Vendimia, lastapeko y añoranzas

Uvas listas para verter sus lágrimas

Aunque dudo de que ya la use alguien, con la palabra lastapeko se conocía en nuestra comarca (Orozko, Arrankudiaga, Arrigorriaga…) el trago del primer mosto de la prensada, aquel que honoríficamente y en muestra de agradecimiento, se ofrecía a quienes habían vendimiado las uvas.

Quizá soñando con revivir rituales tan exquisitos, pensando en reengancharme con una rica cultura popular que se nos fue, sólo pude contestar “sí, quiero” a la invitación que mi buen amigo Iñaki me hizo para que este pasado sábado les ayudase a vendimiar.

Pero la realidad, por lo general, entiende poco de atmósferas románticas. Por ello, una vez llegado a aquel barrio del poniente vasco a la hora prevista, observé que ya rulaba por allí un enjambre humano que ocupaba cada rincón de la finca. Así es que poco más que posar para la foto pude hacer porque, cuando llevaba medio cesto, ya había finalizado todo. Eran los G. C.  y los C. G., dos familias que alternan idénticos apellidos, estirpes uncidas con el yugo de la vida y que en la práctica son una unidad monolítica inquebrantable.

Menos mal que, siendo el día de San Miguel como era, me había comprometido a elaborarles una limonada de garrafa con su txakolin para así hacer una especie de lastapeko granizado al final de la comida. De ese modo parecía ganarme el derecho a gozar en vivo y en directo del proceso de la vendimia, estrujado y prensado de sus uvas.

Deambulando por allí, sin pretenderlo, comenzaron a brotarme de los cajones de la memoria recuerdos de otras lejanas vendimias. Cajones que llevaban cerrados durante décadas y que se abrían ahora de par en par al sentir de nuevo la pegajosidad en las manos y al olfatear el olor dulzón de los hollejos ya vacíos.

No tendría ni diez años y estábamos una vez más en el caserío de los tíos Lorenzo y Ana Mari en Arbide, Arrankudiaga. La vendimia de aquellas uvas en parra era algo que se vivía por aquel entonces con gran intensidad y liturgia desde semanas atrás. Había que sanear las viejas barricas, empaparlas para hincharlas y adecentar aquel lúgubre y oscuro espacio al final de la cuadra, en donde se ubicaba el lagar.

Recuerdo cómo nos dejaban recoger con las manos pequeños racimos de uvas que, en la mano, llevábamos hasta la gran barrica vertical abierta por su parte superior. Eso cuando no comíamos por el camino aquellos melosos granos, colocándolos en los labios y apretándolos con fuerza para que nos disparasen su pulpa hasta el centro de la boca. Así la separábamos de aquellos pellejos ásperos y poco agradables para el paladar infantil.

Después, bien llena la cuba, nos subían a ella para que pisásemos un rato la uva, quizá con la pedagógica intención de que nunca olvidásemos cómo se materializa unos de los mayores milagros de la naturaleza. Y, sin embargo, hemos traicionado a nuestra memoria de pueblo

Pronto tomaba las riendas de la situación mi tío Lorenzo Esparza, un hombrachón que buscaba apoyo en los hombros de otro compañero mientras ejecutaba aquella especie de danza atávica, interiorizada en sus genes desde siglos atrás.

Una vez “bailado” y roto el grano se pasaba al lagar. Allí, una larga viga de madera pivotaba sobre uno de sus extremos para apretar un entramado de tablas y cabrios dispuestos sobre la uva. Su empuje consistía en la fuerza que ejercían unas pesadas piedras que colgaban en la punta opuesta del madero. Así se dejaba toda la noche para que, en un prolongado lamento, fuese derramando todo el líquido que contenían sus granos. Aunque cierto es que de vez en cuando había que desmontar las piedras y elevar la viga con una polea unida al techo de la cuadra, para introducir de nuevo más maderas con las que prensar más la uva y así extraer hasta el último aliento del alma de aquellos benditos frutos.

Hablaba Lorenzo con irónico desprecio hacia su rústico artilugio porque ya conocía las modernas prensas de husillo metálico, como la que tenía el vecino José Arbide –apellido coincidente con el nombre de la casa y barrio– y con las que todo aparentaba ser más simple y beneficioso. Tanto que ya había ganado durante varios años consecutivos el título de mejor txakolingorri de Bizkaia. Lo mismo sucedía con la renovada maquinaria del caserío Errotalde, reconocible por sus flamantes emparrados. Todos menos él… Poco imaginaría Lorenzo que aquel trasto que tan pocas alegrías le daba era la gran joya etnográfica del barrio, lo puro entre lo auténtico, como lo era su propio caserío de frontal de tabique de escoria, recuerdo de legendarias ferrerías que en otro tiempo llenaron de ruido y riqueza el húmedo valle.

En aquella misma gran barrica llamada bukoe –que no es sino bocoy– en la que se había pisado la uva, se vertía el nuevo mosto recogido del lagar, atendiendo siempre a que estuviese rebosante para que expulsase las impurezas a medida que hervía el conjunto con la fermentación. Finalizada ésta, con paulatinos trasiegos entre barricas, se iba aportando limpieza hasta que ya se procedía al embotellado definitivo en el ritual día del menguante de febrero. Impensable hacerlo en otra fecha.

Aquella viga de lagar duró hasta que se rompió en las inundaciones de 1983 año en que se vieron obligados a reparar y renovar la maltrecha casa casi en su totalidad. Y la riada también llevó los recuerdos y aquellos quehaceres vitivinícolas que daban sentido a la vida del bueno de Lorenzo.

Pero ya no queda nada. Ni siquiera Lorenzo. Por ello, cada vez que nos juntamos, rememoramos y reímos con su viuda Ana Mari mil y una anécdotas. Sobre todo la de aquella vaca que en cierta ocasión yacía en el suelo, convulsionándose y moribunda. El veterinario acudió raudo al alarmado aviso y se sintió desconcertado al no saber qué contestar ante aquel cuadro que le resultaba desconocido. Hasta que alguien descubrió en la oscuridad del lugar que tenía la cadena rota y que se había bebido más de medio bukoe de aquel txakolin que alegre fermentaba. Una borrachera vacuna en toda regla… Recuerdos…

Añadido de uva a la prensa, en vistosa cascada.

Pero volví a la realidad y pronto me percaté de que en aquel paraje vizcaino-encartado era otra cosa, otro tiempo: sin duda me estaba haciendo mayor. En mi estancia de okupa en el lugar, observaba y fotografiaba cada movimiento que el omnipresente Vicente tenía bien estudiado y diseñado de antemano. Era el director de orquesta, el Lorenzo de aquel lugar, el que dirigía cada premeditado paso. Ingenioso como pocos, tenía una sorprendente solución para cada problema. Mientras Aitor me hablaba de sus cumbres, Oihan de la gran carretilla de plástico y el pequeño Ekhi de su casa imaginaria entre manzanos.

Máquina trituradora eléctrica, prensa de husillo e impecables depósitos de acero inoxidable con temperatura regulada. Otro paraíso…

Vicente y Jon, aplicados en la labor del prensado

Finalizada la labor, gozamos de una exquisita comida a base especialmente de asados de barbacoa y txakolin como única bebida permitida. También con el producto de su tierra elaboramos la garrafa que tanta admiración despertó pues les resultaba desconocida. Era el día de San Miguel y, sin querer, brindando con limonada bajo aquella parra hicimos una estampa que bien podría ser un cuadro de José Arrue.

“…brindando con limonada bajo aquella parra hicimos una estampa que bien podría ser un cuadro de José Arrue…”

Mientras, algo alejada y distante del bullicio que la ingesta del alcohol iba haciendo aflorar, Mili, la nonagenaria matriarca del solar, observaba con orgullo a toda su prole, pendiente en todo momento de que no les faltase nada. Como las gallinas cuidan de sus polluelos con una insondable generosidad que sólo puede entenderse desde unas entrañas femeninas, maternales. Era el prototipo de etxekoandre de las de siempre, de aquellas que sacrificaban todo por los demás y encima te desarmaban con una sonrisa contra la que poca resistencia se podía argüir. Y, de nuevo sin querer, afloró el recuerdo de una mujer similar a Mili, amama Clara (1987-1991) como nosotros la conocíamos, porque yo tenía abuelas pero también aquella amama de Arrankudiaga que, sin ser en realidad ser nada nuestro, tanto amor nos dio.

Amama Clara frente a su caserío en Arbide, Arrankudiaga en una imagen que yo mismo le hice décadas atrás

Así es que allí, en aquel entorno moldeado por el río Barbadun viví el sábado una jornada apasionante, llena de vivencias actuales y emotivos recuerdos del pasado. Mil gracias de todo corazón a los que hicisteis que me sintiese allí tan dichoso. Por orden alfabético, Aitor, Alaia, Ekhi, Guadalupe, Iñigo, Izaro, Janire, Jon, José Luis, Maitane, Miren, Oihan, Oli, Rebeca, Udane, Unai, Uri y Vicente, sin olvidar claro está a mi amigo Iñaki y a su entrañable madre Mili.

Y, cómo no, con un entrañable recuerdo en mi fuero interno para la memoria de Lorenzo (1928-2007) y amama Clara (1897-1991), aquellos que posiblitaron que en mi más tierna infancia arraigara la vendimia, un sentimiento que, partiendo de unos pequeños pies desnudos, ascendió hasta el centro del corazón.

Por todas vosotras/os, un brindis con el mejor de los lastapeko de nuestro país, Euskal Herria.

 

Los hermanos C. G., girando con ímpetu la garrafa

 

 

Ya es “Eguen zuri”, el más blanco de los jueves

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Hoy, 23 de febrero, no es un jueves cualquiera: es el EGUEN ZURI, una de las fechas más esperadas por pequeños y mayores de otros tiempos, la antesala del carnaval propiamente dicho y que, a pesar de que no se celebra en todas las localidades, es sobradamente conocido.

La festividad del Eguen Zuri se celebra hoy en numerosas localidades vascas, cada una con sus curiosas especificidades y que ya desarrollaremos en otra ocasión, pero que básicamente se apoya sobre tres pilares: la participación de la población infantil, el hacer una ronda-cuestación y el símbolo del gallo a sacrificar como medio de purificación.

Fuera de nuestro entorno, es normal denominar esta fecha como “Jueves de Lardero” o “Jueves gordo”. Gordo, porque era un día en el que en muchos pueblos se salía al campo a hacer una comida basada en el cerdo. Es decir, una clonación del Basaratuste del domingo pasado y que ya tratamos aquí: http://blogs.deia.com/arca-de-no-se/2017/02/09/basaratuste-el-carnaval-del-bosque/

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De hecho, la palabra “lardero” deriva del latín “lardarius” que significa ‘tocinero’. Es más: en La Rioja existe un pueblo llamado Lardero el cual recibió este nombre por la importancia que tuvieron sus salazones en la época de los romanos.También recuerda las costumbres de esta fecha el dicho “Jueves de lardero, longaniza en el puchero”.

En euskera se ha denominado como “Ostegun gizen”, “Ostegun ihaute” y, en el occidente, “Eguen gizen” o “Eguen Lardero” así como con el precioso nombre de “eguen zuri”, (‘jueves blanco’). Era costumbre, una vez más, salir los más pequeños cantando por las casas, haciendo una pequeña cuestación que acababa en una gran merendola. El personaje central era el gallo que acompañaba al coro infantil, en gallo contradictorio en lo simbólico, ya que representaba el amanecer, el renacer y, a su vez, el animal más libidinoso de la casa, insaciable, y entregado por instinto ciego a los pecados carnales del mal. Un gallo que acabaría siendo torturado y muerto, con cuanta más crueldad y ensañamiento mejor, para convertirse en el chivo expiatorio de aquella comunidad humana, el redentor, el talismán que había de depurar las energías perniciosas que cargaban el ambiente.

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Bien lo recoge aquella copla usada para hacer la ronda de este día en aquellos pueblos en que no se hablaba ya euskera, una cantinela que a modo de sentencia judicial, escuchaba atónito el gallo en la cesta, atado de patas y bien sujeto, esperando sumiso su fatal destino: «Este gallo escarbador de trigo y cebada ajena, aquí morirás traidor, por los niños de la escuela»

Son varias las canciones populares que nos hablan de aquellos ancestrales “egun zuri”. Quizá la que es más conocida nos habla de la abundancia de huevos que ya había por aquellas fechas, tanto que hasta los perros descansaban sobre ellos: «EGUEN ZURI, eguen baltz, txakurra arrautza ganean datz. Zuri-zuritxuok geuetzako dira, enparaduak maisuentzat. On dau saltseak espezia, Bartzelonatik ekarria. Nagosi jauna gura genduke, kopla honetako lizentzia. Ateok dira leizarrez, ateburuok zidarrez. Etxe honetako etxeko jauna, urregorrizko bizarrez. Urregorrizko bizarra dauko, urrezurizko bizkarra»

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De todas formas a mí, por cercanía y afinidad, ya que pasé allí buenos días de mi infancia, me gustaría traer a estas líneas la que en el día de hoy estarán cantando casa por casa los más pequeños en Arrankudiaga (Bizkaia). Dice así, transcrito con las variantes fonéticas propias del lugar:

«Eguen zuri egune
kolore ederreko egune
mendi ganean laño pardua
eta azpian eguzki zuria
herri honetako neska-mutilak
zuen aurrera gatoz gaur
tripiarentzako eskatzen dogu
solomorik ahal badozu.
Oilar gorria ta bai ederra
ta gure palu daukagu
onentzat bere eskatzen dogu
zer edo zer ahal badozu.
Etxeko andrie begire dago
zeruko aingeru dirudi
errukitu gugaz eta ahal badozu
ogerlekotxu bat emoguzu.
Orain hemendik bagoaz eta
agur hurrengo artean
agur hurrengo artean
osasun onagaz bizi. Eup

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Su traducción sería ‘Día de “Egun Zuri” (jueves gordo), jornada de bello color, en las cumbres nubes oscuras y abajo [en el valle] sol blanquecino. Hoy venimos frente a ti los chicos y chicas de este pueblo y pedimos para nuestras tripas, a ser posible lomo. Gallo rojo ciertamente bello y tenemos nuestro palo. También pedimos para éste, cualquier cosa si puedes. La señora de la casa está mirando, parece un ángel. Apiádese de nosotros y denos algún durillo. Ahora ya nos marchamos de aquí, adiós hasta la próxima, adiós hasta la próxima y que vivan con buena salud. Eup!!’

Una tradición y canción rescatada “in extremis” de los más mayores del pueblo y que han puesto de nuevo en valor con la implicación de los centros de enseñanza. Un robusto pasado que reverdece para ser delicia del futuro. Una fiesta que ilusiona al contemplarla porque actualmente es la fecha que, cada año, con más inquietud y expectación esperan los peques. Como ha sido siempre… un día grande, porque hoy es Eguen Zuri, el más blanco de los jueves.

 

Basaratuste: el carnaval del bosque

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En nuestra cultura popular vasca existe una curiosa ceremonia de invierno sobre la que no se ha reparado a pesar de lo excepcional de la misma. Se trata del Basaratuste o Kanporamartxo, en notable retroceso y limitado hoy en día a unos pueblos de Bizkaia. En lo que a la puesta en escena se refiere, queda reducido a un almuerzo en el monte, sin referencia alguna a su historia y su razón de ser. Es decir, nos encontramos frente a una fiesta a la que traicioneramente se le hurtó el alma, la esencia y su razón de ser.

Pongámonos en escena… Las fechas tradicionales de los carnavales son libres y variadas dependiendo de la localidad, si bien lo corriente es que se celebren en los tres días previos al Miércoles de Ceniza, es decir, domingo, lunes y martes, que dan paso a la Cuaresma. Insistimos una vez más, que debemos habituarnos a mirar más allá de esas fechas y ceremonias siempre enmascaradas por el cristianismo. Y es que los carnavales son mucho más, algo salvaje, atávico, montaraz… unas fiestas que nos hacen escuchar los latidos de esa tierra que cada día besamos con nuestros pies.

La puerta a aquellos genuinos carnavales,  los auténticos, la abría en algunos lugares el jueves gordo o “de lardero” o, en otros, el Basaratuste. Era esta última una celebración que se hacía –y se hace– en el domingo previo al de carnaval. Hoy en día se conoce como “basaratiste”, “basatoste”, “basatuste”… y basta con citar su nombre para que la sonrisa y el brillo en los ojos afloren en los rostros de muchos de los ancianos a los que preguntamos. Porque recuerdan con nostalgia aquella tradición que, no pudiendo explicar cómo, dejaron perder para siempre. Eso sí: en contraprestación ahora no hay pueblo que no tenga su insustancial desfile y concurso de disfraces para que vanidosamente nos miremos al espejo y comprobemos lo geniales y auténticos que somos al ir a la calle disfrazados de gallinas o bucaneros.

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Pero lo nuestro es otra cosa… es el quedarnos con las nueces y dejar el ruido para otros. Porque aquí hablan nuestros antepasados: gritan y aclaman rogando que nos esforcemos por no olvidar aquellas ideas y formas de interpretar la vida suyas, aquellas con las que nos edificaron durante tantos siglos. Nada de fiestas estridentes y vocingleras… lo nuestro es el Basaratuste, cuyo precioso nombre, por cierto, se compone de “baso” y “aratuste”, es decir, ‘el carnaval del bosque’. ¿Hay quien dé más?

En los pueblos en los que aún lo practican se acude a unos lugares específicos, fuera de las zonas habitadas. Unos enclaves que se repiten año tras año y que “pertenecen” a la comunidad humana de un municipio, barrio o parroquia que se identifica en torno a él.

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Allí se asan productos del cerdo, nuestro gran animal totémico, cuasidivino en los ritos invernales. Se cocinan pinchados en un palo llamado “txitxi-burruntzi” o “txitxi-burduntzi”. Son celebraciones que, a pesar de ser minoritarias, suelen gozar de buena aceptación por lo salvaje y puro de las mismas.

Pero pocos o nadie parecen percibir que se trata de la reminiscencia de una antiquísima ofrenda de alimentos que se le hacía al gran bosque, de nuevo para que despertase y cogiese fuerzas para producir todo aquello que necesitaban los humanos. Con un ritual fuego purificador, omnipresente, y valiéndonos de esas ramitas que el mismo bosque nos facilita. Con un simbólico sacrificio animal incluido: el del cerdo.

Algunos historiadores retrotraen todo este tipo de ofrendas a antiguos sacrificios humanos ofrecidos a la tierra madre y que posteriormente fueron sustituidos por muertes de animales. Existen diferentes referencias similares a nuestro Basaratuste por todo el mundo, lo que invita a pensar en un origen común prehistórico para todas ellas.

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Se dice asimismo que, ante la dureza del invierno, resultaba muy complicado alimentar a los animales para mantenerlos vivos, por lo que se iban sacrificando paulatinamente. Así, además de eliminar una obligación ganadera, se conseguía alimentar a los humanos y a las divinidades en una época en la que la naturaleza no ofrecía alimentos. Porque el invierno de nuestros antepasados era básicamente oscuridad, hambre y frío.

Y de allí, miles de años después, recogemos hoy nuestro ignorado e inadvertido Basaratuste, nuestro Kanporamartxo… Curioso también que se haya mantenido en los pueblos en donde no se perdió el euskera, constatando una vez más que creencias, costumbres y lengua fueron siempre de la mano.

En los pueblos de la comarca en donde yo vivo (Arrankudiaga, Ugao, Arrigorriga, Zaratamo, Arakaldo, Orozko…) tan extraordinaria fiesta es conocida como “kanporamartxo”, nombre algo chocante y que no cuenta con interpretaciones etimológicas conocidas. Por mi parte sí me gustaría apuntar que, en sitios como Orozko, en las últimas reliquias de su euskera, se llama “martxo” al domingo de carnaval, probablemente relacionado con el nombre del mes de “marzo”. De ahí que en lo personal opine que probablemente “kanporamartxo” sea ‘el domingo carnavalesco que está fuera [del carnaval puramente dicho]’. Por aportar algo…

Otras denominaciones con las que se nombra a este curioso ritual es el de sasimartxo, ‘el carnaval del jaro’ (Zamudio, Derio…) o basokoipetxu (Otxandio). En realidad este último caso sería “baso-koipetsu“, ‘la fritanga o asado del bosque’. En realidad, “koipetsu” significa ‘pringoso, grasoso’ pero, en pueblos como el mío, Laudio, se usa para denominar por antonomasia al tocino asado al “txitxi-burduntzi“.

Pero, sin duda, la denominación que más me encanta es la de basaratuste, la del “carnaval del bosque”. Qué pureza, qué raigambre en lo más íntimo de nuestra cultura… pero además, nunca algo tan arcaico ha ofrecido mayor potencial para el futuro, ahora que se educa a los pequeños en la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente. ¡Qué manera más bonita para mostrar honores y gratitud al bosque que esta fiesta anual de su carnaval! Y pedirle que despierte y que un año más nos haga dichosos con su existencia… ¿o preferimos limitarnos sólo a los disfraces de vampiro y otras memeces similares?

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Kanporamartxo… Basaratuste… Recordemos para finalizar que, en el occidente vasco, el carnaval ha sido conocido como Aratuste, término a recuperar y defender como elemento patrimonial que es. Hoy, desdichadamente y al igual que nos sucede con la reducción del complejo carnaval a un simple disfraz, nos arrastra una empobrecedora globalización cultural, aun cuando esta sea vasca. Y en los reinos del Aratuste impera ahora el extraño Inauteriak, haciendo agonizar al primero.

Yo estoy ansioso ya porque llegue el día. Como recogió en su manuscrito (1567) Joan Pérez de Lazarraga, el segundo escritor en euskera, “…alegere baxe sekula triste, nik diot egun dala aratixte“, ‘alegre pero jamás triste, porque digo yo que hoy es Aratuste’. El bosque nos espera…

Programa sobre el Kanporamartxo o Basaratuste grabado con ETB2 en primavera de 2017.

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