Zea mays, artoa, borona, maíz…

ZEA MAYS
Zea mays euskal musika talde arrakastatsua izateaz gain, artoaren landarearen izen zientifikoa ere bada. Europako botanikariek inportazio berriari eman zioten izena da.

Zea mays es, además de un exitoso grupo musical vasco, el nombre científico de la planta del maíz. Fue el nombre que los botánicos europeos atribuyeron a la nueva importación.

MAÍZ
Bere osagai nagusia mahis tahinotik dator, Antilletan (Kuba, Haiti, Dominikar Errepublika, Puerto Rico…) hitz egiten zen antzinako hizkuntza bat, nahiz eta badakigun, halaber, europar konkistatzaileak Andeetako eskualdeetara iritsi zirenean, biztanleek landare horri mama zara deitzen ziotela.

Su componente principal procede del taíno mahís, una antigua lengua hablada en las Antillas (Cuba, Haití, República Dominicana, Puerto Rico…) aunque también sabemos que cuando arribaron los conquistadores europeos a las regiones andinas, los habitantes llamaban a aquella planta mama zara.

MAMA ZARA
Mama Zara, zerealen jainkosa edo «ama» zen, eta, nagusiki, artoari egiten zion erreferentzia. Artaburu-hostoekin egindako panpina batzuekin irudikatzen zuten, eta haiekin batera amak eta alabak dantzatzen zuten jainkosaren omenez. Batez ere, ereindakoek forma deigarriak hartzen zituztenean edo landareak era desberdinean sortzen zirenean dantzatzen zuten, jainkosa maitagarria hortik ari zela uste baitzuten.

Mama Zara era la diosa o «madre» de los cereales y, por antonomasia, la del omnipresente maíz. La representaban con unas muñecas elaboradas con las hojas de las mazorcas y con ellas bailaban madres e hijas. Solían hacerlo especialmente cuando los sembrados adquirían formas curiosas o brotaban las plantas de forma desigual, porque pensaban entonces que andaba de visita por allí la amable diosa.

ZEA
Europarrok eman genuen izen zientifikoaren beste zatia, zea, grezierazko «zeo» hitzetik datorkigu, eta bere esanahia bizitzea da. Artoa, beraz, bizitzaren landarea da, gure historian ondo erakutsi duen bezala.

La otra parte del nombre científico que dimos los europeos, zea, proviene del griego zeo y su significado es el de vivir. El maíz es, por tanto, la planta de la vida, como así nos lo ha demostrado en nuestra historia.

ARTO
Euskaraz, arto esaten diogu, jatorrian artatxikia izendatzeko erabiltzen zenari, gaztelaniaz mijo. Baina, Zea mays-a Euskal Herrian sartu zenetik, nola deitu ez genekiela, «Arto handi» hasi ginen erabiltzen eta «arto txiki«, artatxiki (mijo) zerealerako.

Baina hainbestekoa izan zenez Ameriketako graminea berriaren arrakasta, betiko hartu zuen beretzat arto izena eta artatxiki, lehenagotik zegoen landarearen laborantza testimonial baterako utzita.


En euskera la denominamos arto que, en origen, se usaba para designar al mijo«. Pero, desde que irrumpió en Euskal Herria el zea mays, al no saber cómo denominarla, se empezó a usar arto handi para el maíz y arto txiki para el mijo. Pero fue tal el éxito de la nueva gramínea americana que se apoderó para siempre del nombre arto, dejando para un testimonial cultivo del mijo en nombre de artatxiki (‘arto txiki‘).

En euskera la denominamos arto que, en origen, se usaba para designar al mijo«. Pero, desde que irrumpió en Euskal Herria el Zea mays, al no saber cómo denominarla, se empezó a usar arto handi para el maíz y arto txiki para el mijo.

Okeluri baserria

BORONA
Antzeko zerbait gertatu zitzaigun borona hitzarekin, zelta jatorrikoa, eta «artatxikia» izendatzeko erabiltzen zena. Arto amerikarra ekarrita, artoa eta artatxikia izendatzeko balio izan zuen eta, azkenean, zea mays-a izendatzeko geratu zitzaigun. Borona da nire inguruan artoa izendatzeko gaztelaniaz erabili ohi dugun hitza.

Algo similar sucedió con la palabra borona, de origen céltico, y que se usaba para denominar el mijo. Con la traída del maíz americano, sirvió para denominar el mijo y el maíz y, al final, se quedó como maíz. Borona es la palabra que en mi entorno hemos usado habitualmente para denominar el maíz en castellano.

Txarriboda en Okeluri

Con el nombre de txarriboda denominamos en mi entorno —y en amplias zonas del país— a la matanza del cerdo. Evidentemente, está compuesto del término txarri ‘cerdo doméstico’ más boda que, aparte de la unión matrimonial significa en castellano también ‘gozo, alegría, fiesta’. Y éste es el significado que nos interesa para nuestro caso. Porque, como bien lo sabe la gente que lo ha vivido, la matanza del cerdo tiene conferidos unos rituales y liturgias especiales que no se dan con el sacrificio de otros animales domésticos: pollos, conejos, vacas, ovejas… El cerdo es diferente.

No olvidemos que al cerdo se le confieren en muchas ocasiones cualidades casi humanas. Sin ir más lejos, recogí en su día en Laudio o en Okondo creencias de que los cerdos se ponían de pie sobre sus patas traseras, desafiantes, poniendo patente la presencia de una bruja por la casa. No es exclusivo de nuestra zona y sí conocido en otros pueblos de Vasconia.

Los cerdos a sacrificar, gozando el amanecer, inconscientes de su destino. Un gato negro mira hacia la mesa del sacrificio, quizá presintiendo el fatal desenlace.
Los cerdos y los gatos son los dos únicos animales domésticos que pueden tratarse en realidad de brujas que adquieren su form
a, según creencias populares locales y generales

Y es ahí, casualmente, entre Laudio —pertenece a este municipio— y Okondo, en donde se encuentra el enclave y caserío de Okeluri. Allí he vivido este fin de semana una txarriboda, invitado por una gran familia, tanto en lo numeroso de sus miembros y en su categoría humana y nobleza, los Barbara-Urkijo. Con la matanza de dos de sus cerdos, además de pasar unos extraordinarios momentos, he rememorados vivencias que gocé hasta los años de juventud en casa, trescientos metros más abajo del bello Okeluri.

El cerdo. El cerdo ha sido un animal con un tratamiento especial dentro del caserío, siendo el más mimado en el establo —aquí llamamos txarrikorta o cortín a la pocilga—, el que gozaba de las sobras de comida —hondakines— de los humanos y el que, como todo baserritarra sabe porque algún médico se lo ha contado, el animal más parecido en su anatomía y órganos al ser humano. El cerdo es lo que se come, como ofrenda al bosque, en los kanporamartxo (basaratatuste) del domingo anterior a carnaval.

Abriendo la puerta de la txarrikorta, mientras esperan fuera los ganchos para el sacrificio

Quizá por todo ello, la muerte del cerdo se conciba como un sacrificio. Porque el cerdo no solo se mata sino que se sacrifica, verbo éste que curiosamente proviene del latín con un significado de sacrum facere ‘hacerlo sagrado’. Esa es la connotación de lo que es una txarriboda, lo que supone, lo que provoca un reagrupamiento familiar de tal importancia que podría comparase al de la Navidad.

También el euskera usa para su sacrificio el verbo hil, reservado tan solo a los humanos y a las abejas —de carácter cuasi-divino en nuestra cultura— y a los animales que han de entregar su vida por los humanos, en especial el cerdo. Porque es de tal fuerza dicho verbo, de tan gran contenido semántico, que ni siquiera debe citarse «en vano» con otro tipo de animales, usando en aquellos casos eufemismos como tragatu, akabatu… pero jamás hil.

Sabemos también de otros pueblos que, cuando el animal estaba colgado y abierto en canal, se introducían dentro de él a los bebés, para que les confiriese salud y buena suerte, por considerar que el cerdo tenía un carácter sobrenatural que se lo iba a transmitir.

La mayoría de los preparativos previos a la matanza, han sido llevados a cabo por las mujeres, en este caso, Arantza

Por otra parte, no hay más que consultar en la Biblia para comprobar que el cristianismo —junto a las religiones judaica y musulmana— repudian el cerdo por ser un animal «notoriamente especial». Sin embargo, en las culturas nórdicas y europeas del «mundo bárbaro» y que se daba por incivilizado, el cerdo era un animal totémico, casi sagrado, admirado y usado por ello en los sacrificios como símbolo de aquellas creencias. Y debieron ser de tal arraigo que el cristianismo hubo de ceder y adaptarse a aquel animal que tanta reputación gozaba. Se llega a convertir incluso, en el animal compartido por toda la comunidad, como sucede con el cerdo amparado bajo la imagen de San Antón.

Gran parte de la familia Barbara-Urkijo, frente al caserío de Okeluri

La matanza. La liturgia de la matanza comienza siempre temprano, justo al amanecer. Dicen que por ganar tiempo y por aprovechar el fresco aunque opino que es porque la tensión que reina en el ambiente impide dormir más.

Antaño se miraba que fuese en luna creciente porque, se creía, aumentaba así el tamaño de la carne al guisarla. Aunque… en otros pueblos recogemos que hay que hacerlo en menguante para que no se malogren los productos de la matanza. Hoy en día, sin tener en cuenta ninguna fase lunar, suele hacerse directamente en fin de semana, para conciliarlo con los horarios laborables de los participantes. Por eso tampoco se recuerda casi que antiguamente se escusaba a los pequeños de ir a la escuela en el día de matanza. Porque era un día especial…

El cerdo, enganchado con el gancho, en el momento de ser subido por hombres a la mesa del sacrificio

Todo comienza sacando al animal de la txarrikorta. Entonces se acerca a él con tiento y suavemente el matarife, en nuestro caso el mismo propietario de los cerdos. En el momento oportuno se le mete un gancho afilado en forma de S por la papada, de tal forma que lo deje atrapado por la mandíbula. La otra curva del gancho se pasará de inmediato por el muslo de matarife para tensionarlo en todo momento, para impedir que escape el animal a la vez que deja libres las manos para poder coger enseguida el cuchillo. A su vez, tal y como se ha acordado de antemano, otros hombres —es labor masculina— sujetan cada uno una pata, subiéndolo sobre una mesa de poca altura, especial para la matanza. Con las patas hacia arriba y bien sujeto, el matarife secciona con un corte certero la aorta del animal porque, de no hacerlo bien, no se desangraría como corresponde y la carne no quedaría tan blanca y de tanta calidad.

Instante previo a la muerte del animal. Corresponde a una mujer la recogida atenta de la sangre, que ha de batir con sus maños para que no se coagule

Todo ello trascurre en un ambiente tenso, vertiginoso, en el que los estridentes chillidos y pataleos desesperados del desdichado animal conmocionan el ambiente. El resto de los animales, como las personas que lo observan, se sumergen en un tenso silencio que nadie se atreve a romper.

Recogida de la sangre del animal en una imagen sin duda dura

Justo en el momento de clavarse el cuchillo, la mujer —se considera labor femenina— que está en cuclillas frente al animal se santiguaba antiguamente, buscando la intercesión divina para que todo fuese bien. Hoy no, claro está.

Debe estar lista y atenta para girar en una sola dirección lo recogido del chorro de sangre que brota del cuello del animal, que la salpica y pringa, porque de otra forma se coagularía. Hasta hace bien poco —lo he vivido personalmente— ninguna mujer que estuviese con la menstruación podía hacer esa labor ni siquiera tener contacto con la carne porque, como si de una maldición se tratase, se echaría todo a perder.

Muerto ya el cerdo, se saca de la cuadra para ser pesado. Existe cierta expectación, pues deja en evidencia quién ha tenido más atino y conocimiento a la hora de hacer el cálculo del peso. No olvidemos que, en ferias como la de San Blas de Laudio en la que se rifa un cerdo, se hace apuestas sobre el peso del animal.

Preparando el pesaje del animal
Cara de contrariedad al ver que el peso real ha sido ligeramente inferior al esperado

Entonces llega el momento del refrigerio, que pone fin a esta primera parte de la matanza, la más peligrosa y tensa. Se ofrecen algunas galletas y algún vino quinado reconstituyente, usado antes en la revitalización de enfermos y convalecientes. Se ofrece al matarife —el personaje principal de la matanza— y los hombres que han sujetado al animal. Recuerdo yo, en mi caso, cómo teníamos permiso para beberlo, algo que en otro momento sería impensable, por la edad.

Refrigerio reconstituyente, junto al gancho de la matanza
Quemado del cerdo, antes con helechos, ahora con candileja de gas

A continuación, el cerdo ha de ser quemado. Antes lo hacíamos con helechos que se guardaban previamente. Pero ahora suele hacerse con una candileja de gas unida a una bombona, por ser más cómodo y limpio.

Una vez chamuscado y ayudados con el oportuno chorro de agua, se raspa con la hoja de un dallo —especie de guadaña aunque más corta— y luego se cepilla hasta dejarlo limpio. El raspado lo hacíamos nosotros con cuchillos o con trozos de teja. No sería de extrañar que el uso de la teja encerrase además algún simbolismo especial, como elemento identificador del hogar.

Con la ayuda del gancho con el que comenzó el sacrificio, se arrancan los cascos de las pezuñas y se abre en canal el animal para extraer las vísceras. Inmediatamente después es colgado por medio de unas poleas y, cabeza abajo y abierto, se deja para que refresque la carne.

En la matanza que he vivido en Okeluri, tienen elaborados unos ganchos de tal forma que el cerdo queda bien abierto. Recuerdo cómo nosotros sujetábamos con unos palos las dos mitades del cerdo que, de por sí, tienden a cerrarse.

Es éste el momento del almuerzo, mientras la carne se refresca. Una buena comida en nuestro caso y que precede al despiece del animal. Las mujeres solían ir en este intervalo a un regato o fuente cercanos para limpiar en sus heladas aguas los intestinos del animal que a la tarde se rellenan y baskotxan —cuecen— para convertirse en morcillas. Hoy en día, por comodidad y por evitar aquella dura labor, los intestinos se compran limpios.

A mitad de mañana y mientras se enfría el animal se hace un almuerzo fuerte. A la derecha, José Barbara el matarife y propietario, junto a su hermano Carlos

Todo lo demás del proceso de la matanza consiste en el despiece y manipulación de las piezas de carne, muchas llevadas a cabo al día siguiente.

En nuestro caso, el trabajo se ha multiplicado ya que se han sacrificado dos cerdos. Curiosamente, ello era antiguamente una muestra de poderío y opulencia del caserío, para hacer saber al resto de vecinos que allí no se pasaba hambre. Matar dos cerdos en el mismo día era algo ansiado, un reto, para muchos de nuestros antiguos baserritarras.

La liturgia de la matanza. Al margen del proceso descrito, la txarriboda o matanza encierra otras muchas más sensaciones, únicas y especiales, que son difíciles de recoger y transmitir por escrito. Como hemos adelantado, la matanza del cerdo suponía y supone una gran fiesta para la familia que lo celebra. También para los vecinos que eran convocados para echar una mano. Vecinos a los que, inexcusablemente y al margen de que hubiesen participado o no, había que llevar una morcilla de regalo al final de la tarde como me ha tocado hacer tantas veces.

Era un acontecimiento que, al amanecer de cada sábado o domingo, descubríamos que se celebraba aquí o allí por los agudos gritos de los cerdos que se estaban sacrificando. Y, nuestros o del vecino o de alguien lejano, se recibían como algo gozoso, fuente de alegría, sabiendo que allí había llegado la alegría.

Por eso, a pesar de que sigue impresionándome el momento del sacrificio en sí, de que me hielen el corazón los alaridos tan cercanos a lo humano de ese desdichado animal, he gozado estos días con gran intensidad la fiesta de la txarriboda, la «boda del cerdo» vivida ayer y hoy en Okeluri. Más aún rodeado de una gente tan entrañable y bondadosa como los que allí habitan, gente que no sé a ciencia cierta por qué, significan tanto para mí. Algo mágico ha pasado con el sacrificio, porque me han hecho inmensamente feliz… Eskerrik asko, familia.

Niños y Feli Urquijo, la gran matriarca del caserío, observan desde el balcón el desarrollo de la matanza
Itziar Barbara, encargada de recoger la sangre del animal
Raspado y limpieza del animal tras ser quemado
Humanos y animales, fundidos en un mismo destino
Extracción de las pezuñas con ayuda del gancho
Caja del matarife, con las herramientas necesarias para la matanza
Caprichoso estuche para las herramientas de la matanza, con el nombre del caserío grabado: Okeluri
Apertura en canal del animal, con el corazón dicen tan similar al humano
Abriendo en canal al cerdo
Feli, acompañada por su hija Estibaliz
Picado de la manteca que luego servirá para conservar los chorizos
Iratxe, ensimismada mientras pica la manteca
Odolosteak, morcillas, el primer manjar recibido del animal
Picado de la carne para los futuros chorizos
Belén y Jose troceando y picando la carne
Varias generaciones toman parte en la labor familiar de la txarriboda. Janire junto a su tía y madrina Belén
Txarripatas
Cuatro días más tarde de la matanza se dio comienzo a la elaboración de los chorizos, a partir de una masa llamada txitxiki, compuesta de carne picada, pimiento choricero, sal… que se introducirá en los intestinos
Txitxiki en la máquina para hacer los chorizos
Si bien ha solido hacerse también con unos embudos metálicos, lo habitual es ayudarse de unas máquinas, típicas de la primera mitad del siglo XX
Llenado de los intestinos
El intestino lleno, se ata para hacer las ristras y dividirlo en los chorizos con la longitud que se desee
Piezas de tocino curándose en el camarote del caserío
Los chorizos permanecerán colgados en torno a dos semanas (puede ser menos o más en función de la humedad, temperatura, etc.). Para ayudar al secado, se suele encender un fuego con leña que aporta además a los chorizos el sabor característicos
Entrañable estampa de Feli y Estíbaliz mientras atienden los chorizos. Madre e hija, uña y carne, en plena sintonía para garantizar la transmisión intergeneracional de todos los conocimientos propios del caserío
Cerdos abiertos en canal junto al único personaje ajeno a la familia. Gracias por acogerme en vuestra fiesta y hogar con tanto cariño y cercanía

Errautsak soroetara botatzean

Aurreko idazki batean plazaratu bezala, Gabon gauean enbor handi batez pizten zen su berri bat eta, egun zehatz horretan egina izate soilagatik, naturaz gaindiko ahalmen magikoak bereganatzen zituen bertatik sortutako hausterre berriak. Horregatik, errauts eta errekin-hondakin haiek ez ziren edonola erabiltzen, zuten potere berezi horiek baliatu behar zirelako, gizakion onerako.

Behinolako nekazariak lanean Legazpian

Su berri miresgarri hori, urtezahar-gauera arte egon ohi zen piztuta, egun horretantxe, herri askoan, urte osoan iraun behar zuen beste su berri bat pizten zelako.

Esaterako, Ibarruri herrian (Muxika, Bizkaia) honelako ohitura hau jaso zuen Barandiaranek: «Enbor hori etxean erretze orduan sortutako errautsa, Done Eztebe [abenduak 26, egun pare batez beraz] egunera arte kontserbatzen da, Ibarrurin. Egun horretan, laborantzako soroetara eramaten dute, eta gurutze baten itxura emanda, zabaltzen dute lurrean».

Herri-ustearen arabera, horrela jokatuz gero, soro eta baratzetan kalte egiten zezaketen animaliek (mozorroak, intsektuak, basurdeak…) atzera egingo lukete, botatako hausterre bedeinkatzaile haren beldurrez.

Luiaondon eta Okondon (Araba) ere jasoak ditut nik Gabonetako ohitura horren erreferentziak baina batere zehaztasunik gabe, errito hori praktikatzen zuten pertsonak hilda daudelako aspaldi. Eta, gainera, garrantzi gutxi eskaini zaie horrelako «ipuinei». Soroak babesteko lurrera botatzen zela besterik ez da gogoratzen.

Egia da hausterreak beti bota izan direla baratzetara, ongarri gisa, tartean inolako superstizio-asmorik izan gabe, errautsek potasio-kopuru handia uzten dutelako, nitrogenoaren ondoren, landareek gehien eskatzen duten makronutrientea dela kontuan izanda. Potasioak, bestalde, hostoen eta fruituen hazkundea suspertzen du eta, ur gabeziaren aurrean landareak duen tolerantzia hobetzen du. Baliteke beraz, nekazarien eskarmentutik hautatzea errautzak elementu miresgarri gisa erabiltzeko. Izan ere, baserri giroko herri-aratusteetan, maskaradetan, ohikoa da pertsonaiak egotea errautsa botatzen bisitarien gainean. Zirikatzeaz gain, bestelako esanahi sakonagoa egon liteke horren atzean, naturaren ziklo berria abiaraztearena.

Gabonetako errautsak, Ubiden

Urtearen beste muturrean, hau da, udako solstizioan, erritu bera burutzen da gure herri askoan: San Joan gaueko sutzarretik lortutako hondakinak baratze eta soroetatik banatzen dira, gurutze forma eginaz sarri, horrela, lur-zati horregangandik zori txarreko guztiak uxatzeko eta onekoak erakartzeko. Oparotasuna erakartzeko, azken finean.

Asmo berarekin erabiliko zen Agurainen (Araba) olentzero-enborra bera —erre gabeko zatiren bat, ez errautsak— berriz ere Barandiaranek jasotakosari erreparatzen badiogu: «Agurainen uste dute Gabonzuzik [gabon-enborra] ekaitzak urruntzeko bertutea duela eta sutan jartzen dute ekaitza hurbiltzen den bakoitzean». Berriz, nekazaritzari lotua…

Ez dut uste gure Euskal Herri osoan inork egongo denik oraindik ohitura sinboliko hauek praktikatzen, betiko galdu zaizkigulako azken hamarkadetan. Eta ez da berpizteko aukera berririk izango. Honela bada, ezagut eta gorde ditzagun, behinik behin, gure oroimen kolektiboan. Bestela, su magikoa zer zen ahazten badugu, noraezean ibiliko da gure herria, eternitatean betiko herratua.

El fuego nuevo

El fuego ha sido desde el principio de los tiempos el distintivo cultural principal de la especie humana, el elemento que inducía la reunión de los individuos, lo que cohesionaba familias y sociedades, el oráculo frente al cual se exponían todas las preguntas y respuestas unidas a la efímera existencia humana. Es, al fin y al cabo, la herramienta mágica con la que dominar el mundo y sus designios. De ahí que, durante tantos milenios de convivencia entre el fuego y las personas, lo hayamos tupido de connotaciones simbólicas.

Sin embargo, todo ello parece haberse derrumbado en los últimos tiempos y corremos el riesgo de perderlo para siempre. Ahí van pues estas reflexiones que pretenden luchar contra la normalización y globalización del olvido sistemático y resistir frente a la desmemoria popular.

FUEGO Y TEJA. Sin ir muy lejos, en la cultura vasca, el contar con un fuego perenne es lo que convertía cualquier edificación en un hogar —hogar, ‘lugar de fuego’—, el rasgo inequívoco que lo diferenciaba de cabañas u otros refugios temporales… La constatación de un fuego era lo que posibilitaba adquirir la vecindad en una población. De ahí que, en su extrapolación simbólica, se añada un trozo de teja y otro de carbón bajo todos los mojones, como muestra incuestionable de su legitimidad, porque todo aquel que viviese bajo teja y tuviese un fuego ya estaba facultado para poseer y para formar parte de aquella comunidad.

FOGUERACIONES. Es tal la importancia del fuego, que los primeros censos de población se elaboran en base a los fuegos domésticos, a las hogueras y no a las familias. De ahí su nombre de «fogueraciones«. Y es a esos fuegos a los que se les vinculan unas «almas», las personas que viven bajo su protección. Sin duda, aquella forma de actuar de la Administración recogía la forma de entender la existencia en aquellas épocas, diferentes a las actuales.

FUEGO ETERNO. Y, como el fuego del hogar era lo que hacía a alguien digno de ese lugar, no podía apagarse bajo ningún concepto durante el año. Algo similar a la llama eterna en templos o en monumentos memoriales. Por ello cada noche se cubrían los rescoldos con ceniza para avivarlos a base de soplidos o fuelle a la mañana siguiente. Como si del alma de un ser vivo se tratase… Suponemos que, al margen de las razones simbólicas, también habría que tener en cuenta las prácticas ya que era sumamente costoso encender un nuevo fuego, con eslabón y pedernal o, incluso frotando maderas entre sí.

FUEGO SOLIDARIO. Ante la importancia del fuego perenne, no es de extrañar que el mismo fuero de Navarra describa y recoja por escrito una obligación que, con seguridad, era común en la interrelación vecinal tradicional. Así lo recoge Yanguas (1828):

«EL FUEGO: Debe darse recíprocamente en los pueblos de Navarra, escasos de leña,los unos vecinos a otros, dejando para ello en el hogar, después de haber guisado la comida, tres tizones a lo menos. El que necesite de fuego acudirá a la casa del vecino con un tiesto de olla, y en él una poca de paja menuda; dejará el tiesto a la parte de afuera de la puerta de la casa, subirá al hogar, atizará el fuego, tomará ceniza en la palma-de la mano, y sobre la misma ceniza pondrá las ascuas que quisiere llevar al tiesto, dejando los tizones del hogar de manera que no se apaguen. El vecino que se escusare a dar fuego en esta forma pagará 60 sueldos de multa».

Sabemos que, en otras ocasiones, el fuego del hogar se transportaba a otros lugares en donde fuese necesario sobre una yesca atada a una cuerda mientras se hacía girar para que con el aire se avivase. Así eran encendidos muchos caleros, etc.

Fuego en el hogar de la casa que me vio nacer, en donde el tiempo parece no transcurrir

RENOVACIÓN DEL FUEGO. Aquel fuego que se mantenía vivo durante todo el año era conscientemente apagado para ser renovado en ciertos días del año. Uno de ellos, era el de la noche de Nochebuena, sin duda imitando el declive solsticial del sol que luego renace con fuerza para dar vida y prosperidad en la fecunda primavera. El apagar el viejo suponía, por otra parte, el poner fin a lo anterior, haciendo una especie de borrón y cuenta nueva.

El nuevo fuego o suberri se tomaba o de unas hogueras rituales que se hacían en comunidad esa noche en la plaza del pueblo o se hacía directamente en el hogar, quemando en muchas ocasiones unos grandes troncos traídos del bosque en un curioso ritual.

En algunas poblaciones ese tronco daba el fuego para todo el año y, en otras, lo más común, hasta nochevieja, en donde se repetía la operación de apagado y encendido de otro suberri o ‘fuego nuevo’. También en algunos lugares de Euskal Herria se han hecho suberris en Semana Santa, con penosos rituales de encendido a base de frotar maderas entre sí, para celebrar la resurrección de Cristo.

CREENCIAS EN TORNO AL FUEGO. Recuerdo cuando de jóvenes (1985), conviviendo algunos días con el pastor José Mª Olabarria en su chabola de Lexardi (Itzina, Gorbeia), nos llamaba la atención observar cómo escuchaba el fuego. Porque por sus chisporroteos, decía, se sabía de un modo infalible cuando iba a aparecer algún visitante: en él creía leer el futuro.

También disponemos de otras curiosas creencias, ligadas a la presencia de almas de los antepasados que se arriman al fuego del que en la otra vida fue su hogar. O la costumbre recogida por Azkue (Euskalerriaren Yakintza, 1935-1947) y que, entre otros, practicó mi padre en su caserío de Markuartu (Laudio): consistía en introducir a los gatos nuevos en un saco y darles tres vueltas sobre el fuego: a partir de aquel momento se les neutralizaba el instinto innato de la huida y quedaban ligados para siempre al hogar.

Pero quizá sea conveniente viajar hasta Galicia, recurrente último reductode oficios, creencias, etc. que fueron anteriormente comunes, para redescubrir cómo vivían nuestros antepasados su relación con el mágico elemento del fuego. Nos lo contó el historiador Manuel Murguía —esposo de Rosalía de Castro— en 1885, en base a los apuntes que tomó en los Ancares de Lugo. Recogió la superstición de considerar al fuego como si se tratase de un ser animado, al que había que alimentarlo cada mañana avivándolo a partir de los rescoldos de la noche anterior. «Dejarlo morir —nos contaba— equivale a un sacrilegio y se paga caro[pues] la desgracia perseguirá de cerca a la casa y los que la habitan [puesto que] un fuego muerto indicaba un lugar desierto». Aquel fuego que hacía las veces de ente protector del hogar renacía cada primero de enero: «Se limpia el hogar, se arroja el fuego de la noche y se enciende de nuevo. Para que sea propicio debe durar todo el año [y] en determinados días le arrojan flores. Cuando cuecen el pan le dan su porción, echan sobre él algunas cucharadas de grasa (manteca de cerdo) y así que se levanta la llama dicen que «el fuego se alegra». Nada sucio se arroja a la lumbre, pero muy en especial las cáscaras de los huevos, porque con ellas quemaron a san Lorenzo […]siendo éste el nombre con el que llaman al sol, mientras que el gallo y la gallina son símbolos de la abundancia por los huevos que producen: serán la personificación del sol». En Bergantiños (A Coruña), además, se recoge que «cuando uno saliva sobre el fuego, le increpan diciendo: «Judío, no escupas en el fuego,que salió por la boca del ángel«. [También] estaba prohibido mantener relaciones sexuales frente a él», tal y como nos cuenta el profesor emérito de la Universidad de Málaga, Demetrio-E. Brisset en su trabajo La rebeldía festiva (2009).

Poco más que contar, porque si no me recriminan que hago textos demasiado largos para la demanda de inmediatez en las comunicaciones actuales. Olla rápida porque, ahora, ni la placentera lectura puede cocinarse a fuego lento.

Tan solo quisiera comentaros antes de cerrarlo, que me emociona leer, escribir y sentir cosas así. Porque me transportan a lo más íntimo de mi ser, a nuestros orígenes. Porque me hacen sentir el aliento agónico de unas culturas populares que jadean doloridas y nos claman ayuda al percibir que nadie mira ya los fuegos de llama. Ya solo hay sitio para las hogueras de pantalla digital.

Un saludo desde el fuego de la casa que, hace ya bastantes años, nací. En él espero para celebrar la navidad. Espero que, al menos, hasta que me extinga yo, no se extinga él.

Felices fiestas y felices vosotros/as: solo es cuestión de mantener la llama encendida.

Olentzero, de madero a carbonero

Hace ya un año escribí un artículo titulado Olentzero es un madero, con gran aceptación y difusión. Con él intentaba mostrar cómo habíamos inventado un «nuevo Olentzero», inexistente hasta nuestros días, una especie de Santa Claus a la vasca, desdeñando a su vez las profundas raíces de dicho ritual.

Decíamos allí que, en realidad, el nombre Olentzaro —u Olentzero— parece hacer referencia al período de días invernal, solsticial, el centro del invierno. Era el nuevo fuego del hogar, casi sobrenatural en estos días, el que tomaba el protagonismo, quizá como representación terrenal y más humana del astro sol. Y para ello se hacía arder un grande y noble tronco, destacado por su porte, arrastrándolo a duras penas desde el bosque hasta el hogar. Era así cómo aquella vivienda, animales, bienes y familia quedaban bendecidos por aquel fuego arraigado en el bosque. Hasta sus cenizas gozaban de poderes sobrenaturales, mágicos. Eso era Olentzero…

Era el nuevo fuego del hogar, casi sobrenatural en estos días, el que tomaba el protagonismo, quizá como representación terrenal y más humana del astro sol

En realidad, sobre todo el conjunto subyace el primitivo culto a los bosques, al totémico árbol, a los que se les atribuía vida y protección. Es una primitiva creencia animista común en toda Europa y de la que formábamos parte los vascos. No os creáis que es pura casualidad o estética el hecho de que en tantos de nuestros escudos heráldicos aparezca un árbol, que bajo ellos se hiciesen las más solemnes reuniones concejiles o que muchos de los santuarios se expliquen con la apariciones marianas en diversos árboles… precisamente para ocultar o suplantar el culto popular a aquellos árboles por el cristianismo.

CULTO AL BOSQUE DE LOS VASCOS.Evidentemente, ninguna o escasísimas referencias tenemos de aquellas creencias, ya que no existe documentación de esa época. Pero sí contamos, casi milagrosamente, con algunas puntuales referencias que nos dejan entrever una realidad mucho más generalizada y extendida que lo que muestran. Algunos casos, son bien conocidos.

Bittor Larrazabal, indómito, frente a sus bosques de Olarte, Laudio.

En el País Vasco hay recuerdos de un animismo simple como, por ejemplo, ocurre en Kortezubi (Bizkaia), donde Barandiaran recogió una tradición según la cual antiguamente los árboles iban por su propia voluntad a los caseríos para que los quemaran, hasta que una mujer se enredó con las ramas de ellos en el portal de su mansión y, colérica, dijo ««Etorriko ez bali hobea leiko», ‘Sería mejor que no viniesen’. Desde entonces, es el hombre el que tiene que ir al monte a cortarlos» (Eusko Folklore, 1921).

Azkue estudió «…curiosas manifestaciones de vieja dendolatría [culto a los bosques y arboles] propias del territorio vasco-francés. En localidades de la Baja Navarra, como Saint Jean de Pied de Port, donde sobreviven las antiguas selvas pirenaicas, se oye y se dice que cuando se vende algún bosque, éste se encoleriza tanto que siempre suele caer algún árbol que aplaste a uno o a otro de los hombres que por él pasan» (Euskalerriaren Yakintza, 1935).

«A él mismo le contaron en Idiazabal (Gipuzkoa) que un fraile francés, leñero, decía a los árboles que iba a cortar «guk botako zaitugu eta parkatu iguzu» [Op cit.]. Que este fraile era vasco se desprende de la misma fórmula rimada que tenía para pedir perdón al árbol, fórmula semejante a otras recogidas en diversas partes de Europa».

Algo similar podemos entrever en una de las encuestas etnográficas que sobre leyendas y mitos de Orozko hizo Anuntxi Arana: «Etxe zarretean bere ez eudien esaten aretx batek gizon bat hil euala? Eta hai aretxa txondarrean sartu orduan eta txondarrak ez eukan gauza onik: haik txondarrak ez eukan gauza onik inoiz».

Olentzaro representa un culto al bosque, sustituido por el Cristianismo. Padurabaso, Gorbeia

CULTO AL BOSQUE Y EL CRISTIANISMO. En el siglo III, el Cristianismo se instauró como la religión oficial del Imperio Romano. Así promulgó la existencia de un dios único y declaró idólatra y pagana la adoración de las arraigadas divinidades de la naturaleza. Y comenzó su cruzada contra todas aquellas antiguas creencias y tradiciones con la intención de hacerlas desaparecer. La destrucción y profanación de los lugares y bosques sagrados a manos de insignes cristianos fueron procedimientos habituales para imponer la nueva religión. Así, en el Concilio de Toledo (año 661) se proclama la persecución y castigo de…“los adoradores de los ídolos… dan culto a árboles y fuentes”. También Carlomagno, al someter al pueblo sajón, ordenó talar el roble sagrado que adoraban.

Pero es tal el arraigo popular de esas costumbres que hasta impregna a los numerosos ermitaños que a partir del VI deciden entregarse a la vida contemplativa, en fusión con la naturaleza. El mismo San Bernardo nos lo aclara muy bien: «Los bosques te enseñarán más que los libros. Los árboles y las rocas te enseñarán cosas que no aprenderás de los maestros de la ciencia». Pero, en general, tanto desde el flanco político-administrativo como desde el religioso —que en aquellas épocas se entremezclaban— se combaten aquellas viejas creencias para erradicarlas y para luchar en favor del culto al dios cristiano. Por no extendernos, lo dejaremos para otra ocasión.

Majada de Zastegi (Gorbeia) y su supuesto menhir en diciembre al mediodía. La larga sombra muestra la debilidad del sol en estas épocas de Olentzero

A su vez, el contacto con el bosque para su explotación fue en aumento, por lo que aquella visión de inviolabilidad suprema fue difuminándose entre las masas populares. Así, la divinidad que en sí era el bosque, se sustituye por un bosque como morada de seres divinos o sobrenaturales.

En otra fase posterior, la mentalidad popular de aquellas aldeas, llenaron los bosques de seres legendarios. De ahí surgirían los Basajaun ‘el señor del bosque῾, parejo y paralelo al Silvano de los romanos, como bien apuntara Alberto Santana. A su vez, por otro flanco, la Iglesia promovió apariciones marianas en bosques y árboles determinados que, por su carácter milagroso no daban opción a la duda o réplica. Todo esto no es sólo propio de nuestra cultura vasca sino que sucede en todas las de Europa: de nuevo, somos unos más en las corrientes generales.

DEL MAL AL CARBONERO. A partir de entonces, el bosque representa de un modo simbólico la parte opuesta de la luz, civilización y la bondad. Allí reina lo desconocido, la tenebrosidad y el canon de peligro del que siempre hay que huir. Por ello se llenan nuestras culturas populares de brujas maléficas en nuestros cuentos infantiles —con origen en cuentos populares centroeuropeos — , en los que yo conocí de niño. Y leyendas de viejas del monte, lobos casi humanos que habitan el bosque como idealización del mal. Hasta los bandoleros, más tardíos, encontraban en nuestras selvas el refugio para su maléfica actividad.

No sería por tanto extraño que ahí pudiésemos encajar a nuestro Olentzero —ahora personaje— y muy alejado del Olentzaro inicial —estado o tiempo de bondad—, ser grotesco y molesto como se describe en sus lugares de origen: En Oiartzun, por ejemplo, es un ser que desciende desde el bosque y baja por la chimenea con una hoz en la mano, aterrorizando a los niños de la casa. En Elduain, además, es necesario que la chimenea esté limpia, porque si no cortará no dudará en cortar la cabeza de los moradores. Hay muchas variantes, tantas como pueblos… hasta la de convertirlo en un horrible ser que tiene tantos ojos como días del año más uno, es decir, 366 (Larraun).

A pesar de lo que nos insuflen hoy, no deja de ser un personaje que simboliza la transgresión, lo indecente, el buen saber estar: es un tripero insaciable, sucio y desaliñado, un borracho de ojos espantósamente sanguinolientos que persigue con una hoz a los habitantes del valle, amenazándoles de muerte. Alguien de quien hasta hace cuatro días, los niños huían aterrorizados. Hasta hemos tenido que moificar la letra de su famosa canción para adecuarla a nuestras necesidades: «Olentzero, buru handia, entendimentu gabea» (‘Olentzero, cabezón, sin inteligencia’) a «Olentzero, buru handia, entendimentuz jantzia» (‘Olentzero, cabezón, vestido con inteligencia’).

Personaje cántabro de Esteru, con gran similitud en el relato y estética a nuestro Olentzero. Algo similar sucede con el A Palpador gallego.

Tal es así, que en la mayoría de los pueblos se finaliza la fiesta ejecutándole en una hoguera en el centro del pueblo, por mucho que antes hayan paseado «la pieza» por sus calles reclamando la propina por ello. Nada distante de la costumbre solsticial de algunos pueblos de Álava de quemar un pellejo o monigote que encarna el mal del año pasado gritándole con rabia «erre pui erre, a quemar el culo a Putierre».

Aquel estadio de convivencia con lo más profundo del bosque, ya en el XVIII y probáblemente más en el XIX, lo debieron representar los carboneros. Más cuanto más tardíos en el tiempo, pues habían de acudir cada vez más lejos y más arriba en las montañas para conseguir las escasas maderas carbonizables. No creo por ello que sea casual que en algún caso local puntual, el personaje de Olentzero sea un carbonero, una suposición hoy tan generalizada que roza del dogma de fe. Pero nunca ha sido así: porque esa generalización es pura modernidad. Por eso aquí intentamos mostrar una evolución mental de ese paso de madero a carbonero.

Restos de una gran carbonera en Ubegi, cerca de Padurabaso, en lo más recóndito de Gorbeia, en donde vivieron aquellos trabajadores en unas condiciones duras, alejados de la civilización

¿Y cómo damos fin a aquellas creencias paganas de culto al árbol? Reconvirtiendo aquel ser del bosque —ahora carbonero— en el mismo anunciador del nacimiento de una nueva fe, el personaje que, humillado y rendido ante el nuevo dios, baja de la barbarie del bosque a la deliciosa población, para decir que Cristo ha nacido: «…aditu duenean, Jesus jaio dela, lasterka etorri da, berria ematera». Algo que ya nos es conocido como explicación popular de la desaparición de los gentiles, en colectivo suicidio al haber nacido Cristo.

Salvando las distancias en lo geográfico y en lo temporal, no trata algo diferente de lo que se cuenta en aquella referencia europea que decía que «mediante una constante predicación, [el obispo Wigberto] apartó del error a éstos, que estaban sometidos a una vana superstición, y el bosque llamado Zutibur, que los indígenas veneraban en todo como un dios y desde época antigua permanecía inviolado, lo destruyó desde las raíces y en él construyó una iglesia dedicada a San Román mártir». Arrancar árboles para plantar templos, borrando creencias anteriores.

Y LA LUZ SE HIZO… Nada nuevo bajo el ahora tan débil sol… No pretendo ni juzgar ni dar clases morales de nada a nadie. Tan solo desearos que paséis unas felices fiestas y que no olvidéis que siempre os hará más felices el internaros en un bosque para sentiros parte de él que todo el consumismo olentzeriano al que el insaciable comercio nos empuja para despeñar nuestra cultura.

Arantzbaltz, la nevera olvidada de Gorbeia

De entre los pueblos de Gorbeia, Zeanuri fue el gran perdedor en el negocio de la explotación de la nieve. De ahí quizá que, hasta su más emblemática y monumental nevera haya quedado en olvido, incluso para sus habitantes. Rescatémosla…

UN PUEBLO SIN SIMAS. La mala suerte hizo que, al contrario que los pueblos de Areatza u Orozko, no contase Zeanuri con simas adecuadas para acumular nieve en invierno y venderla en verano, el gran negocio del momento. Y así, a duras penas podía competir por suministrar al gran cliente: Bilbao.

ORAITURRI. Así, mientras los demás municipios contaban ya con prósperos pozos de nieve, Zeanuri hubo de buscarlo muy alejado —un gran impedimento para el negocio— del punto de venta e incluso de la residencia de los empleados. Por ello comenzó a suministrar desde una nevera en Oraiturri, muy próxima a Gorbeiagana —la cruz— pero no sin problemas pues se litigó durante tiempo por estar enclavada en Zuia. Por ello, por su explotación, hubo pagar cuantiosas cantidades de dinero.

Tras las casas del barrio de Undurraga (Zeanuri) y la posterior cumbre rocosa de Aldamin, se aprecian las nieves cercanas a Gorbeiagana, lugar en donde estaba la nevera de Oraiturri que, a pesar de estar en Zuia, explotaba Zeanuri.
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LA FATÍDICA NEVERA DE ARRABATXU. Por lo alejado y costoso de aquella, también lo intentó habilitando otra nevera en otra sima llamada Arrabatxu, Arrabakoatxa o Aginenbekoa ubicada en las conocidas campas de Arraba. Pero pronto percibió Orozko (1744) que aquello era una competencia para su negocio de suministro de hielo y litigó por ella durante años, por entender que se encontraba dentro de su jurisdicción. Y así se entendió (1749), dando los jueces la razón a Orozko. Rabiosos, viendo que se les esfumaba aquel productivo negocio, los zeanuriztarras siguieron explotándola e incluso recurrieron al corregidor de Bizkaia para hacer una nueva delimitación entre municipios. Y se hizo (1756) pero, una vez más, se les negó la razón.

Pero, en honor a la verdad, hemos de decir que aquella sentencia quizá no fuese justa ya que por Orozko pleiteaba el potentado Tomás Epalza Olarte, ilustrado que llegó incluso a ser gobernador de Bizkaia y que era un eslabón de aquellas cadenas personales con las que la Corona controlaba y administraba su reino.

Así es que, no conformes con el fallo judicial y aferrándose a la que entendían que era «su» nevera, debieron darse diversos conflictos, pues el juez recurre a una solución drástica nunca vista hasta entonces: «no ha de tener jamás uso, ni de ella se ha de aprovechar ni usar una ni otra comunidad [en referencia a Orozko y Zeanuri] y se ha de cegar y terraplenar a costa de ambas repúblicas [ambos municipios] y ni nunca jamás ha de poder hacer, ni tener, ni usar de nevera alguna dicha república de Zeanuri en toda la dicha campa y sel de Arraba» (1751).

El mazazo debió ser tremendo para los zeanuriztarras ya que no solo se les imposibilitaba usar aquella nevera sino que se les impedía construir otra en todo su terreno de Arraba. Injusto y abusivo, sin duda… Por ello se negaron a acatarlo y se les insiste un año sí y otro también hasta que, por fin, veinticuatro años después (1775) se cumple y se rellena toda la sima. Curiosamente en el mismo año en que la nevera de Zaratate —la más grande nevera de Orozko y de Euskal Herria— se moderniza y se hacen obras con nuevo tejado, etc.

NUEVA NEVERA DE ARANTZBALTZ. Y así es como las autoridades de Zeanuri debieron buscar desesperados otra posible nevera y, aunque alejada, incómoda y por ello poco competitiva, la localizaron en la sima de Arantzbaltz, sobre Igiriñao y elevada en las laderas hacia Gorbeiagana.


En verde, el recorrido para llegar hasta la espectacular nevera de Arantzbaltz, partiendo desde las campas de Arraba y por Igiriñao
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No sabemos de la fecha de la construcción porque no contamos con documentos al respecto en Zeanuri. Pero, como decimos, debió ser inmediatamente posterior a la orden de cierre de aquella nevera de Arraba y que, por la descripción que se hacen de los apeos, sospecho que estaba bajo el escarpe vertical que de Gorosteta cae sobre Arraba.

De ese modo, debieron acometer las obras para acceder a aquella alejada sima, con la adecuación de un camino de herradura que atraviesa el paraje y que culmina con cuatro grandes curvas construidas en mampostería y así poder salvar el desnivel hasta el fondo de la dolina.

El descenso a la dolina en cuyo fondo se haya la sima-nevera se hace por un camino en zig-zag, construido en mampostería. Grupo de la visita de 10 de octubre de 2019, dentro de las Jornadas Europeas de Patrimonio ____________________________________________________________________________

En el exiguo archivo histórico de Zeanuri, contamos con muy pocos —poquísimos— documentos antiguos. Ninguno que hable de esa nueva nevera o su construcción. Pero sí con un escrito del síndico procurador general de la villa de Bilbao dirigido a la anteiglesia de Zeanuri para tratar del precio de la nieve que comprarán a dicha anteiglesia porque «…necesitará esta dicha villa por los cuatro días de corridas que se esperan hacer el próximo mes de agosto para su consumo». Nada menos que 2.736 kilos de hielo han de entregarse cada uno de los cuatro días en Bilbao, por lo que debemos entender que la nueva nevera ya funcionaría.

Pero siempre será una incógnita pues hasta 1852 no se documenta como tal y con certeza. A partir de ahí continuamente se acuerdan y publican las condiciones para la explotación del negocio de la nieve, con los dos pozos municipales que una y otra vez se repetirán en la documentación: Arantzbaltz (Aranz Balz) y Oraiturri (Ora Yturri).

Arantzbaltz y Oraiturri eran las dos neveras que explotaba mediante concesión el ayuntamiento de Zeanuri ____________________________________________________________________________

EL SERVICIO DE LA NIEVE. La adjudicación se hacía mediante una puja pública, un remate
«a vela muerta» y así, «encendida […] la velilla de costumbre para la admisión de las pujas cada uno de las que bajaría dos reales en libra [hasta que] se apagó naturalmente».

El ganador se comprometía a tener sin falta de hielo «…en todos los días de romería de ermitas de esta anteiglesia, que serán San Juan, San Pedro, San Pablo, Santiago, Santa Ana, San Justo, San Lorenzo y los días primero, segundo, catorce, quince, diez y seis, diez y siete, veinticuatro, veinticinco y veintiséis de agosto y ocho, veinte y nueve y treinta de septiembre».

La entrega siempre se haría, como recogen insistentemente las cláusulas, en «una casa de la plaza de Ibarguen» sobre la que luego volveremos.

POR TRECE KILOS. Al margen de las festividades citadas, el contratista «tiene asimismo obligación el rematante de proveer la nieve a cualquier vecino que en cualquier día de la semana lo solicite siempre que para el pedido avise al rematante con veinticuatro horas de anticipación y la cantidad que se pida sea mayor de trece kilogramos de nieve». Siempre, eso sí, entregada en «el barrio de la plaza, en una de las casas del núcleo del mismo para la mayor comodidad del consumidor».

Operarios transportando a sus espaldas sendos bloques de hielo, en una nevera de montaña en Gipuzkoa ___________________________________________________________________________

La nieve, claro está, «ha de ser bien apisonada y en las condiciones que es de costumbre para el aprovechamiento que generalmente se hace de ella en la época de los calores». Sabemos por otros lugares que el hielo se pesaba en destino —había que evitar por tanto que se derritiese en el transporte— en unas «balanzas abujereadas para que se escorra el agua» (Iruñea, 1664).

EXCLUSIVIDAD. La concesión de la explotación de las neveras de Zeanuri implicaba que nadie más pudiese apilar ni comercializar con la nieve en todo el municipio. Ni siquiera con la disculpa de regalarla, para evitar fraudes. Y si alguien lo incumplía era sancionado con una multa que embolsaría el contratista. Pero también sería sancionado éste si alguna fiesta o vecino se quedase sin su suministro. En este caso la multa se utilizaría para reparar caminos públicos.

DECADENCIA Y ABANDONO. Nunca fue la explotación de las neveras de Zeanuri de gran interés comercial al margen del ámbito local. Los vecinos municipios de Areatza y sobre todo Orozko contaban con más y mayores neveras, con las que monopolizaban el comercio del hielo y sus precios. Poco podían hacer aquellas neveras de Zeanuri, tan alejadas y con unas dimensiones tan limitadas.

La instalación de la primera fábrica de hielo artificial en Bilbao (1880) supuso por otra parte el comienzo del fin de nuestras neveras.

Así, se percibe un menor gusto y detalle en la redacción de las condiciones para pujar por la exclusividad del negocio de la nieve en Zeanuri. Incluso, para acortar distancias en el transporte —el principal defecto de las dos neveras tradicionales— y suponemos que por la disminución del volumen de hielo solicitado, Zeanuri oferta junto a las otras una nueva «nevera de Lekanda» (1897) que hasta entonces no había existido. Y ya en 1902 se recoge la última oferta pública para la explotación de los pozos, insistiendo como en los últimos años en que «el rematante, al cesar el remate, dejará completamente limpia la nevera llamada de Lecanda». Hasta el punto de entrega ya es vacilante en este último año, pues indica que «la venta ha de tenerla en el término de la Plaza o en una de las casas del núcleo de la misma» no en la que siempre habío sido exclusiva para ello.

EL NOMBRE. La primera referencia moderna de esta nevera la tenemos en el estudio de Salbidegoitia y Barinaga (Kobie, 1974) pero ni la visitan ni describen sino que la citan de oídas como «Nevera de Gorbea«. Posteriormente, en el catálogo Neveras de Bizkaia publicado por la Diputación Foral de Bizkaia (1994) se cita como Arratebaltz en el título pero como «nevera de Egiriñao» [Igiriñao es la forma más correcta de este topónimo]. Y en mis antiguas anotaciones de campo (1985) tomadas junto a mi amigo Juanjo como «sobre Zastegi«. Al margen de ello, se ha usado Neberatx —por el nombre de una peña cercana— o Aranbaltza o Aranbaltz.

Su nombre es en realidad Arantzbaltz pues así es como aparece sin excepción alguna en la documentación hasta hace apenas un siglo. En referencia a «espinos» y no a «valle» como habíamos pensado. A ellos se les añade el término «baltz» ‘negro, oscuro’.

LA NEVERA. Consiste en una sima vertical de unos 10 m de profundidad con una boca de 3 x 5 m aprox. Se encuentra en el extremo de una gran dolina a la que se desciende por un camino construido en zig-zag de cuatro curvas y con un desarrollo de 110 m de larga. En la parte superior de la dolina y de dicho camino se aprecian los restos de una cabaña que, por el grosor de sus muros, no ha sido obra ni de carboneros ni de pastores, por lo que entendemos que era la que daba servicio a la nevera.

Asomadas a la profunda sima de la nevera, en un entorno húmedo y fresco en donde nunca alcanza el sol ____________________________________________________________________________

Grupo de la visita de 10 de octubre de 2019 (Jornadas Europeas de Patrimonio) en el fondo de la dolina. A su espalda, la sima de la nevera ____________________________________________________________________________

CASA DE IBARGUEN. Tal y como se repite insistentemente en toda la documentación, la nieve se entregaba y vendía de modo indefectible en una casa concreta de la plaza de Ibarguen. Nada ni nadie sabe hoy en día de esa casa en Zeanuri ni ha oído hablar de dicha función, a pesar de que, como hemos visto, se usó con tal fin hasta al menos 1902.

Herriko Etxea, casa pública (s XVIII) en donde se encontraban la alhóndiga, matadero, balanzas… Con seguridad, este era el lugar en donde las condiciones de la concesión obligaban a entregar los bloques de hielo bajados de las neveras. En primer plano, una antigua garrafa vasca, para hacer las limonadas de las fiestas ____________________________________________________________________________

Haciendo pesquisas en la documentación de las fogueraciones del XVIII —gracias, Galé y Gorrotxategi— habíamos localizado una casa. Y en efecto parece que fue ella, hoy en día Casa de Cultura, muy próxima a la casa consistorial. Era conocida como «Herriko Etxea» —gracias de nuevo, Ander Manterola— y sin duda es una aportación de aquellas décadas de la Ilustración, pues su función era la de alhóndiga, matadero, pesajes, etc. públicos. Todavía son apreciables las diversas estancias y este gran portal, solucionado por una bella columna, tan típico de lugares de compraventa, tratos y similares. Sin duda, hablamos del mismo lugar.

Casa consistorial de Zeanuri y, al fondo, la casa alhóndiga en donde supuestamente se entregaba la nieve. Hoy hace las funciones de Casa de Cultura ____________________________________________________________________________

EL SALTO A INTERNET. Así es como damos por fin una referencia de esta nevera que, inaudito, no contaba hasta hoy con una sola referencia en Internet. A pesar de estar en el macizo de Gorbeia, cercano al punto culminante, uno de los lugares más visitados de nuestro país. Ni ninguna publicación sobre su historia. Se dejo olvidar, morir, quizá avergonzados porque aquella fue la nevera que quiso y no pudo ser, la solución a una resolución judicial que humilló al pueblo de Zeanuri. En cualquier caso, es la gran olvidada en nuestra historia. Y por ello, en mi personal cruzada quijotesca contra el olvido, en el mes de octubre pasado organizamos una concurrida visita al lugar, dentro de las Jornadas Europeas de Patrimonio para darla a conocer y ponerla en valor. Dentro del numeroso grupo, curiosamente, nadie había de Zeanuri. La gran olvidada… sin duda.

Durante todas estas décadas de soledad nuestra monumental nevera ha permanecido derrumbada, desgarrada, abandonada. Tan solo se ha acordado de visitarla, acariciarla y quererla la nieve que, con sus mejores blancas galas, acude cada año para yacer junto a ella en el lecho de la historia. Nunca se ha interrumpido entre ellas el vínculo de amor que las ha mantenido unidas. Caminemos pues con sigilo que ya es invierno y la dama nívea estará a punto de aparecer.

Arrue, Barandiaran y Santa Lucía de Laudio

Todavía estamos por investigar en profundidad y descubrir la verdadera dimensión etnográfica y antropológica de la pintura de José Arrue (1885-1977). Porque sus dibujos son auténticos tratados visuales sobre la sociedad vasca que se balanceaba entre los siglos XIX y el XX, entre el mundo profundamente rural y la modernidad.

Uno de esos casos es el cuadro A la romería de Santa Lusía (sic) que por fin hemos podido gozar en la exposición Jose Arrue barrutik. Muestra la llegada de unos romeros a la afamada romería de Santa Lucía de Laudio.

Detalle de los personajes, romeros bilbainos, que alegres llegan al santuario de Laudio. Sus vestimentas coinciden con descripción recogida por Barandiaran. Son una estampa que hoy nadie reconoce y que, si no fuera por este cuadro, habríamos perdido para siempre.

Fue uno de los últimos cuadros que pintó —1975, contaba ya con 90 años—, dos antes de fallecer. De hecho, sus colores son más vivos y saturados de lo normal porque padecía en ese momento modificación en la visión tras una operación de cataratas.

En él refleja una pintoresca escena que probablemente observó en su juventud y que mantuvo perfectamente guardada en su memoria o en aquella libreta que siempre llevaba en el bolsillo y en la que, sin mediar palabra, bosquejaba las líneas básicas de la futura obra.

En las primeras décadas del siglo XX la romería de Santa Lucía contaba con gran renombre y hacía que en ella se congregasen miles de personas. No locales, sino venidos de toda Bizkaia pero especialmente de Bilbao. Muchos eran los bilbainos —incluidas prostitutas— que acudían en los trenes especiales que a tal efecto se fletaban desde Bilbao.

Pero otros muchos, la gran mayoría, acudían a pie desde Bilbao, por Iturrigorri, Bentabarri, Pagasarri y Laudio. Esos son los que Arrue nos acerca con tanto detalle en A la romería de Santa Lusía en ese estilo tan propio suyo en el que deforma perspectivas, dimensiones de edificios o paisajes para centrar su paciente minuciosidad y detalle en el paisaje humano, el que realmente le apasionó durante toda su vida.

Nadie hoy recuerda las vestimentas tan llamativas de los personajes del cuadro. Incluso nos chocan y nos podrían hacer dudar de su veracidad o fidelidad.

Pero, casualidades de la vida, se han chocado conmigo unos apuntes manuscritos en los que el bueno de José Miguel Barandiaran recoge las respuestas de que un vecino de Laudio (H. de Benito) le da a una de sus entrevistas etnográficas. Año 1936, año del golpe militar franquista que obligó al sacerdote de Ataun a refugiarse en Lapurdi. Quizá por ello quedaron sin publicar. O perdieron su interés.

Por eso es tan grande la alegría de poder resucitarlos, de desenterrarlos del olvido y, además, confrontarlos con las pinceladuras de nuestro genial pintor. Dicen así cuando describen la romería de Santa Lucía:

«…la mayor parte de la gente sube a la ermita por el monte Pagasarri y Ganekogorta muy de mañana […] grandes cuadrillas de tipos romeros muy festivos. Es de advertir su indumentaria que consiste generalmente en blusa de aldeano rayada, pantalones blancos o rayados, faja de color, alpargatas blancas con cintas largas de colores que suelen significar alguna bandera política. Sobre sus hombros viste lujoso un pañuelo llamativo. Algunos suelen vestir grandes sombreros engalanados de flores y plumas y también llevan algún instrumento músico (cuernos bocinas, etc.) con los que llaman la atención de la gente».

Con flores y plumas… Si Barandiaran y Arrue no hablan exactamente de lo mismo… que venga Santa Lucía y lo vea. Que para eso es la patrona de la vista.