¡Que esto no es un resort!

El pedido que hice en el súper para el apocalipsis no nos ha durado ni la primera quincena.

Sábado, 21 de marzo, octavo día después del cristo. Estoy hasta el mismísmo de servir desayunos, almuerzos, comidas, meriendas, cenas, recenas y picoteos mientras intento, en vano, darle a la tecla. Estas criaturas no tendrán virus, pero tienen un par de solitarias tamaño XXL. Se están ventilando el pedido que hice para el fin del mundo en tiempo récord. Les repito por enésima vez que esto no es un resort y la chapa sobre teletrabajo y colaboración familiar. La innombrable me dice que vale, pero que qué hay de comer. Por suerte, no tengo ningún arma a mano. Paso al plan B. Tratamiento de choque. «Hay pollo, pero te lo fríes tú». Coloca una paellera en la placa más pequeña, se venda hasta el codo con un trapo de cocina y lanza desde una distancia de metro y medio, digo yo que por miedo al contagio, dos pechugas sobre una piscina de aceite sin que haya que lamentar daños personales. No me pregunten cómo, pero una se le quema y otra se le queda cruda. Las engulle enfurruñada. «¿Y a él por qué sí se las fríes?». «Porque tiene 8 años y lo mismo está petada la Unidad de Grandes Quemados de personal médico y de enfermería. Si no, le plantaría el delantal, que hoy día injertan parches de piel como patchwork». A lo de cómo la innombrable puso el lavavajillas y salió todo más sucio que antes no le he encontrado aún explicación, lo mismo que a lo del 8-M. Que nos perdone Greta Thunberg, pero hubo que repetir el ciclo de lavado.

Arantza Rodríguez

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