125 años de la tercera ermita de San Juan

Casualmente en este año en que no hay celebración alguna, cumple 125 años la ermita de San Juan, en Larrazabal (Laudio): 1895-2020. Y, hablando con propiedad, debiéramos decir que los cumple «la tercera ermita» pues es así. Por ello vamos a hurgar un poco en su historia.

Pero antes de avanzar, me gustaría recordar la denominación de «ermita de San Juan Astobizaco» (en euskera sería San Joan Astobitzako) que usaban los más mayores del lugar, en referencia sin duda al entorno de la primera ermita.

Imagen de la ermita en 1986, con varios caseríos al fondo

LA PRIMERA ERMITA. Nada sabemos de su origen pero todo parece indicar que en origen se trataba de un templo medieval. Lo sospechamos por la advocación elegida, por las referencias a imágenes de santos que en un momento dado se hacen desaparecer por anticuadas, por el saber de la existencia de una comunidad aldeana en el lugar: es Pedro de Goiriçabalen (un caserío del lugar) el representante máximo municipal, el que solicita a los Reyes Católicos la integración de Laudio en Álava en 1492.

También la memoria popular nos recuerda que estaba ubicada donde se encuentra el chalet del antiguo propietario del almacén de gas cercano, próximo al antiguo caserío de Astobitza, cuya referencia quedaría en la antigua denominación de la ermita, «San Juan Astobizaco» (San Joan Astobitzako).

La primera constancia documental que disponemos de ella es mucho más tardía, de 1704, aunque es probable que entre el supuesto origen en la Edad Media y esa fecha se fuese renovando el edificio. La primera noticia se la debemos a la realización de unas importantes reparaciones de cantería en el edificio, por su mal estado. A pesar de ello, no debieron ser muy efectivas ya que un par de décadas después, en 1723, se dice que la ermita se encuentra «ruynosa y maltratada».

La ermita se componía del templo religioso y de «…una casa, con unas pocas heredades y castaños… » (1791). Al igual que sucedía en otras ermitas, la casa se alquilaba al ermitaño o mayordomo de la misma y siendo éste el encargado de coordinar las reparaciones, controlar las cuentas, etc. Además se le arrendaban seis ovejas pertenecientes a la ermita –hasta la mitad del XVIII fueron doce pero la mitad murieron a consecuencia de un duro invierno y no fueron repuestas–, costumbre que duró hasta el último cuarto de dicho siglo.

El pastor Vicente Urquijo (qepd) en 1986. La primera ermita conocida constaba de el templo en sí, una casa, unas heredades y castaños así como una docena de ovejas por las que que ermitaño había de pagar una renta en Todos los Santos.

Los pagos de las rentas por el disfrute de la casa con sus posesiones y ovejas se abonaban el día de Todos los Santos, yendo el dinero a parar a una bolsa en la que se guardaban los capitales. El pequeño saco se custodiaba, junto a los de las otras ermitas, en «el arca de tres llaves» que estaba en la sacristía de la parroquia principal del municipio: la de San Pedro de Lamuza. Una llave la tenía el alcalde, otra el sacerdote y otra el beneficiado —un grado eclesiástico inferior al sacerdote— más antiguo y debía abrirse el arcón en presencia de los tres, para evitar los muchos robos y excesos en los gastos que se habían dado antes de la existencia de esa caja de caudales.

Anualmente se celebraban en dicha ermita las fiestas de San Juan Bautista y San Lorenzo y se componía de tres altares, siendo el tercero de ellos para una imagen de Santa Isabel. No sería de extrañar que se tratasen de imágenes medievales.

LA SEGUNDA ERMITA. Siendo tan ruinoso su estado, deciden los feligreses del lugar construir una ermita de nueva planta, ya que iba a costar menos que reparar la antigua y, probablemente, porque necesitarían ampliar su capacidad ya que se han producido grandes crecimientos demográficos.

La segunda ermita se ubicaba en el actual almacén de gas, próxima a la primera y desde donde acarreaban algunos materiales re aprovechados. La gente mayor del lugar aún recuerda la ubicación de ambos templos por la gran cantidad de teja que aparecía en ambos enclaves cuando lo sembraban con trigo.

En su construcción se reutilizan los materiales «…llevados a dicha ermita para la obra nueva (…) por haberse demolido…». Claro está, cuentan además con «…la licencia de demoler la ermita vieja y hacer nueva» (ambas citas de 1765). A excepción de los gastos por los permisos, los trabajos profesionales y las doce jornadas de acarreo de una pareja de bueyes, el resto del derribo se da por pagado con un «…pellejo de vino que bebieron las más de cincuenta personas que sin jornal asistieron el trece de junio a demoler dicha ermita».

Por fin, tras varios años de obras, se bendice el nuevo templo en 1787. Todo indica, sin embargo, que en dicho período intermedio conviven los dos edificios, el supuestamente demolido y la nueva construcción. Así parece desprenderse de citas que, hablando de la ermita existente como de un templo con funcionamiento normal, hacen referencia a «…la nueva obra que se ha comenzado» (1766) o trata de «…de la otra comenzada» (1767). Es más, faltándole aún dos décadas para ser finalizada se celebran sin embargo, cada año y puntualmente, las festividades de San Juan y San Lorenzo. Por ello podría pensarse que la documentada demolición de la primera no fuese total.

Pero estamos ya inmersos en la segunda mitad del siglo XVIII, una época de auténtico azote para muchas de nuestras ermitas. Es por ello por lo que gran parte de las actualmente desaparecidas lo hacen en este período.

La razón es que la Iglesia ha tomado la firme decisión de gestionar todo su patrimonio de una manera más eficaz y moderna. Pretende reducir el número de pequeños templos que no le resultan demasiado rentables o que no disponen unas condiciones mínimas como para poder ser considerados como casas dignas de Dios. Apuesta ya por la concentración en templos principales y no por la atomización de la labor pastoral.

Quizá por ello, inmersos en un cierto ambiente de desilusión, la ermita deja de renovar el pequeño rebaño de ovejas que arrienda anualmente como fuente de ingresos. Así lo refleja el apunte de 1776 que dice que «…seis ovejas que tenía la otra ermita, pero por haber perecido no se cargan en adelante». También se ve obligada a sacar a remate –subasta– por primera vez, varias entresacas y esquilmos de los árboles que posee (1786).

Parece sin embargo que gracias a las aportaciones de los feligreses y a este tipo de ingresos adicionales se consigue superar un período tan devastador para nuestros templos rurales. Logra incluso remozarse –como hemos apuntado una de las nuevas exigencias era presentar los templos con un mínimo de decencia y dignidad– y pagar en 1787 una considerable cantidad de dinero por hacer un nuevo retablo, instalar una lámpara, etc.

Es aquí cuando parecen ser destruidas las imágenes antiguas de la ermita –con probabilidad medievales– de San Juan, Santa Isabel y San Lorenzo, quizá siguiendo las recomendaciones que los visitadores enviados por los obispados hacían por estas fechas: trocear y enterrar aquellas tallas que, por su aspecto antiguo, eran consideradas como «figuras indecentes». Desgraciadamente para nuestro patrimonio, ésos fueron los drásticos gustos de la época.

Imagen de San Juan, titular de la ermita. En realidad, era una talla rechazada en la parroquia principal del valle, que estaba renovando su retablo. La consideraron demasiado rebuscada por lo que se reaprovechó en la ermita de San Juan. Así desaparecieron las antiguas imágenes de San Juan, Santa Isabel y Santiago, dejando de celebrarse la fiesta de este último a partir de entonces.

Ya en el nuevo retablo, tan solo reponen la imagen del titular, San Juan Bautista. Y por no contar ya con un elemento identificador, desaparece el hasta entonces tradicional culto a San Lorenzo, no constando el gasto de sus misas en las cuentas de aquí en adelante.

LA IMAGEN DE SAN JUAN. La imagen de San Juan que hoy se venera es en realidad una talla que se rechaza en el templo parroquial principal del valle que, en torno a 1787 se encuentra sustituyendo su retablo. Se ordena repetir y, la de inferior categoría la compra por 220 reales un sacerdote de Larrazabal, Fernando de Orue, para ponerla en la ermita de San Juan Astobitzako. Es el motivo, como hemos dicho, de que desaparezcan las imágenes originales, de mayor interés en la actualidad pero poco apreciadas en su momento por su estética desfasada.

LA ERMITA ACTUAL. Pasan cien años sin que se anoten cuentas de la ermita por lo que suponemos que fue castigada por las sucesivas guerras. También desaparecen para siempre las referencias a la casa anexa.

Plano para la edificación de la nueva y última ermita, elaborado por su promotor Gerónimo Ibárrola.

Entonces aparecerá en escena un interesante personaje, Gerónimo Ibárrola que comienza el nuevo libro de cuentas presentándose como «…primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Llodio, y propietario de la Cuadrilla de Larrázabal… » para seguir exponiendo «que en la mencionada cuadrilla existe una ermita dedicada a San Juan Bautista, a cuyo santo desde tiempo muy remoto tributan devoción especial los vecinos de la Cuadrilla. Su estado ruinoso y el mal punto donde estaba colocada debían producir muy en breve la desaparición de la ermita». Un espacio de tiempo tan largo y rasgado además por tres grandes guerras debió suponer un abandono casi total de la ermita y, al parecer, sus consecuencias eran patentes.

Por otro lado y valiéndonos ya de la transmisión oral, la mayoría de los informantes recuerda que la antigua ermita se encontraba en un terreno especialmente arcilloso e inestable. Se comenta que, al parecer, hubo un corrimiento de tierras que derribó parte de la ya maltrecha ermita.

Ante esta situación, el beato Gerónimo Ibarrola –que posteriormente llegará a ser Alcalde de Laudio– remueve la conciencia de los vecinos y se revela ante la inevitable desaparición del templete. Según describe él mismo en la misiva que dirige en 1894 al Obispado, para evitar la desaparición definitiva de la ermita, acordaron entre los vecinos «…abrir una suscripción (…) de la que han reunido fondos para construirla de nueva planta aprovechando los materiales de la antigua» (1894).

Según nos recuerdan sus familiares Gerónimo [en realidad debiera ser Jerónimo pero respetamos la grafía que él usaba] era una persona culta, extremadamente recta y aún más devota. Su soltería hizo que se volcase de una manera más obsesiva de lo normal con sus dos grandes pasiones: la política y la religión.

Elaboró incluso un plano-boceto de cómo debían ser la planta y fachada de la nueva obra. Supo, además, ilusionar e implicar en el proyecto a la práctica totalidad de los vecinos. Así, aquellos que no trabajaron directamente en la obra, aportaron árboles con los que conseguir el maderamen necesario para la edificación. También cuentan con pasión los hermanos Juan José y Antonio Arregi cómo oyeron contar a sus mayores que las losas de piedra para el nuevo pórtico las bajaron con bueyes desde la cumbre el monte Pagolar, con un esfuerzo titánico pero necesario, ya que sólo allí existían piedras alargadas, grandes y lisas.

Hasta el año 1969 la campa de la ermita estaba en pendiente como puede apreciarse en esta retrospectiva. La imagen está tomada desde el carrejo para juego de bolos que completaba el lugar

Tomaron parte en los trabajos como voluntarios tanto vecinos de Larrazabal como de Markuartu. Aún no existía como tal el barrio más populoso actual, el de Landaluze, también muy ligado a la ermita y su fiesta.

Desde 1970 una cofradía se congrega en torno a una comida en el pórtico de la ermita cada domingo posterior al día de San Juan

LA LEYENDA. La elección de la ubicación para la tercera y actual ermita se debió, según comenta su familia, a contar con un suelo más estable que el anterior y por encontrarse más próxima al antiguo cruce de caminos que se dividían para acceder a las caserías más importantes del barrio. Casualmente, el cruce estaba presidido por un gran roble, de nombre Guzurraretx ‘el roble de las mentiras’ y en cuya memoria se plantó en 2019 un retoño del Árbol de Gernika.

Pero aquel cambio de ubicación incomodaría a más de un beato, feligrés u opositor político de Gerónimo. Por ello, por justificar el cambio, crearon e hicieron correr una leyenda que justificaba la actuación y evitaba suspicacias.

Así, cuenta la leyenda local que la imagen del santo aparecía cada mañana en el lugar de la ubicación actual. Durante el día lo retornaban a su casa –la ermita vieja– pero a la noche volvía a desplazarse hasta el lugar actual. Se interpretó que aquel misterio era un deseo de San Juan y ello fue razón suficiente como para no poner en tela de juicio que la nueva ermita debía edificarse donde está hoy.

A finales de los 90 la ermita fue sometida a una desastrosa rehabilitación que modificó sus fachadas y, entre otras, perdió para siempre l retablos del siglo XVIII

SAN JUAN TIENE NOVIA. Sea como fuere, la cuestión es que hace 125 años, en 1895, se bendice el nuevo templo y parece así darse por cumplido el sueño de Gerónimo. Probablemente ya estaba convencido de ser meritorio de las glorias del cielo. Falleció en 1911. Pero quizá en sus últimas horas de vida sacase las fuerzas suficientes como para convencer a su hermano Fernando —lo eran tan sólo por parte de padre— de la necesidad de colocar a Santa Eulalia de Goienuri (otro barrio de Laudio) en el hueco que quedaba vacío en el nuevo retablo; así podría explicarse la extravagancia cometida por aquel forzudo Fernando al robar la imagen en una noche de luna llena cuando contaba con… ¡¡casi sesenta años!! Se dice que aquella rocambolesca acción se llevó a cabo en torno a 1920. Desde entonces, durante todo este siglo, se dice que San Juan tiene pareja. Así lo recogió el compositor local Ruperto Urkijo Maruri (1875-1970), en una de sus canciones populares: «Bárbaros larrasabaleros [en referencia al barrio de Larrazabal en donde se encuentra San Juan Astobitzako] / que habéis querido casar / Santaloriaga [denominación popular local de Santa Eulalia] gloriosa / con el patriarca San Juan».

Si es que precisamente amor es lo que nunca ha faltado en ese dichoso lugar… que se lo pregunten a San Juan y Santa Eulalia…

Carros con castañas y gloria

Una vez más, la coincidencia de fechas es la disculpa ideal para hurgar en la historia y rescatar para la memoria del siglo XXI aquellos hechos olvidados de nuestro pasado.

En efecto, hoy hace 138 años, se publicó en el diario Noticiero Bilbaíno la curiosa noticia que relata un suceso acaecido la víspera –13 de noviembre de 1880– y que llamó en sobremanera la atención «en el Arenal de Bilbao vimos ayer de 25 a 30 carros de castaña destinada al embarque para la isla de Cuba y procedente, si no estamos equivocados, de los castañares de Balentza que median entre el valle de Oquendo y los de Llodio y Luyando. No recordamos haber visto hace muchos años embarque de este fruto y por eso ha llamado mucho nuestra atención y la del público en general…»

Hace referencia al barranco de Markuartu, conocido como Balenchana en castellano y Balentxa en euskera, actualmente derivado a Balintxa. Pero, al citar Okondo o Luiaondo incluso, podemos pensar que por extensión se refiere a todo el monte Pagolar, rebosante de castaños en otra época y con abundantes kortinas (cortinas: cercados para proteger del ganado la cosecha de castañas apilada en el monte). A mí, tirando del cordón umbilical y del recuerdo de mis antepasados, estas historias me conectan con la kortina situada en el paraje conocido como Mendi, del citado monte Pagolar por parte paterna y con la de Ubieta (Olarte) por la materna.

Y es que también mis abuelos –paternos y maternos–, como la mayoría de los baserritarras del lugar, vendían las castañas de las kortinas para Bilbao, procurándose así unos jugosos ingresos dinerarios que pronto invertirían al adquirir productos de primera necesidad. Su entrega se negociaba los domingos en la plaza de Laudio, a donde acudían vendejeras bilbaínas que luego llevarían los sacos en el tren. Otros laudioarras como José Izagirre, cosechaban y compraban en grandes cantidades para bajarlas ellos mismos en carros al potentado Bilbao y así evitar intermediarios. Lo mismo que un tal Evaristo Murga Gorbea (1865) de Luiaondo, que enviaba a la villa “varios vagones llenos de castañas” para su venta.

En cualquier caso, no era necesario contar con kortinas en el monte para ello ya que, en cantidades tan inconmensurables, era en ocasiones inviable. De ahí que también se apilasen las castañas en los caseríos, almacenadas bajo cubierta cuando había espacio, o amontonadas y tapadas en cualquier era frente a la casa. Recuerdo asimismo cómo el pastor Fernando Ibarrola (Larrazabal, Laudio) me contó en cierta ocasión que su abuelo –asimismo llamado Fernando Ibarrola y nacido en 1870– contaba que iban a la cama y por todas las dependencias del caserío sobre miles de castañas que habían almacenado dentro de casa, pues eran unos de los grandes comerciantes del lugar.

Pero esas cantidades que nos parecen hoy inmensas y de las que aún tenemos referencias orales no eran sino la punta del iceberg de un pasado más esplendido en cosechas de castaña. Nos referimos a cuando el preciado fruto vasco se exportaba en grandes barcos que partían desde Atxuri (Bilbao) hacia Flandes y Países Bajos. ¿Para qué? Pues, al margen del evidente destino comestible, se demandaba por su cáscara, usada en el tinte de bayetas tipo gamuza.

Así es que se cosechaba «…exportándose ya en aquella época una gran parte al extranjero, aplicando su pellejo para teñir los paños» (Iturriza, 1787).

También nos lo recuerda con más concreción y en referencia a Laudio el escritor catalán Mañé i Flaquer en su obra El Oasis (1878):

«A fines del último siglo se cosechaban en el Señorío anualmente unas cien mil fanegas de castaña, y aun en el primer tercio del siglo presente casi todos los pueblos de Vizcaya tenían en sus cercanías bosques de castaños de aprovechamiento común y la echada de la castaña era ocasión de fiesta y regocijo para los aldeanos, pues llevaba a sus hogares un importante elemento de su existencia. La cosecha de castaña servía no solamente para el consumo de la casa, sino que también proporcionaba un auxilio pecuniario no despreciable, pues se enviaba en gran cantidad á países extranjeros, donde se utilizaba en el doble concepto de alimento muy nutritivo y sano y de materia tintórea en la fabricación de paños y bayetas, así como hoy se aprovecha para hacer con ella una pasta con la cual se fabrican los muñecos que aquí pagamos muy caros»

Sobre Laudio añade que «En Vizcaya hay castañares muy buenos, tanto por su lozanía, como por la abundancia y buena calidad del fruto, […] Los que hay en Belenchano, entre Llodio y Oquendo, que atravesaremos luego, son muy extensos y lozanos y aunque se hallan en territorio de Álava están situados en la zona de Vizcaya» en referencia una vez más a nuestra zona de recolección.

A falta de un buen trabajo de investigación en los registros de mercancías portuarias de Bilbao, sabemos sin embargo que la exportación de la castaña a Flandes tuvo su mayor esplendor antes de fines del siglo XVII, ya que los franceses, a la vista del potencial negocio que ello suponía, plantaron bosques extensísimos de un nuevo castaño –el castaño de Indias– que fue llevado desde Constantinopla a Francia en 1615. Al ser más voluminoso su fruto, poseía más cáscara que las castañas vascas por lo que eran más interesantes. Además, la duración y el coste del porte en barco se reducían en gran manera. Así es como, sin desaparecer, sí comienzan a declinar aquellas exportaciones del preciado fruto vasco.

Hasta ese punto de inflexión que marca el paulatino descenso fue tal magnitud la exportación que, a fines del XVII, «la villa de Bermeo se había opuesto a la extracción de la castaña para reinos extraños. Pero el Señorío la había defendido alegando que era la cosecha muy superior al consumo interior y de su exportación resultaba al país el doble beneficio de lo que lucraba con su venta y de que los buques que la llevaban al extranjero se comprometían a traer de retorno trigo y otros alimentos de que carecía el país, con lo que aquí se moderaba mucho el precio de los cereales»

También en 1703 se acordó imponer un real a cada fanega exportada «…con destino al pago de réditos de censos contraídos para la fortificación y defensa de la costa el mismo Señorío: constituía un arbitrio de mucha entidad» tal y como recuerda el diario que da pie a esta reflexión.

Pero ya para 1787 nos recuerda Iturriza lo decadente del negocio usando un “apenas” que parece añorar tiempos pasados mejores: «en la actualidad apenas se cogerán en Vizcaya setenta mil fanegas anuales, de las cuales se exporta una gran parte al extranjero: en el año en que escribo este libro (1787) vale la fanega de castaña once reales».

Asimismo es digno de atención el documento facilitado en su día por el investigador Alberto Santana (eskerrik asko!) en el que se relata un plantón y bronca de unos comerciantes de castañas orozkoarras acaecido en un lluvioso 23 de noviembre de 1780. Todo sucedió porque al entregar en la lonja del embarcadero de Atxuri las 1.200 fanegas de castaña –unas 50 toneladas– el comprador quiso forzar a la baja el precio de compra acordado en 15 reales por fanega a 11, acabando la operación mercantil en un gran tumulto.

El kirikino-hesi o kortina de Irukusigieta, en Orozko, es el mayor de los conservados en Euskal Herria. Excepcional en sus medidas y aparejo, denotan un uso protoindustrial del bosque de castaños

Pero lo curioso del documento es la información añadida que aporta ya que la transacción económica se había negociado por Joachim Roussellet, mercader de Nancy –ciudad de Francia próxima a Luxemburgo– que contaba con su despacho con despacho en Bilbao y su agente local el laudioarra Manuel de Goikoetxea, quien había subcontratado con aquellos jóvenes orozkoarras la apreciada mercancía de sus castañares.

Al margen del puerto de Bilbao, también se embarcaban exorbitantes volúmenes de castaña procedentes de Enkarterri en Zubileta, punto del río Cadagua hasta donde ascienden las mareas de la ría para hacerlo navegable. Porque también esta comarca era una muy gran productora.

No en vano, es en el Fuero de las Encartaciones (1503) en donde encontramos la primera referencia a las kortinas o kirikino-hesis, aquellos cercos de almacenamiento de castañas con sus erizos, indicando además qué condiciones técnicas habían de reunir:

«…la senbradura que es hecha en monte de concejo e castannos e cortina e vivero se han de defender con seto suffiçiente […] segun costunbre antigua, ha de estar mas çerrado e mas defendido/ e ha de aber ocho palmos de ençeas en largo e vn palmo so tierra e ha de aber tres hiladas de verdugas texidas con las ençeas e/ ençima sus escajos; e si desta manera no estan çerradas, no han/ pena los ganados que entraren e fezieren danno».

Es decir, cierres de entrelazado vegetal reforzados con espinos. Y es que muchísimas han sido las kortinas vegetales de ese tipo y que por tanto no han dejado rastro en nuestro paisaje. En su momento debieron ser las más comunes ya que cuentan con numerosas referencias orales y, sin ir más lejos, mi padre mismo las ha conocido.

Un pasado glorioso para Laudio que pivota en torno a aquellos bosques de castaños de los que nadie actual parece querer acordarse: «Los castaños [de Laudio] son muy numerosos y corpulentos; así es que en ciertas estaciones del año, como por ejemplo la primavera, éste es uno de los valles más hermosos de estas provincias» como recogió entusiasmado Mañe i Flaquer (1878).

Porque a pesar de decaer el comercio con Flandes, no dejó de tener salida la castaña en otros mercados como, por ejemplo, la villa de Bilbao, cada vez más poblada. Así se entiende que en pleno siglo XIX, casi cuando aquellos muchachos aparecieron con los carros por el embarcadero de Atxuri-San Antón, la demanda hiciese que continuamente se plantasen más y más castaños que traían la riqueza al valle: «Los montes más famosos son el Yermo, Mostacha y Tardamente, poblados en su mayor parte de robles y castaños, cuya plantación aumenta diariamente y es una gran riqueza en el país» (Pascual Madoz, 1845-50).

El ocaso de toda aquella ensoñación llegó a fines del XIX, en la década entre los años 1880-1889, con la irrupción de enfermedad de la tinta del castaño que prácticamente los exterminó. Dicen que decía mi abuela (1900-1956), “apañadora” de castañas y a quien no conocí, que la enfermedad apareció en Laudio en el cruce de Barbara –entre Larrazabal y Markuartu– y que de ahí se extendió por todos los montes. Justo en el lugar en donde comienza el barranco de Balintxa, Balenchana, aquel que tanta fama había adquirido por sus ingentes cosechas. Principio y fin de una fecunda historia, cuya relevancia, ante todo, no podemos ni debemos olvidar.

Con apariencia de ser partes de madera quemada en nuestros viejos castaños, se trata en realidad la «tinta» que los llevó hasta su desaparición

 

Así es que comencemos hoy mismo por rememorar aquellos alegres muchachos que, para enviar castañas a las colonias cubanas de ultramar, no dudaron hace 138 años en avanzar hasta Bilbao con un espectacular y anacrónico convoy de 25-30 carros que causaron gran admiración entre los que tuvieron la fortuna de presenciarlo. ¡Lo que daría yo por verlo!

 

A la abuela Dominga Mendiguren Solaun (1900-1956) quien, también un 14 de noviembre como hoy, decidió dejarnos como antes lo habían hecho los castaños.  Seguro que en ese espacio para eternidad y el recuerdo andará aún colmando su kortina de Mendi, aquella que –decía– por nada del mundo podíamos olvidar

 

La kortina de Mendi

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El príncipe de los castaños preside las memorables ruinas de la kortina de Mendi

Ayer por fin conocí la kortina de Mendi, asentada en uno de los pocos espacios llanos que ofrece la ladera septentrional del monte Pagolar (722 m). Unas piedras derrumbadas en el más recóndito e inaccesible rincón, bajo un sobrecogedor castaño, denotaban el enclave que había sido pieza vital en el devenir de mis antepasados. Instante de placer inmenso, de comunión con la tierra y con la esencia de lo que somos.

Allí estaba a solas con mi padre (83 años), que volvía a aquel lugar de trabajo que, en su niñez, se encargaban de preñarlo con ilusiones. Nada menos que setenta años después de su última visita…

Tras un intento de localización fallido a la mañana, con su hermano –mi tío– Pedro (89 años), a la tarde, ya sin compañías, fue la vencida. No con poco esfuerzo y tras dar mil y una vueltas. Porque aquel “Sí hombre, cómo no voy a saber llegar” que sonaba a fanfarronería al comienzo de la aventura se transformó en sórdida desorientación: unas descorazonadoras selvas de pinos, incontables nuevas pistas para sacar madera y el cierre de los viejos caminos humillaron todos sus recuerdos y el reencuentro se intuía inviable.

Pero por fin, cuando ya íbamos a desistir, en el último desesperado intento, allí apareció nuestra bella durmiente. Habíamos por fin escuchado su angustiada llamada y estábamos deseando besarla.

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Pedro y Celes, pensativos y ansiosos por encontrarse con la memoria de su madre, setenta años después, allá en Mendi

Las kortinas (cortinas) o kirikiño-hesis como se llaman en Orozko, son unas grandes construcciones circulares de piedra en donde se guardaban las castañas con su erizo. Allí, en su interior, sazonaban absorbiendo las sales del erizo durante uno o dos meses para alcanzar un sabor inolvidable. Cuántas veces he escuchado a mis padres decir que no les extraña que no se coman ahora castañas. «¡Si no saben a nada! ¡No sabes tú lo que eran aquellas de las kortinas! ¡Qué diferencia de sabor

Por otra parte, en Laudio, Luiaondo, Okondo y Orozko las castañas fueron además fuente de riqueza, no sólo de supervivencia alimentaria: se vendían en grandes cantidades, muchas de las ocasiones para su exportación vía puerto de Bilbao hacia Flandes y otros lejanos lugares.

Mi abuela, de nombre Dominga Mendiguren Solaun (1900-1956), a la que sigo añorando por no haberla podido conocer, era al parecer una hábil apañadora, una labor normalmente femenina que se complementaba con la de los chicos que vareaban los castaños para “derramar” aquellos soñados erizos. Y llevaba en la casa la responsabilidad del uso de la kortina y de la cosecha anual de la castaña.

 

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Mis apuntes etnográficos cortejan en sentido homenaje a amama Dominga y sus padres, mis bisabuelos, en una imagen de hace más de un siglo, frente a su caserío de Markuartu

 

Ya con el cambio de los sistemas de producción del siglo pasado, desde muy jóvenes, mi padre y sus hermanos intentaron sacar algún pequeño jornal en la pujante industria, un oportunidad abierta que les sacaría de la miseria que arrastraban desde generaciones atrás en el aquel menguado caserío del que eran inquilinos. Y pronto se percataron de que el hambre se saciaba en las humeantes fábricas del fondo del valle y no en aquellas kortinas cada vez más elevadas por el empuje con el que la enfermedad de la tinta del castaño iba asesinando, laderas arriba, a aquellos misericordiosos árboles.

Aun con todo, su madre Dominga siempre les decía que, por favor, al margen de aquellos deslumbrantes jornales, nunca abandonasen la kortina, porque aquello siempre había sido la mejor garantía para sobrellevar el hambre. Que era algo muy nuestro, una labor demasiado arraigada en el alma como para permitir que nunca, ni pasados ni presentes ni futuros, lo olvidásemos.

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Restos de la kortina familiar de Mendi

Pero la historia no tenía marcha atrás y nunca quisieron aquellos resabiados muchachos saber más de aquellas paredes en lo alto del monte. Hasta ayer que, demasiados años después, la volvimos a visitar motivados por mi insistencia (estoy catalogando e investigando esas humildes construcciones), espoleado además por la emisión unos días atrás de un programa en ETB2 en el que hablé algo del tema.

Sobre la kortina de Mendi, amparándola, se exhibe vanidoso el más solemne castaño que jamás haya conocido en Laudio, desplegando unos imponentes brazos sobre el lugar, aderezándo de magia todos los rincones, mutando en excelso y monumental el más humilde de los enclaves. Alguna extraña intuición me dice que ahí hay algo más que un casual árbol sobre unas paredes caídas: aquel lugar estaba allí esperándonos desde décadas atrás. El pasado nos hacía señas: sin duda nos quería hablar.

Una vez bien reconocido el lugar por mi padre, reconfortado al recobrar el control, abandonamos sin problema el “castañal viejo” para ir a una kortina inferior y, de ahí, a “la de Tomás” [en referencia a un tal Tomás Zubiaur], la más grande y curiosa de todas, con una cabaña anexa incluso, que en su día contaba con tejado de césped (tepes, porciones de hierba con tierra volteadas y colocadas a modo de teja). Todo en ruinas pero identificable. Incluso con la portezuela de la kortina  sin destapiar, indicándonos que la última gran cosecha nunca se bajó al valle y que quedó allí abandonada, para la eternidad.

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La admirada «kortina de Tomás«

Tras hacer las fotos y mediciones oportunas, descendimos raudos por el antiguo “sendero de Potroloka”, ahora excavado por un regatillo que avanza en un entorno de maleza y que en su día era al parecer el flamante camino por el que subían con carro y bueyes a por las castañas. «Era –me dice aita– malo, porque había mucha piedra que dificultaban continuamente el avance de las ruedas». Y desde allí, ya seguros, bajamos hasta la “campa de Inuskitza” (Inúsquiza) y luego a Dibidaur y…

Allí quedan para siempre sus recuerdos porque me ha jurado que no va a volver más. Las piernas de aquel brioso muchacho que a diario subía hasta la kortina de Mendi un puchero de rancho para dárselo a sus hermanos y padres, se resienten ahora ante el esfuerzo.

Como sabe su hermano Pedro que, al no lograrlo ayer en el intento de la mañana, renunció para siempre a regresar a aquel bendito lugar.

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Sin embargo, lejos de estar apenados, una vez abajo celebramos la localización como si se hubiese tratado de un gran acontecimiento, algo especial. Estaban excitados, alegres, porque sabían que cerraban un círculo cuyo final presienten cercano. Por fin habían cumplido con el mandato de su madre, Dominga, y ya pueden vivir y morir en paz.

Ahora me toca a mí la responsabilidad de no olvidarlo y transmitirlo a mi descendencia. Y al mundo. Será todo un placer, amama Dominga… Aunque me cueste alguna lágrima cuando algún día vuelva y no estén allí mis seres queridos.

Todo esto y mucho más, ayer allí arriba, en aquel sitio al que ya no va nadie: la vetusta pero encantadora kortina de Mendi.