Olentzero, de madero a carbonero

Hace ya un año escribí un artículo titulado Olentzero es un madero, con gran aceptación y difusión. Con él intentaba mostrar cómo habíamos inventado un «nuevo Olentzero», inexistente hasta nuestros días, una especie de Santa Claus a la vasca, desdeñando a su vez las profundas raíces de dicho ritual.

Decíamos allí que, en realidad, el nombre Olentzaro —u Olentzero— parece hacer referencia al período de días invernal, solsticial, el centro del invierno. Era el nuevo fuego del hogar, casi sobrenatural en estos días, el que tomaba el protagonismo, quizá como representación terrenal y más humana del astro sol. Y para ello se hacía arder un grande y noble tronco, destacado por su porte, arrastrándolo a duras penas desde el bosque hasta el hogar. Era así cómo aquella vivienda, animales, bienes y familia quedaban bendecidos por aquel fuego arraigado en el bosque. Hasta sus cenizas gozaban de poderes sobrenaturales, mágicos. Eso era Olentzero…

Era el nuevo fuego del hogar, casi sobrenatural en estos días, el que tomaba el protagonismo, quizá como representación terrenal y más humana del astro sol

En realidad, sobre todo el conjunto subyace el primitivo culto a los bosques, al totémico árbol, a los que se les atribuía vida y protección. Es una primitiva creencia animista común en toda Europa y de la que formábamos parte los vascos. No os creáis que es pura casualidad o estética el hecho de que en tantos de nuestros escudos heráldicos aparezca un árbol, que bajo ellos se hiciesen las más solemnes reuniones concejiles o que muchos de los santuarios se expliquen con la apariciones marianas en diversos árboles… precisamente para ocultar o suplantar el culto popular a aquellos árboles por el cristianismo.

CULTO AL BOSQUE DE LOS VASCOS.Evidentemente, ninguna o escasísimas referencias tenemos de aquellas creencias, ya que no existe documentación de esa época. Pero sí contamos, casi milagrosamente, con algunas puntuales referencias que nos dejan entrever una realidad mucho más generalizada y extendida que lo que muestran. Algunos casos, son bien conocidos.

Bittor Larrazabal, indómito, frente a sus bosques de Olarte, Laudio.

En el País Vasco hay recuerdos de un animismo simple como, por ejemplo, ocurre en Kortezubi (Bizkaia), donde Barandiaran recogió una tradición según la cual antiguamente los árboles iban por su propia voluntad a los caseríos para que los quemaran, hasta que una mujer se enredó con las ramas de ellos en el portal de su mansión y, colérica, dijo ««Etorriko ez bali hobea leiko», ‘Sería mejor que no viniesen’. Desde entonces, es el hombre el que tiene que ir al monte a cortarlos» (Eusko Folklore, 1921).

Azkue estudió «…curiosas manifestaciones de vieja dendolatría [culto a los bosques y arboles] propias del territorio vasco-francés. En localidades de la Baja Navarra, como Saint Jean de Pied de Port, donde sobreviven las antiguas selvas pirenaicas, se oye y se dice que cuando se vende algún bosque, éste se encoleriza tanto que siempre suele caer algún árbol que aplaste a uno o a otro de los hombres que por él pasan» (Euskalerriaren Yakintza, 1935).

«A él mismo le contaron en Idiazabal (Gipuzkoa) que un fraile francés, leñero, decía a los árboles que iba a cortar «guk botako zaitugu eta parkatu iguzu» [Op cit.]. Que este fraile era vasco se desprende de la misma fórmula rimada que tenía para pedir perdón al árbol, fórmula semejante a otras recogidas en diversas partes de Europa».

Algo similar podemos entrever en una de las encuestas etnográficas que sobre leyendas y mitos de Orozko hizo Anuntxi Arana: «Etxe zarretean bere ez eudien esaten aretx batek gizon bat hil euala? Eta hai aretxa txondarrean sartu orduan eta txondarrak ez eukan gauza onik: haik txondarrak ez eukan gauza onik inoiz».

Olentzaro representa un culto al bosque, sustituido por el Cristianismo. Padurabaso, Gorbeia

CULTO AL BOSQUE Y EL CRISTIANISMO. En el siglo III, el Cristianismo se instauró como la religión oficial del Imperio Romano. Así promulgó la existencia de un dios único y declaró idólatra y pagana la adoración de las arraigadas divinidades de la naturaleza. Y comenzó su cruzada contra todas aquellas antiguas creencias y tradiciones con la intención de hacerlas desaparecer. La destrucción y profanación de los lugares y bosques sagrados a manos de insignes cristianos fueron procedimientos habituales para imponer la nueva religión. Así, en el Concilio de Toledo (año 661) se proclama la persecución y castigo de…“los adoradores de los ídolos… dan culto a árboles y fuentes”. También Carlomagno, al someter al pueblo sajón, ordenó talar el roble sagrado que adoraban.

Pero es tal el arraigo popular de esas costumbres que hasta impregna a los numerosos ermitaños que a partir del VI deciden entregarse a la vida contemplativa, en fusión con la naturaleza. El mismo San Bernardo nos lo aclara muy bien: «Los bosques te enseñarán más que los libros. Los árboles y las rocas te enseñarán cosas que no aprenderás de los maestros de la ciencia». Pero, en general, tanto desde el flanco político-administrativo como desde el religioso —que en aquellas épocas se entremezclaban— se combaten aquellas viejas creencias para erradicarlas y para luchar en favor del culto al dios cristiano. Por no extendernos, lo dejaremos para otra ocasión.

Majada de Zastegi (Gorbeia) y su supuesto menhir en diciembre al mediodía. La larga sombra muestra la debilidad del sol en estas épocas de Olentzero

A su vez, el contacto con el bosque para su explotación fue en aumento, por lo que aquella visión de inviolabilidad suprema fue difuminándose entre las masas populares. Así, la divinidad que en sí era el bosque, se sustituye por un bosque como morada de seres divinos o sobrenaturales.

En otra fase posterior, la mentalidad popular de aquellas aldeas, llenaron los bosques de seres legendarios. De ahí surgirían los Basajaun ‘el señor del bosque῾, parejo y paralelo al Silvano de los romanos, como bien apuntara Alberto Santana. A su vez, por otro flanco, la Iglesia promovió apariciones marianas en bosques y árboles determinados que, por su carácter milagroso no daban opción a la duda o réplica. Todo esto no es sólo propio de nuestra cultura vasca sino que sucede en todas las de Europa: de nuevo, somos unos más en las corrientes generales.

DEL MAL AL CARBONERO. A partir de entonces, el bosque representa de un modo simbólico la parte opuesta de la luz, civilización y la bondad. Allí reina lo desconocido, la tenebrosidad y el canon de peligro del que siempre hay que huir. Por ello se llenan nuestras culturas populares de brujas maléficas en nuestros cuentos infantiles —con origen en cuentos populares centroeuropeos — , en los que yo conocí de niño. Y leyendas de viejas del monte, lobos casi humanos que habitan el bosque como idealización del mal. Hasta los bandoleros, más tardíos, encontraban en nuestras selvas el refugio para su maléfica actividad.

No sería por tanto extraño que ahí pudiésemos encajar a nuestro Olentzero —ahora personaje— y muy alejado del Olentzaro inicial —estado o tiempo de bondad—, ser grotesco y molesto como se describe en sus lugares de origen: En Oiartzun, por ejemplo, es un ser que desciende desde el bosque y baja por la chimenea con una hoz en la mano, aterrorizando a los niños de la casa. En Elduain, además, es necesario que la chimenea esté limpia, porque si no cortará no dudará en cortar la cabeza de los moradores. Hay muchas variantes, tantas como pueblos… hasta la de convertirlo en un horrible ser que tiene tantos ojos como días del año más uno, es decir, 366 (Larraun).

A pesar de lo que nos insuflen hoy, no deja de ser un personaje que simboliza la transgresión, lo indecente, el buen saber estar: es un tripero insaciable, sucio y desaliñado, un borracho de ojos espantósamente sanguinolientos que persigue con una hoz a los habitantes del valle, amenazándoles de muerte. Alguien de quien hasta hace cuatro días, los niños huían aterrorizados. Hasta hemos tenido que moificar la letra de su famosa canción para adecuarla a nuestras necesidades: «Olentzero, buru handia, entendimentu gabea» (‘Olentzero, cabezón, sin inteligencia’) a «Olentzero, buru handia, entendimentuz jantzia» (‘Olentzero, cabezón, vestido con inteligencia’).

Personaje cántabro de Esteru, con gran similitud en el relato y estética a nuestro Olentzero. Algo similar sucede con el A Palpador gallego.

Tal es así, que en la mayoría de los pueblos se finaliza la fiesta ejecutándole en una hoguera en el centro del pueblo, por mucho que antes hayan paseado «la pieza» por sus calles reclamando la propina por ello. Nada distante de la costumbre solsticial de algunos pueblos de Álava de quemar un pellejo o monigote que encarna el mal del año pasado gritándole con rabia «erre pui erre, a quemar el culo a Putierre».

Aquel estadio de convivencia con lo más profundo del bosque, ya en el XVIII y probáblemente más en el XIX, lo debieron representar los carboneros. Más cuanto más tardíos en el tiempo, pues habían de acudir cada vez más lejos y más arriba en las montañas para conseguir las escasas maderas carbonizables. No creo por ello que sea casual que en algún caso local puntual, el personaje de Olentzero sea un carbonero, una suposición hoy tan generalizada que roza del dogma de fe. Pero nunca ha sido así: porque esa generalización es pura modernidad. Por eso aquí intentamos mostrar una evolución mental de ese paso de madero a carbonero.

Restos de una gran carbonera en Ubegi, cerca de Padurabaso, en lo más recóndito de Gorbeia, en donde vivieron aquellos trabajadores en unas condiciones duras, alejados de la civilización

¿Y cómo damos fin a aquellas creencias paganas de culto al árbol? Reconvirtiendo aquel ser del bosque —ahora carbonero— en el mismo anunciador del nacimiento de una nueva fe, el personaje que, humillado y rendido ante el nuevo dios, baja de la barbarie del bosque a la deliciosa población, para decir que Cristo ha nacido: «…aditu duenean, Jesus jaio dela, lasterka etorri da, berria ematera». Algo que ya nos es conocido como explicación popular de la desaparición de los gentiles, en colectivo suicidio al haber nacido Cristo.

Salvando las distancias en lo geográfico y en lo temporal, no trata algo diferente de lo que se cuenta en aquella referencia europea que decía que «mediante una constante predicación, [el obispo Wigberto] apartó del error a éstos, que estaban sometidos a una vana superstición, y el bosque llamado Zutibur, que los indígenas veneraban en todo como un dios y desde época antigua permanecía inviolado, lo destruyó desde las raíces y en él construyó una iglesia dedicada a San Román mártir». Arrancar árboles para plantar templos, borrando creencias anteriores.

Y LA LUZ SE HIZO… Nada nuevo bajo el ahora tan débil sol… No pretendo ni juzgar ni dar clases morales de nada a nadie. Tan solo desearos que paséis unas felices fiestas y que no olvidéis que siempre os hará más felices el internaros en un bosque para sentiros parte de él que todo el consumismo olentzeriano al que el insaciable comercio nos empuja para despeñar nuestra cultura.

Pan, magia y rituales en Nochebuena

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Cuando hace unos años fui padre, me invadió la necesidad de tener que recuperar el ritual del pan de Navidad, una costumbre muy nuestra y que habíamos abandonado años atrás, tras siglos de convivencia íntima con ella.

Quizá ya no tenía razón de ser desde que, deslumbrados por la modernidad, nos vimos aturdidos con la irrupción de la televisión y por los destellos cegadores de mariscos, cavas y turrones, con los que ya convivimos en estas últimas décadas. Unos lujos estos que, dicho sea de paso, nunca me han dado tanto placer como cuando hemos vuelto a la esencia, a cosas tan simples como rescatar el rito del pan de Nochebuena. Porque al ser padre y como nunca hasta entonces, se me ha reactivado la necesidad de transmitir lo mejor que llevo dentro. Y si es algo mágico, prodigioso y encantador como lo que os voy a contar, mejor que mejor para estas fechas.

Aunque a algunos os parezca mentira, hoy por hoy no hay nadie de cierta edad en el mundo rural vasco al que le resulte desconocido aquel ritual tan especial que daba —y da aún en muchos hogares— el pistoletazo de salida a la cena más ceremoniosa del año y, por ende, a todo el período de la Navidad.

Era el de más edad de la mesa el que cargaba con la responsabilidad de hacerlo, con la mayor solemnidad posible. En algunos pueblos, no en el mío, era costumbre rezar previamente un padrenuestro por cada difunto de la familia. Tras trazar con la punta del cuchillo una cruz en la base del pan, se besaba éste. Así quedaba purificado, apto para adquirir su verdadero potencial sobrenatural. A continuación, se procedía a cortar diversas rebanadas de pan que se repartían siguiendo la edad o la jerarquización de la mesa.

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Pero el primero de los trozos cortados, el currusco, era el que iba a ser el protagonista del acto. Separado de la hogaza, se guardaba bajo el mantel, lugar que habría de ocupar toda la noche para pasar luego el resto del año en un armario o cajón. Todo el mundo con el que hablemos nos repetirá insistentemente que era un trozo que no se enmohecía en todo el año, indicio que ya nos pone sobre aviso de sus cualidades mágicas.

En algunos lugares, una vez colocado el pan ritual bajo el mantel, se rescataba el del año anterior y se repartía para ingerirlo, en pequeños trozos, entre todos los comensales y los animales de la casa, cerrando un ciclo anual. Se creía que actuando así se preservaba la salud: no en vano también es conocido en euskera como ogi salutadore, ‘pan que da salud’. En otras localidades, el más anciano de la casa untaba una punta del currusco en vino para ablandarlo y poder comerlo, repartiendo el resto entre los animales.

En mi familia sin embargo, no se hacía eso. Al contrario y al igual que en otros muchos lugares, se guardaba por si había que dárselo a algún perro enfermo de rabia: era el único método de sanación conocido para esa enfermedad. En otros valles cercanos, se arrojaba a los ríos crecidos cuando era inminente la inundación, para rebajar su cauce.

Asimismo en la costa vizcaína era lanzado al mar embravecido, para calmarlo, o en otros muchos lugares a las tormentas de pedrisco para evitar que descargasen, una vez más, su rabia.

2003 eta 2004ko Gabonetako ogiak

No era extraño tampoco pensar que mientras aquel pan estuviese en casa preservaría de desgracias el hogar. También se daba a los mendigos pensando que así pondría fin a sus cuitas, porque su capacidad milagrosa no conocía límites.

Nosotros, que hoy vivimos en un piso y no tenemos ríos, mares o tormentas que calmar, pintamos con un rotulador el año en el primer trozo de pan cortado. Y lo tenemos como comensal invitado debajo del mantel durante toda la cena y, a la mañana siguiente, una vez pasado Olentzero, lo guardamos en un cajón junto a los de otros años. De ese modo vamos completando poco a poco el álbum de nuestras Navidades, el de nuestras fugaces vidas familiares.

Cada 25 de diciembre los miramos y comentamos al añadir un ejemplar más, contentos al ver que a Olentzero le ha encantado la idea y que por eso ha sido tan generoso con nuestra familia. Es lo que tiene la paternidad…

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Este año pretendo hacerlo más bonito si cabe. Vamos a ser más desprendidos en el corte y dejaremos al día siguiente parte del pan en un exitoso comedero de pajarillos que hemos hecho este otoño. Para que ellos también sean felices y gocen de eterna salud. Porque nos hacen plenamente dichosos cada vez que acuden a comer y los vemos revolotear.

Es decir, que hemos adecuado e integrado la vieja tradición en los tiempos modernos para de ese modo intentar preservarla de la desaparición total.

Y lo hago así porque no quiero prescindir de esta costumbre tan íntima y que conocemos como “pan de Navidad”, “Gabonetako ogi bedeinkatua”, “ogi saludatu”, “ogi salutadore”… rito solsticial anual que es, al parecer, la última reminiscencia de una costumbre antiquísima que estuvo generalizada por toda Europa. ¡Vaya privilegio y suerte el poder rememorarla cada año!

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Pero, como acostumbramos a hacer con este tipo de tradiciones tan interesantes, las abandonamos a su suerte para dejarlas morir por inanición. Sin el mínimo esfuerzo por revitalizarlas, readecuarlas o transmitirlas. Mientras, acogemos con generosidad y los brazos abiertos otros ritos navideños o de cualquier tipo que nunca han sido nuestros. Es que, a veces lo pienso, parecemos bobos.

Por favor, haced este año un esfuerzo para integrarlo en vuestras cenas. Os prometo que vais a ser más dichosos. Y que no os engañe el sistema: esto hace más felices a los pequeños de la casa que todos los juguetes del mundo. Eguberri on.

 

kortxoa B tx

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Dos “euskal gazapos” lingüístico-navideños

No es mi pretensión marcar normas sobre el uso de la lengua ni decir qué es correcto y qué no, porque es algo que no me compete. Pero sí quiero hacer ciertas reflexiones para indicar qué es mejor, más tradicional, más adecuado. Ahí no tengo duda…. Eguberri on.

 

Ya tenemos encima las Navidades, tan de siempre, tan tradicionales, tan vasquitos y neskitas nosotros que… están rodeadas de elementos nuevos y mal concebidos además. Hay dos bien cantosos, de proporciones bíblicas y que nos desbordan irremediablemente cada año por estas fechas.

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ZORIONAK
Zorionak es una forma moderna-modernísima de felicitar las pascuas. Sin tradición alguna. Eso sí: fabricada con el “eusko label” e insertado en todo lo que no venga made in China. Zorionak es en realidad la traducción bricomaníaca y desmelenada del “Felicidades” castellano. Hecha a pelo y encajada a porrazos…

El problema radica en que felicidades es una forma que tiene sentido en ese caso pero no en otro: no diríamos jamás ¡alegrías!, ¡prosperidades! o ¡suertes! para felicitar o desear algo.

Igualmente, decir “(las) felicidades” en euskera no tiene sentido alguno y carece de la más mínima tradición o lógica lingüística dentro de esa lengua. No es que esté mal la palabra «zorion(a)«, ‘(la) felicidad’, totalmente correcta, sino el uso que hacemos de ella en plural y sin acompañar a nada, porque queda coja, sin sentido. Es como si dijésemos alaiak, pozak… Porque felicidades puede tener sentido por tradición en el castellano pero no una traducción literal del mismo al euskera.

Tradicionalmente, para felicitar las Navidades en euskera han sido usadas fórmulas como Eguberri on o Gabon zoriontsuak o lo que se quiera. Pero no ZORIONAK, una fórmula castellana travestida a estética de símil vasca: el lobo cubierto con piel de cordero. Menos mal que al menos hemos librado el «egun on» y no lo decimos «egunonak» para clonar el «buenos días» meridional.

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Por eso levanto el banderín de linier. Aunque mucho me temo que es una batalla perdida: “De fuera vendrá quien de casa te echará” recuerda esa misma rica cultura del castellano…

EL OLENTZERO
El personaje navideño que recientemente hemos incorporado en la mayoría de nuestros pueblos se llama Olentzero. Pero, por ser un nombre propio, no admite artículo. Es decir, que exclamaremos “ha venido Olentzero” y no “ha venido EL Olentzero”. Ni más ni menos que como nos comportamos al decir “ha nacido Jesús en el portal de Belén” pero no “ha nacido EL Jesús...”.

En euskera sucede otro tanto: “zer eskatuko diozu OlentzeroAri?”, “etorri da OlentzeroA” es una desatino digno de una buena carga de carbón, ya que precisa “Olentzero dator” eta “Olentzerori eskatu behar diozu”. Fijaos cómo en la canción tratamos de mil amores al personaje, sin añadirle implante alguno de una «a» al final: «Olentzero joan zaigu, mendira lanera…», «Horra, horra, gure Olentzero…»

No es ninguna reivindicación excéntrica: es pedir el mismo trato que le ofrecemos a la competencia mercantil de «Melchor and Cía«. Nadie reclama un regalo a “el Melchor” sino “a Melchor”.

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Menos mal que la advenediza Mari Domingi se ha zafado de un nombre «articulado» ya que el papel le exigiría más un vestido de volantes con lunares que ese anacrónico tocado medieval zarzuelero: “La Mari Domingi”.

Así es que poneos las pilas y no la liéis ahora: que os quedáis sin regalos. Eguberri on.

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kortxoa B tx

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