Irresponsables o algo peor

Lo de Cagancho en Almagro quedará en broma menor al lado del sofoco que se va a llevar algún estadista de cuarto de kilo cuando le toque anunciar que no hay otra que abstenerse y dejar gobernar a Rajoy. Será por responsabilidad, por altura de miras y por el resto de mandangas habituales que sueltan por la bocaza los mangarranes venidos a más, pero unos miles de contribuyentes con un par de dedos de frente sabrán que es un digodiego como una catedral. La lástima es que no faltarán palmeros con y sin carné que se encenderán en aleluyas, y que la memoria de pez que gastamos dejará sin castigo la enésima tomadura de pelo de unos tipos a los que se elige para que representen a la ciudadanía.

Parecía imposible empeorar la tragicomedia que nos hicieron vivir tras las primeras elecciones, pero en dos semanas y media que han pasado desde las segundas, hemos comprobado que los récords, incluidos los de ruindad, están para batirse. Mandan quintales de pelotas que, salvando a los partidos minoritarios, que por mucho que los señalen, ni pinchan ni cortan, los comportamientos menos deleznables estén siendo los del PP y Ciudadanos.

Sí, eso he escrito, y no sin rabia. Miente como un bellaco quien diga que Rajoy está volviendo a hacer el Tancredo. A la fuerza ahorcan, esta vez está meneando el culo a base de bien; hasta con los supuestos diablos de ERC se ha reunido. Y en cuanto al recadista del Ibex, ha sido el primero en tragar el sapo de la rectificación en público. Mientras, los de la nueva política se rascan la barriga a todo rascar y el PSOE acumula boletos para la rifa del hostión que evitó por un pelo.

¿Quién y cuándo?

Así como muy poco después del 20 de diciembre me empezó a oler a elecciones repetidas, en esta ocasión tengo la casi total certeza de que no habrá tercera convocatoria. Me resulta, y creo no ser el único, sencillamente inconcebible. Lo que no veo nada claro es cómo se va a evitar el escarnio que supondría volver a las urnas. Es verdad que todavía estamos en los compases preliminares del baile del abejorro y que nadie quiere ser el primero en bajar los brazos. Sin embargo, sabiendo que no habrá más remedio que claudicar ante la realidad, la contundencia de las proclamas se antoja entre la temeridad y el insulto a la ciudadanía.

Se me escapa, por otra parte, qué desdoro hay en reconocer la evidencia. Por más que en el terreno de lo hipotético haya sumas de peras, manzanas y albaricoques que podrían configurar una alternativa de cajón de sastre, el sentido común señala un ejecutivo en minoría del PP. Hasta Pablo Iglesias lo confesó en su rajada de El Escorial: el mejor escenario era dejar que Rajoy y sus mariachis se cocieran en su propia salsa y, si salía el sol por Antequera, presentar una moción de censura a mitad de mandato.

Es un planteamiento lleno de lógica. Esos números que, de tan variopintos, no alcanzan para gobernar, sí llegan para darle muy mala vida a Rajoy desde la oposición. Aparte de que el PP no colaría ni media ley nueva, podría ver cómo iban cayendo una detrás de otra las infamantes normas aprobadas en los tiempos del rodillo, desde la reforma laboral a la LOMCE pasando por la de Seguridad Ciudadana. Antes de llegar a ese escenario, alguien tendrá que ceder. ¿Quién y cuándo?

El elegido en Caracas

He visto cosas que vosotros no creeríais. ¿Atacar naves en llamas más allá de Orión? Bah, eso es una menudencia al lado de la llegada del adelantado Albert Rivera al aeropuerto internacional de Maiquetía-Simón Bolívar cual si fuera la reencarnación engominada del Mesías. O de Messi, que fonéticamente suena parecido. Flashes para cegar un ejército, cámaras y micrófonos a machaporrillo —cualquiera lo diría, con la falta de pluralidad informativa, ¿eh?—, escoltado por Lilian Tintori, ya más célebre que su entrullado marido, el tal… ¿cómo se llamaba? ¡Y la radio y la televisión públicas de España abriendo a todo trapo con la noticia, lo mismo que cuarto y mitad de los medios privados!

Más allá del patetismo y la insoportable sensación de vergüenza ajena, ese racimo de imágenes acompañadas por las membrilladas que soltó el gachó ofrecen el nivel exacto de lo que es la política española. Un mindundi de pies a cabeza que no ha empatado un partido en su vida aclamado como esperanza blanca de no se sabe qué democratización pendiente de Venezuela. Vuelvo a preguntarme de dónde saca para tanto como destaca, y a no esperar respuesta, por lo evidente: tiene unos chulos con mucho parné el figurín. Será por pasta. Se dejarán lo que sea para hacerlo pasar por un hombrecito, que después del 26 de junio, a medio bien que salgan las cosas, llegará el momento de cobrar con intereses.

Y por lo que toca a la oposición que agasaja con tal exceso a semejante nadería en mangas de camisa, enorme retrato también. Vaya unas personalidades internacionales para darle lustre a su bisnes. Maduro, ríndase, le tienen rodeado.

¡Rajoy vive!

En este punto y esta hora de la farsa procede una ovación con su correspondiente vuelta al ruedo para el Tancredo de Pontevedra. No se ha visto un cadáver con mejor salud que el del recordman planetario de presidir en funciones. Con la tontería, otro trimestre y pico que se echa al coleto el mengano. Vengan los tres tenores Sánchez, Iglesias y Rivera a quitarle lo bailado, que con razón se llevarán una peineta acompañada de una estentórea pedorreta. En singular homenaje a Helenio Herrera, Mariano los ha ganado sin bajarse del autobús. ¿Se acuerdan de las risas cuando le confesó al Puigdemont de pega que tenía la agenda muy despejada? Pues ya ven el despiporre actual: un tipo que a estas alturas debía empezar a ser un mal recuerdo vuelve a tener futuro. Como poco, puede tirar los dados de nuevo, y a ver qué pasa.

Eso, a ver qué pasa. ¿A que muchos de ustedes, como yo, sospechan que le puede ir la cosa mejor que el 20 de diciembre? Y ya, si nos ponemos cenizos, imaginamos con espanto una noche electoral, la del 26-J, en la que la suma del PP con Ciudadanos alcanzaría para gobernar con holgura. Tranquilicémonos. Probablemente todo se quede en susto. No puede ser que los dioses de la democracia, aunque sea esta tan chunga, nos quieran tan mal. Sin embargo, el solo hecho de que exista la posibilidad recién enunciada debería servirnos para un par de reflexiones. La primera, sobre lo poco que cabe esperar de ciertos votantes. La segunda, que cualquier desgracia que pase se la habrán ganado a pulso los que no han querido llegar a un acuerdo de puñeteros mínimos para mandar a casa a Mariano Rajoy Brey.

La gran gran burla

Como la tomadura de tupé de estos 4 meses no les parecía lo suficientemente vejatoria, los trileros de la política hispanistaní no se han privado de atizarnos el insulto final. Ni en un instituto de secundaria regular habría colado la oferta de último minuto —low cost hasta para eso— con que quisieron tenernos entretenidos a los que no nos queda otro remedio que prestar atención porque nuestro trabajo consiste en contar sus ocurrencias. Me disgusta coincidir con el figurín figurón Albert Rivera, pero se lo pusieron a huevo al chaval del Ibex. Para 4 años de gobierno entre 6 partidos, 30 propuestas en 3 folios. No llegan ni a los caracteres de un tuit para cada una de ellas. Ese es el nivel de profundidad de estos chapuceros con cargo al erario común. Claro que la página que da la medida de todo es la cuarta, esa portada de primer día de cursillo de Word bajo el encabezado Pacto del Prado. Por grandilocuencia de a duro que no quede.

Y menos mal que no salió. Sí, sé lo que me digo. Me consta que presuntamente nos habríamos librado del peñazo —además, carísimo— de la vuelta a las urnas. Aun así, piensen un momento en el escupitajo en el ojo que supondría haber hecho todo este viaje para acabar aceptando una chufa de acuerdo que perfectamente podría haberse alcanzado el cuarto día de negociaciones.

No lloremos por la leche derramada. Termino como ayer y, mucho me temo, como haré más veces de aquí al 26 de junio. Podemos achacar la mayor parte de la culpa, con sus diferencias de grado, a los tunantes que nos han estado toreando. Sin embargo, en nuestra mano estará que no puedan hacerlo de nuevo.

¿Fracaso colectivo?

Oigo y leo, incluso en los editoriales de los diarios que publican estas líneas, que la impepinable repetición de las elecciones generales obedece a (o es síntoma de) un fracaso colectivo. Pues a mi me borran de la lista de responsables, por favor. Seguro que tengo culpa compartida de mil y una tropelías, pero les prometo que de esta en concreto estoy tan libre como de la pésima imagen que dio mi equipo el otro día contra el Levante. Y como servidor, otros millones de ciudadanos que en esta farsa no hemos desempañado más papel que el de panolis, primos o pardillos, términos todos ellos del mismo significado. Solo faltaría que los truhanes que nos la han estado dando con queso durante ¡cuatro meses! vengan ahora a tratar de encalomarnos su fraude.

¿Fraude? Sí, porque aunque cupiera alegar también incompetencia, no sería atenuante. Quienes nos han acarreado hasta aquí lo han hecho, amén de con una torpeza indescriptible, a muy mala idea. Contra sus sus pronunciamientos públicos a dos carrillos, ninguno de los protagonistas de la tragicomedia de enredo ha obrado por el interés general sino por el suyo propio. Simplemente, podían permitírselo. Incluso en el peor de los casos, sus habas —y sus gintonics de 18 euros— no corrían el menor de los peligros.

En esa bastardez egoista sí han conseguido ponerse de acuerdo las cuatro siglas concernidas. Cabrá argumentar que no todas han mostrado el mismo grado de maldad, y no será incierto. Pero allá quien quiera engañarse jugando a salvar a los propios y condenar a los ajenos. Será darles patente de corso para que, llegado el caso, vuelvan a hacer lo mismo.

Tris, tras, tres

Primer encuentro a tres desde el 20 de diciembre, que ya ha llovido un rato. Dos horas y media de reloj, con 18 individuos alrededor de una mesa ovalada. ¿Media docena por cada una de las formaciones? Parece lo lógico, pero por alguna razón que les dejo interpretar, había 7 de Podemos —incluyendo al mandarín principal—, 6 del PSOE y 5 de Ciudadanos, con un gachó que causó baja de último minuto. Sánchez y Rivera se reservaron para mejor ocasión.

Muy cuquis en las fotos, pero, ¿el resultado? Nada entre dos platos. Y eso es precio de amigo, porque la cosa anda más cerca de la tomadura de tupé a la ciudadanía que de otra cosa. El trato a los periodistas que cubrieron el evento sirve como prueba, bien es cierto que allá cada uno, si se deja. Después de tener a la canalla tirada a esas horas —vendrán luego con la milonga de la conciliación y la racionalización—, Iglesias, el de la transparencia, el de la luz y taquígrafos, el que quería transmitir las negociaciones enteras, dijo que no le petaba soltar prenda. Mañana, por hoy, sería otro día.

Sí salió un mengano de Ciudadanos, de nombre José Manuel Villegas, a contar que se había quedado buena tarde, que qué bonitos los apliques de la sala donde se habían juntado y que, ya si eso, otro día hablamos. Salvo por la afectación y la solemnidad de chicha y nabo que gasta el teórico número ¿dos? de Ferraz, el discurso de Antonio Hernando derrotó por parecidas bagatelas. Cantaba a leguas que lo que nos están contando estos manifiestamente mejorables actores es que todos están en campaña para las elecciones de restreno que nos aguardan a la vuelta de la esquina.