Barrer antes de acostarse

Dentro de la maraña de costumbres tradicionales que se practicaban en el hogar vasco, hay una superstición relacionada a algo tan humilde y cotidiano como es el barrer la cocina. Y llama la atención por ser capaz de atribuirle una función simbólica protectora.

Barrer la cocina, sí, pero no en cualquier momento sino justo antes de acostarse: es ahí cuando la magia del acto adquiría su máximo poder.

Precioso retrato de una familia vasca, obra de Eulalia Abaitua (1853-1943)

Desdichadamente, no creo que exista nadie hoy en día que conozca o practique esa costumbre protectora. Pero sí es común entre la gente mayor —sin ir más lejos mis padre y madre— el recuerdo del acto diario de barrer la cocina como última labor antes de acostarse, quizá como vestigio de aquel curioso ritual.

Es R. Mª Azkue (1864-1951) quien una vez más nos aporta en Euskalerriaren Yakintza sus referencias, que juegan con la ventaja de haber sido escuchadas hace prácticamente un siglo. Pero, incluso así, ya para aquel entonces le contestaban en Arratia que «Nuestros antepasados nos enseñaron a barrer la cocina al ir a la cama. No sé para qué era». No se sabía el porqué.

Más suerte tuvo en su Lekeitio natal en donde le aseguraban los más mayores que «A la noche, al acostarse, si se deja bien barrida la cocina, bailan después en ella los ángeles; en caso contrario, las brujas».

Joven barriendo de Francisco de Goya (1746-1828)

No sabemos qué extrañas creencias —o simples miedos— subyacen bajo esas referencias. O si se debe, sin más, para algo tan pragmático como el evitar la presencia de los roedores. Pero gracias al dicho investigador sabemos que pronto se recurrió a la religiosidad para enmascarar aquellas más supersticiones populares: «La noche del sábado, la Madre Virgen suele venir a la cocina a dar un vistazo» recogió en Barkoxe (Zuberoa).

Pero, a su vez, nuestra intrincada geografía ha posibilitado otras variantes de esas creencias, incluso discordantes entre sí. Por eso hay quien afirma que no puede barrerse la cocina al anochecer, pues eliminaríamos también la buena suerte que, invisible, impregna el hogar. O, de barrerse, dejar apilado lo recogido, sin tirarlo, hasta la mañana siguiente. Pero quedémonos con la primera de las versiones, la de barrer.

Porque cierto es que la escoba se usaba como símbolo de la purificación ya desde la Romanización, bien como tal, —scopa, escoba— bien con ramilletes de ramas de diversas plantas o arbustos, utilizadas para la limpieza ritual doméstica. Por ejemplo, en caso de un funeral. También en el ámbito público, como parte de la pureza ceremonial (La escoba y el barrido ritual en la religión romana, de Santiago Montero Herrero, 2017).

Interior de una cocina de caserío

En realidad no sabemos si tiene que ver con aquello tan lejano o no. Así es que, una vez más, nos asomamos al vacío del tiempo, al del desconocimiento de lo que fuimos. Por eso reflotamos hasta aquí la vieja costumbre, para insuflarle vida de nuevo, con la esperanza que que alguien algún día consiga aportar un rayo de luz.



Zapatos contra tormentas

El 3 de mayo y el 14 de septiembre son las dos fiestas que el cristianismo dedica al culto de la cruz como símbolo de fe. Pero en las creencias populares son asimismo las fechas que acotan el período de tormentas, es decir, la mayor amenaza para las cosechas y, en consecuencia, el peligro de la aparición de hambrunas.

Estando a su merced la mismísima supervivencia de las comunidades humanas en las que convivieron nuestros antepasados, no es extrañar que entre esas dos fechas se repitiesen en el mundo rural multitud de rituales populares dedicados a ahuyentar las tormentas, a desviar su capacidad de destrucción hacia otros lugares ignotos.

TRES DE MAYO. Todo empezaba el 3 de mayo, día del supuesto descubrimiento de la cruz en la que ejecutaron a Jesucristo (podéis leer el relato de los hechos en tono de humor e informal en Helena, cada día más buena). Y aquellos trozos de árbol, de madera, se convierten a partir de entonces en un símbolo de adoración, atribuyéndoseles virtudes mágicas, sobrenaturales.

En realidad, no dista nada del ritual pagano previo de los mayos, árboles totémicos que en esta misma fecha se hincaban —e hincan— en las plazas de los pueblos u otros lugares específicos, costumbre precristiana extendida por toda Europa y bien estudiada.

BENDICIONES DEL CAMPO. Marca esta fecha además el arranque del período de máxima producción de la naturaleza y, en su versión doméstica, de la agricultura. Es por ello por lo que este 3 de mayo se multiplican los rituales protectores de los campos, con bendiciones, exhibiciones de imágenes santos, colocación de cruces o cera bendecida en fincas, colocación de mayos, etc. en una serie de costumbres en las que es muchas veces difícil discernir entre lo que es de origen cristiano y lo pagano.

RITOS CONTRA LAS TORMENTAS. Salvo alguna muy ocasional plaga, la gran amenaza de pérdida de las cosechas eran las tormentas de pedrisco, algo que en un instante podía arruinar el trabajo de todo un año. De ahí que abundasen los rituales para protegerse frente a ellas: tañido de campanas en ermitas, conjuros, ramos o velas bendecidas, colocación de hachas con el filo hacia arriba, toques campaniles de tentenublo —»¡detente, nublo!»— rogativas a Santa Bárbara, uso de puntas de flecha prehistóricas o piedrecillas como amuleto protector, etc.

Era asimismo una temporada de gran agitación para sacerdotes y sacristanes ya que, a diario, tras la misa, solían salir al pórtico para bendecir los cielos contra la amenaza de las tormentas. Debían acudir raudos también a tocar las campanas si se intuía la tempestad, fuese la hora que fuese. Era tal el esfuerzo que los feligreses solían hacer un pago extraordinario por el servicio.

ZAPATO ARROJADO CONTRA LA NUBE. Pero, dentro de este maremágnum de liturgias dirigidas a modificar el discurrir natural de los acontecimientos meteorológicos, quisiera centrarme en la costumbre popular de arrojar los sacerdotes un zapato contra el nublado, para asustarlo y desviarlo hacia otro destino. Probablemente sería el último recurso usado, el de máxima urgencia, cuando todas las medidas protectoras previas habían fracasado y el desastre era inminente.

LAUDIO. La referencia de esta costumbre la recogí en su día de Txomin Lili (1930-2019) el laudioarra que mejor supo atesorar todas las costumbres (Ver Txomin Lili, la última leyenda). Me contaba en 2005 que «…la gente decía que los curas que salían en sandalias cuando había una tormenta grande, al pórtico y dicen que tiraba la zapatilla para el monte para que vaya para allá, pero allí si pilla un caserío… ¡aquello que jode! Salía el cura para mandar la tormenta para el monte y salía al pórtico y algunos rezos y algunas cosas y, con las zapatillas, enchancletado, tiraba para el lado que quería echar la tormenta» Finalizó el relato con un expresivo «¡Qué cojones va a ir! Iría para donde tocaría, como siempre…» que le devolvió del añorado pasado a la actualidad.

Txomin Lili (1930-2019) el último laudioarra oriundo que sabía de zapatos que los sacerdotes arrojaban contra las tormentas de pedrisco

OROZKO. También recordaba haber visto realizar esa operación Sofia Etxebarria (Egurrigartu, 1926-2010) en la iglesia de Olarte (Ibarra, Orozko), con un asustado sacerdote que, mostrándose en chancletas frente al nublado de pedrisco, le arrojó su zapato. Relataba, quizá con ciertas dosis de humor popular, que aquel zapato lo encontraron después los pastores en un muy alejado lugar de Gorbeia, en las faldas del monte Oderiaga, en el enclave llamado Algorta. Cuando se lo devolvieron, el sacerdote negaba que fuese suyo, avergonzado quizá por haber recurrido a artes tan poco canónicas. Sé de esta referencia gracias a la amiga luiaondoarra Anuntxi Arana que la recogió en su recopilación y estudio de los relatos míticos del valle de Orozko (Orozko haraneko kondaira mitikoak, 1996).

Aldea de Urigoiti (Orozko) tras una fuerte tormenta primaveral. Tan solo unos rastros de arco iris al fondo nos reencuentran con los temores del pasado y las costumbres para hacer frente a las tormentas.

OTROS. Como siempre, es inconmensurable la aportación de relatos similares recogidos durante toda su vida por el prolífico sacerdote R. Mª Azkue (1864-1951), y cuyos breves apuntes publicó en su obra Euskalerriaren Yakintza. Contaba Azkue que «El sacerdote que en los días de truenos salía al pórtico a hacer los conjuros, solía ponerse un calzado en chancletas para que el diablo no le llevase al mismo sacerdote» o que «Un párroco a quien yo conocí en una de esas villas, en la cuarta, creyéndolo así, solía ponerse sus zapatos en chancletas las veces que había de conjurar la tempestad». Así también que «En Elorrio (B), si ha de creerse a mi colaboradora, vio ella a un sacerdote en un día de truenos hacer los conjuros sudando copiosamente, y no pudiendo vencer al demonio le arrojó un zapato, y el tal calzado no apareció nunca más».

Para finalizar, relataba los recuerdos de infancia en su Lekeitio natal: «En Lekeitio (B), muchachitos que me precedieron cuatro o cinco años, solían ir al pórtico los días de conjuro, creyendo que allí verían al aire un zapato del sacerdote. Se decía en esta villa que en cierta ocasión un sacerdote, no pudiendo de otra manera vencer al diablo, diciéndole «¡toma!», le arrojó uno de sus zapatos».

DEL MÁS ALLÁ. Ahondando un poco más en esta última referencia, es de resaltar que en sentir popular, las tormentas de pedrisco no son meras perturbaciones atmosféricas sino que se interpretan como un ataque del bien frente al mal, con un origen en el más allá, en la parte infernal de nuestra existencia.

Conocí en cierta ocasión a la orozkoarra Ángela Bilbao (1924-2012), madre de un buen amigo, José Ángel, muy activo en la recuperación de elementos de interés etnográfico (ericeras, tejeras…). Era Ángela asimismo la hija del sacristán de Urigoiti (Orozko), el encargado de tañer las campanas cuando se avistaban las tormentas, una labor que tras su fallecimiento, asumió la misma Ángela hasta que dejó de practicarse en los años 50 del siglo pasado. Es curiosa la visión, alejada de la actual, que aquella mujer tenía de los nublados que surgían del cielo amenazando las cosechas. Traducido de su euskera original decía que «desde el tres de mayo hasta la otra Santa Cruz bendecía la tormenta. Y tenían a la tormenta… el llegar la tormenta era «del lado malo» [«parte txarrekoa»]. Con el «del otro lado» querían decir que eran cosas del infierno o que surgían de allí». Continuaba relatando que «...acudían mi padre [sacristán] y el sacerdote al pórtico y bendecían el nublado. Y tengo escuchado en cierta ocasión que, igual estando allí el sacerdote, la tormenta le arrebató el zapato. Quitarle la tormenta el zapato de su lado y cosas así».

Ángela Bilbao (1924-2012), posando pacientemente en 2004 para un reportaje fotográfico que le hicimos sobre la elaboración del poste navideño llamado intxaur-saltsa. Ella fue, como lo fue su padre, la encargada de tocar las campanas contra las tormentas en Urigoiti, Orozko.

También esa idea de interactuación de las tormentas con la vertiente malvada de los seres del más allá, nos la refuerza el también orozkoarra Moisés Larraondo,(1926) buena persona y mejor conocedor de nuestras leyendas. Contaba que (traducido del original en euskera recogido por Anutxi Arana, 1996) «llegó la tormenta y su piedra, dispuesta a arrasar todo. Y [allí el sacerdote] bendiciendo y bendiciendo con el hisopo, haciendo cruces y oraciones y más oraciones. Y la lamia y la tormenta cada vez más briosas. Allí tenía a las lamias al lado, observando, lamias en tropel, vestidas con calzas rojas y con aspecto de abejas. Y, en una de esas… ¡el sacerdote arrojó el zapato! Y con el despiste de aquel revuelo, se llevaron el zapato por ahí las lamias. Y en aquel preciso instante dejaron ya de sonar los truenos…».

Moisés Larraondo mostrándome en 2005 su gran tesoro: las piedras arrojadas por los gentiles y con las que incluso jugaban a bolos por los aires (son en realidad proyectiles usados en el año 1351 en un asedio contra el castillo del monte Untzueta)

Moisés es una persona que afortunadamente aún vive entre nosotros. Ahora en Laudio, al cuidado de su hija Zorione. Quizá sea la última persona que sepas explicarnos esa extraña relación entre el mal, los seres del más allá y los zapatos de los sacerdotes, confluyendo todo ello a través de las tormentas, símbolo del mal y la destrucción. Desde luego que será de los pocos humanos que percibirá el día de mañana, 3 de mayo, con una intensidad tan mágica y especial que el resto de los mortales seremos ya incapaces de sentir. Descarguen su furia pues los rayos, truenos y centellas contra la desmemoria de nuestras costumbres, tradiciones y modos de sentir populares. No seré yo quien les arroje el zapato…

NOTA: No sé a ciencia cierta cómo interpretar esta costumbre tan extraña. Pero la intuición me lleva a otra realidad que, al menos en lo que conozco, no parece que se haya investigado aún. Se trata de unas siluetas que suelen aparecen dibujadas en tejas concretas de nuestros caseríos y que seguramente habrán tenido una función protectora para la casa y que hoy desconocemos. Son una especie de chinelas, antiguo calzado que a modo de babuchas se usaba en chancletas.

Tampoco podemos obviar que arrojar un zapato a alguien o mostrarle su suela es una gran ofensa en el mundo islámico, pues el calzado es considerado impuro, al ser la parte del cuerpo más baja y por lo tanto más sucia al estar en contacto con el suelo. De ahí que no se permita su presencia en mezquitas, etc. En realidad, es una creencia generalizada en todo Oriente. Tiene su reflejo en la Biblia cuando Dios le dijo a Moisés (Antiguo Testamento, Éxodo 3:5) «No te acerques aquí. Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es».

Quizá arrojando lo más inmundo, lo más despreciable, a la tormenta, se pretendía influir en su voluntad. Pero son hipótesis, meras elucubraciones, a las que les falta algún paso para que podamos imbricarlas definitivamente con esas historias populares nuestras, tan bonitas, relatadas más arriba.

Bideo bat honi buruz, euskaraz:
https://www.youtube.com/watch?v=hLz-T-3O6hU a

El «pan jaiko»

Con el nombre de pan Jaiko se denominaba un pan especial que, con fines más allá que el simple alimento, se consumía en Laudio en día de hoy —Domingo de Resurrección en el credo católico— y mañana. Es poca, poquísima, la gente que lo recuerda y por ello queremos hablar de él, en especial por dar testimonio de esa denominación inédita jaikoy que sin duda hace referencia al carácter ‘festivo’ del mismo, a partir de jai ‘fiesta’.

En lo morfológico, era un pan más plano que lo habitual y con forma de triángulo, características que lo hacían inconfundible.

Mi padre (1934) y madre (1941) lo recuerdan de su infancia como un pan especial, muy apreciado que, de vez en cuando y sin fechas concretas, se cocía aprovechando la hornada de pan semanal. Otra tía mía —Carmen Olabarria (1938), del caserío Kastañitza— recuerda afortunadamente con más detalle cómo su madre Felisa Arza (1915-2001), les preparaba aquel pan para estos días concretos, domingo y lunes pascuales, adornándolo con un huevo en su centro. En lo personal, me ha resultado imposible recabar más información, a pesar de haberlo intentado con bastante gente.

Felisa Arza (1915-2001) preparaba el característico pan de tres puntas con un huevo para sus hijos. Era el pan jaiko, propio de las fiestas pascuales

Sabemos por informaciones de otros municipios que se trata de la Pazkopila —’torta pascual’— y que se ha conocido con otras denominaciones populares como ranzopil (San Román de San Millán), arrazobi (Agurain), arraultzopil (Ganboa), mokotza (Gorozika, Zornotza, Arratia), mokorrotea, paskopille (Bermeo y Busturia), Cornite (Santurtzi), besotakoi (Zerain), kaapaxue (Elosua-Bergara), karapaixo (Arrasate, Eskoriatza), garapaio, karrapio, Samarko opila (Oiartzun, en referencia a San Marcos, 25 de abril, día en que se repartía), morrokua (Dohozti), adar-opil (Bera)… según recoge el Atlas Etnográfico de Vasconia en todos los territorios de Euskal Herria, a través de infinidad de encuestas sistemáticamente realizadas hace varias décadas.

PADRINOS Y MADRINAS. Nombres como el de besotakoi de más arriba — de besoetako ‘padrino’ o ‘madrina’— nos advierten de otra característica, olvidada ya en Laudio, y que consiste en la costumbre de que ese pan lo regalen padrinos y madrinas — en especial las madrinas— a sus ahijados. Simboliza probablemente el hecho de que, suceda lo que suceda en la vida, se garantiza la continuidad familiar porque, como sabemos, los padrinos son los sustitutos legítimos en caso de fallecimiento de los padres.

Esta costumbre no es en absoluto exclusiva de Euskal Herria sino que es de carácter general: «pola Pascua os padriños regálanlles ós afillados ovos, roscas ou bolos de pan» (Carlos Sixirei, 1982)

Pan jaiko elaborado para la ocasión por la panadera artesanal Aida Fuentres Iza, a semejanza de las mokotza de Arratia. El de Laudio era —según los escasos testimonios disponibles— más plano y con un solo huevo central o ninguno y sin chorizo. Aunque con seguridad no existían cánones rígidos y la variedad sería amplia

TRES PUNTAS. No descartaría en absoluto que esas tres puntas que caracterizan a la mayoría de los panes pascuales citados representen la Trinidad, el sanctasanctórum irresoluble de la multiplicidad de la divinidad cristiana. Tampoco que nuestro pan esté directamente ligado a la liturgia cristiana: no olvidemos las oblatas u obladas, ofrenda que se lleva a la iglesia y se da por los difuntos, que regularmente es un pan o rosca.

Tres es asimismo el número mágico en la cultura vasca, la cantidad concreta de vueltas que no se pueden dar a una iglesia, cementerio o casa si no queremos caer en una maldición eterna. Como tres eran las vueltas que debían dar a un árbol aquellas personas que deseaban convertirse en brujas.

De todas formas, también existen estos panes con forma alargada, redonda, de rosco, etc: se trata de lo mismo.

SÍMBOLO EQUINOCCIAL. El pan es el alimento con más variedad de carga simbólica y ritual entre todos los que existen. Pero, además, en esta ocasión incluimos el huevo, famoso «huevo de Pascua» en infinidad de culturas, y que representa el nacimiento o, mejor dicho, el renacimiento, la inmortalidad o la eternidad.

Todo ello se corresponde con las primigenias fiestas de culto al equinocio que acabamos de superar, cuando la luz, una vez más, ha triunfado sobre la oscuridad y nos promete prosperidad y abundancia, bien simbolizado por el huevo.

Aquellas fiestas paganas son adoptadas para sí por la Iglesia, difuminando el sentido original, y adaptándolo a sus necesidades. Pero están íntimamente ligadas. De ahí que nuestro Domingo de Resurrección —hoy— sea el primer domingo posterior a la primera luna llena de la primavera, es decir, tras el equinoccio que da paso a la primavera.

ABERRI EGUNA. La Pascua en sí es una fiesta de origen judío y rememora en su origen el rescate y liberación que Yahveh hizo del pueblo judío que estaba en manos de los egipcios. Idea que, dicho sea de paso, sirvió como modelo a Sabino Arana para declarar este domingo como fecha del renacimiento de la patria vasca o Aberri Eguna.

Tanto el huevo como el pan jaiko simbolizan el renacer de la luz y la vida. Es ese el sentido que Sabino Arana, basado en los textos bíblicos, quiso dar (aunque nunca lo confesase expresamente) en su ideario al Aberri Eguna, día de la patria vasca, celebrado en el Domingo de Resurrección .

También aquella Pascua judía rememoraba el cuarto día de la creación del mundo y que según el Génesis, separó luces y tinieblas y organizó día y noche, luna y sol o, entre otras, las estaciones del año, dando prioridad a la luz que había de gobernar el universo.

Imagen de la celebración de la pascua judía que, además del cordero sacrificado (ritual de fertilidad), incluyen el huevo y un pan fino. Imagen: Shutterstock (tomado de la red).

Con el mismo sentido del resurgimiento de la oscuridad y muerte hacia la luz y vida eterna, plantea el cristianismo posteriormente la resurección de Cristo el día de hoy.

JAIKO. El nombre laudioarra de jaiko ‘de fiesta’ hace sin duda referencia a un aspecto olvidado hoy: la salida de un período largo de penitencia —la Cuaresma, al igual que la fiesta de salida del Ramadán musulmán — que se celebraba con el repique de campanas que han permanecido silenciadas durante la Semana Santa y, sobre todo, con el consumo de carne, normalmente cordero —o cabrito—, acompañado del vino y la alegría que se habían prohibido hasta entonces.

Tal era el gozo de este día que, en otros lugares lejanos (Arzúa-Coruña, Lugo…) documentamos cómo las mozas rompían en la calle los cacharros más viejos o deteriorados y hasta lanzaban huchas de barro por encima de la imagen de la Virgen que era sacada en procesión (Cacheda Vigide, 1989). No sería extraño que en Euskal Herria se hubiesen dado muestras de júbilo similares.

Era la liberación de las ataduras, de las penurias y renacía la vida. Sin duda, en el ámbito popular vivida como una fiesta de los placeres humanos, mucho más allá de la idealización de la resurrección de Cristo.

También somos conscientes de que, con estas líneas, rescatamos de las tinieblas del olvido el testimonio y la denominación jaiko, resucitándolos para darle una nueva vida, otra oportunidad, también ahora pensando en la prosperidad primaveral y en la eternidad de nuestra cultura tradicional.

Enterrar la placenta

Yo fui de los que nacieron en casa, en uno de aquellos partos en los que todo empezaba por salir corriendo a buscar una comadrona que auxiliase en el parto. Y así me dieron a la luz: con nocturnidad y muchos nervios por localizar a aquella mujer experta en esas lides.

Fue ella quien, tras un alumbramiento sin problemas, indicó que se trocease la placenta —junto a su cordón umbilical— y que echase al fuego para eliminarla, porque la percibía como un órgano funesto, desagradable.

Bebé con cordón umbilical y placenta (foto: Internet)

Así fue como llegó la modernidad a nuestra estirpe y se rompió con una interesante costumbre anterior. Digo esto porque, un año antes, había venido al mundo mi hermana y, entonces sí, como impulsado por un instinto ancestral, no dudó mi joven padre en coger una azada y dirigirse al jaro de Kukullu, al otro lado del pintoresco regato que vemos desde casa. Cavó un hoyo lo suficientemente profundo y enterró allí la placenta, bien protegida para que no la comiese algún animal. Repetía lo que siempre se había hecho, sin dar excesiva importancia a lo que ese acto suponía como código cultural, como norma social implícita mantenida a través de los tiempos. Y es que, a pesar de lo que puede parecer a simple vista, se trata de un antiquísimo ritual extendido por todo el mundo.

En algunas culturas, las madres ingieren la placenta. Al hilo de esa idea, se comercializan pastillas con extractos, al margen de la comunidad científica.

En euskara denominamos selaun a la placenta, con un origen en seni + lagun ‘amigo del niño’ que ya nos da algunas pistas de que aquella concepción que tenían nuestros antepasados no era la de un despojo, como lo interpretó la comadrona de mi llegada al mundo, sino como algo casi sagrado, íntimo e inexorablemente unido de por vida al destino del ser que había cobijado en el útero.

En efecto, desde tiempos remotos la placenta ha sido considerada para numerosas sociedades como una prolongación y continuidad de la vida del recién nacido. Por ello había que cuidarla, generalmente «enterrándola y protegiéndola de seres adversos como eran los animales que podían comérsela y ello iría en detrimento de la madre y especialmente de la criatura recién nacida» (Consolación González y Pía Timón, 2018).

Esa misma idea recogió el sacerdote etnógrafo y euskaltzain José Mª Satrustegi quien aseguraba que, en la cultura vasca, «la placenta y demás restos del parto se tenían que ocultar cuidadosamente al darles tierra, ya que existía la creencia de que si afloraban a la superficie acarreaban maleficios a la interesada y se ponía rabioso el perro que los comiera».

Otros autores como Gutierre Tibón que estudiaron profundamente este mismo rito a escala mundial pero con especial hincapié en las culturas indígenas mejicanas no dudaba en afirmar que «establecer una hermandad con las energías vitales del reino vegetal a través de la placenta u ombligo, parece haber sido un concepto mágico común a toda la humanidad primitiva» (1986).

Partiendo de aquel concepto primigenio, aquel ritual ha llegado hasta nosotros expresado en diversas manifestaciones, más o menos locales, consecuencia sin duda del paso de los siglos. Así, por ejemplo, en Artziniega (Álava) se envolvía previamente con una tela blanca, dándole a la placenta el mismo trato que si fuese un bebé. Luego se enterraba, dependiendo de las costumbres locales o incluso familiares, en algún huerto algo alejado de la población (Berantevilla), en alguno cercano a la casa, al pie de un roble (Argentona, Barcelona) o hasta en la playa (Cabo de Gata, Almería).

En otros pueblos alaveses como Pipaón o Ribera Alta, era sepultada dentro del montón de basura para que allí, además de estar protegida de los animales, se descompusiese y se usase luego como abono, es decir, para aportar al campo esa vitalidad que le era inherente. Ya fuera del ámbito vasco, se documenta asimismo una variante de dicha costumbre, según la cual, la cuna con el bebé debía estar exactamente en la vertical sobre el montón de estiércol de la cuadra, porque si no la desgracia para la criatura estaba asegurada.

Pero, entre tantas y tantas formas del ritual, quizá sea especialmente curiosa la recogida en Elgoibar (Gipuzkoa) y que, sospecho, antiguamente estaría mucho más extendida en lo geográfico. Consistía en enterrar la placenta en la línea de los goterales del alero. Ello nos transporta a la antiquísima costumbre vasca de sepultar ahí los bebes fallecidos, bajo el auspicio y protección de la teja que definía el hogar, el templo doméstico de las generaciones pasadas y futuras que conformaban la etxea vasca, en una concepción simbólica mucho más amplia que la de un simple edificio.

Se inhumaba en ese mágico espacio, para cubrir a continuación el hoyo con una losa primero y una cruz de madera encima después, recibiendo así la placenta similares honores a los que corresponderían al entierro de un ser querido. Y sobre ella caían las gotas en los días de lluvia, lluvia que se consideraba bendita, pues procedía «del mismo Cielo«.

Todo parece indicar que este aspecto del agua es relevante, pues se cuidaba en toda la geografía peninsular y grandes extensiones de América que la placenta se enterrase en un lugar húmedo, no seco, porque si no tanto la madre como el bebé sufrirían de sed de por vida y su salud se vería resentida.

Mira tú por dónde que ahora quizá entiendo por qué me gusta beber vino de la bota, sin miramiento ni pudor. Probablemente se lo pueda achacar a aquella comadrona que mandó quemar mi placenta en lugar de enterrarla, como Dios manda, en un lugar húmedo. Como se hizo con la de mi hermana, junto a la curva del riachuelo que delimita el bello jaro de Kukullu, ese delicioso rincón que tanta felicidad me insufló en la candidez de la infancia.

Olentzero es un madero

El personaje de Olentzero que tan incuestionable nos parece hoy, poco o nada tiene de tradicional entre nosotros y sí mucho de una necesidad ideológica de un momento concreto, siendo luego bien espoleado por el comercio, siempre ansioso de mover las cajas registradoras. Y no está mal del todo y de hecho me encanta para celebrarlo. Pero no soporto que ello conlleve una matarrasa de todo lo anterior, de lo propio y genuino. Tanto que lleguemos a olvidar quiénes somos y de dónde venimos. Así es que vamos a revolver un poco, como un modo de lucha revolucionaria y antisistema contra el olvido generalizado.

Olentzero en Bilbo, todo un espectáculo. Pero espectáculo dicho en todos los sentidos: pobres criaturas, pobre país…

EL SOL Y EL FUEGO. Nuestra celebración navideña se debe —como a estas alturas todos sabemos— no a la rememoración del nacimiento de Jesucristo sino a unos antiquísimos ritos paganos previos consistentes en la adoración al sol, costumbres que el cristianismo enmascarará posteriormente con esa efeméride natalicia inventada ad hoc para adueñarse de ellos.

En estas fechas tan entrañables celebramos el inicio del invierno en nuestros calendarios actuales o, quizá mejor, tal como se percibe en los países del norte de Europa, el día central del invierno, ya que es ahora cuando menos fuerza tiene el sol.

También sabemos que aquellos ancestrales ritos de adoración al sol se materializan entre nosotros por medio del fuego, una especie de delegación simbólica de aquel astro en la Tierra. Un fuego que en las fechas señaladas del ciclo solar adquiere siempre un carácter mágico, purificador, benefactor y protector para sus súbditos los humanos. Es el sol el que da y quita la vida a esa naturaleza de la que nos sustentamos.

La especulación sobre la posible antigüedad de esos ritos del fuego solar es algo que estremece. Pero prueba de ello es que, de un modo u otro, se llevan a cabo en prácticamente todas las culturas del mundo. Es decir, es algo en apariencia inherente a nuestra existencia como seres humanos.

EL TRONCO PRODIGIOSO. Con los nombres de eguberri, gabon, gabonzuzi, gabon-subil, gabon-mukur, olentzero-enbor, onontzoro-mokor, subilaro-egur, suklaro-egur, sukubela, porrondoko... recogió Barandiaran en toda la geografía vasca la costumbre de traer desde el bosque hasta el hogar un gran tronco cuyo destino era el ser «sacrificado» en el fuego, quizá ofrendado al sol para así atraer su protección y prosperidad en el futuro más cercano. Debía de arder durante esa noche solsticial —Nochebuena— y así poder convertirse en algo mágico, dotado de poderes sobrenaturales.

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año». Imagen de leñadores vascos

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En Larraun, como en la mayoría de los pueblos, ardía en el hogar sólo durante Nochebuena; en Llodio y en Salvatierra hasta la última noche del año...» contaba el sacerdote de Ataun en unas densas notas que, por su interés, reproducimos completas al final de este post.

De la gente entrevistada en Laudio —mi pueblo de nacimiento—, nadie lo recuerda hoy. Aunque sí milagrosamente algunas personas mayores de Luiaondo u Okondo. Su ceniza bendecía los campos  y ayudaba a mantener la buena salud del ganado.

OLENTZERO. Curiosamente ese madero mágico de Nochebuena recibe el nombre de Olentzero en algunos rincones de nuestra geografía, en referencia a la bondad de los augurios de esa noche, al instante estrictamente navideño, nada que ver con el personaje que hoy conocemos. Sí tenemos referencias, claro está, de un complejo personaje mitológico que simboliza estas fechas solsticiales o al menos actualmente comparte su nombre. En cualquier caso, nada tiene que ver con un carbonero, el mito moderno actual. Por no extendernos, dejamos para otra ocasión la profundización en la metamorfosis histórica de ese personaje.

Concuerda con el hecho de que no se hable de ningún carbonero ni personaje ni nada similar en la primera referencia de esa palabra, como es sabido, a manos de Lope Martínez de Isasti (Lezo, 1565-1626). Su explicación no deja lugar a dudas: «A la noche de Navidad [llamamos] onenzaro, ‘la sazón [la época] de los buenos’». Tampoco en las siguientes citas documentadas, limitadas a describir con ese término el período de tiempo de esas fechas mágicas. Lo aclara a las mil maravillas un dicho popular mucho más tardío recogido por R. Mª Azkue (Euskalerriaren Yakintza) de un Almanaque bilbaíno de 1897: «Onezaroz leihoan, Pazkoetan sua» [‘Por Navidades en la ventana, en Pascua junto al fuego’]. Es decir, que ha de hacer invierno cuando toca porque, si se trastoca el orden natural, nos golpeará su crudeza en primavera, cuando más perjudicial es para las cosechas. Algo similar al «Cuando marzo mayea, mayo marcea» con el que mi madre sentencia el firmamento cada vez que mira por la ventana. Una y otra vez. Año tras año. Con la pasión además de quien cree estar desvelando algo hasta entonces desconocido.

Nunca encontramos en los registros mínimamente clásicos de nuestra lengua carbonero alguno bajo en nombre de Olentzero. Sospecho por ello que lo inventaríamos a fines del XIX o, quizá incluso, a principios del XX.

En cualquier caso, no es difícil de hacer una extrapolación para sugerir que podrían identificarse perfectamente la extracción de un llamativo tronco del bosque y la labor de los carboneros en las más apartadas montañas, la idealización moderna del concepto de Olentzero.

Olentzero con Mari Domingi en Mungialde, bien cargados de regalos para los peques

TIÓ DE NADAL, TIZON DE NABIDAT. La misma concepción de ese tronco navideño que conlleva la prosperidad y la bondad lo tenemos en el Tió de Nadal, –también llamado tronc(a), soca, xoca, cachafuòc o soc de Nadal…– de las culturas circumpirenaicas de Cataluña, Andorra, Occitania y Aragón, un tronco al que se cuida y “alimenta” en casa hasta que en Nochebuena se le hace “defecar” todos los alimentos, regalos, etc. poniendo un fin simbólico al hambre y las penurias.

Tió Nadal, el tronco mágico navideño pirenaico, que cuenta con especial relevancia en Cataluña

Una referencia con un mayor valor etnográfico si cabe podemos observarla en una plegaria ritual recogida en Escalona (Huesca) y en donde, en el momento de prenderle fuego, el más viejo o dueño de la casa solicita al madero navideño todo tipo de favores con los que, prácticamente, se hace una definición de lo que se considera felicidad:

«Tizon de Nabidat tu yes o tronco d’a casa por ixo yo bendizco con bin esta troncada en nombre de Dios y o nino que baxa ta la tierra ta que ta ista casa traigas a felizidat más plena. O primer trallo ta tu, porque tu tot lo nabegas. O segundo por nusatros que nos des salut a espuertas. O terzero ta que niebe y se críen as cosechas. O cuarto ta que as arreses no se disgrazien ni mueran. Y o quinto ta que a Paz nos espante toda guerra».

Fiesta rural de los Tonis en Taradell (Barcelona), con un claro carácter de ritual de invierno. Transporte del gran tronco en las tres tombs (paseo compuesto de tres vueltas por el pueblo). Año de 2016.

Felicitación navideña con alegoría al transporte del Yule Log, el tronco de Navidad. 1870 aprox.

YULE LOG EUROPEO. Nuestras ancestrales costumbres han sido compartidas por los países del norte de Europa, con el nombre de Yule log –hoy reducido en muchas ocasiones a una tarta con forma de madero–, el Christklotz… unos grandes troncos, símbolos por excelencia de la Navidad, y que se acarreaban hasta el hogar para que éste quedase bendecido con su simple presencia. Es exactamente lo mismo que tan arraigado aparece en nuestras costumbres locales vascas.

Antiquísima cultura europea común basada en una religión de adoración del bosque… Una vez más, otro camino diferente nos conduce hasta la misma piedra angular.

ÁRBOL DE NAVIDAD. Curiosamente, en estos días que ahora nos toca vivir, muchos de nuestros hogares, calles y plazas se encuentran decoradas con el árbol de Navidad. Es una costumbre moderna entre nosotros pero que a su vez, con su importación, cerramos el círculo del culto al árbol que nuestros antepasados practicaron: recogemos de fuera lo que perdimos aquí.

En efecto, la moda del árbol adornado en nuestros hogares la importamos en su día de Francia y ésta, a su vez, a mediados del XIX, de los países germánicos. En su lugar de origen –Alemania y Escandinavia– con él se adoraba al dios Frey, el responsable del sol, la prosperidad y la lluvia: mitología en su estado más esencial.

De ahí que se adorne con regalos, comida, felicidad… colgando de sus ramas como reclamo y preludio de esa prosperidad que con él auguramos. Hablamos sin duda de lo mismo, de aquel árbol que con gran esfuerzo arrastraban desde el bosque hasta nuestros hogares para que portase la abundancia, fecundidad y felicidad a la comunidad que allí vivía. Idéntico fin y origen que esa expresión de «próspero año nuevo» que una y otra vez repetimos casi sin ser conscientes de ella.

Cortando el árbol de Navidad en el bosque. Franz Krüger. 1857

Estremece asimismo pensar cómo también nuestros antepasados eligieron un solemne árbol en torno al cual hacer las juntas vecinales para determinar los designios del pueblo, el embrión de los actuales ayuntamientos. El árbol, siempre el árbol… el idolatrado bosque, reminiscencias de aquellos pueblos a los que los romanos llamaron bárbaros. 

Ahora hemos de conformarnos con un personaje de diseño idealizado para las fiestas solsticiales y que por su complejidad ya trataremos en otra ocasión. Nada que ver ni siquiera con aquel último gentil, el único que no se inmoló al ver nacer a Jesucristo y que —cuenta la leyenda— descendió al valle a dar la noticia de que empezaba una nueva era.

Un afinado Olentzero el actual, recién casado con esposa impuesta por conveniencia –último grito en modernidad–, que ya no se emborracha ni puede mostrar su pipa porque incitaría a fumar a los más pequeños. Un personaje, para más deshonra y ofensa, hemos añadido un saco repleto de regalos a la espalda que nunca hasta entonces había llevado. Unas dádivas que los niños reciben tras haber escrito una carta con sus infantiles deseos y que puntualmente recoge un emisario de nuestro orondo Olentzero. Y si se le puede poner un zapato para que identifique a cada uno de la familia, perfecto. Eso sí, como es carbonero, entrega carbón a quien se ha portado mal. ¿Nos suena de algún otro lugar, verdad?

En resumen, lo único cierto de esta historia es que hemos creado un San Nicolás o Santa Claus “a la vasca”, diseñado a medida hace unas pocas décadas: ya tenemos el Euskal Papa Noël, el sustituto perfecto para los Reyes Magos. Cuando no lo hacemos posar junto a una mula y un buey…

LOS REGALOS. Por cierto, personaje éste de Santa Claus que comenzó a hacer regalos de juguetes, etc. a los más pequeños en torno a 1820, auspiciado por el comercio. O la réplica comercial de aquél, nuestros Reyes Magos cuyos «regalos de siempre» comenzaron en 1850… Dicho de otro modo: ayer. Y de ahí nuestra también «ancestral tradición» de los regalos de Olentzero que nunca hasta estas últimas décadas lo había hecho.

Imagen de hoy mismo, con el fuego que convierte en hogar la casa que me vio nacer

LA INFELICIDAD DEL OLVIDO. Y no es que esté en contra de la actualización, readecuación de nuestras costumbres, porque en el fondo siempre han sido cambiantes en el tiempo y porque, bienvenidos sean los cambios si ellos ayudan a su perduración. Pero a su vez, mientras alentamos esos nuevos mitos y leyendas, dejamos escapar sin ningún guiño de añoranza aquello que durante siglos o milenios fue nuestra esencia, el alma de nuestra cultura. Ni una sola referencia en ninguna publicación ni una breve explicación sobre nuestro tronco navideño en la más remota escuela infantil. Nada de nada.

No parece posible que sea cierto lo que estoy contando ¿verdad? Con lo celosos que somos los vascos para nuestras tradiciones…

Así es que os deseo mucha felicidad a todos/as y un “próspero” año nuevo. Comprad lotería para ver si os toca, que yo me quedo conforme pegado al tronco de árbol que arderá, más mágico y atávico que nunca, en el fuego de Nochebuena. Porque bien es sabido que es el fuego el que da nombre al hogar. Eso ya es suerte de por sí. Eguberri on.

CONTINUACIÓN (2ª parte): Olentzero: de madero a carbonero

Viejo tronco junto a la Ventilla de Okondogoiena (Okondo) paulatinamente fundiéndose con la tierra de la que surgió

ANEXO: TEXTO DE J. M. BARANDIARAN SOBRE EL TRONCO DE NAVIDAD (1956)

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En Larraun, como en la mayoría de los pueblos, ardía en el hogar sólo durante Nochebuena; en Llodio y en Salvatierra hasta la última noche del año. En Esquiroz y en Elcano ponen al fuego tres troncos: el primero para Dios, el segundo para Nuestra Señora, el tercero para la familia. En Eraso y en Araquil ponen, además, un madero para cada uno de los miembros de la familia y otro para el pordiosero. En Olaeta encienden en el hogar un tronco de haya durante la última noche del año y queman a su lado todo lo que queda del tronco del año anterior. Por haber estado al fuego durante la Nochebuena o en el último día del año, Gabonzuzi tiene virtud especial. Con su fuego preparan la cena de Nochebuena en Oyarzun.

En Abadiano y en Anzuola hacen lo mismo; además, después de la cena, la familia se agrupa en su derredor para calentarse. En Elduayen procuran hacerle arder a gran fuego, a fin de evitar, según se lo dicen a los niños, que descienda de la chimenea el personaje Olentzaro, armado con una hoz, a quitar la vida a cuantos viven en la casa.

En Esquiroz colocan el tronco o Gabonzuzi consagrado a Dios en el umbral de la puerta principal de la casa el primer día del año, o el día de San Antón, y hacen pasar por encima a todos los animales domésticos. Creen que así los animales no morirán por accidente durante el año. La misma costumbre existía también en Oyarzun y en Araquil. En Salvatierra creen que Gabonzuzi tiene la virtud de alejar las tempestades y lo ponen al fuego cada vez que se acerca una tormenta.

En las casas donde hay toro semental practican lo siguiente: colocan al fuego en el hogar dos palos durante la cena de Nochebuena; ambos se queman algo por un extremo; hienden luego el más largo de los dos por el extremo quemado y colocan el segundo atravesado en la hendedura del primero de modo que ambos formen una cruz; ésta es llevada al establo donde se halla el toro y clavada o colgada de un muro o poste. Con esto creen que el toro no tendrá durante el año el mal conocido con el nombre maminpartidu.

En Aezcoa recogen el carbón y la ceniza producidos por la combustión de Gabonzuzi. Cuando una vaca tiene endurecida la ubre, ponen al fuego tales residuos y aplican su sahumerio a la ubre enferma. En Amorebieta dicen que el nochebueno o Gabonzuzi evita que la comadreja perjudique a quienes viven en la casa o a sus animales. No dejan que se apague el fuego del hogar durante la Nochebuena para evitar que alguno de la familia muera durante el año.

En Bedia conservan el tronco o sus carbones, pues piensan que asi continúa bendecida la casa. La ceniza producida al quemarse ese tronco en el hogar es conservada hasta el día de San Esteban en Ibárruri. Ese día la llevan a las piezas de cultivo y es esparcida en forma de cruz en la tierra. Así piensan que los animales dañinos morirán.

Según creencia de Liguinaga el nochebueno influye en que sean hembras los corderos que nazcan en el rebaño. Cuando muere una persona le ponen al lado Gabonzuzi en Eraso. En Olaeta ese tronco, que allí arde en la última noche del año, es retirado después de la cena y colocado en el establo a fin de preservar de enfermedades a los animales allí recogidos».

El fresno mágico de San Juan

Ayer llegué tarde a casa, imbuido por el ambiente mágico de la gran hoguera de San Juan, siempre propicio para compartir unas cervezas con los amigos. Alguna más de las deseadas…

Sin embargo he querido madrugar para escribir estas líneas y así empatizar con mi padre, aunque sea a distancia.

Sé que para estas horas ya habrá cortado a golpe de hacha unas hermosas ramas de fresno. Estará ahora montando con ellas un arco sobre la entrada a casa. Forma parte de un curioso ritual que ha visto hacer desde que nació (1934) y que se niega a olvidarlo.

Llevará muchos días en silencio, pensando en cuál es la rama más apropiada para su fin, preocupado, cavilando cómo llegará hasta allí arriba sin hacerse daño. Y mi madre lo habrá mirado con cariño infantil, dejándole marchar, hacer, sin interferir en sus pensamientos… Sentada junto al hogar en esa silla de culo de cuerda que tan bonitos otoños nos ha regalado.

Su maternal aportación consistirá, con suerte, en localizar algunas flores para dar más realce si cabe al arco de fresno. Y es que, como nuestra casa está camino a la ermita de San Juan, se ven obligados a dejarlo bonito, para que lo goce y admire quien por ahí pase.

De nuestra casa hacia arriba, todos los caseríos y el humilde templete amanecerán hoy tocados con sus ramas, el sublime engalanamiento para el que se presupone el día más largo del año. Sin embargo, curiosamente, en el resto del pueblo es prácticamente desconocida esta costumbre.

Esas ramas ahí colocadas tienen un valor protector para la casa y para los que en ella viven, un valor que difusamente recuerdan hoy, especialmente reducido a la protección contra los rayos. Es nada menos que el fresno, el árbol sagrado de las antiguas culturas celtas, un árbol del que en la cultura popular vasca se asegura que, a diferencia de otras plantas protectoras, no es necesario bendecirlo porque desde su mismo nacimiento son benditos.

La clave para que se active todo su potencial mágico es que se corte hoy, en el día de San Juan, con la primera claridad del amanecer, antes de que ningún rayo de sol toque parte alguna del lugar porque entonces se desvanecería su prodigioso poder. Por eso sé que mi padre estará ahora por ahí.

Permanecerá así colocado hasta el día 29, San Pedro. Y habrá que quitarlo porque a partir de entonces ya no protegerá de nada: será inútil, un funesto despojo. Es ésta asimismo la fecha en que, dicen, se despide de nosotros el cantarín kuku. Dicho de otro modo, es el arranque de otra época y ciclos anuales.

No sé cuantos años más podrá mi padre poner esas ramas de fresno al amanecer. Pocos… Por eso lo gozo y admiro cada año más. Tomándolo como un gran regalo, orgulloso de ser el beneficiario de esa gran herencia.

No lo contemplo entusiasmado por el hecho folklórico en sí, sino fascinado por el modo instintivo, incuestionable y atávico con que año tras año lo repite, haciendo que pervivan un poco más aquellas ideas o formas de vida propias de sus antepasados y que da vértigo pensar desde dónde vienen. Sin planteárselo y sin saber exactamente por qué lo hace. Pero lo hace. Inexorablemente…

Una fuerte llamada de su interior provoca que ese ritual sea algo irremediable en su vida y que se vea forzado a repetirlo cíclicamente. Como cuando las golondrinas en un preciso instante y obedeciendo una orden que nadie —ni ellas— sabe de dónde procede, dejan de revolotear por nuestros aleros para dirigirse decididas a surcar los cielos hacia tierras africanas.

Cuando falte, intentaré continuar con el rito del fresno. Pero ni de lejos va a ser lo mismo. Porque ellos son los últimos que saben hablar y escuchar las llamadas de la tierra. Porque son sus hijos. Por eso no es necesario bendecirlos… porque ya nacieron benditos. Como ese fresno que durante décadas y también hoy ha colocado al amanecer del día de San Juan.

 

Ritos de fertilidad en el roble de Atxondo

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Acabo de escuchar en la radio que hoy, desde hace unas horas, estamos en primavera. Vaya… A mí me ha hecho bastante gracia porque, sin quitar ningún mérito a astrónomos y wikipedistas, la primavera ya había llegado a Okondo (Araba) hace una docena de días.

Y es que allí marca esos acontecimientos, desde siglos atrás, el roble de Atxondo, un personaje popular del valle al que todo el mundo allí observa para ver qué cuenta sobre el cambio de estación: nada de aburridas fechas fijas, previsibles e invariables. Porque en Okondo la entrada de la primavera es algo en movimiento, rebosante de vida, una jerarquía de verdor con la que el roble de Atxondo hechiza al resto al bosque.

Casualmente esta semana pasada he estado dos días por allí. Pregunté como siempre a algún que otro lugareño mayor. A cualquiera, porque allí todo el mundo lo tiene interiorizado y es dogma de pueblo: en todo el monte, en todo el municipio, el viejo árbol de Atxondo es el que primero despierta. Y su verdor destaca a kilómetros de distancia sobre el resto de la naturaleza.

Hasta ahí, todo muy curioso. Pero lo llamativo es que antiguamente se debieron relacionar esas peculiaridades que lo hacían diferente a la hora de desperezarse del invierno con el despertar y la prosperidad de los humanos. Y así, se le atribuyeron dones especiales en lo referente a la fertilidad y robustez que pronto aprendieron a gozar los locales.

Publicaba Antón Erkoreka hace ya 25 años (Kobie) que “Muchas culturas atribuyen a los árboles una cualidad fertilizante (Frazer 1981, 153-154). En Euskal Herria sólo conozco un ejemplar de «arbol de la fertilidad» que es el llamado «árbol de Atxondo». Este espléndido ejemplar de roble se encuentra a la vera del antiguo camino entre Okendo [sic] y Llodio (Álava) y era el lugar donde acudían las mujeres de los contornos a dar a luz con el fin de que sus hijos nacieran sanos y robustos”.

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Si ya es intrigante la exposición del investigador bermeotarra, mi amigo y compañero Juanjo Hidalgo amplió un poco más la información y la divulgó a través de la añorada revista AUNIA.

Contaba recogiendo las palabras de un vecino ya desaparecido, Manu Ulibarri, que las mujeres de Okondo y de los barrios más cercanos de Laudio peregrinaban hasta Atxondo para pedir al roble salud y vigor para sus hijos. También jóvenes embarazadas a punto de parir, que acudían a rozarse con el gigante, en especial en esos días que, como ahora, estrena ropaje verde el venerado roble.

Y hay hasta quien, por el enorme impacto que le produjo la visión del tan renombrado árbol, se puso allí mismo de parto. Nos recuerda J. L. Urruela (Okondo) que «Meltxora Linaza Isusi, si mal no recuerdo, fue la única persona de la cual se tiene constancia fehaciente de que naciese bajo el roble. Era tía de mi aita, Juan Urruela y nació el 24 de febrero de 1886«.

Son historias que nos repetirán sin titubear los ancianos del lugar, rituales que por razones cronológicas, ninguno ha presenciado pero todos han heredado. Es tan conocido en el valle que durante algunos años incluso se llegó a hacer en torno al árbol una pequeña fiesta, una especie de basaratuste o kanporamartxo en la que se comía tocino asado, regado con buen vino y mejor txakolin. Con txistu y aurresku bailado al árbol. Algo, dicen, memorable.

Cosas de la vida, aquel terreno pasó de ser público a privado. Y, viendo que poco importaban ya aquellas patrañas de viejos, hace quince años cortaron a motosierra los robustos brazos del mítico roble, para que agonizase hasta su indefectible muerte. Y dicen que allí quedó llorando, inválido, humillado, amargada la savia que fluía por su alma

Pero no contaban aquellos insensatos con que el roble de Atxondo era la fertilidad en estado puro. Y, cual ave fénix, se obró el milagro e hizo rebrotar nuevos vástagos que hoy señalan su verde presencia dos semanas antes que cualquier otro roble del bosque. Igual que en los últimos siglos.

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Como cada año, hace un par de semanas que entre los okondoarras ya se cruzaron el consabido aviso: “Ya se ha jodido el invierno: ya es primavera. Ya está verde el árbol de Atxondo”.

A mí también me lo dijo el otro día un conocido lugareño, exultante con la buena nueva, reubicando su txapela, frotándosela en un movimiento circular. Se le notaba dichoso, afortunado por ser testigo de todo ello un año más.

Mi visita acabó además del mejor modo posible: al lado de un fuego bajo, con unas alubias y unas patas de cerdo en “el mesón” del lugar. Únicas también en toda Euskal Herria, como su roble.

Así es que, sin que nadie se ofenda, no me vengáis con celebraciones ni cuentos de que hoy ha empezado la primavera. Y encima un lunes… ¡Anda ya!