El tronco navideño de Goirizabal

Uno de los actos navideños más significativos de nuestra cultura vasca consistía en quemar un gran tronco en el fuego del hogar. Era un madero que se consumía durante días y adquiría a partir de ese acto cualidades sobrenaturales, mágicas. Ya escribimos sobre él hace un tiempo. Pincha encima si deseas leerlo: Olentzero es un madero.

Pero es una tradición ya desaparecida e incluso su lejano recuerdo, inexistente o muy limitado. Por ello quiero centrarme en Laudio, el pueblo que me vio nacer, y dar unas referencias de aquel rito. Para mí es un hallazgo extraordinario, ya que he andado muchos años persiguiéndolo.

TAMBIÉN EN LAUDIO. En su día me había llamado la atención que el sacerdote antropólogo José Miguel Barandiaran (1889-1991) publicase que ese ritual del gran tronco navideño también era conocido en Laudio, pues en la actualidad es algo totalmente desconocido. Decía en 1956 que «El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En […] Llodio [ardía] hasta la última noche del
año
»

Pero, como decimos, aquella curiosidad era totalmente desconocida en el Laudio industrial que yo conocía. Sabía que su dato partía de una información mucho más anterior ya que en 1922 publicó en su anuario de Eusko Folklore. Decía que «Se halla muy extendida en al país vasco la costumbre de quemar por Nochebuena en el hogar un tronco que recibe diversos nombres, según los pueblos. Lo mencionan los informes—que tengo a la vista—de Santa Lucía de Llodio […] En Santa Lucía de Llodio dicen que ha de durar hasta la noche vieja». Siendo una información recogida in extremis hace un siglo, de mano de la escasa gente que aún se recordaba aquella costumbre y encima muy mayores en aquel momento, parecía misión imposible conseguir más información local.

Espoleado por aquellos únicos indicios, en 2005, hace ya quince años, fui a entrevistar a poca gente mayor de aquel entorno de «Santa Lucía de Llodio» que citaba Barandiaran, para acotar la fuente de información ya que ni mi padre ni mi madre —buenos informantes en estos temas etnográficos— nada sabían de ello. Ya «en Santa Lucía» el primero en ser preguntado fue Mateo Eskuza (1944), otro excelente informante en estos temas, y nada supo contarme de aquel mágico madero de Navidad. Era lo más cercano a Santa Lucía disponible, así es que probé con los enclaves cercanos.

Pero los resultados fueron igual de frustrantes. Primero lo intenté con Mª Teresa Sojo Sojo (1921-2013) y Jesus Zubiaur Urkijo (1921-2007) del alto de Garate —límite de Laudio y Okondo— así como con Jose Egia (1930-2018) y su esposa Carmen González (1933) de la cercana aldea de Dubiriz. No conseguí nada en concreto del asunto que nos ocupa. Pero dado que a varios de ellos se los llevó el inexorable trascurrir del tiempo, me ha parecido bonito recordarles con estas letras y las fotografías tomadas aquellas frías tardes de grabación.

Jesús Zubiaur Urkijo (1921-2007) y Mª Teresa Sojo Sojo (1921-2013), en su caserío del alto de Garate, el día de la entrevista, el 13 de enero de 2005. In memoriam.
Jose Egia (1930-2018, goian bego) y su esposa Carmen González (1933) en la aldea de Dubiriz, el día de la entrevista, el 1 de febrero de 2005.

EL TRONCO Y GOIRIZABAL. A pesar de estar convencido de que aquella información recogida por Barandiaran era cierta, lo dejé por imposible creyendo que su recuerdo se había perdido para siempre.

Pero hay ocasiones en las que obran los milagros. Así, tras publicar aquel artículo Olentzero es un madero más arriba citado, se puso en contacto conmigo una vieja amiga —que no es lo mismo que «amiga vieja», pues somos de la misma edad— Lourdes Barbara Barbara, porque le había sorprendido que, aquello que ella había escuchado en casa y le parecía tan extraño, tenía por fin una razón de ser. Así es que, ella y su madre Juanita Barbara Arrazuria (1932), han traído la luz a ese apartado tan oscuro de nuestras costumbres.

Lourdes Barbara, acompañada de su madre Juanita Barbara, en el frente de su caserío Goirizabal

Ellas relatan lo que contaba su padre y marido, Enrique Barbara Perea (1918-2004) y a lo que no habían dado excesiva importancia. Tampoco el bueno de Enrique había practicado aquella costumbre del tronco pero sí lo sabía de mano de su padre Emeterio Barbara Marañón (1883-1946).

El vago recuerdo consiste en que en la mañana del día de Navidad, se traía un tronco muy grande del bosque. Intuyen Lourdes y su madre que era un tronco seleccionado y cortado —para conseguir un mínimo secado— de antemano.

Lo arrastraban con una pareja de bueyes y unas cadenas y, lo que mejor recuerdan, para introducirlo hasta el fuego del hogar, los bueyes se disponían para empujar hacia atrás. Dicen que atado el tronco en el «sogueo» de la yunta, es decir, en el yugo, entre los cuellos de los animales, en el lugar en donde se introducía la pértiga del carro. Pero también hablamos que quizá allí se trabase una larga pértica hasta la parte delantera del tronco o que el tronco descansase sobre un «carro mako» (dos ruedas con un eje usado para transporte de grandes troncos).

Sea como fuere, yendo hacia atrás, era como más podía acercarse el descomunal madero al fuego.

Recuerdan también, de modo muy vago, que allí ardía durante toda la Navidad, consumiéndose lentamente.

Enrique Barbara (1918-2004) con una yunta de bueyes en una imagen del archivo familiar. Era él quien recordaba los relatos del tronco de Navidad que le contaba su padre Emeterio (1883-1946), el último que lo había practicado.

¿POR QUÉ DEJARON DE HACERLO? La razón parece ser bien simple. Toda aquella maniobra era posible cuando la cocina de Goirizabal estaba en la planta baja —aún se reconoce la antigua ubicación en el extremo suroeste del caserío— y no en la primera planta, como está en la actualidad, porque era ya inviable el acercar el grandioso madero.

El caserío Goirizabal era un establecimiento (parada) oficial de toros sementales. Juanita Barbara nos muestra a sus 88 años la argolla a la que se ataban las vacas a cubrir… en aquella puerta que, en su día, vio pasar el tronco de Navidad empujado hacia atrás por bueyes

Sin duda esa es la razón de que haya desaparecido aquella costumbre que era tan apreciada entre los vascos. En origen, y tratándolo con todas las generalizaciones y licencias del mundo, los caseríos más antiguos (XVI) tenían la cocina en la cuadra, separada de los animales e incluso con unas pequeñas ventanillas a través de las cuales vigilaban de vez en cuando al ganado vacuno.

La cocina, como sucede en Goirizabal, estaba próxima a la entrada, en el ángulo delantero del edificio. Durante aquellos siglos XVI y XVII, el fuego se encendía sobre una losa colocada en el centro de la estancia, tan solo elevada unos centímetros del suelo. Es probablemente cuando más difusión tuvo el ritual de nuestro madero, que se dispondría cruzado sobre aquella losa, algo que iría desapareciendo a medida que el caserío vasco evolucionó. Y es que, a lo largo del XVIII y el XIX, se generalizaron las chimeneas de fuego bajo con campana adosada al muro, con unos hogares bastante más elevados del suelo y ya, a menudo, reubicadas en las plantas superiores del edificio. Es el «fuego bajo» tan rústico y típico a nuestros ojos pero que en realidad fue una modernización en aquellas épocas. Sería entonces cuando, por la imposibilidad de colocar allí el gran tronco, se iría paulatinamente perdiendo la costumbre. Y tan solo se mantendría en aquellos caseríos que disponían aún de aquellas cocinas en la planta baja, aquellas que eran el verdadero corazón y pulmón de la cultura vasca.

Antigua foto perteneciente al archivo familiar en la que se ve en Goirizabal,
un toro semental mostrado por el joven Enrique Barbara (1918-2004, esposo y padre de Juanita y Lourdes) que fue quien transmitió el recuerdo del rito del tronco navideño que había practicado su padre, Emeterio Barbara (1883-1946), en el centro de la imagen. A la derecha, Miguel Urquijo Maruri, alcalde de Laudio y hermano del compositor Ruperto Urquijo.

MUTACIÓN DE LA TRADICIÓN. Quizá, al ser imposible continuar con aquella tradición por la nueva ubicación de los fuegos, se mutase la forma de actuar con aquel. Lo comento porque de nuevo Barandiaran recoge en Laudio (notas manuscritas, sin publicar, de 1935) una desconcertante costumbre que por aquel entonces la da como muy generalizada pero de la que nada se recuerda en la actualidad: «Día 24 de diciembre, Noche Buena. Este día acostumbran gran cantidad de caseros hacer astillas de un palo gordo y grueso y luego meterlo al horno donde hacen los panes y, hecha esta operación, luego que está bien seco, lo guardan hasta el día de San Juan, quemándolo en la fogata del día». Información recogida de «D. de Isusi» (1935).

MUKURRA. Para finalizar me gustaría aportar un dato más. Al ser aquel tronco tan emblemático y celebrado tenía nombre propio, diferente según las comarcas. Una referencia que nos resulta cercana es la recogida en unas tímidas y primerizas encuestas etnográficas llevadas a cabo por Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos y publicadas en su boletín anuario Eusko Folklore de 1922. Se cita nuestro madero en las referencias de Bedia (Bizkaia) como Gabon-mukur: «La noche de Gabón se coloca en el fuego un tronco de roble (gabonmukuŕa). […] El gabon-mukuŕ tiene la virtud de bendecir toda la casa».

Intuyo, aunque nunca podremos demostrarlo, que así se denominaba nuestro tronco navideño en Laudio. Y así lo creo porque, a pesar de haber desaparecido hace mucho el euskera tradicional en este municipio, se usan aún diversas palabras vascas insertadas en el castellano local. Una de ellas es mukurre, recogida a mi padre y que usa para denominar los troncos mayores que se colocan en el fuego bajo y que hacen se soporte para otros menores y ramas varias: «…esos maderos se denominan por igual «mukurre» o «mokotza» si bien se tiene el concepto de que el «mukurre» es algo mayor que la «mokotza». También se conocen ambos como «arrimaderos»» (Laudioko berbak / Palabras de Llodio, 2020).

CUANDO TE TOCA EL GORDO. Nada más que añadir salvo que para mí el mayor y mejor regalo navideño va a ser haber conseguido salvar este rito, aunque sea tan in extremis, de la hoguera del olvido eterno. Son cosas que no sirven para nada pero que a mí me emocionan y llenan de gozo, porque algo zarandean en mis entrañas. Quizá sea por el retorno a lo pretérito, por el contacto entrañable con todos nuestros antepasados y con la tierra que pisamos sin saber escucharla. Por eso yo no juego a la lotería. Porque para mí el premio gordo va a ser este año el poder cenar pensando en el gabon-mukur, aquel que va a dar sentido y calidez al hogar. Eguberri on guztioi.

Eskerrik asko, a Juanita y en especial a Lourdes, por esas deliciosas tardes que me habéis regalado en vuestra cocina y que no tienen precio. Bihotz-bihotzez.

Los primeros pastores de Gorbeia

En Gorbeia al pastor se le llama pastore y no artzain, término este último desconocido en la zona. No se trata de una carencia lingüística, como pudiera pensarse, sino la descripción de una realidad histórica. Porque en esa montaña, a pesar de lo que durante décadas mamamos de los gurús de la antropología, las ovejas son relativamente recientes. Tanto que incluso nos atrevemos a poner nombre y apellidos a sus primeros pastores de ovejas de Orozko, siendo esa la principal aportación de este artículo.

Por eso, porque no se pastoreaban ovejas, aquí no hay artzain (‘ardi + zain, cuidador de ovejas’) sino pastore, es decir, el que gestiona los pastos. Pero con la cabaña vacuna, caballar e incluso porcina, lo habitual antes de la irrupción de las ovejas. No es ninguna hipótesis nueva sino algo ya constatado incluso arqueológicamente en diferentes investigaciones (Alfredo Moraza, Joxean Mujika…). Pero no nos extendamos.

Tampoco puedo olvidarme, porque se lo debo, de cómo el padre de mi ex cuñado —José Ramón Uzkiano Larrieta (1929-2007) de Delika, ganadero de vacas— me discutía que las ovejas eran «nuevas» en «la sierra» (Gibillo / Guibijo) y que, ilegítimamente casi, habían ocupado los pastos que siempre habían sido para vacas. Yo se lo rebatía —de esto hace ya unos 30 años— hablándole del incuestionable Barandiaran y su teoría de la coincidencia de las majadas de ovejas con los monumentos megalíticos. Es decir, que los rebaños de ovejas estaban ahí desde la Prehistoria. Y es ahora cuando, aunque sea a título póstumo, he de humillarme y darle la razón: estábamos equivocados. Algo incomprensible ya que no hay más que dar un repaso por la documentación para cerciorarse que eso era así y solo así.

El pastor Luis Larrea en su chabola de la majada de Austegiarmin

Pero, centremonos de nuevo en Gorbeia. Si nos fijamos en la primera referencia documental del pastoreo en ese macizo (un pleito por los pastos y aguas de Arraba, Gorbeia, en 1520) se habla de «…que los ganados vacunos e rosines [caballar], así de dicho valle de Orozco como de la dicha anteiglesia de Ceánuri, puedan andar libre de los seles antiguos...». Nada de ovejas. Luego, en el mismo documento, se citan «…los ganados e puercos del dicho valle de Orozco«, pues, además del vacuno, grandes piaras de cerdos se alimentaban con los frutos de las hayas, en montanera. Pero, de nuevo, nada de ovejas. Tan solo al final y de manera casi testimonial se citan los echapastos ‘rebaños de ovejas’ que eran tan insignificantes que no podían considerarse como tal: «En cuanto toca a los echapastos, asentaron que, si algún vecino o vecinos de los dichos pueblos trajeren algunos ganados hasta tres o cuatro cabezas para provisión y mantenimiento de su casa, no se entienda ser echapasto«. Es decir, tres o cuatro ovejas para autoconsumo, no un rebaño.

En efecto, el pastoreo de ovejas como hoy lo conocemos irrumpe en Gorbeia a principios del XIX, hace en torno a 200 años. Ello genera no pocos conflictos y desencuentros con los pastores tradicionales de ganado mayor. En Zeanuri existen varios expedientes al respecto que ya analizaremos en otro momento. Las disputas residían principalmente en la edificación de nuevas chabolas y en que la oveja necesitaba de praderías limpias de arbolado, algo que por el contrario venía bien para el sesteo del ganado mayor tradicional.

El más joven pastor de Gorbeia, Iker Goti en la txabola de Luis Larrea. De Urigoiti y de Zaloa respectivamente, como Antonio y Miguel, aquellos primeros pastores revividos en este artículo, hasta ahora anónimos

Pero por una epidemia en el ganado vacuno y, sobre todo, por el ansia insaciable de los propietarios de ferrerías, se facilitó la «ocupación» a la chita callando de la montaña por parte de ovejeros y sus rebaños. Y es que en esas épocas las ferrerías agonizaban por falta de madera que convertir en carbón: se trataba del bien más preciado del momento y eran sus potentados propietarios, la mayoría titulares de mayorazgos, los que ocupaban los cargos políticos. Así es que no dejaron escapar aquella oportunidad para hacerse con un bien común —los árboles públicos— en beneficio de sus intereses particulares. Ellos conseguían madera y los pastores de ovejas pastizales. Y los demás, a callar y resignarse. Así es como se creó gran parte de ese paisaje deforestado de Gorbeia que hoy tan secular nos parece.

Con todo, a mediados del XIX (1845) las ovejas eran aún algo minoritario y no ocupaban todavía la parte alta del macizo. Así nos las describe Pascual Madoz con la información que le envían de los pueblos cuya demarcación territorial ocupa el macizo: «Criase en este monte, cuyos pastos son lo más substancioso de Vizcaya, mucho ganado vacuno y caballar y alguno, aunque poco, lanar en lo más bajo de su falda«. No deja lugar a dudas. Poco y en las zonas bajas de la montaña.

Austegiarmin (Gorbeia). La ocupación de los altos pastos por rebaños de ovejas no se produciría hasta el último tercio del siglo XIX

Pero la sorpresa es que, además y como ya hemos adelantado, tenemos echado el ojo a aquellos pioneros pastores de ovejas en Orozko, extraños al municipio y suponemos que nada bien vistos en el pueblo. Los conocemos gracias al primer censo de estadística del municipio (1825) en el que, de entre sus 2.867 habitantes, tan solo dos matrimonios se declaran «pastores» de oficio, como ocupación distintiva frente al ganadero normal que tenía su explotación agropecuaria integrada en el caserío y que se recogen con «labrador».

MIGUEL Y MANUELA. El primero de ellos es Miguel de Basoa que llega al barrio de Zaloa procedente de Zeanuri con 16 años —probablemente para servir— y se casa con la muchacha local Mª Manuela de Zaballa, dos años mayor que él. Cuando se recogen en el censo estadístico (1825) tienen tres hijos y vive con ellos la madre de Miguel, viuda de 60 años, María de Leiza, en el caserío Bixiola, hoy más conocido como Bekoetxe.

Al citar la profesión, el matrimonio se declara como «labrador» igual que el resto de los numerosos vecinos del barrio pero añaden el oficio de «y pastor«, algo inaudito e inexistente en aquel Orozko de principios del XIX. Sin duda, este matrimonio, quizá acuciado por la necesidad —estamos en una época de dura posguerra— se arriesga a jugársela con aquella novedosa oportunidad laboral.

ANTONIO Y TERESA. El otro de los dos pastores es Antonio de Garmendia que, a la hora de tomarle sus datos (1825) contaba con 42 años. Había llegado desde Zaldibia diez años atrás junto a su esposa Teresa de Alberdi, un año más joven, natural de Zegama y su hijo ahora ya (1825) con 18 años. Vivían en la hoy desaparecida casa de Uria o Urikoa. Pero no en la principal, sino en una vivienda «accesoria» —lo que denota su pobreza— y que en la fogueración de 1796 se describe de este modo: «…tiene también esa casa [la principal de Uria] otra antigua en su inmediación, con destino a albergue de ganados y pajar«. Bajo el mismo techo dormía también un criado de 16 años, Aniceto de Añibarro, natural de Orozko y que con seguridad haría los papeles de zagal en el cuidado del rebaño.

Este matrimonio, al contrario que el anterior, se declara nítidamente como «pastor«, es decir, el oficio en estado puro.

El pastor octogenario Luis Larrea, natural de Zaloa (Orozko)

Hablando con el historiador Alberto Santana sobre estos pastores guipuzcoanos de Zaldibia y Zegama y sobre la extrañeza de que no fuesen locales, me comentó que entre la guerra de la Independencia (1807-1813) y la primera guerra carlista (1833-1840) hubo una gran migración de pastores pobres del Goierri de Gipuzkoa hacia Bizkaia para, acuciados por el hambre, establecerse en este territorio. En algunos lugares se generaron grandes conflictos, planteándose incluso en algunos municipios la prohibición de que se avecindasen, ya que con su pastoreo de rebaños de ovejas desforestaban los bosques para crear pasto. Todo nos coincide… Añadía este historiador de conocimientos insondables que en esas fechas es aún una especialización laboral rara, como sucede con nuestros nuevos pastores inmigrantes de Orozko y que, en casos como en el ayuntamiento de Bermeo, los describen en los documentos con cierto pavor al percibir su irrupción como una auténtica invasión humana.

En origen, sus destinos son pastizales más bajos —Bermeo, Larrabetzu, Amorebieta…— por lo que intuimos que el acceso a las faldas de Gorbeia —barrios de Zaloa y Urigoiti de Orozko en nuestro caso— sería un poco más tardía y bastante más aún la ocupación de las alturas del macizo montañoso.

Por eso a mi compañero Juanjo Hidalgo y a mí nos extrañaba que todas las chabolas de pastores tuviesen apariencia de relativamente nueva y no prehistórica cuando las andábamos catalogando semana tras semana en aquellos jóvenes años de 1984-1987. Como, con cierta pena y a regañadientes, acatábamos que no se llamasen artzain sino aquel poco lucido pastore. Quién nos lo iba a decir. No neolíticos sino de hace cuatro días y encima llegados de Gipuzkoa. La que hemos liado: si José Miguel Barandiaran levantase la cabeza…

Más cadáveres que ataúdes

En estos difíciles días está circulando por las redes el recuerdo de la mortífera gripe que sacudió al país en 1918, hace poco más de un siglo. Tan grande fue la mortandad —la mayor conocida hasta entonces, con 260.000 fallecimientos en España— que, hasta en rincones tan apartados como los valles de Orozko hubo que recurrir el antiguo pero denostado sistema de transporte de los cadáveres sin caja: no había ni tiempo ni recursos suficientes para elaborar tantos ataúdes. Vamos con unos apuntes sobre ello.

Hasta la modernización que en todos los ámbitos insertó la Ilustración (siglo XVIII), lo habitual era transportar los difuntos a la vista, amortajados y atados con cuerdas sobre unas angarillas o andas sobre las que se tambaleaban o empapaban en días de lluvia. Tenebroso.

ATAÚDES. Por ello, aquella innovadora sociedad del Siglo de las Luces no podía convivir con la vieja costumbre, carente del mínimo decoro y dignidad que exigían los nuevos aires. Así es que, paulatinamente, comenzaron a transportarse los cadáveres dentro de unas cajas de madera llamadas ataúd, en la que se enterrarían los seres queridos sin tener que pasar por el funesto mal trago de ver el cadáver. Porque ojos que no ven…

Al cambio de costumbres populares, para que se empezase a portear y enterrar al muerto encajado, ayudarían la nueva corriente y obligaciones de enterrar los cadáveres en el exterior de las iglesias y no dentro como se había realizado entre los siglos XIII-XIV y el XVIII. A ello ayudarían la epidemia de garrotillo —disentería— y de tabardillo que, en 1760 y en 1765 respectivamente, castigaron a Orozko con numerosas pérdidas humanas.

CEMENTERIOS. Sea como fuere, la moderna sociedad dieciochesca no podía ya permitir aquellos pestilentes olores que inundaban el interior de los templos y que podrían ser un foco de propagación de enfermedades. Está costumbre quedó expresamente prohibida por Carlos III (1788) pero tuvo uno y mil conflictos con las insumisas feligresías rurales, muchas veces espoleadas en su rebeldía por los astutos sacerdotes que no querían perderse las golosas ofrendas que sobre las fuesas —fosas, tumbas— hacían los fieles.

Iglesia parroquial de San Bartolomé de Olarte, en Ibarra (Orozko), con las peñas de Itzina como fondo y los muros del tardío cementerio en primer plano. Foto de Indalecio Ojanguren, 1952.

Como muestra, la parroquia que nos ocupa, la de San Bartolomé de Olarte en el barrio Ibarra (Orozko, Bizkaia) no construyó el cementerio exterior hasta 1871, tras más de un siglo de reiterados incumplimientos de la orden. Probablemente todos los cadáveres que hasta el nuevo recinto llegaban, lo harían ya dentro de un fastuoso ataúd. Hasta que el devenir de los acontecimientos hizo retomar las costumbres usadas desde siglos atrás…

Portada del manual bilingüe con consejos para hacer frente a la devastadora «grippe» de 1918, publicado por la Diputación Foral de Bizkaia, en cuyo archivo conserva el documento mostrado.

Era mayo de 1918 cuando se detectó en España el primer caso de la que se llamaría la grippe española, a pesar de haberse originado en Estados Unidos. Y su letal poder recorrió y asoló toda la geografía, en la epidemia más grave sufrida por la humanidad en el siglo XX. De su mano también se encaprichó de los rincones de Orozko «Balbe», como aquí denominan a la personificación de la muerte.

SIN ATAÚDES. Tan fulgurante y cuantioso fue el número de fallecimientos que en lugares como este que acabamos de citar de Orozko se vieron sorprendidos, sin tiempo ni material para fabricar los ataúdes necesarios, por lo que recurrió a retomar el sistema antiguo que ya tan solo los más ancianos recordaban. Así lo confirman diversos orozkoarras en las variadas encuestas etnográficas realizadas durante todo el siglo XX y la memoria actual de muchos habitantes que escucharon con asombro lo que en su día les contaron los mayores.

La primera referencia escrita de esas informaciones se la debemos al lugareño de Ibarra (Orozko, Bizkaia) Pedro Mª de Sautua al que el sacerdote de su parroquia —Juan José de Bastegieta— le preguntó en junio de 1923 sobre los ritos y costumbres funerarias de los barrios de Urigoiti, Ibarra… del municipio vizcaino. Todo a petición de otro joven sacerdote, el gran José Miguel Barandiaran, que en el mismo año publicaría los datos recabados en el Anuario de Eusko Folklore.

Relataba que «en otro tiempo [en referencia a 1918 y quizá a recuerdos anteriores] en que los cadáveres eran conducidos en andas, ataban a éstas el cuerpo del difunto, pasando una cuerda por los pies, cintura y manos. En el pórtico lo soltaban y dejábanle los brazos tendidos a ambos lados del cuerpo. (Hoy se los cruzan sobre el pecho). Ahora el cadáver es colocado en una caja larga».

Portando un cadáver a la iglesia a la antigua usanza: sin ataúd, sobre unas andas y supuestamente atado «con una cuerda por los pies, cintura y manos». Iglesia de Alaitza, Álava.

También R. Mª Azkue recogió en su obra Euskalerriaren Yakintza esa costumbre que no era extraña en los valles apartados: «Antiguamente, por lo menos algunos bizkaínos, nabarros y guipuzcoanos, no solían llevar los cadáveres al cementerio en ataúdes, sino en grandes lienzos (en sudarios). En Ezkioga (G) este lienzo tenía por nombre katon; en Larraun (AN), el lienzo de las manos; en Arratia (B), sábana de las andas [en euskera lo da como anda-izara]. Lo mismo se hacía un tiempo [atrás] en Zuberoa».

Añade asimismo el anciano de Orozko que el cortejo hasta la iglesia en donde se oficiaría el funeral corría a cargo de «cuatro hombres (casados o solteros, según el estado del difunto) los encargados de conducir el cadáver: en hombros, si es de persona mayor; y si es de niño, en las manos. Para mayor comodidad, la base de la caja o del féretro se halla provista de cuatro palos o agarraderos, dos en cada lado. La orientación del cadáver, al conducirlo, ha de ser fija: los pies delante y la cabeza detrás».

ANDAS. Aquel sistema de transporte se llamaba andas. Y es mucha la gente que aún lo recuerda o ha usado. El anda es en sí un sistema de parihuelas o angarillas para facilitar el trasporte de cualquier peso por entornos de geografía complicada. Siempre suele usarse en plural —andas— y en nuestros pueblos hace referencia exclusiva al uso de ese artilugio para transportar los féretros o cadáveres entre la casa y la iglesia o cementerio.

El transporte de finados en andas era muy usado en lugares poco accesibles. Porteo del cadáver del Che Guevara tras su ejecución en Bolivia el 9 de octubre de 1967.

ANDABIDEAK. El transporte de un cadáver hasta la iglesia se hacía siempre por unos caminos, llamados «caminos de andas» o andabide o hilbide» que tenían una servidumbre específica para ello. Aunque no son necesariamente lo mismo, normalmente suelen coincidir con los caminos a la iglesia, en numerosas ocasiones reflejados por topónimos como elespide, que no es sino «eliza bide«, ‘camino a la iglesia’.

Al edificar un caserío nuevo, el transporte del primer fallecido de la casa era el que determinaba el discurrir del andabide, un camino que a partir de entonces sería intocable e inalterable y que usarían para ese menester por todas las generaciones posteriores. Era la línea mágica que unía el hogar de la familia, etxea, con la iglesia, la casa de Dios.

Esta sería la vía que una y otra vez recorrerían las ánimas de aquellos difuntos, porque con su fallecimiento no se desligaban de la casa, y se les tenía presentes.

BIDEKURTZEAK. Los que portaban el cadáver eran los anderos —andari(ak) en euskera—, que iban haciendo paradas por el trayecto para, además de descansar, obrar una serie de rezos rituales con los que ayudar al tránsito del alma del fallecido. Estos descansos y rezos solían llevarse a cabo en las encrucijadas de los caminos, bidekurtzeak, lugares perfectamente definidos y consensuados por la tradición. En esos cruces era costumbre poner una cruz para memoria de todos los difuntos y para rezar un responso. Pero también para purificar el entorno y orientar a las almas errantes, ya que en lugares así, desorientadas, era donde más se aparecían a los vivos.

CORTEJO FÚNEBRE. Podemos incluso viajar con la imaginación y recrear aquellos múltiples cortejos fúnebres de aquella población que de diezmaba con la gripe. «Poco antes de la hora —decía el entrevistado Sautua— señalada para la conducción, van llegando a la casa mortuoria muchos de los parientes, amigos y vecinos del difunto. Después llega un sacerdote de la parroquia con un monaguillo que conduce una cruz y contesta a aquél al rezarse los responsos. En seguida parte el monaguillo con la cruz; inmediatamente siguen varios hombres (casados o solteros, según el estado del difunto) con sendas hachas encendidas; detrás el sacerdote con sobrepelliz y estola, y a continuación el cadáver, conducido como se ha dicho antes. Detrás del cadáver siguen las mujeres, empezando por las parientas más próximas al difunto; después los hombres, también según el orden de parentesco, de amistad, etc. Antes los hombres vestían capa y sombrero; hoy llevan traje de fiesta ordinario».

Ay, ¡qué ingrata ha sido siempre la muerte! Porque todos los actos en la vida en cierta manera los buscamos, menos el fallecimiento que nos busca él a nosotros, a traición, como bien citan los mayores del lugar. Por eso las defunciones son tan injustas pero a su vez tan justas. Ya nos lo dijo don Quijote (2ª parte, 1615) a través de la pluma de Cervantes, pues envuelto en sudario o encajado en ataúd, al final estamos desnudos ante el acto más relevante de la vida, la misma muerte:

«…y al dejar este mundo y meternos tierra adentro, por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero. Y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del Papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro, que al entrar en el hoyo, todos nos ajustamos y encogemos o nos hacen ajustar o encoger, mal que nos pese...»

Descansen en paz…

Errautsak soroetara botatzean

Aurreko idazki batean plazaratu bezala, Gabon gauean enbor handi batez pizten zen su berri bat eta, egun zehatz horretan egina izate soilagatik, naturaz gaindiko ahalmen magikoak bereganatzen zituen bertatik sortutako hausterre berriak. Horregatik, errauts eta errekin-hondakin haiek ez ziren edonola erabiltzen, zuten potere berezi horiek baliatu behar zirelako, gizakion onerako.

Behinolako nekazariak lanean Legazpian

Su berri miresgarri hori, urtezahar-gauera arte egon ohi zen piztuta, egun horretantxe, herri askoan, urte osoan iraun behar zuen beste su berri bat pizten zelako.

Esaterako, Ibarruri herrian (Muxika, Bizkaia) honelako ohitura hau jaso zuen Barandiaranek: «Enbor hori etxean erretze orduan sortutako errautsa, Done Eztebe [abenduak 26, egun pare batez beraz] egunera arte kontserbatzen da, Ibarrurin. Egun horretan, laborantzako soroetara eramaten dute, eta gurutze baten itxura emanda, zabaltzen dute lurrean».

Herri-ustearen arabera, horrela jokatuz gero, soro eta baratzetan kalte egiten zezaketen animaliek (mozorroak, intsektuak, basurdeak…) atzera egingo lukete, botatako hausterre bedeinkatzaile haren beldurrez.

Luiaondon eta Okondon (Araba) ere jasoak ditut nik Gabonetako ohitura horren erreferentziak baina batere zehaztasunik gabe, errito hori praktikatzen zuten pertsonak hilda daudelako aspaldi. Eta, gainera, garrantzi gutxi eskaini zaie horrelako «ipuinei». Soroak babesteko lurrera botatzen zela besterik ez da gogoratzen.

Egia da hausterreak beti bota izan direla baratzetara, ongarri gisa, tartean inolako superstizio-asmorik izan gabe, errautsek potasio-kopuru handia uzten dutelako, nitrogenoaren ondoren, landareek gehien eskatzen duten makronutrientea dela kontuan izanda. Potasioak, bestalde, hostoen eta fruituen hazkundea suspertzen du eta, ur gabeziaren aurrean landareak duen tolerantzia hobetzen du. Baliteke beraz, nekazarien eskarmentutik hautatzea errautzak elementu miresgarri gisa erabiltzeko. Izan ere, baserri giroko herri-aratusteetan, maskaradetan, ohikoa da pertsonaiak egotea errautsa botatzen bisitarien gainean. Zirikatzeaz gain, bestelako esanahi sakonagoa egon liteke horren atzean, naturaren ziklo berria abiaraztearena.

Gabonetako errautsak, Ubiden

Urtearen beste muturrean, hau da, udako solstizioan, erritu bera burutzen da gure herri askoan: San Joan gaueko sutzarretik lortutako hondakinak baratze eta soroetatik banatzen dira, gurutze forma eginaz sarri, horrela, lur-zati horregangandik zori txarreko guztiak uxatzeko eta onekoak erakartzeko. Oparotasuna erakartzeko, azken finean.

Asmo berarekin erabiliko zen Agurainen (Araba) olentzero-enborra bera —erre gabeko zatiren bat, ez errautsak— berriz ere Barandiaranek jasotakosari erreparatzen badiogu: «Agurainen uste dute Gabonzuzik [gabon-enborra] ekaitzak urruntzeko bertutea duela eta sutan jartzen dute ekaitza hurbiltzen den bakoitzean». Berriz, nekazaritzari lotua…

Ez dut uste gure Euskal Herri osoan inork egongo denik oraindik ohitura sinboliko hauek praktikatzen, betiko galdu zaizkigulako azken hamarkadetan. Eta ez da berpizteko aukera berririk izango. Honela bada, ezagut eta gorde ditzagun, behinik behin, gure oroimen kolektiboan. Bestela, su magikoa zer zen ahazten badugu, noraezean ibiliko da gure herria, eternitatean betiko herratua.

Arrue, Barandiaran y Santa Lucía de Laudio

Todavía estamos por investigar en profundidad y descubrir la verdadera dimensión etnográfica y antropológica de la pintura de José Arrue (1885-1977). Porque sus dibujos son auténticos tratados visuales sobre la sociedad vasca que se balanceaba entre los siglos XIX y el XX, entre el mundo profundamente rural y la modernidad.

Uno de esos casos es el cuadro A la romería de Santa Lusía (sic) que por fin hemos podido gozar en la exposición Jose Arrue barrutik. Muestra la llegada de unos romeros a la afamada romería de Santa Lucía de Laudio.

Detalle de los personajes, romeros bilbainos, que alegres llegan al santuario de Laudio. Sus vestimentas coinciden con descripción recogida por Barandiaran. Son una estampa que hoy nadie reconoce y que, si no fuera por este cuadro, habríamos perdido para siempre.

Fue uno de los últimos cuadros que pintó —1975, contaba ya con 90 años—, dos antes de fallecer. De hecho, sus colores son más vivos y saturados de lo normal porque padecía en ese momento modificación en la visión tras una operación de cataratas.

En él refleja una pintoresca escena que probablemente observó en su juventud y que mantuvo perfectamente guardada en su memoria o en aquella libreta que siempre llevaba en el bolsillo y en la que, sin mediar palabra, bosquejaba las líneas básicas de la futura obra.

En las primeras décadas del siglo XX la romería de Santa Lucía contaba con gran renombre y hacía que en ella se congregasen miles de personas. No locales, sino venidos de toda Bizkaia pero especialmente de Bilbao. Muchos eran los bilbainos —incluidas prostitutas— que acudían en los trenes especiales que a tal efecto se fletaban desde Bilbao.

Pero otros muchos, la gran mayoría, acudían a pie desde Bilbao, por Iturrigorri, Bentabarri, Pagasarri y Laudio. Esos son los que Arrue nos acerca con tanto detalle en A la romería de Santa Lusía en ese estilo tan propio suyo en el que deforma perspectivas, dimensiones de edificios o paisajes para centrar su paciente minuciosidad y detalle en el paisaje humano, el que realmente le apasionó durante toda su vida.

Nadie hoy recuerda las vestimentas tan llamativas de los personajes del cuadro. Incluso nos chocan y nos podrían hacer dudar de su veracidad o fidelidad.

Pero, casualidades de la vida, se han chocado conmigo unos apuntes manuscritos en los que el bueno de José Miguel Barandiaran recoge las respuestas de que un vecino de Laudio (H. de Benito) le da a una de sus entrevistas etnográficas. Año 1936, año del golpe militar franquista que obligó al sacerdote de Ataun a refugiarse en Lapurdi. Quizá por ello quedaron sin publicar. O perdieron su interés.

Por eso es tan grande la alegría de poder resucitarlos, de desenterrarlos del olvido y, además, confrontarlos con las pinceladuras de nuestro genial pintor. Dicen así cuando describen la romería de Santa Lucía:

«…la mayor parte de la gente sube a la ermita por el monte Pagasarri y Ganekogorta muy de mañana […] grandes cuadrillas de tipos romeros muy festivos. Es de advertir su indumentaria que consiste generalmente en blusa de aldeano rayada, pantalones blancos o rayados, faja de color, alpargatas blancas con cintas largas de colores que suelen significar alguna bandera política. Sobre sus hombros viste lujoso un pañuelo llamativo. Algunos suelen vestir grandes sombreros engalanados de flores y plumas y también llevan algún instrumento músico (cuernos bocinas, etc.) con los que llaman la atención de la gente».

Con flores y plumas… Si Barandiaran y Arrue no hablan exactamente de lo mismo… que venga Santa Lucía y lo vea. Que para eso es la patrona de la vista.

Las mujeres y los ajos del Berakatz Egun

Con el nombre de Berakatz Egun o el de su equivalente en castellano Día de Ajos, se conocen unas curiosas fiestas restringidas a tres municipios muy cercanos entre sí: Arrankudiaga y Orozko en Bizkaia y Laudio en Araba.

La aportación de este artículo pretende ser el rescate del papel preponderante de la mujer en ese día, un día en el que, como si de autoridades locales se tratasen, lideraban las danzas ceremoniales propias de la jornada.

Devolvamos a la actualidad el prestigio social femenino, ese que los estudiosos del folclore intentaron ocultar hasta hacerlo casi desaparecer de la memoria colectiva.


Detalle del cuadro Berakatz Eguna (c. 1914) de José Arrue, con el aurresku del baile (personaje delantero) ataviado con ajos, en Orozko.

Solamente por esa concreción geográfica y su exclusiva denominación los Berakatz Egun merecen ser considerados como unos elementos patrimoniales de interés. Pero además, como veremos, su valor es mucho más rico que lo que nos muestran los vestigios que han llegado hasta nosotros, los últimos rescoldos de una gran hoguera cultural que ardía en honor a la mujer y que, desgraciadamente, los tiempos modernos se empeñaron en extinguir o devaluar.

PARA QUÉ. La finalidad del Berakatz Egun siempre ha sido la de poner fin a un ciclo festivo, la de ser la jornada de cierre de unos días dedicados a la celebración y a la diversión. Y, a pesar de su carácter postrero y de relajación frente a los días más grandes que le preceden, quizá por aliviarse de la carga de tanta solemnidad que pesaba sobre los días especiales, con el paso de los siglos se convirtió en el día popular por excelencia. En Arrankudiaga y Orozko sigue siendo así.

No en Laudio en donde el refuerzo de otras fechas, especialmente en el último siglo, hizo que
el Berakatz Egun quedase paulatinamente relegado, hasta casi desaparecer. Sin embargo, es significativo que cuando el sacerdote e investigador José Miguel Barandiaran (1889-1991) encuesta a gente de Laudio en 1935 para preguntar sobre las fiestas locales de carácter popular, éstos tan solo reseñen el Berakatz Egun de entre todo el ciclo de los sanroques. No es casualidad.

FECHAS. Como ya hemos citado, el Berakatz Egun o Día de Ajos siempre ha de poner fin a un conjunto festivo. En el caso de Arrankudiaga las fiestas se celebran desde la Asunción —15 de agosto— hasta el domingo siguiente, que es el día de la Cofradía, con comida en el pórtico de su iglesia. Es en el día posterior, siempre lunes, cuando celebran el concurrido Berakatz Egun, hoy identificado por la ingesta popular de morcillas. El caso es calcado al «lunes de Cofradías«en Ugao—lunes siguiente a la Cofradía original y que ya no se celebra como tal—, fiesta popular donde las haya y, desde hace unas décadas, se identificada con las alubiadas que llenan cada rincón del municipio.

Cuadro Sokadantza (1915) de Javier Ziga

En Orozko, su día grande es el de San Antolín —2 de septiembre— un santo que siendo secundario en la también secundaria iglesia de Sta. María (la principal está advocada a San Juan Bautista), concertó las mayores devociones, quizá por la presunción milagrera de sus reliquias. Así nos lo contaba Pascual Madoz (1845) con la información que le enviaron desde el Valle: «…en la [iglesia] de Santa María se halla la efigie y reliquia del dedo índice del glorioso mártir San Antolín a cuya festividad concurre en corporación el ayuntamiento pleno con el clero». Suponemos que al ambiente festivo ayudaría también el que «en los primeros días del mes de septiembre se celebra anualmente feria de ropas, lienzos y linos, que es de bastante concurrencia» (Diccionario geográfico, 1802).


Detalle del cuadro Berakatz Eguna (c. 1914) de José Arrue, con el aurresku del baile (personaje delantero) y músico ataviados con ajos, en Orozko.

Como en tantos lugares sucede, el período festivo se compone de tres jornadas: el día del santo, el de su repetición y el siguiente y postrero, nuestro Berakatz Eguna que, en este caso de Orozko, coincide por tanto siempre con el 4 de septiembre.

Algo similar sucede en Laudio que, en su conjunto de tres días de festividad, celebraba San Roque, su repetición —llamada San Rokezar (‘San Roque (el) viejo’)— y el día final, Berakatz Eguna, siempre el 18 de agosto. De nuevo tres días, algo que choca con la estructura actual de fiestas, más extensas, que todos hemos conocido. Por ello hemos de aclarar que, tal y como publicamos en otra ocasión, el día 15 de agosto se incorporó al conjunto festivo en 1909 y es debido a la inauguración de una controvertida estatua. Por otra parte, la Cofradía y su jornada previa aparecen siempre desligadas del conjunto festivo y con carácter absolutamente independiente respecto al mismo.


Detalle del cuadro Berakatz Eguna (c. 1914) de José Arrue, con el aurresku del baile (personaje delantero) ataviado con ajos, en Orozko.

DÍA DE LAS MUJERES. Especialmente en Laudio se recuerda el Día de Ajos como uno de los más participativos en el primer tercio del siglo pasado, previo a la guerra fratricida (1936-39). Era el día de asueto de la servidumbre —femenina— del palacio del marqués y de las casas pudientes y, en alegres cadenetas o soka-dantzas, iban a buscarlas los muchachos, ávidos de encender la chispa del amor en sus corazones. El recuerdo de aquella fiesta la recogió el grupo Untzueta Dantza Taldea en el trabajo “Berakatz Eguneko Aurreskua” dentro de la revista local Bai (1996). La referencia a la palabra clave —aurresku— la tomaron de un antiguo programa de fiestas en que aparecía citada.

AURRESKU DE MUJERES. Y no iban desacertados al enfocarlo desde el prisma del aurresku, el baile de los vascos por excelencia y que era mucho más complejo de lo que hoy en día estamos acostumbrados a presenciar. Una de las partes principales del baile eran aquellas cadenetas o soka-dantzas que recorrían calles y plazas.

El puesto más honorífico de aquel baile colectivo, el de más reconocimiento social, era el del dantzari que encabezaba la cadeneta. Era la ‘mano delantera’, el que da nombre al mismo aurresku (aurre + esku), en contraposición al bailarín que la cerraba, el atzesku (atze + esku) o ‘mano trasera’, el segundo en del rango de honores.

OCULTACIÓN DE LA MUJER. A pesar de la infinidad de trabajos etnográficos y de investigación profunda del folclore realizados entre el XIX y XX, la presencia de la mujer quedaba restringida a un papel irrelevante en el aurresku, siempre para engrandecer el rol brillante del hombre (obras de Labayru, Aita Donostia…). Sirva como muestra esta contundente aseveración del gran estudioso Aita Donostia (1886-1956), probablemente a sabiendas de que no reflejaba la realidad que él había de conocer: «El hecho es que la mujer vasca no baila en el verdadero sentido que la palabra tiene entre nosotros. Asiste al baile y toma parte en él; pero como bien se ha dicho, es para «ser bailada», para que ante ella muestre el varón sus habilidades». Y en base a aquellos autores está tan arraigada esa creencia errónea que aún hoy en día leemos en la wikipedia que «…era costumbre sacar por pareja del aurreskulari (bailarín de aurresku) a la señora o hija del alcalde, la que no hacía más que presenciar la fiesta, ya que en este baile la mujer no baila, sino que es bailada»

Pero no puede ser mero fruto del despiste o la casualidad que se pasasen por alto y de refilón todas aquellas referencias en las que la mujer lideraba, con todos los honores sociales correspondientes, el baile del aurresku. Quizá se deba esa ocultación a la condición religiosa de la mayoría de estudiosos de nuestros bailes como ya se ha apuntado en algunas ocasiones o, sin más, al machismo que con más fuerza que nunca llegaba de la mano del mundo obrero fabril, en el que el hombre adquiría el papel predominante al llevar un sueldo a casa, dejando a la mujer un cometido doméstico y devaluado al no aportar a la economía doméstica riqueza en metálico.

En realidad, son muchísimos ya los documentos históricos conocidos que desde las épocas más antiguas nos hablan de aquellos bailes o días especiales en los que la mujer disponía de toda la relevancia y reconocimiento social imaginable, quedando su papel en el baile diferenciado del masculino y no supeditado a este. Al respecto clarificadora por concisa es la obra Así bailan las mujeres en Bizkaya (sic) de Iñaki Irigoien publicada recientemente (2019) por el Museo Vasco de Bilbao junto a Bizkaiko Dantzarien Biltzarra.

Grabado de Christoph Weiditz (c. 1529) en el que representa cómo «bailan las mujeres en Bizkaia«. Su pose es la característica del aurresku o aurreskulari, el papel m´ás estimado por relevante. Es la primera constatación de que, a pesar de lo que tantas veces se ha publicado, las mujeres no participan solo «para ser bailadas por los hombres» sino que ellas lideran también unas ceremoniosas danzas en las que «bailan a los hombres».

Es ahí — además de en otras varias publicaciones especializadas— en donde se habla de cómo en diversas poblaciones, el tercer día festivo es el propio de las mujeres y su aurresku. Unas mujeres que en absoluto se limita a la servidumbre doméstica como se recordaba en sus últimos rescoldos en Laudio sino por la mera condición de ser mujer, eso que se pretendió luego ocultar. Es en épocas anteriores a la omisión de la presencia histórica femenina en las danzas cuando ya tenemos noticia de ellas. Por ejemplo, Ignacio Iztueta nos dice ya en 1824 que, generalmente, las señoras casadas bailan a sus maridos el tercer día de las fiestas patronales, fecha dedicada en aquella época particularmente a las mujeres y que, en diversos pueblos, todavía recordaban o practicaban. Las mujeres a los maridos, el orden tradicional invertido. Sin duda, ahí hemos de entroncar nuestro Berakatz Eguna.

Otro ejemplo cercano de fiesta con el aurresku (soka-dantza) presidido por señoritas de categoría social destacada es el que, de casualidad, recogemos en la romería del santuario de La Blanca, en la cercana población de Llanteno, Ayala. Algo que a priori podría parecer impensable. Nada menos que inmersos ya en el siglo XX. E insistimos en el «de casualidad» porque aquello que parecía ser costumbre hace un siglo ya no se recuerda entre sus habitantes. Decía así el corresponsal de El Noticiero Bilbaino (09-08-1905) enviado a Artziniega:

«Un incidente que no había podido prever hízome abandonar la romería cuando esta daba señales de verse más animada. Así es que no presencie el famosísimo aurresku hecho por muchachas acerca del cual me han informado en medio de los mayores elogios…».

Noticia del aurresku liderado por mujeres, «famosísimo» por aquel entonces en la romería del santuario de La Blanca, en la montaña de Llanteno, Ayala (Álava). Noticia de 1905.

POR QUÉ AJOS Y MUJERES. En la obra Así bailan las mujeres en Bizkaia antes citada se nos habla del tercer día festivo, de Ubidea y Otxandio, con el aurresku, su solemnidad y honores reservado a las mujeres: «En la década de 1940, en el pueblo de Ubidea, no habiendo tamborilero en el lugar, se contrataba al de Otxandiano, y a su son, el tercer día de las fiestas de San Juan, se bailaban aurreskus dirigidos por las mujeres, ya que el uso de la plaza les pertenecía a ellas. En aquel tiempo, también se daba este hecho en la villa de Otxandiano, bailando dicho tercer día de sus fiestas,al cual denominaban «Koziñera egune»». Y esta última denominación puede ser el indicio que nos sustente la hipótesis que a continuación planteamos.

La mujer, al margen de su función o clase social, era la encargada de recibir invitados en los grandes días festivos así como de supervisar o cocinar las abundantes viandas que se iban a disfrutar en los banquetes. Por eso eran días de tensión que, supuestamente, desaparecerían al día siguiente y final, el Día de Ajos, apto para liberarse del trabajo y centrarse en disfrutar de la fiesta.

Por otra parte, es de creencia popular general que la sopa de ajo es el mejor depurativo tras los excesos de las comilonas y, sobre todo, de la excesiva ingesta de alcohol. De ahí que aún en muchas fiestas populares se prepare al amanecer, para ir a la cama en un estado lo más sobrio posible. Y, como ya he publicado en más de una ocasión, es fácil que ese fuese el menú del «día después» y que de ahí adquieran su símbolo del ajo, los Berakatz Egun que aquí tratamos. Era además un plato fácil de preparar y que dejaba el tiempo libre necesario a las mujeres para celebrar su día por excelencia. Pero insistimos, no debió ser algo limitado a las servidumbres sino a toda la estructura social que sustentaba la mujer.

Detalle del cuadro Berakatz Eguna (c. 1914) de José Arrue, en Orozko. Dos hombres, aparentemente ebrios, rompen la armonía del baile. Era tal la solemnidad e importancia social de la danza que solía haber un alguacil o persona encargada de expulsar a los personajes que no danzaban con el decoro adecuado

ADORNOS DE AJOS. Esa exaltación del ajo como elemento festivo, se convirtió en una especie de adorno inexcusable y simbólico al menos en casos como el de Laudio. Aunque en la actualidad nadie lo recuerde, disponemos de una preciosa información que se recoge en 1935, en unas notas en las que un informante de Laudio —D. de Isusi— responde a las cuestiones hechas por José Miguel Barandiaran sobre las fiestas populares y sus rituales populares. Como antes hemos apuntado, es curioso que de todos los sanroques, el informante sólo haga mención al Berakatz Egun, seguramente por ser la jornada festiva con más arraigo popular. Son datos inéditos, desconocidos hasta hoy, ya que aunque se conservaron las notas manuscritas en Ataun, el conocido sacerdote no las publicó jamás. Con todos los ingredientes deseados dentro de ellas, dicen así:

«Día 18 de agosto. Día de Berakatza. El día 18 de agosto desde tiempo inmemorial se viene celebrando en Laudio la fiesta de Berakatza, llamada en general, «día Berakatzeun (sic) o de los ajos«.

Actualmente la fiesta se halla muy reformada y solo se observa que las señoritas que presiden la verbena, corrida de toros por la noche, etc. vayan adornadas con grandes collares de ajos; pero dicen mis padres que, en su juventud, se celebraba dicha fiesta en el mismo día que actualmente pero que los números de la fiesta tan solo consistían en un gran número de bailes baskos [sin duda en referencia al aurresku]. Los bailarines debían presentarse al público, completamente adornados con ajos así como el balcón del ayuntamiento, etc. Se puede decir que actualmente no se conserva de la fiesta más que el nombre».

Notas sobre el Berakatz Egun de Laudio, recogidas por J. M. Barandiaran aunque sin reflejo en sus publicaciones (1935)

Hoy no se conoce referencia alguna de aquellos ajos que se usaban como adorno característico de dicha fiesta y, de no ser por esta nota, se habría perdido para siempre. Algo similar sucedería con el caso de Arrankudiaga, del que no tenemos ninguna referencia a los ajos aunque, no lo dudo, existiría.

«…las señoritas que presiden la verbena, corrida de toros por la noche, etc. vayan adornadas con grandes collares de ajos...» Laudio, 1935.

Tan sólo en Orozko es costumbre aún hoy en día el mostrar un diente de ajo colgado del pañuelo festivo o prendido de la camisa en su día de Berakatz Eguna. Debe de ser el recuerdo residual de algo más complejo y de lo que ya hoya nada sabemos.

Por otra parte, una vez más, debemos a José Arrue (1885-1977) el documento gráfico de aquellas fiestas. En un cuadro titulado Berakatz Eguna y que expone en 1914, refleja el Orozko de hace un siglo. Muestra en él a unos muchachos que adornan sus sombreros —elemento imprescindible en los aurreskus descritos en el XVIII — y trajes con ajos y acompañan en la soka-dantza las jóvenes muchachas, aparentemente de diversa condición social, por el centro del pueblo.

En este caso, el aurresku o dantzari que encabeza el baile, el puesto más honorífico, corresponde a un varón ataviado con los ajos. Se echa en falta que sea una mujer, como todo parece indicar que fue. Sin embargo sí es mujer la atzesku —el puesto final— el segundo en importancia tras el aurresku delantero, lo que ya nos da una pista. Parece una muchacha distinguida, no una aldeana al uso de las que tantas veces dibuja.


Detalle del cuadro Berakatz Eguna (c. 1914) de José Arrue, con la atzesku del baile (personaje que cierra la cadeneta) femenina, en Orozko. Aparenta ser una muchacha distinguida, digna de ocupar el honroso puesto.

Quiero pensar que unas décadas atrás ocupaba también el puesto delantero una mujer honorable. Pero para cuando se pintó el cuadro ya estábamos en el siglo XX y nada era lo que había sido. La modernidad había llegado para quedarse y un mundo lleno de novedosas cámaras fotográficas, fábricas, vapores, carbones, ferrocarril, bancos, altos hornos, coches… devoraba compulsivamente el recuerdo de todo el pasado hasta relegarlo al olvido. Así abandonamos también a la mujer, su baile y sus ajos. Por mi parte os aseguro que será un placer comenzar a recuperar el tiempo perdido…

NOTAS:
= Por adecuación al calendario festivo, desde 1999 el Berakatz Egun de Laudio se celebra el miércoles previo al último domingo de agosto. Es decir no en el tradicional 18 de agosto sino en una fecha que fluctúa entre el 21 y el 27 del mes.

= El baile vasco es muy complejo y lo que hoy conocemos como aurresku (un dantzari mostrando los respetos a un personaje homenajeado) es la mínima expresión de un baile con diferentes partes y códigos de funcionamiento. Por ello, cuando hablamos del aurresku histórico, hacemos más referencia a la soka-dantza y bailes entre hombres y mujeres. Para más información, léase esta nota de la enciclopedia Auñamendi.

= La gente mayor de Laudio, ya no euskaldunes, usan en castellano la denominación Día de Ajos pero también Beracacégun, un término eusquérico pero con una pronunciación castellanizante. En cualquier caso, su uso está ya muy restringido.

= El ajo ha sido considerado como un elemento con poderes sobrenaturales y muy válido para hacer frente a los maleficios que acechan desde el exterior. No sólo en Euskal Herria sino, al menos, en gran parte de Europa. Por ello, los collares de ajos han sido usados a modo de talismán protector. Sin embargo, por simple intuición, no creo que sea el camino a explorar a la hora de interpretar nuestro Berakatz Eguna.

Olentzero es un madero

El personaje de Olentzero que tan incuestionable nos parece hoy, poco o nada tiene de tradicional entre nosotros y sí mucho de una necesidad ideológica de un momento concreto, siendo luego bien espoleado por el comercio, siempre ansioso de mover las cajas registradoras. Y no está mal del todo y de hecho me encanta para celebrarlo. Pero no soporto que ello conlleve una matarrasa de todo lo anterior, de lo propio y genuino. Tanto que lleguemos a olvidar quiénes somos y de dónde venimos. Así es que vamos a revolver un poco, como un modo de lucha revolucionaria y antisistema contra el olvido generalizado.

Olentzero en Bilbo, todo un espectáculo. Pero espectáculo dicho en todos los sentidos: pobres criaturas, pobre país…

EL SOL Y EL FUEGO. Nuestra celebración navideña se debe —como a estas alturas todos sabemos— no a la rememoración del nacimiento de Jesucristo sino a unos antiquísimos ritos paganos previos consistentes en la adoración al sol, costumbres que el cristianismo enmascarará posteriormente con esa efeméride natalicia inventada ad hoc para adueñarse de ellos.

En estas fechas tan entrañables celebramos el inicio del invierno en nuestros calendarios actuales o, quizá mejor, tal como se percibe en los países del norte de Europa, el día central del invierno, ya que es ahora cuando menos fuerza tiene el sol.

También sabemos que aquellos ancestrales ritos de adoración al sol se materializan entre nosotros por medio del fuego, una especie de delegación simbólica de aquel astro en la Tierra. Un fuego que en las fechas señaladas del ciclo solar adquiere siempre un carácter mágico, purificador, benefactor y protector para sus súbditos los humanos. Es el sol el que da y quita la vida a esa naturaleza de la que nos sustentamos.

La especulación sobre la posible antigüedad de esos ritos del fuego solar es algo que estremece. Pero prueba de ello es que, de un modo u otro, se llevan a cabo en prácticamente todas las culturas del mundo. Es decir, es algo en apariencia inherente a nuestra existencia como seres humanos.

EL TRONCO PRODIGIOSO. Con los nombres de eguberri, gabon, gabonzuzi, gabon-subil, gabon-mukur, olentzero-enbor, onontzoro-mokor, subilaro-egur, suklaro-egur, sukubela, porrondoko... recogió Barandiaran en toda la geografía vasca la costumbre de traer desde el bosque hasta el hogar un gran tronco cuyo destino era el ser «sacrificado» en el fuego, quizá ofrendado al sol para así atraer su protección y prosperidad en el futuro más cercano. Debía de arder durante esa noche solsticial —Nochebuena— y así poder convertirse en algo mágico, dotado de poderes sobrenaturales.

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año». Imagen de leñadores vascos

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En Larraun, como en la mayoría de los pueblos, ardía en el hogar sólo durante Nochebuena; en Llodio y en Salvatierra hasta la última noche del año...» contaba el sacerdote de Ataun en unas densas notas que, por su interés, reproducimos completas al final de este post.

De la gente entrevistada en Laudio —mi pueblo de nacimiento—, nadie lo recuerda hoy. Aunque sí milagrosamente algunas personas mayores de Luiaondo u Okondo. Su ceniza bendecía los campos  y ayudaba a mantener la buena salud del ganado.

OLENTZERO. Curiosamente ese madero mágico de Nochebuena recibe el nombre de Olentzero en algunos rincones de nuestra geografía, en referencia a la bondad de los augurios de esa noche, al instante estrictamente navideño, nada que ver con el personaje que hoy conocemos. Sí tenemos referencias, claro está, de un complejo personaje mitológico que simboliza estas fechas solsticiales o al menos actualmente comparte su nombre. En cualquier caso, nada tiene que ver con un carbonero, el mito moderno actual. Por no extendernos, dejamos para otra ocasión la profundización en la metamorfosis histórica de ese personaje.

Concuerda con el hecho de que no se hable de ningún carbonero ni personaje ni nada similar en la primera referencia de esa palabra, como es sabido, a manos de Lope Martínez de Isasti (Lezo, 1565-1626). Su explicación no deja lugar a dudas: «A la noche de Navidad [llamamos] onenzaro, ‘la sazón [la época] de los buenos’». Tampoco en las siguientes citas documentadas, limitadas a describir con ese término el período de tiempo de esas fechas mágicas. Lo aclara a las mil maravillas un dicho popular mucho más tardío recogido por R. Mª Azkue (Euskalerriaren Yakintza) de un Almanaque bilbaíno de 1897: «Onezaroz leihoan, Pazkoetan sua» [‘Por Navidades en la ventana, en Pascua junto al fuego’]. Es decir, que ha de hacer invierno cuando toca porque, si se trastoca el orden natural, nos golpeará su crudeza en primavera, cuando más perjudicial es para las cosechas. Algo similar al «Cuando marzo mayea, mayo marcea» con el que mi madre sentencia el firmamento cada vez que mira por la ventana. Una y otra vez. Año tras año. Con la pasión además de quien cree estar desvelando algo hasta entonces desconocido.

Nunca encontramos en los registros mínimamente clásicos de nuestra lengua carbonero alguno bajo en nombre de Olentzero. Sospecho por ello que lo inventaríamos a fines del XIX o, quizá incluso, a principios del XX.

En cualquier caso, no es difícil de hacer una extrapolación para sugerir que podrían identificarse perfectamente la extracción de un llamativo tronco del bosque y la labor de los carboneros en las más apartadas montañas, la idealización moderna del concepto de Olentzero.

Olentzero con Mari Domingi en Mungialde, bien cargados de regalos para los peques

TIÓ DE NADAL, TIZON DE NABIDAT. La misma concepción de ese tronco navideño que conlleva la prosperidad y la bondad lo tenemos en el Tió de Nadal, –también llamado tronc(a), soca, xoca, cachafuòc o soc de Nadal…– de las culturas circumpirenaicas de Cataluña, Andorra, Occitania y Aragón, un tronco al que se cuida y “alimenta” en casa hasta que en Nochebuena se le hace “defecar” todos los alimentos, regalos, etc. poniendo un fin simbólico al hambre y las penurias.

Tió Nadal, el tronco mágico navideño pirenaico, que cuenta con especial relevancia en Cataluña

Una referencia con un mayor valor etnográfico si cabe podemos observarla en una plegaria ritual recogida en Escalona (Huesca) y en donde, en el momento de prenderle fuego, el más viejo o dueño de la casa solicita al madero navideño todo tipo de favores con los que, prácticamente, se hace una definición de lo que se considera felicidad:

«Tizon de Nabidat tu yes o tronco d’a casa por ixo yo bendizco con bin esta troncada en nombre de Dios y o nino que baxa ta la tierra ta que ta ista casa traigas a felizidat más plena. O primer trallo ta tu, porque tu tot lo nabegas. O segundo por nusatros que nos des salut a espuertas. O terzero ta que niebe y se críen as cosechas. O cuarto ta que as arreses no se disgrazien ni mueran. Y o quinto ta que a Paz nos espante toda guerra».

Fiesta rural de los Tonis en Taradell (Barcelona), con un claro carácter de ritual de invierno. Transporte del gran tronco en las tres tombs (paseo compuesto de tres vueltas por el pueblo). Año de 2016.

Felicitación navideña con alegoría al transporte del Yule Log, el tronco de Navidad. 1870 aprox.

YULE LOG EUROPEO. Nuestras ancestrales costumbres han sido compartidas por los países del norte de Europa, con el nombre de Yule log –hoy reducido en muchas ocasiones a una tarta con forma de madero–, el Christklotz… unos grandes troncos, símbolos por excelencia de la Navidad, y que se acarreaban hasta el hogar para que éste quedase bendecido con su simple presencia. Es exactamente lo mismo que tan arraigado aparece en nuestras costumbres locales vascas.

Antiquísima cultura europea común basada en una religión de adoración del bosque… Una vez más, otro camino diferente nos conduce hasta la misma piedra angular.

ÁRBOL DE NAVIDAD. Curiosamente, en estos días que ahora nos toca vivir, muchos de nuestros hogares, calles y plazas se encuentran decoradas con el árbol de Navidad. Es una costumbre moderna entre nosotros pero que a su vez, con su importación, cerramos el círculo del culto al árbol que nuestros antepasados practicaron: recogemos de fuera lo que perdimos aquí.

En efecto, la moda del árbol adornado en nuestros hogares la importamos en su día de Francia y ésta, a su vez, a mediados del XIX, de los países germánicos. En su lugar de origen –Alemania y Escandinavia– con él se adoraba al dios Frey, el responsable del sol, la prosperidad y la lluvia: mitología en su estado más esencial.

De ahí que se adorne con regalos, comida, felicidad… colgando de sus ramas como reclamo y preludio de esa prosperidad que con él auguramos. Hablamos sin duda de lo mismo, de aquel árbol que con gran esfuerzo arrastraban desde el bosque hasta nuestros hogares para que portase la abundancia, fecundidad y felicidad a la comunidad que allí vivía. Idéntico fin y origen que esa expresión de «próspero año nuevo» que una y otra vez repetimos casi sin ser conscientes de ella.

Cortando el árbol de Navidad en el bosque. Franz Krüger. 1857

Estremece asimismo pensar cómo también nuestros antepasados eligieron un solemne árbol en torno al cual hacer las juntas vecinales para determinar los designios del pueblo, el embrión de los actuales ayuntamientos. El árbol, siempre el árbol… el idolatrado bosque, reminiscencias de aquellos pueblos a los que los romanos llamaron bárbaros. 

Ahora hemos de conformarnos con un personaje de diseño idealizado para las fiestas solsticiales y que por su complejidad ya trataremos en otra ocasión. Nada que ver ni siquiera con aquel último gentil, el único que no se inmoló al ver nacer a Jesucristo y que —cuenta la leyenda— descendió al valle a dar la noticia de que empezaba una nueva era.

Un afinado Olentzero el actual, recién casado con esposa impuesta por conveniencia –último grito en modernidad–, que ya no se emborracha ni puede mostrar su pipa porque incitaría a fumar a los más pequeños. Un personaje, para más deshonra y ofensa, al que hemos añadido un saco repleto de regalos a la espalda que nunca hasta entonces había llevado. Unas dádivas que los niños reciben tras haber escrito una carta con sus infantiles deseos y que puntualmente recoge un emisario de nuestro orondo Olentzero. Y si se le puede poner un zapato para que identifique a cada uno de la familia, perfecto. Eso sí, como es carbonero, entrega carbón a quien se ha portado mal. ¿Nos suena de algún otro lugar, verdad?

En resumen, lo único cierto de esta historia es que hemos creado un San Nicolás o Santa Claus “a la vasca”, diseñado a medida hace unas pocas décadas: ya tenemos el Euskal Papa Noël, el sustituto perfecto para los Reyes Magos. Cuando no lo hacemos posar junto a una mula y un buey…

LOS REGALOS. Por cierto, personaje éste de Santa Claus que comenzó a hacer regalos de juguetes, etc. a los más pequeños en torno a 1820, auspiciado por el comercio. O la réplica comercial de aquél, nuestros Reyes Magos cuyos «regalos de siempre» comenzaron en 1850… Dicho de otro modo: ayer. Y de ahí nuestra también «ancestral tradición» de los regalos de Olentzero que nunca hasta estas últimas décadas lo había hecho.

Imagen de hoy mismo, con el fuego que convierte en hogar la casa que me vio nacer

LA INFELICIDAD DEL OLVIDO. Y no es que esté en contra de la actualización, readecuación de nuestras costumbres, porque en el fondo siempre han sido cambiantes en el tiempo y porque, bienvenidos sean los cambios si ellos ayudan a su perduración. Pero a su vez, mientras alentamos esos nuevos mitos y leyendas, dejamos escapar sin ningún guiño de añoranza aquello que durante siglos o milenios fue nuestra esencia, el alma de nuestra cultura. Ni una sola referencia en ninguna publicación ni una breve explicación sobre nuestro tronco navideño en la más remota escuela infantil. Nada de nada.

No parece posible que sea cierto lo que estoy contando ¿verdad? Con lo celosos que somos los vascos para nuestras tradiciones…

Así es que os deseo mucha felicidad a todos/as y un “próspero” año nuevo. Comprad lotería para ver si os toca, que yo me quedo conforme pegado al tronco de árbol que arderá, más mágico y atávico que nunca, en el fuego de Nochebuena. Porque bien es sabido que es el fuego el que da nombre al hogar. Eso ya es suerte de por sí. Eguberri on.

CONTINUACIÓN (2ª parte): Olentzero: de madero a carbonero

Viejo tronco junto a la Ventilla de Okondogoiena (Okondo) paulatinamente fundiéndose con la tierra de la que surgió

ANEXO: TEXTO DE J. M. BARANDIARAN SOBRE EL TRONCO DE NAVIDAD (1956)

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En Larraun, como en la mayoría de los pueblos, ardía en el hogar sólo durante Nochebuena; en Llodio y en Salvatierra hasta la última noche del año. En Esquiroz y en Elcano ponen al fuego tres troncos: el primero para Dios, el segundo para Nuestra Señora, el tercero para la familia. En Eraso y en Araquil ponen, además, un madero para cada uno de los miembros de la familia y otro para el pordiosero. En Olaeta encienden en el hogar un tronco de haya durante la última noche del año y queman a su lado todo lo que queda del tronco del año anterior. Por haber estado al fuego durante la Nochebuena o en el último día del año, Gabonzuzi tiene virtud especial. Con su fuego preparan la cena de Nochebuena en Oyarzun.

En Abadiano y en Anzuola hacen lo mismo; además, después de la cena, la familia se agrupa en su derredor para calentarse. En Elduayen procuran hacerle arder a gran fuego, a fin de evitar, según se lo dicen a los niños, que descienda de la chimenea el personaje Olentzaro, armado con una hoz, a quitar la vida a cuantos viven en la casa.

En Esquiroz colocan el tronco o Gabonzuzi consagrado a Dios en el umbral de la puerta principal de la casa el primer día del año, o el día de San Antón, y hacen pasar por encima a todos los animales domésticos. Creen que así los animales no morirán por accidente durante el año. La misma costumbre existía también en Oyarzun y en Araquil. En Salvatierra creen que Gabonzuzi tiene la virtud de alejar las tempestades y lo ponen al fuego cada vez que se acerca una tormenta.

En las casas donde hay toro semental practican lo siguiente: colocan al fuego en el hogar dos palos durante la cena de Nochebuena; ambos se queman algo por un extremo; hienden luego el más largo de los dos por el extremo quemado y colocan el segundo atravesado en la hendedura del primero de modo que ambos formen una cruz; ésta es llevada al establo donde se halla el toro y clavada o colgada de un muro o poste. Con esto creen que el toro no tendrá durante el año el mal conocido con el nombre maminpartidu.

En Aezcoa recogen el carbón y la ceniza producidos por la combustión de Gabonzuzi. Cuando una vaca tiene endurecida la ubre, ponen al fuego tales residuos y aplican su sahumerio a la ubre enferma. En Amorebieta dicen que el nochebueno o Gabonzuzi evita que la comadreja perjudique a quienes viven en la casa o a sus animales. No dejan que se apague el fuego del hogar durante la Nochebuena para evitar que alguno de la familia muera durante el año.

En Bedia conservan el tronco o sus carbones, pues piensan que asi continúa bendecida la casa. La ceniza producida al quemarse ese tronco en el hogar es conservada hasta el día de San Esteban en Ibárruri. Ese día la llevan a las piezas de cultivo y es esparcida en forma de cruz en la tierra. Así piensan que los animales dañinos morirán.

Según creencia de Liguinaga el nochebueno influye en que sean hembras los corderos que nazcan en el rebaño. Cuando muere una persona le ponen al lado Gabonzuzi en Eraso. En Olaeta ese tronco, que allí arde en la última noche del año, es retirado después de la cena y colocado en el establo a fin de preservar de enfermedades a los animales allí recogidos».