El sepulcro de Sancho VII el Fuerte de Navarra en Orreaga Roncesvalles

Cuentan que cuando los rayos de sol cruzan la vidriera de la estancia donde se encuentra el sepulcro del rey navarro Sancho VII El Fuerte, su imagen mira el ventanal a su derecha mientras, discretamente, esboza una orgullosa sonrisa, al admirarse rompiendo las cadenas de los soldados negros, los imesebelen, que protegían al caudillo almohade, Muhammad Al-Nasir, en la batalla de las Navas de Tolosa. Toda esta fábula  tiene lugar en la Colegiata de Santa María de Roncesvalles, donde se encuentra la tumba del último soberano de origen vascón; un gigante de más de dos metros de altura, cuñado del rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León. Su primer matrimonio fue con Constanza de Tolosa, la cual fue repudiada, para casarse de nuevo con Clemencia, hija del emperador Federico I de Alemania. 


Además del sarcófago del rey navarro la cripta se complementa con una vidriera del épico momento en el que Sancho VII El Fuerte, montando sobre un caballo blanco, encabeza la carga de caballería y rompe el encadenamiento de la guardia del Miramamolin Al-Nasir, el cual se ve obligado a huir. Este precioso ventanal está realizada por la Casa Maumejean en 1906, fecha en la que se realizaron las obras de acondicionamiento del sepulcro de Sancho VII El Fuerte, cuando se cumplieron setecientos años de la batalla de las Navas de Tolosa.

Orreaga Roncesvalles, punto de inicio del Camino Francés para muchos peregrinos y peregrinas, es un enclave repleto de historias para visitar. Por ejemplo: 

  • La Iglesia de Santa María del siglo XIII a semejanza de la de Notre Dame de París, aunque más pequeña; donde se sitúa la bellísima imagen de Nuestra Señora de Roncesvalles, del siglo XIV. 
  • El Silo de Carlomagno o Capilla del Espíritu Santo, un lugar que la tradición atribuye su construcción a este emperador, el cual lo dispuso para enterrar a sus soldados, muertos en la Batalla de Roncesvalles.
  • La Cripta con sus pinturas geométricas. 
  • El Claustro, que fue construido en el siglo XVII, anexo a la iglesia, con una pila bautismal del siglo XII
  • La iglesia de Santiago, también llamada de Los Peregrinos, es de planta gótica, del siglo XIII y con una imagen del apóstol Santiago 

El Hospital de Santa Cristina de Somport

La Cruz del Peregrino de Somport

Cuentan que en el siglo XI, dos jóvenes caballeros franceses de alto abolengo decidieron emprender el Camino de Santiago en pleno invierno, porque su devoción les requería realizar un gran sacrificio como prueba de expiación de sus pecados. Así, dispuestos al padecimiento, tomaron la Vía Tolosana de Arles para atravesar los Pirineos por la cima del «Summus Portus» y entrar en la península por el Reino de Aragón camino de Santiago de Compostela; pero el invierno no era la época del año más idónea para atravesar el llamado hoy en día Puerto de Somport (en la foto, la Cruz del Peregrino) por los importantes peligros en forma de inclemencias meteorológicas, que suelen producirse en el Valle de Aspe durante el período invernal, pues le «vigilan» nieves perpetuas desde el Pico del Anie y el Midi D’Ossau.


Los dos jóvenes caballeros ascendieron penosamente en medio de una gran ventisca de nieve hasta la cima del Somport para iniciar el descenso hacia el valle de la Jacetania, pero las fuerzas comenzaron a escasear y, agotados, buscaron un lugar donde refugiarse para recobrar el aliento; de pronto, vieron una tenue luz a lo lejos por lo que se encaminaron hacia ella en busca de acogida. Se trataba de una cabaña, vacía de ocupantes, con la chimenea encendida y la mesa provista de alimentos que les reconfortaron y fortalecieron el ánimo y las fuerzas.

Los dos caballeros agradecieron a Santiago el haber sobrevivido a tan duro aprieto y, devotos como eran de Santa Cristina, realizaron la promesa de construir en aquel lugar un hospital para peregrinos y peregrinas protegido por la santa mártir italiana. De pronto, proclamada la ofrenda, apareció un pajarito portando una cruz de oro en su pico con la cual fue señalando el contorno de una construcción que se convertiría en el Hospital de Santa Cristina.

El Hospital de Santa Cristina que atendían los Canónigos de San Agustín

«Unum tribus mundi» (uno de los tres hospitales del mundo) era la leyenda que presidía el altar mayor del Hospital de Santa Cristina, el cual adquirió una gran popularidad en el siglo XI pues el «Códice Calixtino» le menciona y sitúa como uno de los tres hospitales de peregrinos y peregrinas más importantes de la cristiandad, junto al de Jerusalén y el San Bernardo, en el italiano valle de Aosta.

El «Códice Calixtino» escrito por Aimerid Picaud, en el siglo XII, detalla el recorrido de la Vía Tolosana (por atravesar la ciudad de Toulouse, en Francia) partiendo de Arles, un lugar de concentración de peregrinos y peregrinas originarios del norte de Italia y del centro de Europa; un camino que recorría las tierras y valles del Languedoc para atravesar los Pirineos por el valle de Aspe y Somport, donde se encontraba el Hospital de Santa Cristina, que ofrecía ayuda, comida y descanso durante todo el año a los caminantes de Santiago de Compostela.

Los más de 200.000 peregrinos y peregrinas, que caminaban hacia Compostela en los siglos XI y XII, cuando atravesaban el Pirineo por el puerto de Somport, extenuados y al borde del agotamiento, encontraban el Hospital de Santa Cristina, donde podían, gratuitamente durante tres días, recuperarse de sus dolencias y penalidades pasadas. Los Canónigos de San Agustín ofrecían a los penitentes tres comidas diarias a base de sopa, legumbres, carne y unos vasos de vino; aquellos que llegaban enfermos eran cuidados hasta su recuperación y si fallecían eran enterrados en un pequeño cementerio al lado del Hospital.

Finalmente, en 1808 un voraz incendio devastó el Hospital de Santa Cristina

La ermita de San Pedro Zarikete

Cuentan que en el Vexu Kamin, Camino de la Montaña o Camino Olvidado, en la localidad de Zalla se encuentra la ermita de San Pedro Zarikete, a la vera del Camino Real en la ribera del río Cadagua y a la sombra de un frondoso roble, plantado en 1912, nieto del centenario Árbol de Gernika. La iglesia data del siglo XVI aunque, según los trabajos de restauración finalizados hace pocos años, existen indicios que se remontan a los siglos XI y XII. Presiden la portada del altar tres retablos localizado en el central, en un lugar preferente, la imagen de San Pedro Zarikete con sus considerables y desproporcionadas orejas, al que acompañan las tallas de San Antonio, San Bernabé, San Nicolás y Santa Mónica. Este retablo central y el de su izquierda son barrocos, los cuales se atribuyen a Francisco Martínez de Arce, retrablista del siglo XVII, considerado como uno de los artistas mas renombrados de su época.  Lo cierto es que la ermita de San Pedro Zarikete era muy conocida como consecuencia de su fama contra el «mal de ojo» y los demonios, pues multitud de devotos, que se consideraban poseídos por los duendes malvados venían a postrarse a los pies de San Pedro Zarikete para desembrujarse. Por allí pasaban al año miles de gentes piadosas, que se creían endemoniadas por los espíritus malignos, los cuales venían a postrarse a los pies de San Pedro Zarikete para ser exorcizados.


Dos son las conmemoraciones de la festividad de San Pedro Zarikete: El 29 de junio y el 1 de agosto, considerada esta última como «Día del Santo» en el que se celebran ceremonias y tradiciones como la costumbre, para protegerse de los malos espíritus, de dar una vuelta alrededor de la ermita entrando por una de las puertas y saliendo por otra, (para equivocar y librarse de los malignos) al tiempo que se arroja sal como protección contra los malvados espectros y el «mal de ojo». Esta superstición fue una creencia popular extendida en muchas partes del País Vasco y, además, en otras muchas civilizaciones, según la cual, la persona poseída era capaz de producir desgracias y males a los seres de su alrededor con sólo mirarles; se combatía con amuletos que guardaban en su interior laurel, pan bendito, azabache y otras sustancias. 

Muchas son las anécdotas que se narran de personas «embrujadas» que fueron a postrarse a los pies de San Pedro Zarikete. Se cuenta, por ejemplo, que una mujer de Madrid acudió a la ermita de Zalla porque era propietaria de una pensión a la que apenas entraba nadie; culpando de su mala suerte a que alguien le hubiera embrujado. Relatan que cumplió el rito ante San Pedro Zarikete para proteger su posada de los malos espíritus. Lo que se desconoce fue el resultado final.

La Cruz de los Valientes

Cuentan que en el Camino Francés, en la frontera entre las localidades de Santo Domingo de la Calzada y Grañón, los peregrinos y peregrinas encuentran una gran cruz que es conocida por La Cruz de los Valientes; dicha cruz tiene una historia de enfrentamiento entre los dos pueblos por la titularidad de un encinar de mil fanegas que se encontraba entre las dos poblaciones riojanas. Este litigio medieval, entre la realidad y la ficción, terminó resuelto mediante una contienda singular, cuerpo a cuerpo, que hoy en día tiene su celebración en el mes de agosto, con los dos pueblos hermanados, por medio de una degustación de caparrones, alimento a base de alubias que, según dicen, proporcionó la victoria al luchador de Grañón. La cruz  se sitúa en el límite de los dos pueblos, justo en el lugar donde se celebró el combate.

La historia tiene sus orígenes en las rivalidades habituales entre pueblos limítrofes por derechos sobre tierras, regadíos o pastizales que se pierden en la nube de los tiempos; en este caso, por una amplia extensión de terreno ocupado por encinas y robles, que los dos pueblos consideraban como suya. El litigio era continuo y las discusiones no tenían fin con menciones por parte de cada pueblo a privilegios otorgados por reyes o linajes gobernantes.

Finalmente, los regidores de ambos municipios decidieron solucionar el problema por medio de una lucha, sin armas, entre dos valientes lugareños, uno por cada pueblo, dentro de un círculo; de forma que aquel que consiguiera expulsar al otro fuera del perímetro sería el vencedor y el encinar quedaría para siempre para el pueblo del victorioso campeón.

Así, Grañón escogió como su paladín a Martín García, joven mozo riojano dedicado en cuerpo y alma a las labores del campo y que fue alimentado a base de platos de caparrones; mientras que los de Santo Domingo de la Calzada seleccionaron al joven (del que se desconoce su nombre) más grande y fuerte del pueblo; bregado en mil riñas y marrullerías.

Llegado el día acordado para el combate los habitantes de Grañón y Santo Domingo de la Calzada se reunieron en el límite entre Grañón y Santo Domingo de la Calzada, junto al círculo marcado para la pelea. El forzudo calceatense se presentó desnudo, impregnado de grasa y aceite por todo el cuerpo, de forma que era muy difícil asirle para tirarle fuera del círculo; las protestas de los de Grañón no fueron tenidas en cuenta y el combate comenzó.

Martín García intentaba, una y otra vez, aferrar de alguna manera al gigantón de Santo Domingo de la Calzada, que se reía del joven grañonero una y otra vez, mientras esperaba el momento oportuno para, con un empujón, sacarle del redondel. Pero Martín, astutamente, se deslizó bajo sus piernas y, con todas sus fuerzas, introdujo su dedo corazón por el agujero del culo del coloso calceatense, el cual fue levantado y proyectado fuera del perímetro para asombro de todos.

Los calceatenses se retiraron y la dehesa quedó para siempre como usufructo de los grañoneros.

Esta es la historia de La Cruz de los Valientes, nombre con el que se la conoce desde entonces como recuerdo de los dos jóvenes riojanos que lucharon por su pueblo y que, según la tradición los peregrinos y peregrinas rezan un padrenuestro, para encontrar valor suficiente para continuar su camino hacia Santiago de Compostela.

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El Zangarrón de Montamarta de Zamora

Cuentan que en el Camino Fonseca y la Vía de la Plata, en la localidad de Montamarta, en la Tierra del Pan de Zamora, celebran la fiesta del Zangarrón en los primeros días de enero; una tradición que pierde su origen en la noche de los tiempos. Se trata de una costumbre relacionada con el solsticio de invierno y el recibimiento del nuevo año, además, de la expulsión de los malos espíritus y el despertar de la naturaleza y la fertilidad. Todo un rito que tiene como protagonistas a los mozos del pueblo, pues, dos de ellos son los escogidos para protagonizar al Zangarrón, uno con su máscara negra el día de Año Nuevo y el otro con su máscara roja en la festividad de Reyes. Lo cierto, es que para los habitantes de Montamarta el personaje está considerado magnánimo ya que atrae energías positivas para la sociedad. Esta fiesta está declarada de Interés Turístico Regional al igual que otras muchas mascaradas de esta comarca zamorana como Los Carochos, de Riofrío de Aliste; los Diablos, de Sarracín de Aliste; los Cencerrones, de Abejera de Tábara y varias mas. Todas estas pantomimas son realizadas por los mozos del pueblo, los cuales, por sorteo escogen a los dos protagonistas para encargar al Zangarrón.

La vestimenta del Zangarrón es de mantillas de multicolores de pajas y perifollos en forma de plumas, hilvanados en los brazos y piernas; un cinturón de tres cencerros completa el vestuario junto con la máscara de corcho negro, ojos negros pintados en sus bordes de blanco, una capa hecha con la piel de un animal, puntiagudas orejas y morro con dientes blancos; todo ello parangonando la visión del demonio, pues el conjunto se completa con un tridente de tres puntas. Este es el Zangarrón del Año Nuevo, sin apenas florituras ni cintas de colores.

En cambio, el Zangarrón de la festividad de Reyes goza de más colorido en su vestimenta. Su máscara es roja y se adorna con flores y cintas de colores por diferentes partes de su cuerpo, de forma que muestra una visión mucho más amable.

El Zangarrón corre por las calles del pueblo persiguiendo a la gente, a los que felicita el nuevo año y pide el aguinaldo haciendo sonar los cencerros, que lleva en su cintura, y golpeando con su tridente tres veces en la espalda de los aldeanos. Mas tarde, cuando llega la hora de Misa, sale corriendo hacia la iglesia de Santa María del Castillo, situada en un alto sobre el río Esla. Las autoridades son recibidas por el Zangarrón, el cual, arrodillado, apoyándose en el tridente les muestra su respeto. 

Luego, al final de la celebración litúrgica, el Zangarrón entra en la iglesia, y cuando el sacerdote imparte la bendición a los fieles, ensarta con su tridente los panes y abandona el templo. Es el momento de la celebración que todo el pueblo espera pues, el Zangarrón reparte los panes con sus vecinos y vecinas y se vuelve a lanzar, a la carrera, hasta la plaza del pueblo donde espera, de nuevo, la aparición de las autoridades y sus paisanos. Es el final de la fiesta ya que el Zangarrón vuelve a perseguir, esta vez a los mozos solteros y las mozas solteras, para exigir el aguinaldo.

La derrota de las tropas napoleónicas en la batalla de Sorauren

Cuentan que en el Camino del Baztán, en la localidad navarra de Sorauren, se produjo una de las batallas de mayor trascendencia en la Guerra de la Independencia en julio y agosto de 1813 entre las tropas napoleónicas, al mando del general Nicolás Jean Dieu Soult, que mandaba a 80.000 hombres, y Arthur Wellesley, conocido como Lord Wellington, general de los ejércitos aliados españoles y comandante en jefe de las fuerzas británicas en la Península Ibérica, el cual contaba con 60.000 hombres. Mudo testigo de esta batalla es el viejo puente medieval de Sorauren en el que, según un documento de 1565, se cobraba pontazgo (un antiguo impuesto que recaudaban los señores feudales de Castilla, Aragón y Navarra por los derechos de tránsito) por ejemplo, al paso de la madera que se bajaba por el río Ultzama. 

Cuentan que en el centro de esta pasarela del río Ultzama el «Duque de Hierro», como era conocido Lord Wellington, se ubicó con su caballo Copenhagen dando órdenes a sus tropas para que rechazasen con coraje y valentía a los franceses; propósito que consiguieron los ejércitos hispano-británicos. El general inglés era un flemático y elegante estratega y, posiblemente, desde su ubicación en el puente medieval contemplaba toda la batalla que se desarrollaba, en las laderas del cercano monte Elordi de forma que supo arengar y capitanear a sus soldados a la victoria sobre las tropas napoleónicas.

Los franceses estaban acaudillados por Soult, un mariscal napoleónico de gran valía y experiencia, que trataba de frenar el avance de los aliados españoles, ingleses, portugueses y británicos de cara a liberar las asediadas plazas de Donostia San Sebastián e Iruña  Pamplona. Su ofensiva comenzó el día de Santiago con las llamadas Batallas de los Pirineos, que se produjeron en Amaiur Maya, Orreaga Roncesvalles, Lizaso y, finalmente, la decisiva de Sorauren. Napoleón irritado por la derrota sufrida en la Batalla de Vitoria por su hermano mayor José Bonaparte —Pepe Botella— cuando huía a Francia tomó la decisión de nombrar a Nicolás Jean Dieu Soult como general de los ejércitos franceses del norte para liberar las plazas de Donostia San Sebastián e Iruña Pamplona, que resistían el bloqueo a las tropas españolas, británicas y portuguesas. En principio, los franceses lograron victorias parciales, momento que intentaron aprovechar los sitiados en Iruña Pamplona para —saliendo de la capital navarra— procurar coger a las tropas aliadas de Wellington entre dos fuegos. Pero fracasaron porque no lograron romper el cerco aliado y se vieron obligados a retornar a sus posiciones. Lord Wellington consiguió reagrupar a sus hombres y plantar cara a Soult entre Zabaldika, Oricáin y Sorauren derrotando al ejercitó francés al que hicieron más de cuatro mil bajas.  
El mariscal Dieu Soult, visto que no podía socorrer a los asediados en Iruña Pamplona, decidió dirigirse a Donostia San Sebastián, plaza también sitiada, a través de Lekumberri y Tolosa, pero El «Duque de Hierro» adivinó las intenciones de las tropas francesas a las que hostigó en las cercanías de Eguarast, en la comarca de Ultzama, hasta conseguir que las milicias napoleónicas de Soult regresaran a los emplazamientos de pocos días antes y, posteriormente, derrotados, a su posición inicial en Donibane Garazi San Jean Pie de Port, dando por finalizada la campaña. Todas estas batallas se saldaron con unas 6.000 bajas de los aliados y más de 8.000 de los napoleónicos. 

El Puente del Diablo del barrio de Kastrexana

Cuentan que en el barrio de Kastrexana en el Camino del Norte hay un puente, cuya denominación es «El puente del Diablo», el cual une Bilbao con la localidad de Barakaldo. A esta pasarela sobre el río Cadagua se le atribuye una leyenda que Antonio Trueba y de la Quintana, escritor del siglo XIX conocido como «Antón, el de los Cantares», escribió en una de sus obras relatando lo que un amigo suyo le narró sobre «El puente del Diablo», nombre con el que se le conoce desde tiempos lejanos. En realidad, esta leyenda tiene muchas variantes, con protagonistas diferentes según en qué lugar del mundo se cuenta, aunque en el fondo del relato se encuentra, finalmente, la moraleja del arrepentimiento para la salvación del alma.


Este es el relato sobre «El puente del Diablo» de Kastrexana.

Cerca de la ermita baracaldesa de Santa Agueda, en las cercanías de río, vivía una hermosa joven enamorada de un apuesto mozo, que habitaba en la orilla de Bilbao; sus amores eran mutuos y, todos los días, se juntaban en el Cadagua, vadeando la corriente de agua a través de unas piedras, para hablar de sus cosas y planear su futuro juntos. Pero las crecidas intempestivas del río ponían en peligro la integridad de los amantes, que en algunas ocasiones ya habían sufrido angustiosos percances. 

La muchacha era fiel devota de la Virgen de Begoña, cuya imagen estaba en la ermita de Santa Agueda colindante a su casa, de forma que rogaba a la Madre de Dios poder casarse con su amado. Pero los progenitores de la doncella consideraron que era todavía muy joven para aceptar el enlace y acordaron con los padres del muchacho alistarlo en el ejercito y, de esta manera, evitar el matrimonio.

Cuando la chica conoció el acuerdo corrió al encuentro de su amado, pero ese día el Cadagua bajaba enfurecido y era imposible cruzar a la otra orilla. Entonces, la joven presa de una gran cólera maldijo desesperada su suerte, postrada de rodillas, clamando al sombrio cielo.

    — ¡Maldita sea mi suerte! no puedo cruzar el río e impedir que mi amado me abandone.

En ese momento, un cegador rayo fue seguido de un estrepitoso trueno; cuando surgió un hombre de pie, cubierto con una capa negra, frente a la atribulada muchacha.

    — Yo puedo ayudarte. Construiré un puente para ti antes de que amanezca y, así, podrás juntarte con tu novio… pero tengo una condición…    

— Cuál es, lo que sea…
    — Que cuando termine el puente, tu alma será mía 
La muchacha asintió y «El Diablo» hizo valer sus poderes y el puente comenzó a levantarse, piedra a piedra.
De esta manera, fue pasando la noche mientras el alba comenzaba a formarse en el horizonte.
Sin embargo, la joven se percató de lo que había hecho y, arrepentida, se encomendó a la Virgen de Begoña, la cual escuchó sus súplicas y envió a Santiago, quien con su bastón impidió que «El Diablo» pusiera la última piedra del puente; entonces, el gallo cantó, dando la bienvenida al luminoso sol, mientras Lucifer desaparecía en medio de una negra nube sin haber cumplido su trato con la joven.
Seguidamente, Santiago con un nuevo golpe con su cayado, colocó la última piedra dejando terminado el puente y, as´í, los enamorados novios corrieron a abrazarse.

El Puente del Diablo hoy en día, por el que cruzan los peregrinos y peregrinas en el Camino del Norte

Esta es una versión más de las muchas que existen en el mundo sobre «El Puente del Diablo», una leyenda con muchas variantes y personajes: jóvenes enamorados, albañiles y constructores o, incluso, ancianos, pastores y militares. La premisa básica es que todos consiguen engañar al Diablo, que se queda sin conseguir el alma de los protagonistas.
En el caso del puente de Kaxtrexana lo cierto es que fue construido en 1435  —autorizado por Isabel, La Católica— por el cantero Pedro Ortiz de Lekeitio; era una forma añadida para cruzar el río Cadagua en el Camino Real y para que los caminantes a Santiago de Compostela pudieran continuar con su camino hacia tierras gallegas.
También durante la Primera Guerra Carlista la lucha por el puente resultó una complicada batalla entre las tropas isabelinas de Espartero y los carlistas de Prudencio de Sopelana, que habían cruzado el puente y desde la posición de la ladera barakaldesa de Santa Águeda aniquilaron a las tropas isabelinas cuando intentaban atravesarlo.

El incidente del checo Jean de Rosmithal de Blatna, en el puente de la Muza de Balmaseda

Cuentan que, en el Vexu Kamin o Viejo Camino, el varón Jean de Rosmithal de Blatna, joven de la región checa de Bohemia y cuñado del rey Jorge, fue protagonista en el 1465 de un incidente en el Puente de la Muza o Viejo Puente de Balmaseda al considerar excesivo el arbitrio de paso. Este aristócrata bohemio decidió viajar por Europa en el siglo XV para estudiar las costumbres de los pueblos y su disciplina militar, además de viajar a Santiago de Compostela, acompañado de un séquito de 40 personas entre escoltas, criados y lacayos, pero al llegar a este único paso del río Cadagua la guardia del puente quiso cobrar su tributo, el cual  fue considerado excesivo por la comitiva checa; iniciándose un conato de lucha con los belicosos pontazgueros de la villa de Balmaseda. Finalmente, por decisión de Jean de Rosmithal, la cosa no fue a mayores y, una vez  cobrado el impuesto, la comitiva pudo continuar su camino.


Un cronista, que acompañaba a Jean de Rosmithal, describe en un documento de la época, el lance indicando que «como no habíamos pagado esta especie de tributo en ninguna parte, nos negamos a hacerlo, y los caballos que llevaban nuestros bagajes fueron tomados por los que estaban en la torre del puente, que nos quisieron matar; para repeler el ataque apuntamos contra ellos nuestras escopetas, pero el señor prohibió que dispararan y que se tiraran flechas; porque, si  heríamos a alguno de aquellos, nos matarían a todos, lo cual confesó uno de ellos, diciendo que habían concertado, que si uno solo recibía una herida, todos moriríamos y se quedarían con lo que llevábamos en nuestros cofres y alforjas para el pago del pontazgo. Satisfecho este tributo nos devolvieron los caballos y recibimos las cartas preinsertas para que, si nos acontecía otra cosa semejante, estuviéramos con su protección más seguros».

Por entonces, Balmaseda era una villa próspera, fundada por el rey asturiano Don Pelayo en el año 735 para impedir el avance de los musulmanes hacia el norte de la península, aunque no adquiere su rango de fundación hasta el 1199 por Don Lope Sánchez de Mena, Señor de Bortedo, que le entrega el Fueron de Logroño y la convierte así en la primera villa fundada en el Señorío de Vizcaya. Hoy en día, Balmaseda es «Bien de Interés Cultural» desde el año 1984.

La ruta comercial entre el Reino de Castilla y León, a través de la calzada medieval que seguía el trayecto entre el enclave romano de Pisoraca (Herrera de Pisuerga) por la Ruta de la Lana hacia los puertos marítimos del norte de la península, proporcionó a Balmaseda «carta de origen» como vía comercial de tránsito de mercancías y personas de considerable importancia.

Peregrinos de la vida

Un encuentro para no olvidar en el Camino de Arles (Francia), en la Via Tolosana

Cuentan que suele ser habitual encontrar peregrinos en los diversos Caminos de Santiago que andan de un lugar a otro, por la Vía de la Plata, el Camino del norte o de la costa, el Francés, Aragonés o cualquiera de los diferentes itinerarios jacobeos que atraviesan Europa. Son insólitos viajeros hacia Santiago, Jerusalén, Roma u otros lugares de devociones ancestrales que deambulan en busca, generalmente, de una vida o una mejor suerte. En más de una ocasión he encontrado algunos «Peregrinos de la vida» vagando en dirección a la supervivencia de su peculiar realidad, porque, habitualmente, resulta más fácil y seguro transitar por rutas señaladas con flechas amarillas, que siempre te llevan a lugares ilustres.


Recuerdo, especialmente, uno de estos «Peregrinos de la vida», que encontré en la Vía Tolosana en 2011. Era la primera etapa del Camino de Arlés, en Francia, que transcurre a lo largo de la orilla izquierda del canal del Gard, en dirección a Saint-Gilles, final de la primera jornada. Al rato, de frente, a lo lejos, vimos una silueta que venía a nuestro encuentro, la cual, al llegar a nuestra altura, nos saludó, con un breve bon jour. Nosotros respondimos al saludo y seguimos nuestra marcha, pero los símbolos peregrinos de su gorra me llamaron la atención. No pude evitar girarme y comprobar si llevaba en su mochila atributos santiaguistas  

–-¡Vaya por Dios! – extrañado, pude reconocer, cubriendo la mochila, la rojiblanca bandera del Athletic Club de Bilbao con su reglamentario escudo. No conseguí esquivar mi asombró y grité: 

—¡Aúpa Athletic! Mi voz hizo volverse al peregrino, que tenía una cara entre sorprendido y receloso.

—¿Eres de Bilbao? – le interrogué. —..…

—No, soy murciano, de Cartagena.

—¿Cómo es que llevas la bandera del Athetic?

—Es una larga historia. Me la regalaron en una carnicería de Estella, en Navarra,  la hermana del jugador del Athletic Javi Martínez. 

—¿Y a donde vas? porque el sentido de tu marcha no es hacia Santiago.

—Voy a Jerusalen….

No recuerdo cuál era su nombre. Lo cierto es que encontrar un peregrino con una bandera del Athletic, en medio de la campiña del parque de La Camargue, era todo un descubrimiento. El momento de las intimidades personales había llegado. Era «Peregrino de la vida» y atesoraba una historia de vida enrevesada; soltero, hombre de mil oficios y obrero de la construcción en Murcia, en los últimos años la crisis económica le había dejado en la indigencia. Su búsqueda de trabajo le condujo hasta la ciudad fronteriza de Irún por la que había deambulado durante un tiempo hasta caer en la depresión.  

—Ya no podía más —contó—  y, sin saber qué hacer, por mi cabeza pasaron demasiados malos pensamientos. Una tarde encontré un rótulo que indicaba albergue de peregrinos. Subí hasta  el primer piso y entré. Me recibió un hombre mayor de barba blanca y, con toda amabilidad, me explicó dónde me encontraba y qué era el Camino de Santiago. Me invitó a cenar y hablamos hasta bien entrada la noche. Entonces yo no era un hombre creyente, pero aquel hospitalero me animó a descubrir mi camino… Al día siguiente, después de tomar el desayuno, cuando ya pensaba en abandonar el albergue, el hospitalero me enseño un cajón lleno de cosas, que me ofreció; había un sinfín de bártulos que los peregrinos olvidaban o dejaban para quien pudiera necesitar. 

Así, aquel nuevo peregrino partió del albergue equipado en cuerpo y, sobre todo, alma para enfrentarse y buscar su camino en la vida. Desde Irún fue a Santiago por el Camino del Norte y de la Costa, descendió por la Vía de la Plata hasta Zamora y luego por el Camino de Levante hasta Alicante y Valencia regresando a Compostela por la Vía de la Lana y el Camino Francés. Sin dinero, «a salto de mata», confiando en la voluntad de Dios, tanteando y encomendando su supervivencia al comportamiento de aquellos que encontraba en su camino. Lo cierto es que, según continuaba la conversación, su confianza en la buena voluntad de la gente era conmovedora.

—¿Pasarás mucha hambre? –-le dije advirtiendo su enjuta figura. —A veces sí, pero Dios siempre me provee y me ayuda….

No lo podía imaginar, aquel ateo, que tiempo antes tuvo malos pensamientos, se había convertido en un creyente confiando su existencia «a la buena de Dios». 

—¿Y cómo te alimentas? ¿Tienes dinero?

—No mucho –-aseguró enseñando una cartera llena de papeles pero sin atisbo de efectivo.

De pronto, recordé que un par de días antes, al cruzar una calle de Bilbao, camino de casa para preparar la mochila, encontré en el suelo un billete de 50 €uros. El azar estaba claro, qué mejor destino para el billete que el bolsillo de aquel «Peregrino de la vida». 


Seguro que él lo iba a gastar mucho mejor que yo.

—No, no quiero que me regales nada; en todo caso intercambiamos y te daré algo mío 

Y de una de sus muñecas extrajo una sencilla pulsera con imágenes de vírgenes y santos, que aún conservo.

—Me la regalaron —dijo— las monjas del albergue de Las Carbajalas en León; me acompaña desde hace tiempo y lo mismo que a mi me ha cuidado, espero que a vosotros también os proteja. 

El trueque realizado para nosotros era más que suficiente, pero no para este caminante de la vida. Así que, de un bolsillo de la mochila, extrajo dos conchas de peregrino que nos ofreció a mi esposa y a mi.

—Para que las engancheis en la mochila —nos anunció—.

Nos dimos un abrazo deseándonos Buen Camino y cada  cual  continuó su marcha. Este peregrino de la vida era diferente a otros que, vestidos de marrón peregrino y sombrero de ala ancha, por ejemplo, pululan por los caminos de Santiago de otra manera. Quizás, por algunas desigualdades manifiestas, mi recuerdo de este «Peregrino de la vida» es diferente al de otros que también he encontrado en el camino y que he olvidado.

La sombra del peregrino en la plaza de La Quintana

En Santiago de Compostela

Cuentan que dos son las historias que se refieren a la sombra del peregrino de la plaza de La Quintana en Santiago de Compostela. La primera alude a un sacerdote enamorado de una monja del Convento de San Paio, al lado de la Catedral, los cuales se veían todas las noches utilizando un pasadizo que atravesaba la plaza de La Quintana. Y la segunda se refiere a un joven francés que, todavía hoy, espera la llegada de una pareja de peregrinos a los que mató por despecho durante el Camino de Santiago. Las dos leyendas convergen en la sombra del peregrino que todas las noches se observa en una de las esquinas de la plaza de La Quintana.


El caso del monje enamorado es un mito clásico que se repite en muchos lugares; el amor entre un fraile y una religiosa que, finalmente, no se ve compensado y el hechizado espíritu de esa pasión vaga por siempre por el lugar de la cita a la espera de ser correspondido.
Así, en este caso, el sacerdote de la Catedral de Santiago se enamoró de una novicia del convento situado al otro lado de la plaza de La Quintana. La pareja se veía todas las noches a través de un pasadizo secreto que unía ambos claustros, pero el amor oculto no suele ser bien llevado habitualmente por mucho tiempo. De esta forma, el clérigo propone a la monja fugarse juntos en la cita de la noche próxima y vivir su amor eterno lejos del priorato que les atenazaba.
En el atardecer del día siguiente, el tonsurado se viste de peregrino para no llamar la atención y acude presto a la cita con su amada y espera pacientemente el momento de ganar la vida perpetua junto a su enloquecida pasión. Sin embargo, el tiempo transcurre y la cita de los dos amantes queda rota de forma inapelable. 
Los cuentos peregrinos atestiguan que la sombra del monje enamorado, vestido de peregrino, sigue en aquella esquina de plaza de La Quintana esperando a su idolatrada amada todas las noches.
También cuentan el caso, que se origina en la Edad Media, del joven francés cuando en un pueblo galo un hijo arrebata la vida a su padre para hacerse con la hacienda de su progenitor. Pero es descubierto y, como entonces se disponía, la autoridad le impone la pena de caminar hasta Santiago de Compostela para redimir su parricidio. 
El altivo muchacho se aviene a cumplir la sentencia y viaja por el Camino de las Estrellas, pero su vanidoso carácter le lleva a enamorarse de una joven, ya comprometida con otro mozo. El soberbio temperamento del joven francés, al ver su amor frustrado, arrebata la vida a la pareja  y huye raudo hacia Compostela para evitar la pena de muerte. Ya en Santiago, se ve obligado a dormir en la calle durante una gélida noche de invierno cuando, en sueños, su padre se le aparece y le manifiesta su perdón aunque —le asegura— no podrá liberarse de la muerte de los jóvenes hasta que sus almas lleguen a abrazar al Santo Apóstol y, así, obtener el perdón eterno. La cólera invade de nuevo al joven, que en sueños, intenta volver a matar a su progenitor, el cual, esta vez, consigue ser él quien da muerte a su criminal heredero.
Desde esa noche, el muchacho francés espera en el recoveco de la plaza de La Quintana la llegada de la pareja asesinada por su espada.