Saturnino, el eremita berciano derrotado por Satanás

Cuentan que en el Camino Francés, en los montes de León, en las cercanías de la Cruz de Ferro, (en la foto, el refugio de Tomás de Manjarín, donde desde hace tres décadas se facilita hospitalidad a peregrinos y peregrinas), hubo en los siglos X y XI una gran concentración de eremitas, pues en aquellos tiempos, estaba en auge la búsqueda del conocimiento y la exaltación mística colectiva. Es en este llamado «Valle del Silencio» donde aquellos anacoretas, seguidores, inicialmente, de San Fructuoso y, posteriormente, de San Valerio y de San Genadio, comenzaron siendo pobres y sin necesidades económicas hasta llegar a influenciar en la vida material y espiritual de los campesinos de esta comarca al sur del Bierzo, donde hubo mas de cincuenta monasterios en la Edad Media. Todo este prodigio de religiosidad en los montes de León, en la comarca de los Montes Aquilianos, produjo a lo largo de aquellos años una «invasión» de ermitaños interesados por el conocimiento, la meditación y la mística, como, por ejemplo, el aplicado discípulo de San Valerio, Saturnino, que recitaba salmos, levantaba oratorios y, además, realizaba curaciones y actos paranormales. 

Lo cierto es que la realidad del discípulo, Saturnino, era otra, según cuenta su maestro San Valerio, que le califica en sus escritos de, «soberbio, ladrón y apóstata». Así, este aprendiz de fraile, en un acto de arrogancia, decidió emparedarse en una cueva para buscar la soledad y la oración, conminando a que nadie atendiese sus necesidades. Pero Satanás «supo del desafío» y se presentó en la cueva para atormentar al monje durante el día y la noche, propósito que logró finalmente. Saturnino fue derrotado por la maldad del diablo y salió muy enojado de su encierro; se apropió de muchos de los libros escritos por San Valerio y, montado en un borrico, huyó del lugar vociferando y echando pestes en contra de la comunidad de sus hermanos religiosos, sin que a partir de ese momento se volviese saber de él.

Esta historia y muchas más ocurrieron en este «Valle del Silencio» donde San Fructuoso de Brácara erigió el Monasterio Rupianense (consagrado a San Pedro y San Pablo), en recuerdo de un castro desaparecido llamado Rupiana. Mucho tiempo después, se nombra abad a San Valerio, un religioso eremita del Bierzo, que amplió y confirió un gran impulso al monasterio, sobre todo mediante las enseñanzas de los libros manuscritos por este prior. Finalmente, la invasión de los musulmanes arrasa el convento, que vuelve a ser levantado de su ruinoso estado a comienzos del siglo X por San Genadio de Astorga, ermitaño visigodo, que conservó su fe cristiana en medio de las tierras musulmanas. Hoy en día, este Monasterio de San Pedro de Montes esta siendo restaurado por la Junta de Castilla León.

Castilla consiguió la independencia del Reino de León por un logaritmo de un celemín de trigo

Cuentan que el trato por un celemín de trigo fue, según la leyenda, el resultado por el que Castilla consiguió la independencia del Reino de León (en la foto, una figura de la catedral de León con el escudo del Reino de León). Todo ocurrió en el siglo X cuando el conde castellano Fernán González se presentó en las Cortes de León con un precioso caballo y un atractivo azor ante el rey leonés Sancho I, el cual quedó cautivado por los animales. El monarca quiso comprar ambas posesiones del noble castellano que, por no ofender al soberano, ofreció regalárselos, propuesta que fue rechazada. Al final, decidieron fijar un precio insignificante por la compra: un celemín de trigo; aunque el contrato guardaba una «letra pequeña», es decir, los cuatro o cinco kilos equivalentes a un celemín de trigo se duplicarían por cada día de retraso en el pago. La deuda se incrementaría al siguiente día a dos celemines, cuatro al tercero, ocho al cuarto y así continuamente.

La «letra pequeña» del acuerdo era un logaritmo que, básicamente, se define como una operación matemática inversa a incrementar un número a una potencia. Por ejemplo, si elevamos dos al cubo obtenemos ocho, el procedimiento inverso sería el logaritmo de ocho en base dos, que proporciona el exponente, en este caso, tres. Pero, seguramente, nadie hizo los cálculos y el rey Sancho I estimó que un celemín era una cuota insignificante y se olvidó de la deuda.

Pasados siete años Fernán González dispuso suspender sus impuestos sin informar al rey de León porque estimaba que a partir de ese momento era el Reino de León el que estaba en deuda con Castilla.

Así, los asistentes de Sancho I hicieron los cálculos del déficit con Castilla: En total habían transcurrido 2.556 días desde que se cerró el trato y el valor de ese número de días de una progresión geométrica de razón 2 y cuyo término inicial es un celemín; de forma que el término reflejado en celemines será de 1×2 (2556-1), es decir, hay que multiplicar 2x2x2x2x2x2…. hasta 2.555 veces. Hoy, el cálculo se puede hacer mas fácilmente mediante la fórmula logarítmica

La realidad final resultó que Sancho I no tuvo más remedio que capitular a las evidencias del conde Fernán González porque no se producía suficiente cantidad de trigo en todo el Reino Leonés para hacer frente a la deuda y, de esta forma, Castilla obtuvo la independencia.

La paz es la historia del monasterio visigótico de San Froilán de Tábara

Cuentan que en el Camino Sanabrés de la Vía de la Plata en la localidad de Tábara, los Amigos del Camino de Santiago de Zamora y la Fundación Ramos de Castro, recomiendan a los peregrinos y peregrinas que, «la paz es la historia del monasterio visigótico, la encomienda templaria y las reivindicaciones del pueblo a la nobleza, buscaron la paz a través de la fe, el trabajo o la justicia. Y el monasterio mozárabe de San Froilán, en el siglo IX que aquí hubo. La paz dio a todos y a la humanidad los beatos. Caminante, que encuentres la paz en la andadura y sea tu vida la huella». Se refiere esta inscripción al monasterio habido en el siglo X en Tábara, clásico fin de etapa del también llamado Camino Mozárabe Sanabrés, en las cercanías de la sierra de La Culebra, y población donde se escribió e ilustró uno de los códices más hermosos que existen, el «Beato de Tábara». El ilustrador medieval, Magius fue quien comenzó el manuscrito, el cual fue concluido por el monje Emeterio en el año 970 después del fallecimiento de su maestro.

Hacia el año 915 el convento de Tábara (en la fotografía, su torre de estilo románico), fue escuela de copistas, pintores e ilustradores, y llegó a contar, según las crónicas de la época, con unos 600 monjes de ambos sexos, que realizaban copias de distintos códices manuscritos con los Comentarios del Libro del Apocalipsis de San Juan (Explanatio in Apocalypsis), que servía para difundir entre frailes y feligreses —de forma transparente y convincente— la creencia de la llegada del fin del mundo en el año mil; todos estos conceptos se divulgaban en el período de Cuaresma para buscar el arrepentimiento de los creyentes que, de esta forma, entenderían los horribles castigos que el Apocalipsis traería y las recompensas que obtendrían los cristianos justos.

Al monasterio de Tábara se le ha atribuido un origen visigótico, pero según la Biblia de Juan y Vimara, fue el obispo de la catedral de León San Froilán quien, junto al obispo de Zamora, San Atilano, fundaron el cenobio de Tábara con el apoyo del rey Alfonso III de Asturias a finales del siglo IX. Posteriormente, hacia el año 988 fue incendiado por las huestes de Almanzor y, años después hacia la mitad del siglo XII, Doña Sancha, hermana de Alfonso VII, legó todo el valle de Tábara a la Orden de los Templarios, desencadenando diversos enfrentamientos entre el obispado del Reino de León y la comunidad templaria. Hoy en día, la Iglesia de Santa Maria ocupa el lugar del monasterio desde el siglo XII.

Tábara es uno de los pueblos del Camino Mozárabe Sanabrés, final de etapa para los peregrinos y peregrinas que vienen por la antigua vía romana desde Sevilla o Mérida para conectar con el Camino Francés en Astorga o, en cambio, continuar por Orense hacia Santiago. En la actualidad, su albergue municipal es de acogida tradicional, donde la hospitalidad es la referencia primordial, porque uno de los marqueses de Tábara, Bernardino Pimentel, dejó escrito en su testamento que, siempre, sus herederos debían acoger a los peregrinos y peregrinas en su casa. 

El lamento eterno del Papamoscas de la Catedral de Burgos es el amor imposible del rey Enrique III, el Doliente

Cuentan que en el Camino Francés a su paso por Burgos, en la Catedral de Santa Maria, se expone el Papamoscas, un afamado personaje que abre excesivamente la boca, cuando suenan las horas, lanzando, al mismo tiempo, un lamento chillón y estrepitoso que, habitualmente, provoca una sonora carcajada a los que le contemplan. Esta ingeniosa leyenda del grotesco Papamoscas narra el amor imposible del rey castellano, Enrique III, el Doliente; llamado así a causa de su precaria salud, pues, según parece, había nacido con un exiguo sistema inmunitario que le hacía «presa fácil» de enfermedades contagiosas. En joven y enfermizo monarca había venido al mundo en Burgos en el año 1379 y, puesto que era muy devoto, todos los días acudía, en secreto, a la seo burgalesa a rezar, por su salud. Este rey pertenecía a la Casa de Trastámara y fue rey de Castilla y Príncipe de Asturias durante pocos años ya que falleció en Toledo en 1406 a la edad de 27 años.

Volviendo a la leyenda del Papamoscas, una mañana de «invierno burgalés» el devoto Enrique III se encontraba rezando en la Catedral de Burgos cuando quedó paralizado por la presencia de una joven y bella muchacha, que también se hallaba orando en una capilla continua a la que él estaba. El monarca quedó enamorado de la lozana doncella y, cuando esta salió del templo, la siguió sigilosamente hasta descubrir la casa donde vivía. La escena se repitió, una y otra vez, durante algunos meses sin que mediara palabra entre los dos jóvenes, pero la muchacha decidió un día «tomar la iniciativa» y poco antes de llegar a su casa dejó caer su pañuelo, que Enrique recogió, pero que no hizo entrega, pues, prefirió guardarlo y ofrecer uno de los suyos. La muchacha y el tímido rey, sin mediar palabra y cruzando entre ellos una vergonzosa mirada, tomaron el camino de sus respectivas residencias, pero, de pronto, Enrique escuchó a su espalda un lamento comparable a un quejido que, a partir de ese momento, ya nunca olvidaría. 

Al día siguiente, la doncella no apareció por la Catedral y el rey salió a buscarla a la casa donde la había visto entrar, pero, cuando preguntó por sus residentes, recibió como respuesta: «en esa casa hace tiempo que ya no vive nadie». Enrique quedó aturdido y afligido mientras en su mente se repetía el lamento de la chica, por lo que decidió encargar a un taller de relojeros venecianos una figura acompañada de un reloj con el fin de perpetuar el gemido de su amada en cada toque de campana; aunque, la verdad, el resultado logrado por el incompetente constructor del robot se alejó demasiado del deseo del monarca, el cual se encontró una grotesca imagen que lanzaba, abriendo exageradamente la boca, más un graznido que un grato suspiro cuando sonaban las horas.

Los feligreses que entraban en la Catedral burgalesa descubrieron la talla, que bautizaron como Papamoscas, pues, cuando sonaba la campana con las correspondientes horas, no podían evitar una carcajada al verle abrir la boca.  

La leyenda del descubrimiento de la Virgen de Orreaga Roncesvalles del Camino Francés

Cuentan que la veneración a la Virgen de Orreaga Roncesvalles se ha vinculado al Camino de Santiago como protectora de peregrinos y peregrinas desde tiempos inmemorables. Sobre su «descubrimiento» en este lugar del inicio del Camino Francés se conocen leyendas similares, a lo largo de los itinerarios jacobeos, que cuentan cómo apareció la imagen de la Virgen para ser venerada por los caminantes a Santiago de Compostela. De hecho, la realidad —documentada— nos indica que la imagen es una talla del gótico francés, traída desde la localidad francesa de Toulouse, cuando se comenzaron los trabajos de construcción de la Colegiata de Orreaga Roncesvalles, precisamente, en el lugar donde se produjo el prodigio de la aparición de la Inmaculada Concepción en el siglo X. En la actualidad, todas las tardes se celebra la Misa del Peregrino en la que se imparte la bendición de la Virgen para que los andarines tengan «Buen Camino».

La leyenda comienza cuando un canónigo asustado por las continuas invasiones de los francos y sarracenos a través de los Pirineos y, temiendo que la imagen de la Virgen fuera injuriada y profanada, decide ocultar la talla en el bosque pero, con el paso del tiempo, el sacerdote falleció sin revelar el lugar del escondite. 

Pasaron los años y el suceso quedó en el olvido por los habitantes de Orreaga Roncesvalles;  hasta que dos pastores en una oscura noche de niebla cerrada se cobijaron en una borda junto a sus ovejas. De pronto, vieron pasar delante de ellos un ciervo con su cornamenta iluminada con una luz cegadora. Los pastores, aterrados, corrieron a refugiarse en lo más profundo del aprisco y decidieron no contar el suceso en el pueblo. Así lo hicieron, pero durante la noche siguiente el ciervo volvió a mostrarse, esta vez, con las astas rodeadas de brillantes estrellas, que le otorgaban un aspecto sobrenatural. Los pastores, venciendo sus miedos, siguieron al animal, el cual se detuvo en una fuente, donde comenzó a arañar la tierra con sus pezuñas mientras se escuchaba una melodía angelical.

Los pastores decidieron acudir al obispo de Iruña Pamplona para contarle el celestial suceso, pero el prelado no les creyó, retirándose a dormir, pensando, que serían supercherías de aldeanos ignorantes e incultos; sin embargo, en la mitad del sueño del purpurado se le apareció un ángel que le conminó a acompañar a los pastores para comprobar el divino evento. 

El obispo se levantó a toda prisa y fue hasta el refugio de los pastores, justo en el momento en que el ciervo se acercaba a la fuente, y comenzaba a remover la tierra con sus patas. Todos los presentes se afanaron a excavar hasta que encontraron la imagen de la Virgen con su corona de plata reluciendo en la oscuridad de la noche. 

Hoy en día, muy cerca de la Colegiata de Orreaga Roncesvalles, junto al albergue de peregrinos y peregrinas, se puede encontrar la fuente del prodigio «presidida» por una antigua escultura representativa del momento en que un ángel despierta al obispo.

El tímpano de la Abadía de Conques, el cómic del Juicio Final

Cuentan que la abadía de Conques en la Vía Podense, que parte de Le-Puy-en-Velay, es un lugar de peregrinación especial para los franceses, pues son numerosos los que acuden cada año a visitar el que es considerado como uno de los pueblos más bonitos de Francia; en especial la abadía románica de la Santa Foy que cuenta con el tímpano del pórtico donde se representa el Juicio Final a modo de un cómic moderno. El pueblo de Conques  —en occitano Concas—   fue fundado en el año 819 cuando el eremita llamado Dadon instituyó una comunidad de monjes, origen de la actual abadía, bajo la protección de Carlomagno. Conques «hunde» sus raíces en la época romana (aunque este concepto no se encuentra  suficientemente documentado) pues existe un puente romano, así llamado, por el que los peregrinos atravesaban el río Dourdou. La realidad es que Conques se convirtió en un lugar de paso de peregrinos y peregrinas hacia Santiago, sobre todo, cuando un monje de Conques «robó» en Agen las reliquias de la virgen Santa Foy, famosa por curar ciegos y liberar cautivos, martirizada en el 303 por el emperador Diocleciano.


De esta forma, el número de peregrinos y peregrinas aumentó con las reliquias de la Santa Foy y la abadía prosperó hasta convertirse en una de las iglesias abaciales más grandes del sur de Francia, siendo muy afamado su tímpano y su tesoro de piezas artísticas de la época carolingia. Inicialmente, fueron los monjes benedictinos los que se hicieron cargo del monasterio y, posteriormente en el siglo XVI, los agustinos entraron a residir en él.

El tímpano del Juicio Final presenta en su centro la imagen de un Cristo, de mirada severa y rodeado de cuatro ángeles protectores, que indica mediante sus manos la dos direcciones para las almas que van a ser juzgadas. Encima del Cristo, dos ángeles sujetan la cruz de la crucifixión y en sus manos uno de los clavos y la punta de la lanza. Y a la izquierda cuatro ángeles serafines protegen al Hijo de Dios de los pecadores, representados a través de varias esculturas los siete pecados capitales, además de otras vilezas como el suicidio, la usura, la herejía o el engaño. Todo ello con una leyenda en lo alto que dice: «Pecadores, si no cambiáis vuestras costumbres, sabed que sufriréis un juicio terrible».   

Bajo los pies de Cristo, el arcángel San Miguel pondera las virtudes y pecados de las almas, mientras un Satanás guasón intenta empujar la balanza en su favor. Los malditos, en el apartado de abajo, son enviados a las fauces del monstruo marino Leviatán, el cual abre las puertas del infierno.

En el lado contrario a la figura del Cristo —a la izquierda del espectador— encontramos «El Paraíso» y en la parte baja unas viñetas, que simboliza el Antiguo Testamento: Abraham con sus dos hijos Jacob e Isaac; Aaron y Moises; profetas, apóstoles y Santas mujeres que llevan frascos con ungüentos. Y en el nivel de la figura central del Hijo de Dios se representa el Nuevo Testamento: La Virgen María, seguida de San Pedro, el monje Dadon, el abad de Conques junto al monje Arosnide, (que «robó» las reliquias de Santa Foy) y Carlomagno; todos ellos acompañados de un séquito de almas piadosas.

A grandes rasgos estas serían las viñetas del tímpano del «Juicio Final» de la abadía de la Santa Foy de Conques, que, según se cree, fueron realizadas por un escultor que había trabajado en la construcción de la Catedral de Santiago de Compostela.

En Youtube se encuentra un video con una representación nocturna del tímpano:

La tumba de César Borgia es pisoteada «por hombres y bestias»

Cuentan que en la ciudad navarra de Viana, en el Camino Francés, a su paso por «Tierra Estella», se encuentra enterrado el segundo hijo natural del Papa Alejandro VI y de su amante Vannozza dei Cattanei, llamado César Borgia, el cual fue cardenal, obispo de Iruña Pamplona, arzobispo de Valencia, mecenas y protector de Leonardo da Vinci, y protagonista del famoso relato «El Principe», escrito por Nicolás Maquiavelo. También, fue general de las milicias del Vaticano y de los ejércitos del Reino de Navarra, además de poseedor de innumerables títulos nobiliarios. Entonces transcurría el siglo XV del Renacimiento, una época en la que nació y se crió César Borgia en una Italia, plagada de peleas y conflictos entre clanes, «acunado» y protegido por el inmenso poder de su padre, el Papa Alejandro VI.


Según cuenta la historia, César Borgia aprendió en la Italia del Renacimiento a intrigar, negociar, conspirar y traicionar, según su conveniencia, para convertirse en el principal caudillo de la dinastía de los Borgia, que  lideraba, en un principio, su valenciano padre Alejandro VI, el cual tuvo cuatro vástagos: Juan, César, Lucrecia y Jofré. El primogénito Juan era el preferido del Papa Alejandro VI, asunto que no gustaba a su hermano César, el cual fue destinado a la carrera eclesiástica, que abandonó después de la misteriosa muerte de su hermano Juan. 

En una noche de verano Juan y César cenaron juntos y, al final, cada uno se fue a sus correspondientes viviendas, pero el hermano mayor desapareció y nada se supo de él hasta que fue encontrado flotando en las redes de un pescador en las aguas del río Tiber. Nada se supo de quién le mató aunque algunos cronistas de la época señalan a César como el autor de su muerte, lo cual nunca se ha demostrado. Era el momento ansiado por César Borgia para sustituir a su hermano Juan y convertirse en el  capitán de los ejércitos vaticanos. Fue entonces cuando hizo cincelar en su espada el lema «¡Aut Caesar aut nihil!» (¡O César, o nada!), prueba de su ambición. 

A partir de este momento, la trayectoria de César Borgia ascendió como la espuma con el refrendo y las conspiraciones de su padre, el sumo pontífice. Pero el punto de inflexión se produce cuando el progenitor y su hijo acuden a una banquete, invitados por el cardenal Adriano de Corneto. Días después, Alejandro VI enferma, al igual que César, pero el Papa fallece mientras su heredero logra salvarse. Por esas fechas había una epidemia de malaria en Roma, aunque todos los indicios señalan a que fueron envenenados. 

Ha llegado el tiempo de la decadencia de César Borgia que, finalmente, se ve encarcelado en Italia y, después de diferentes avatares, termina acudiendo al reino de Navarra, acogido por su cuñado el rey Juan II de Aragón, que le nombra condestable y capitán de los ejércitos navarros en un intento de ganar la guerra que se desarrollaba entonces entre los agramonteses, los seguidores de los reyes navarros y los beaumonteses, los partidarios del condestable del reino de Navarra.

El final de César Borgia está ya cerca, cuando en el asedio a la ciudad de Viana —el Castillo se mantiene firme— se produce una escaramuza que encoleriza al capitán navarro. César Borgia sale a caballo en persecución de los hombres, que han evadido el cerco, sin darse cuenta que ha dejado a sus hombres rezagados. Es el momento aprovechado por sus enemigos en el llamado Barranco Salado para darle muerte.

Su cuerpo, recogido por sus soldados, es llevado para darle sepultura en presbiterio de la iglesia de Santa María de la Asunción de Viana, pero, pasado un tiempo, el obispo de Calahorra decide que César Borgia no tenga privilegios y ordena sepultarle en la calle, a la entrada del templo, para que «los hombres y las bestias pisen sobre su tumba y de esta forma, purgue los pecados cometidos». 

El milagro de la luz equinoccial: La televisión de la astrofísica del siglo XI

Cuentan que en los equinoccios de primavera y otoño se produce el «Milagro de la Luz» en las iglesias románicas de Santa Marta de Tera, en Zamora, y en San Juan de Ortega, en Burgos, respectivamente, en el Camino Sanabrés y en el Camino Francés. Este es un fenómeno que tiene como protagonista al sol al iluminar los capiteles medievales de las localidades mencionadas y que, metafóricamente, se puede definir como la televisión de la astrofísica en el siglo XI. Así, los cristianos de la Edad Media podían comprender los misterios de la Encarnación y la Ascensión. Este próximo viernes, 18 de marzo, se repetirá el prodigio durante unos pocos días, cuando el sol cruza el ecuador celeste y el día y la noche tienen la misma duración. Oficialmente, la primavera entrará el domingo 20, a las 15,33 hora UTC (Tiempo Universal Coordinado, que en España es UTC+1). 


En Santa Marta de Tera todo comenzará este viernes 18 de marzo, hacia las 9 de la mañana, y durará hasta el jueves 24, cuando la luz del ventanal abocinado incida —durante unos 5 minutos— sobre el capitel de la izquierda donde se encuentra la representación de la Ascensión de Jesucristo. La iglesia de Santa Marta, considerada como la más antigua de Zamora, es de estilo románico y, según se cree, formaba parte de un monasterio mozárabe. En su portada se encuentran las imágenes de Santiago Peregrino y San Pedro.La principal celebración prevista en Santa Marta de Tera será el próximo 19 de marzo a partir de las 9 de la mañana, con la Schola Cantorum de Zamora que interpretará el concierto «Dominica in palmis». Aunque, para aquellos que deseen acudir, se aconseja rellenar un formulario de inscripción para asistir al «Milagro de la Luz» y al concierto en el siguiente enlace: 

https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSejtfYN6vCW5yLQXIllJdmpVlZb4wDSOKZJ_SgE0iSuajkElA/viewform

En el caso de San Juan de Ortega la luz de un rayo de sol ilumina el único capitel historiado, —durante 10 minutos— a las 17 horas (hora solar), el cual recorre a través de una secuencia perfecta, que representa la Anunciación de la Virgen María. La sucesión de la estampa alumbra primero a María y la notificación por el arcángel Gabriel de la Encarnación del Hijo de Dios, la Virgen embarazada a continuación, y el saludo a su prima Santa Isabel, mientras San José se encuentra adormilado en siguiente el vértice, y la escena se completa, finalmente, con el pesebre con el Niño Dios y la «buena nueva» a los pastores.


La iglesia de San Juan de Ortega fue restaurada en el siglo XV por el artista Simón de Colonia, el cual poseía elevados conocimientos matemáticos y de astronomía adquiridos durante su formación en su Alemania natal. En el interior del monasterio se encuentra el sepulcro de San Juan de Ortega, considerado patrono de la fertilidad, donde las mujeres que quieren quedarse embarazadas acuden a rezar a su sepultura para alcanzar su propósito.

La «Virxe da Barca», que llegó a Muxía en una barca tripulada por los ángeles

Cuentan que cuando Santiago estaba predicando la palabra de Dios en tierras gallegas la Virgen se le apareció por el mar de la Costa da Morte, navegando en una barca de piedra tripulada por los ángeles; al llegar a tierra la Virgen dijo al apóstol que sus sermones habían tenido éxito, pero que era necesario que regresara a Jerusalén para su martirio. La Madre de Dios entregó a Santiago una imagen suya para que fuera venerada en aquel lugar, donde se construiría una ermita, la cual llevaría por nombre el santuario de La Virgen de la Barca de Muxía. Ya en el siglo VI había una capilla y, posteriormente, en el XV se amplió con una nueva iglesia y, al final, en el XVIII se erigió el monasterio actual. Este es uno de los finales de los muchos Caminos de Santiago, junto al clásico de Fisterra en la Costa da Morte.

Este es el inicio de la leyenda de «la Virxe da Barca de Muxía», donde se pueden encontrar tres grandes piedras que sugieren, según sus formas, la vela de un barco, su quilla y su timón, las cuales han recibido los nombres de «la Pedra de Abalar», «la Pedra dos Cadrís» y «la Pedra do Timón»; son los restos de la barca pétrea de la Virgen cuando se apareció a Santiago en la Costa da Morte. A todas ellas se les atribuyen, según arcaicas creencias, propiedades milagrosas y curativas, que han sido modificadas por la tradición cristiana.  

El domingo siguiente al 8 de septiembre se celebra la romería de la Virgen de la Barca y los romeros intentan mover «la Pedra de Abalar» subiéndose a ella, aunque, según aseguran, sólo se mueve si la Virgen lo quiere. Suelen ser muchos los que, interiormente, realizan una pregunta a la «pedra», la cual responde afirmativamente, si se menea, o negativamente si se queda inmóvil. 

«La Pedra dos Cadrís» —-cadrís en gallego significa riñón—- está considerada como la vela de la barca y se le atribuyen propiedades curativas sobre los dolores de espalda, el reuma, lumbago, artritis o ciática. La forma de mejorar de estos males suele ser arrastrarse por el hueco que deja la «pedra» en su parte inferior un total de nueve veces y colocar la cabeza en una cavidad, a la que también se le atribuye el alivio del dolor de cabeza. 

Y, finalmente, «la Pedra do Timón» no parece tener ceremonia ordinaria, aunque para compensar la visita a esta «pedra», muy cerca se encuentra «la Pedra dos Namorados» a la que se aplica la propiedad de amor eterno. Hoy en día, todas estas ceremonias se utilizan como un elemento añadido a la romería de septiembre.

El Puente del Paso Honroso de Hospital de Órbigo en el Camino Francés

Cuentan que al noble leonés, Suero de Quiñones, se le ocurrió una aventura caballeresca, en la localidad leonesa de Hospital de Órbigo, en el Camino Francés, donde encontramos un viaducto al que se le conoce como el Puente del Paso Honroso. En realidad, se trata de un hecho histórico, sucedido en el «año jacobeo» de 1434 y contrastado, según la crónica escrita por Pero Rodríguez de Lena, notario del rey  Juan II de Castilla. En aquellos tiempos, miles de peregrinos atravesaban Hospital de Órbigo camino de Santiago de Compostela. En total fueron unas 166 batallas las que mantuvieron durante un mes los amigos y caballeros de Suero de Quiñones, logrando mantener el paso invicto, hasta que cansados y malheridos decidieron dar por finalizada la contienda para dirigirse a postrarse a los pies del apóstol.

Esta aventura caballeresca comienza como consecuencia del enamoramiento del caballero Suero de Quiñones hacia Leonor de Tovar, pues el noble leonés, señor de Navia, portaba en su cuello una argolla y una cinta azul, como prueba de su amor hacia Leonor, con la leyenda: «Si no os place corresponderme, no hay dicha para mi». Pero parece que el caballero estaba ya cansado de llevar estos «grilletes» para lo que ideó peregrinar a Santiago, como prueba de amor, no sin antes derrotar a todos aquellos caballeros que osaran atravesar el Puente del Paso Honroso de Hospital de Órbigo.  Así que Suero de Quiñones solicitó permiso al rey, Juan II de Castilla, para el torneo y acampó en una de las orillas del río con 9 amigos, caballeros como él, dispuestos a luchar en un combate con lanzas contra aquellos hidalgos que quisiesen atravesar el puente. 

Durante un mes del verano de 1434 tuvieron lugar las justas con lanzas en el Puente del Paso Honroso, saliendo  los caballeros de Suero de Quiñones victoriosos en todos los desafíos. Pero estos duelos «pasaron factura» a los hidalgos leoneses, acampados en la orilla del río Órbigo hasta que, finalmente, levantaron el campamento y se dirigieron en peregrinación a Santiago de Compostela para depositar la gargantilla y la cinta azul en la capilla de las reliquias y en el cuello de la imagen de Santiago el Menor, respectivamente.

Hospital de Órbigo celebra a primeros de junio la festividad del Paso Honroso con romerías medievales y la reconstrucción de un torneo. En el viaducto un monolito recuerda los nombres de los amigos que acompañaron a Suero de Quiñones durante los combates: Pedro de Ríos, Sancho de Rabanal, Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Suero Gómez, Pedro de Nava, López de Aller, Diego de Benavides y Gómez de Villacorta. 

Esta es una historia real, cantada por numerosos poetas y juglares medievales.