Olentzero es un madero

El personaje de Olentzero que tan incuestionable nos parece hoy, poco o nada tiene de tradicional entre nosotros y sí mucho de una necesidad ideológica de un momento concreto, siendo luego bien espoleado por el comercio, siempre ansioso de mover las cajas registradoras. Y no está mal del todo y de hecho me encanta para celebrarlo. Pero no soporto que ello conlleve una matarrasa de todo lo anterior, de lo propio y genuino. Tanto que lleguemos a olvidar quiénes somos y de dónde venimos. Así es que vamos a revolver un poco, como un modo de lucha revolucionaria y antisistema contra el olvido generalizado.

Olentzero en Bilbo, todo un espectáculo. Pero espectáculo dicho en todos los sentidos: pobres criaturas, pobre país…

 

EL SOL Y EL FUEGO. Nuestra celebración navideña se debe —como a estas alturas todos sabemos— no a la rememoración del nacimiento de Jesucristo sino a unos antiquísimos ritos paganos previos consistentes en la adoración al sol, costumbres que el cristianismo enmascarará posteriormente con esa efeméride natalicia inventada ad hoc para adueñarse de ellos.

En estas fechas tan entrañables celebramos el inicio del invierno en nuestros calendarios actuales o, quizá mejor, tal como se percibe en los países del norte de Europa, el día central del invierno, ya que es ahora cuando menos fuerza tiene el sol.

También sabemos que aquellos ancestrales ritos de adoración al sol se materializan entre nosotros por medio del fuego, una especie de delegación simbólica de aquel astro en la Tierra. Un fuego que en las fechas señaladas del ciclo solar adquiere siempre un carácter mágico, purificador, benefactor y protector para sus súbditos los humanos. Es el sol el que da y quita la vida a esa naturaleza de la que nos sustentamos.

La especulación sobre la posible antigüedad de esos ritos del fuego solar es algo que estremece. Pero prueba de ello es que, de un modo u otro, se llevan a cabo en prácticamente todas las culturas del mundo. Es decir, es algo en apariencia inherente a nuestra existencia como seres humanos.

EL TRONCO PRODIGIOSO. Con los nombres de eguberri, gabon, gabonzuzi, gabon-subil, gabon-mukur, olentzero-enbor, onontzoro-mokor, subilaro-egur, suklaro-egur, sukubela, porrondoko... recogió Barandiaran en toda la geografía vasca la costumbre de traer desde el bosque hasta el hogar un gran tronco cuyo destino era el ser “sacrificado” en el fuego, quizá ofrendado al sol para así atraer su protección y prosperidad en el futuro más cercano. Debía de arder durante esa noche solsticial —Nochebuena— y así poder convertirse en algo mágico, dotado de poderes sobrenaturales.

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año». Imagen de leñadores vascos

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En Larraun, como en la mayoría de los pueblos, ardía en el hogar sólo durante Nochebuena; en Llodio y en Salvatierra hasta la última noche del año...» contaba el sacerdote de Ataun en unas densas notas que, por su interés, reproducimos completas al final de este post.

De la gente entrevistada en Laudio —mi pueblo de nacimiento—, nadie lo recuerda hoy. Aunque sí milagrosamente algunas personas mayores de Luiaondo u Okondo. Su ceniza bendecía los campos  y ayudaba a mantener la buena salud del ganado.

OLENTZERO. Curiosamente ese madero mágico de Nochebuena recibe el nombre de Olentzero en algunos rincones de nuestra geografía, en referencia a la bondad de los augurios de esa noche, al instante estrictamente navideño, nada que ver con el personaje que hoy conocemos. Sí tenemos referencias, claro está, de un complejo personaje mitológico que simboliza estas fechas solsticiales o al menos actualmente comparte su nombre. En cualquier caso, nada tiene que ver con un carbonero, el mito moderno actual. Por no extendernos, dejamos para otra ocasión la profundización en la metamorfosis histórica de ese personaje.

Concuerda con el hecho de que no se hable de ningún carbonero ni personaje ni nada similar en la primera referencia de esa palabra, como es sabido, a manos de Lope Martínez de Isasti (Lezo, 1565-1626). Su explicación no deja lugar a dudas: «A la noche de Navidad [llamamos] onenzaro, ‘la sazón [la época] de los buenos’». Tampoco en las siguientes citas documentadas, limitadas a describir con ese término el período de tiempo de esas fechas mágicas. Lo aclara a las mil maravillas un dicho popular mucho más tardío recogido por R. Mª Azkue (Euskalerriaren Yakintza) de un Almanaque bilbaíno de 1897: «Onezaroz leihoan, Pazkoetan sua» [‘Por Navidades en la ventana, en Pascua junto al fuego’]. Es decir, que ha de hacer invierno cuando toca porque, si se trastoca el orden natural, nos golpeará su crudeza en primavera, cuando más perjudicial es para las cosechas. Algo similar al «Cuando marzo mayea, mayo marcea» con el que mi madre sentencia el firmamento cada vez que mira por la ventana. Una y otra vez. Año tras año. Con la pasión además de quien cree estar desvelando algo hasta entonces desconocido.

Nunca encontramos en los registros mínimamente clásicos de nuestra lengua carbonero alguno bajo en nombre de Olentzero. Sospecho por ello que lo inventaríamos a fines del XIX o, quizá incluso, a principios del XX.

En cualquier caso, no es difícil de hacer una extrapolación para sugerir que podrían identificarse perfectamente la extracción de un llamativo tronco del bosque y la labor de los carboneros en las más apartadas montañas, la idealización moderna del concepto de Olentzero.

Olentzero con Mari Domingi en Mungialde, bien cargados de regalos para los peques

 

TIÓ DE NADAL, TIZON DE NABIDAT. La misma concepción de ese tronco navideño que conlleva la prosperidad y la bondad lo tenemos en el Tió de Nadal, –también llamado tronc(a), soca, xoca, cachafuòc o soc de Nadal…– de las culturas circumpirenaicas de Cataluña, Andorra, Occitania y Aragón, un tronco al que se cuida y “alimenta” en casa hasta que en Nochebuena se le hace “defecar” todos los alimentos, regalos, etc. poniendo un fin simbólico al hambre y las penurias.

Tió Nadal, el tronco mágico navideño pirenaico, que cuenta con especial relevancia en Cataluña

Una referencia con un mayor valor etnográfico si cabe podemos observarla en una plegaria ritual recogida en Escalona (Huesca) y en donde, en el momento de prenderle fuego, el más viejo o dueño de la casa solicita al madero navideño todo tipo de favores con los que, prácticamente, se hace una definición de lo que se considera felicidad:

«Tizon de Nabidat tu yes o tronco d’a casa por ixo yo bendizco con bin esta troncada en nombre de Dios y o nino que baxa ta la tierra ta que ta ista casa traigas a felizidat más plena. O primer trallo ta tu, porque tu tot lo nabegas. O segundo por nusatros que nos des salut a espuertas. O terzero ta que niebe y se críen as cosechas. O cuarto ta que as arreses no se disgrazien ni mueran. Y o quinto ta que a Paz nos espante toda guerra».

Fiesta rural de los Tonis en Taradell (Barcelona), con un claro carácter de ritual de invierno. Transporte del gran tronco en las tres tombs (paseo compuesto de tres vueltas por el pueblo). Año de 2016.
Felicitación navideña con alegoría al transporte del Yule Log, el tronco de Navidad. 1870 aprox.

 

YULE LOG EUROPEO. Nuestras ancestrales costumbres han sido compartidas por los países del norte de Europa, con el nombre de Yule log –hoy reducido en muchas ocasiones a una tarta con forma de madero–, el Christklotz… unos grandes troncos, símbolos por excelencia de la Navidad, y que se acarreaban hasta el hogar para que éste quedase bendecido con su simple presencia. Es exactamente lo mismo que tan arraigado aparece en nuestras costumbres locales vascas.

Antiquísima cultura europea común basada en una religión de adoración del bosque… Una vez más, otro camino diferente nos conduce hasta la misma piedra angular.

ÁRBOL DE NAVIDAD. Curiosamente, en estos días que ahora nos toca vivir, muchos de nuestros hogares, calles y plazas se encuentran decoradas con el árbol de Navidad. Es una costumbre moderna entre nosotros pero que a su vez, con su importación, cerramos el círculo del culto al árbol que nuestros antepasados practicaron: recogemos de fuera lo que perdimos aquí.

En efecto, la moda del árbol adornado en nuestros hogares la importamos en su día de Francia y ésta, a su vez, a mediados del XIX, de los países germánicos. En su lugar de origen –Alemania y Escandinavia– con él se adoraba al dios Frey, el responsable del sol, la prosperidad y la lluvia: mitología en su estado más esencial.

De ahí que se adorne con regalos, comida, felicidad… colgando de sus ramas como reclamo y preludio de esa prosperidad que con él auguramos. Hablamos sin duda de lo mismo, de aquel árbol que con gran esfuerzo arrastraban desde el bosque hasta nuestros hogares para que portase la abundancia, fecundidad y felicidad a la comunidad que allí vivía. Idéntico fin y origen que esa expresión de “próspero año nuevo” que una y otra vez repetimos casi sin ser conscientes de ella.

Cortando el árbol de Navidad en el bosque. Franz Krüger. 1857

Estremece asimismo pensar cómo también nuestros antepasados eligieron un solemne árbol en torno al cual hacer las juntas vecinales para determinar los designios del pueblo, el embrión de los actuales ayuntamientos. El árbol, siempre el árbol… el idolatrado bosque, reminiscencias de aquellos pueblos a los que los romanos llamaron bárbaros. 

Ahora hemos de conformarnos con un personaje de diseño idealizado para las fiestas solsticiales y que por su complejidad ya trataremos en otra ocasión. Nada que ver ni siquiera con aquel último gentil, el único que no se inmoló al ver nacer a Jesucristo y que —cuenta la leyenda— descendió al valle a dar la noticia de que empezaba una nueva era.

Un afinado Olentzero el actual, recién casado con esposa impuesta por conveniencia –último grito en modernidad–, que ya no se emborracha ni puede mostrar su pipa porque incitaría a fumar a los más pequeños. Un personaje, para más deshonra y ofensa, hemos añadido un saco repleto de regalos a la espalda que nunca hasta entonces había llevado. Unas dádivas que los niños reciben tras haber escrito una carta con sus infantiles deseos y que puntualmente recoge un emisario de nuestro orondo Olentzero. Y si se le puede poner un zapato para que identifique a cada uno de la familia, perfecto. Eso sí, como es carbonero, entrega carbón a quien se ha portado mal. ¿Nos suena de algún otro lugar, verdad?

En resumen, lo único cierto de esta historia es que hemos creado un San Nicolás o Santa Claus “a la vasca”, diseñado a medida hace unas pocas décadas: ya tenemos el Euskal Papa Noël, el sustituto perfecto para los Reyes Magos. Cuando no lo hacemos posar junto a una mula y un buey…

LOS REGALOS. Por cierto, personaje éste de Santa Claus que comenzó a hacer regalos de juguetes, etc. a los más pequeños en torno a 1820, auspiciado por el comercio. O la réplica comercial de aquél, nuestros Reyes Magos cuyos “regalos de siempre” comenzaron en 1850… Dicho de otro modo: ayer. Y de ahí nuestra también “ancestral tradición” de los regalos de Olentzero que nunca hasta estas últimas décadas lo había hecho.

Imagen de hoy mismo, con el fuego que convierte en hogar la casa que me vio nacer

LA INFELICIDAD DEL OLVIDO. Y no es que esté en contra de la actualización, readecuación de nuestras costumbres, porque en el fondo siempre han sido cambiantes en el tiempo y porque, bienvenidos sean los cambios si ellos ayudan a su perduración. Pero a su vez, mientras alentamos esos nuevos mitos y leyendas, dejamos escapar sin ningún guiño de añoranza aquello que durante siglos o milenios fue nuestra esencia, el alma de nuestra cultura. Ni una sola referencia en ninguna publicación ni una breve explicación sobre nuestro tronco navideño en la más remota escuela infantil. Nada de nada.

No parece posible que sea cierto lo que estoy contando ¿verdad? Con lo celosos que somos los vascos para nuestras tradiciones…

Así es que os deseo mucha felicidad a todos/as y un “próspero” año nuevo. Comprad lotería para ver si os toca, que yo me quedo conforme pegado al tronco de árbol que arderá, más mágico y atávico que nunca, en el fuego de Nochebuena. Porque bien es sabido que es el fuego el que da nombre al hogar. Eso ya es suerte de por sí. Eguberri on.

Viejo tronco junto a la Ventilla de Okondogoiena (Okondo) paulatinamente fundiéndose con la tierra de la que surgió

 

ANEXO: TEXTO DE J. M. BARANDIARAN SOBRE EL TRONCO DE NAVIDAD (1956)

«El tronco que en Trespuentes ardía por Nochebuena en el hogar lo traía hasta la cocina una pareja de bueyes y allí estaba en el fogón durante todo el año. En Larraun, como en la mayoría de los pueblos, ardía en el hogar sólo durante Nochebuena; en Llodio y en Salvatierra hasta la última noche del año. En Esquiroz y en Elcano ponen al fuego tres troncos: el primero para Dios, el segundo para Nuestra Señora, el tercero para la familia. En Eraso y en Araquil ponen, además, un madero para cada uno de los miembros de la familia y otro para el pordiosero. En Olaeta encienden en el hogar un tronco de haya durante la última noche del año y queman a su lado todo lo que queda del tronco del año anterior. Por haber estado al fuego durante la Nochebuena o en el último día del año, Gabonzuzi tiene virtud especial. Con su fuego preparan la cena de Nochebuena en Oyarzun.

En Abadiano y en Anzuola hacen lo mismo; además, después de la cena, la familia se agrupa en su derredor para calentarse. En Elduayen procuran hacerle arder a gran fuego, a fin de evitar, según se lo dicen a los niños, que descienda de la chimenea el personaje Olentzaro, armado con una hoz, a quitar la vida a cuantos viven en la casa.

En Esquiroz colocan el tronco o Gabonzuzi consagrado a Dios en el umbral de la puerta principal de la casa el primer día del año, o el día de San Antón, y hacen pasar por encima a todos los animales domésticos. Creen que así los animales no morirán por accidente durante el año. La misma costumbre existía también en Oyarzun y en Araquil. En Salvatierra creen que Gabonzuzi tiene la virtud de alejar las tempestades y lo ponen al fuego cada vez que se acerca una tormenta.

En las casas donde hay toro semental practican lo siguiente: colocan al fuego en el hogar dos palos durante la cena de Nochebuena; ambos se queman algo por un extremo; hienden luego el más largo de los dos por el extremo quemado y colocan el segundo atravesado en la hendedura del primero de modo que ambos formen una cruz; ésta es llevada al establo donde se halla el toro y clavada o colgada de un muro o poste. Con esto creen que el toro no tendrá durante el año el mal conocido con el nombre maminpartidu.

En Aezcoa recogen el carbón y la ceniza producidos por la combustión de Gabonzuzi. Cuando una vaca tiene endurecida la ubre, ponen al fuego tales residuos y aplican su sahumerio a la ubre enferma. En Amorebieta dicen que el nochebueno o Gabonzuzi evita que la comadreja perjudique a quienes viven en la casa o a sus animales. No dejan que se apague el fuego del hogar durante la Nochebuena para evitar que alguno de la familia muera durante el año.

En Bedia conservan el tronco o sus carbones, pues piensan que asi continúa bendecida la casa. La ceniza producida al quemarse ese tronco en el hogar es conservada hasta el día de San Esteban en Ibárruri. Ese día la llevan a las piezas de cultivo y es esparcida en forma de cruz en la tierra. Así piensan que los animales dañinos morirán.

Según creencia de Liguinaga el nochebueno influye en que sean hembras los corderos que nazcan en el rebaño. Cuando muere una persona le ponen al lado Gabonzuzi en Eraso. En Olaeta ese tronco, que allí arde en la última noche del año, es retirado después de la cena y colocado en el establo a fin de preservar de enfermedades a los animales allí recogidos».

 

Kanpaia min dagoenean

Bizien eta hildakoen arteko mugaketa zorrotza kontzepzio modernoa da gure artean, duela gutxira arte, ez zirelako mundu bi horiek zerbait estankoa, erabat irekiak eta elkarrekiko iragazkorrak baizik.

Gai horretaz jardun behar nuen joan den zapatuan, Orozkoko Olarte auzuneko eliza zoragarriaren elizpean, halaxe egitea enkargatu zidatelako betako museoan. Gau ilunean eta argizari baten laguntza bakarraz… Baina ez zen asmoa erabat bete, ilargia ere harro azaldu zitzaigulako bertan geunden guztioi, inoiz baino distiratsuago, akaso zakar zebilen hego haizeari protagonismoa kendu nahian. Baina argizariko argiak, duin bete zuen bere eginbeharra, uneoro sugarra kulunka ibili bazen ere. Ezin zitekeen giro aproposagorik asma, heriotzari buruz eta euskaldunok haren inguruan eraiki genuen unibertso sinbolikoari buruz aritzeko.

Han botatako kontu guztien artetik, bat bereziki dut gogoko, gure etxean gertutik bizi izan dugulako: herioak bizidunak bere mundu ilunera eraman aurretik, helarazten dizkigun zantzuak, helduko denaren abisu modukoak.

Horretarako, soberan nekiena beste behin entzutera hurbildu nintzen gurasoen etxera, denborak iraganik eta etorkizunik gabekoa dirudien sutondo hartara. Barikua zen, diru-gose ustelak “ostiral beltza” izendatutakoa. Eta hantxe zeuden gurasoak, elkarri begira, tarteka sua hauspotzen, denbora eta bizia bera igarotzen uzten. Haritik tiraka, gogoz hasi ziren bilatzen nuena kontatzen.

Txakurraren gaueko ulua, heriotzaren iragarlea da

 

TXAKURREN ULUA. Txakurren bat uluka ari bazen gauean, berehala hilko zen auzuneko pertsona bat. Amak berretsi zidan esanez seinale hori hutsezinezkoa zela: hala jazoko zen, nahitaez. Antza, txakurrek usaimena sano garatua dute eta herioaren presentzia usnatzeko gauza dira. Badakigu, bestetik, herioa gauez dabilela, iluna delako bere mundua. Etxe-abereak ere artega zeuden ukuiluan, berehalako ezbeharraren seinale ziren une berezi horietan.

Txepetxa, etxe inguruetan dabilen zoritxarreko txoria da, herioa erakartzen duelako

 

TXEPETXA. Zoritxarrekoa zen ere txepetxa txoria —gure inguruan epetxa deitua: chochín gaztelaniaz eta troglodytes troglodytes izendapen zientifikoan— eta, ikusiz gero, ahalik eta azkarren tragatu behar zen. Edota bere habia suntsitu. Ha etxe inguruan ibilita, norbait hilko baitzen.

HONTZ ZURIA. Eta zer esan hontz zuriaz, bere aiene beldurgarriak entzuten zirenean etxeko leihoan… gizakion argiak dituztelako gogoko eta bentanetara hurbiltzen direlako ahal duten guztietan, beste aldekoak diruditen garrasiak botatzera.

OILARRA. Bestalde, ezagun dute ez zela auzokoontzat zantzu lasaigarria oilarrak “ordu txarrean” kukurruka entzutea, hau da, ilundu berritan edo, behintzat, ez espero zitekeen egunsentian.

Badirudi nire gurasoek dakizkiten heriotzaren zantzuen zerrenda animalietara mugatzen dela. Eta seguru asko aurretik izan ziren beste batzuk ahaztuak dituzte betiko. Horien artetik aipatzekoak dira hitzaldia eman nuen Orozkoko Olarte auzunean Jose Miguel Barandiaranek berak jaso zituena 1923. urtean, garai hartarako oso zaharra zen Pedro Mª Sautua auzokoaren ahotik.

Aurretik aipatu ditudan nire etxeko sinesmenez gain, hauek jaso zituen Ataungo apaizak, elizako kanpai-hotsei lotuak.

KANPAI-HOTSA MEZAN. Haietako bat da mezako kontsagrazioaren unean kanpaiek jotzen baldin badute: “…es señal de muerte próxima si el alzar de la hostia o del cáliz coincide con el toque de la hora del reloj de la misma iglesia“.

KANPAI MINA. Bestalde, eta niri gehien gustatzen zaidana, herioaren bisitaren zantzua zen kanpai-hotsa normala baino gehiago luzatzen zenean, oihartzun moduko batez. Horri, kanpaia min egotea esaten zaio bertan. Min, triste, goibel, etsituta, penaturik… omen du soinua, antzematen delako bere seme-alabetako bat iluntasuna nagusi den bizilekura bidali behar izanagatik.

«Cuando, después del toque de las campanas, se oye resonancia prolongada (kanpaia min dagonian=cuando la campana está dolorida), es señal de que alguno de la vecindad morirá pronto». Kanpaia min dagoenean… zein esapide eder, zein humanoa, zein goxo… Sano ederra, beste barik.

Olarte (Orozko) auzuneko eliza. Bertan jaso zuen ohitura hau J. M. Barandiaranek 1923. urtean. Atzean, Itzina (Gorbeia), Mari jainkosaren bizilekua. Argazkia: Indalezio Ojanguren, 1952

 

Gaur astelehena da. Eta lehengo zapatuko hego-haizea, euri eta hotz bihurtu zaigu gaur. Beti delako horrela. Hego haizeak, ezinbestez dakarrelako euria atzetik. Bata bestearen hutsezinezko antzua delako. Gorago aipatutako heriotzari buruzko gure uste tradizional horiek bezalaxe…

Letra hauek argitaratu eta gurasoenera joango naiz berriz, argia lehenbiziz ikusi nuen etxera. Eta esango diet zein esker onekoak diren kontatzen dizkidaten bizipen horiek guztiak. Eta zenbat maite eta behar ditudan. Trukean neu arduratuko naiz, basorantz uxatuz, etxe inguruan epetxik ibili ez dadin. Nirekin batera luzaroan nahi ditudalako ama eta aita, aita eta ama.

Eta kanpaiak… ez min ez alai: gure etxean ez dira entzuten. Guztion onerako…

 

 

Euskaraldia y mi concejal del PP

Solamente analizando el primer día de campaña ya podemos augurar que el Euskaraldia va a marcar un hito histórico en la historia del euskera, algo de lo que se hablará en la historia incluso después de muchos años. Porque, al menos a mí, al margen del uso y del bombo y el platillo de todo ello, me da a entender que comienza la normalización. No la del euskera, sino la del mundo en el que coexistimos alrededor del euskera. Eta gaztelaniaz idatzi dut, nahita, ikusita zein gizarte esparruri zuzentzen zaion nire mezu hau.

Por una parte es de agradecer el ver las instituciones y el mundo del euskera ir de la mano y no, “en contra de...” como sistemáticamente hemos sufrido durante décadas. Porque sin duda ha habido mucho de “gobernatzen ari denaren araberako euskalgintza”, de demostrar quién la tenía más grande –la lengua– en ese campo, de convertir en un arma arrojadiza y meramente política el uso y la promoción de euskera.

Pero en esta ocasión me refiero a otro asunto. La semana pasada me llamó la atención el ver cómo el concejal del PP de mi ayuntamiento –un único representante de un total de diecisiete– había puesto en su perfil de Facebook el símbolo de Belarriprest. Me chocó porque por nada lo esperaba. Y tras hablar con él me comentó que, efectivamente, se había dado de alta en la campaña y que iba a intentar hacer pinitos dentro de lo poco que él sabía. Y doy fe de que, al menos conmigo, está cumpliendo su palabra.

Perfil de Facebook del concejal Íñigo Pedruzo, identificado como Belarriprest del Euskaraldia, y que ha dado pie a esta reflexión

Probablemente, por su capacitación lingüística, se limitará a ser algo muy testimonial. Pero me quedo con lo beneficioso de su simple decisión, por lo que supone el que su gente y la de su partido vea el paso que ha dado y que demostrará a muchos que el euskera no es algo a lo que tenerle miedo o un idioma para convertirlo en algo repudiable “per se”.

Sé que ahora, al leer mis palabras, saltarán en masa los que, tanto de dentro como de fuera de su ideología, le pongan verde por ser incoherente con su línea política: que si eso se nota en los acuerdos del día día, que si son ellos los que prohibieron el euskera, que si a dónde vas Íñigo dando alas a esos “borrokas” y bla, bla, bla.

Críticas todas y desde todos los frentes. Pero no deja de ser un gesto político loable. Pero que, aunque parezca mentira, también levantará recelos dentro del mundo que promociona el uso del euskera: pero ni haciendo esto ni su quíntuple. Porque para muchos simpre siempre va a ser un intruso en ese mundo, alguien al que vigilar, una ideología a la que vetar. Porque nosotros, los euskaltzales puros, los de raza, somos más de vivir en el amargor, negándonos a ver lo positivo de cualquier avance. Como esos los hongos del bosque que necesitan de las tinieblas nocturnas para poder brotar.

Pero para mí, que aclaro que estoy alejado en lo político del partido del personaje en cuestión, la decisión y postura de este concejal del PP, ese pequeño gesto, me parece oro fino, un gesto de generosidad por su parte —poco va a ganar con su gesto y quizá sí perder— y un basamento maravilloso sobre el que comenzar a edificar el nuevo futuro para nuestra lengua, una especie de augurio de la prosperidad venidera; una auténtica suerte por lo que en lo simbólico ganamos con él y por ser la prueba incuestionable de que algo está cambiando en nuestra sociedad.

No en vano, otro joven que le precedió como concejal del PP en la anterior legislatura (A. R. C.) era perfectamente euskaldun y, para más inri u honra, tenía a sus hijos matriculados en la ikastola de Laudio, no lo olvidemos, provincia de Álava. Pero no lo vayáis contando por ahí, no vaya a ser que la gente se entere de cómo el pueblo normal y sus nuevas generaciones no entienden ya de maniqueísmos. Y de que cómo no todo lo blanco es siempre blanco ni lo negro negro.

Laudio udaleko alderdi guztietako ordezkariak, Euskaraldiari babesa emateko argazki batez. Ezkerretik eskuinera, Amets, Natxo, Isabel, Ander, Izaskun, Maider, Jakinda, Nerea, Loli, Íñigo eta Txaro. Guztiak elkarrekin, Euskaraldiarekin bat

 

Por eso me ha encantado y le he dado las gracias personalmente a Íñigo. Porque el uso del euskera no puede depender de “militancias polítizantes” sino de normalidad social. Hay que sacar el euskera no sólo a la calle sino a la más amplia de nuestras avenidas, por donde pasee todo tipo de gente. Nada de relegarlo a catacumbas o auténticas reservas indias y, menos aún, al rechazo o negación sistemática de cuatro carcas inadaptados. De ambos bandos…

Y es que cualquier paso minúsculo en este campo es un avance gigante. Porque, pongamos los puntos sobre las íes, el uso euskera necesita desligarse de la identificación con el nacionalismo vasco y más aún con la izquierda abertzale si pretende normalizarse y volar en plenitud. Porque si no, no hay futuro y nunca va a sobrepasar el umbral de uso en el que nos encontramos. Es el momento de olvidarnos de reproches mutuos para que todos tengamos cabida y nos sintamos cómodos. Y creo que esto lo está consiguiendo desde el primer día Euskaraldia.

Beraz, esker mila bihotz-bihotzez Iñigo Pedruzo eta ekimen honetara “igo” zareten gainerako 200.000 lagunei ere. Eta senti gaitezen eroso euskara erabiltzeko aukera hauetako bat –ahobizi zein belarriprest– hautatu dugun guztiok, kanpoan dagoenari eskua luzatuz beti, irribarretsu eta ez muzin.
Gero eta euskaldun gehiago izan gaitezen gure gizartean eta ondoren, maitasun kontu batengatik, euskara erraietan sentiarazi mihian loratu dadin. Ondo dakizun bezala, Iñigo, ondoan duzulako, zure inguruan biraka, Ulibarri abizeneko bat.

Eta bere arbaso batek, Jose Paulo Ulibarri Galindez (1775-1847) okondoarrak hain zuzen ere, ondo baino hobeto asmatu zuen zein zen euskara planik sinpleen eta eraginkorrena:

Euskeldunak euskeldunari, euskeraz

Ez dugu besterik asmatu behar.

Ondo izan eta goza dezagun euskaraz egiten Euskaraldia itxaropentsuari esker.

Carros con castañas y gloria

Una vez más, la coincidencia de fechas es la disculpa ideal para hurgar en la historia y rescatar para la memoria del siglo XXI aquellos hechos olvidados de nuestro pasado.

En efecto, hoy hace 138 años, se publicó en el diario Noticiero Bilbaíno la curiosa noticia que relata un suceso acaecido la víspera –13 de noviembre de 1880– y que llamó en sobremanera la atención «en el Arenal de Bilbao vimos ayer de 25 a 30 carros de castaña destinada al embarque para la isla de Cuba y procedente, si no estamos equivocados, de los castañares de Balentza que median entre el valle de Oquendo y los de Llodio y Luyando. No recordamos haber visto hace muchos años embarque de este fruto y por eso ha llamado mucho nuestra atención y la del público en general…»

Hace referencia al barranco de Markuartu, conocido como Balenchana en castellano y Balentxa en euskera, actualmente derivado a Balintxa. Pero, al citar Okondo o Luiaondo incluso, podemos pensar que por extensión se refiere a todo el monte Pagolar, rebosante de castaños en otra época y con abundantes kortinas (cortinas: cercados para proteger del ganado la cosecha de castañas apilada en el monte). A mí, tirando del cordón umbilical y del recuerdo de mis antepasados, estas historias me conectan con la kortina situada en el paraje conocido como Mendi, del citado monte Pagolar por parte paterna y con la de Ubieta (Olarte) por la materna.

Y es que también mis abuelos –paternos y maternos–, como la mayoría de los baserritarras del lugar, vendían las castañas de las kortinas para Bilbao, procurándose así unos jugosos ingresos dinerarios que pronto invertirían al adquirir productos de primera necesidad. Su entrega se negociaba los domingos en la plaza de Laudio, a donde acudían vendejeras bilbaínas que luego llevarían los sacos en el tren. Otros laudioarras como José Izagirre, cosechaban y compraban en grandes cantidades para bajarlas ellos mismos en carros al potentado Bilbao y así evitar intermediarios. Lo mismo que un tal Evaristo Murga Gorbea (1865) de Luiaondo, que enviaba a la villa “varios vagones llenos de castañas” para su venta.

En cualquier caso, no era necesario contar con kortinas en el monte para ello ya que, en cantidades tan inconmensurables, era en ocasiones inviable. De ahí que también se apilasen las castañas en los caseríos, almacenadas bajo cubierta cuando había espacio, o amontonadas y tapadas en cualquier era frente a la casa. Recuerdo asimismo cómo el pastor Fernando Ibarrola (Larrazabal, Laudio) me contó en cierta ocasión que su abuelo –asimismo llamado Fernando Ibarrola y nacido en 1870– contaba que iban a la cama y por todas las dependencias del caserío sobre miles de castañas que habían almacenado dentro de casa, pues eran unos de los grandes comerciantes del lugar.

Pero esas cantidades que nos parecen hoy inmensas y de las que aún tenemos referencias orales no eran sino la punta del iceberg de un pasado más esplendido en cosechas de castaña. Nos referimos a cuando el preciado fruto vasco se exportaba en grandes barcos que partían desde Atxuri (Bilbao) hacia Flandes y Países Bajos. ¿Para qué? Pues, al margen del evidente destino comestible, se demandaba por su cáscara, usada en el tinte de bayetas tipo gamuza.

Así es que se cosechaba «…exportándose ya en aquella época una gran parte al extranjero, aplicando su pellejo para teñir los paños» (Iturriza, 1787).

También nos lo recuerda con más concreción y en referencia a Laudio el escritor catalán Mañé i Flaquer en su obra El Oasis (1878):

«A fines del último siglo se cosechaban en el Señorío anualmente unas cien mil fanegas de castaña, y aun en el primer tercio del siglo presente casi todos los pueblos de Vizcaya tenían en sus cercanías bosques de castaños de aprovechamiento común y la echada de la castaña era ocasión de fiesta y regocijo para los aldeanos, pues llevaba a sus hogares un importante elemento de su existencia. La cosecha de castaña servía no solamente para el consumo de la casa, sino que también proporcionaba un auxilio pecuniario no despreciable, pues se enviaba en gran cantidad á países extranjeros, donde se utilizaba en el doble concepto de alimento muy nutritivo y sano y de materia tintórea en la fabricación de paños y bayetas, así como hoy se aprovecha para hacer con ella una pasta con la cual se fabrican los muñecos que aquí pagamos muy caros»

Sobre Laudio añade que «En Vizcaya hay castañares muy buenos, tanto por su lozanía, como por la abundancia y buena calidad del fruto, […] Los que hay en Belenchano, entre Llodio y Oquendo, que atravesaremos luego, son muy extensos y lozanos y aunque se hallan en territorio de Álava están situados en la zona de Vizcaya» en referencia una vez más a nuestra zona de recolección.

A falta de un buen trabajo de investigación en los registros de mercancías portuarias de Bilbao, sabemos sin embargo que la exportación de la castaña a Flandes tuvo su mayor esplendor antes de fines del siglo XVII, ya que los franceses, a la vista del potencial negocio que ello suponía, plantaron bosques extensísimos de un nuevo castaño –el castaño de Indias– que fue llevado desde Constantinopla a Francia en 1615. Al ser más voluminoso su fruto, poseía más cáscara que las castañas vascas por lo que eran más interesantes. Además, la duración y el coste del porte en barco se reducían en gran manera. Así es como, sin desaparecer, sí comienzan a declinar aquellas exportaciones del preciado fruto vasco.

Hasta ese punto de inflexión que marca el paulatino descenso fue tal magnitud la exportación que, a fines del XVII, «la villa de Bermeo se había opuesto a la extracción de la castaña para reinos extraños. Pero el Señorío la había defendido alegando que era la cosecha muy superior al consumo interior y de su exportación resultaba al país el doble beneficio de lo que lucraba con su venta y de que los buques que la llevaban al extranjero se comprometían a traer de retorno trigo y otros alimentos de que carecía el país, con lo que aquí se moderaba mucho el precio de los cereales»

También en 1703 se acordó imponer un real a cada fanega exportada «…con destino al pago de réditos de censos contraídos para la fortificación y defensa de la costa el mismo Señorío: constituía un arbitrio de mucha entidad» tal y como recuerda el diario que da pie a esta reflexión.

Pero ya para 1787 nos recuerda Iturriza lo decadente del negocio usando un “apenas” que parece añorar tiempos pasados mejores: «en la actualidad apenas se cogerán en Vizcaya setenta mil fanegas anuales, de las cuales se exporta una gran parte al extranjero: en el año en que escribo este libro (1787) vale la fanega de castaña once reales».

Asimismo es digno de atención el documento facilitado en su día por el investigador Alberto Santana (eskerrik asko!) en el que se relata un plantón y bronca de unos comerciantes de castañas orozkoarras acaecido en un lluvioso 23 de noviembre de 1780. Todo sucedió porque al entregar en la lonja del embarcadero de Atxuri las 1.200 fanegas de castaña –unas 50 toneladas– el comprador quiso forzar a la baja el precio de compra acordado en 15 reales por fanega a 11, acabando la operación mercantil en un gran tumulto.

El kirikino-hesi o kortina de Irukusigieta, en Orozko, es el mayor de los conservados en Euskal Herria. Excepcional en sus medidas y aparejo, denotan un uso protoindustrial del bosque de castaños

Pero lo curioso del documento es la información añadida que aporta ya que la transacción económica se había negociado por Joachim Roussellet, mercader de Nancy –ciudad de Francia próxima a Luxemburgo– que contaba con su despacho con despacho en Bilbao y su agente local el laudioarra Manuel de Goikoetxea, quien había subcontratado con aquellos jóvenes orozkoarras la apreciada mercancía de sus castañares.

Al margen del puerto de Bilbao, también se embarcaban exorbitantes volúmenes de castaña procedentes de Enkarterri en Zubileta, punto del río Cadagua hasta donde ascienden las mareas de la ría para hacerlo navegable. Porque también esta comarca era una muy gran productora.

No en vano, es en el Fuero de las Encartaciones (1503) en donde encontramos la primera referencia a las kortinas o kirikino-hesis, aquellos cercos de almacenamiento de castañas con sus erizos, indicando además qué condiciones técnicas habían de reunir:

«…la senbradura que es hecha en monte de concejo e castannos e cortina e vivero se han de defender con seto suffiçiente […] segun costunbre antigua, ha de estar mas çerrado e mas defendido/ e ha de aber ocho palmos de ençeas en largo e vn palmo so tierra e ha de aber tres hiladas de verdugas texidas con las ençeas e/ ençima sus escajos; e si desta manera no estan çerradas, no han/ pena los ganados que entraren e fezieren danno».

Es decir, cierres de entrelazado vegetal reforzados con espinos. Y es que muchísimas han sido las kortinas vegetales de ese tipo y que por tanto no han dejado rastro en nuestro paisaje. En su momento debieron ser las más comunes ya que cuentan con numerosas referencias orales y, sin ir más lejos, mi padre mismo las ha conocido.

Un pasado glorioso para Laudio que pivota en torno a aquellos bosques de castaños de los que nadie actual parece querer acordarse: «Los castaños [de Laudio] son muy numerosos y corpulentos; así es que en ciertas estaciones del año, como por ejemplo la primavera, éste es uno de los valles más hermosos de estas provincias» como recogió entusiasmado Mañe i Flaquer (1878).

Porque a pesar de decaer el comercio con Flandes, no dejó de tener salida la castaña en otros mercados como, por ejemplo, la villa de Bilbao, cada vez más poblada. Así se entiende que en pleno siglo XIX, casi cuando aquellos muchachos aparecieron con los carros por el embarcadero de Atxuri-San Antón, la demanda hiciese que continuamente se plantasen más y más castaños que traían la riqueza al valle: «Los montes más famosos son el Yermo, Mostacha y Tardamente, poblados en su mayor parte de robles y castaños, cuya plantación aumenta diariamente y es una gran riqueza en el país» (Pascual Madoz, 1845-50).

El ocaso de toda aquella ensoñación llegó a fines del XIX, en la década entre los años 1880-1889, con la irrupción de enfermedad de la tinta del castaño que prácticamente los exterminó. Dicen que decía mi abuela (1900-1956), “apañadora” de castañas y a quien no conocí, que la enfermedad apareció en Laudio en el cruce de Barbara –entre Larrazabal y Markuartu– y que de ahí se extendió por todos los montes. Justo en el lugar en donde comienza el barranco de Balintxa, Balenchana, aquel que tanta fama había adquirido por sus ingentes cosechas. Principio y fin de una fecunda historia, cuya relevancia, ante todo, no podemos ni debemos olvidar.

Con apariencia de ser partes de madera quemada en nuestros viejos castaños, se trata en realidad la “tinta” que los llevó hasta su desaparición

 

Así es que comencemos hoy mismo por rememorar aquellos alegres muchachos que, para enviar castañas a las colonias cubanas de ultramar, no dudaron hace 138 años en avanzar hasta Bilbao con un espectacular y anacrónico convoy de 25-30 carros que causaron gran admiración entre los que tuvieron la fortuna de presenciarlo. ¡Lo que daría yo por verlo!

 

A la abuela Dominga Mendiguren Solaun (1900-1956) quien, también un 14 de noviembre como hoy, decidió dejarnos como antes lo habían hecho los castaños.  Seguro que en ese espacio para eternidad y el recuerdo andará aún colmando su kortina de Mendi, aquella que –decía– por nada del mundo podíamos olvidar

 

La tablilla de Pedrotxu

Poco o nada reseñable tendría un día como hoy, 5 de octubre, si no fuese por una curiosa ocurrencia de un muchacho de Laudio, justo hoy hace 96 años: la de escribir una frase en una tablilla e introducirla dentro de una obra de una pared en la que trabajaba. A ello se añade, claro está, el casi milagro de que un operario que trabajaba en una obra llevada a cabo este año de 2018 se fijase en aquel elemento de entre los escombros.

En efecto, así sucedió. Remodelando la llamada Casa del Hortelano, dentro del hoy parque público de Lamuza, apareció entre los cascotes de la obra una tablilla que, escrita en lápiz, mostraba la siguiente inscripción: “Pedro Mendívil y Larrea deja este recuerdo a los 27 años de edad. Llodio a 5 de octubre de 1922“. Hoy, a la espera de darle un destino concreto, se custodia en el despacho del alcalde como objeto entrañable y querido del pueblo.

En sí, es algo sin importancia alguna. Pero, a su vez, me parece algo tan entrañable y humano que no puedo pasar la fecha sin publicar unas líneas, más siendo hoy un 5 de octubre, como aquel lejano día. Es además la disculpa perfecta para vincular el Laudio actual con aquel otro, cándido, cercano y tranquilo, previo a la industrialización e incremento demográfico que lo transformaría totalmente décadas después.

Poco hubo que investigar para dar con el individuo en cuestión: se trataba de Pedro Mendibil Larrea (1895-1967), un personaje curioso y popular en el pueblo. Hijo de Mariana Larrea Sautua (Baranbio) y de Pedro Mendibil Mendieta (Laudio), lo que, por la coincidencia de los nombres de pila del padre y el hijo hizo que hasta el final de sus días fuese conocido como Pedrotxu, Pedrotxu Mendibil Larrea.

Pedro Mendibil Mendieta junto a su hijo Pedro Mendibil Larrea, Pedrotxu en el día de su Primera Comunión. Foto del archivo familiar

 

LA CASA DEL HORTELANO. La tablilla con la inscripción recientemente rescatada la insertó Pedrotxu en un edificio del Palacio del Marqués de Urquijo, conocido como la Casa del Hortelano. La había mandado construir el primer marqués de la saga, Estanislao Urquijo Landaluce (período como marqués: 1871-1889), dicen que para atender la gran finca agrícola que poseía, germen del posterior conjunto palaciego y quizá añorando su humilde origen en una familia de labradores de Murga (Ayala). En aquel gran nuevo edificio, en su piso principal y más elevado, vivía el encargado de gestionar el cultivo de las fincas y, claro está, de ahí adquiere el edificio el nombre que todos conocemos. En su vivienda contaba nada menos que con tres dormitorios, cocina, escusado (váter) y sala.

Bajo esa parte más noble, en el piso inferior había un lagar, pajar, gallinero, cuadra con pesebres y carbonera-leñera. Y, ya en el sótano, la bodega con cubas para los txakolines y un pozo artesiano o patin, para extraer agua del subsuelo.

Fallecido Estanislao, su sobrino, el segundo marqués (Juan Manuel Urquijo Urrutia, ejerciendo en el período 1889-1914) emprende ciertas mejoras y ampliaciones en el edificio para albergar más empleados con los que atender los huertos y las abundantísimas viñas y, asimismo, poder alojar a la numerosa familia y aristocracia que ya se da cita allí en los períodos veraniegos.

Pero, con el tercer marqués de Urquijo (Estanislao Urquijo Ussía, durante 1914-1948) la Casa del Hortelano modifica ligeramente su ubicación, se amplía “…de manera que se levantó en su lugar un edificio de cuatro plantas con tres áreas diferentes; en una estuvo la Administración, en la del centro la vivienda del Marqués de Bolarque, y en la parte cercana al frontón el “Teatro Salón Diego”…” tal y como publicara el investigador Juan Carlos Navarro (revista municipal Zuin, mayo de 2014).

La “Casa del Hortelano” tras su rehabilitación actual. Foto: Susana Martín, Deia.

 

EL INCENDIO. Esta última reforma tendría que ver sin duda con el incendio que destruyó parte del edificio la madrugada de la noche del 16-17 de abril de 1922, debido según se sugería a un cortocircuito en la novedosa luz eléctrica y que hizo que “parte del palacio con sus muebles quedaran reducidos a cenizas” como reza la prensa del momento.

El Heraldo Alavés, de 18 de abril de 1922, con descripción del devastador incendio. Recorte por cortesía de Javier Reguera

 

LA OBRA DE PEDROTXU. Pedrotxu era por aquel entonces uno de los tres albañiles que había en el pueblo, junto a Tomás Ibarluzea y Alejandro Eizmendi, “Tolosa”.

Tomó parte en diversas obras palaciegas, siempre trabajando para el carpintero Leonardo Zurriarain, que hacía las veces de contratista y que acordó varias obras con el marqués. Queremos suponer que, por las fechas, cuando tuvo Pedrotxu la ocurrencia de esconder aquella tablilla dentro de la pared, se afanaban todos en dar esplendor a aquel edificio que el fuego acababa de destruir.

Inscripción con el nombre de nuestro personaje en la tablilla

 

EL PERSONAJE. Aquel joven muchacho quizá pensó en dejar su recuerdo para la posteridad porque había dejado de ser el chaval travieso de su juventud para convertirse en un padre de familia responsable: unos meses atrás había nacido ya su hijo primogénito Enrique (1923-1974). Luego le seguirían Alfonso (1925-2003), Lorenzo (1928-2011) y la pequeña de la casa, Mª Mercedes (1930), la única que sobrevive y que es la que tanta información de su padre nos ha facilitado. Todas estas criaturas procedían del matrimonio entre “Pedro Mendivil y Larrea, casado, albañil de 27 años de edad, natural de Llodio y doña Benita Echevarria y Perea, labores, de 28 años de edad, natural de Orozko y ambos vecinos de Llodio” tal y como se recoge en la partida de nacimiento del primer hijo.

Pedrotxu Mendibil junto a su esposa Benita Etxebarria. En primer término, fragmento de la tablilla. Foto del archivo familiar

 

La casa familiar de Pedrotxu, en el corazón de Lamuza, se había dividido en dos viviendas para alojar a sendas familias, separadas por una puerta que no se cerraba pero a su vez se respetaba ya que en ciertas ocasiones, por las limitaciones de accesibilidad (transporte de féretros…) era necesario pasar de una vivienda a la otra.

En la otra vivía “Escola” conocida así por ser Escolástica Pérez, que habían inmigrado del valle del Pas. Aún les recuerdan cómo andaban con su característico cuévano. Tenían un bar que a su vez hacía las veces de tienda en un pequeño espacio que compartían con una vaca que estaba algo más atrás. La parte exterior estaba rotulada con el texto “vino y chacolí“.

Pedro era desde chaval un personaje genio y figura, de tanto humor y carácter libre que hacía desesperar al maestro de apellido Elorza y que hoy cuenta con una calle en el pueblo. «Ya vienen los de Olarte» —el barrio más alejado del centro— les recriminaba con ironía porque llegaban tarde a clase cuando precisamente eran los que más cerca de la escuela vivían.

Casas en el barrio de Lamuza, hoy desaparecidas. La de la izquierda es la casa de los Mendibil y, más a la derecha, la casa y bar de “Escola”.

En cierta ocasión hizo alguna trastada que jamás se supo con detalle. Pero fue de tal trascendencia que el mismo Elorza le ordenó a Pedro que se la contase a su madre Mariana y que fuese ella quien le impusiese el castigo. Pero, sin que le angustiase lo más mínimo el encargo, no contó nada en casa. De nuevo en clase, el maestro le interpeló delante de todos para saber cuál era el castigo que le habían aplicado en casa, a lo que contestó que «bien cenado, ir a la cama», con las risas de todos los allí presentes. Le echaron de la escuela o se fue. Nunca lo aclaró. Pero desde entonces acudía a clases a Sta. Lucía, un barrio en la montaña, donde ejercía de profesor un sacerdote. Pedrotxu, siempre alegre, alardeaba que él estudiaba en la “Universidad de Sta. Lucía“.

Pedrotxu con su hija Mercedes. Obsérvese el cartel anunciador de “Vino y chacolí”. Foto del archivo familiar

Otra de sus numerosas anécdotas “sonadas” fue la de ir capturando y criando ratas sin que nadie supiese de ello. Pues bien… llegados los Carnavales, se disfrazó de afilador ambulante y con sí llevaba la piedra en su carro, así como el característico cajón para guardar herramienta, trozos de tela vieja con las que probar el afilado, etc. Allí había metido las “bestias roedoras”. Ya en el baile, habría la tapa —o la hacía abrir— y salían desaforadas las ratas, con el consecuente pánico y alboroto de los allí presentes.

También me contaba su hija que, entre otras hazañas, “en la época de la guerra hizo Pedrotxu un zulo en el portal del viejo bar Lauri (Casa de los Ussia) para guardar la corona de la Dolorosa (imagen de la parroquia) y otras cosas de valor así como joyas de los propietarios, etc.”, anécdota que curiosamente también recuerdan a la perfección en mi familia.

LAS MALVICES. Pero de las muchas curiosidades que aquella tarde del pasado 20 de agosto me contó Mercedes sobre su padre, hubo una que me pareció entrañable y de gran fondo emocional. Y es que Pedrotxu amaba y admiraba los zorzales, unas aves que aquí conocemos como malvices (aunque sea un término masculino en nuestra zona se usa en femenino: “las malvices”). Tanto que hasta podríamos hablar de que tenía una gran obsesión personal por ellas.

Zorzal, conocidos entre nosotros como “malviz”

En cierta ocasión tenía enjaulado un buen ejemplar en su ventana. Se pasaba horas y horas mirándola y hablándola. Y cada día reservaba su último trozo de comida para dárselo a ella. El ave se lo agradecía con primorosos trinos, unos gorjeos que eran la admiración de todo aquel que transitaba por aquel entorno de Lamuza.

Llegó incluso a ofrecerle Alejandro Gorostiaga “mil pesetas y una tripada de angulas” por ella, a lo que Pedro, perdidamente enamorado de su ave, se negó con rotundidad.

Pero en otra ocasión se encaprichó de ella el sacerdote —llamado Félix— y, como el clero pesaba tanto por aquel entonces, no se la pudieron negar. Con gran pesadumbre, Pedro se la tuvo que vender por una simbólica peseta.

Mas, cuando acudía a los obligados oficios religiosos, no podía concentrarse en ellos porque oía a lo lejos cantar a su añorada malviz y toda su atención se le iba allí, con poco provecho para sus ejercicios espirituales. Así sufrió lo indecible hasta que un día decidió que no podía vivir ni un minuto más con aquella pena. Por ello se lo comentó a su madre y lo hablaron con el sacerdote que, visto el alcance que aquella melancolía tenía para el muchacho, no puso impedimento para hacer una marcha atrás en el cambio de peseta por pájaro, para alegría de Pedrotxu, que nunca más abandonó a su avecilla hasta la muerte.

HASTA SIEMPRE, PEDROTXU. Poco más podemos añadir porque poco más sabemos. Pero llegamos a intuir que, en ese otro lugar en donde no pasa el tiempo, seguirá Pedrotxu embelesado escuchando a su divina malviz. Y sonreirá viendo cómo aquella tablilla en la que escribió en su juventud ha provocado estas letras que lo devuelven a la historia, a la actualidad, a la historia de los terrenales. Un 5 de octubre… Él agradecido en su eternidad y nosotros eternamente agradecidos. Por los siglos de los siglos…

Muchas gracias a Mercedes Mendibil, a su esposo Eugenio Gastaka y a sus hijos Eugenio y Lutxi. Por todo lo bueno que siempre nos disteis, nos dais y, sin duda, nos daréis.

 

 

Historias de la limonada de garrafa

Limonada de garrafa en su punto óptimo de cristalización, lista para ser degustada. La mezcla de hielo y sal exterior congela la bebida vertida dentro del recipiente metálico

 

Rescatada de tiempos pasados, la limonada de garrafa vuelve a estar de moda entre nosotros. Se trata de una mezcla de vino blanco, agua, azúcar y limón que se lleva a punto de granizado para ser consumida.

No hay fiesta en la que, preguntando a los más mayores, tengan un vago recuerdo de que tal o cuál familia la elaborase para consumir en el banquete de la fiesta mayor. Sin embargo el olvido ha sido lo común y prácticamente se ha borrado su recuerdo de lugares en donde fue bebida festiva por excelencia: Bilbao, Amurrio, Laudio, Orduña, Balmaseda, Gernika, Otxandio, Larrabetzu…

También su presencia en aquellas celebraciones populares queda bien reflejada en los cuadros de romerías del pintor José Arrue (1885-1977), tan descriptivos en lo visual de nuestra historia.

Elaboración de limonada en una garrafa clásica, sin manivelas. Detalle del cuadro Mesa de las autoridades que representa una romería en San Miguel de Mugarraga, Beraza (Orozko). Obra del gran pintor José Arrue

 

EL NOMBRE. “Limonada” ha sido el nombre de esta bebida elaborada en una garrafa, instrumento este cuya definición de la Real Academia Española nos deja a las claras su técnica elaboración: «Garrafa: Vasija cilíndrica provista de una tapa con asa, que, dentro de una corchera, sirve para hacer helados». Porque en realidad son artilugios concebidos para hacer helados. Sin embargo, en las últimas décadas, el nombre del recipiente es también por extensión el de la bebida. Así, es normal hablar de elaborar o beber garrafa en referencia a la limonada. Hay que recordar sin embargo que “limonada” era la única referencia usada en el período anterior a la guerra civil, es decir, la denominación más genuina.

EL ARTILUGIO PARA SU ELABORACIÓN. Quizá en otro momento lo analicemos con más intensidad pero conviene adelantar que la limonada se elaboraba usando cualquier caldera o puchero metálico, dentro de otro más aislante —normalmente de madera—, insertando entre ellos hielo con sal: la mezcla frigorífica que hará posible el milagro de granizar la mezcla de la limonada introducida en el recipiente de metal. No necesariamente se necesitaba un aparato para ello como hoy tendemos a pensar.

Quizá la referencia más diáfana nos la dé Ricardo Becerro de Bengoa (La Libertad, 08-01-1891) cuando nos habla de «…se enfría o hiela en total, en una garrafa improvisada que todo buen […] gastrónomo o bebedor saben disponer en el caserío más apartado de Vizcaya, con una herrada o cubo, un caldero y una arroba de nieve».

Posteriormente aparecieron por nuestras tierras garrafas para elaboración de helados que había que hacer girar con la muñeca. Por fin, en los años previos a la guerra civil, hicieron furor las garrafas provistas de manivela y engranajes que baten el contenido del interior en movimientos contrapuestos, logrando una limonada más suave y homogénea.

El orozkoarra Pedro Martín posee la mayor y más curiosa colección de heladeras o garrafas con las que elaborar limonada. Año 2005

 

Pero, como hemos adelantado, no era necesario recipiente específico alguno para aquellas limonadas de nuestros antepasados. Perfecta, la descripción hecha por José Miguel Barandiaran de una limonada cuya elaboración presenció en Zeanuri en los años 20 del siglo pasado:

«En un calderín de cobre se ponía vino blanco, un poco rebajado con agua fresca, al que se agrega azúcar. Previamente en una tinaja o balde ancho se había colocado nieve. Se echaba sal a la nieve y se introducía el calderín de vino en el balde. Sujetando el calderín con ambas manos por la boca, se le hacía girar rítmicamente en uno y otro sentido, presionándolo contra la nieve. Al cabo de un tiempo el vino del calderín comenzaba a congelarse y espesarse. En este estado grumoso se servía a los comensales».

Garrafa zahar bat, limonadaz betea. Orozko

 

Yendo más allá sabemos que, las garrafas de manivelas que hoy codiciamos como objeto de anticuario y museístico, estaban mal vistas en su momento por lo moderno de las mismas, por romper con “lo tradicional”. Así nos lo contaba (1928) bajo pseudónimo un tal Doctor Mostacha —Mostatxa es un monte de Laudio conocido por tener una antigua nevera— mientras se quejaba de los novedosos artilugios:

Una limonada es algo serio y magnífico, que requiere su momento, sus odas y una mise en scene características […] La garrafa a ser posible de las antiguas. Nada de engranajes ni manivela”.

¿DESDE CUÁNDO? Como todo lo que percibimos como antiguo, a veces tendemos a lanzar nuestras pretensiones más lejos de lo que corresponde. Y, sin esfuerzo, imaginamos inexistentes fiestas medievales con nuestro aparato a manivelas. Pero nunca fue así porque cada cosa tiene su tiempo.

Cierto es que en aquella época y en el Renacimiento era común beber vino o limonadas enfriadas en la nieve pero aún no hablamos del helado o granizado:

Citas como «…aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve…» del Quijote (parte II-LVIII, 1615) o «Hícele entrar en el pozo de la nieve (…) sacar dos frascos que estaban puestos a enfriar: el uno de vino y el otro de agua de limones“» u otro similar que dice «…en una venta a cuatro leguas de Tafalla, bebiéndonos un azumbre de vino, más helado que si fuera deshecho cristal (…) de los nevados Alpes; porque vale tan barata la nieve en aquel país, que no se tiene por buen navarro el que no bebe frío y come caliente», ambas de la obra de picaresca Estebanillo González (1646).

Azulejo catalán (L` Ametlla de Mar) representando una garrafa para refrescar las bebidas.

 

Ese hábito de beber frío se tenía además por sanador de enfermedades. Esa creencia enraizada en origen con la cultura clásica, había resurgido de nuevo con fuerza a fines del XVI como remedio para hacer frente a la peste bubónica que asoló el país. Así, a partir de aquellos años, aumentó en sobremanera la demanda de hielo, lo que hizo que se construyesen muchas neveras en nuestros montes. Porque «Siendo la nieve de tan grande importancia para la salud y evitar las fiebres y otras enfermedades contagiosas que con calores del verano suelen sobrevenir» (Balmaseda, 1620) no podía faltar.

Así, puesta la nieve de moda, no paraban de edificarse neveras en las cumbres más altas, con las que atender el lucrativo negocio de la venta de nieve en verano: Igartu Bilbo (1616), San Roke – Bilbo (1627), Itzina (< 1632), Pagasarri (1648), Ganekogorta (1693), Toloño (1680), Guardia (1648), Labraza (1663), Lantziego (1672)…

Pero gracias a las novedosas publicaciones del momento se extiende a partir de principios del XVII y sobre todo el el XVIII algo que ya se conocía científicamente desde mediados del XVI, pero aplicado ahora al arte culinario: el hecho de que, mezclando sales con el hielo, se consiguen temperaturas bajo cero y que podían llegar a congelar la bebida. Y ahí es cuando podemos elaborar nuestra limonada de garrafa.

Muchos años más tarde se insistía aún en lo interesante de dicho “truco”, instruyendo a los párrocos para que ellos lo hiciesen saber a sus feligreses: «…de la mezcla de la nieve y la sal resulta una temperatura de ocho o diez grados bajo cero» (Semanario de agricultura y artes, 1801)

¿ENTONCES, QUIÉN INVENTO NUESTRA LIMONADA ACTUAL? No se ha escrito nada al respecto pero por mi parte sospecho que debemos su existencia al berciano Juan de la Mata.

En plena Ilustración, cuando se buscaba ordenar, racionalizar y divulgar cualquier aspecto de aquella sociedad, Juan de la Mata publicó una extraordinaria obra, Arte de repostería (1747 y 1786), que es la base de toda la confitería, pastelería, etc. actual. Su aparición revolucionó la cocina y aún hoy posee absoluta actualidad.

Arte de Repostería, obra de Juan de la Mata en la que encontramos el origen de nuestra limonada de garrafa

 

Juan de la Mata, leonés de Matalavilla —pequeña población conocida por el embalse (1967) homónimo—, fue el repostero jefe en la corte de los reyes españoles Felipe V y Fernando VI y estaba influido por las corrientes culinarias más en boga: las francesas e italianas. No sería extraño por tanto que nuestra limonada de garrafa tuviese inspiración italiana, pues viajó hasta allí y aquel país era por aquel entonces —y es hoy— con sus gelati el máximo exponente de la “gastronomía bajo cero”.

Su extensa obra, de más de 200 páginas, se difundió como un reguero de pólvora y marcó el antes y el después de aquellas cocinas dieciochescas. Pues bien… Habla en ella con profusión y detalle de 31 opciones heladas de las cuales 24 son bebidas. Y sólo una de ellas contiene alcohol, la característica exclusiva de nuestra limonada de garrafa. Él la llama Limonada de vino:

«Puesta en un barreño una azumbre de agua con un cuartillo de vino, una o dos cáscaras de limón, el zumo de otros tantos bien exprimidos y nueve o diez onzas de azúcar, más o menos, según se gustase o fuese necesario, estará en esta infusión por tiempo de media hora o poco menos, concluyendo esta bebida con pasarla por la manga y helarla en el modo ordinario». Unas páginas más atrás, da la descripción de como helar estas bebidas en las garrafas, valiéndose de hielo y sal. Evidentemente, se trata de nuestra limonada.

La siguiente referencia es la primera vez que se documenta la receta entre nosotros, en Euskal Herria. Aparece en unos apuntes manuscritos de cocina, de fines del XVIII —contextualizada por otros datos del mismo cuaderno ya no tienen fecha exacta— propiedad del palacio de Katuxa en Laudio. Por aquel entonces palacio y la ferrería del lugar formaban parte del mayorazgo de los Ugarte que, por las cartas guardadas, sabemos que acudían a menudo a Madrid e incluso tuvieron lazos familiares allí. Sin duda, sería de Madrid de donde traería la receta que estaba haciendo furor en la corte y en los estratos sociales aristocráticos, fruto de la revolucionaria obra de Juan de la Mata. La receta en cuestión dice así:

«Para hacer media cántara de limonada echaremos vino blanco y agua en igual medida. Cuando se trate de tinto, por cada azumbre [2 litros] un cuartillo [0,5 litros] de agua. Si se prefiere dulce se le añadirá un poco de azúcar. Este azúcar será elaborado como si fuese almíbar juntándose con otra cocción de finas rajas de limón. Esta mezcla será colada por medio de un trapo y añadida al vino que se encuentra en la garrafa. Se completará, si fuese necesario con más agua y, con la tapadera de la cantimplora o garrafa abierta, sólo nos queda girar y saborearlo».

La receta manuscrita de Katuxa (Laudio) es la primera constartación de la limonada en Euskal Herria

 

Y aquella receta tan exquisita y novedosa que merecía la pena traerla manuscrita, pronto se extenderá a los estratos populares, convirtiéndose en la lujosa bebida festiva por excelencia. Prueba de ello es, por ejemplo, la demanda que un sacerdote interpone contra una feligresa de Larrabetzu por haber embarullado las comunicaciones de tal manera que «…el querellante se vio privado de las doce libras de nieve para hacer refresco que ésta le traía desde Amorebieta» (1800). Al igual que aquella moción de unos vecinos en el pleno municipal de Laudio, insistiendo en reinstaurar la clausurada nevera del Yermo porque la nieve importada desde Orozko resultaba excesivamente cara para atender a la necesidad de «“…tener surtido el Valle en todas las festividades por el verano» (1856).

Aun con todo, la gran explosión popular de la garrafa llega al instalarse en 1880 la primera fábrica de hielo artificial en la calle Ollerías de Bilbao y que supuso el abaratamiento del hielo y el paulatino abandono de las neveras de montaña. Ello y la mejora de los medios de transporte hicieron que nuestra bebida comenzase a vivir sus décadas de oro y que llegan hasta la guerra civil.

Día de romería en Begoña, Bilbao, acompañados de una gran garrafa. Fotografía de Eulalia Abaitua, la priméra fotógrafa vasca

 

CUANTO MÁS, MEJOR. Pero hagamos un receso de nuevo y volvamos a las recetas: a la publicada por Juan de la Mata y a la primera vasca, la de Katuxa. Lo llamativo en esta segunda es el cambio de proporciones respecto a la segunda, con cada vez más vino, probablemente adaptado al abundante chacolí local —con menos cuerpo— y aumentando la presencia de éste hasta la proporción de “mitad y mitad”.

También parece ligera de alcohol la limonada que describe Becerro de Bengoa (1891) y que, según refiere, es la bebida que acompaña a la comida de principio a fin: «Veinticuatro horas antes de la función se ponen a macerar en agua cortezas de limón, se añade una tercera parte de vino, blanco y tinto por partes iguales. Se azucara bien y se enfría o hiela en total, en una garrafa…»

Como hemos apuntado, con el paso del tiempo, ha sido un aumento progresivo el del porcentaje de bebida alcohólica. Y tanto es nuestro afán por la embriaguez, que en la segunda mitad del XX comienza incluso a añadírsele a la mezcla algún licor –normalmente brandy– una herejía para los defensores de la receta clásica. Yo, como sobresaliente pecador que soy, suelo añadirle un generoso chorretón de limoncelo —licor de limón— para que no pierda su inspiración italiana original.

La casa ELMA (Arrasate) fabricó garrafas de engranajes que gozaron de gran éxito. Con ellas regalaba un recetario en el que se recoge la receta de nuestra limonada, que por aquel entonces era ya popular.

 

Volviendo a aquel Doctor Mostacha (1928) decía que «suena la garrafa con el ímpetu de sesenta litros (tres de blanco por uno de agua y un azucarillo por un cuartillo)», con las proporciones modernas –la que yo uso para mis limonadas– y que coinciden con aquellas de Barandiaran más arriba citadas: «…se ponía vino blanco, un poco rebajado con agua fresca». Es decir, más vino que agua. En cuestión de elevar el ánimo festivo, cuanto más, mejor.

En lugares como Orozko en que «…como dato curioso y peculiar de sus hijos que son maestros en la preparación de las llamadas limonadas, esto es, en congelar o garapiñar el vino azucarado…» (Iturriza, 1785), ya en épocas modernas, siempre que era posible se usaba un vino amontillado o al menos de gran carácter. Me imagino que en esos casos se rebajaría con más agua y con menos o casi nada si se trataba de chacolí, más endeble al paladar, aquel que citaba Emiliano Arriaga  (Lexicón bilbaíno, 1896): «la clásica se compone de chacolín blanco, agua, azucarillos y unas rajitas de limón». Y es que, en esto de los gustos, cada hogar ha contado con su receta tradicional.

Cada año en el día de San Antolín (2 de septiembre) la gente de Orozko sale a su plaza a elaborar las garrafas en un llamativo concurso. Edición de 2009.

 

FUTURO. Quien se acerque este domingo a Orozko (domingo 2, 11:00 h) podrá ver en su plaza docenas de garrafas diferentes, girando alocadamente, para elaborar cada una su limonada. Posteriormente (12:00 h) se darán a degustar gratuitamente y quien las pruebe comprobará la esencia de la limonada de garrafa: que nunca hay dos iguales y que cada es extraordinaria en sí misma. Demasiada historia en cada sorbo como para no perder el sentido al degustarla…

Viejas limonadas, vividas con la nieve del Gorbea.
Canto ingenuo de fraternidad, en medio de la alegría del sol del estío.
No nos dejéis nunca, como el buen humor.
Sois muy nuestras, como las neveras metidas en el corazón de nuestras montañas

(Doctor Mostacha, 1928)

 

 

 

Cofradía de Laudio. Cuando las apariencias engañan

 

Disposición de las mesas en el pórtico de hierro y que acogerán de cuatro en cuatro a los comensales, siempre en torno a una gran jarra coronada por un generoso pan

Desde 1599 se celebra en Laudio una cofradía en honor a San Roque a modo de agradecimiento popular perpetuo, ya que se atribuyó a su milagrosa intercesión el haberse librado el pueblo de la peste bubónica de fines del XVI. Continuación de aquella remota costumbre, este domingo y un año más, compartiremos mesa casi 400 cofrades bajo ese curioso pórtico que viene a ser el único de toda Euskal Herria construido hierro, tal y como ya contamos aquí en otra ocasión.

Pues bien. Vista desde fuera, la cofradía tiene ciertas connotaciones de elitista, distinguida, señorial, elegante que… chocan frontalmente con los burdos modos de la mesa que sólo perciben los que en ella participan. Tanto que hay a quien le resultan inapropiados y hasta repugnantes.

Pero, una vez más, el defecto es virtud y la realidad nos muestra algo más profundo y que va más allá de las apariencias: se tratan de vestigios de antiguas costumbres, especialmente medievales, que han llegado hasta nosotros.

Los hermanos José Antonio y José Mª Gorostiaga (……+), unos de los más veteranos cofrades, con la jarra ya “volcada”. Se aprecia el estado de desorden y suciedad en que termina la mesa tras la comida

Así es que vamos describir esa cofradía estructurada en mesas corridas que se articulan en torno a jarras de dos azumbres —4 litros aproximadamente— que han de beber entre los cuatro comensales que, año tras año, se reencuentran en torno a ese recipiente cerámico.

MUJERES EN LA MESA
En los banquetes medievales —y cuyas reminiscencias reproducimos inconscientemente en Laudio— rara vez o nunca tomaban parte las mujeres, por considerarse lugar de excesos y propicio para transgresiones, por lo que solían comer en otra mesa, en algún rincón. Eran además banquetes demasiado burdos para la finura y elegancia que se le presuponía a una buena dama.

Quizá por ello, aquella pauta normalizada en el Medioevo se reflejó en la cofradía de Laudio posterior ya que, en sus normas —llamadas reglas— fundacionales de 1599 se prohíbe expresamente la presencia femenina:

«Primeramente ordenaron y mandaron que los cofrades del señor Sant Roque hayan de ser en la comida hombres y no mujeres». Pero las excluyen solamente de la comilona, ya que a continuación se insiste en lo deseable de su participación en la Cofradía: «…que era su voluntad que hubiese cofradesas…». Es decir, se clonan las costumbres propias de la época. Afortunadamente, adecuados a los nuevos tiempos, la participación de las mujeres en la comida es ya posible desde 2010.

SIN PLATO
Otra de las características que mantenemos hoy, es la de ingerir los alimentos desde la misma bandeja, a modo de hermanamiento.

Uno de los miembros de la mesa suele ser el encargado de trocear en porciones más finas los trozos de carne, tocino, etc. que se sirven en piezas grandes. En realidad, en los banquetes medievales, esta labor solía corresponder al más joven o de más baja posición de entre los de la mesa y debía ayudar a los mayores o de rango superior en la comida. Y el comer todos del mismo plato se tenía por distinguido también en las mesas más distinguidas.

Uno de los componentes de la mesa se encarga de trocear el tocino y mezclar los componentes bien antes de comer todos del mismo plato. Esta labor correspondía en los banquetes medievales a los más jóvenes o de condición social inferior

CUCHARA, TENEDOR Y CUCHILLO
El único cubierto en la mesa medieval era la cuchara ya que la función del moderno tenedor se hacía con la mano. El tenedor se usaba para “tener” —de ahí su nombre— la carne a la hora de trinchar, no para comer. Su incorporación moderna a la mesa viene desde Italia, en donde se comenzó a utilizar para poder ingerir la pasta.

El cuchillo solía ser común para varias mesas o, más bien, portándolo cada uno. Eran los conocidos como canivete —de donde procede el término de euskera ganibeta, ‘navaja’, ‘cuchillo pequeño’— siempre presentes en el equipo personal, no en el de la mesa.

Sin duda en sus orígenes no contaría nuestra cofradía con tenedores y no sabemos cuándo se incorporaron: hoy disponemos de cuchara, tenedor y cuchillo para cada comensal. Pero sí que es cierto que carnes como el pollo, etc. las seguimos comiendo con la mano, “a lo medieval”. Era importante usar sólo tres dedos, pulgar, índice y medio pues cogerlo con toda la mano se consideraba sucio.

SIN SERVILLETA
Con tanta grasa de por medio, se echa de menos la servilleta, a la que tan acostumbrados estamos hoy. Pero en la cofradía no la tenemos, de nuevo siguiendo costumbres tan normalizadas como de buen gusto en la Edad Media.
Así, inevitablemente, la boca ha de limpiarse con el dorso de la mano y ésta, con el faldón del mantel, ya que esta es su primordial función. Reproduciendo las normas de etiqueta de otras épocas…

JARRA
Insistimos: muy importante es limpiar bien la boca con el dorso de la mano a la hora de beber el vino ya que ese vaso debe contener la menor suciedad posible —restos de comida, migas, babas— porque se sumergen en la gran jarra para ir llenándolo, algo que podría resultar repulsivo para el resto de los compañeros. En mi mesa soy yo el encargado de esa labor de ir llenando los vasos de los cuatro para, acompasadamente, beber hasta vaciar y volcar la jarra, el orgullo de toda mesa.

Aunque en absoluto es obligado, “volcar la jarra” habiendo ingerido todo su vino es motivo de orgullo para los componentes de la mesa.

En las mesas medievales solían contar con vaso individual los más pudientes. El resto bebía de las mismas jarras. De ahí que, como en nuestro caso actual, fuese obligado pasarse previamente la trasera de la mano por la boca.

PAN
Al inicio de la comida, un gran pan corona la jarra, a modo de tapadera. Uno de los cofrades de cada mesa suele ser el encargado de partirlo en cuatro trozos con la mano.

En realidad reproduce el antiguo uso del pan como soportecomo elemento para transportar los trozos de carne desde la fuente común a la boca al no disponer de platos ni tenedor. Recordemos que antiguamente el pan era el plato principal —si era posible, se consumía en grandes cantidades— y eran los demás alimentos los que lo “acompañaban”, al contrario que en la actualidad. De ahí que se denominasen compangium (‘con pan’, de companĭcus: com- ‘con’ y panis ‘pan’), hoy evolucionado a compango en algunas zonas, los trozos de carne o “sacramentos” que alegran la fabada, cocido lebaniego, montañés… O hasta las mismas palabras compañía, compaña, compañero/a tienen su origen en ese “[comer] con pan”.

El pan se consederaba antiguamente el plato principal, al que acompañaban otros alimentos. Hacía asimismo las funciones de ayuda para llevar la comida del plato central compartido a la boca

BAILE
Antiquísimo es el dicho que apunta que “de la panza sale la danza“, en referencia al baile que ponía fin a las comidas de cierta transcendencia social. Por ello también se baila en nuestra cofradía.

Pocos son ya los cofrades que saben y se animan a bailar, excitados por el insistente sonido del txistu y por la gran ingesta de vino. La imagen es sublime, sobrecogedora y genera gran expectación y admiración entre los presentes. En cierto modo pone el punto final al encuentro, hasta la cita del año siguiente.

Pocos son los ya los cofrades que, al finalizar la comida, arrancan a bailar el banango al son del txisto y el tamboril. Anteriormente se bailaba el “aurresku de los cofrades”

Hoy se baila sólo el banangoa y ya parece quedar en el olvido el aurresku de los cofrades –en realidad un aurresku de anteiglesia–, la más solemne de nuestras danzas, y el que el mismo alcalde bailaba hasta no hace tanto en la plaza principal contigua. Más concretamente fue José María Urquijo Gardeazabal en su mandato entre los años 1948-1966 el último alcalde en danzar el espectacular baile. Este año, se ha recuperado y representado por varios dantzaris en el Berakatz-egun o día de ajos, desvinculado ya de la cofradía.

El alcalde José Mª Urquijo fue el último que con dicho cargo bailó el aurresku de los cofrades en Laudio. Foto: archivo familiar, aprox. 1950.

CARIDAD
Al igual que sucedía en los grandes banquetes de la gente opulenta, se tenía presente a la gente más marginal, a los “pobres de solemnidad” como antes se les definía. No solamente por poner en práctica la caridad cristiana sino también para mostrar, con gran vanidad, en qué opulencia se desenvolvían como para poder regalar; es decir, para hacer público y notorio que se pertenecía al estrato social alto y no al vulgo popular. Recoge en su normativa (1599) la cofradía de Laudio que se «…dé de comer en semejantes días a todos los pobres que acudieren a la cofradía su ración honesta y […] tenga cuenta de proveer y dar su ración a los pobres envergonzados e impedidos que hubiere en el pueblo».

Los pobres comían una vez finalizado el banquete los cofrades, sin que tengamos constancia de hasta cuando llegó esa costumbre hoy inexistente. Pero sí tenemos una bella constancia escrita de 1923 y que dice así:

«Pero lo más característico de este banquete, es el colofón de acentuado matiz tradicional: mientras nosotros comíamos, el hambre azuzaba a una falange de mendigos que descansaba su impaciencia bajo las sombras del muro de la iglesia. Pordioseros llegados de la estepa, profesionales de la mendicidad, sabios en plañir, diestros en lacerías, ballesteros de bribias y gallofos, de todo jaez. Allí se sentaron en la mesa que nosotros abandonamos, a deglutir la suculenta bazofia. Pilarica la chicharra, mendiga que recorre las Encartaciones, borracha de pelo gris, traje azul desvaído, ojos picarescos y chata; allí un giboso que mira enamorado desde el fondo de su desdicha, dulce como un Romeo contrahecho, cerca de Rosalía la pálida, la incolora, la tarada, enredo de ojos extraviados y místicos, flaca, mujer que ha aprendido a mendigar por amor y que presume de abolengo; entre estos dos se oye la canción de los amantes pobres que llevan la pesadumbre de las lacras espirituales; allí, dos tuertos de tostado color, barba de convalecientes, duros de boca, de gestos innobles, veteados de suciedad; y, sobre todo, una bellísima mujer rubia, harapienta, que lleva al halda un niño rubio de espiga sucia y otros tres niños más, preciosos, que parecen saboyedos, de ojos agrandados por la esperanza. Todos engullen, se atiborran, y apenas si hablan, beben y beben del vino del Arcipreste, y poco a poco se olvidan de que son pobre».

Artículo titulado La Sanrocada de Laudio, dentro de una sección de nombre “Folletones de Aberri” y firmado por Adolfo de Larrañaga en el diario Aberri, núm. 86, publicado en Bilbao el 6 de septiembre de 1923 como nos hiciese saber en su día mi compañero y colega Juanjo Hidalgo. Por cierto, Adolfo de Larrañaga, gran amigo de José Arrue y sus hermanos.

MENÚ
Por ir cerrando el post, apuntaremos que el menú se compone en la actualidad de:

1. Sopa de ajo con guindillas
2. Garbanzos con tocino, vainas, berza y tomate. Es de destacar que hasta la aparición de la alubia americana el garbanzo era la legumbre más preciada. De ahí que aparezca en los menús de la mayoría de cofradías.
3. Zancarrón con tomate
4. Pollo con pimientos verdes fritos. El pollo sustituyó en cierta medida a la carne de carnero y vaca tradicionales, al parecer, instaurado por el marqués de Urquijo pues le parecía una carne más fina y acorde a la categoría de sus invitados.
Del sacrificio de aquellas vacas y carneros para la cofradía surgen las clásicas morcillas del día anterior, hoy jornada principal y más distinguida de las fiestas locales.
5. Pera. Y café, copa y puro para quien lo desee.

Todo ello se acompaña con el abundante vino, eje indiscutible de la fiesta, recogido en la jarra que une a los comensales y que ya aparece en la medida un litro por garganta —antaño considerada escasa, hoy excesiva— desde el primer menú de cofradía documentado allá por el siglo XVIII: «…a libra de vaca, media de carnero y a media de azumbre de vino para cada cofrade, garbanzos, sus especias para el caldo y algún principio».

Último trago para finalizar el contenido de la jarra y poder volcarla, deseándose mutuamente salud y felicidad entre los compañeros, un gesto de profundo hermanamiento

Como se ve, todo cambia con el tiempo… excepto el vino que siempre hermana y edifica ese espíritu igualitario e igualador que persigue la cofradía y que le ha hecho sobrevivir a la de Sant Roque de Laudio ya más de 400 años: «…den de comer a los cofrades de un mismo manjar que ellos pusieren por costumbre y ordenanza, sin que haya mejoría ni parcialidad ni diferencia de los unos a los otros…» tal y como recogen sus antiquísimas reglas. Porque todo no iba a ser feudalismo y jerarquía social medievalidad…


CON CARIÑO a mis compañeros Rafa Jauregi, Oscar Reguera y Endika Mendibil que nos reuniremos en torno a la jarra 75 hasta que la salud o la muerte nos separen. Mientras, salud y buen vino, hermanos.