Cabacas, ya cinco años

Cuando pedimos justicia para Iñigo Cabacas, hacemos un enorme ejercicio de voluntarismo, y lo sabemos. Por desgracia, no hay modo de reparar lo que ocurrió. Ninguno. Nada le devolverá la vida. Nada aliviará el sufrimiento de su familia. A lo máximo que podíamos aspirar era a no hacer mayor la herida. El tiempo, estos cinco crueles años, ha demostrado que ni eso se ha conseguido. Al contrario, da la impresión de que cada movimiento ha profundizado en el dolor de sus allegados y en la absoluta sensación de impotencia y amargura de cualquier persona con un gramo de corazón. Como he hecho desde la primera vez que escribí sobre lo que nunca tendría que haber ocurrido, vuelvo a denunciar la colosal falta de humanidad que ha envenenado el tristísimo episodio. Mírese cada quien el ombligo y conteste honestamente qué ha tapado o qué ha amplificado por el más abyecto de los partidismos.

Y la cosa es que, a primera vista, no parecía tan difícil, como poco, determinar las responsabilidades básicas. Menos, cuando la inmensa mayoría de los testigos y protagonistas tienen la condición de servidores de la ley. ¿Es aceptable ampararse en la oscuridad, la confusión o la tensión? ¿Es profesional? Desde luego, es una actitud muy cobarde y, a la larga, perjudicial para un cuerpo, la Ertzaintza, contra el que hay algo más que una campaña de acoso y derribo sistemático. Claro que este asunto se ha utilizado como ariete en esa guerra sin cuartel, pero por eso mismo, la herramienta más eficaz, además de la más honesta, para hacer frente a los pescadores de río revuelto habría sido una transparencia fuera de la menor duda.

Pablo decreta el silencio

Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Seguro que no sospechaba el Borbón mayor que sus balbuceos a modo de disculpa crearían escuela y serían imitados incluso por los revoltosuelos morados. Pues ahí tienen al rey Sol, Luna y Estrellas de Podemos marcándose un Juan Carlos. Ocho minutazos de vídeo para pedir perdón. Con soniquete de rap suave, carita compungida ma non troppo y un derroche de lirismo incompatible con la sinceridad del mensaje. Cuando cuidas más la forma que el fondo en algo tan primario, malo. Pero a quién va a sorprender a estas alturas el individuo, un narciso tóxico de manual de esos que expresan su amor a bofetadas.

Claro que aquí hay que aplicar otro clásico: la primera vez que me engañas es tu culpa, la segunda, la tercera, la cuarta y la vigesimonovena es mía. Allá quién se trague la enésima contrición seguida de un propósito de enmienda que nunca llega. Eso, si nos fijamos solo en los pucheritos rogando la absolución. La lectura verdaderamente política está en el resto de la plática, cuando decreta que lo que hasta ayer era sano debate en abierto es en lo sucesivo un cáncer liquidacionista. Y con un par, Kim Jong-Iglesias Turrión impone la ley del silencio a su mesnada. “Esto no va de callarse, va de contenerse”, sentencia con el morro rozando el asfalto. A la transparencia, al streaming, al rico intercambio de opiniones, a la sana confrontación de pareceres, que les vayan dando. Lo dice él, punto en boca.

Desde mi butaca de patio, aguardo entre divertido y curioso el nuevo capítulo del psicodrama. Dos plateas más arriba, Rajoy se orina encima de la risa.

Política de reservados

No hace ni un año, el entonces sputnik recién lanzado Pablo Iglesias Turrión proclamó en dos entrevistas diferentes que había que terminar con las reuniones políticas en los reservados de los restaurantes. En una (nueva) muestra de su fidelidad grouchomarxiana a los principios aventados, el miércoles pasado, el líder de Podemos se reunió con el secretario general del PSOE y miembro de la casta en proceso de revisión, Pedro Sánchez, en el reservado del restaurante de un hotel madrileño. Como buen ególatra reivindicador, la mañana siguiente lo largo él mismo en el programa de Ana Rosa con palabras que recordaban a cancioneta etílica de Ortega Cano: “Era un reservado, muy a gusto, un sitio en el que podíamos estar cómodos”.

La cosa es que salvo la contradicción —o la incoherencia— de talla XXL entre lo pontificado y lo practicado, no hay mucho más que reprocharle a Iglesias. Los encuentros discretos, e incluso los secretos, qué caray, son, además de muy frecuentes, absolutamente necesarios en la práctica política. Igual para menudencias de rutina que para desatascar cuestiones cruciales, los contactos lejos de la luz y los taquígrafos resultan de enorme utilidad.

Ocurre, me temo, que en el vaciado ritual de los conceptos, lo que se estila ahora es apelar a una transparencia de pitiminí, de esa que llena mucho en la boca pero no cunde nada en el plato. Y como ejemplo rayano en lo ridículo, las delegaciones extremeñas y zaragozanas del PSOE y Podemos, por mandato de los morados, transmitiendo en vivo sus negociaciones a través de internet. Como ejercicio de exhibicionismo light, pase, pero no más.

Códigos éticos

Los códigos éticos están muy bien, pero obras son amores. Quiero decir que es altamente loable suscribir una inmaculada declaración de intenciones —de elaboración propia o de importación—, pero lo es mucho más empeñarse en demostrar con hechos contantes y sonantes que no se ha brindado al sol, o en el caso de la actual meteorología de la tierra, a las nubes. No hay que irse demasiado lejos ni en el tiempo ni en el espacio para comprobar lo que va de predicar a dar trigo, de echar un garabato en un papel a actuar en consecuencia. De los 178 altos cargos del extinto Gobierno López que fueron instados a devolver la paga de navidad escamoteada al resto de los empleados públicos, sólo cinco han apoquinado, supongo que a regañadientes. Échenles ahora un galgo a los 173 que se han hecho los orejas y recuérdenles que ellos y ellas también se adhirieron con pompa y boato a un prontuario de nobilísimas pautas de conducta. Les enseñarán el dedo como Bárcenas a los plumillas en el aeropuerto a la vuelta de su rule por Canadá.

Por lo demás, de estos reglamentos del parchís gubernamental me llama la atención su tremenda obviedad. ¿Es necesario poner negro sobre blanco que un administrador de lo común no debe meter la mano en el cajón ni enchufar a su cuñada? Alarma pensar que la respuesta sea afirmativa, como si tuviéramos asumido que la norma fuera, efectivamente, hacer mangas (o sea, mangoneos) y capirotes desde la publicación del nombramiento hasta el cese en el boletín oficial de referencia.

Sospecho, y no me digan que ustedes no, que algo de eso hay. Por alguna razón, damos por sentado sin mayor escándalo ni merma del sueño que un despacho ejecutivo de cualquier institución —de cualquiera, lo recalco— es un conseguidero de deseos, sobre todo, si lo ocupan los de la cuerda propia. Denle un par de vueltas, porque como eso sea solo una migajita así, no va a haber código ético capaz de cambiarlo.

Lo que vale un rodillo

El PP rechaza que Mariano Rajoy explique en el Congreso el caso Bárcenas. El PP rechaza que Mato comparezca para explicar su gestión en el ministerio. El PP rechaza que Soria explique los últimos cambios tarifarios. El PP rechaza que los ministros expliquen los informes sobre cuentas en Suiza. El PP rechaza que Pastor explique la eliminación de subvenciones al transporte. El PP rechaza que Gallardón aclare ya en el Congreso cuándo se eximirá de tasas judiciales a las víctimas de maltrato. El PP rechaza que Montoro adelante datos sobre el déficit. El PP rechaza que Morenés aclare en el Congreso su discurso de Pascua Militar. El PP rechaza que Arias Cañete comparezca por la ley de la cadena alimentaria. El PP rechaza que Fátima Báñez detalle sus intenciones sobre el Plan Prepara. El PP rechaza que el Banco de España hable del informe de sus inspectores. El PP rechaza un Pleno del Congreso sobre el presupuesto europeo.

Todo eso, se lo juro por el churumbel de Piqué y Shakira, es cosecha de una sola tarde. Concretamente, la del pasado martes. Cuando salió el tercer teletipo con el mismo encabezado, me dio por empezar la colección y, como ven, llegué hasta la docena. Ahora vayan al manual de instrucciones de la democracia parlamentaria y lean que una de las funciones principales del poder legislativo es ejercer el control sobre el poder ejecutivo. Y luego, acudan a los periódicos de hoy mismo a enterarse de que en esa misma cámara ninguneada comparecieron ayer unos expertos para ilustrar a sus señorías sobre una tal Ley de Transparencia que se cuece a fuego lentísimo. Lo siguiente es a su elección: o les da un ataque de risa histérica o se ponen a llorar desconsoladamente. ¿Vale agarrarse un rebote del quince y acordarse de un centenar de árboles genealógicos completos? Pues también. Lo único que les pido es que la próxima vez que tengan un voto en la mano piensen para lo que sirve. O no.

Nunca pasa nada

Abandonemos toda esperanza. Esta vez también pasará lo de siempre, es decir, nada. Como muchísimo, el PP soltará de la mano al tal Bárcenas y lo dejará caer solo al precipicio, tratando de hacernos olvidar —y tal vez consiguiéndolo— que hasta la fecha lo ha defendido con atroz numantinismo. Ya lo estoy viendo. Lo venderá de tal modo que incluso dé la impresión de que actúa impulsado por la más firme de las determinaciones. Más aún: se presentará como doliente y decepcionada víctima de la confianza depositada en una persona que nadie hubiera dicho que pudiera salir tan malvada. ¿Que un día Rajoy soltó con gesto grave y solemne que jamás de los jamases se llegaría a probar la culpabilidad de su extesorero? ¿Que anteayer como quien dice María Dolores de Cospedal se hacía la digna jurando, o sea, perjurando, que dimitiría sin pensárselo dos veces si apareciera en Suiza una cuenta de algún pez gordo de su partido? También de eso tenemos costumbre. Esas piezas quedarán a beneficio de hemeroteca para que nos las pasemos escandalizados por Twitter y nos encabronemos un poquito más. Consecuencias, cero.

Y tampoco llegará a ningún sitio lo del casuplón comprado a tocateja y en gris oscuro en Estepona por el presidente de la Comunidad de Madrid. Ni lo de la esposa del antedicho, contratada generosamente por la patronal madrileña para unos bisnes en Bruselas. Ni el fichaje del polienmarronado Rodrigo Rato y Figaredo por la misma Telefónica que ayudó a privatizar cuando llevaba cartera de ministro. Ni lo del indulto firmado por Ruiz-Gallardón al tipejo representado por la firma de abogados que le paga al hijo del antiguo progresista disfrazado. Ni siquiera el fisgoneo indecente del despacho de Esquerra Unida en la Diputación provincial de Valencia en que fue descubierta una insigne señoría pepera que dijo estar comprobando si habían pasado los servicios de limpieza. Nunca pasa nada. Nunca.

Desafección

El Gobierno español tiene un plan para frenar la desafección de la sociedad hacia la llamada clase política, menuda denominación tan reveladora, por cierto. Bueno, en realidad este lo está preparando. Es decir, ha mandado a unos propios con traje, pluma de oro y foto de la familia en la mesa del despacho que le vayan dando una pensada a la cuestión. Luego, si eso, ya se verá qué hacer. O qué no hacer, que suele ser la opción más viable. La cosa es que la vicepresidenta tenga un comodín por si en la rueda de prensa de los viernes se levanta una mano intempestiva a preguntarle qué opina del enésimo barómetro del CIS en que los sufridos ciudadanos echan sapos y culebras sobre sus representantes. La interpelada podrá poner entonces ese mohín de gravedad que cada vez le sale mejor y parafrasear al gran líder, si bien con acento mesetario, que tiene menos gracia: estamos trabajando en ello.

La parte elíptica del mensaje es que el trabajo, si llega a concluirse —esa es otra—, acabará en la misma papelera que los mil códigos de buen gobierno y pamplinas del pelo que se han ido evacuando en los últimos años. De hecho, la elaboración y la difusión con pompa y circunstancia de estos prontuarios de magníficas intenciones no son sino ingredientes de la descomunal engañifa. Palabrería hueca cuya única utilidad es la paradójica: todo lo que se jura que no se va a hacer es, a la hora de la verdad, el catálogo de las fechorías que se perpetran con total impunidad y a la vista pública.

Si es posible a estas alturas restaurar la confianza en los políticos, extremo que dudo, no será mediante planes o declaraciones de buenos propósitos condenados al incumplimiento. Ni siquiera con leyes de Transparencia como esa que sestea en el cajón desde que fuera anunciada por la propia Soraya SS hace un año. Obras son amores. Volveremos a creer cuando nos demuestren que son dignos de crédito. Pero con hechos.