Un campo de fútbol tapizado de ataúdes

Perdonen la ignorancia bélica, pero las únicas guerras que he visto de cerca han sido de almohadas, a lo sumo alguna de banderas, así que de las que matan en serio no tengo, afortunadamente, ni pajolera idea. Por eso no entiendo, por más que lo expliquen los dirigentes de algunos países exportadores de armamento, que no esté permitido exterminar al personal con gas sarín, pero sí con artillería pesada o drones de última generación. Como si con los misiles o las balas la gente solo se muriera de risa.

Tampoco me queda claro por qué a lo que pretende hacer Estados Unidos en Siria lo llaman intervención. Por el tamaño del instrumental que utilizarán no creo que la operación militar vaya a ser precisamente de amígdalas. Dicen que «la respuesta será increíblemente pequeña y limitada». Vamos, que lo harán rapidito y no dolerá, pero temo que los daños colaterales y el propio enemigo no piensen lo mismo. Pena que no esté Gila para que se lo pregunte por whatsapp.

Fíjense si soy profana en la materia que, por más vueltas que le doy, ni siquiera comprendo el motivo del actual empeño en meter la zarpa en este conflicto cuando desde su comienzo, en marzo de 2011, han fallecido 11.000 menores. El dato ocupa catorce caracteres –la décima parte de un insignificante tweet– pero puestos sus pequeños ataúdes uno al lado del otro llenarían –a ver si esto les conmueve más a algunos– todo un campo de fútbol. ¿Se imaginan el terreno de juego tapizado de cajas blancas? Pues eso

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