Una huelga a la japonesa, sin proponérmelo

SE levanta. Qué pelos. Un lustro de estos tiene que ir a cortárselos. Desencarcela a los críos de la cama. Saca de la mochila del pequeño un hamaiketako caducado. Repasa la lección con la mayor. Prepara el desayuno. Programa una lavadora. Saca una bandeja de pollo del congelador. Dobla media colada. Deja una nota a la cuidadora. Los lleva al colegio. Llama a sus padres por si necesitan algo. Si hace malo, les sube el pan. De paso rellena el pastillero. Valora si esa tos es como para llamar al médico.

Camino de su trabajo, remunerado, compra bolis para su hija y pilas para el reloj de su pareja. No se lo ha pedido, pero ella está en todo. Comienza su jornada laboral. A veces ya llega cansada, pero nunca se queja, no vaya a ser que… De hecho, trabaja más que algunos de sus compañeros, no vaya a ser que… Emplea los cinco minutos del café para anular por segunda vez la cita con el dentista porque le han puesto otra reunión. La llaman para la revisión de la caldera. Le envía un WhatsApp a su pareja para recordarle que es el cumpleaños de su madre.

Redacta un informe. Malcome un sándwich. Piensa que mejor no se apunta a yoga porque, total, nunca va a poder ir. El jefe la intercepta a punto de ponerse el abrigo y le pide un favorcito de última hora. Llega tarde a recoger al crío. Se siente culpable. Baños y cenas. Hace un pedido por Internet. Revisa las agendas. Llega su pareja, cansada, pero del gimnasio. Le ha salido una huelga a la japonesa. ¡Va por vosotras!

Arantza Rodríguez   arodriguez@deia.com

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