Cabacas y lo imposible

En todas las columnas que he escrito sobre la muerte nada accidental de Iñigo Cabacas he apelado, como quien predica en el desierto, a la humanidad. Testarudo y empecinado que fui parido, vuelvo a hacerlo en las líneas que vienen a continuación y me temo que deberé obrar igual en las que firme en el futuro. Conforme avanza el calendario —y cada día que pasa es un rejón clavado sobre la memoria de Iñigo—, va quedando más claro que la política en la peor de sus acepciones se ha impuesto a los sentimientos primarios. Esto no va de justicia ni de reparación, y mucho menos, de verdad. Bien sabemos, y no solo por este caso, que en ciertas bocas, diría yo que en la inmensa mayoría, esas bellas palabras tan manoseadas sirven únicamente para disfrazar intereses.

Frente a un puñado de votos convertibles en migajas de poder, una vida arriba o una vida abajo no pasa de ser una puñetera anécdota. Nauseabundo y miserable, pero es lo que hay. Aun más, para nuestra desgracia y no sé si también para nuestra vergüenza, es lo que ha venido habiendo en los últimos decenios. ¡Las filigranas que hemos sido capaces de hacer con los centenares de cadáveres que alfombran el pasado reciente de este país! Y que seguimos haciendo.

Será que a pesar de todo soy entre ingenuo e idiota, pero se me antojaba que esta vez podía haber sido diferente. Simplemente, por lo sencillísimo que resulta meterse en la piel de la familia y de los amigos de Iñigo Cabacas. No quiero ponerme melodramático, pero… ¡joder, es que pudo haber sido el hijo, el hermano o el amigo de cualquiera de nosotros! ¿Tan difícil es identificar y sancionar a quienes cometieron tamaña irresponsabilidad, que a la postre resultó homicida? ¿Tan difícil es resistir la tentación de apropiarse de un muerto para convertirlo en ariete y bandera de unas disputas que nada tienen que ver con él? Según estamos comprobando, no es que sea difícil, sino imposible.

Urquijo gana

Carlos Urquijo, procónsul de Hispania en Vardulia, no olvidará fácilmente esta, su mejor semana desde que fue largado con una patada hacia arriba del nido pop en que desentonaba su repertorio de cante jondo. Como entrante frío, la ventura de ver pasar ante su puerta el cadáver político de quien le premió castigándole o le castigó premiándole, nunca lo sabremos. Qué delicioso bocado de justicia poética saber que Los Olivos está más cerca de Gran Vía y Génova que cualquier búnker lujoso de México D.F. Y de postre, un dulcísimo tartufo horneado por encargo en Ondarroa, territorio comanche convertido para su exclusivo deleite en reñidero de las dos estirpes del Caín vascón, la que tira al monte y la que no tanto.

Pulso al Estado en carne ajena. Así se las ponían a Fernando VII y se las ponen a su excelencia el Delegado, que no obstante, no vio su dicha entera. Qué pena que, como había soñado, a última hora no recibiera una llamada de la Consejera pidiéndole sopitas. Con gusto infinito habría mandado la caballería a restablecer el orden al modo de los elefantes en las cacharrerías y, de paso, a demostrar que la Ertzaintza sirve para perseguir a ladrones de gallinas y poco más. “La policía española hace lo que la vasca no tiene pelendengues a hacer”, habría saludado la hazaña la prensa cavernaria, que se ha tenido que conformar —tampoco está mal— con difundir la especie del paripé pactado. La misma, por cierto, a la que se ha apuntado raudo y veloz el PSE que dirigía el cuerpo el día que cayó muerto de un pelotazo Iñigo Cabacas.

Hay mil formas de contar las cosas. Ocurre que cuando la propaganda entra por puerta, las verdades saltan por la ventana. Entre ellas, una que iba a misa desde el minuto cero: la detención de Urtza Alkorta era un desenlace tan inevitable como, pongamos, el ondeo de la rojigualda en el ayuntamiento de Donostia o en la Diputación de Gipuzkoa. Urquijo gana, ¿quién pierde?

Humanidad ausente

Rodolfo Ares, hace un año y seis días: “Este consejero que les habla tiene el firme compromiso de esclarecer los graves incidentes producidos el [día] 5 en Bilbao, llegando hasta el fondo, cueste lo que cueste”. Palabras pronunciadas, por supuesto, con la debida solemnidad y el gesto adusto de rigor. Pura cháchara oficialoide y desalmada al extremo de referirse a una muerte como “graves incidentes”, tal que si se tratara de media docena de cajeros reventados o un puñado de lunas rotas. Más allá del infame eufemismo, en la misma comparecencia, y cuando ya era un clamor incontestable que lo que acabó con la vida de Iñigo Cabacas fue una pelota de goma, no evitó la tentación de adornarse con el mendaz despeje a córner: “Todas las hipótesis permanecen abiertas”.

Estaba mintiendo y era plenamente consciente de ello. Si en aquel instante era una intuición apoyada en lo que ya se sabía y en los abundantes antecedentes del personaje, hoy es un hecho constatable por tierra, mar y aire. Para cuando se puso ante los focos ya debía de hacer tiempo que conocía el contenido de las grabaciones que nos han helado la sangre. Me pregunto, en primer lugar, si en él provocaron el mismo eclipse emocional que en cualquiera con dos gramos de sensibilidad o si todo lo que se le pasó por la cabeza fue que aquello había que taparlo como fuera. Sé que más adelante declaró que aquellos fueron los peores días de su paso por Interior, pero sus hechos contantes y sonantes hacen pensar que en la disyuntiva entre lo humano o lo político, optó sin dudarlo por aparcar los sentimientos y dar único curso a la epidermis de hormigón.

Ayer mismo, un Rodolfo Ares por el que sí pasan los años y seguramente también las circunstancias vitales, tuvo la oportunidad de reconocer que no obró del modo adecuado y, tal vez, de decir que lo sentía. Prefirió seguir en una huida hacia adelante que ha de terminar antes o después.

Lo humano y lo político

Después de diez días sin publicar, le debo esta columna de vuelta a Iñigo Cabacas Liceranzu. Creía, de hecho, que ya la había escrito doce o quince veces en mi cabeza, pero ahora, al sentarme frente al teclado, compruebo que todas las certezas que iba apuntando mentalmente se han ido diluyendo, quedando viejas o perdiendo sentido incluso para mí, que una vez las di por buenas. Me queda tan solo una de las primeras ideas que me asaltó al conocer la noticia y fue haciéndose fuerte según sorteaba la torrentera de declaraciones y contradeclaraciones: hemos perdido la capacidad de hacer una lectura pura y simplemente humana de la muerte.

La de Iñigo, perdón por la insultante obviedad, ha sido la de una persona. Luego entran las circunstancias, que la hacen más dolorosa y difícil de digerir, si cabe. No hay mucho que añadir sobre ellas. Más allá de las versiones oficiales y oficiosas, estoy seguro de que todos nos hemos trasladado imaginariamente a ese callejón donde la fiesta se convirtió en la tragedia que nunca deja de rondarla. Tengo la impresión de que no nos damos cuenta de que lo extraordinario, lo casi milagroso, es que no ocurra con más frecuencia.

¿No somos capaces de reflexionar abierta y sinceramente sobre esta realidad y cómo cambiarla sin vencer la tentación de arrimar el ascua a nuestra sardina política? Tal parece, a juzgar por lo que hemos tenido que ver y escuchar durante esta semana larga. ¿Alguien esperaba en serio que Ares dimitiera? Y en el remotísimo caso de que lo hubiera hecho, ¿era ese el justiprecio por una vida? Está claro que no, como también lo está que para el consejero no era eso, lo más primario, lo que estaba sobre el tapete teñido de sangre. Como ha demostrado con sus despejes a córner, sus medias verdades y sus contraataques de manual de comunicación, este ha sido sólo otro asunto incómodo más de tantos con los que su cargo le hace lidiar.

Una columna equivocada

Entre mis muchos defectos no está la soberbia. He atravesado los suficientes calendarios para tener la certeza de que a lo largo de mi vida he estado equivocado más veces de las que me gustaría recordar. De ahí nace una evidencia que tengo presente en todo lo que hago y, de modo particular, en lo que digo ante un micrófono o escribo para ser publicado: no es improbable que esté metiendo la pata… aunque aún no lo sepa. Actuando bajo ese principio, no me cuesta nada (dejémoslo en “casi nada”) reconocer mis errores y asumir que lo son, huyendo de la tentación del empecinamiento numantino. Por eso no tengo el menor empacho en poner aquí negro sobre blanco que mi columna del miércoles pasado, titulada “Huelga de bolis caídos”, fue una especie de menú-degustación de yerros de bulto inaceptables en un trabajo periodístico.

El resultado de tal cúmulo cantadas fue -el precio del pecado incluye el IVA de la penitencia- que no fui capaz de expresar ni de lejos lo que estaba en mi cabeza antes de sentarme ante el teclado. Y mira que era simple. Se trataba, ni más ni menos, de decir que anunciar que no se iban a poner multas (o que se iban a poner menos) no me parecía una forma adecuada de reivindicar los derechos de los agentes de la Ertzaintza. Ni siquiera dejé claro que tales derechos me parecen absolutamente legítimos, lo que, por ingeniería inversa, implicó que diera la impresión de todo lo contrario: que, como me apuntó alguien con bastante gracia en Facebook, me había tomado una pastilla de Rodolfina y por mi pluma estuviera escribiendo el espectro del de Ourense. Leyendo lo que garrapateé es innegable que se llega esa conclusión, qué bochorno.

Argumentación ausente

Para empeorarlo más, en lugar de argumentar mi discrepancia con la medida de presión, me pasé de frenada con los adjetivos, las metáforas y las cargas de profundidad. Fui innecesariamente hiriente y tiré de alusiones biliosas que estaban de más, de modo que los razonamientos hicieron mutis y sólo quedó a la vista una especie de anatema global del cuerpo. Eso me desasosiega especialmente, pues aunque los lectores saben que no suele faltar vitriolo en lo que escribo, me empeño en separar el grano de la paja y trato de evitar las odiosas y siempre inadmisibles generalizaciones.

Como atenuante, que no como justificación, sólo puedo alegar mi hipersensibilidad a cualquier cosa que tenga que ver con las carreteras, su seguridad y con lo que yo no dudo en llamar violencia vial. No faltarán momentos para hablar de ello. Espero que con más tino.

Huelga de bolis caídos

Cuatro multas de tráfico en Bizkaia en cinco días. Debe de tener algo de gracioso el dato, porque he visto a mucha gente comentarlo con jolgorio y alborozo, pero no acabo de captar el chiste. Por la misma falta de salero, supongo, tampoco veo nada digno de aplauso -ni siquiera de guiño cómplice- en lo que los sindicatos de la Ertzaintza venden como forma de presión en defensa de sus derechos y que no es sino un escaqueo, otro más, de sus funciones. Copiado de la Guadia Civil, por cierto, y que contiene un retrato muy preciso de lo que algunos agentes entienden por servicio a la ciudadanía que paga sus nada magras nóminas, absentismo de récord incluido. Como están de morros con el patrón, dejan el boli quieto, así pase por delante de sus narices un verraco haciendo eses a ciento sesenta. Allá cuidados si se cepilla a cualquier desventurado que vaya cumpliendo las normas. Daños colaterales de la protesta. Supongo que debemos entender que si algún día vuelven a estar a buenas con Ares, le contentarán empapelándonos por cada línea continua que rocemos.

Seguridad

Por muy rebotados que estén, si tienen los psicotécnicos actualizados, deberían saber que hay cosas con las que no se juega. La seguridad, que da sentido a su trabajo, es una de ellas. Esta medida populista tirando a populachera supone un caprichoso e innecesario aumento del riesgo en la circulación. Hago notar que esos cinco días en los que se han impuesto cuatro ridículas sanciones en todo el territorio vizcaíno incluyen las noches de un fin de semana de buen tiempo. Quien haya querido conducir con una papa de escándalo ha podido hacerlo porque los hombres y las mujeres de rojo, lo único que suele disuadir a más de un descerebrado de coger el coche sin estar en condiciones, andaban de oferta reivindicativa y no daban el alto. Gran sentido de la responsabilidad… y de la demagogia.

Sí, de la demagogia. Sin ruborizarse, los portavoces sindicales justifican la magnanimidad perdonamultas diciendo que es una forma de granjearse las simpatías de los ciudadanos hacia su causa. En román paladino, hacen la vista gorda a cambio de nuestro respaldo. Son conscientes del daño que hicieron las tesis del consejero del interior del gobierno vasco sobre el auténtico motivo de las movilizaciones: que los agentes se jubilen con el sueldo íntegro a los 55 años, entre otros privilegios con los que no puede ni soñar el resto de la clase trabajadora. ¿Es más fácil ir de hadas madrinas que aportar datos que desmientan a Ares? Tiene toda la pinta.

Una versión llena de agujeros

Cuantos más detalles conozco sobre el caso del profesor detenido en Erandio acusado de pederastia, más dudas me asaltan. Y ojalá fueran sólo dudas. Pero es que también crece mi desconfianza hacia las manos en que supuestamente está nuestra seguridad. El autocomplaciente relato oficial de los hechos -cómo no, al ilustre diario de cabecera para las filtraciones- es una novelucha de a duro, una parodia de un mal capítulo de C.S.I. o Bones. O una aventura de Anacleto, agente secreto en colaboración con Pepe Gotera y Otilio. El drama se vuelve doloroso esperpento.

Resulta que la primera denuncia es de hace más de tres meses, pero hay que esperar a las vacaciones de Navidad para instalar un dispositivo videográfico en el centro. Ni en la NASA los debe de haber tan complejos como este, que no podía ser colocado por la noche, en fin de semana o en el largo puente de principios de diciembre. Oh, prodigio, en el minuto uno de funcionamiento del ingenio, las cámaras retratan al pederasta en acción y -nos dice la crónica autorizada- los agentes, que están en la comisaría a doscientos metros, salen a escape a detenerlo. Eso corrige el escándalo que provocó la primera información, cuando se dio a entender que antes de entrar en acción se había grabado amplio y abundante material probatorio. Tremendo, teniendo en cuenta quiénes eran los cebos y a qué estaban siendo expuestos.

Todo muy atado”

Se narra también en la glosa edulcorada de la operación que la Dirección del centro y los padres que presentaron la primera denuncia fueron puntualmente informados. Por lo visto, al resto de amas y aitas no les incumbía lo que durante esos tres meses pudieran hacerles a sus hijos. La justificación, comprensible si estuviéramos hablando de otro delito, es que los jueces se ponen muy tiquismiquis. En palabras literales de una fuente de la investigación, “Hay que llevar todo muy atado porque es una acusación muy grave”. En otros asuntos no se andan con tantos miramientos.

Por si fueran necesarios más elementos para la desazón, el estupor y la indignación, la desgracia atrae al lugar de los hechos a decenas de escarbadores amarillos provistos de cámara de fotos y grabadora. La carrera consiste en acercarse hasta donde sea posible al epicentro de la mugre. ¿Que hay que arrancarle unas palabras a la madre del detenido? Hágase en aras del sacrosanto interés informativo, que también da licencia para convertir en titular cualquier frase dejada caer en medio de la confusión y de la rabia por quien se ponga a tiro.