Dad de comer a esa gata, que es Navidad

Por el exterior de la cocina en donde anteayer celebrábamos la cena navideña escuchamos los maullidos de una gata callejera. De repente, la orden de mi padre fue seca y contundente: «Dad de comer a esa gata, que es Navidad«. Era la reaparición casual de una antigua tradición popular navideña…

Al momento me di cuenta de que se trataba de algo extraordinario, inconcebible en cualquier otro día, ya que no tiene simpatía alguna por los animales ni mascotas, siempre concebidos como seres supeditados al ser humano para su servicio y beneficio.

Por eso me sorprendió y maravilló el escuchar esa frase, porque sabía bien por dónde había que interpretarla.

En efecto, él, al igual que mi madre, siempre nos han contado que, cuando vivían en sus respectivos caseríos, en la noche de Navidad se compartía la cena ritual con los animales, dándoles algo de comida, haciéndoles partícipes del banquete y celebración porque vivían bajo el mismo techo y formaban parte de aquel universo conceptual llamado etxea, ‘la casa’, entendida como algo mucho más rico y complejo que una siempre edificación. Aquella tradición de repartir los alimentos navideños era una costumbre extendida y conocida aunque, por desgracia, hoy se encuentra asomada al borde del abismo del olvido.

José Barbara (Okeluri, Laudio) dando una espiga de maíz a cada vaca

Una espiga de maíz a las vacas, un puñado de cebada a las gallinas, algo de paja al burro… lo que fuese para que cada animal de la casa se sintiese dichoso y feliz. Porque, al fin y al cabo, también ellos eran criaturas de la creación.

Respecto a mi padre y madre, hace ya casi 60 años que bajaron de los caseríos para acomodarse en un piso más cercano al fondo fabril del valle. «Allí empezamos a vivir«, dicen. Pero, a la vez, sus mundos tradicionales se desmoronaron. Por ello, aquella costumbre de dar algo de comer a los animales había quedado proscrita, sin más, a sus recuerdos de la infancia y juventud. Sin embargo, ayer, a sus casi 88 años, como quien cierra un círculo, alguna llamada interior hizo que aquello reviviese en mi padre y nos mandó dar de comer a aquella gata. Con una motivación tan simple como contundente: porque era Navidad.

Extrapolándola, no me pareció mala enseñanza esa de compartir los recursos para buscar la felicidad mutua y la igualdad entre las personas. Porque así, tan contento se siente el que ayuda como el que es ayudado. Si no, que nos lo pregunten a nosotros o a aquella gata zalamera.

Para mí, el haberlo podido vivir, ha sido el más bonito de los regalos. Cosas de la Navidad…

Mercado de Santo Tomás y tres de Laudio

Al igual que en otros muchos pueblos de Bizkaia (no es un lapsus), también en Laudio era costumbre abonar la renta anual del caserío el 21 de diciembre, festividad de Santo Tomás. Para ello, aquellos baserritarras inquilinos, solían bajar a Bilbao pues era allí donde normalmente vivían las acaudaladas familias, propietarias de muchas de esas edificaciones. Llevaban capones y/u otros productos del caserío para complementar el aporte monetario.

Y, aprovechando aquella incursión en la ciudad, llevaban otros productos a modo de vendeja.

A la bonita estampa hay que sumar que, en las décadas a caballo entre el XIX y el XX se daba en Bilbao un pintoresco mestizaje entre la cultura urbana, moderna y floreciente de la belle époque bilbaína y el vistoso mundo rural, muy condicionado por la tradición y el inmovilismo promulgado desde las esferas ideológicas y políticas.

Mercado de Santo Tomás en la plaza Vieja, junto a San Antón. Cinco años después se comenzaría a celebrar en la Plaza Nueva

Y ahí es cuando aparecen tres personajes, amigos entre sí, que compartieron sus vidas entre Bilbao y Laudio. Siendo como soy oriundo de este municipio, barro para casa a la hora de ubicar a estos tres populares artistas.

FELIX GARCI-ARCELLUZ (1869-1920). Se trata de un polifacético personaje bilbaíno que, durante muchos años, vivió en Laudio, en una casona que ya no existe, frente a la iglesia, en uno de los lugares más relevantes de la población.

A él debemos, entre otros muchos más méritos (en especial los relatos costumbristas de Klin-Klon), que el mercado de Santo Tomás se celebre desde 1915 en la Plaza Nueva, de un modo más organizado, funcional e higiénico. El anterior, más improvisado y popular, se llevaba a cabo en la Plaza Vieja, en las proximidades del puente de San Antón.

JOSÉ ARRUE (1885-1977). Ya para el año siguiente, el sagaz pintor abandotarra José Arrue había hecho un cuadro reflejando el mercado organizado por su íntimo amigo Félix. Años más tarde (1952), lo reeditaría para ser una de las láminas promocionales de los célebres calendarios encargados por el empresario Arcadio Corcuera. Posteriormente hizo más dibujos con la temática de este pintoresco mercado navideño. También José Arrue, nacido en Abando, pasó la mayor parte de su vida en Laudio, donde falleció, está enterrado y es un personaje muy querido.

Baserritarras, supestamente de Orozko, cogiendo el tren en Areta (Laudio) para acudir a Bilbao con los productos del mercado. Estación de Areta, de José Arrue.

RUPERTO URQUIJO (1885-1977). Ruperto recorrió el camino contrario a los anteriores ya que, siendo nacido y oriundo de Laudio, ya de muy joven fue a Bilbao a trabajar como ebanista y allí vivió hasta que regresó definitivamente a Laudio en 1925, es decir, cuando contaba con 50 años. Es conocido sobre todo por el zortziko Lusiano y Clara (1915) que, posteriormente, Luis Aranburu lo haría famoso convertido en la canción «En el monte Gorbea».

Allí, en los círculos de la cultura bilbaínos, conoció a Felix Garci-Arcellus y a José Arrue por lo que es normal que, en muchas ocasiones, veamos canciones, dibujos o relatos de uno y otro entrelazadas entre sí. A los tres les apasionaba lo mismo: reflejar aquel mundo rural idílico, tan identitario como país, y que desgraciadamente se desvanecía frente a los tiempos modernos.

Regreso del mercado. Día de Santo Tomás de José Arrue





Elías Durana, el pastor de Iturrigorri

Hacía mucho que no le veía, porque debido a su avanzada edad y necesidad de atenciones, ya no estaba en su caserío de Belandia (Larruazabal / Ruzabal, Orduña). Pero no he dejado de preguntar por él y por esa fórmula mágica para vivir tanto y tan brioso cada vez que me he encontrado con alguno de sus convecinos. Hasta este domingo en que, según me dicen, ha fallecido con 98 años (era nacido en 1923), Elías Durana Etxaurren. Y he de confesar que ha sido una de las personas que más me ha hecho amar la toponimia y nuestro país.


Lo conocí hace 21 años (2000) cuando, yendo al monte yo y él necesitado de ayuda, me hizo correr detrás de un toro que no podía recoger en su redil, arriba y abajo por media sierra de Ponata en Gorobel o Sálvada. Literalmente, me reventó: «¡Dale por arriba!, ¡Ciérrale por ese lado, ¡Corre que va para allá!». Lo recordábamos luego siempre entre carcajadas cada uno de los muchos días en que nos juntamos, porque de esa aventura surgió una gran amistad.


Al de poco de aquella especie de encierro sanfermineros a la inversa, me embarqué en la aventura de hacer un trabajo de toponimia para Deiker (Universidad de Deusto), el primero de los que he hecho. Él y su compañero de chabola, el legendario Nicolás Robina (1926-2006), fueron mis mejores aliados y, allí en la sierra, compartimos comidas, conversaciones, vivencias y muy buenos momentos. Sin duda, si luego hice más trabajos de ese tipo se lo debo en gran parte a ellos, a su inmensa sabiduría, y al saber transmitirme todo aquello que, con tanta generosidad, compartían conmigo.

Elías a primeros de junio de 2005, cuando nadie como él gozaba de los altos pastos

Recuerdo ahora con mucho cariño una excursión que les organicé, y transporté, para llevar a cinco pastores de esa majada a conocer el afamado monte Gorbeia y sus colegas. Buena fiesta. Yo, con una inmensa bandeja de pasteles monte arriba y ellos con sus palos y, aunque octogenarios, subiendo ligeros las pendientes mientras fumaban aquellos Farias que tanto les gustaban. La gente les paraba para hacerles fotos, porque habían convertido en lo más pintoresco y digno de cuadro de Arrue aquellas laderas. Volvieron orgullosos y eufóricos, como quien ha ganado una gran final, porque ya había quedado decidido que aquel pasto con tanta fama de Gorbeia no valía para nada comparado con el de su sierra.

Por no hablar de otra ocasión en la que llevé a Elías —yo hacía de chófer a cambio de gozar de su compañía— a la romería de Valcorta, la de La Petronila, en tierras burgalesas. Literalmente me volvió loco, presentándome con orgullo a cada uno de sus conocidos. Es decir, a todo el mundo porque… era todo un personaje y resultó que le admiraban hasta las piedras. Y me insistía una y otra vez en acabar aquella tartera insondable en la que, su santa mujer, de nombre María, había llenado de viandas y cariño hasta más arriba de lo que podían cerrar las tapas.

Por eso me ha dado muchísima pena el saber de su deceso. Y me sangra el alma. Por él y por su familia, por lo bien que siempre me acogieron en su caserío.

Pero quizá me duela más aún el saber que ya no queda gente así, tan amante de su tierra y costumbres. Se han ido todos y lo que era presente se ha hecho pasado. Qué visión y recuerdo me queda para siempre de Elías, tan enjuto, ataviado con su garriko —faja de tela enrollada a la cintura—, abarcas, camisa a cuadros, pantalón de impecable mahón azul y la siempre bien asentada txapela. Dispuesto a responder a todo o a posar para cualquier foto. Qué majo… Y es ahora, al rememorar aquellas vivencias, cuando te sientes afortunado porque la vida te ha concedido el privilegio de haberte podido cruzar con personas así.

Foto de muy escsasa calidad pero de gran valor testimonial. Elías Durana y Nicolás Robina colocando una ikurriña en su chabola, al inicio de temporada pastoril. Sobre el año 2003.

Por último, quiero rememorar y reivindicar en su memoria cómo Nicolás y Elías, los inseparables convivientes en su chabola pastoril, me dijeron que a la afilada cumbre que tan cerca tenían la llamaban ellos «Iturrigorri». Pero que anotara en mis apuntes «Tologorri» porque seguro que era esa la forma buena ya que así lo habían puesto en su cima, en una placa (el buzón montañero).


Ahora parece imposible convencer a la gente de que Iturrigorri ha sido la forma documentada de ese nombre hasta hace poco. Y la forma oral actual del mismo… hasta este domingo en que ha fallecido Elías.

Eskerrik asko, maestro, amigo y que cuides con cariño tu rebaño más allá de las nubes. Saluda a Robina de mi parte y dile que también, como a ti, lo añoramos mucho aquí abajo.

Las dos Marías

El 25 de julio del año pasado anduve solo vagando por Santiago de Compostela en su día festivo mayor. Y no pude evitar el encontrarme con la estatua-recuerdo a «las dos Marías«, dos hermanas populares que, «muy llamativas en su comportamiento y vestimenta«, cada mediodía se dejaban ver paseando por dicha alameda. Y, siendo día de Santiago como era, concurrían allí infinidad de visitantes que, ávidos de coleccionar fotos de sus vacaciones, hacían turnos para logar el codiciado selfie junto a aquella obra de colores chillones. Hoy me lo ha recordado Facebook y me apetece traerlo hasta aquí, pasado un año.

Lo que quizá no sabían aquellos que posaban para la foto es que aquellas mujeres junto con a las que se inmortalizaban, hubieron de recurrir a los desórdenes mentales y a ejercer de chifladas como salida desesperada que su cuerpo y mente encontraron para huir de las atrocidades de la represión franquista. Solo son alegres sus colores, por tanto, ya que todo lo demás desborda la tristeza. Duele el alma.

Monumento a Las dos Marías en la Alameda de Santiago

Eran hijas de una familia de anarquistas y se comenta que tras finalizar la guerra fueron sometidas a todo tipo de atrocidades y humillaciones, a ataques nocturnos a su humilde vivienda, a sacarlas a la calle para hacer que paseasen desnudas por la calle, a someterlas a crueles torturas y, se comenta por lo bajo, también a violarlas en repetidas ocasiones. Todo para humillarlas, para hacer que tocasen fondo y, de paso, para que declarasen de una vez por todas en dónde estaban sus dos hermanos huidos, no como aquel tercero al que ya habían dado caza y muerte los pistoleros del bando ganador. Querían ejecutarlos. Para que se enterasen todos de quién mandaba en ese momento.

Especialmente Coralia, era aún una muchacha, demasiado tierna para poder soportar aquella barbarie.

La sociedad del momento, tan dada a orar por la bondad bajo el palio y a rezar por el perdón de los pecados, era por el contrario especialmente sádica en su proceder y, no conformándose con todo lo que les habían hecho pagar, se encargaron de que su vida, la de ellas, padres y hermanos, fuese una agonía económica y de que nadie encargase, por miedo y prudencia, ningún trabajo a aquella familia de costureras. Para que les ahogase la miseria.

Coralia y Maruxa Fandiño, «las dos Marías»

Por eso, Coralia y Maruxa Fandiño, «las dos Marías«, apostaron por enloquecer o al menos hacerse las locas, para poder sobrevivir a aquellos crueles envites que les daba la vida. Y paseaban por esa alameda en donde hoy están las figuras cada día a las dos del mediodía (de ahí que se mofasen de ellas llamándolas también «las dos en punto«) vestidas y maquilladas con mucho colorido, para voluntariamente convertirse en el hazmerreir de aquella sociedad tan conservadora y oscura y que, en cierto modo, las dejasen de tener en cuenta.

Acabaron viviendo de la caridad de algunas almas buenas. Y falleció Maruxa en 1980 con 82 años y Coralia en 1983 con 69 años.

Duele el alma el saber de su triste existencia y que su memoria se limite a unos personajes «graciosos». Igual que duele el ver posar en su estatua a algunos turistas de pelo engominado y mascarilla verde con vistosa bandera rojigualda. Porque sin tener ni idea de quiénes eran aquellas muchachas, no sé si son conscientes de que con su discurso están dando pie a repetir esas mismas mierdas de la historia. Porque no estaban trastornadas ellas si no el mundo en el que les tocó vivir.

Ajenos a todo lo que toca tierra, no muy lejos de la estatua frente a la que me encontraba, merodeaban el rey y la reina de las Españas, Felipe y Leticia (sin «don» / «doña«) rodeados de autoridades militares y eclesiásticas engalanadas con todo el boato y lujo que la ocasión les merecía. Pero nada para aquellas humildes chavalas locas. Así es que me sumé al griterío antimonárquico de grupos de diversas ideologías que por allí andaban y también celebraban con fervor el día de la patria gallega. Cómo no, con la congoja que me envolvía. Porque, para mí, para mí… solo hay dos reinas dignas en ese paraje de Galicia, Doña Maruxa y Doña Coralia (ahora sí, con el «Doña«), de nuevo haciéndose las locas y posando sonrientes con jóvenes de nueva estética fascistoide que, seguro, tan malos recuerdos les traen.

En las imágenes, Maruxa y Coralia, tomada de la red, y la obra que las representa (1994). Por cierto, hubo de ser César Lombera, artista vasco de Barakaldo quien, tras años de insistencia, consiguiese hacer una estatua en su memoria, para que su historia no cayese en el olvido. Espero que en la otra vida hayan encontrado la paz que aquí no se les permitió. Perdón, corazones…

ASTILLAS MÁGICAS: DE NAVIDAD A SAN JUAN

Se trata de un curiosísimo ritual del que ya nada sabemos. Al parecer, en la hoguera de San Juan —noche el 23 al 24 de junio— se quemaban unos trozos de madera que se habían reservado expresamente para esta función, en la noche de Navidad. Y más probablemente, se encendería con ellos.

La referencia de esta costumbre la tenemos en Laudio y la recogió Jose Miguel Barandiaran en 1935 de mano de un informante local, «D. de Isusi» . Y nosotros lo rescatamos ahora de unas notas manuscritas, sin publicar y desconocidas.

Dicen así: «Día 24 de diciembre, Nochebuena. Este día acostumbran gran cantidad de caseros hacer astillas de un palo gordo y grueso y luego meterlo al horno donde hacen los panes y, hecha esta operación, luego que está bien seco, lo guardan hasta el día de San Juan, quemándolo en la fogata del día».

Un tesoro de testimonio ya que es un modo ritual popular de enlazar los dos solsticios, el de invierno con el de verano, por medio del fuego, el símbolo del sol en la tierra, lo que realmente se celebra en estas dos fechas.

Y, mucho nos tememos —en realidad no tenemos duda alguna— , que aquellas astillas fuesen parte del tronco navideño del que ya hemos hablado en otras ocasiones, aquel que por su tamaño introducían hasta la cocina ayudados de una yunta de bueyes. Así es que, disfrutemos de todo el conjunto de tradiciones del día de hoy, porque no hay jornada más cargada de magia en todo el calendario: fresno, árboles que sanaban hernias, ritos con un sol que bailaba

Cayo Redón y mi bici

Hace unas semanas realicé un periplo de pedaleo ciclista sin prisas, con calma, para recorrer el perímetro de Álava en cuatro días, uno por cada punto cardinal. Con más intencionalidad cultural que deportiva.

En las primeras horas del primer día tuve que acometer el ascenso del puerto de Orduña llamado así por la ciudad vizcaína que se asienta en sus pies, a pesar de que la majestuosa ascensión está enclavada en Tertanga, valle de Arrastaria y municipio de Amurrio (Álava).

En sus tramos más altos, en uno de los márgenes de la carretera, se encuentra un monumento de piedra, bien visible, a modo de estela conmemorativa. Siempre con ganas de escudriñar en ella, por fin la visité gracias a la versatilidad de la bici ya que un vehículo a motor no podría detenerse ahí.

Oroitarria errepidearen albo batean; bestan, amildegia.

El texto inscrito en el monumento es simple y escueto: «Cayo Redón y Tapiz // † 20 agosto año 1923«.

Escudriñando un poco, sabemos gracias a su partida de defunción (Juzgado de Arrastaria, distrito de Amurrio) que falleció a las 12:00 h del mediodía en «un accidente automovilista» y que había de recibir sepultura en el cementerio de Orduña. Ya es algo.

Heriotza-agiria

Sabemos por otras vías que para cuando Cayo falleció a los 32 años, era un reputado profesor y arquitecto en Madrid (aunque él y sus progenitores eran naturales de Logroño), con domicilio en la lujosa calle Serrano, servicio doméstico a su cargo y un automóvil, algo para aquel entonces al alcance de pocas personas. Su obra más emblemática, por la que se le recuerda, es casa-palacio de Ricardo Augustín, construida en 1916 para unos opulentos vitorianos, con soluciones arquitectónicas que se admiran y estudian aún. Pero aquella meteórica carrera se truncó en la zona más elevada de nuestro puerto.

Hilarriaren xehetasuna; «Cayo Redón y Tapia»

Una escueta reseña en el El Noticiero Bilbaíno del día siguiente al deceso, nos aporta algo más de luz para intentar recrear el suceso.

Quiero suponer que vendrían de su residencia de Madrid a Amurrio ya que su esposa, María Pilar Aspiunza García, era natural de esta localidad. Y seguramente el automóvil tendría algún problema mecánico ya parece que se embaló pendiente abajo y, seguramente —siempre moviéndonos en el campo de la especulación— presa del pánico ante la posibilidad de despeñarse por la impresionante ladera de la montaña, Cayo optaría por girar hacia el lado contrario —el izquierdo en el sentido de la marcha— para chocarlo y parar la deriva loca del coche. Es así como él, que conducía el vehículo, se llevó el golpe mayor, y quedó aplastado contra los restos del coche, que «quedó destrozado«, falleciendo in situ. Por el contrario, su esposa salió «despedida con gran violencia» al encontrarse en el asiento del copiloto, que no había chocado de frente contra el peñasco. «Resultó conmocionada y con heridas generalizadas, de carácter grave» como reza la noticia.

Como referencia de cómo podría ser el vehículo siniestrado de Cayo Redón , el primer coche que apareció por Luiaondo en torno a 1915 (Archivo familia Gardeazabal).

Menos gravedad supuso aún a las personas que ocupaban los asientos traseros, la muchacha del servicio y la hija, de siete años, María del Rosario Redón Aspiunza. Fueron despedidas en el impacto y «también sufrieron lesiones, si bien leves afortunadamente«. No viajaba en el vehículo el otro hijo que completaba la familia, de nombre «Cayo-Antonio», que a la edad de tres años, aquel 23 de agosto pasó del paraíso de una familia muy acomodada al infierno de la orfandad.

Algunos otros viajeros que pasaban por la carretera «auxiliaron a los viajeros, viendo que el Sr. Redondo [sic: Redón] estaba muerto«. Además «se avisó por teléfono a Orduña, de donde se envió otro auto al lugar del suceso«.

Añade El Noticiero Bilbaíno que «Los heridos fueron alojados en casa del alcalde de Orduña, Sr Llaguno, a donde acudió un facultativo«, en referencia a Luis Llaguno Piñera, alcalde desde 1914 hasta el mes siguiente al accidente automovilístico, en septiembre.

A partir de ahí, casi un siglo de historia se ha encargado de borrar todo recuerdo de aquel infortunio que, sin duda, conmocionaría a la sociedad local y madrileña del momento. Solo los vientos, soles, nieblas y nieves que custodian día y noche el monumento memorial de piedra en aquel alto paraje, parecen negarse a olvidar lo sucedido. Como algún que otro ciclista que, sin prisas y deseoso de dar un descanso a sus piernas, descabalgó de su montura para recordar a Cayo y su acto de generosidad al sacrificar su vida por salvar la de los demás. Descanse en paz.

Santa Cruz de Gardea

Hoy, 3 de mayo, se celebra la Santa Cruz. Se trata en realidad del supuesto descubrimiento de los restos de la cruz en la que se ejecutó a Jesús, en la primera intervención arqueológica de la historia. Puedes leer la historia, con cierto tono de humor y sorna pinchando aquí: Santa Helena, cada día más buena.

Y es que Santa Elena (o Helena) tendrá que ver mucho en la historia de la ermita, advocada a Santa Cruz o a Santa Elena, que a continuación vamos a desgranar. Son notas rápidas y sueltas sobre la historia de una humilde ermita, desde hace más de medio siglo desacralizada, pero que sigue siendo un símbolo de identidad para todo el pueblo de Laudio y más si cabe para su pintoresco barrio de Gardea. Así es que vamos a por ello, que la fecha lo merece.

Se cree que es en el entorno de la actual ermita de Santa Cruz en donde se articuló la primera comunidad aldeana que dio origen a Gardea en la Edad Media. Lo sabemos gracias a un documento testamentario fechado en el año 964 por el que los hermanos Jimeno y Marina donaron al monasterio de San Esteban de Salcedo la propiedad y derechos de su monasterio “San Víctor y Santiago, con sus tierras, viñas, molinos, manzanales y pertenencias» [el original en latín] en el lugar llamado Gardea.

Es la primera cita histórica conocida del barrio y del municipio de Llodio y, por su antigüedad, podemos suponer que es en torno al pequeño templo en donde se gestó aquella pequeña población altomedieval.

Aspecto que muestra hoy mismo el edificio de la antigua ermita, rehabilitado hace unos años.

Podríamos suponer asimismo que, como suele ser habitual, las diferentes edificaciones religiosas que han existido a través del tiempo, con sus diversas advocaciones, ocuparon el mismo lugar, superponiéndose una sobre otra. Así es que solo una intervención arqueológica podría arrojar más luz sobre el origen incierto del lugar y sobre la potencialidad para la historia de ese enclave, sin duda una operación de gran interés estratégico para el municipio.

Fuera de esas especulaciones y retornando al edificio que nos ocupa, queremos de nuevo suponer que en 1564 ya existía, pues se cita como testigo de un bautizo a «Urtuño, fraile de Santa Cruz«. Y decimos que suponemos pues con esa advocación no la documentaremos hasta mucho más tarde: en el año 1818, según el Catálogo Monumental. Diócesis de Vitoria (Tomo VI. Micaela Portilla, 1988). Por la información que citamos a continuación, bien pudiera ser que la advocación de la Santa Cruz fuese secundaria o, probablemente, compartida.

Efectivamente, con anterioridad a esa fecha de 1818, se cita siempre en la documentación como «la ermita de Santa Elena» por la figura que presidía el retablo. Pero de una estética tan medieval y arcaizante que, en una visita, el obispo ordenó que se retirase, destruyese y enterrase la «efigie de Santa Elena colocada en el altar mayor de la ermita de su título, por la ridiculez en la que se halla» (1791).

Se trataría una imagen gótica o, más probablemente, románica, una estética que detestaban las autoridades eclesiásticas del XVIII: es muy corriente que las manden destruir por resultarles irreverentes y ridículas. Pero ello a su vez nos habla de la antigüedad del templo originario, medieval. En 1792 ya constatamos el pago al escultor Manuel de Acebedo por una nueva imagen de Santa Elena, más acorde con los gustos estéticos del barroco. Como veremos más abajo, cuatro décadas atrás se había remozado todo el templo y quizá no se consideraría digna de él la imagen antigua, de aspecto arcaizante: todo debía ser modernidad en aquel Siglo de las Luces.

Antigua imagen de la ermita publicada por Mª Josefa Ochoa en su obra Estudio geográfico del Valle de Llodio (1965)

Respecto a la doble advocación, cabe recordar que según la hagiografía cristiana y como hemos citado al inicio de este post, se le atribuye a Santa Elena la “invención” de la Santa Cruz, es decir, su hallazgo, en la primera cita histórica de una excavación arqueológica, por lo que podríamos estar hablando de lo mismo y hacer compatibles y coetáneos los cultos a Santa Elena y a la Santa Cruz en dicha ermita, quizá representando en la talla que presidía el altar a la santa portando una cruz.

El emplazamiento de la ermita, aprovechando un rellano a media ladera, también nos apunta a una génesis en el Medioevo. Cuesta rememorar aquel paisaje que nos llegó casi intacto hasta no hace tanto, ya que, según contaban los mayores que colaboraron en el proyecto Recuperación de la Memoria Colectiva de Laudio / Llodio (Fundación Amalur, 2007), la ermita se encontraba junto a una estrada que partía desde la torre y ferrería de Katuxa y que en la ermita se dividía en dos opciones para avanzar hacia Santa Marina o hacia Kukutza (Elorritxugana). Hoy, pegante a un polígono industrial, tiene ya imperceptibles aquellos encantos y caminos que la engalanaban en otros tiempos.

También sabemos gracias a la documentación (aportada principalmente por Micaela Portilla en el Catálogo de la Diócesis de Vitoria, 1988) que la ermita contaba con diversas propiedades como era habitual, para ayudar a su mantenimiento. Constaba de una casa para la fraila o serora, unas heredades para sembrar trigo, nogales, castañares y otros diversos árboles (1705).

Aquel bucólico entorno se complementaba con una fuente ferruginosa de gran aprecio por parte de los lugareños —hoy desaparecida tras las obras de circunvalación— y allí se llevaba a cabo una afamada romería, fiesta de la que tenemos constancia documental desde 1748 pues se contrata “un músico tamborilero” —txistulari— para la ocasión. Mi madre (n. 1941) recuerda desde la lejanía de su infancia cómo aquella fiesta a la que la llevaba de la mano su abuela Bernaba (n. 1878) era muy llamativa por la misa que se hacía, grandilocuente, cantada a muchas voces perfectamente armonizadas así como por la romería posterior.

Ermita en 2006, en plena decadencia y deterioro.

INTERVENCIONES EN EL EDIFICIO. La primera referencia a unas obras la encontramos en 1716, con el edificio en estado de gran deterioro, y que obliga a una reparación de cantería en la “portalada della parte de la calzada”.

Unas décadas después, en 1752, se daba cuenta del estado ruinoso del tejado en la parte del coro, con gran peligro de derrumbe. Achacaban los problemas a una torre del templo situada en el oeste del edificio y que, sin ser necesaria, era la causa de la ruina del conjunto.

Así, se acometió la restauración y remodelación íntegra del edificio, con el derribo de la torre campanario y la construcción de la espadaña que todos conocemos, tan característica de esta ermita.

EL ABANDONO. Pero llegaron los tiempos modernos y la ermita se abandonó y comenzó su degradación tras construirse una iglesia de nueva planta en la carretera principal (1957), esta vez con rango de parroquia para poder adecuarse a las nuevas necesidades demográficas provocadas por la industrialización del Valle. Fue en el año 1957 y el trasvase se simbolizó con el traslado de las dos campanas de la vieja ermita —que a su vez procedía(n) de la antigua ermita de San Roque— a la nueva parroquia, así como las reliquias encastradas en un óculo del altar, un lignum crucis, es decir, un fragmento de madera de la supuesta cruz en la que falleció martirizado Jesús.

El traslado se hizo con todo el boato que la ocasión merecía. Cuenta el lugareño Manolo Luja, que lo presenció con sus mismos ojos, que las campanas iban sobre un carro tirado por una yunta de bueyes. Las acompañaban otros enseres y las tallas de los santos, embutidos en unos sacos y sujetos dentro de un cesto grande, para que no sufriesen mucho con aquel cansino traqueteo que los mudaba para siempre hacia aquella nueva casa de Dios.

Desde aquel día, nuestra ermita permanece desacralizada. Pero nadie pareció añorar el pasado perdido, especialmente los vecinos de los barrios alejados como Olarte o Izardui, que sufrían bajando cada domingo y festividad desde aquellas montañas para recibir el servicio espiritual o para trasladar sobre sus hombros los cadáveres hasta la parroquia central de Lamuza. «Los anderos, los pobres, llegaban reventados» recuerda mi madre. Con esta nueva parroquia a mitad de camino respiraron aliviados por la comodidad que les aportaba.

Imagen de la nueva parroquia en el fondo del valle, que supuso el abandono de la ermita tradicional. Foto de Luis Dabouza para la obra, antes citada, Estudio geográfico del Valle de Llodio (1965)

Así, en aquel ambiente de olvido que parecía convenir a todas las partes, aquella edificación fue paulatinamente degradándose, acabando con un uso como almacén de paja y otros enseres. Hasta que, gracias a la iniciativa vecinal de algunos entusiastas del barrio, se actuó para recuperar el edificio. También la romería se reactivó en 2011 y el antiguo templo se sometió a una rehabilitación en 2018 para evitar su ruina definitiva.

Hasta que llego la Covid y, por segundo año consecutivo, nos ha dejado sin romería en el día de hoy. Pero, a mí al menos, poco me importa el presente del lugar y mucho su futuro. Esperemos que le persiga una próspera popularidad entre las generaciones venideras y que la arqueología, en honor a Santa Elena, nos permita desvelar cuanto antes sus secretos más íntimos y ocultos.