Gasteiz, ¿y la investigación?

Gazteiz, un profesor al que se le atribuyen, según las versiones, entre cuatro y cinco episodios de abusos sexuales a criaturas de 3 a 5 años sigue dando clase 4 cursos después de que se presentara la primera denuncia. De ello nos enteramos —¡al mismo tiempo que las y los progenitores del resto de los alumnos que han mantenido o mantienen contacto diario con el individuo!— porque El Correo (al César lo que es del César) informó de que la niña de esa denuncia inicial se había vuelto a encontrar con su presunto agresor… ¡en el colegio al que huyó precisamente para no tener que cruzárselo! La indignación sulfurosa que despierta la noticia provoca que el Departamento de Educación del Gobierno vasco aparte de las aulas al docente en cuestión.

Se diría que es el final menos malo de esta sucesión de despropósitos. No pierdan de vista, sin embargo, que por infinito asco que nos dé, en el momento procesal actual, el maestro es técnicamente i-no-cen-te. Es decir, que si tuviera posibles para contratar a uno de esos picapleitos sin alma, podría sacar los higadillos a la institución que lo ha suspendido. Ocurre, y para mi es una brutal perversión, que Educación, que es poder ejecutivo, ha tenido que adoptar una medida que le corresponde a las instancias judiciales. O nos engañan con lo del Estado de Derecho, o son sus señorías togadas las que deben determinar la inocencia o la culpabilidad tras un proceso que parte de una investigación de los hechos. Ahí le hemos dado. A día de hoy, la fiscalía, entorpecida su labor parece ser que por jueces (requete)garantistas, no tiene lo suficiente contra el tipo.

Demasiadas mayorías

Jamás dejará de asombrarme el desparpajo con el que muchísimos políticos se arrogan en régimen de monopolio la representación de las mayorías sociales. Constituye todo un prodigio de la matemática parda y del rostro de alabastro escuchar a un mengano con un puñadito más o menos cumplido de votos hablar en nombre de todo quisqui con nariz y ojos. Es gracioso que el vicio se practique en cualquier lugar o tiempo, pero más todavía que se haga inmediatamente después de unas elecciones que han puesto a cada quien en su sitio. Pues con un par, estos días nos estamos hartando de asistir a una torrentera de apropiaciones indebidas de la supuesta voluntad popular en bruto a cargo de quien no le corresponde.

Ni siquiera señalaré a estas o aquellas siglas porque, si bien algunas destacan ampliamente en la martingala, no hay ni una sola que esté libre del pecado de echarse al coleto la portavocía del censo al completo. Y sin un resquicio para la duda razonable ni el menor de los matices, oigan, aunque según quién largue la soflama, ocurra que la misma colectividad quiera dos cosas totalmente contrapuestas. Ahí tenemos, como ejemplo —uno entre mil— de este grosero secuestro conceptual, a la ciudadanía de Vitoria-Gasteiz. En labios de Hasier Arraiz, desea al unísono y sin fisuras, incluyendo los 35.000 que le votaron, darle la patada a Javier Maroto. Pero si quienes hablan son el aludido o cualquiera de sus conmilitones, entonces resulta que no hay en la capital alavesa una sola alma que no desee con todas su fuerzas la continuidad del munícipe por antonomasia. Seguramente, ni lo uno ni lo otro sea cierto.

Desplazar a Maroto

En general, no me gustan los frentes ni los cordones sanitarios. Más de una vez y más de seis hemos visto cómo las presuntas santas y nobles alianzas de todos contra uno eran, en realidad, uno de los disfraces de la intolerancia y de la prepotencia y han tenido como resultado algo muy similar al apartheid. Sin embargo, entiendo que hay casos que reúnen tal cantidad de motivos para el aislamiento higiénico, que merece la pena correr el riesgo de equivocarse. Impedir que Javier Maroto siga siendo alcalde de Vitoria-Gasteiz es, en mi humilde opinión, uno de ellos.

¿Por qué? Casi es más procedente preguntar por qué no. De hecho, el último que puede asombrarse de que en la capital alavesa haya una tan amplia como diversa corriente política y social que propugna su desplazamiento es él mismo. De sobra sabían Maroto y sus consejeros áulicos sin escrúpulos (ni probablemente corazón) las consecuencias de la indecente estrategia que eligieron para ganar las elecciones, es decir, para no perderlas. Al tirar conscientemente por la vía del incendio, era de cajón que el precio del éxito de la misión sería gobernar sobre una ciudadanía bastante chamuscada. Tanto, como para no resignarse a volver a ceder el mando a los pirómanos.

Y hasta aquí la teoría. La parte práctica corresponderá a las fuerzas políticas, que deben encontrar el modo de mandar a la oposición a quien, no lo olvidemos, ganó los comicios con holgura. Pero no bastará solo con eso. También tendrán que elegir a una persona de consenso que encabece la corporación y acordar unos mínimos para gobernar en común durante cuatro años. No es tan sencillo.

Los huevos de Maroto

¿Pero qué me está diciendo? ¿Que, con los huevos que le echa a todo el alcalde campeador de la vitorianidad, esos bellacos del Guiness dicen ahora que no fueron suficientes para batir el récord universal de cuajar megatortillas de patata? Esto va a ser cosa del Fede ese de SOS Racismo, que seguro que hubiera preferido que la ciudad compitiera por hacer el Kebab más grande de la Zapa a la Meca para que sus moros subvencionados se lo trincaran como hacen con la RGI. O de los pérfidos abertzalosos —los blanditos y los menos blanditos, todos son igual—, que echaban las muelas porque la tortillaza ensamblada por parciales era española. O de alguno de esos tiñosos de Bilbao que se creen que solo ellos tienen derecho a hacer fantasmadas para salir en los programas de Ana Rosa o Mariló.

No se me asusten. Era solo ironía o un sucedáneo, porque creo que es mejor tomarse a chunga el fiasco tortillero de Maroto y su troupe de ocurrentes propagandistas. Habrá que reconocer, además, que si no se superó la marca anunciada, sí se ha pulverizado un nuevo registro de ridiculez y patetismo cateto. Todo sirve para el convento. Fíjense lo que pasó en Borja, que desde hace dos años no da abasto a recibir turistas que quieren ver in situ el Ecce Homo restaurado a la remanguillé por la señora Cecilia. Apuéstense algo a que el del apellido que rima con moto y con foto encontrará el modo de darle la vuelta a la cantada. Y si no, siempre queda el cartucho definitivo: puede impulsar una recogida de firmas para que la fuerza de la calle certifique que se pongan como se pongan los siesos del Guiness, ese récord va a misa.

La estrategia de Maroto

A Maroto se lo han puesto a huevo. Tanto, que hasta cada exabrupto contra su persona equivaldrá a una o varias papeletas para sustentar su reelección. Ya que no se ha querido ver todo lo anterior —y no digamos, tratar de evitarlo—, abramos los ojos, por lo menos, a la singular paradoja que se da frente a nuestras narices: los mejores aliados que tendrá en esta campaña que ya ha empezado son sus adversarios. Ahí entran las siglas que presentarán lista, los autores de pintadas y murales con efecto bumerán y, encabezando la comitiva, SOS Racismo, organización que no parece dispuesta a pararse a pensar por qué su discurso ahonda el problema que denuncia. O en una formulación más sencilla, por qué en apenas una década ha pasado de ser una entidad que despertaba una enorme simpatía a resultar crecientemente antipática… y no precisamente para los ricos y poderosos de la sociedad.

Sin descartar que yo también pueda andar errado, diría que la explicación a lo que planteo es la misma que sirve para comprender lo bien que le pinta el futuro a un munícipe de gestión mediocre como el ínclito. Empecemos por señalar que Maroto no va a hacer un xenófobo más de los que ya hay en Vitoria-Gasteiz. Su previsible éxito, que es, aunque nos joda, un acierto estratégico, se basa en echar la red en un caladero de votos huérfanos. Muchos de ellos, ojo, provenientes de la izquierda, y no pocos, abertzales. Para redondear la jugada, ha convertido en programa propio —los siete puntos de marras— el raca-raca de barra de bar y parada de autobús. Conseguirá, me temo, primero las firmas y, luego, conservar la vara de mando.

¿Racismo o electoralismo?

¿Maroto, racista? Diría que el alcalde de Gasteiz es capaz de ser lo que haga falta con tal de llenar la saca de votos. De hecho, lo que suponen sus últimas y tan comentadas palabras no es más que el cruce de un Rubicón que había estado rondando desde que era concejal de a pie. Simplemente, a diez meses de la cita con las urnas, ha visto el riesgo real de que otro culo acabe en su poltrona y, entre la aritmética y la convicción, ha decidido echar el resto llevando el partido a los barrizales donde sabe que sus adversarios están condenados a un autogol tras otro: la pataleta antivizcaína que tan bien supo exprimir aquel tunante apellidado Mosquera y, con más ímpetu, la mandanga xenófoba sin desbastar.

De lo primero, que no es martillo pilón exclusivo del munícipe por antonomasia, hablaremos otro día, porque es asunto que da para columna y hasta para tesis doctoral. Me centro en lo segundo, las soflamas calculadamente incendiarias contra la inmigración en general y la procedente del Magreb en particular. Lamento defraudar alguna expectativa buenrollista si en lugar de tirar por el camino trillado del exabrupto a la yugular de quien está buscando exactamente eso, llevo la cuestión a un terreno menos explorado. Se puede formular con una sencilla pregunta: ¿Por qué, no solo en Vitoria sino en cualquier lugar de nuestro entorno, hay una cantidad creciente de personas dispuestas a respaldar con su papeleta discursos como el de Maroto? ¿Porque son unos fascistas, unos insolidarios, unos ignorantes? Esa ha sido la respuesta de carril hasta ahora. Lo único que ha provocado es que cada vez sean más.

¿Estación Adolfo qué?

Javier Maroto se sueña una mezcla de Cuerda, Azkuna y Giuliani, pero lo que ha demostrado desde que tomó la vara de mando en Gasteiz es que sus habilidades son las de un mediano concejal de parques y jardines. Por lo que le gusta meterse en estos últimos, digo. La más reciente incursión, la del bautismo por sus narices de la futura estación de autobuses, sobrepasa la anécdota para instalarse en la categoría. Concretamente, en la de alcaldada de manual, subsección gran cantada de muy difícil salida.

Y seguro que en su cabeza era una magnífica idea. Sin decir una palabra a nadie —probablemente ni a los representantes de su partido—, le suelta el chauchau al periódico amigo y acto seguido, lo larga en Twitter. Donde el regidor esperaba una ola de admiración y entusiasmo, hubo un torrente de cagüentales, incredulidad y despiporre. De propina, el favor que pretendía hacerle a la memoria de Adolfo Suárez (por la vía de hacérselo a sí mismo) se ha tornado en gran faena. En lugar de dejarlo descansar en paz, que ya va siendo hora tras el maratón de loas de a duro, lo sitúa en el centro de una bronca en la que tiene todos los boletos para salir mal parado. Porque, efectivamente, aunque no fue, ni mucho menos, quien ordenó la matanza del 3 de marzo de 1976, tampoco fue ajeno a ella. Es un dato histórico que, en ausencia de Fraga, le encalomaron la gestión de la sangre que ya había corrido. Se cuenta que su decisión de no decretar el estado de excepción evitó una tragedia mayor. Pero eso no le libra de haber formado parte de un atropello que los vitorianos no olvidan. Salvo, Maroto, por lo visto.