Errautsak soroetara botatzean

Aurreko idazki batean plazaratu bezala, Gabon gauean enbor handi batez pizten zen su berri bat eta, egun zehatz horretan egina izate soilagatik, naturaz gaindiko ahalmen magikoak bereganatzen zituen bertatik sortutako hausterre berriak. Horregatik, errauts eta errekin-hondakin haiek ez ziren edonola erabiltzen, zuten potere berezi horiek baliatu behar zirelako, gizakion onerako.

Behinolako nekazariak lanean Legazpian

Su berri miresgarri hori, urtezahar-gauera arte egon ohi zen piztuta, egun horretantxe, herri askoan, urte osoan iraun behar zuen beste su berri bat pizten zelako.

Esaterako, Ibarruri herrian (Muxika, Bizkaia) honelako ohitura hau jaso zuen Barandiaranek: «Enbor hori etxean erretze orduan sortutako errautsa, Done Eztebe [abenduak 26, egun pare batez beraz] egunera arte kontserbatzen da, Ibarrurin. Egun horretan, laborantzako soroetara eramaten dute, eta gurutze baten itxura emanda, zabaltzen dute lurrean».

Herri-ustearen arabera, horrela jokatuz gero, soro eta baratzetan kalte egiten zezaketen animaliek (mozorroak, intsektuak, basurdeak…) atzera egingo lukete, botatako hausterre bedeinkatzaile haren beldurrez.

Luiaondon eta Okondon (Araba) ere jasoak ditut nik Gabonetako ohitura horren erreferentziak baina batere zehaztasunik gabe, errito hori praktikatzen zuten pertsonak hilda daudelako aspaldi. Eta, gainera, garrantzi gutxi eskaini zaie horrelako «ipuinei». Soroak babesteko lurrera botatzen zela besterik ez da gogoratzen.

Egia da hausterreak beti bota izan direla baratzetara, ongarri gisa, tartean inolako superstizio-asmorik izan gabe, errautsek potasio-kopuru handia uzten dutelako, nitrogenoaren ondoren, landareek gehien eskatzen duten makronutrientea dela kontuan izanda. Potasioak, bestalde, hostoen eta fruituen hazkundea suspertzen du eta, ur gabeziaren aurrean landareak duen tolerantzia hobetzen du. Baliteke beraz, nekazarien eskarmentutik hautatzea errautzak elementu miresgarri gisa erabiltzeko. Izan ere, baserri giroko herri-aratusteetan, maskaradetan, ohikoa da pertsonaiak egotea errautsa botatzen bisitarien gainean. Zirikatzeaz gain, bestelako esanahi sakonagoa egon liteke horren atzean, naturaren ziklo berria abiaraztearena.

Gabonetako errautsak, Ubiden

Urtearen beste muturrean, hau da, udako solstizioan, erritu bera burutzen da gure herri askoan: San Joan gaueko sutzarretik lortutako hondakinak baratze eta soroetatik banatzen dira, gurutze forma eginaz sarri, horrela, lur-zati horregangandik zori txarreko guztiak uxatzeko eta onekoak erakartzeko. Oparotasuna erakartzeko, azken finean.

Asmo berarekin erabiliko zen Agurainen (Araba) olentzero-enborra bera —erre gabeko zatiren bat, ez errautsak— berriz ere Barandiaranek jasotakosari erreparatzen badiogu: «Agurainen uste dute Gabonzuzik [gabon-enborra] ekaitzak urruntzeko bertutea duela eta sutan jartzen dute ekaitza hurbiltzen den bakoitzean». Berriz, nekazaritzari lotua…

Ez dut uste gure Euskal Herri osoan inork egongo denik oraindik ohitura sinboliko hauek praktikatzen, betiko galdu zaizkigulako azken hamarkadetan. Eta ez da berpizteko aukera berririk izango. Honela bada, ezagut eta gorde ditzagun, behinik behin, gure oroimen kolektiboan. Bestela, su magikoa zer zen ahazten badugu, noraezean ibiliko da gure herria, eternitatean betiko herratua.

El fuego nuevo

El fuego ha sido desde el principio de los tiempos el distintivo cultural principal de la especie humana, el elemento que inducía la reunión de los individuos, lo que cohesionaba familias y sociedades, el oráculo frente al cual se exponían todas las preguntas y respuestas unidas a la efímera existencia humana. Es, al fin y al cabo, la herramienta mágica con la que dominar el mundo y sus designios. De ahí que, durante tantos milenios de convivencia entre el fuego y las personas, lo hayamos tupido de connotaciones simbólicas.

Sin embargo, todo ello parece haberse derrumbado en los últimos tiempos y corremos el riesgo de perderlo para siempre. Ahí van pues estas reflexiones que pretenden luchar contra la normalización y globalización del olvido sistemático y resistir frente a la desmemoria popular.

FUEGO Y TEJA. Sin ir muy lejos, en la cultura vasca, el contar con un fuego perenne es lo que convertía cualquier edificación en un hogar —hogar, ‘lugar de fuego’—, el rasgo inequívoco que lo diferenciaba de cabañas u otros refugios temporales… La constatación de un fuego era lo que posibilitaba adquirir la vecindad en una población. De ahí que, en su extrapolación simbólica, se añada un trozo de teja y otro de carbón bajo todos los mojones, como muestra incuestionable de su legitimidad, porque todo aquel que viviese bajo teja y tuviese un fuego ya estaba facultado para poseer y para formar parte de aquella comunidad.

FOGUERACIONES. Es tal la importancia del fuego, que los primeros censos de población se elaboran en base a los fuegos domésticos, a las hogueras y no a las familias. De ahí su nombre de «fogueraciones«. Y es a esos fuegos a los que se les vinculan unas «almas», las personas que viven bajo su protección. Sin duda, aquella forma de actuar de la Administración recogía la forma de entender la existencia en aquellas épocas, diferentes a las actuales.

FUEGO ETERNO. Y, como el fuego del hogar era lo que hacía a alguien digno de ese lugar, no podía apagarse bajo ningún concepto durante el año. Algo similar a la llama eterna en templos o en monumentos memoriales. Por ello cada noche se cubrían los rescoldos con ceniza para avivarlos a base de soplidos o fuelle a la mañana siguiente. Como si del alma de un ser vivo se tratase… Suponemos que, al margen de las razones simbólicas, también habría que tener en cuenta las prácticas ya que era sumamente costoso encender un nuevo fuego, con eslabón y pedernal o, incluso frotando maderas entre sí.

FUEGO SOLIDARIO. Ante la importancia del fuego perenne, no es de extrañar que el mismo fuero de Navarra describa y recoja por escrito una obligación que, con seguridad, era común en la interrelación vecinal tradicional. Así lo recoge Yanguas (1828):

«EL FUEGO: Debe darse recíprocamente en los pueblos de Navarra, escasos de leña,los unos vecinos a otros, dejando para ello en el hogar, después de haber guisado la comida, tres tizones a lo menos. El que necesite de fuego acudirá a la casa del vecino con un tiesto de olla, y en él una poca de paja menuda; dejará el tiesto a la parte de afuera de la puerta de la casa, subirá al hogar, atizará el fuego, tomará ceniza en la palma-de la mano, y sobre la misma ceniza pondrá las ascuas que quisiere llevar al tiesto, dejando los tizones del hogar de manera que no se apaguen. El vecino que se escusare a dar fuego en esta forma pagará 60 sueldos de multa».

Sabemos que, en otras ocasiones, el fuego del hogar se transportaba a otros lugares en donde fuese necesario sobre una yesca atada a una cuerda mientras se hacía girar para que con el aire se avivase. Así eran encendidos muchos caleros, etc.

Fuego en el hogar de la casa que me vio nacer, en donde el tiempo parece no transcurrir

RENOVACIÓN DEL FUEGO. Aquel fuego que se mantenía vivo durante todo el año era conscientemente apagado para ser renovado en ciertos días del año. Uno de ellos, era el de la noche de Nochebuena, sin duda imitando el declive solsticial del sol que luego renace con fuerza para dar vida y prosperidad en la fecunda primavera. El apagar el viejo suponía, por otra parte, el poner fin a lo anterior, haciendo una especie de borrón y cuenta nueva.

El nuevo fuego o suberri se tomaba o de unas hogueras rituales que se hacían en comunidad esa noche en la plaza del pueblo o se hacía directamente en el hogar, quemando en muchas ocasiones unos grandes troncos traídos del bosque en un curioso ritual.

En algunas poblaciones ese tronco daba el fuego para todo el año y, en otras, lo más común, hasta nochevieja, en donde se repetía la operación de apagado y encendido de otro suberri o ‘fuego nuevo’. También en algunos lugares de Euskal Herria se han hecho suberris en Semana Santa, con penosos rituales de encendido a base de frotar maderas entre sí, para celebrar la resurrección de Cristo.

CREENCIAS EN TORNO AL FUEGO. Recuerdo cuando de jóvenes (1985), conviviendo algunos días con el pastor José Mª Olabarria en su chabola de Lexardi (Itzina, Gorbeia), nos llamaba la atención observar cómo escuchaba el fuego. Porque por sus chisporroteos, decía, se sabía de un modo infalible cuando iba a aparecer algún visitante: en él creía leer el futuro.

También disponemos de otras curiosas creencias, ligadas a la presencia de almas de los antepasados que se arriman al fuego del que en la otra vida fue su hogar. O la costumbre recogida por Azkue (Euskalerriaren Yakintza, 1935-1947) y que, entre otros, practicó mi padre en su caserío de Markuartu (Laudio): consistía en introducir a los gatos nuevos en un saco y darles tres vueltas sobre el fuego: a partir de aquel momento se les neutralizaba el instinto innato de la huida y quedaban ligados para siempre al hogar.

Pero quizá sea conveniente viajar hasta Galicia, recurrente último reductode oficios, creencias, etc. que fueron anteriormente comunes, para redescubrir cómo vivían nuestros antepasados su relación con el mágico elemento del fuego. Nos lo contó el historiador Manuel Murguía —esposo de Rosalía de Castro— en 1885, en base a los apuntes que tomó en los Ancares de Lugo. Recogió la superstición de considerar al fuego como si se tratase de un ser animado, al que había que alimentarlo cada mañana avivándolo a partir de los rescoldos de la noche anterior. «Dejarlo morir —nos contaba— equivale a un sacrilegio y se paga caro[pues] la desgracia perseguirá de cerca a la casa y los que la habitan [puesto que] un fuego muerto indicaba un lugar desierto». Aquel fuego que hacía las veces de ente protector del hogar renacía cada primero de enero: «Se limpia el hogar, se arroja el fuego de la noche y se enciende de nuevo. Para que sea propicio debe durar todo el año [y] en determinados días le arrojan flores. Cuando cuecen el pan le dan su porción, echan sobre él algunas cucharadas de grasa (manteca de cerdo) y así que se levanta la llama dicen que «el fuego se alegra». Nada sucio se arroja a la lumbre, pero muy en especial las cáscaras de los huevos, porque con ellas quemaron a san Lorenzo […]siendo éste el nombre con el que llaman al sol, mientras que el gallo y la gallina son símbolos de la abundancia por los huevos que producen: serán la personificación del sol». En Bergantiños (A Coruña), además, se recoge que «cuando uno saliva sobre el fuego, le increpan diciendo: «Judío, no escupas en el fuego,que salió por la boca del ángel«. [También] estaba prohibido mantener relaciones sexuales frente a él», tal y como nos cuenta el profesor emérito de la Universidad de Málaga, Demetrio-E. Brisset en su trabajo La rebeldía festiva (2009).

Poco más que contar, porque si no me recriminan que hago textos demasiado largos para la demanda de inmediatez en las comunicaciones actuales. Olla rápida porque, ahora, ni la placentera lectura puede cocinarse a fuego lento.

Tan solo quisiera comentaros antes de cerrarlo, que me emociona leer, escribir y sentir cosas así. Porque me transportan a lo más íntimo de mi ser, a nuestros orígenes. Porque me hacen sentir el aliento agónico de unas culturas populares que jadean doloridas y nos claman ayuda al percibir que nadie mira ya los fuegos de llama. Ya solo hay sitio para las hogueras de pantalla digital.

Un saludo desde el fuego de la casa que, hace ya bastantes años, nací. En él espero para celebrar la navidad. Espero que, al menos, hasta que me extinga yo, no se extinga él.

Felices fiestas y felices vosotros/as: solo es cuestión de mantener la llama encendida.

Olentzero, de madero a carbonero

Hace ya un año escribí un artículo titulado Olentzero es un madero, con gran aceptación y difusión. Con él intentaba mostrar cómo habíamos inventado un «nuevo Olentzero», inexistente hasta nuestros días, una especie de Santa Claus a la vasca, desdeñando a su vez las profundas raíces de dicho ritual.

Decíamos allí que, en realidad, el nombre Olentzaro —u Olentzero— parece hacer referencia al período de días invernal, solsticial, el centro del invierno. Era el nuevo fuego del hogar, casi sobrenatural en estos días, el que tomaba el protagonismo, quizá como representación terrenal y más humana del astro sol. Y para ello se hacía arder un grande y noble tronco, destacado por su porte, arrastrándolo a duras penas desde el bosque hasta el hogar. Era así cómo aquella vivienda, animales, bienes y familia quedaban bendecidos por aquel fuego arraigado en el bosque. Hasta sus cenizas gozaban de poderes sobrenaturales, mágicos. Eso era Olentzero…

Era el nuevo fuego del hogar, casi sobrenatural en estos días, el que tomaba el protagonismo, quizá como representación terrenal y más humana del astro sol

En realidad, sobre todo el conjunto subyace el primitivo culto a los bosques, al totémico árbol, a los que se les atribuía vida y protección. Es una primitiva creencia animista común en toda Europa y de la que formábamos parte los vascos. No os creáis que es pura casualidad o estética el hecho de que en tantos de nuestros escudos heráldicos aparezca un árbol, que bajo ellos se hiciesen las más solemnes reuniones concejiles o que muchos de los santuarios se expliquen con la apariciones marianas en diversos árboles… precisamente para ocultar o suplantar el culto popular a aquellos árboles por el cristianismo.

CULTO AL BOSQUE DE LOS VASCOS.Evidentemente, ninguna o escasísimas referencias tenemos de aquellas creencias, ya que no existe documentación de esa época. Pero sí contamos, casi milagrosamente, con algunas puntuales referencias que nos dejan entrever una realidad mucho más generalizada y extendida que lo que muestran. Algunos casos, son bien conocidos.

Bittor Larrazabal, indómito, frente a sus bosques de Olarte, Laudio.

En el País Vasco hay recuerdos de un animismo simple como, por ejemplo, ocurre en Kortezubi (Bizkaia), donde Barandiaran recogió una tradición según la cual antiguamente los árboles iban por su propia voluntad a los caseríos para que los quemaran, hasta que una mujer se enredó con las ramas de ellos en el portal de su mansión y, colérica, dijo ««Etorriko ez bali hobea leiko», ‘Sería mejor que no viniesen’. Desde entonces, es el hombre el que tiene que ir al monte a cortarlos» (Eusko Folklore, 1921).

Azkue estudió «…curiosas manifestaciones de vieja dendolatría [culto a los bosques y arboles] propias del territorio vasco-francés. En localidades de la Baja Navarra, como Saint Jean de Pied de Port, donde sobreviven las antiguas selvas pirenaicas, se oye y se dice que cuando se vende algún bosque, éste se encoleriza tanto que siempre suele caer algún árbol que aplaste a uno o a otro de los hombres que por él pasan» (Euskalerriaren Yakintza, 1935).

«A él mismo le contaron en Idiazabal (Gipuzkoa) que un fraile francés, leñero, decía a los árboles que iba a cortar «guk botako zaitugu eta parkatu iguzu» [Op cit.]. Que este fraile era vasco se desprende de la misma fórmula rimada que tenía para pedir perdón al árbol, fórmula semejante a otras recogidas en diversas partes de Europa».

Algo similar podemos entrever en una de las encuestas etnográficas que sobre leyendas y mitos de Orozko hizo Anuntxi Arana: «Etxe zarretean bere ez eudien esaten aretx batek gizon bat hil euala? Eta hai aretxa txondarrean sartu orduan eta txondarrak ez eukan gauza onik: haik txondarrak ez eukan gauza onik inoiz».

Olentzaro representa un culto al bosque, sustituido por el Cristianismo. Padurabaso, Gorbeia

CULTO AL BOSQUE Y EL CRISTIANISMO. En el siglo III, el Cristianismo se instauró como la religión oficial del Imperio Romano. Así promulgó la existencia de un dios único y declaró idólatra y pagana la adoración de las arraigadas divinidades de la naturaleza. Y comenzó su cruzada contra todas aquellas antiguas creencias y tradiciones con la intención de hacerlas desaparecer. La destrucción y profanación de los lugares y bosques sagrados a manos de insignes cristianos fueron procedimientos habituales para imponer la nueva religión. Así, en el Concilio de Toledo (año 661) se proclama la persecución y castigo de…“los adoradores de los ídolos… dan culto a árboles y fuentes”. También Carlomagno, al someter al pueblo sajón, ordenó talar el roble sagrado que adoraban.

Pero es tal el arraigo popular de esas costumbres que hasta impregna a los numerosos ermitaños que a partir del VI deciden entregarse a la vida contemplativa, en fusión con la naturaleza. El mismo San Bernardo nos lo aclara muy bien: «Los bosques te enseñarán más que los libros. Los árboles y las rocas te enseñarán cosas que no aprenderás de los maestros de la ciencia». Pero, en general, tanto desde el flanco político-administrativo como desde el religioso —que en aquellas épocas se entremezclaban— se combaten aquellas viejas creencias para erradicarlas y para luchar en favor del culto al dios cristiano. Por no extendernos, lo dejaremos para otra ocasión.

Majada de Zastegi (Gorbeia) y su supuesto menhir en diciembre al mediodía. La larga sombra muestra la debilidad del sol en estas épocas de Olentzero

A su vez, el contacto con el bosque para su explotación fue en aumento, por lo que aquella visión de inviolabilidad suprema fue difuminándose entre las masas populares. Así, la divinidad que en sí era el bosque, se sustituye por un bosque como morada de seres divinos o sobrenaturales.

En otra fase posterior, la mentalidad popular de aquellas aldeas, llenaron los bosques de seres legendarios. De ahí surgirían los Basajaun ‘el señor del bosque῾, parejo y paralelo al Silvano de los romanos, como bien apuntara Alberto Santana. A su vez, por otro flanco, la Iglesia promovió apariciones marianas en bosques y árboles determinados que, por su carácter milagroso no daban opción a la duda o réplica. Todo esto no es sólo propio de nuestra cultura vasca sino que sucede en todas las de Europa: de nuevo, somos unos más en las corrientes generales.

DEL MAL AL CARBONERO. A partir de entonces, el bosque representa de un modo simbólico la parte opuesta de la luz, civilización y la bondad. Allí reina lo desconocido, la tenebrosidad y el canon de peligro del que siempre hay que huir. Por ello se llenan nuestras culturas populares de brujas maléficas en nuestros cuentos infantiles —con origen en cuentos populares centroeuropeos — , en los que yo conocí de niño. Y leyendas de viejas del monte, lobos casi humanos que habitan el bosque como idealización del mal. Hasta los bandoleros, más tardíos, encontraban en nuestras selvas el refugio para su maléfica actividad.

No sería por tanto extraño que ahí pudiésemos encajar a nuestro Olentzero —ahora personaje— y muy alejado del Olentzaro inicial —estado o tiempo de bondad—, ser grotesco y molesto como se describe en sus lugares de origen: En Oiartzun, por ejemplo, es un ser que desciende desde el bosque y baja por la chimenea con una hoz en la mano, aterrorizando a los niños de la casa. En Elduain, además, es necesario que la chimenea esté limpia, porque si no cortará no dudará en cortar la cabeza de los moradores. Hay muchas variantes, tantas como pueblos… hasta la de convertirlo en un horrible ser que tiene tantos ojos como días del año más uno, es decir, 366 (Larraun).

A pesar de lo que nos insuflen hoy, no deja de ser un personaje que simboliza la transgresión, lo indecente, el buen saber estar: es un tripero insaciable, sucio y desaliñado, un borracho de ojos espantósamente sanguinolientos que persigue con una hoz a los habitantes del valle, amenazándoles de muerte. Alguien de quien hasta hace cuatro días, los niños huían aterrorizados. Hasta hemos tenido que moificar la letra de su famosa canción para adecuarla a nuestras necesidades: «Olentzero, buru handia, entendimentu gabea» (‘Olentzero, cabezón, sin inteligencia’) a «Olentzero, buru handia, entendimentuz jantzia» (‘Olentzero, cabezón, vestido con inteligencia’).

Personaje cántabro de Esteru, con gran similitud en el relato y estética a nuestro Olentzero. Algo similar sucede con el A Palpador gallego.

Tal es así, que en la mayoría de los pueblos se finaliza la fiesta ejecutándole en una hoguera en el centro del pueblo, por mucho que antes hayan paseado «la pieza» por sus calles reclamando la propina por ello. Nada distante de la costumbre solsticial de algunos pueblos de Álava de quemar un pellejo o monigote que encarna el mal del año pasado gritándole con rabia «erre pui erre, a quemar el culo a Putierre».

Aquel estadio de convivencia con lo más profundo del bosque, ya en el XVIII y probáblemente más en el XIX, lo debieron representar los carboneros. Más cuanto más tardíos en el tiempo, pues habían de acudir cada vez más lejos y más arriba en las montañas para conseguir las escasas maderas carbonizables. No creo por ello que sea casual que en algún caso local puntual, el personaje de Olentzero sea un carbonero, una suposición hoy tan generalizada que roza del dogma de fe. Pero nunca ha sido así: porque esa generalización es pura modernidad. Por eso aquí intentamos mostrar una evolución mental de ese paso de madero a carbonero.

Restos de una gran carbonera en Ubegi, cerca de Padurabaso, en lo más recóndito de Gorbeia, en donde vivieron aquellos trabajadores en unas condiciones duras, alejados de la civilización

¿Y cómo damos fin a aquellas creencias paganas de culto al árbol? Reconvirtiendo aquel ser del bosque —ahora carbonero— en el mismo anunciador del nacimiento de una nueva fe, el personaje que, humillado y rendido ante el nuevo dios, baja de la barbarie del bosque a la deliciosa población, para decir que Cristo ha nacido: «…aditu duenean, Jesus jaio dela, lasterka etorri da, berria ematera». Algo que ya nos es conocido como explicación popular de la desaparición de los gentiles, en colectivo suicidio al haber nacido Cristo.

Salvando las distancias en lo geográfico y en lo temporal, no trata algo diferente de lo que se cuenta en aquella referencia europea que decía que «mediante una constante predicación, [el obispo Wigberto] apartó del error a éstos, que estaban sometidos a una vana superstición, y el bosque llamado Zutibur, que los indígenas veneraban en todo como un dios y desde época antigua permanecía inviolado, lo destruyó desde las raíces y en él construyó una iglesia dedicada a San Román mártir». Arrancar árboles para plantar templos, borrando creencias anteriores.

Y LA LUZ SE HIZO… Nada nuevo bajo el ahora tan débil sol… No pretendo ni juzgar ni dar clases morales de nada a nadie. Tan solo desearos que paséis unas felices fiestas y que no olvidéis que siempre os hará más felices el internaros en un bosque para sentiros parte de él que todo el consumismo olentzeriano al que el insaciable comercio nos empuja para despeñar nuestra cultura.

Gabonetako eguzki-izpi bedeinkatzailea

Urtero hartzen dut harriduraz urtero gure etxean errepikatzen den jazoera miresgarria. Leihoetatik erabat aldenduta dagoen egongelako bazter urrun batean, altzari bat dugu. Eta haren gainean, aldare bat bailitzan, gabonen inguruko hainbat apaingarri ezarri ohi dugu, arbasoek gurtutako basoa sinbolikoki gurea bezalako pisu batera eramateko. Etxe modernoek aspaldi galdutako arima, berpizteko edo, egun berezi hauetan.

Nola ez, hantxe dago gure Olentzero, denbora-bertsio ezberdinetan gauzatua. Batetik, panpina bat dugu ikazkin hordi, jatun eta ganorabako modernoa irudikatzeko eta, bestetik, hari babesa emanda, enbor zati bat, Olentzero ere irudikatzeko sinboloa, baina mendeetan atzerago eramaten gaituena.

Eta zein da gertakizun berezia? Ba, Gabon [Natibete] egunean, egunsentiko lehenbiziko eguzki-izpia horraino sartzen zaigula. Arrastaka, narras, isil-gordeka datorkigu puntualki… baina lortu egiten du itxuraz ezinezkoa dirudiena. Eta haren ondoko alboak ilun badaude ere, gure aldaretxo pagano eta atabikoa, bikainki eta zehazki argitzen du indar gailen eta berezi batez, inoiz ikusten ez dugun argitasun horietakoaz. Horra iristeko, argi-hari horrek tartean aurkitutako zirrikitu ugari guztiak saihesten eta gainditzen ditu, bere lekutxo gurena epeltasunez musukatu arte. Egiatan, ez da erraza, ezinezkoa esango nuke nik, benetan urrun duelako, gelaren amaieran.

Olentzero-panpinak aterpe hartuta olentzero-enborraren aldamenean. Bestalde, Eguberriko aurreneko izpiak biak urtean behin bedeinkatzen dituen une zehatza.

Urtean, dozena erdi bat egunean baino ez da gertatzen, hain juxtu neguko solstizioari atxikitakoetan. Eta, soilik dago ikusgai eguna lainotuta ez dagoen urteetan. Gaurko egunean, esate baterako. Orduan, ulertuko duzuenez, magia kosmikoa dirudi. Horregatik, etxean, mirari bat bailitzan egiten diogu harrera, hala merezi duelakoan. Azken finean, batek daki, egunotako oparirik baliotsuena izan daiteke, gure herri-kondairetako “idinarru bat urregorriz betea” tankerako altxorrak, barregarri utziko lituzkeena.

Etxean apaingarri dugun haritzezko egur zatia, gure ohitura zaharrak sinbolizatzeko. Puntualki, gaur ere argitu du gabonetako lehenbiziko izpiak.

Nik ez diot inori esan nahi, zorotzat har ez nazaten, baina jakin badakit hori dela, esker onez, egun berriak –Eguberri egunean gaudelako– gure existentzia bedeinkatzeko bere modu berezia. Guk, etxean, oraindik horretan sinesten dugulako.

 

Otsein gosetuak

Ugazaba zital eta ankerrenak ere errespetatzen zien Gabonetan etxera itzultzeko baimena.

Otseinak ziren, duela gutxira arte figura arruntak, egun eskandaluzkoak izango liratekeenak. Zehatzago azalduta, otseinak baliabide urriko familietan jaiotako umeak ziren, gehienetan eskasiagatik behar bezala elikatu ezin zitezkeenak eta, beharrak bultzatuta, mantenu soilaren edo ogerleko batzuen trukean dirudunen etxeetara zerbitzatzera zihoazenak.

Otsein izena Euskal Herriaren mendebaldekoa zen, bizkaierakoa. Eta geroago kridu edo krida [‘criado’ / ‘criada’] entzun baditugu ere, behinola berba orokortua izan zen. Ogi eta sein hitzen batuketa krudeletik datorkigu eta agerian uzten digu norainoko miseria duen bere barnean: ogiaren truke lan egiten zuten ume txikiak. Bai, seinak «umeak» zirelako.

Arrotz zuten etxe batean urte osoan beharrean zeuden sabela betetzearen trukean. Dirudunekiko morrontza, gurasoek eskaini ez ziezaieketen biziraupena bermatzeko. Eta denboran ez da hain kontu urruna…

Gaztelaniaz ere, paniaguado antzeko hitza dugu, morroi zihoana pan y aguaz ateratzeko bizibidea.

OTSEIN. Bikain asmatu zuen izena Bergarako lantegi hark 1941. urtean jaio zenean, baldintzarik gabeko zerbitzariak ekoiztea zutelako helburu, etxetresnak ez zirelako lan-zamaz kexatzen, ez zutelako opor beharrik. Benetako otseinak ziren.

Otsein ikuzkailua iragartzeko publizitatea. Lava sola leloa adierazgarria da ulertzeko zer zen otsein bat

 

Obra gorena, enpresa sortu eta hamar urtera (1955) kaleratu zuten: etxeetarako lehenengo ikuzgailu automatikoa Estatu osoan, sekulako iraultza ekarri zuena eta geroko Balay, Newpool, Fagor… markei bidea ireki ziena.

Otsein markako ikuzkailua

Orain Amerikako Hoover empresa-taldearekin bat eginda dago gure marka komertziala. Eta ezer ez da lehen zena. Etxetresnak ere ez dira gaur asmatzen inoren otsein izateko, ia senitartekoak direlako. Baina bai ditugu gordeak agertu ziren garaietako oroitzapen kolektiboak, begirunez gainera. Gabonetan etxera irribarretsu eta “eguberri on” esaka itzultzen ziren ume lander haiek bezala… egun bereziak ziren, goserik gabekoak: agian gaztain erreak ere egongo ziren sutondoko mahai oparoan.

 

Pabloren ogi magikoa

Pablo Azkoaga eta Gabonetako ogi miresgarria

Eguna argitu gabe zegoen oraindik, atzo Orozkoko Presatxu baserrira heldu nintzenean. Urrutitik ikusten ziren etxeko tximiniatik irteten ziren ke-ilarak, izartegiko gau beltz mugagaberantz igotzen. Ogi usainekoak izango ziren… eta maitasunez eta patxadaz egiten zuten gora, bizitzearekin nekatuta dauden zaharrek arnasketak egiten dituzten bezala.

Banekien bestetik zertara nentorren, denbora luze neramalako une horren zain: urteko ogi bereziena erosi behar nuen nire etxera eta etxekoei hainbatetan iragarritako zori ona, zoriona, eramateko. Horregatik, hain une berezia izanda, Zerua eta Lurraren arteko zilbor-heste bat bezala interpretatu nuen ke hari luze eta arranditsu hura. Dudarik gabe, hantxe zerbait berezi, miresgarri, gertatuko zenaren seinale. Eta halaxe izan zen: ogi bat ez ezik, kultura oso baten transmisio bat jaso nuelako bertan.

Goizetik egon behar nuen Bilbon, 9:00-10:00 bitartean, Radio Euskadin (Almudena Cachoren Más que palabras irratsaioan) hitz egin behar nuelako. Hain zuzen ere, gure Gabonetako herri-ohiturei buruz, noiz eta abenduaren 24an.

Hasiera-hasieratik kontatu nien bertan zeudenei emozioz hunkituta nentorrela, mozkortuta, nire usteko euskal kulturaren azken altxor-gune bizitik nentorrelako. Ez dut uste ulertu nindutenik hirietan beti hiltzen direlako, itota, horrelako emozioak. Eta nola jazo zen hori guztia? Kontatuko dizuet…

Atzoko gau berezian (abenduaren 24koan) ogiak ahalmen magikoak eskuratzen ditu erritual ezagun baten arabera egiten bada: afariko ogia moztu eta berehala, zati bat gorde behar da mahai-oihalaren azpian ospakizunak dirauen bitartean. Gero, nonahi gordeko da urte osoaz, zorigaitzaren kontra babesteko ahaltsua delako oso: ibai-uholdeak baretzeko, itsaso zakarra lasaitzeko eta, batik bat, txakurren amorru-gaitza sendatzeko. Iaz luze hitz egin genuen hartaz: Pan, magia y rituales en Nochebuena.

Aurten ere, erritual bera berriz bete behar genuenez ogi berezi baten bila joan nintzen Presatxu izena duen etxe hartaraino. Berezia ogia bai, soberan… baina batez ere egiten dutenengatik.

Hantxe zeuden, lo gutxi eginda, inoiz ezagutu ditudan senar-emazte berezienak: Pablo Azkoaga (1929) orozkoarra eta Julia (1941) zugarramurdiarra. Aspaldiko laguna dut Pablo sintonia berean gabiltzalako beti kontu zaharren berbaroa entzuteko irrikaz. Hantxe ditu Pablok ikusgai bere taloaska, behien adarrak zuzen jartzeko zurezko tresna bat, Untzueta mendiko gaztelua erasotzeko erabili ziren harri-bolak eta beste hamaika gauza, beti bisitariari erakusteko gogoz eta pasioz. Ez dago horrelako beste okinik mundu osoan.

Julia eta Pablo

Baina bakarrak dira, aldi berean, euskal kulturaren azken gordailu direlako etxe hartakoak. Beste inon sinesten ez diren kontuei eusten dietelako oraindik. Eta iseka egiten badiete ere aurrera egingo dute irmo, eurena txarra ez dela jakitun. Nahikoa da gaia aipatzea Pablo kontu-kontari hasteko jentilekin bizi izandako istorioez. Goragoko Untzuetan mendian zuten bizilekua eta normala da berak hain berezkotzat sentitzea. Eta behin eta berriro kontatuko digu, harriduraz, ez duela inon aurkitzen etxean betidanik eduki duten ohe gaineko koltxa ederra, Mariortu etxeko emaginak erabili zuena Jentilzulo harpeko jentil emea erditzen jarri zenean. Nork gordeko edo botako zuen koltxa hura… beti egon da etxean eta orain, eztabaidetan froga moduan erabili nahi denean, ez dago aurkitzerik!!

Seguru nago, bestetik, Julia eta Pablo izango direla Euskal Herri osoan jentilak ikusi izanaren azken testigantza emango diguten pertsonak. Azkenak dira eta azkenak izango dira…

Horregatik atzoko egunsentiko ogi ha, magikoa izateaz gain, bedeinkatua ere izan zen, euren eskuetatik pasatze soilarekin zeruko grazia guztiak beretuak zituelako. Eta nik haserrearen itxurak egin arren, beti bezala, oparitu egin zidan Pablo egoskorrak bere ogia, badakielako euskal kulturan ahalmen magiko handiagoa dutela oparitutako gauzek. Ahal zuen neurrian, eman ziezadakeen onena entregatu nahi zidan.

Ez dakit zelan kontatu hangoa, zer sentitu nuen bertan negoela… une hunkigarria, berezia, liluragarria, arima astintzen dizuten horietakoa. Ze bizipen ahaltsuak, ze diru-aberastasunak iraintzeko modua…

Bilbora irrati-saiora joateko iraduz nenbilela esan arren han zebilen Pablo esaten nola ez zitzaidan urdinduko Gabon gaueko ogia. Eta Julia, bere zeregina abandonatu barik, ohartarazten zidan atzo bertan erein behar nituela berakatzak, arratsaldean. Eta ekainaren 23an –beste solstizioan– jaso, benetako sendagaia naturala lortu nahi baldin banuen.

Une batean ihes egitea erabaki nuen. Ezinbestez, Bilboko hitzordua gainean nuelako. Kortesia gutxirekin, handik alde egitea neketsua izaten delako beti: bai ala bai beste zerbait irtengo da hantxe lotzeko. Amaiera ezinezkoko ipuinak direlako Presatxun kontatzen diren guztiak…

Bilborako bidean hasi nintzen ohartzen hartutako ogi horren atzean ez zegoela jaki soil bat. Ezta Gabonetako elementu berezi eta magikoa. Ogi hura oparitzean, bere eskua nirearekin estutzean eta botatako begiradetan ihes egiten zaigun mundu oso bat eman nahi izan zidan: berea, jentilak basotik jauzika dituena, harri bixiz eta ohitura eta sinesmen zaharrez betetakoa… Badakielako gure artean egongo ez denean, betiko galtzeko arriskuan izango dela oraingoan niri eskaini nahi izan didan mundu oso hori.

Eta irratian hitz egiten hasi, gustura, baina… ordubete lehenago sentitutakoa burutik kendu ezinean. Hala, mikrofonoaren aurreko hitzek lotsagarri utzi ninduten, ez zirelako handitasun nahikokoak izan bihotzak sentitzen zuena adierazteko.

Halaxe izan zen, bai, eta jazotakoaren fedea ematen dut hemen: abenduaren 24ko eguna urratu aurretik, Lurra eta Zerua elkarri lotzeko lerro zuri haren seinalea ikusi nuenean…

 

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La trágica leyenda de Aranekoarri

 

No en todas partes es dichosa la Navidad. No al menos en las aldeas que circundan la montaña de Gorbeia. Porque, por mucho que se reúna la familia, que la mesa rebose de las más suculentas delicias, por grande que sea el alboroto… siempre habrá alguien que mencione el caso de la desdichada chica de Arane. Y de inmediato dejarán de sonar los villancicos y las miradas se tornarán al suelo, humilladas, impotentes ante la historia navideña más cruel que se recuerda. Porque en pueblos como Orozko, Zeberio, Zuia, Baranbio… no hay hogar en el que no se hable de aquella joven y su desdichado final.

Y es cierto. Porque cada invierno, cíclicamente, renace la leyenda de Aranekoarri, siempre cabalgando a lomos de los helados vientos que zarandean aquellas desoladas laderas de Gorbeia. Y todo pastor o baserritarra de cierta edad se la contará irremediablemente a sus hijos y nietos. Obsesivamente, instintivamente. Porque saben que no habría mayor desdicha en el mundo que la de que se perdiese la memoria, el recuerdo de aquella pobre chavala.

LA LEYENDA
Dice la leyenda popular —»popular» en las dos acepciones del término— que una joven muchacha vecina del caserío Arana («Arane» en la dicción moderna), acuciada por la miserable economía de su familia, servía como criada en una gran casa de Murgia (Zuia, Araba). Siendo como eran las Navidades, sus amos le dieron un permiso especial para que abandonase sus labores y fuese a pasar las fiestas con sus ancianos y desvalidos padres. Éstos la esperaban, añorantes, en la elevada casería de Arana (Orozko, Bizkaia).

Como en aquellas épocas aún no existían ni diligencias ni otro tipo de transportes, se le ocurrió atajar por el macizo de Gorbeia, con la ilusión de ganar unas horas y así poder estar más tiempo con sus seres queridos.

De Murgia y por Sarria arriba, siguió el río hasta la zona de Arlobi. Y a continuación hasta el cruce de Katatxabaso, sobre Garrastatxu (Baranbio), en donde vería por última vez un lugar humanizado. Porque de ahí adelante comenzaba la montaña de verdad, el reino de las nieblas y tormentas, la más acongojante tenebrosidad, aquella que ni siquiera los más rudos pastores eran capaces de soportar: por eso hacían la invernada bajando al valle.

Frente a aquel espantoso panorama, ante la más descorazonadora soledad, se encontraba nuestra niña. Porque no dejaba de ser una niña… Dudó de su osadía pero no contaba con muchas horas de luz por lo que decidió arriesgar y encomendar a dios su designio.

Dicen que contaron los mayores del lugar que se vio aparecer una nube negra. También que rápido se enseñoró en aquellos parajes. Y que de repente estalló la tempestad, escuchándose por todos los valles el tronar de aquella inesperada cellisca que, entre remolinos, truenos y relámpagos hacía presentir el peor desenlace imaginable. Desorientada y presa del pánico, en el más descarnador abandono, se supone que falleció de frío y agotamiento aquella muchacha.

Se supone… porque nadie la volvió a ver jamás. También se conjeturó en el valle que habría sido devorada por los lobos. Y es que ni siquiera los restos de su cuerpo fueron jamás hallados. Tan sólo sus dos trenzas, cruzadas entre sí, marcadas milagrosamente sobre una piedra.

Aún hoy en día pueden visitarse esa piedra y sus marcas en el entorno de Nafarkorta, nada más entrar en el territorio vizcaíno de la gran montaña, en un lugar que, en memoria de la desdichada historia, se conoce desde entonces como Aranekoarri (Arane + ko + harri,la piedra de [la muchacha de] Arana’).

Desde entonces no hay pastor que por allí pase y no se descubra la cabeza frente a aquel humilde altar. Dicen que hasta las gotas de las nieblas tan amantes del lugar son allí más gruesas de lo normal. Y que por ello se precipitan al suelo al igual que gruesas lágrimas. Porque allí el cielo se retuerce en su penar y no es espacio de luz sino de eterno llanto. Por eso se sabe que nunca ha habido una Nochebuena más triste en toda la historia del universo vasco. De ahí que digamos que no en todas partes es dichosa la Navidad.

LA REALIDAD
Prácticamente en cada casa que preguntemos nos darán una versión de la misma leyenda pero con los adornos cambiados al antojo del hogar. Al margen de ésta que hemos presentado, la más común y relacionada con la Navidad, existe otra que dice que un padre despiadado y poco compasivo mandó a su hija pequeña a buscar las ovejas a aquella alta montaña, sin hacer referencia a fecha alguna, pero con el mismo desenlace.

La piedra citada es una estela funeraria medieval que se colocaría allí en memoria de algún personaje de cierta relevancia –la gente humilde no era merecedora de esos caros monumentos– que desconocemos y que fallecería súbitamente allí. Es circular y tiene cincelada una cruz griega, hoy casi inapreciable y que la imaginación popular relacionó con las formas de las dos trenzas cruzadas.

Tampoco el nombre del lugar hace en realidad mención al caserío Arana: en un antiguo apeo de límites se habla de ese entorno como «…llegaron al sel de Nafalgorta, al lugar […] que se llama “la piedra de HARNA” por donde ataja…» (1533). Arná es la denominación antigua de ese macizo entre Oderiaga, Egilleor, Kolometa… y que, al quedar en el olvido –aún queda algún anciano que lo recuerda pero es algo extraordinario– no tuvieron dudas en conectarlo equivocadamente con el nombre del caserío Arana, al otro lado del valle.

La leyenda no es sino una versión de unos cuentos populares extendidos por toda Europa y que en cada lugar se adaptó al lugar. Es la misma leyenda que nuestros Txanogorritxu, Caperucita Roja, Le Petit Chaperon rouge, Rotkäppchen… que Charles Perrault recogió del folklore popular y que publicó en 1697, ayudando a su difusión. Con el poco creíble recurso a la cándida niña, sola y desamparada, indefensa ante los más atroces peligros del mundo exterior.

No sería por tanto de extrañar que esta leyenda fuese moderna entre nosotros y que su presencia no se remonte más allá del XVIII o incluso del XIX.

En el legendario lugar de Aranekoarri, dos orozkoarras erigieron en 1988, con más entusiasmo que acierto, un monumento con una fecha del fallecimiento de la muchacha, un 24 de diciembre y con un año estrafalariamente inventado: 1308. Por imaginación que no quede.

La estela que allí se muestra estuvo desaparecida durante décadas y fue reencontrada en unas peñas cercanas en 1985. Tienes una información más amplia y detallada en un extenso artículo que publiqué en la revista AUNIA-21, 2007, págs 96-116.

Cuando andábamos entrevistando pastores allá por 1985 –también en diciembre– fue José Larrinaga, de la majada de Okelugorta, el que más detallada información nos dio. Recientemente ha fallecido y le dedicamos aquí hace poco unas emotivas líneas. Quiere el destino que, también este 24 de diciembre vaya a esparcir la familia –en la mayor intimidad posible– sus cenizas en aquellos parajes. Ahora sí, en un día tan coincidente: un 24 de diciembre en el que seguro se rencontrarán en sus caminos de eternidad José que va y la muchacha de Arane que viene. Me sumo al recuerdo y homenaje a ambos.

Para finalizar no puedo evitar hacer hincapié en la admiración que he profesado siempre a esa leyenda. Por ello, a nuestra única hija, le pusimos el nombre de Arane. Porque soy de los que me gusta conocer la historia pero… también de deleitarme en las leyendas, siempre más sugerentes que la realidad. ¿Y por qué vamos a dejar de soñar? Menos estando como estamos en plena Navidad. Eguberri on.

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