¡Cuidado con el Ajedrezómano!

 

Yo sólo sé jugar al ajedrez.

 

Hace más de dos décadas, cuando a todo el mundillo se le llenaba la boca con las bondades de la práctica del ajedrez, creo que fui de los pocos en denunciar los múltiples peligros que entraña el juego – todavía recuerdo la cara que puso el Presidente de la FVA al escucharme hablar de ello ante un centenar de monitores venidos de toda la península a los cursos de la Universidad Laboral de Eibar – de no realizarse con la debida precaución, porque además de rebajar al juego – que lo es y ¡a mucha honra! – a su perfil de mero pasatiempo, como las partidas de café que en nada se distinguen de pasar la tarde jugando a las cartas – que es cuando acontece eso que ya advirtiera Unamuno de que “el Ajedrez sólo desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez” – puede convertirse hasta en un vicio, dado que los mecanismos químicos cerebrales que rigen el placer de la victoria en cualquier competición, se ven enormemente potenciados donde la autoestima del participante está sobre el tablero por entrar en liza no su habilidad o fortaleza física sino su inteligencia, sabiendo todos lo que nos cuesta reconocer que no tenemos razón, como para no darnos un festín de endorfina, serotonina, dopamina, aplacado el subidón de adrenalina…de imponernos a un rival, recreándonos de modo enfermizo con la brillante combinación realizada. Pero, por paradójico que parezca, no es la victoria la que más engancha, ¡sino la derrota! cuando no es bien asimilada, porque puede conducirnos a la ludopatía.

Por supuesto nadie se queda en lo que se le da mal, de no ser un pobre hombre que no se dé cuenta de sus limitaciones. El ajedrez, a este respecto, es muy despiadado, pues no ofrece per se excusas para la derrota, aunque los hay que no renuncian a encontrarlas en el brillo del tablero o los ojos saltones de los caballos, para explicarse como continúan haciendo el ridículo más espantoso. De modo que, la obsesión con la derrota engancha más al juego tras haber pasado cierto umbral de dificultad, aquel que te permite entender cómo has perdido, alimentando íntimamente la ilusión de la revancha más delante de mejorar la apertura, el final, etc.

Cierto es, que al buen jugador se le encuentra más en los momentos duros demostrándose a si y a los demás, capacidad de reacción ante la adversidad, su deportividad estrechando la mano al rival, su humildad y honestidad al no abandonar la competición cuando ya no es campeón del torneo, su afición por el juego tras haber dejado de ser el mejor, etc. Pero precisamente, cuanto peor interioriza un jugador que ha alcanzado cierto nivelillo sus derrotas, más tiempo le dedica a echar partida tras partida al objeto de poder obtener de la cantidad lo que no consigue ya por su calidad, como sucede con cualquier sustancia que haya saturado el sentido que le suministraba placer.

Que un profesional del Ajedrez meta ocho horas diarias a estudiar Aperturas o a conocer el juego de sus rivales, nada tiene de malo, si le va medianamente bien. Es más, es su obligación la de entrenar. Pero ¿Cómo se explica que chavales, todavía estudiantes, sin ser nada del otro mundo, en ocasiones bastante malos y si se me permite decirlo hasta auténticos delincuentes del tablero…están dale que te dale echando pinchetas en el club, por ordenador, jugando todos los torneos que existen – los hay que se apuntan a dos a la vez y hacen proezas de bilocación en las clasificaciones- sacrificando su tiempo de ocio, sus relaciones sociales, sus vacaciones y la de sus padres? Muy sencillo. Porque han dejado de ser ajedrecistas para convertirse en Ajedrezómanos.

Como cualquier adicción, el ajedrezómano ha entrado en un círculo vicioso del que le es muy difícil salir: Al inicio, juega porque le gusta. Es una decisión libre y placentera que poco a poco le va atrapando sin darse cuenta. Llega un momento, en que acude al club, no porque desee ir al club, sino porque necesita ir a echar pinchetas; Con el tiempo, como no ha cuidado sus amistades fuera del ajedrez, acaso no sepa bailar, hacer senderismo, viajar con amigos o incluso ligar, puede suceder que no le quede otra que jugar al ajedrez, por llamarle de alguna manera al mover madera de 6 a 10 de la tarde los viernes sin aprender nada.

¡Esto es lo que los monitores debemos evitar!

El mejor modo es animando a nuestros discípulos a hacer otras actividades que pueden estar o no relacionadas con el juego. Por ejemplo, el GM Tricampeón de España Mario Gómez siempre dice que jugar al tenis, además de proporcionar fondo físico, es bueno para ordenar la estrategia.

También a este propósito, es bueno advertirles que existen distintos modos de jugar al ajedrez: El lúdico, para pasar el rato que no está mal pero que en poco o en nada se diferencia de la Oca o el Parchís porque, díganme ustedes quien desarrolla más su inteligencia el ajedrecista que juega una partida en cinco minutos o el jugador de parchís en una partida de una hora…o el ajedrez de estudio, entrenamiento que precisa de atención, reflexión cuyo esfuerzo personal y colectivo requiere las mismas condiciones de sacrificio y perseverancia que cualquier otro deporte. Más que nada, para que la chavalería y sus inocentes papis no crean que están recibiendo por ósmosis lo que únicamente se adquiere por el trabajo del talento o en su defecto por el tesón y la resistencia que de todo hay entre los Maestros.

Por supuesto, la mayor responsabilidad en evitar que el ajedrecista joven acabe de ajedrezómano reside en sus padres. Estos, deben diferenciar cuándo es oportuno variar la rutina familiar y cuando no en función de las citas ajedrecísticas. Yo aconsejo lo siguiente: Los torneos abiertos que no son de clasificación son del todo prescindibles y si hoy no vas a uno, ya vendrá otro. La asistencia a clase de ajedrez debe ser regular, pero cumpleaños y oportunidades de socialización han de estar por delante en grado de prioridad. De darse un conflicto entre un bautizo familiar o acudir a un campeonato los padres han de ponderar la esperanza de vida del bautizado: si no es mucha, puede ser buena elección ir al torneo; De lo contrario haber como se lo explicamos el resto de la vida.

Por mi parte, siempre les hago ver a mis alumnos que por delante del ajedrez, está primero la familia, luego los amigos, después los estudios y si queda tiempo, viajar, comer con los colegas, ir al cine y también el ajedrez. Pero nunca me hacen caso.

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