Me río de la metamorfosis de Kafka

UN día, cuando menos te lo esperas, contándote que un chaval del cole tiene un smartphone mejor que el del gerente de tu empresa, tu hija te suelta: “Está to guapo” y se te atragantan las lentejas, que, por ahora, se pongan como se pongan los chefs, no tienen copyright. El caso es que te preguntas en qué momento tu dulce y angelical criatura, que parecía predestinada a ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua, ha sido poseída por el espíritu de El vaquilla.

Vete haciéndote a la idea porque eso es solo el comienzo. En apenas unos días intercalará interjecciones de protesta a cada frase, a modo de tecla Intro. “¿Que meta el plato en el lavavajillas? Joooe. Si ya metí uno ayer. Joooe. ¿Y él por qué no lo mete? Joooe. No es justo. Joooe”. Por si fuera poco con las conversaciones desquiciantes, le crecerán repentinamente las extremidades en plan palo selfi. Así que, de un día para otro, te sacará media cabeza y te verás echando la bronca de abajo hacia arriba mientras te preguntas si no serás tú la que encoges.

No entraré en detalles, pero mi traumatóloga y yo les desaconsejamos los zancos. Lo peor será cuando le vayas a dar un beso a la puertas del cole y te haga la cobra. Me río yo de La metamorfosis de Kafka. Y todo esto a pelo, porque en la parafarmacia tienen emplastos hasta de algas del Mar Muerto, pero ni unas tristes hierbas para sobrellevar la preadolescencia. Al loro los camellos, que ahí hay un nicho de mercado.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

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