125 años de la tercera ermita de San Juan

Casualmente en este año en que no hay celebración alguna, cumple 125 años la ermita de San Juan, en Larrazabal (Laudio): 1895-2020. Y, hablando con propiedad, debiéramos decir que los cumple «la tercera ermita» pues es así. Por ello vamos a hurgar un poco en su historia.

Pero antes de avanzar, me gustaría recordar la denominación de «ermita de San Juan Astobizaco» (en euskera sería San Joan Astobitzako) que usaban los más mayores del lugar, en referencia sin duda al entorno de la primera ermita.

Imagen de la ermita en 1986, con varios caseríos al fondo

LA PRIMERA ERMITA. Nada sabemos de su origen pero todo parece indicar que en origen se trataba de un templo medieval. Lo sospechamos por la advocación elegida, por las referencias a imágenes de santos que en un momento dado se hacen desaparecer por anticuadas, por el saber de la existencia de una comunidad aldeana en el lugar: es Pedro de Goiriçabalen (un caserío del lugar) el representante máximo municipal, el que solicita a los Reyes Católicos la integración de Laudio en Álava en 1492.

También la memoria popular nos recuerda que estaba ubicada donde se encuentra el chalet del antiguo propietario del almacén de gas cercano, próximo al antiguo caserío de Astobitza, cuya referencia quedaría en la antigua denominación de la ermita, «San Juan Astobizaco» (San Joan Astobitzako).

La primera constancia documental que disponemos de ella es mucho más tardía, de 1704, aunque es probable que entre el supuesto origen en la Edad Media y esa fecha se fuese renovando el edificio. La primera noticia se la debemos a la realización de unas importantes reparaciones de cantería en el edificio, por su mal estado. A pesar de ello, no debieron ser muy efectivas ya que un par de décadas después, en 1723, se dice que la ermita se encuentra «ruynosa y maltratada».

La ermita se componía del templo religioso y de «…una casa, con unas pocas heredades y castaños… » (1791). Al igual que sucedía en otras ermitas, la casa se alquilaba al ermitaño o mayordomo de la misma y siendo éste el encargado de coordinar las reparaciones, controlar las cuentas, etc. Además se le arrendaban seis ovejas pertenecientes a la ermita –hasta la mitad del XVIII fueron doce pero la mitad murieron a consecuencia de un duro invierno y no fueron repuestas–, costumbre que duró hasta el último cuarto de dicho siglo.

El pastor Vicente Urquijo (qepd) en 1986. La primera ermita conocida constaba de el templo en sí, una casa, unas heredades y castaños así como una docena de ovejas por las que que ermitaño había de pagar una renta en Todos los Santos.

Los pagos de las rentas por el disfrute de la casa con sus posesiones y ovejas se abonaban el día de Todos los Santos, yendo el dinero a parar a una bolsa en la que se guardaban los capitales. El pequeño saco se custodiaba, junto a los de las otras ermitas, en «el arca de tres llaves» que estaba en la sacristía de la parroquia principal del municipio: la de San Pedro de Lamuza. Una llave la tenía el alcalde, otra el sacerdote y otra el beneficiado —un grado eclesiástico inferior al sacerdote— más antiguo y debía abrirse el arcón en presencia de los tres, para evitar los muchos robos y excesos en los gastos que se habían dado antes de la existencia de esa caja de caudales.

Anualmente se celebraban en dicha ermita las fiestas de San Juan Bautista y San Lorenzo y se componía de tres altares, siendo el tercero de ellos para una imagen de Santa Isabel. No sería de extrañar que se tratasen de imágenes medievales.

LA SEGUNDA ERMITA. Siendo tan ruinoso su estado, deciden los feligreses del lugar construir una ermita de nueva planta, ya que iba a costar menos que reparar la antigua y, probablemente, porque necesitarían ampliar su capacidad ya que se han producido grandes crecimientos demográficos.

La segunda ermita se ubicaba en el actual almacén de gas, próxima a la primera y desde donde acarreaban algunos materiales re aprovechados. La gente mayor del lugar aún recuerda la ubicación de ambos templos por la gran cantidad de teja que aparecía en ambos enclaves cuando lo sembraban con trigo.

En su construcción se reutilizan los materiales «…llevados a dicha ermita para la obra nueva (…) por haberse demolido…». Claro está, cuentan además con «…la licencia de demoler la ermita vieja y hacer nueva» (ambas citas de 1765). A excepción de los gastos por los permisos, los trabajos profesionales y las doce jornadas de acarreo de una pareja de bueyes, el resto del derribo se da por pagado con un «…pellejo de vino que bebieron las más de cincuenta personas que sin jornal asistieron el trece de junio a demoler dicha ermita».

Por fin, tras varios años de obras, se bendice el nuevo templo en 1787. Todo indica, sin embargo, que en dicho período intermedio conviven los dos edificios, el supuestamente demolido y la nueva construcción. Así parece desprenderse de citas que, hablando de la ermita existente como de un templo con funcionamiento normal, hacen referencia a «…la nueva obra que se ha comenzado» (1766) o trata de «…de la otra comenzada» (1767). Es más, faltándole aún dos décadas para ser finalizada se celebran sin embargo, cada año y puntualmente, las festividades de San Juan y San Lorenzo. Por ello podría pensarse que la documentada demolición de la primera no fuese total.

Pero estamos ya inmersos en la segunda mitad del siglo XVIII, una época de auténtico azote para muchas de nuestras ermitas. Es por ello por lo que gran parte de las actualmente desaparecidas lo hacen en este período.

La razón es que la Iglesia ha tomado la firme decisión de gestionar todo su patrimonio de una manera más eficaz y moderna. Pretende reducir el número de pequeños templos que no le resultan demasiado rentables o que no disponen unas condiciones mínimas como para poder ser considerados como casas dignas de Dios. Apuesta ya por la concentración en templos principales y no por la atomización de la labor pastoral.

Quizá por ello, inmersos en un cierto ambiente de desilusión, la ermita deja de renovar el pequeño rebaño de ovejas que arrienda anualmente como fuente de ingresos. Así lo refleja el apunte de 1776 que dice que «…seis ovejas que tenía la otra ermita, pero por haber perecido no se cargan en adelante». También se ve obligada a sacar a remate –subasta– por primera vez, varias entresacas y esquilmos de los árboles que posee (1786).

Parece sin embargo que gracias a las aportaciones de los feligreses y a este tipo de ingresos adicionales se consigue superar un período tan devastador para nuestros templos rurales. Logra incluso remozarse –como hemos apuntado una de las nuevas exigencias era presentar los templos con un mínimo de decencia y dignidad– y pagar en 1787 una considerable cantidad de dinero por hacer un nuevo retablo, instalar una lámpara, etc.

Es aquí cuando parecen ser destruidas las imágenes antiguas de la ermita –con probabilidad medievales– de San Juan, Santa Isabel y San Lorenzo, quizá siguiendo las recomendaciones que los visitadores enviados por los obispados hacían por estas fechas: trocear y enterrar aquellas tallas que, por su aspecto antiguo, eran consideradas como «figuras indecentes». Desgraciadamente para nuestro patrimonio, ésos fueron los drásticos gustos de la época.

Imagen de San Juan, titular de la ermita. En realidad, era una talla rechazada en la parroquia principal del valle, que estaba renovando su retablo. La consideraron demasiado rebuscada por lo que se reaprovechó en la ermita de San Juan. Así desaparecieron las antiguas imágenes de San Juan, Santa Isabel y Santiago, dejando de celebrarse la fiesta de este último a partir de entonces.

Ya en el nuevo retablo, tan solo reponen la imagen del titular, San Juan Bautista. Y por no contar ya con un elemento identificador, desaparece el hasta entonces tradicional culto a San Lorenzo, no constando el gasto de sus misas en las cuentas de aquí en adelante.

LA IMAGEN DE SAN JUAN. La imagen de San Juan que hoy se venera es en realidad una talla que se rechaza en el templo parroquial principal del valle que, en torno a 1787 se encuentra sustituyendo su retablo. Se ordena repetir y, la de inferior categoría la compra por 220 reales un sacerdote de Larrazabal, Fernando de Orue, para ponerla en la ermita de San Juan Astobitzako. Es el motivo, como hemos dicho, de que desaparezcan las imágenes originales, de mayor interés en la actualidad pero poco apreciadas en su momento por su estética desfasada.

LA ERMITA ACTUAL. Pasan cien años sin que se anoten cuentas de la ermita por lo que suponemos que fue castigada por las sucesivas guerras. También desaparecen para siempre las referencias a la casa anexa.

Plano para la edificación de la nueva y última ermita, elaborado por su promotor Gerónimo Ibárrola.

Entonces aparecerá en escena un interesante personaje, Gerónimo Ibárrola que comienza el nuevo libro de cuentas presentándose como «…primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Llodio, y propietario de la Cuadrilla de Larrázabal… » para seguir exponiendo «que en la mencionada cuadrilla existe una ermita dedicada a San Juan Bautista, a cuyo santo desde tiempo muy remoto tributan devoción especial los vecinos de la Cuadrilla. Su estado ruinoso y el mal punto donde estaba colocada debían producir muy en breve la desaparición de la ermita». Un espacio de tiempo tan largo y rasgado además por tres grandes guerras debió suponer un abandono casi total de la ermita y, al parecer, sus consecuencias eran patentes.

Por otro lado y valiéndonos ya de la transmisión oral, la mayoría de los informantes recuerda que la antigua ermita se encontraba en un terreno especialmente arcilloso e inestable. Se comenta que, al parecer, hubo un corrimiento de tierras que derribó parte de la ya maltrecha ermita.

Ante esta situación, el beato Gerónimo Ibarrola –que posteriormente llegará a ser Alcalde de Laudio– remueve la conciencia de los vecinos y se revela ante la inevitable desaparición del templete. Según describe él mismo en la misiva que dirige en 1894 al Obispado, para evitar la desaparición definitiva de la ermita, acordaron entre los vecinos «…abrir una suscripción (…) de la que han reunido fondos para construirla de nueva planta aprovechando los materiales de la antigua» (1894).

Según nos recuerdan sus familiares Gerónimo [en realidad debiera ser Jerónimo pero respetamos la grafía que él usaba] era una persona culta, extremadamente recta y aún más devota. Su soltería hizo que se volcase de una manera más obsesiva de lo normal con sus dos grandes pasiones: la política y la religión.

Elaboró incluso un plano-boceto de cómo debían ser la planta y fachada de la nueva obra. Supo, además, ilusionar e implicar en el proyecto a la práctica totalidad de los vecinos. Así, aquellos que no trabajaron directamente en la obra, aportaron árboles con los que conseguir el maderamen necesario para la edificación. También cuentan con pasión los hermanos Juan José y Antonio Arregi cómo oyeron contar a sus mayores que las losas de piedra para el nuevo pórtico las bajaron con bueyes desde la cumbre el monte Pagolar, con un esfuerzo titánico pero necesario, ya que sólo allí existían piedras alargadas, grandes y lisas.

Hasta el año 1969 la campa de la ermita estaba en pendiente como puede apreciarse en esta retrospectiva. La imagen está tomada desde el carrejo para juego de bolos que completaba el lugar

Tomaron parte en los trabajos como voluntarios tanto vecinos de Larrazabal como de Markuartu. Aún no existía como tal el barrio más populoso actual, el de Landaluze, también muy ligado a la ermita y su fiesta.

Desde 1970 una cofradía se congrega en torno a una comida en el pórtico de la ermita cada domingo posterior al día de San Juan

LA LEYENDA. La elección de la ubicación para la tercera y actual ermita se debió, según comenta su familia, a contar con un suelo más estable que el anterior y por encontrarse más próxima al antiguo cruce de caminos que se dividían para acceder a las caserías más importantes del barrio. Casualmente, el cruce estaba presidido por un gran roble, de nombre Guzurraretx ‘el roble de las mentiras’ y en cuya memoria se plantó en 2019 un retoño del Árbol de Gernika.

Pero aquel cambio de ubicación incomodaría a más de un beato, feligrés u opositor político de Gerónimo. Por ello, por justificar el cambio, crearon e hicieron correr una leyenda que justificaba la actuación y evitaba suspicacias.

Así, cuenta la leyenda local que la imagen del santo aparecía cada mañana en el lugar de la ubicación actual. Durante el día lo retornaban a su casa –la ermita vieja– pero a la noche volvía a desplazarse hasta el lugar actual. Se interpretó que aquel misterio era un deseo de San Juan y ello fue razón suficiente como para no poner en tela de juicio que la nueva ermita debía edificarse donde está hoy.

A finales de los 90 la ermita fue sometida a una desastrosa rehabilitación que modificó sus fachadas y, entre otras, perdió para siempre l retablos del siglo XVIII

SAN JUAN TIENE NOVIA. Sea como fuere, la cuestión es que hace 125 años, en 1895, se bendice el nuevo templo y parece así darse por cumplido el sueño de Gerónimo. Probablemente ya estaba convencido de ser meritorio de las glorias del cielo. Falleció en 1911. Pero quizá en sus últimas horas de vida sacase las fuerzas suficientes como para convencer a su hermano Fernando —lo eran tan sólo por parte de padre— de la necesidad de colocar a Santa Eulalia de Goienuri (otro barrio de Laudio) en el hueco que quedaba vacío en el nuevo retablo; así podría explicarse la extravagancia cometida por aquel forzudo Fernando al robar la imagen en una noche de luna llena cuando contaba con… ¡¡casi sesenta años!! Se dice que aquella rocambolesca acción se llevó a cabo en torno a 1920. Desde entonces, durante todo este siglo, se dice que San Juan tiene pareja. Así lo recogió el compositor local Ruperto Urkijo Maruri (1875-1970), en una de sus canciones populares: «Bárbaros larrasabaleros [en referencia al barrio de Larrazabal en donde se encuentra San Juan Astobitzako] / que habéis querido casar / Santaloriaga [denominación popular local de Santa Eulalia] gloriosa / con el patriarca San Juan».

Si es que precisamente amor es lo que nunca ha faltado en ese dichoso lugar… que se lo pregunten a San Juan y Santa Eulalia…

Reverencia solar en Gordexola

Aquel extraño sol que me sobrecogió. La imagen, con móvil, es mala; el instante, grandioso

Desde que se me apareció aquel sol, no he podido quitármelo de la cabeza. Será casualidad, será algo realmente excepcional… la cuestión es que hoy a la tarde (lunes 25) me he visto en la necesidad de peregrinar a ese lugar del que tanto he oído hablar y que aún no conocía: Berbikiz, donde se celebra la fiesta de las fiestas, San Cosme y San Damián de Gordexola.

He acudido en su víspera, cuando todo el mundo andaba subiendo cajas de comidas y bebidas a las txosnas. Diríamos que casi son «chalets» en los que se reúnen los grupos festivos y que inundan el lugar. Y mañana que sea lo que los hermanos médicos quieran. Porque siendo el titular del templo San Pedro, los que se llevan el gato al agua son esos hermanos, Cosme y Damián, los patrones de médicos, cirujanos… que flanquean en el altar al santo principal.

Charlando aquí y allá, me han hablado hoy de romeros para cuyo infortunio estaba reservado un cementerio pegante al templo. O de las criaturas malparidas de jóvenes santanderinas que acudían hasta aquí para que, por su vizcainía, sus hijos no se viesen obligados a acudir a las guerras. O del cambio de fecha del 27 de septiembre antiguo al 26 actual para –dicen, sin que tenga en realidad que ver– que no se rememorase año tras año el fusilamiento en ese día de Txiki y Otaegi, tan injustos mártires como los patronos de la jornada. Y del árbol de las juntas de concejos y de la inexcusable mesa en el pórtico. Y de la casa tan angustiosamente pegada a la fachada principal del templo, antigua taberna, aliviadero de extenuantes peregrinajes.

Por no hablar del paraje de Romarate, la última pendiente antes de llegar al venerable lugar, interpretado en otras épocas como “Erromara ate” ‘la puerta a Roma’, “erromero ate” ‘la puerta de los romeros’, un lugar en el que había que redoblar la mortificación del cuerpo, siempre tan cargado de pecados. Más de un ¡ay!  de dolor se habrían ahorrado si se hubieran percatado aquellos meapilas que era en realidad “erromara-ate” ‘la puerta de la barrera’, denominación usada en cancelas de accesos a pastos, sembrados, etc. y que en mi entorno conocemos como lata y en otras latitudes como langa.

Pero dejémonos de ruidos y bullangas que llenarán el esperado 26, mañana, todo ese paraje. Prefiero quedarme en la intimidad de la soledad, el silencio, la oscuridad para gozar de nuevo rememorando la imagen que me conmovió el año pasado, cuando un sol más esplendoroso que nunca se abrió paso entre las nubes del lugar. Fue un instante mágico.

Cito, textual, lo que publiqué en las redes aquel día, agolpando letras. Sobresaltado, cansado y lleno de emociones. Las imágenes del momento en cuestión son hechas con un móvil, de mala calidad. Pero tienen hechizo, fascinan… Qué más da si es otro milagro más en ese bendito rincón de Gordexola. Ahí os va:

«26 de septiembre. SAN COSME Y SAN DAMIÁN. HOY ME HA PILLADO EL TORO. Y me refiero al horario, no a las vaquillas y mastines que tanto me han acosado en el camino. Por otros quehaceres he empezado a andar una ruta de montaña por Miñaur, Aguilatos, etc., en la parte trasera del monte Gallarraga, saliendo a las 18:00 h. Y he ido todo angustiado, apretando de lo lindo, porque sabía que en el último tramo se me iba a hacer de noche. Se mascaba la tragedia…

REVERENCIA SOLAR. De repente, en plena tensión, en el final de la ruta, mientras al otro lado veía ya las farolas de Laudio encendidas, la oscuridad del cielo plomizo se ha rasgado y ha mostrado un sol reverente, considerado, dadivoso, sobre la zona de Berbikiz (Gordexola) en donde hoy celebran la festividad de San Cosme y San Damián. Ha querido así mostrar el astro solar su satisfacción a los humanos que, ya de noche, echaban los últimos cohetes que podía escuchar bien claro desde mi monte. Y he hecho una foto a aquel sol irrepetible para mostrárosla y, de paso, escribir unas líneas.

Momento en que el sol rasgó el cielo sobre la fiesta

SAN COSME Y SAN DAMIÁN. En realidad se trata de la ermita o, mejor dicho, santuario de San Juan de Berbikiz, en Gordexola. Pero su celebración principal se hace en torno a dos santos secundarios en el altar, San Cosme y San Damián que, según cuentan las fábulas o las historias adornadas, fueron asesinados un día como hoy por no renunciar al cristianismo. Mártires por tanto.

Hoy en día, desde varias jornadas más atrás, ingentes cantidades de persona ocupan unas txosnas privadas, decoradas hasta la exquisitez y en las que pasan las fiestas en cuadrillas. Para hacernos una idea, es un estilo al Rocío pero en Bizkaia. Algo muy concurrido y celebrado.

Pero el lugar en cuestión, apartado en la montaña, había sido desde mucho más atrás un foco de atracción y de peregrinación romera. Fue antiguamente lugar de enterramientos y también el sitio de las arcaicas juntas de los hidalgos del municipio. Quizá por ahí haya que buscar su gran fama, que superaba antaño los límites de lo local: gentes de Salcedo, Sodupe, Gueñes, Galdames, Zalla, Sopuerta, Barakaldo, Muskiz, Okondo y Laudio entre otros eran asiduas a su fiesta.

LUGAR MILAGROSO. Y es que, bajo el cántico de unos “gozos” que decían “Pues sois delante de Dios / abogados poderosos / sed nuestros intercesores / Oh Cosme y Damián gloriosos” y con una misa específica para los enfermos se obraban allí milagros de curación de enfermos. Y así lo atestiguaban la cantidad de exvotos (fotografías, cachavas, vendas…) que hasta hace unas décadas se exhibían en el interior. Y, claro, con esos milagros que todo el mundo había escuchado aunque nadie visto, las donaciones para el templo eran desorbitadas comparadas con otros lugares de culto. Sin duda, había mucha picaresca clerical detrás de todo ello.

En cualquier caso, era tan gran la devoción que hasta hace medio siglo era habitual ver a algunos romeros caminar hacia la ermita descalzos, pidiendo la intercesión de los santos para sanar a algún familiar o amigo.

Ya sé que todo ello es una tontería más de esas que no interesan a nadie… Pero mirad la foto de la puesta del sol sobre San Cosme… tan prodigiosa que me he visto en la obligación de aportar estas notas, porque hasta parece un mandato del mismo Cielo. Un mandato que cumplo aquí y ahora. Aunque sea para reactivar el recuerdo de algún aitite o amama que lo lea. Un saludo y buenas noches, que estoy reventado con la caminata apresurada».

 

 

A candela encendida

Anoche fui un comensal más en la más sugerente y mágica de las cenas que uno pueda imaginarse. No por el menú o el ambiente, que también fueron inmejorables, sino por poder gozar de un cúmulo de costumbres ancestrales que, a modo de fósiles, han resistido excepcionalmente al paso de tiempo allí arriba, en la ermita de San Antón, encaramada en las nevadas laderas de Gorbeia. Acudí solo, casi de incógnito, rodeado de gente que no conocía, para así poder vivir en toda su intensidad el ritual que allí se esperaba. Noche inclemente y con la constante amenaza de nieve por lo que, para mi fortuna, acudió menos gente de lo habitual.

Fue en el barrio más alto de Baranbio, aquel al que los últimos euskaldunes locales denominaban Baranbiogoi. Una aldea que se mece entre los inconmensurables bosques de Altube y las gélidas laderas de Arna, en Gorbeia, sujetando como puede toda la riqueza etnográfica, histórica y arquitectónica que ha heredado, para que no se derrumbe para siempre.

Por ello, por estar tan olvidados en aquel paraje, los poquísimos vecinos de Baranbiogoi viven con más pasión si cabe los rituales de su ermita, dedicada a San Antón, el patrón de los animales como bien sabemos. Porque es la fecha principal de su calendario y porque saben que el año que no lo repitan, se habrá deshumanizado para siempre aquel altivo y frío enclave. Así es que, este año una vez más, motivados de modo instintivo, han repetido la costumbre que, asegura el sacerdote, data al menos del siglo XVIII. Y allí estaba yo, dando fe.

Tras degustar una cena elaborada entre varios vecinos y que se come dentro de la misma ermita, llegó lo más extraordinario del festejo, lo que iba buscando.

Ardo beroa, postura egiten dutenei emateko

En el pórtico y en lo más cerrado de la noche, una vez elevados los ánimos con la ingesta previa, el alcalde pedáneo Jesús Mari Bernaola se vistió con una blusa tradicional y con la obligada txapela para dar comienzo a la puja de los lotes que las familias del barrio aportan y con la que pretenden sacar algún dinero para mantener la ermita durante el ejercicio siguiente. Estos dos últimos años se alterna en la labor con una vitoreada neska local llamada Karmele y que es en las que todos los vecinos depositan las esperanzas de continuidad de la tradición.

Lotes de patas u orejas de cerdo desfilaron uno por uno junto a cazuelas listas para comer, añadidas botellas de vino y algún que otro gallo o capón que nunca faltan. Y los asistentes, siguiendo la tradición, pujan por ellos, envueltos por una nebulosa de alcohol, pasión y fervor. Las adjudicaciones se llevan a cabo siguiendo el antiguo procedimiento de las pujas “a candela encendida”, sin duda lo más interesante y excepcional del acto.

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Jose Mari y Karmele, en plena puja o remate

Para quien lo desconozca, los remates a candela encendida fueron el modo en el que se adjudicaban la mayoría de las contratas, generalmente de servicio público, como la ejecución de obras, el suministro de provisiones, etc. en todos nuestros pueblos, un método que una y otra vez nos aflora en la documentación histórica. Este modo de remate o puja tan entrañablemente nuestro desapareció desde que lo prohibiera la Ley de Enjuiciamiento Civil en 1881.

Pero allí, en Baranbiogoi hizo su reaparición ayer, una vez más, 136 años después de aquel precepto derogatorio. En la más sugerente clandestinidad y encubierto por la noche y lo remoto del enclave.

Consiste en dar a conocer a todos los asistentes el lote por el que se va a pujar a continuación y del que se da el precio de salida que antes han acordado en una especie de tasación. Y… comienza la magia en el preciso instante en que se prende una cerilla o mixto que será seguida de otras dos más. Siempre en conjuntos de tres. Mientras sujeta la cerilla, el subastero va incitando a los presentes para que aparten ese día la sensatez y que se entreguen a la locura de una buena causa. La más alta puja que se haya realizado al consumirse la tercera cerilla es la que se lleva el lote. Pero, por añadir algo más de emoción, si se hubiese producido una puja en la tercera de las cerillas, se prenden otras tres, para dar opción a rematar a quien esté indeciso. Así indefinidamente hasta que una tercera cerilla se consuma sin postura alguna.

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A cada oferta, que se proclama en voz alta, el alcalde contesta con un simpático “ardaoa!” o “¡vino!”. Raudo acuden a donde el o la pujadora con un vaso de vino cocido (o mosto para quien no pueda beber alcohol) que han de ingerir. Así, según avanza la noche, los ánimos están cada vez más eufóricos y los bolsillos más desprendidos. Y, como si fuese niebla rampante, van apareciendo las generosas ofertas. Doy por hecho que en tantos años habrá habido en las mañanas siguientes más de un dolor de cabeza y arrepentimiento por lo excesivo de lo pagado. Pero es así la costumbre y se repetirá año tras año sin que nadie la ponga en tela de juicio.

Por lo que a mí respecta, pasada la media noche abandoné el lugar con todo el sigilo que me fue posible, sin ni siquiera despedirme, no queriendo interferir en el desarrollo del acto que era de sus vecinos y que se prolonga hasta altas horas. Borracho yo también, aunque de emoción, totalmente exaltado por lo que acababa de vivir, me lancé cuesta abajo por aquellas carreterillas que sin pudor alguno y con toda la pendiente posible buscan el valle principal que duerme a sus pies, aquel que, al enlazar con la carretera que baja de Altube me devolvió a la normalidad, a la realidad.

Hoy todavía me froto los ojos y me pregunto si no habrá sido un sueño el hacer presenciado allí arriba un remate a candela encendida, aquel método de subastas que fue tan común en nuestro país pero que desapareció de entre nosotros hace más de un siglo. Frío, fuego, vino, griterío y aquellas cerillas… aquellas cerillas que me volvieron loco de alegría por el simple hecho de haberlas visto encenderse allí una vez más.

Mila esker, bihotz-bihotzez han izan zineten guztiei, bereziki Jesus Mari Bernaolari eta Leire Lusarretari. Hurrengo urtera arte.

 

Sexo, ermitas y rock and roll: San Lorenzo de Luiaondo

= «EL CHIQUI-CHIQUI MOLA MOGOLLÓN» =
Cuando hace casi 23 años vine a Luiaondo (nací y hasta entonces viví en el cercano Laudio) aún resonaba mucho aquello de que hasta hacía bien poco había sido un pueblo con los cascos más bien ligeros en lo que a aventuras sexuales extramatrimoniales se refiere. Me lo contaban los mismos vecinos. Al parecer, algunos años atrás se le daba al roce de lo lindo y no quedaba prácticamente orificio sin tapar. «Al parecer» digo, porque yo no lo he visto, porque doy por hecho que tenían mucho de habladurías y porque no sé hasta qué punto muchas de esas leyendas locales fueron bulos malintencionados de vecinos envidiosos o de mentes depravadas por su puritanismo (estos dos conceptos, opuestos en principio, son curiosamente compatibles entre sí).

También ayudaría la existencia de aquel legendario puticlub de los 80, «El nido», el único de la comarca y en el que alimentaban la leyenda aquellos infieles tan desdichados que no tenían arte suficiente como para pillar cacho fuera del matrimonio sin pagar. Unos fracasados, vamos…

Sea como fuere, todo parece indicar que, efectivamente, en Luiaondo se follaba de lo lindo o, al menos, con más entusiasmo y afán que en los pueblos próximos. Y no parece que era cosa de hace cuatro días no, que en esto de la jodienda «a lo suelto» la Historia nos indica que en Luiaondo han sido diestros desde siglos atrás.

= LUIAONDO, PUEBLO DE CAMINO =
Luiaondo es una población surgida para dar servicio al gran camino que desde Castilla buscaba la salida al mar por Bilbao. Un camino en el que se topaban la vida y la muerte, el negocio y la ruina, la opulencia y la necesidad.

La más antigua documentación ya nos habla del trajín incesante de arrieros, soldados, mulas cargadas con sacas, carros chirriantes o pordioseros (gente que vivía de la caridad, «por Dios»). Tanto que hasta había un hospital para transeúntes necesitados. O que, por efectos prácticos, se trató de reubicar la cárcel de la Tierra de Ayala que estaba en Amurrio (torre de Mendixur) a Luiaondo, alegando que éste era «lugar muy poblado, de doscientos vecinos, muy proveído y abastecido y muy frecuentado por gentes, donde vivían y habitaban escribanos, en el camino real y pasajeros de la villa de Bilbao y otras partes del Señorío».

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= PROSTITUCIÓN Y LUJURIA =
Y como en donde se corta el pan siempre caen migas, no es de extrañar que con tanta afluencia de viajeros extraños, alguna desdichada ejerciese el oficio que se presupone más antiguo del mundo. Hasta la titular de la parroquia del pueblo parece estar elegida a posta: Santa María Magdalena, teóricamente patrona de las «prostitutas arrepentidas»; aunque probablemente frente a su figura, más que orar, llorarían desconsoladas unas pobres chavalas, forzadas a hacer algo repulsivo para poder sacar adelante su miserable vida.

No es nada nuevo eso de la venta de sexo en las grandes rutas comerciales: algo similar a todos esos siniestros clubs instalados en los bordes de nuestras principales carreteras. Pero, sin duda, en otros muchos casos, esos cambios de pareja y cruces no serían con interés económico sino por pura «afición y devoción». Por dar un poco de alegría al cuerpo.

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= POBRES VIUDAS JÓVENES =
Si no, difícilmente podría entenderse la contundencia del edicto emitido por el alcalde de Ayala en 1848, de aplicación en Luiaondo, y en el que para evitar males mayores dictamina «…que no permitan vivir en bodegas y pisos bajos a mozas solteras o viudas que no tengan cuarenta años». Un alcalde aguafiestas, se mire como se mire…

Sólo permitía vivir en esas circunstancias a aquellas mozas o viudas jóvenes que estuviesen con sus respectivas familias o sirviendo en una familia «respetable». Parece que a las de más de cuarenta años ya se les había perdido esa lozanía que las hacía tan peligrosas y quedaban «fuera de la ley» por falta de interés. Pues eso: que las chicas a las que les afectaba la norma, al margen de que se cepillasen a todo bicho viviente o que fuesen las más recatadas y meapilas del lugar, sin distinción, sufrirían las «penas de ser expulsadas de la tierra como perjudiciales a las buenas costumbres…». Pobres muchachas, pobres mujeres: sexo para dos, castigo para una. Siempre… Una vez más…

= CON MUJERES «DE LUYANDO» =
Asfixiada por la libidinosa atmósfera de este pueblo, desesperaba la laudioarra María Teresa de Urquijo cuando en 1777 era incapaz de contener el ímpetu desaforado de su infiel marido, totalmente entregado a la lujuria “…con mujeres de Luyando…” tal y como declara ella. Tanto que lo denuncia. Con mujeres de Luyando… no había lugar en el mundo más atractivo para los sinvergüenzas y los aficionados al amor libre.

Con este ambiente tan subido de tono, no es de extrañar que las autoridades civiles y eclesiásticas del pueblo anduviesen de cabeza para poder controlar a aquella panda de salidos que no parecía pensar en más que en darle al fornicio en cuanto tenían ocasión. Intentaban vigilar y controlar cada rincón y situación para que no se descarriase ningún alma más y que se actuase siempre guardando la moralidad. En el pueblo era relativamente fácil la supervisión pero en las romerías de las ermitas, ayudados por la oscuridad y el bosque, aquello era misión imposible.

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= HAY QUE DERRIBAR LA ERMITA DE SAN LORENTZO =
El caso más emblemático es el de la romería de San Lorenzo, en un idílico paraje en el monte y en el que cada 10 de agosto jóvenes de ambos sexos se encontraban y daban inicio en muchas ocasiones a una bella historia de amor. Y por eso odiaban tanto los curas esa ermita y romería: porque no la podían controlar; y por eso amaban los luiaondoarras tanto esa ermita y romería: porque escapaba al control absolutista y enfermizo el clero, convirtiéndose en un enclave idealizado de libertad. Y, no lo olvidemos, de amor…

Decían las autoridades eclesiásticas que la ermita de San Lorenzo estaba «…en terreno despoblado y fragoso…» y que por ello las romerías de cada 10 de agosto atentaban contra «…la moralidad y buenas costumbres…». O sea, que el que no corría con los pantalones caídos volaba con las faldas levantadas.

No sabemos si esas percepciones eran fruto de las calenturientas mentes sacerdotales o que realmente allí se jugaba al hinque más de la media. Pero la cuestión parece tan insostenible que en 1789 los sacerdotes plantean la demolición de la ermita para, muerto el perro, acabar con la rabia. Pero el pueblo lo rechazó de plano y hubo numerosos y serios desencuentros, una auténtica revolución social: defendieron su ermita y romería a capa y espada y el clero hubo de comulgar con sus propias ruedas de molino. La ermita sigue allí en pie 227 años después.

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= A PEDRADA LIMPIA =
En otra ocasión, casi sesenta años después (en 1848), las autoridades locales habían impuesto un toque de queda con motivo de las guerras carlistas. Pero algunos se negaron a cumplir la orden en el día de la romería y estuvieron hasta que les vino en gana. Y se generó tanta tensión que hasta algunos exaltados, amparados por la más cerrada oscuridad, atentaron contra los cargos electos (montanero y regidor, equivalente al alcalde actual), emboscándolos y apedreándolos de lo lindo «…a las doce o más de la misma noche…» contraviniendo aún más la orden dictada «…a fin de que no saliesen a la calle después de una hora regular…». No pudieron identificar a los fiesteros agresores por lo que la rabia y agravio aún fue mayor para los que habían impuesto la norma.

= 10 DE AGOSTO, ROMERÍA DE SAN LORENZO =
Jamás se ha podido ni se puede contra esta celebración que los luiaondoarras sienten por encima de todo. Y el 10 de agosto se celebrará un año más la romería de San Lorenzo en aquel bello rincón, la fiesta más importante del año. Y un año más el pueblo quedará totalmente deshabitado porque toda la población acudirá en masa. Porque siempre ha sido así…

Nadie sabe ya de aquellas viejas historias pero sí es cierto que se tiene muy-muy interiorizada la fecha de esa romería que se espera con ansia todo el año. Y desde la mañana hasta altas horas de la noche habrá gente allí, en medio de la nada, haciendo lo que a cada uno le plazca pero eso sí: todo en exceso.

Ahora ya nada es lo que era. Y al igual que desparecieron de Luiaondo los carros de lana de sus caminos, también lo hicieron aquellas jóvenes de respetable ocupación. Dicen que en esta población del siglo XXI se folla menos que antes pero se jode como nunca (a los vecinos, compañeros de trabajo, etc.). Tampoco hay prostitución pero los raros y envidiosos «putean» al prójimo como en todo el resto del mundo.

Debe ser que otra vez no me ha tocado porque a mí todos me tratan de maravilla y vivo plenamente feliz. Y respecto a lo otro, al roce, cuando y como se puede, sin penas ni glorias. Pero desde luego que con menos esplendor que en aquellas épocas doradas para la lujuria. Salud y no os quedéis sin acudir a la romería: igual hasta pilláis…

San Lorentzo