El alcornoque de Markuartu

Trozo de la corteza del alcornoque, recogida y custodiada como la más estimada de las reliquias

Markuartu («Malkuartu» en la dicción popular generaliza actual) es un barrio ubicado en un alto entre Okondo y Laudio. Y es en su vertiente hacia esta última localidad, frente al caserío más antiguo de los que conformaban aquella aldea —hoy derruido—, en donde se encontraba un alcornoque grandísimo, de dimensiones descomunales, gigantesco para lo habitual en su especie. Por lo abrumador de su porte y por lo inaudito de esa clase de árbol, era muy conocido en toda la comarca. Era el reputado y nombrado «alcornoque de Markuartu».

Y decimos «era» porque tal día como hoy pero de hace bastantes años (1981) se derrumbó con gran estrépito, según comentaron los vecinos del lugar. Precisamente el ciclópeo tamaño fue el que firmó su sentencia de muerte, ya que era demasiada la superficie expuesta para hacer frente a aquellos vientos huracanados de fin de año.

Mi relación con el lugar ha sido siempre intensa, íntima, ya que de allí procede mi línea familiar paterna. Por eso aquel alcornoque era algo que estaba muy arraigado a mi alma en aquella lejana infancia, ya que mi padre, tíos o abuelo —no llegué a conocer a mi abuela, la oriunda el lugar— nos lo mostraban siempre con grandiosidad, haciéndonos sentirlo como algo casi totémico, divino, extraordinario. No sé cómo describirlo, pero se esforzaban en transmitirnos la sensación de que aquello era especial, único, algo memorable y reverenciable, no un árbol más. Desgraciadamente, no conozco imagen alguna que lo inmortalizase.

Por eso su desplome y muerte fueron recibidos en el pueblo y en especial en mi entorno personal como una auténtica catástrofe, un drama: acababa de fallecer un miembro más de nuestra comunidad.

La desdichada noticia generó no poco revuelo y pronto comenzaron las especulaciones. Hasta allí subieron una cohorte de sabelotodos, leguleyos, sabihondos y picapleitos que esperaban gozar de su porción de momento de gloria, empeñado cada uno de ellos en imponer como dogma universal sus más peregrinas divagaciones.

Al instante comenzaron a teorizar sobre su edad, algo que generó gran expectación ya que interesaba más idealizar la leyenda cargada de pasado glorioso que la realidad entristecedora de aquel gigante caído.

Primeramente se consultó a los lugareños que no dudaron en añadir sal al plato: «inmemorial», «mi abuela murió con xx años y lo conoció siempre así«, «de toda la vida«… eran los datos más sólidos que podían ofrecer. Eso sí: aseverados con tanta contundencia que se acordó, por consenso del «consejo de ancianos» locales, que aquel alcornoque tendría más de tres siglos de vida. Aunque a algunos aquella cantidad les parecía escasa e indigna para la leyenda arbórea más grande que jamás había conocido la comarca. «De la época de los Reyes Católicos» fue la conclusión de los de aquella corriente de opinión disidente.

El «segundo» alcornoque de Markuartu

Algunos, con métodos algo más científicos, practicaron un corte con la motosierra e intentaron contar los anillos que, como sabemos, determinan la edad del árbol. Pero su engorde había sido tan pausado como la historia de aquella aislada aldea, algo que frustró la iniciativa: se hacía difícil o casi imposible contabilizarlos. Sobre 400 anillos y años fue el consenso acordado viendo que no había otra solución mejor. Doy fe de que allí no se veía nada.

También pronto se aseveró —y hasta hoy en día es corriente escucharlo— que era «el único» alcornoque que habían conocido las tierras vascas, algo que lo hacía más sobrenatural aún.

Hoy sabemos que no es cierto. Por ejemplo, en Getaria existe uno declarado «árbol singular» por lo raro de la especie y por su gran edad. Y no es el único. Sin ir más lejos, en el mismo Markuartu existe hoy en día otro que, cuando menos, cuenta con un siglo de existencia y no sería extraño que fuese contemporáneo al derrumbado. Ha pasado siempre desapercibido porque el terreno rocoso sobre el que se arraiga, no le permitió medrar como su compañero de historias. Pero ahí ha estado y está.

Casi ahogado por unas invasoras mimosas, apenas nadie se percata de su existencia. Pero sí que es llamativa aquella contundente sentencia de decir que el caído era el único en Euskal Herria sin fijarse en que a 100 metros tenían otro congénere o sin escuchar a los lugareños, que siempre lo habían conocido allí. Así de rigurosos somos en los ambientes populares…

Segundo alcornoque de Markuartu, olvidado y ahogado entre mimosas

En cualquier caso, aquel día de hace tantos años ya acababa de caer algo irrepetible: el más grande entre los alcornoques, el gigante, el único… nada que ver con ese pusilánime compañero.

En cierto modo dábamos las gracias por haber conocido aquel emblemático árbol en vida y en muerte, de ser vivos testigos de lo que en aquel recóndito lugar estaba sucediendo en esos precisos días: el destino nos había elegido para dar fe de aquel instante.

Recuerdo que, como si de una reliquia milagrosa se tratase, recogí emocionado una corteza que aún conservo con cierta devoción y admiración. Yo por entonces era un adolescente que vivía, bebía y gozaba con aquel nacionalismo resurgente tras décadas de represión y que necesitaba de historias y leyendas para insuflarle vida y edificar un próspero futuro.

También las casualidades de la vida me han llevado años después a formar parte de un grupo de amigos que cantamos en un coro callejero, de nombre Los Arlotes, y en cuyo local pusieron algunos de mis predecesores (K. Abrisketa, L. M. Ibarluzea y A. M. Santamaría), una rama del venerado alcornoque de Markuartu, para poder honrarlo y para no permitir que por nada del mundo quedase en el olvido. Con una nota en un euskera muy sui generis,  que nos aclara cualquier duda sobre las fechas.

Rama del alcornoque, con su leyenda recordatoria, en la sociedad Los Arlotes

Fueron varias jornadas de vientos huracanados, generando numerosos destrozos en todo el país. Y, entremezclándose en aquella alteración, amanecimos al día siguiente con el disgusto del más legendario de nuestros árboles por los suelos y el extraño y rocambolesco secuestro del padre de Julio Iglesias por ETA. Un insólito fin de año, sin duda.

Escribo estas líneas con el trozo de corteza del memorable alcornoque de Markuartu entre manos. Gozoso porque cuando lo recogí en aquellas funestas fechas adquirí el compromiso personal de trasmitir su memoria y inmensidad a las generaciones venideras. Y aquí estoy, intentando saldar aquella deuda pendiente.

Así, con estas líneas, pretendo elevar hasta la eternidad el recuerdo de aquel gigante, el alcornoque de Markuartu, el que creció durante siglos y siglos mirando orgulloso al Gorbeia. Qué digo siglos… ¡miles de años! O incluso más…

POST SCRIPTUM (11-01-2017)

Tras la publicación de este post, una amable lectora (Josune Ibarra) me facilitó un recorte de periódico (30-12-1981) en el que se describe el acontecimiento recordado aquí. Me parece tan bonito lo expuesto y tan acorde con las sensaciones que yo os había intentado transmitir que, además de poner la imagen, os lo trascribo para facilitaros su lectura.

«EL ALCORNOQUE DE MALCUARTU, UNA MITOLOGÍA DERRIBADA
Los fuertes vendavales que padecimos días pasados y causaron en nuestro valle al igual que en toda la región, importantes daños materiales, fueron lo suficientemente duros como para dar por tierra con un árbol que para los llodianos de varias generaciones había venido siendo todo un mito: el alcornoque de Malcuartu.
El citado árbol, famoso por lo insólito de su ubicación, había extendido sus potentes raíces en el alto de Malcuartu a lo largo de los últimos trecientos años, siendo el único de su especie, no sólo de los que se asientan en Llodio, sino probablemente de toda Euskalerria.
Nadie en nuestros días, ni viejos ni jóvenes, han sabido a ciencia cierta el origen de tan singular árbol, que si común en otras latitudes y otros climas, por aquí de siempre se le ha visto como el mirlo blanco de nuestras ahora desamparadas especies.
En la tarde del pasado miércoles, día 29, toda la majestuosidad de este único ejemplar arbóreo, con sus veinticinco metros largos de envergadura, fue a dar con sus ramas en el suelo, no pudiendo con los envites del fuerte viento y después de soportar con espléndida altivez desde el mirador de Malcuartu el paso de varias generaciones de llodianos, amén de esas agresiones en su tronco (¡quién no cayó en la tentación de hacerse con un trozo de su corteza?) que en muchas ocasiones habían hecho peligrar su vida.
El alcornoque de Malcuartu pasa pues a la historia y al anecdotario de otras tantas y tantas cosas que fueron y que no volverán»

Pie de foto: «El vendaval de viento huracanado sufrido en los últimos días derribó el mítico alcornoque de Malcuartu» (Foto Montes)»

El Correo, 30 de diciembre de 1981

Santo Tomás, mi abuelo y la renta del caserío

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Día de Santo Tomás. José Arrue artistak Arcadio D. de Corcuera S. A. enpresaren 1952ko egutegirako egokituriko margolana

Hoy, 21 de diciembre, es el día de Santo Tomás (San Tomas en euskera).

Quisiera tener un recuerdo para mi abuelo Martín Mugurutza Zendegi (1896-1972) que cada año, tal día como hoy, bajaba a pagar la renta anual del caserío en Markuartu (Laudio) al gran propietario y adinerado Enrique Escauriaza. Era en Bilbao, en donde todo bullía con la gran feria creada unas décadas atrás por Felix Garci-Arcellus, un personaje bilbaíno que vivió muchos años en Laudio.

Bilbo. Baserritarrak azokara bidean

La renta a abonar era en su caso una cantidad más bien simbólica de dinero, algún par de gallinas y unos huevos. También de vez en cuando unas nueces… o lo que había, porque mucho más no se podía.

El propietario, a sabiendas de que aquellos inquilinos necesitaban el dinero más que ellos, correspondía con buenos regalos, generalmente una gran bacalada, con la que mi abuelo volvía feliz y orgulloso en el tren.

Los regalos recibidos igualaban o superaban por tanto el valor de la renta. Debía de ser, como en la actualidad, que el espíritu de la Navidad hace que el día de hoy sea tan especial.

Y es que, con la perspectiva del tiempo, me he dado cuenta de que lo que hacía feliz a aquel propietario era el ayudar a una familia que estaba más para recibir que para dar. Porque, siendo adinerado y terrateniente como era, poco le apasionaba acaparar anualmente un mísero capital que en nada le iba a cambiar la vida. No buscaba la usura.

Asimismo, por lo que veo, nuestros antepasados han sido más de honradez que de dinero porque, sin faltar de nada, tampoco nunca les sobró. Pero, lo que son las cosas, ahora me doy cuenta que es la honradez y no las riquezas, la que me ha hecho sentirme una persona afortunada y feliz.

Porque —eso me lo han inculcado bien— no hay cosa más grande y reconfortante en esta vida que el ser decente y vivir en paz con uno mismo, sin desear aquello que no se puede alcanzar o, lo peor, que ni siquiera se necesita.

Y es que la humildad, la gratitud y la conformidad son los grandes capitales que realmente te hacen pudiente, porque son los que facilitan la libertad, «el mayor tesoro que los cielos dieron al hombre», como apuntase el loco caballero andante de La Mancha. No el dinero. Definitivamente, creo que es la necesidad y no la opulencia la que esculpe las más modélicas personas.

No me diréis que estas enseñanzas no son la mejor de las herencias…

La imagen del encabezamiento es El día de Santo Tomás, pintado por José Arrue en aquellos años en que mi abuelo bajaba a pagar la renta. Era José Arrue también íntimo amigo de aquel soñador Félix Garci-Arcelus que decidió en 1915 hacer una gran feria para reforzar aquel comercio rural generado en el día de Santo Tomás con la bajada de tantos y tantos baserritarras a Bilbao para pagar sus rentas.



Los últimos gentiles, en Laudio

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Yo soy de esos que me emociono a la más mínima. Y cualquier tontería me convierte en el ser más feliz que pueda haber bajo el firmamento, mucho más que con cualquier fortuna material, rodeadas siempre de tanta obscenidad que hasta pueden medirse con números. No… las sensaciones puras y fuertes son otras, esas que sin servir para nada se nos arraigan al alma y nos zarandean todas las emociones de arriba a abajo.

Pues bien. Estos días [esta nota es de 2016] he vivido una de esas situaciones emocionantes. Y es que el tema no es para menos: cuándo y dónde fueron avistados los últimos gentiles, aquellos seres gigantes de la mitología vasca. Os cuento. Pero dejadme que empiece por el principio.

Ayer tuve la suerte y el honor de tomar parte en la presentación de un libro que recoge nada menos que 450 relatos populares recabados en el entorno de Gorbeia. Son los estertores de una cultura vasca, de un modo peculiar de interpretar el universo que nos rodea y que, a pesar de haber gozado de salud y vigor durante siglos, ya no tiene sitio en nuestro mundo de ondas electromagnéticas y teléfonos que casi hablan solos.

Por si se me olvida, adelanto que el libro es de Juan Manuel Etxebarria Ayesta, académico de Euskaltzaindia y profesor de la Universidad de Deusto. Lo publican entre esas dos instituciones. Es por otra parte el fruto del trabajo concienzudo de dos décadas de labor puramente etnográfica. Y, dicho sea de paso, el regalo navideño perfecto para esa amiga o cuñado algo frikis, para esos raritos que, aunque pocos, también andamos por el mundo.

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Pues bien. En uno de esos cuentos toma parte una mujer mayor de Orozko. Aunque en la obra se cite, prefiero omitir aquí su nombre. La conozco personalmente. Es una baserritarra totémica, inteligente, admirable, de esas que te inundan con cada una de sus respuestas.

Preguntados ella y su marido sobre la supuesta desaparición de los gentiles, respondió nuestra amiga con una auténtica bomba que os transcribo palabra a palabra, traducida del euskera original: «…no sé. Pero yo he conocido gentiles en Llodio. Está desapareciendo la raza vasca pero yo en Llodio, hará unos 25 ó 30 años me quedé sorprendida: en el Día del Baserritarra [en las fiestas patronales del lugar. Nuestra genial mujer estaba allí vendiendo productos de caserío] allí había una mujer y su hermano… ya sabes cómo se mueven los gigantes… [se anota en la transcripción que mientras lo decía interpretó con movimientos del cuerpo los andares de estos seres mitológicos], así, sí… Eran enormes… de verdad que era gente llamativa.
Y nadie hacía caso… Pero con esos movimientos, no sé, pausadamente… Y así los hacían. Hermanos, en Llodio… Eso lo tengo visto yo. Y nadie sacó una foto para que lo viese la gente. Se va perdiendo la raza vasca…»

Mágico relato, punto de éxtasis entre aquel mundo de creencias que era tan real para nuestra baserritarra y que tan extravagante y desaforado nos puede parecer a los demás. Tanto que estremece. El choque de dos placas tectónicas entre la antigua y moderna cultura vasca.

Ella y nadie más que ella lo veía… maravilloso.
Para mí ha sido el gran regalo navideño, el perfecto, ese que aunque lo busques mucho es casi imposible de conseguir. Siento que ya me ha tocado la lotería antes del sorteo y poco más necesito para sentirme feliz. Como decía el Quijote, me ha dejado «tan junto al cielo que no hay de mí a él palmo y medio«. Gracias querida «J.». Y a ti Juan Manuel por regalarnos el testimonio del último avistamiento de aquella raza de gigantes mitológicos… nada menos que en Laudio…

Demasiado (poco) vino en la Cofradía de Laudio

Desde que hace más de cuatro siglos (1599) decidieran asociarse gran parte de los vecinos de Laudio bajo unas reglas religiosas, prácticamente TODO HA CAMBIADO en los usos y costumbres de la «Cofradía del Señor Sant Roque«: las motivaciones, la ubicación de la ermita, la de la comida, el número de comensales, la fecha de su celebración o hasta el mismo menú.

VINO CON TRADICIÓN
TODO MENOS EL VINO, verdadero protagonista de la mesa, el único que ha concentrado las ansiosas miradas de los comensales a través de siglos y generaciones. Seguro que también el líquido elemento es en gran medida el artífice que ayuda a conseguir el ambiente de paz y de convivencia del que alardeamos cada último domingo de agosto.

GARDEA: UN MILENIO DÁNDOLE AL PIMPLE
Nadie puede poner en duda que nuestro pueblo de Laudio goza de una tradición vitivinícola extraordinaria a través de su historia. Sin más rodeos, podemos citar la primera presencia documentada del cultivo de la viña en toda la cuenca del Nervión, en un lejano año 964, antes incluso de que se consagrase la iglesia de San Pedro de Lamuza. Son dos los hermanos, Jimeno y Marina, los que donan al monasterio de San Esteban de Salcedo los bienes que poseían, VIÑAS entre ellos, en «nuestro monasterio de San Víctor y Santiago, situado en el lugar que decimos Gardea«.

Nada sabemos hoy de aquel monasterio o iglesia privada (probablemente en el subsuelo de la ermita de Sta. Cruz: ¡¡arqueología ya!!) pero sí sabemos que para aquel entonces, hace más de un milenio, se producía vino en el conocido barrio de Laudio.

VINO DE CRISTO, QUE NUNCA TE HE VISTO
No debemos pensar sin embargo que sería un producto popular y de consumo extendido. Al contrario, su consumo sería considerado como ALGO EXTRAORDINARIO y al alcance de las clases más elevadas, en este caso los poseedores del monasterio y los altos cargos religiosos del mismo.

Para entonces el vino ya goza de un gran predicamento, gracias especialmente a la difusión que hace de él el Cristianismo. De hecho, es considerado como la bebida sagrada por excelencia y se usa nada menos que para simbolizar la sangre de Cristo. No olvidemos además que su primer testimonio escrito se encuentra en el Antiguo Testamento en el que, lejos de recriminar la borrachera, se muestra como algo ejemplar: «Noé comenzó a labrar la tierra, y plantó una viña; bebió el vino y se embriagó» (Génesis 9-21). Con esta referencia explícita al vino y sus «beneficios» colaterales, da comienzo la historia del vino dentro de la tradición judeo-cristiana.

Por otra parte, también los dioses del vino en Grecia y Roma eran muy venerados, debido a los poderes embriagadores y afrodisiacos de la «divina bebida», ya que también se asociaba con el amor y el disfrute carnal, además de con el descanso y el alivio que producía esta bebida. El estado de beodez no representaba como ahora algo vergonzante sino que representaba el equilibrio, una forma de expresión cultural; era el vino una bebida social que se integraba en diferentes momentos de ocio y placer de las ciudades.
Y ¡claro! Como todos somos hijos de dios… pues de aquellos lodos estos barros…

ELIXIR DE LA VIDA
Su consumo ha estado visto, desde que se tiene constancia de él hasta hace tan sólo unas décadas, como un medicamento natural, como el elixir de la salud. Era un SUPLEMENTO vitamínico y calórico para los fuertes trabajadores y el mejor reconstituyente para los convalecientes o parturientas. Por ello en la historia se ha bebido más por ansiedad que por sed.

LAUDIO: EL MEJOR VINO MALO DE BIZKAIA
Lejos ya de los viñedos medievales, limitados como hemos dicho a las grandes familias y linajes poderosos, el pueblo llano hizo lo posible y lo imposible por conseguir llevar a sus venas ese mágico Laudio gran parte de los caseríos contaban con su viñedo o, más común, con una buena parra en la fachada más soleada de la casa. Fue grande y extraordinaria la calidad de nuestro vino, ahora ya llamado txakolin, tanto que un periodista y escritor catalán, Joan Mañé i Flaquer, dice al visitar y describir Euskadi en 1879 que «El chacolí (vino del país) que se produce en Llodio es el más estimado de Vizcaya«.

Sin embargo, en aquellas épocas en que la calidad del vino dependía prácticamente en exclusiva de la cantidad de sol recibido por la viña, el chacolí no llegaba ni por mucho a la calidad, renombre y fama de los vinos navarros y mucho menos los riojanos y siempre se le ha tenido, en ámbitos populares, por «UN VINO MALO».

El consumo de aquellos vinos navarros o riojanos, «los de verdad» era un lujo inalcanzable, especialmente por el encarecimiento del transporte, en mulas y con muchas jornadas de arriería. Además, unas medidas proteccionistas obstaculizaban aún más el consumo del vino tinto, para no arruinar a los productores locales de chacolí.

VINO, UN DÍA AL AÑO
Por ello la presencia de vino en las jarras de nuestra cofradía, algo que hoy nos parece anecdótico y hasta sin importancia, era un asunto de extraordinaria importancia generaciones atrás. Era, probablemente, el único día del año en que podrían humedecer sus resecos labios con aquella sagrada bebida, deliciosa como pocas y que ayudaría en sobremanera a la calidad de la salud durante el resto del año. Podíamos imaginar a los cofrades llegando a sus casas y explicando, eufóricos por la libación, a los miembros de su familia y vecinos las maravillas de aquella bebida de la que tantas veces habían oído hablar pero que, por su humildad, nunca o en muy contadas ocasiones habían probado.

HASTA LAS TRANCAS, NO
Por ello, las ganas de hacer acopio en el cuerpo de aquel sagrado líquido, NO TENÍA LÍMITE EN LAS DEMANDAS DE LOS COFRADES. Toda cantidad suministrada parecía poca, a pesar de su elevado precio, para aquellos cofrades que sabían que si los reyes y grandes señores lo bebían en grandes cantidades, también debía ser maravilloso para ellos: «El agua para los bueyes y el vino para los reyes» recuerda la sabiduría popular.

Es en ese momento en donde se decide PONER FRENO a la demanda de más y más vino por comensal y se pacta un acuerdo de mínimos: debían de conformarse con dos azumbres (antigua medida) por mesa, lo que traducido a nuestro sistema de medidas actual, se convierte en el litro por cabeza (dos «cuartillos» [de azumbre]). Una medida que hoy puede parecernos excesiva pero que, como decimos, fue un AJUSTE DE MÍNIMOS motivado por inasumible coste del vino. Aunque los vecinos cofrades querían, pedían, rogaban y ansiaban más…

Al respecto, y como referencia histórica para entender o justificar a nuestros antepasados, no olvidemos que incluso la regla por la que se regían los monjes benedictinos recomendaba el consumo de UN LITRO DE VINO POR MONJE Y DÍA como medida de mesura ideal, una cantidad que se reducía a la tercera parte en el caso de las monjas.

JARRA PATRÓN
Recuerdo de aquellas limitaciones, de aquellas discusiones sobre la cantidad apropiada en el reparto del vino, es la PRECIOSA JARRA cuya parte superior está cortada para hacer la MEDIDA EXACTA, ni un trago más ni uno menos, de las dos azumbres que correspondían a cada mesa, de cuatro comensales. Con ella se daba el patrón de medida para el servicio de los cofrades, a pesar de las desairadas protestas de muchos porque con aquella cantidad no se podía hacer gran cosa. Ni una gota más ni una gota menos desde que cortaron a medida aquella maldita jarra.

VOLCAR LA JARRA. SER O NO SER
Por ello existe en la cofradía un precepto de recomendado cumplimiento y que consiste en «volcar» la jarra una vez ingerido su embriagador elemento. Nada sucede a quien no pueda o no le apetezca hacer frente a tal cantidad de vino, pero no cabe duda de que hacerlo llena de orgullo y hermana a los miembros de la mesa. Es un gesto cargado de simbolismo, supongo que para no dar pie a rebajar la cantidad de vino del siguiente año. Una manera de decir «¿veis cómo no es suficiente?

No sería hoy en día políticamente correcto hacer apología del consumo de vino pero la historia pesa y está ahí. Ánimo por tanto al consumo del vino que nos corresponde, compartiéndolo y hermanándolo, sin prisas y con sentido común. O al menos no tomándolo como un elemento más de la mesa sino como el tótem por excelencia de la misma, sintiendo tras el vino a todos esos cofrades precedentes que durante siglos han hecho de esos tragos algo ritual y mágico.

Así es que, si nos encontramos este domingo a la tarde, sed indulgentes con mi lengua torpe. Porque habré bebido la media azumbre de vino riojano de mil amores, como poco emulando las andanzas de Noé. O más…

Salud y buen vino: va por todas/os vosotras/os.