Santa Cruz de Gardea

Hoy, 3 de mayo, se celebra la Santa Cruz. Se trata en realidad del supuesto descubrimiento de los restos de la cruz en la que se ejecutó a Jesús, en la primera intervención arqueológica de la historia. Puedes leer la historia, con cierto tono de humor y sorna pinchando aquí: Santa Helena, cada día más buena.

Y es que Santa Elena (o Helena) tendrá que ver mucho en la historia de la ermita, advocada a Santa Cruz o a Santa Elena, que a continuación vamos a desgranar. Son notas rápidas y sueltas sobre la historia de una humilde ermita, desde hace más de medio siglo desacralizada, pero que sigue siendo un símbolo de identidad para todo el pueblo de Laudio y más si cabe para su pintoresco barrio de Gardea. Así es que vamos a por ello, que la fecha lo merece.

Se cree que es en el entorno de la actual ermita de Santa Cruz en donde se articuló la primera comunidad aldeana que dio origen a Gardea en la Edad Media. Lo sabemos gracias a un documento testamentario fechado en el año 964 por el que los hermanos Jimeno y Marina donaron al monasterio de San Esteban de Salcedo la propiedad y derechos de su monasterio “San Víctor y Santiago, con sus tierras, viñas, molinos, manzanales y pertenencias» [el original en latín] en el lugar llamado Gardea.

Es la primera cita histórica conocida del barrio y del municipio de Llodio y, por su antigüedad, podemos suponer que es en torno al pequeño templo en donde se gestó aquella pequeña población altomedieval.

Aspecto que muestra hoy mismo el edificio de la antigua ermita, rehabilitado hace unos años.

Podríamos suponer asimismo que, como suele ser habitual, las diferentes edificaciones religiosas que han existido a través del tiempo, con sus diversas advocaciones, ocuparon el mismo lugar, superponiéndose una sobre otra. Así es que solo una intervención arqueológica podría arrojar más luz sobre el origen incierto del lugar y sobre la potencialidad para la historia de ese enclave, sin duda una operación de gran interés estratégico para el municipio.

Fuera de esas especulaciones y retornando al edificio que nos ocupa, queremos de nuevo suponer que en 1564 ya existía, pues se cita como testigo de un bautizo a «Urtuño, fraile de Santa Cruz«. Y decimos que suponemos pues con esa advocación no la documentaremos hasta mucho más tarde: en el año 1818, según el Catálogo Monumental. Diócesis de Vitoria (Tomo VI. Micaela Portilla, 1988). Por la información que citamos a continuación, bien pudiera ser que la advocación de la Santa Cruz fuese secundaria o, probablemente, compartida.

Efectivamente, con anterioridad a esa fecha de 1818, se cita siempre en la documentación como «la ermita de Santa Elena» por la figura que presidía el retablo. Pero de una estética tan medieval y arcaizante que, en una visita, el obispo ordenó que se retirase, destruyese y enterrase la «efigie de Santa Elena colocada en el altar mayor de la ermita de su título, por la ridiculez en la que se halla» (1791).

Se trataría una imagen gótica o, más probablemente, románica, una estética que detestaban las autoridades eclesiásticas del XVIII: es muy corriente que las manden destruir por resultarles irreverentes y ridículas. Pero ello a su vez nos habla de la antigüedad del templo originario, medieval. En 1792 ya constatamos el pago al escultor Manuel de Acebedo por una nueva imagen de Santa Elena, más acorde con los gustos estéticos del barroco. Como veremos más abajo, cuatro décadas atrás se había remozado todo el templo y quizá no se consideraría digna de él la imagen antigua, de aspecto arcaizante: todo debía ser modernidad en aquel Siglo de las Luces.

Antigua imagen de la ermita publicada por Mª Josefa Ochoa en su obra Estudio geográfico del Valle de Llodio (1965)

Respecto a la doble advocación, cabe recordar que según la hagiografía cristiana y como hemos citado al inicio de este post, se le atribuye a Santa Elena la “invención” de la Santa Cruz, es decir, su hallazgo, en la primera cita histórica de una excavación arqueológica, por lo que podríamos estar hablando de lo mismo y hacer compatibles y coetáneos los cultos a Santa Elena y a la Santa Cruz en dicha ermita, quizá representando en la talla que presidía el altar a la santa portando una cruz.

El emplazamiento de la ermita, aprovechando un rellano a media ladera, también nos apunta a una génesis en el Medioevo. Cuesta rememorar aquel paisaje que nos llegó casi intacto hasta no hace tanto, ya que, según contaban los mayores que colaboraron en el proyecto Recuperación de la Memoria Colectiva de Laudio / Llodio (Fundación Amalur, 2007), la ermita se encontraba junto a una estrada que partía desde la torre y ferrería de Katuxa y que en la ermita se dividía en dos opciones para avanzar hacia Santa Marina o hacia Kukutza (Elorritxugana). Hoy, pegante a un polígono industrial, tiene ya imperceptibles aquellos encantos y caminos que la engalanaban en otros tiempos.

También sabemos gracias a la documentación (aportada principalmente por Micaela Portilla en el Catálogo de la Diócesis de Vitoria, 1988) que la ermita contaba con diversas propiedades como era habitual, para ayudar a su mantenimiento. Constaba de una casa para la fraila o serora, unas heredades para sembrar trigo, nogales, castañares y otros diversos árboles (1705).

Aquel bucólico entorno se complementaba con una fuente ferruginosa de gran aprecio por parte de los lugareños —hoy desaparecida tras las obras de circunvalación— y allí se llevaba a cabo una afamada romería, fiesta de la que tenemos constancia documental desde 1748 pues se contrata “un músico tamborilero” —txistulari— para la ocasión. Mi madre (n. 1941) recuerda desde la lejanía de su infancia cómo aquella fiesta a la que la llevaba de la mano su abuela Bernaba (n. 1878) era muy llamativa por la misa que se hacía, grandilocuente, cantada a muchas voces perfectamente armonizadas así como por la romería posterior.

Ermita en 2006, en plena decadencia y deterioro.

INTERVENCIONES EN EL EDIFICIO. La primera referencia a unas obras la encontramos en 1716, con el edificio en estado de gran deterioro, y que obliga a una reparación de cantería en la “portalada della parte de la calzada”.

Unas décadas después, en 1752, se daba cuenta del estado ruinoso del tejado en la parte del coro, con gran peligro de derrumbe. Achacaban los problemas a una torre del templo situada en el oeste del edificio y que, sin ser necesaria, era la causa de la ruina del conjunto.

Así, se acometió la restauración y remodelación íntegra del edificio, con el derribo de la torre campanario y la construcción de la espadaña que todos conocemos, tan característica de esta ermita.

EL ABANDONO. Pero llegaron los tiempos modernos y la ermita se abandonó y comenzó su degradación tras construirse una iglesia de nueva planta en la carretera principal (1957), esta vez con rango de parroquia para poder adecuarse a las nuevas necesidades demográficas provocadas por la industrialización del Valle. Fue en el año 1957 y el trasvase se simbolizó con el traslado de las dos campanas de la vieja ermita —que a su vez procedía(n) de la antigua ermita de San Roque— a la nueva parroquia, así como las reliquias encastradas en un óculo del altar, un lignum crucis, es decir, un fragmento de madera de la supuesta cruz en la que falleció martirizado Jesús.

El traslado se hizo con todo el boato que la ocasión merecía. Cuenta el lugareño Manolo Luja, que lo presenció con sus mismos ojos, que las campanas iban sobre un carro tirado por una yunta de bueyes. Las acompañaban otros enseres y las tallas de los santos, embutidos en unos sacos y sujetos dentro de un cesto grande, para que no sufriesen mucho con aquel cansino traqueteo que los mudaba para siempre hacia aquella nueva casa de Dios.

Desde aquel día, nuestra ermita permanece desacralizada. Pero nadie pareció añorar el pasado perdido, especialmente los vecinos de los barrios alejados como Olarte o Izardui, que sufrían bajando cada domingo y festividad desde aquellas montañas para recibir el servicio espiritual o para trasladar sobre sus hombros los cadáveres hasta la parroquia central de Lamuza. «Los anderos, los pobres, llegaban reventados» recuerda mi madre. Con esta nueva parroquia a mitad de camino respiraron aliviados por la comodidad que les aportaba.

Imagen de la nueva parroquia en el fondo del valle, que supuso el abandono de la ermita tradicional. Foto de Luis Dabouza para la obra, antes citada, Estudio geográfico del Valle de Llodio (1965)

Así, en aquel ambiente de olvido que parecía convenir a todas las partes, aquella edificación fue paulatinamente degradándose, acabando con un uso como almacén de paja y otros enseres. Hasta que, gracias a la iniciativa vecinal de algunos entusiastas del barrio, se actuó para recuperar el edificio. También la romería se reactivó en 2011 y el antiguo templo se sometió a una rehabilitación en 2018 para evitar su ruina definitiva.

Hasta que llego la Covid y, por segundo año consecutivo, nos ha dejado sin romería en el día de hoy. Pero, a mí al menos, poco me importa el presente del lugar y mucho su futuro. Esperemos que le persiga una próspera popularidad entre las generaciones venideras y que la arqueología, en honor a Santa Elena, nos permita desvelar cuanto antes sus secretos más íntimos y ocultos.

Zapatos contra tormentas

El 3 de mayo y el 14 de septiembre son las dos fiestas que el cristianismo dedica al culto de la cruz como símbolo de fe. Pero en las creencias populares son asimismo las fechas que acotan el período de tormentas, es decir, la mayor amenaza para las cosechas y, en consecuencia, el peligro de la aparición de hambrunas.

Estando a su merced la mismísima supervivencia de las comunidades humanas en las que convivieron nuestros antepasados, no es extrañar que entre esas dos fechas se repitiesen en el mundo rural multitud de rituales populares dedicados a ahuyentar las tormentas, a desviar su capacidad de destrucción hacia otros lugares ignotos.

TRES DE MAYO. Todo empezaba el 3 de mayo, día del supuesto descubrimiento de la cruz en la que ejecutaron a Jesucristo (podéis leer el relato de los hechos en tono de humor e informal en Helena, cada día más buena). Y aquellos trozos de árbol, de madera, se convierten a partir de entonces en un símbolo de adoración, atribuyéndoseles virtudes mágicas, sobrenaturales.

En realidad, no dista nada del ritual pagano previo de los mayos, árboles totémicos que en esta misma fecha se hincaban —e hincan— en las plazas de los pueblos u otros lugares específicos, costumbre precristiana extendida por toda Europa y bien estudiada.

BENDICIONES DEL CAMPO. Marca esta fecha además el arranque del período de máxima producción de la naturaleza y, en su versión doméstica, de la agricultura. Es por ello por lo que este 3 de mayo se multiplican los rituales protectores de los campos, con bendiciones, exhibiciones de imágenes santos, colocación de cruces o cera bendecida en fincas, colocación de mayos, etc. en una serie de costumbres en las que es muchas veces difícil discernir entre lo que es de origen cristiano y lo pagano.

RITOS CONTRA LAS TORMENTAS. Salvo alguna muy ocasional plaga, la gran amenaza de pérdida de las cosechas eran las tormentas de pedrisco, algo que en un instante podía arruinar el trabajo de todo un año. De ahí que abundasen los rituales para protegerse frente a ellas: tañido de campanas en ermitas, conjuros, ramos o velas bendecidas, colocación de hachas con el filo hacia arriba, toques campaniles de tentenublo —»¡detente, nublo!»— rogativas a Santa Bárbara, uso de puntas de flecha prehistóricas o piedrecillas como amuleto protector, etc.

Era asimismo una temporada de gran agitación para sacerdotes y sacristanes ya que, a diario, tras la misa, solían salir al pórtico para bendecir los cielos contra la amenaza de las tormentas. Debían acudir raudos también a tocar las campanas si se intuía la tempestad, fuese la hora que fuese. Era tal el esfuerzo que los feligreses solían hacer un pago extraordinario por el servicio.

ZAPATO ARROJADO CONTRA LA NUBE. Pero, dentro de este maremágnum de liturgias dirigidas a modificar el discurrir natural de los acontecimientos meteorológicos, quisiera centrarme en la costumbre popular de arrojar los sacerdotes un zapato contra el nublado, para asustarlo y desviarlo hacia otro destino. Probablemente sería el último recurso usado, el de máxima urgencia, cuando todas las medidas protectoras previas habían fracasado y el desastre era inminente.

LAUDIO. La referencia de esta costumbre la recogí en su día de Txomin Lili (1930-2019) el laudioarra que mejor supo atesorar todas las costumbres (Ver Txomin Lili, la última leyenda). Me contaba en 2005 que «…la gente decía que los curas que salían en sandalias cuando había una tormenta grande, al pórtico y dicen que tiraba la zapatilla para el monte para que vaya para allá, pero allí si pilla un caserío… ¡aquello que jode! Salía el cura para mandar la tormenta para el monte y salía al pórtico y algunos rezos y algunas cosas y, con las zapatillas, enchancletado, tiraba para el lado que quería echar la tormenta» Finalizó el relato con un expresivo «¡Qué cojones va a ir! Iría para donde tocaría, como siempre…» que le devolvió del añorado pasado a la actualidad.

Txomin Lili (1930-2019) el último laudioarra oriundo que sabía de zapatos que los sacerdotes arrojaban contra las tormentas de pedrisco

OROZKO. También recordaba haber visto realizar esa operación Sofia Etxebarria (Egurrigartu, 1926-2010) en la iglesia de Olarte (Ibarra, Orozko), con un asustado sacerdote que, mostrándose en chancletas frente al nublado de pedrisco, le arrojó su zapato. Relataba, quizá con ciertas dosis de humor popular, que aquel zapato lo encontraron después los pastores en un muy alejado lugar de Gorbeia, en las faldas del monte Oderiaga, en el enclave llamado Algorta. Cuando se lo devolvieron, el sacerdote negaba que fuese suyo, avergonzado quizá por haber recurrido a artes tan poco canónicas. Sé de esta referencia gracias a la amiga luiaondoarra Anuntxi Arana que la recogió en su recopilación y estudio de los relatos míticos del valle de Orozko (Orozko haraneko kondaira mitikoak, 1996).

Aldea de Urigoiti (Orozko) tras una fuerte tormenta primaveral. Tan solo unos rastros de arco iris al fondo nos reencuentran con los temores del pasado y las costumbres para hacer frente a las tormentas.

OTROS. Como siempre, es inconmensurable la aportación de relatos similares recogidos durante toda su vida por el prolífico sacerdote R. Mª Azkue (1864-1951), y cuyos breves apuntes publicó en su obra Euskalerriaren Yakintza. Contaba Azkue que «El sacerdote que en los días de truenos salía al pórtico a hacer los conjuros, solía ponerse un calzado en chancletas para que el diablo no le llevase al mismo sacerdote» o que «Un párroco a quien yo conocí en una de esas villas, en la cuarta, creyéndolo así, solía ponerse sus zapatos en chancletas las veces que había de conjurar la tempestad». Así también que «En Elorrio (B), si ha de creerse a mi colaboradora, vio ella a un sacerdote en un día de truenos hacer los conjuros sudando copiosamente, y no pudiendo vencer al demonio le arrojó un zapato, y el tal calzado no apareció nunca más».

Para finalizar, relataba los recuerdos de infancia en su Lekeitio natal: «En Lekeitio (B), muchachitos que me precedieron cuatro o cinco años, solían ir al pórtico los días de conjuro, creyendo que allí verían al aire un zapato del sacerdote. Se decía en esta villa que en cierta ocasión un sacerdote, no pudiendo de otra manera vencer al diablo, diciéndole «¡toma!», le arrojó uno de sus zapatos».

DEL MÁS ALLÁ. Ahondando un poco más en esta última referencia, es de resaltar que en sentir popular, las tormentas de pedrisco no son meras perturbaciones atmosféricas sino que se interpretan como un ataque del bien frente al mal, con un origen en el más allá, en la parte infernal de nuestra existencia.

Conocí en cierta ocasión a la orozkoarra Ángela Bilbao (1924-2012), madre de un buen amigo, José Ángel, muy activo en la recuperación de elementos de interés etnográfico (ericeras, tejeras…). Era Ángela asimismo la hija del sacristán de Urigoiti (Orozko), el encargado de tañer las campanas cuando se avistaban las tormentas, una labor que tras su fallecimiento, asumió la misma Ángela hasta que dejó de practicarse en los años 50 del siglo pasado. Es curiosa la visión, alejada de la actual, que aquella mujer tenía de los nublados que surgían del cielo amenazando las cosechas. Traducido de su euskera original decía que «desde el tres de mayo hasta la otra Santa Cruz bendecía la tormenta. Y tenían a la tormenta… el llegar la tormenta era «del lado malo» [«parte txarrekoa»]. Con el «del otro lado» querían decir que eran cosas del infierno o que surgían de allí». Continuaba relatando que «...acudían mi padre [sacristán] y el sacerdote al pórtico y bendecían el nublado. Y tengo escuchado en cierta ocasión que, igual estando allí el sacerdote, la tormenta le arrebató el zapato. Quitarle la tormenta el zapato de su lado y cosas así».

Ángela Bilbao (1924-2012), posando pacientemente en 2004 para un reportaje fotográfico que le hicimos sobre la elaboración del poste navideño llamado intxaur-saltsa. Ella fue, como lo fue su padre, la encargada de tocar las campanas contra las tormentas en Urigoiti, Orozko.

También esa idea de interactuación de las tormentas con la vertiente malvada de los seres del más allá, nos la refuerza el también orozkoarra Moisés Larraondo, (1926) buena persona y mejor conocedor de nuestras leyendas. Contaba que (traducido del original en euskera recogido por Anutxi Arana, 1996) «llegó la tormenta y su piedra, dispuesta a arrasar todo. Y [allí el sacerdote] bendiciendo y bendiciendo con el hisopo, haciendo cruces y oraciones y más oraciones. Y la lamia y la tormenta cada vez más briosas. Allí tenía a las lamias al lado, observando, lamias en tropel, vestidas con calzas rojas y con aspecto de abejas. Y, en una de esas… ¡el sacerdote arrojó el zapato! Y con el despiste de aquel revuelo, se llevaron el zapato por ahí las lamias. Y en aquel preciso instante dejaron ya de sonar los truenos…».


Moisés Larraondo mostrándome en 2005 su gran tesoro: las piedras arrojadas por los gentiles y con las que incluso jugaban a bolos por los aires (son en realidad proyectiles usados en el año 1351 en un asedio contra el castillo del monte Untzueta)

Moisés es una persona que afortunadamente aún vive entre nosotros. Ahora en Laudio, al cuidado de su hija Zorione [PS: fallecido en diciembre de 2020]. Quizá sea la última persona que sepas explicarnos esa extraña relación entre el mal, los seres del más allá y los zapatos de los sacerdotes, confluyendo todo ello a través de las tormentas, símbolo del mal y la destrucción. Desde luego que será de los pocos humanos que percibirá el día de mañana, 3 de mayo, con una intensidad tan mágica y especial que el resto de los mortales seremos ya incapaces de sentir. Descarguen su furia pues los rayos, truenos y centellas contra la desmemoria de nuestras costumbres, tradiciones y modos de sentir populares. No seré yo quien les arroje el zapato…

NOTA: No sé a ciencia cierta cómo interpretar esta costumbre tan extraña. Pero la intuición me lleva a otra realidad que, al menos en lo que conozco, no parece que se haya investigado aún. Se trata de unas siluetas que suelen aparecen dibujadas en tejas concretas de nuestros caseríos y que seguramente habrán tenido una función protectora para la casa y que hoy desconocemos. Son una especie de chinelas, antiguo calzado que a modo de babuchas se usaba en chancletas.

Tampoco podemos obviar que arrojar un zapato a alguien o mostrarle su suela es una gran ofensa en el mundo islámico, pues el calzado es considerado impuro, al ser la parte del cuerpo más baja y por lo tanto más sucia al estar en contacto con el suelo. De ahí que no se permita su presencia en mezquitas, etc. En realidad, es una creencia generalizada en todo Oriente. Tiene su reflejo en la Biblia cuando Dios le dijo a Moisés (Antiguo Testamento, Éxodo 3:5) «No te acerques aquí. Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es».

Quizá arrojando lo más inmundo, lo más despreciable, a la tormenta, se pretendía influir en su voluntad. Pero son hipótesis, meras elucubraciones, a las que les falta algún paso para que podamos imbricarlas definitivamente con esas historias populares nuestras, tan bonitas, relatadas más arriba.

Bideo bat honi buruz, euskaraz:
https://www.youtube.com/watch?v=hLz-T-3O6hU a

Cuando paseéis hoy por Gardea

Hoy cuando paseéis por Gardea (Laudio)… os encontréis una curiosa alfombra de pétalos y ramas de “millu” (‘hinojo’) frente a la casa Poletxe. Y quizá os sorprenda…

No es fruto de ninguna locura. Es la gran aportación que anualmente hace una gran mujer, Itziar Letona, para que no se pierda una tradición que antes se llevaba a cabo en todas las casas.

Se debe a que hoy es el Corpus Christi, una fiesta de gran raigambre e importancia en otros tiempos (de ahí el conocido dicho de “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”) pero que dejó de ser festivo como tal en 1989.

La fecha se calcula en función del calendario lunar, siendo por tanto móvil. El mejor “truco” para identificarlo es añadir 60 días al domingo de Resurrección, al domingo de la Semana Santa, y siempre es jueves. Hoy en día, al no ser ya festivo, se celebra el acto religioso en el domingo posterior. En comunidades como Madrid o Castilla-La Mancha así como en numerosos municipios, adoptaron el día de hoy como festividad local para seguir reforzando el poder «intocable» de la Iglesia ya que hubo muchas corrientes críticas internas a la hora de eliminar el carácter de festividad.

Es una fiesta de origen medieval, por cierto, concebida e impulsada de nuevo por otra mujer, Juliana de Cornillon, y celebrada por primera vez en 1246 en Lieja (Bélgica). Con ella se rinde homenaje al cuerpo y sangre de Cristo, es decir al vino y las hostias que, consagradas, reciben en las misas los practicantes que así lo desean. Con ello, se funden los humanos y lo divino, poniéndose «en común», haciéndose uno… de ahí el término comunión.

Pero sin más rollos mañaneros, quedaos con el detalle de las flores en los Caminos Viejos de Gardea, las únicas supervivientes en el naufragio ya irremediable de otra de nuestras costumbres.

Gracias mil, Itziar, por mantener la llama de nuestro pueblo viva. Mujer tenías que ser…