Santa Cruz de Gardea

Hoy, 3 de mayo, se celebra la Santa Cruz. Se trata en realidad del supuesto descubrimiento de los restos de la cruz en la que se ejecutó a Jesús, en la primera intervención arqueológica de la historia. Puedes leer la historia, con cierto tono de humor y sorna pinchando aquí: Santa Helena, cada día más buena.

Y es que Santa Elena (o Helena) tendrá que ver mucho en la historia de la ermita, advocada a Santa Cruz o a Santa Elena, que a continuación vamos a desgranar. Son notas rápidas y sueltas sobre la historia de una humilde ermita, desde hace más de medio siglo desacralizada, pero que sigue siendo un símbolo de identidad para todo el pueblo de Laudio y más si cabe para su pintoresco barrio de Gardea. Así es que vamos a por ello, que la fecha lo merece.

Se cree que es en el entorno de la actual ermita de Santa Cruz en donde se articuló la primera comunidad aldeana que dio origen a Gardea en la Edad Media. Lo sabemos gracias a un documento testamentario fechado en el año 964 por el que los hermanos Jimeno y Marina donaron al monasterio de San Esteban de Salcedo la propiedad y derechos de su monasterio “San Víctor y Santiago, con sus tierras, viñas, molinos, manzanales y pertenencias» [el original en latín] en el lugar llamado Gardea.

Es la primera cita histórica conocida del barrio y del municipio de Llodio y, por su antigüedad, podemos suponer que es en torno al pequeño templo en donde se gestó aquella pequeña población altomedieval.

Aspecto que muestra hoy mismo el edificio de la antigua ermita, rehabilitado hace unos años.

Podríamos suponer asimismo que, como suele ser habitual, las diferentes edificaciones religiosas que han existido a través del tiempo, con sus diversas advocaciones, ocuparon el mismo lugar, superponiéndose una sobre otra. Así es que solo una intervención arqueológica podría arrojar más luz sobre el origen incierto del lugar y sobre la potencialidad para la historia de ese enclave, sin duda una operación de gran interés estratégico para el municipio.

Fuera de esas especulaciones y retornando al edificio que nos ocupa, queremos de nuevo suponer que en 1564 ya existía, pues se cita como testigo de un bautizo a «Urtuño, fraile de Santa Cruz«. Y decimos que suponemos pues con esa advocación no la documentaremos hasta mucho más tarde: en el año 1818, según el Catálogo Monumental. Diócesis de Vitoria (Tomo VI. Micaela Portilla, 1988). Por la información que citamos a continuación, bien pudiera ser que la advocación de la Santa Cruz fuese secundaria o, probablemente, compartida.

Efectivamente, con anterioridad a esa fecha de 1818, se cita siempre en la documentación como «la ermita de Santa Elena» por la figura que presidía el retablo. Pero de una estética tan medieval y arcaizante que, en una visita, el obispo ordenó que se retirase, destruyese y enterrase la «efigie de Santa Elena colocada en el altar mayor de la ermita de su título, por la ridiculez en la que se halla» (1791).

Se trataría una imagen gótica o, más probablemente, románica, una estética que detestaban las autoridades eclesiásticas del XVIII: es muy corriente que las manden destruir por resultarles irreverentes y ridículas. Pero ello a su vez nos habla de la antigüedad del templo originario, medieval. En 1792 ya constatamos el pago al escultor Manuel de Acebedo por una nueva imagen de Santa Elena, más acorde con los gustos estéticos del barroco. Como veremos más abajo, cuatro décadas atrás se había remozado todo el templo y quizá no se consideraría digna de él la imagen antigua, de aspecto arcaizante: todo debía ser modernidad en aquel Siglo de las Luces.

Antigua imagen de la ermita publicada por Mª Josefa Ochoa en su obra Estudio geográfico del Valle de Llodio (1965)

Respecto a la doble advocación, cabe recordar que según la hagiografía cristiana y como hemos citado al inicio de este post, se le atribuye a Santa Elena la “invención” de la Santa Cruz, es decir, su hallazgo, en la primera cita histórica de una excavación arqueológica, por lo que podríamos estar hablando de lo mismo y hacer compatibles y coetáneos los cultos a Santa Elena y a la Santa Cruz en dicha ermita, quizá representando en la talla que presidía el altar a la santa portando una cruz.

El emplazamiento de la ermita, aprovechando un rellano a media ladera, también nos apunta a una génesis en el Medioevo. Cuesta rememorar aquel paisaje que nos llegó casi intacto hasta no hace tanto, ya que, según contaban los mayores que colaboraron en el proyecto Recuperación de la Memoria Colectiva de Laudio / Llodio (Fundación Amalur, 2007), la ermita se encontraba junto a una estrada que partía desde la torre y ferrería de Katuxa y que en la ermita se dividía en dos opciones para avanzar hacia Santa Marina o hacia Kukutza (Elorritxugana). Hoy, pegante a un polígono industrial, tiene ya imperceptibles aquellos encantos y caminos que la engalanaban en otros tiempos.

También sabemos gracias a la documentación (aportada principalmente por Micaela Portilla en el Catálogo de la Diócesis de Vitoria, 1988) que la ermita contaba con diversas propiedades como era habitual, para ayudar a su mantenimiento. Constaba de una casa para la fraila o serora, unas heredades para sembrar trigo, nogales, castañares y otros diversos árboles (1705).

Aquel bucólico entorno se complementaba con una fuente ferruginosa de gran aprecio por parte de los lugareños —hoy desaparecida tras las obras de circunvalación— y allí se llevaba a cabo una afamada romería, fiesta de la que tenemos constancia documental desde 1748 pues se contrata “un músico tamborilero” —txistulari— para la ocasión. Mi madre (n. 1941) recuerda desde la lejanía de su infancia cómo aquella fiesta a la que la llevaba de la mano su abuela Bernaba (n. 1878) era muy llamativa por la misa que se hacía, grandilocuente, cantada a muchas voces perfectamente armonizadas así como por la romería posterior.

Ermita en 2006, en plena decadencia y deterioro.

INTERVENCIONES EN EL EDIFICIO. La primera referencia a unas obras la encontramos en 1716, con el edificio en estado de gran deterioro, y que obliga a una reparación de cantería en la “portalada della parte de la calzada”.

Unas décadas después, en 1752, se daba cuenta del estado ruinoso del tejado en la parte del coro, con gran peligro de derrumbe. Achacaban los problemas a una torre del templo situada en el oeste del edificio y que, sin ser necesaria, era la causa de la ruina del conjunto.

Así, se acometió la restauración y remodelación íntegra del edificio, con el derribo de la torre campanario y la construcción de la espadaña que todos conocemos, tan característica de esta ermita.

EL ABANDONO. Pero llegaron los tiempos modernos y la ermita se abandonó y comenzó su degradación tras construirse una iglesia de nueva planta en la carretera principal (1957), esta vez con rango de parroquia para poder adecuarse a las nuevas necesidades demográficas provocadas por la industrialización del Valle. Fue en el año 1957 y el trasvase se simbolizó con el traslado de las dos campanas de la vieja ermita —que a su vez procedía(n) de la antigua ermita de San Roque— a la nueva parroquia, así como las reliquias encastradas en un óculo del altar, un lignum crucis, es decir, un fragmento de madera de la supuesta cruz en la que falleció martirizado Jesús.

El traslado se hizo con todo el boato que la ocasión merecía. Cuenta el lugareño Manolo Luja, que lo presenció con sus mismos ojos, que las campanas iban sobre un carro tirado por una yunta de bueyes. Las acompañaban otros enseres y las tallas de los santos, embutidos en unos sacos y sujetos dentro de un cesto grande, para que no sufriesen mucho con aquel cansino traqueteo que los mudaba para siempre hacia aquella nueva casa de Dios.

Desde aquel día, nuestra ermita permanece desacralizada. Pero nadie pareció añorar el pasado perdido, especialmente los vecinos de los barrios alejados como Olarte o Izardui, que sufrían bajando cada domingo y festividad desde aquellas montañas para recibir el servicio espiritual o para trasladar sobre sus hombros los cadáveres hasta la parroquia central de Lamuza. «Los anderos, los pobres, llegaban reventados» recuerda mi madre. Con esta nueva parroquia a mitad de camino respiraron aliviados por la comodidad que les aportaba.

Imagen de la nueva parroquia en el fondo del valle, que supuso el abandono de la ermita tradicional. Foto de Luis Dabouza para la obra, antes citada, Estudio geográfico del Valle de Llodio (1965)

Así, en aquel ambiente de olvido que parecía convenir a todas las partes, aquella edificación fue paulatinamente degradándose, acabando con un uso como almacén de paja y otros enseres. Hasta que, gracias a la iniciativa vecinal de algunos entusiastas del barrio, se actuó para recuperar el edificio. También la romería se reactivó en 2011 y el antiguo templo se sometió a una rehabilitación en 2018 para evitar su ruina definitiva.

Hasta que llego la Covid y, por segundo año consecutivo, nos ha dejado sin romería en el día de hoy. Pero, a mí al menos, poco me importa el presente del lugar y mucho su futuro. Esperemos que le persiga una próspera popularidad entre las generaciones venideras y que la arqueología, en honor a Santa Elena, nos permita desvelar cuanto antes sus secretos más íntimos y ocultos.

LAUDIOKO BERBAK / Palabras de Llodio

Aquí tenéis un humilde regalo, fruto de alguna que otra hora de entrañables conversaciones: el libro, para que podáis descargarlo, usarlo y difundirlo. Eso sí, sed elegantes y citad siempre la fuente.

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[EUSK] Abenduaren 22an, Eguberrien atarian geundela, «Laudioko berbak/Palabras de Llodio» liburua aurkeztu zen. Eta bertan aurreratu zen liburuaren bertsio digitala nahi zuenaren eskura jarriko zela udalaren webgunean. Horretarako laudioarrentzat data esanguratsua den bat hautatu zen, Dolumin Barikua, eskualdeko nekazari eta abeltzaintza azoka, herriko jai egun handia.

Bestalde, nahiz eta jende gehienak liburuaren paperezko alea jaso badu ere, beti eskatu ahal izango da, edizio digitalaren eskaintzarekin bat eginda.

Euskarri digitalari dagokionez, liburuaren bigarren edizio bat ere atontzen ari dira, bertsio digitalean soilik eskainiko dena eta, jasotako ekarpenei esker, lehenengoa handitu eta biribilduko duena. Horrela, berba-bilduma bitxi hau burutu egingo da. Eta denbora igaro ahala, etorkizuneko belaunaldientzat benetako altxor bihurtuko da. Izan ere, harriduraz eta miresmenaz irakurriko dituzte 2020. urte inguruan oraindik erabiltzen ziren hitz bitxi horiek, berezko nortasun-ikur diren euren herria identifikatzeko: Laudio.

Liburuaren bertsio digitala (bai lehenengo ediziokoa, bai hurrengo bigarren edizio handitua) ikusi edo deskargatu ahal izango duzu esteka honetan sakatuta:

http://www.laudio.eus/eu/herritarrak/beste-argitalpenak/laudioko-berbak


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DISPONIBLE LA VERSIÓN DIGITAL DEL LIBRO “LAUDIOKO BERBAK / PALABRAS DE LLODIO”

[CAST] Cuando 22 de diciembre, a las puertas de la Navidad, se presentó el libro “Laudioko berbak / Palabras de Llodio” ya se adelantó que la versión digital del libro se pondría a disposición de quien la quisiese en la web municipal. Para ello se eligió una fecha emblemática para los laudioarras, el Viernes de Dolores, feria agrícola ganadera comarcal, gran día de fiesta en el pueblo.

Por otra parte, a pesar de que la mayoría de la gente ya ha recogido su ejemplar en papel, en todo momento podrá solicitarse, al margen de exista la edición digital.

Respecto a esta última, se está perfilando una segunda edición del libro, que solo se ofrecerá en versión digital, y que aumentará y redondeará más la primera, gracias a las diversas aportaciones recibidas. De ese modo, se culminará esta precisa recopilación que, pasado el tiempo, se convertirá en un verdadero tesoro para las generaciones del futuro. Porque gozarán, entre la sorpresa y la admiración, de aquellas curiosas palabras que se usaban aún en torno a 2020 y que son una inherente seña identitaria de su pueblo: Llodio.

La versión digital del libro (tanto de la primera edición como de la segunda aumentada) la podrás ver o descargar pinchando en el siguiente enlace:

http://www.laudio.eus/es/otras-publicaciones/palabras-de-llodio

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El tronco navideño de Goirizabal

Uno de los actos navideños más significativos de nuestra cultura vasca consistía en quemar un gran tronco en el fuego del hogar. Era un madero que se consumía durante días y adquiría a partir de ese acto cualidades sobrenaturales, mágicas. Ya escribimos sobre él hace un tiempo. Pincha encima si deseas leerlo: Olentzero es un madero.

Pero es una tradición ya desaparecida e incluso su lejano recuerdo, inexistente o muy limitado. Por ello quiero centrarme en Laudio, el pueblo que me vio nacer, y dar unas referencias de aquel rito. Para mí es un hallazgo extraordinario, ya que he andado muchos años persiguiéndolo.

TAMBIÉN EN LAUDIO. En su día me había llamado la atención que el sacerdote antropólogo José Miguel Barandiaran (1889-1991) publicase que ese ritual del gran tronco navideño también era conocido en Laudio, pues en la actualidad es algo totalmente desconocido. Decía en 1956 que «El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En […] Llodio [ardía] hasta la última noche del
año
»

Pero, como decimos, aquella curiosidad era totalmente desconocida en el Laudio industrial que yo conocía. Sabía que su dato partía de una información mucho más anterior ya que en 1922 publicó en su anuario de Eusko Folklore. Decía que «Se halla muy extendida en al país vasco la costumbre de quemar por Nochebuena en el hogar un tronco que recibe diversos nombres, según los pueblos. Lo mencionan los informes—que tengo a la vista—de Santa Lucía de Llodio […] En Santa Lucía de Llodio dicen que ha de durar hasta la noche vieja». Siendo una información recogida in extremis hace un siglo, de mano de la escasa gente que aún se recordaba aquella costumbre y encima muy mayores en aquel momento, parecía misión imposible conseguir más información local.

Espoleado por aquellos únicos indicios, en 2005, hace ya quince años, fui a entrevistar a poca gente mayor de aquel entorno de «Santa Lucía de Llodio» que citaba Barandiaran, para acotar la fuente de información ya que ni mi padre ni mi madre —buenos informantes en estos temas etnográficos— nada sabían de ello. Ya «en Santa Lucía» el primero en ser preguntado fue Mateo Eskuza (1944), otro excelente informante en estos temas, y nada supo contarme de aquel mágico madero de Navidad. Era lo más cercano a Santa Lucía disponible, así es que probé con los enclaves cercanos.

Pero los resultados fueron igual de frustrantes. Primero lo intenté con Mª Teresa Sojo Sojo (1921-2013) y Jesus Zubiaur Urkijo (1921-2007) del alto de Garate —límite de Laudio y Okondo— así como con Jose Egia (1930-2018) y su esposa Carmen González (1933) de la cercana aldea de Dubiriz. No conseguí nada en concreto del asunto que nos ocupa. Pero dado que a varios de ellos se los llevó el inexorable trascurrir del tiempo, me ha parecido bonito recordarles con estas letras y las fotografías tomadas aquellas frías tardes de grabación.

Jesús Zubiaur Urkijo (1921-2007) y Mª Teresa Sojo Sojo (1921-2013), en su caserío del alto de Garate, el día de la entrevista, el 13 de enero de 2005. In memoriam.
Jose Egia (1930-2018, goian bego) y su esposa Carmen González (1933) en la aldea de Dubiriz, el día de la entrevista, el 1 de febrero de 2005.

EL TRONCO Y GOIRIZABAL. A pesar de estar convencido de que aquella información recogida por Barandiaran era cierta, lo dejé por imposible creyendo que su recuerdo se había perdido para siempre.

Pero hay ocasiones en las que obran los milagros. Así, tras publicar aquel artículo Olentzero es un madero más arriba citado, se puso en contacto conmigo una vieja amiga —que no es lo mismo que «amiga vieja», pues somos de la misma edad— Lourdes Barbara Barbara, porque le había sorprendido que, aquello que ella había escuchado en casa y le parecía tan extraño, tenía por fin una razón de ser. Así es que, ella y su madre Juanita Barbara Arrazuria (1932), han traído la luz a ese apartado tan oscuro de nuestras costumbres.

Lourdes Barbara, acompañada de su madre Juanita Barbara, en el frente de su caserío Goirizabal

Ellas relatan lo que contaba su padre y marido, Enrique Barbara Perea (1918-2004) y a lo que no habían dado excesiva importancia. Tampoco el bueno de Enrique había practicado aquella costumbre del tronco pero sí lo sabía de mano de su padre Emeterio Barbara Marañón (1883-1946).

El vago recuerdo consiste en que en la mañana del día de Navidad, se traía un tronco muy grande del bosque. Intuyen Lourdes y su madre que era un tronco seleccionado y cortado —para conseguir un mínimo secado— de antemano.

Lo arrastraban con una pareja de bueyes y unas cadenas y, lo que mejor recuerdan, para introducirlo hasta el fuego del hogar, los bueyes se disponían para empujar hacia atrás. Dicen que atado el tronco en el «sogueo» de la yunta, es decir, en el yugo, entre los cuellos de los animales, en el lugar en donde se introducía la pértiga del carro. Pero también hablamos que quizá allí se trabase una larga pértica hasta la parte delantera del tronco o que el tronco descansase sobre un «carro mako» (dos ruedas con un eje usado para transporte de grandes troncos).

Sea como fuere, yendo hacia atrás, era como más podía acercarse el descomunal madero al fuego.

Recuerdan también, de modo muy vago, que allí ardía durante toda la Navidad, consumiéndose lentamente.

Enrique Barbara (1918-2004) con una yunta de bueyes en una imagen del archivo familiar. Era él quien recordaba los relatos del tronco de Navidad que le contaba su padre Emeterio (1883-1946), el último que lo había practicado.

¿POR QUÉ DEJARON DE HACERLO? La razón parece ser bien simple. Toda aquella maniobra era posible cuando la cocina de Goirizabal estaba en la planta baja —aún se reconoce la antigua ubicación en el extremo suroeste del caserío— y no en la primera planta, como está en la actualidad, porque era ya inviable el acercar el grandioso madero.

El caserío Goirizabal era un establecimiento (parada) oficial de toros sementales. Juanita Barbara nos muestra a sus 88 años la argolla a la que se ataban las vacas a cubrir… en aquella puerta que, en su día, vio pasar el tronco de Navidad empujado hacia atrás por bueyes

Sin duda esa es la razón de que haya desaparecido aquella costumbre que era tan apreciada entre los vascos. En origen, y tratándolo con todas las generalizaciones y licencias del mundo, los caseríos más antiguos (XVI) tenían la cocina en la cuadra, separada de los animales e incluso con unas pequeñas ventanillas a través de las cuales vigilaban de vez en cuando al ganado vacuno.

La cocina, como sucede en Goirizabal, estaba próxima a la entrada, en el ángulo delantero del edificio. Durante aquellos siglos XVI y XVII, el fuego se encendía sobre una losa colocada en el centro de la estancia, tan solo elevada unos centímetros del suelo. Es probablemente cuando más difusión tuvo el ritual de nuestro madero, que se dispondría cruzado sobre aquella losa, algo que iría desapareciendo a medida que el caserío vasco evolucionó. Y es que, a lo largo del XVIII y el XIX, se generalizaron las chimeneas de fuego bajo con campana adosada al muro, con unos hogares bastante más elevados del suelo y ya, a menudo, reubicadas en las plantas superiores del edificio. Es el «fuego bajo» tan rústico y típico a nuestros ojos pero que en realidad fue una modernización en aquellas épocas. Sería entonces cuando, por la imposibilidad de colocar allí el gran tronco, se iría paulatinamente perdiendo la costumbre. Y tan solo se mantendría en aquellos caseríos que disponían aún de aquellas cocinas en la planta baja, aquellas que eran el verdadero corazón y pulmón de la cultura vasca.

Antigua foto perteneciente al archivo familiar en la que se ve en Goirizabal,
un toro semental mostrado por el joven Enrique Barbara (1918-2004, esposo y padre de Juanita y Lourdes) que fue quien transmitió el recuerdo del rito del tronco navideño que había practicado su padre, Emeterio Barbara (1883-1946), en el centro de la imagen. A la derecha, Miguel Urquijo Maruri, alcalde de Laudio y hermano del compositor Ruperto Urquijo.

MUTACIÓN DE LA TRADICIÓN. Quizá, al ser imposible continuar con aquella tradición por la nueva ubicación de los fuegos, se mutase la forma de actuar con aquel. Lo comento porque de nuevo Barandiaran recoge en Laudio (notas manuscritas, sin publicar, de 1935) una desconcertante costumbre que por aquel entonces la da como muy generalizada pero de la que nada se recuerda en la actualidad: «Día 24 de diciembre, Noche Buena. Este día acostumbran gran cantidad de caseros hacer astillas de un palo gordo y grueso y luego meterlo al horno donde hacen los panes y, hecha esta operación, luego que está bien seco, lo guardan hasta el día de San Juan, quemándolo en la fogata del día». Información recogida de «D. de Isusi» (1935).

MUKURRA. Para finalizar me gustaría aportar un dato más. Al ser aquel tronco tan emblemático y celebrado tenía nombre propio, diferente según las comarcas. Una referencia que nos resulta cercana es la recogida en unas tímidas y primerizas encuestas etnográficas llevadas a cabo por Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos y publicadas en su boletín anuario Eusko Folklore de 1922. Se cita nuestro madero en las referencias de Bedia (Bizkaia) como Gabon-mukur: «La noche de Gabón se coloca en el fuego un tronco de roble (gabonmukuŕa). […] El gabon-mukuŕ tiene la virtud de bendecir toda la casa».

Intuyo, aunque nunca podremos demostrarlo, que así se denominaba nuestro tronco navideño en Laudio. Y así lo creo porque, a pesar de haber desaparecido hace mucho el euskera tradicional en este municipio, se usan aún diversas palabras vascas insertadas en el castellano local. Una de ellas es mukurre, recogida a mi padre y que usa para denominar los troncos mayores que se colocan en el fuego bajo y que hacen se soporte para otros menores y ramas varias: «…esos maderos se denominan por igual «mukurre» o «mokotza» si bien se tiene el concepto de que el «mukurre» es algo mayor que la «mokotza». También se conocen ambos como «arrimaderos»» (Laudioko berbak / Palabras de Llodio, 2020).

CUANDO TE TOCA EL GORDO. Nada más que añadir salvo que para mí el mayor y mejor regalo navideño va a ser haber conseguido salvar este rito, aunque sea tan in extremis, de la hoguera del olvido eterno. Son cosas que no sirven para nada pero que a mí me emocionan y llenan de gozo, porque algo zarandean en mis entrañas. Quizá sea por el retorno a lo pretérito, por el contacto entrañable con todos nuestros antepasados y con la tierra que pisamos sin saber escucharla. Por eso yo no juego a la lotería. Porque para mí el premio gordo va a ser este año el poder cenar pensando en el gabon-mukur, aquel que va a dar sentido y calidez al hogar. Eguberri on guztioi.

Eskerrik asko, a Juanita y en especial a Lourdes, por esas deliciosas tardes que me habéis regalado en vuestra cocina y que no tienen precio. Bihotz-bihotzez.

Un ritual olvidado en Santa Lucía

No quisiera finalizar el día de hoy, 13 de diciembre, Santa Lucía, sin rescatar un rito totalmente olvidado. Se practicaba en Laudio en donde contamos con una ermita de Santa Lucía, de gran renombre, y en la que en épocas pasadas se llevaban a cabo diversas supercherías para mejorar o conservar la vista, siempre al margen pero paralelamente al dogma cristiano.

Santa Lucía en Ermualde, Laudio.

AGUA. Una de ellas, la más conocida y que he visto practicar hoy mismo, consistía en lavarse los ojos con el agua que brota de la fuente de la ermita, ya que el manantial transcurre bajo el altar.

ACEITE. Otra costumbre milagrosa, bien documentada pero ya olvidada, consistía en frotarse los ojos con el aceite de la lamparilla que iluminaba el altar. Hoy no se practica porque la iluminación es eléctrica y ya no hay iluminación con aceite.


LOS OJOS DEL ALTAR. Pero existe un tercer ritual que ya nadie conoce en Laudio y que, al parecer, sí se guardaba su recuerdo fuera del municipio. No olvidemos que este lugar fue centro de grandes peregrinaciones y afamadas romerías. La recogió no sabemos dónde ni de quién Gurutzi Arregi (1936-2020), la gran estudiosa de las ermitas vizcaínas en cuya órbita ha de contextualizarse la de Santa Lucía de Laudio. Lo publicó, sin mayor detalle, en su trabajo Prácticas de Medicina popular en ermitas y santuarios (1985) dentro del libro-homenaje de Eusko Ikaskuntza a Aingeru Irigarai.

Ojos del altar

Ese ritual tan extraño hoy en día consistía en que «En el frontis del altar de Santa Lucía hay un relieve que representa dos ojos humanos. Los que sufren de la vista o también en prevención de alguna enfermedad de ojos, besan primeros los ojos del relieve y después los tocan con los suyos propios«. El efecto milagroso debía ser de gran renombre, ya que «A la ermita de Santa Lucía de Llodio acuden los que sufren de la vista» tal y como nos recuerda la añorada autora.

Repitiendo el ancestral ritual que hoy nadie recuerda

¿DÓNDE ESTÁN ESOS OJOS? El elemento en cuestión es una especie de ojos en el centro del altar y que hoy pasan totalmente desapercibidos. Pero sin duda esa fue la intención del tallista Félix de la Peña cuando, en pleno barroco (1758) , cuando más se multiplicaban las supercherías, elaboró el frontal del altar que muestra esos ojos en su centro, sin duda en alegoría a la protección de la vista a través del culto a la santa.

El hecho de ubicarlos a baja altura obliga a quien practique el rito a arrodillarse y a mostrarse humilde frente al altar.

Una flecha indica el lugar del retablo en donde se encuentran los ojos

¿POR QUÉ LA VISTA? A pesar de que el martirio de Santa Lucía se describe como un degollamiento en la hagiografía más canónica, es cierto que en la Edad Media surgieron diversas leyendas que adornaron su muerte con otros suplicios, especialmente relacionados con la vista, sus ojos y con el alargamiento del día —mejor si decimos de las tardes, ya que las mañanas siguen acortando— pues su nombre está relacionado con la «luz».

Se decía que los que la ejecutaron se habían enamorado perdidamente de sus bellísimos ojos y que ella, para que no le hicieran renegar del cristianismo, se los arrancó y los entregó a sus enemigos para que la dejasen en paz. Otras versiones hablan de que fueron sus captores los que se los arrancaron en una de las muchas torturas sufridas antes de que le rebanasen el cuello por no renunciar ni al cristianismo ni a su virginidad.

Una pintura del retablo representa el momento en que Santa Lucía se arrancó los ojos para entregárselos a sus enemigos

Sea como fuere, esa nueva interpretación arraigó fuertemente en el pueblo, convirtiéndose en la patrona de la vista y sus enfermedades, así como el de las tejedoras, costureras, bordadoras… ya que se exigía mucha capacidad visual para desarrollar su labor, normalmente limitada a las muchachas jóvenes.

Sea como fuere hoy he tenido el placer de mirar frente a frente a esos ojos del altar de Santa Lucía, después de muchas décadas sin que nadie lo hiciera. Por mi parte no ha faltado un ápice de amor. Que me corresponda protegiéndome la vista… eso ya es cosa de ella.


Laudioko Baga-Biga-Higa

Bada gure herri-tradizioan barren-barrenetik sustraitutako abesti bat. Baga, biga, higa da eta soinu eta hitzen kateatze bat da, itxuraz kaotikoa, baina benetan esanahi bat duena, geroago ikusiko dugun bezala.

Horregatik, ez da harritzekoa sorginkeriari edo antzekoei buruzko filmetan (La pelota vasca, esaterako) soinu-banda gisa erabili izana. Baina, zalantzarik gabe, Mikel Laboa handiari zor diogu gure artean hain goratua egotea, berak erreskatatu zuelako duela mende erdi eta maisulan bihurtu zuen esanahirik gabeko beste soinu-elementu batzuk gehituta. Klikatu ondoko estekan entzuteko: BAGA-BIGA-HIGA. Beste barik, sublimea…

LETRAREN EGITURA. Izatez, zenbakien aurreneko letra biak erabiltzen dira eta, letra bi horiek erabiliz, beste hitz batzuk eraikitzen dira. Horrela, BAt > BAga, BI > BIga, HIru > HIga, LAu > LAga, BOst > BOga, SEi > SEga

Abestiaren hainbat aldaera dago han-hemen baina oro har hau da estandartzat hartzen dena, bloke bitan banatua:

Baga, biga, higa, laga, boga, sega, zai, zoi, bele, harma, tiro, pun!

Xirristi-mirristi, gerrena plat, olio-zopa, Kikili-salda, Urrup edan edo klik… Ikimilikiliklik…

LAUDIOKO ALDAERA. Baina idazki honen ekarpen nagusia izango da aditzera ematea Laudion ere jaso zela herri-abesti honen bertsio bat, propioa. Behinik behin, lehen blokekoa, zenbakiei erreferentzia egiten diena. Azkuek jaso zuen duela ehun bat urte, herri horretan euskara oraindik ohiko hizkuntza zenean nagusien artean, galdu aurretik.

Hauxe da onomatopeiaz osaturiko Laudioko abesti misteriotsua:

Baga, biga, hiruga, lauga, bosa, sea, zapa, zoka, berakatza, trompa.

Bistan denez, bederatzigarren zenbakira arte heltzen zen, «tronpa!» batekin amaitzeko. Lekeitioko apaizak, honela itzuli zuen gainera «Uno, dos… bochorno, palillo, ajo, ¡trompa!»

Hala ere, beti izango da zaila horren interpretazio fidagarri bat egitea, misterioa bere baitan daramalako herri-kantu misteriotsu sakon horrek. Dagoen-dagoenean utziko dugu beraz, bere dohainak biluztu barik. Tartean, begiak itxi eta goza Laboaren maisulanarekin.


Olartegotxi vs Olartekoetxea

Vino con su apellido Olartekoetxea como carta de presentación. Y apareció por Luiaondo (Ayala) con el fin de profundizar en las investigaciones de sus raíces familiares. Como denotaba su nombre, Enric, era catalán y se encontraba alojado estos días en Gorliz para pasar las vacaciones de verano. Acompañado de sus amigas y amigo, les birló una tarde de playa para acercarse a donde intuía que procedía su apellido. Recalaron en el único bar abierto y, siguiendo las indicaciones que los parroquianos les dieron, pronto les pusieron en contacto conmigo. Así es que nos juntamos, pasamos las tarde juntos y es ahí cuando empezó a actuar la magia.

ARGENTINA. Resulta que el padre de Enric había venido desde Argentina para afincarse en Barcelona. Porque sus Olartekoetxea — su tatarabuelo Daniel junto a sus hermanos y madre— emigraron a América en torno a 1903. Eran obreros cualificados en trenes y locomotoras, probablemente tras haber adquirido la destreza necesaria en el ferrocarril Bilbao-Castejón (1863) que pasaba por Laudio y Luiaondo.

La sorpresa saltó cuando les comenté que yo también era «portador asintomático» del apellido Olartekoetxea y pronto dimos con aquel ascendente que nos unía en parentesco. Recuerdo además cómo mi abuelo materno (1909-2000) siempre nos comentaba cada vez que veía en la tele al gran futbolista argentino Julio Olarticoechea —curiosamente apodado «Vasco» a pesar de haber nacido en Saladillo, Buenos Aires— que sería «de los nuestros» porque unos familiares habían emigrado a Argentina.

Emocionados con el encuentro, sin pensarlo mucho, nos dispusimos a andar por el monte para acceder al barrio de Olartegotxi (Olarte, Laudio) que da pie a toda la historia. Y ahí aclaramos algo sobre las variantes del apellido que traían de cabeza al pobre Enric. Porque nuestro Olartekoetxea es un apellido inventado, relativamente nuevo

OLARTEGOITIA. Olartegoitia es la versión original de todo lo que nos movía ayer. Desde el punto de vista etimológico, Olartegoitia no es sino «Olarte de arriba» o «parte alta de Olarte»: Olarte + goiti + a. Coincide con la realidad ya que es un pequeño grupo de caseríos encaramados en las laderas de la montaña, medio kilómetro más arriba que el conjunto principal de Olarte.

Como ejemplo similar, tenemos el cercano barrio de Gardea con un grupo de casas más elevada y que se conocía como Gardeagoitia.

Olartegoitia —como el cercano Gardeagoitia— están bien documentados como apellidos —se usa para ello el nombre de la casa— desde los primeros registros del XVI.

En Olartegotxi, posando junto a (de izquierda a derecha) Anaïs, Enric, Anna, Andreu y su hijo Nil. Agachadas, Ana y Berta. Solo la magia puede hacer que gente tan encantadora pueda formar parte de un mismo grupo. Foto de Iñaki Etxebarria, «el hijo de Boni» quien hizo de embajador de esa buena gente y de enlace conmigo.

OLARTEGOTXIA. Pero también desde las fechas más antiguas de nuestros registros sacramentales, contamos con la variante Olartegotxia. O, con la pérdida de su artículo final, Olartegotxi. Y eso es lo que enreda todo.

Tanto nuestro Olartegotxi, Gardeagotxi, Urrutxi... (en Laudio), Otaolaurrutxi, Untzabetxi (en Okondo), Esparrutxi, Etxabetxi, Mugaburugotxi, Pizparrutxi, Robinagotxi, Urrutxi, Zabalbetxi, Zarrabetxi, Barrutxi, Betxi... (en Aiara), Belandiaurrutxi (en Urduña), Goirigotxi (Orozko) son topónimos que nos dejan más que patente la evolución comarcal y generalizada de todos esos nombres de lugar que surgen de unos goiti (‘de arriba’), beheti (‘de abajo’) o urruti (‘alejado’) originales. Pero es un fenómeno lingüístico que se da exclusivamente aquí, en el entorno de la comarca de Aiaraldea, en ningún lugar más.

Por ello, en esta zona, solo encontraremos la forma Olartegotxi(a) ya desde el mismo XVI.

La forma originaria Olartegoiti(a) permanecerá hasta mucho más tarde sin mutaciones pero siempre en otros entornos alejados a los que, por diversas circunstancias, el apellido migró (Laguardia, Bilbao, Arrigorriaga…). Siempre, como decimos, en lugares lejanos del entorno de Aiaraldea en donde irremediablemente se habría metamorfoseado para dar un Olartegotxi(a).

Río Nervión a la izquierda (oeste) del mapa y Olarte y Olartegotxi en el otro extremo, buscando amaneceres ladera arriba del macizo de Arrola

OLARTEGOTXEA Y OLARTEKOETXEA. Tanto es así, que a quien no era de la zona le debía parecer extraña esa forma Olartegotxi(a) tan sui generis, hasta el punto de no identificarla con su significado verdadero. Y será por ello por lo que algún registrador decide en un momento dado interpretar «a su manera» aquel topónimo-apellido. Y opta por corregirlo para «refinarlo», cayendo en un error de interpretación que hoy tanto Enric como yo paseamos por la vida.

Así, comienza a fines del XVII a circular por el mundo la variante Olartegoetxea —en vez de la Olartegotxia correcta— y, de su mano y teniéndolo como algo lógico, Olartekoetxea. También ahora, el fenómeno sucede en entornos alejados del epicentro geográfico del apellido, en el Alto Nervión, en donde no se habría dado la confusión. Y poco a poco se va imponiendo la versión artificiosa, incluso sobre la forma autóctona Olartegotxi(a) al tenerse la primera como la más correcta. Tanto, que lo sustituye por completo y hace desaparecer a este último como apellido. De ahí que en la actualidad no encontremos gente con el apellido Olartegotxi(a) — o su variante Olartegutxi(a)— tan comunes en tiempos anteriores no tan lejanos.

No tengo que ir demasiado lejos para comprobarlo. Por ejemplo, siendo mi tatarabuelo Valentin Antonio Olartegotxia (nacido en 1830), a su hija —mi bisabuela— la inscriben como Olartekotxea (1872) y ya a mi abuelo como Olartekoetxea (1909), interpretando equivocadamente que tras aquel Olartegotxi no se ocultaba un «Olarte de arriba» sino una «casa de Olarte».

Enric posa lleno de gozo frente a las ruinas del caserío que le dio el apellido: muestra en sus manos la imagen antigua del mismo y que se muestra más abajo

EL CASERÍO OLARTEGOTXI. Sin embargo, la denominación del caserío que da lugar al apellido se mantiene como Olartegotxi y no el Olartekoetxea foráneo. Dicho sea de paso, por si aún hubiera alguna duda, sería prácticamente imposible la creación de un topónimo a base del nombre del barrio (Olarte) y un «—ko etxea» (la casa de) posterior: no es ni natural y diría que es inexistente en el euskera, por tanto improbable para nuestro caso. El apellido Olartekoetxea es, por tanto, una reconstrucción cultista. Así las cosas, por mucho que nos esmeremos, jamás encontraremos ni en el pasado ni en el presente una casa llamada Olartekoetxea en toda Euskal Herria, algo sin lo cual difícilmente podría sustentarse la existencia del apellido.

Caserío Olartegotxi con mis tíos Pablo (n. 1943) y Loli (n. 1945) y la bisabuela Bernabea (n. 1878). Fotografía en torno a 1950.

Fuera ya de lo lingüístico, el conjunto del altivo barrio de Olartegotxi se compone de un caserío de gran porte, no muy antiguo (XIX), una cabaña usada como almacén y como vivienda ocasional para alojar temporeros del monte, etc. (lo que se conocen como etxetxu o casillas) y las ruinas del caserío más antiguo del enclave, el que toma su nombre del lugar y lo transfiere al apellido, una edificación de la que se dijo que «dadas sus características exteriores y de construcción, Olarte Gochi (sic) puede ser considerada como una de las viviendas rurales más peculiares de la comarca, dando lugar a uno de los tipos más interesantes de ella» (Estudio geográfico del Valle de Llodio. Mª Josefa Ochoa, 1965).

RAÍCES. Ya decía al principio que la magia estaba actuando a sus anchas en este caso que nos ocupa. Y ha querido que el caserío que Enric Olartekoetxea buscaba es en donde nació y creció mi madre, con la curiosidad de vivir unos Olartekoetxea en el caserío Olartegotxi(a), sabiendo como sabemos que en realidad se trata de lo mismo.

En la imagen, mi madre, hermana y yo mismo en brazos de mi padre, llegando al caserío Olartegotxi. Detrás, mis tíos y primos.

En mi más tierna infancia íbamos a pasar allí algunas semanas en verano. Lo que no recuerdo apenas es cómo me tenía en brazos y jugaba conmigo Segundo Lili Urquijo (1880-1968), del cercano caserío de Zenagorta. Segundo fue el último vascohablante monolingüe del municipio de Laudio ya que, cuando comenzó su escolarización no sabía castellano, algo que en su momento llamó la atención. Él, a lomos de su idioma, nos transmitió bellas historias de akelarres, cuevas de brujas y otras herejías que conocimos gracias a su hijo Txomin (1930-2019) del que ya hablamos en otra ocasión (Txomin Lili: la última leyenda).

Eskerrik asko, moltes gràcies, por esta tarde tan preñada de magia. Benvinguts, ondo etorri Olartegotxira…

CONCLUSIONES-RESUMEN:

– El topónimo que da pie al apellido surge bajo la forma Olartegoitia (adecuado a la grafía actual). Es un enclave sobre el barrio rural de Olarte, en un punto más elevado que éste. Municipio de Laudio, colindante con el de Aiara (Álava).

– Precisamente ese es su significado: «Olarte de arriba» o «parte de arriba de Olarte».

– Desde épocas muy tempranas (XVI) se da una evolución fonética subdialectal en la comarca de Aiaraldea que convierte la totalidad de los goiti (‘de arriba’), beiti (‘de abajo’) y urruti (‘apartado, alejado’) en gotxi, betxi y urrutxi. Es una evolución exclusiva de ese entorno geográfico y contundente, pues no deja lugar a las excepciones. Por eso, Olartegoitia pasa a ser Olartegotxia en esa comarca.

– Al no reconocer fuera de Aiaraldea el significado real de ese Olartegotxia se interpreta que es Olartegotxea < Olartegoetxea < Olartekoetxea (pensando por error que era Olarte + ko + etxe + a = ‘la casa de Olarte’) y se comienza a corregir por vía culta, por parte de las personas que hacen registros administrativos.

– Así, paulatinamente, se van corrigiendo todos los Olartegotxia para ir convirtiéndolos en un novedoso Olartekoetxea. Se produce de un modo más sistemático cuanto más alejados del entorno de Aiaraldea se encuentren. Pero, al final, acaban por modificarse todos, también los locales.

– Hoy en día, el caserío Olartegotxi es el único que mantiene (con la pérdida de su determinante [artículo «—a«] posterior del euskera) el nombre correcto. Porque como apellido se ha extinguido, convertidos todos por error de interpretación a Olartekoetxea.

– Los apellidos vascos proceden de pueblos o topónimos, normalmente del nombre de la casa. Pero ni el topónimo ni el caserío Olartekoetxea han existido jamás. Sí, Olartegotxi(a) como es evidente.

– No hay posibilidad de que exista otro Olartegotxia (la forma gotxi en vez de goiti es exclusiva de Aiaraldea) por lo que todos los Olartekoetxea y antiguos Olartegotxia proceden sin duda alguna de ese enclave olvidado de Laudio.




Biguri, Urquijo y Ugarriza

Quiso Antonia que fuesen mis manos las encargadas de recoger y custodiar esa entrañable obra de arte que durante décadas habían admirado en casa. Mª Antonia Martínez Aldaiturriaga —hoy con 87 añazos aunque sin perder ni un ápice de su vitalidad— había localizado mi teléfono y me llamó para concertar una «cita a ciegas», el pasado día 16. Antonia, al margen de otras muchas virtudes, lleva sobre sus espaldas la historia de haber puesto en marcha y dinamizado diversos grupos culturales de mujeres cuando, hace casi medio siglo, aquello parecía una herejía que atentaba contra los pilares de la familia. Cuando la igualdad era una quimera, ella luchaba con uñas y dientes por conseguirla y por devolver a las mujeres esa autoestima que el oscuro régimen político-militar les había arrebatado… Pero ya hablaremos de ello en otra ocasión…

BIGURI. Me había citado porque, consciente de su edad y del cúmulo de objetos que posee, quería hacerme entrega de un cuadro que su marido, Antonio Biguri Rubina (1929-2010), había encargado años atrás a un pintor de Orozko, un objeto que había tenido en gran estima mientras vivió. Al igual que Mª Antonia, también Biguri había sido alguien de armas tomar en eso de la organización festiva, cultural o deportiva… todo lo que fuese popular. Destacó especialmente en el ámbito del ciclismo, al que se entregó en cuerpo y alma. Pero también en ese campo tradicional y popular, lo que le llevó a encargar el dibujo.

URQUIJO. El cuadro, que puede verse en las imágenes adjuntas, es un retrato del músico laudioarra Ruperto Urquijo Maruri (1875-1970) usando la técnica del puntillismo. Además del memorable personaje, completa la escena un fondo en el que se aprecian la bucólica aldea de Urigoiti (Orozko), con los icónicos farallones de Itzina y la cumbre de Gorbeiagana al fondo, coronada por la cruz que tanta fama le ha dado.

Ruperto Urquijo Maruri en la obra de Simón Ugarriza, con la aldea de Urigoiti detrás, las peñas arrecifales de Itzina y Gorbeiagana, culminada por su cruz

Sin duda, ello se debe a que Ruperto compuso hace un siglo el zortziko Lusiano y Clara que, tras unos retoques por otras manos ajenas, pasaría a convertirse en la archiconocida canción de En el monte Gorbea. Una romántica historia en la que relata la desdichada relación entre un pastor que debía pasar el verano en Gorbeia, cuidando rebaños de ovejas, y dejando abajo a la arratiana Clara, de la que se había enamorado perdidamente. Habla también de la cruz cumbrera que, por aquel entonces, era algo relativamente novedoso en el lugar.

Ruperto Urquijo, aquel muchacho que aprendió música imitando con una flauta las calandrias mientras cuidaba su rebaño de ovejas en las faldas de Ganekogorta…

Autorretrato que me hice sujetando el cuadro para enviárselo a modo de gratitud a Mª Antonia Martínez, el mismo día de la entrega.

UGARRIZA. La obra pictórica se la había encargado Biguri a un tal Simón Ugarriza Zorrozua (1939-1993) orozkoarra que tenía ya cierto reconocimiento por ese estilo de retratos y, además, por obras realizadas con curiosas piedras de rebuscadas formas que encontraba por su Gorbeia del alma: las fuentes de la plaza de Ibarra (Orozko) o de Pagomakurra (Gorbeia, Zeanuri) son suyas.

Casualmente, al igual que sucedía con Ruperto, también él aprendió a dibujar y perfeccionó su técnica de un modo autodidacta, sacando provecho a aquellos tiempos muertos mientras vigilaba su rebaño de ovejas en el monte.

Quiso la fatalidad que, en un día en que transportaba esas piedras tan llamativas de sus construcciones, sufriese un accidente en torno al puerto de Bikotx-gane y perdiese allí la vida, cuando contaba con 54 años. Fue un día como hoy, 28 de junio, pero de hace 27 años. Yo mismo recuerdo la conmoción social que aquella desgracia supuso.

Por eso he querido esperar hasta el día de hoy para publicar estas líneas. Para dar las gracias a ese trío que con tanta generosidad tanto aportó al pueblo: Biguri, Urquijo y Ugarriza que hoy, seguro, nos miran desde arriba orgullosos de que aquel cuadro que les une entre sí y que refuerza nuestra historia popular, esa íntima y alejada de los grandes acontecimientos.

El cuadro en cuestión está en el Ayuntamiento de Laudio, para que pueda verlo y honrarlo quien lo desee. Porque estas cosas no se pueden encerrar en una casa: es mejor hacerlas de todos, para que quien quiera las goce o disponga.

Por si fuera poco, existe otra versión similar del mismo dibujo que Ugarriza hizo algún tiempo después para la sociedad Los Arlotes y que da la bienvenida a quien se adentra en su entrañable local. Fue asimismo la imagen usada en la carátula del disco que en honor a Ruperto Urquijo se grabó entre varios grupos en 1992.

Disco grabado en 1992 en cuya portada figura el retrato de Ruperto Urquijo que realizó Simón Ugarriza

Un recuerdo para todos ellos: para en infatigable Biguri y para aquellos dos artistas que vieron nacer su arte mientras pastoreaban. Y , cómo no, mis más sinceros agradecimientos a Mª Antonia por su generoso acto: es un honor y un auténtico placer.