Dicen que decían los mayores de Okondo

Dicen que decían los mayores de Okondo [Araba] que en el amanecer del día de San Juan el sol salía bailando, pozarren gainera, berarentzat egunik garrantzitsuena zelako, aginte gehienekoa.

Por eso, dicen que decían los mayores de Okondo, no era de extrañar que las brujas se apareciesen a los humanos entre Markuartu y Arasketa y que, como las de toda Euskal Herria, estuviesen inquietas la noche anterior a San Juan, haiek ohituta zeudelako gauean ibiltzen eta gau hura urteko laburrena, kezkagarriena zelako. Arriskuan zuten gaueko izakien erresuma… “Eguna egunekoentzat, gaua gauekoentzat” zioen esaera zaharrak. Nola ez ziren kezkatuta egongo ba…

Dicen que decían los mayores de Okondo que por ello se solían poner unas ramas de fresno en la puerta de casa, para protegerse, zerbait egin behar zutelako izaki bihurri haien trikimailuetatik babesteko. Elorria ere jartzen zuten edo, oraindik ere zaharragoei entzunda, unas cruces de madera. Todo era poco para librarse de su perturbador mal humor.

Una de ellas era la afamada bruja que vivía en la Cueva del Conejo, sí, la cueva encima del barrio de Laburu, de La Ventilla hacia arriba. Ez zuek hark umore onik, ez. Batez ere orain kontatuko dizuedan historian.

Dicen que decían los mayores de Okondo que en cierta ocasión un muchacho de Okondo le robó aquel peine de oro con el que tantas horas pasaba acicalándose el rubio pelo al sol. Eta hartu zuen haserrea egundokoa izan zen. Era guztietako biraoak bota zituen sorginak lau haizeetara, jakin gabe nork zeukan lapurtutako orrazia: “Ekarri nire orrazia, bestela galduko dizut zure ondorengo askazia“, “Dame el peine leré, que si no te mataré“. El peine nunca apareció ni se supo a ciencia cierta quién lo había robado, pero algo se podía intuir porque no fueron pocas las desgracias que, generación tras generación, cayeron sobre la desdichada familia de un muchacho del caserío Aspuru. Aunque otros dicen que el muchacho sería del cercano caserío de Beraza ya que una noche aparecieron muertos todos sus cerdos de la txarrikorta sin razón alguna. Sorginaren madarikazioari egokitu zitzaion zorigaitzezko gertakizun hura. Edonola, algo habría cuando así sucedió… Dicen que decían los mayores de Okondo

A veces, por envidias o recelos, llegaban a confundirse, intencionadamente, los humanos con las brujas. Que se lo cuenten si no a aquella pobre Catalina de Otaola a la que llevó a juicio en 1517 su potentado vecino de Okondo Martín de Urtizaustegi, acusándola de “hechicera pública y secreta, encantadora y sorgina“. Tal cual… En fin, no perdamos el hilo…

Dicen que decían los mayores de Okondo que no había rito más importante para la salud que llenar un recipiente con agua de cualquier fuente en la noche de San Juan. Pero, al igual que a la hora de cortar las protectoras ramas de fresno, debían hacerlo antes de que despuntase el sol. De no proceder así, perdía su poder mágico y protector. Para más inri había que proceder además sorteando las tretas de las omnipresentes brujas. Y de los duendes, aquí llamados “familiares” que a buen seguro los había.

Por no hablar de los gentiles que, dicen que decían los mayores de Okondo, vivían en la Cueva de los los Gentiles, en el barranco de Asuntza, en Okongogoiena, debajo de Kastillozar… el castillo que aquellos mismos gigantes habían probablemente construido.

Ez da harritzekoa gertu dagoen Aretxarro haitzuloan Historiaurreko gizakien aztarnak agertu izana. Leku miresgarria da Okondoko bazter hura eta horregatik han eta betiko bere hildakoak uztea erabaki zuten gure arbasoek. Ba al da betikotasunean egoteko leku liluragarriagorik Mareazuloko ingurumaria baino? Okondo eta itsasoa bat egiteko, izaki mitikoek eraikitako lur azpiko zuloa. Ederra… Baina itzul gaitezen utzitako bidera…

 

Nada había tan único y especial como la noche previa al día de San Juan, una noche que, desde una eternidad atrás, se disputaba entre los incómodos seres mitológicos de la oscuridad y los resignados okondoarras que a duras pena conseguían sobrevivir en aquel valle, en aquel húmedo valle… Una noche peligrosa y en la que el mejor remedio era traer la luz del sol a la noche. Pero, ¿cómo? Haciendo una gran fogata [porque aquí son fogatas y no hogueras], eguzkiaren ordezkaria lurrera ekarriz, nolabait esateko. Sorgin eta iratxoek jasaten ez zuen sute handi bat, bai. Horra, norberak garbitzeko zuen guztia botatzen zen, azken finean, horixe zelako sute hura: purifikazio erritual bat.

Sin embargo, lo más celebrado era el saltar sobre las brasas, una vez desaparecidas las llamas. El alma del fuego… ya que, dicen que decían los mayores de Okondo, ello preservaba de la enfermedad de la rabia y de las mordeduras de las serpientes a quien lo hiciese. Tampoco era extraño hacer pasar el ganado, con el mismo fin protector, sobre las cenizas ya apagadas.

Herri euskalduna zen Okondo, oso, eta ia sagardoa baino ez zuten edaten baserritar haiek. Ez zuten besterik nahi. Sagardoak indar eta bizitasuna ematen zizkiolako gorputzari. Hala esan zigun Jose Paulo Ulibarri entzutetsuak… Era por otra parte la sidra y el tocino asado, aquí llamado “koipetsu”, lo que hacía perder el sentido a las brujas. Y una y otra vez se lo pedían o robaban a los sufridos okondoarras. Dicen que decían los mayores de Okondo

Pero, al margen de estas historias locales, las brujas y otros seres de la noche siempre están ahí. Y hoy más que nunca, agazapados en cualquier rincón, esperando a salir para hacernos de las suyas. No tenéis más que mirar a vuestro alrededor y fijaros con atención. Por nada del mundo os olvidéis de hacer hoy una gran fogata, de poner una ramita de fresno en vuestra puerta o de echar un trago de agua antes del amanecer. No vaya a ser que luego se os arrepienta. Pero tranquilos, que esta noche amenazante acaba rápido… enseguida saldrá el sol bailando por el horizonte, sobre Markuartu. Y algo habrá de cierto en toda esta historia, porque dicen que así lo decían los mayores de Okondo

Meltxora Larrinaga (1937) okondoarrari eskainia, berak, beste inork ez bezala, dakielako Markuartuko zein iturritatik dabiltzan sorginak…


[A Melchora Larrinaga (1937), última gran depositaria de los tesoros de Okondo y que, a pesar de haber nacido el día de San Pedro, conoce como nadie qué grandes son la noche y el día de San Juan]

 

 

Ritos de fertilidad en el roble de Atxondo

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Acabo de escuchar en la radio que hoy, desde hace unas horas, estamos en primavera. Vaya… A mí me ha hecho bastante gracia porque, sin quitar ningún mérito a astrónomos y wikipedistas, la primavera ya había llegado a Okondo (Araba) hace una docena de días.

Y es que allí marca esos acontecimientos, desde siglos atrás, el roble de Atxondo, un personaje popular del valle al que todo el mundo allí observa para ver qué cuenta sobre el cambio de estación: nada de aburridas fechas fijas, previsibles e invariables. Porque en Okondo la entrada de la primavera es algo en movimiento, rebosante de vida, una jerarquía de verdor con la que el roble de Atxondo hechiza al resto al bosque.

Casualmente esta semana pasada he estado dos días por allí. Pregunté como siempre a algún que otro lugareño mayor. A cualquiera, porque allí todo el mundo lo tiene interiorizado y es dogma de pueblo: en todo el monte, en todo el municipio, el viejo árbol de Atxondo es el que primero despierta. Y su verdor destaca a kilómetros de distancia sobre el resto de la naturaleza.

Hasta ahí, todo muy curioso. Pero lo llamativo es que antiguamente se debieron relacionar esas peculiaridades que lo hacían diferente a la hora de desperezarse del invierno con el despertar y la prosperidad de los humanos. Y así, se le atribuyeron dones especiales en lo referente a la fertilidad y robustez que pronto aprendieron a gozar los locales.

Publicaba Antón Erkoreka hace ya 25 años (Kobie) que “Muchas culturas atribuyen a los árboles una cualidad fertilizante (Frazer 1981, 153-154). En Euskal Herria sólo conozco un ejemplar de “arbol de la fertilidad” que es el llamado “árbol de Atxondo”. Este espléndido ejemplar de roble se encuentra a la vera del antiguo camino entre Okendo [sic] y Llodio (Álava) y era el lugar donde acudían las mujeres de los contornos a dar a luz con el fin de que sus hijos nacieran sanos y robustos”.

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Si ya es intrigante la exposición del investigador bermeotarra, mi amigo y compañero Juanjo Hidalgo amplió un poco más la información y la divulgó a través de la añorada revista AUNIA.

Contaba recogiendo las palabras de un vecino ya desaparecido, Manu Ulibarri, que las mujeres de Okondo y de los barrios más cercanos de Laudio peregrinaban hasta Atxondo para pedir al roble salud y vigor para sus hijos. También jóvenes embarazadas a punto de parir, que acudían a rozarse con el gigante, en especial en esos días que, como ahora, estrena ropaje verde el venerado roble.

Y hay hasta quien, por el enorme impacto que le produjo la visión del tan renombrado árbol, se puso allí mismo de parto. Nos recuerda J. L. Urruela (Okondo) que “Meltxora Linaza Isusi, si mal no recuerdo, fue la única persona de la cual se tiene constancia fehaciente de que naciese bajo el roble. Era tía de mi aita, Juan Urruela y nació el 24 de febrero de 1886“.

Son historias que nos repetirán sin titubear los ancianos del lugar, rituales que por razones cronológicas, ninguno ha presenciado pero todos han heredado. Es tan conocido en el valle que durante algunos años incluso se llegó a hacer en torno al árbol una pequeña fiesta, una especie de basaratuste o kanporamartxo en la que se comía tocino asado, regado con buen vino y mejor txakolin. Con txistu y aurresku bailado al árbol. Algo, dicen, memorable.

Cosas de la vida, aquel terreno pasó de ser público a privado. Y, viendo que poco importaban ya aquellas patrañas de viejos, hace quince años cortaron a motosierra los robustos brazos del mítico roble, para que agonizase hasta su indefectible muerte. Y dicen que allí quedó llorando, inválido, humillado, amargada la savia que fluía por su alma

Pero no contaban aquellos insensatos con que el roble de Atxondo era la fertilidad en estado puro. Y, cual ave fénix, se obró el milagro e hizo rebrotar nuevos vástagos que hoy señalan su verde presencia dos semanas antes que cualquier otro roble del bosque. Igual que en los últimos siglos.

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Como cada año, hace un par de semanas que entre los okondoarras ya se cruzaron el consabido aviso: “Ya se ha jodido el invierno: ya es primavera. Ya está verde el árbol de Atxondo”.

A mí también me lo dijo el otro día un conocido lugareño, exultante con la buena nueva, reubicando su txapela, frotándosela en un movimiento circular. Se le notaba dichoso, afortunado por ser testigo de todo ello un año más.

Mi visita acabó además del mejor modo posible: al lado de un fuego bajo, con unas alubias y unas patas de cerdo en “el mesón” del lugar. Únicas también en toda Euskal Herria, como su roble.

Así es que, sin que nadie se ofenda, no me vengáis con celebraciones ni cuentos de que hoy ha empezado la primavera. Y encima un lunes… ¡Anda ya!