalla de Vitoria -de la que en 2013 se ha celebrado el 200 aniversario- existe la teoría de que seguramente tuvo que participar bajo un nombre masculino por razones de intendencia y de ahí surge también el legendario nombre de Manuel Martínez. Las memorias de Mina informan sobre Martina como parte de la División Iberia, bajo el mando de Longa y, pese a que no sabemos más de su actuación, sí que conocemos la peripecia de dicha División que se movilizó por el eje de Murgia hasta Gamarra menor. A esta participación se atribuye la presentación que hizo Longa de esta valiente mujer al propio Wellington, quien dicen que se sintió muy impresionado al comprobar que aquel soldado tan valeroso era, en realidad, una mujer.

Parece ser que tras la guerra, Martina abandonó la vida militar, se casó con Félix Asenjo y se retiró a vivir al pueblo burgalés de Oña, tras afrontar un juicio por bandidaje, cuyo expediente se conserva en un archivo de Pamplona, según algunas fuentes bibliográficas. Martina fue absuelta y Fernando VII le otorgó el título honorífico de capitán y cobró una pensión vitalicia en agradecimiento por los servicios prestados, tal y como se informa en la Revista de las Armas y Servicios del Ejército Español, nº 543. Abril 1985, pp. 70 en la que se cita: «Martina Ibaibarriaga bajo el nombre del Ilmo. coronel Manuel Martínez siguió cobrando su paga de coronel en su casa hasta 1849, año en la que murió a la edad de 61 años».

Leyenda o realidad, hay una calle en Vitoria-Gasteiz que recuerda a la Coronela Ibaibarriaga y con ello, las singulares andanzas de la legendaria guerrillera vasca totalmente desconocida por el público en general, motivo por el que en 2013 me decidí a escribir una novela en la se diese vida al personaje de Martina, una mujer de rompe y rasga cuyas aventuras debieron ser apasionantes para una chica de clase acomodada como ella, que tenía tan solo 20 años de edad cuando salió de su casa para terminar su andanza militar en la batalla de Vitoria. Martina Ibaibarriaga, realidad o no, es ya Martina Guerrillera en la ficción literaria, una gran historia de amor, guerra y aventuras para una gran época y posiblemente para una gran mujer.

Solidaridad en la derrota

Se cumple el 75 aniversario de la marcha al exilio de Companys y Aguirre
Lekeitio, Iñaki Goiogana

A pocos días de empezar las fiestas de Navidad de 1938, la República española estaba exhausta. La batalla del Ebro había terminado con victoria franquista y la moral republicana estaba en cotas muy bajas. En el plano internacional, meses antes, en octubre, el presidente del Gobierno, el socialista Juan Negrín, había recibido otro golpe cuando la política de apaciguamiento seguida por Francia y Reino Unido había hecho posible la injusticia de entregar Checoslovaquia a Hitler. En efecto, el dictador alemán en su empeño de lograr el Reich de los mil años y la expansión territorial que entendía vital para su país, requirió para Alemania la región checa de los sudetes, habitada por población mayoritariamente germano-parlante. Checoslovaquia se negó a ceder parte de su territorio nacional a Hitler y convocó en su socorro a las democracias, con las que le ligaban tratados de ayuda militar.

Monumento en recuerdo a la salida al exilio de Companys y miles de personas más instalado en el paso de coll de Manrella.
Monumento en recuerdo a la salida al exilio de Companys y miles de personas más instalado en el paso de coll de Manrella. SABINO ARANA FUNDAZIOA

Desde el punto de vista de la República española, la crisis de los sudetes, desatada en plena ofensiva del Ebro, era interesante por cuanto pudiera desembocar en una guerra abierta entre las democracias y la Alemania nazi. En esta hipotética guerra, la República, obviamente, se alinearía con los franco-británicos que, a su vez, estarían obligados a apoyarla a fin de evitar dejar su flanco sur a merced de los fascistas. Nada de ello ocurrió. Las democracias optaron por el apaciguamiento, esto es, sacrificar Checoslovaquia a cambio de paz y esperar que con eso Hitler se contentara y dejara, además, de plantear nuevas reivindicaciones territoriales.

En los días previos a la Navidad de 1938, en la prensa internacional, al tratar sobre temas relacionados con la guerra civil, se hablaba de una posible tregua navideña. Un paréntesis en la guerra patrocinado por quienes abogaban por una paz negociada y con garantías internacionales. Esta anhelada tregua a quien sobre todo pudiera beneficiar era a las fuerzas republicanas necesitadas imperiosamente de pertrechos. Pero el resultado fue que no se produjo, y el 23 de diciembre de 1938 Franco inició una ofensiva contra Cataluña que acabó con la ocupación del Principado en poco menos de dos meses.

Franco pudo haber optado por atacar el otro territorio republicano, la zona Centro-Sur, donde se hallaba Madrid. Sin embargo, se decidió por el territorio catalán con el fin de cortar a los gubernamentales todo contacto terrestre con el extranjero y, además, con el fin de evitar la más mínima posibilidad de una declaración de independencia de Cataluña en el caso de una ocupación de la zona Centro-Sur y quedar la región autónoma como único resto del régimen de abril de 1931.

Tarde ya La ofensiva fue rápida aunque la generalidad de la población no se dio cuenta de la gravedad de la misma hasta muy avanzada esta. No solo no se dio cuenta el público, las autoridades vascas y catalanas tampoco estaban al día de las operaciones militares y del desastre que se avecinaba. No hay más que echar un vistazo a la correspondencia del secretario general de Presidencia, Julio Jauregui, en el momento máxima autoridad vasca en Barcelona, para apercibirse de ello. De este modo, la noticia de que algo muy grave estaba ocurriendo en los frentes no llegó a París, a oídos del lehendakari José Antonio Aguirre, hasta muy tarde, el día 20 de enero, menos de una semana antes de la caída de Barcelona. Estos avisos pusieron en guardia a algunos dirigentes vascos como Jesús María Leizaola que empezaron a vislumbrar el fin de la República.

Aguirre viajó a Cataluña en la noche del 24 al 25, para entonces bien consciente de que aquello se acababa y también de los peligros que le acecharían en territorio peninsular. Le acompañó Manuel Irujo. La misión que se habían impuesto era, por una parte, coordinar las labores de evacuación y, por otra parte, asistir a la que resultaría última sesión plenaria de las Cortes de la República.

Para cuando pisaron suelo catalán era imposible acceder a Barcelona, pues la capital catalana fue ocupada el 26 de enero. Previamente, el 22, salió por última vez en Cataluña el diario Euzkadi, editado en Barcelona por el PNV desde diciembre de 1937, y ese mismo día se dio orden a los hospitales que gestionaba el Gobierno de Euskadi para el cierre de los mismos y la evacuación del personal y enfermos. La evacuación propiamente dicha se inició en la noche del 23 al 24 de enero.

El lehendakari, ante la imposibilidad de llegar a Barcelona, se instaló en Port de Molins, localidad cercana a Figueres, y desde el citado pueblo ampurdanés dirigió las tareas de evacuación de la población vasca. Para ello, Aguirre estableció tres zonas de actividad. Figueres, la frontera y Perpiñán. En Figueres y la línea de demarcación franco-española los agentes vascos trataban de localizar e identificar a sus conciudadanos que huían, a la vez que se les dotaban de documentos a los que carecían de ellos, así como, cuando había posibilidad, una dirección a donde pudieran acudir en el exilio.

No resultó fácil esta labor, agravada por las condiciones meteorológicas, muy adversas en aquellos días de invierno, los ataques aéreos franquistas, que no dejaron de acosar a los fugitivos hasta que atravesaban la frontera, y, finalmente, porque las autoridades francesas no previeron la avalancha de refugiados que se precipitó a su país. Como primera medida al problema humanitario que se les agrandaba por momentos, los franceses optaron por cerrar los ojos y decretaron el cierre de la frontera. Y cerrados permanecieron los pasos hasta el 28 de enero, día en el que se abrieron, pero solo para la población no combatiente (mujeres, niños, ancianos y heridos). Esta semiapertura no resultó suficiente para solucionar el problema, pero ayudó a descongestionar de algún modo, al menos al principio, la presión sobre la frontera.

Labores repartidas En Perpiñán, instalados en el hotel Sala, las autoridades vascas se dividieron en sus labores. Por una parte, atendían directamente a los refugiados, en el caso de los niños, mujeres y ancianos proporcionándoles un pasaje hasta los refugios vascos, y en el caso de los hombres en edad militar acogiéndoles en el hotel y trasladándoles al campo de Argeles. Además, parte de los cargos y funcionarios vascos trasladados al Rosellón se dedicaron a visitar a las autoridades francesas, civiles y militares, para lograr mejorar en lo que fuera posible las condiciones materiales en las que se encontraban los refugiados vascos.

Para el 4 de febrero la situación militar en Cataluña era desesperada para las fuerzas republicanas. Ese día era ocupada Girona y en cualquier momento cabía esperar la presencia de las avanzadillas franquistas en Figueres y la frontera. El mismo día 4, el lehendakari Aguirre decidió abandonar Cataluña y partir hacia Francia, pero no quiso hacerlo solo. Quiso hacerlo acompañando al president de la Generalitat, Lluís Companys. Éste se hallaba en el mas Perxès, una gran casa rural, sita en la localidad de Agullana, cerca de la frontera francesa, adquirida por la administración catalana en primavera de 1938 para guardar lejos del peligro de la guerra parte del patrimonio artístico catalán. Las vicisitudes de aquellos días convirtieron al mas Perxès en la estación previa al exilio para numerosos políticos e intelectuales catalanes.

Aguirre y Companys supieron que cerca de allí, con la misma intención de cruzar al exilio, se hallaban Manuel Azaña, Juan Negrín y Diego Martínez Barrio, presidentes de la República, del Gobierno y de las Cortes, respectivamente. Los cinco acordaron cruzar juntos la frontera y hacerlo por un punto poco frecuentado. Sin embargo, cuando al día siguiente, 5 de febrero, los presidentes vasco y catalán se acercaron a la casa donde habían pasado la noche los más altos cargos de la República se encontraron con que estos habían marchado ya, sin esperarles como habían convenido, y no les quedó otra que emprender el ascenso del coll de Manrella y, una vez coronada la cima, bajar a Les Illes, primer municipio francés.

Ese mismo día 5 de febrero, las autoridades francesas ordenaron la apertura de los pasos fronterizos, y así permanecieron hasta el 10, fecha en la que los franquistas se hicieron con el control de los últimos que les faltaban. Durante los días que duró la evacuación cientos de miles de personas, se habla incluso de medio millón, cruzaron a Francia aunque no todos para huir de las represalias franquistas. Muchos soldados entraron en Francia por disciplina militar pero una vez liberados de sus obligaciones militares, optaban por regresar a sus casas. Aun así, fueron cientos de miles los que optaron por quedarse en Francia temerosos de la represión franquista.

La primera fase del exilio se había coronado se puede decir que con éxito, aunque con innumerables penalidades. Pero ahora venía lo más difícil, atender a las miles de personas en territorio francés.

El recorrido juntos de Aguirre y Companys venía a ser una metáfora de la situación del momento y de lo que vendría más tarde. Se dice que Companys al llegar a Les Illes llevaba el dinero justo para pagarse una tortilla. No tenían más, ni él ni su Gobierno, despojados por parte del Gobierno de la República de las cantidades de dinero previstos para la evacuación cuando los camiones de la Generalitat que lo transportaban a la frontera pasaron por Figueres.

Red de atención El Gobierno vasco en el exilio desde hacía año y medio tampoco tenía lo suficiente para atender a la gran masa de exiliados, pero sí contaba con una red de refugios y hospitales para atender a los más necesitados. Disponía también de una serie de contactos que podían procurar ayuda a los expatriados que fueron destinados a los campos de concentración. Así, el campo de Argèles-sur-Mer nunca dejó de ser un infierno para sus moradores, pero las conversaciones tenidas por Telesforo Monzón por indicación del lehendakari con las autoridades francesas lograron que se acotara una zona del citado campo donde se pudieron mejorar algo las condiciones de vida. Algo parecido ocurrió en Gurs, donde, además de tener una zona acotada para los internados vascos, el Gobierno de Euskadi pudo aplicar medidas que, poco a poco, sacaron a numerosos vascos para la emigración, a trabajar o los hospitales, además de vestirles y conseguirles algunos medicamentos.

Esto mismo dejó escrito Aguirre en su libro de Gernika a Nueva York, pasando por Berlín.

«… salía el Presidente de Cataluña señor Companys por el monte, camino del exilio. A su lado marchaba yo. Le había prometido que en las últimas horas de su patria me tendría a su lado, y cumplí mi palabra. También el pueblo catalán emigraba, y también la aviación de Hitler, Mussolini y Franco, asesinaba a mansalva a aquellos peregrinos indefensos. Las tropas de la República se retiraban a la frontera francesa. El abandono más absoluto por parte del mundo acompañaba a la derrota de aquellos adversarios del totalitarismo. Yo miraba con dolor a los fugitivos, porque para nosotros los vascos se había guardado en Francia aquellas normas de pudor que impone la desgracia. Se nos atacó y calumnió por los bien pensantes, pero vivimos en nuestras propias instituciones y fuimos distinguidos con afecto por las autoridades y personalidades de todas las ideas. Pero a aquella inmensa caravana de gente sin patria y sin hogar, le esperaba los campos de concentración como toda hospitalidad».