La trágica leyenda de Aranekoarri

 

No en todas partes es dichosa la Navidad. No al menos en las aldeas que circundan la montaña de Gorbeia. Porque, por mucho que se reúna la familia, que la mesa rebose de las más suculentas delicias, por grande que sea el alboroto… siempre habrá alguien que mencione el caso de la desdichada chica de Arane. Y de inmediato dejarán de sonar los villancicos y las miradas se tornarán al suelo, humilladas, impotentes ante la historia navideña más cruel que se recuerda. Porque en pueblos como Orozko, Zeberio, Zuia, Baranbio… no hay hogar en el que no se hable de aquella joven y su desdichado final.

Y es cierto. Porque cada invierno, cíclicamente, renace la leyenda de Aranekoarri, siempre cabalgando a lomos de los helados vientos que zarandean aquellas desoladas laderas de Gorbeia. Y todo pastor o baserritarra de cierta edad se la contará irremediablemente a sus hijos y nietos. Obsesivamente, instintivamente. Porque saben que no habría mayor desdicha en el mundo que la de que se perdiese la memoria, el recuerdo de aquella pobre chavala.

LA LEYENDA
Dice la leyenda popular —”popular” en las dos acepciones del término— que una joven muchacha vecina del caserío Arana (“Arane” en la dicción moderna), acuciada por la miserable economía de su familia, servía como criada en una gran casa de Murgia (Zuia, Araba). Siendo como eran las Navidades, sus amos le dieron un permiso especial para que abandonase sus labores y fuese a pasar las fiestas con sus ancianos y desvalidos padres. Éstos la esperaban, añorantes, en la elevada casería de Arana (Orozko, Bizkaia).

Como en aquellas épocas aún no existían ni diligencias ni otro tipo de transportes, se le ocurrió atajar por el macizo de Gorbeia, con la ilusión de ganar unas horas y así poder estar más tiempo con sus seres queridos.

De Murgia y por Sarria arriba, siguió el río hasta la zona de Arlobi. Y a continuación hasta el cruce de Katatxabaso, sobre Garrastatxu (Baranbio), en donde vería por última vez un lugar humanizado. Porque de ahí adelante comenzaba la montaña de verdad, el reino de las nieblas y tormentas, la más acongojante tenebrosidad, aquella que ni siquiera los más rudos pastores eran capaces de soportar: por eso hacían la invernada bajando al valle.

Frente a aquel espantoso panorama, ante la más descorazonadora soledad, se encontraba nuestra niña. Porque no dejaba de ser una niña… Dudó de su osadía pero no contaba con muchas horas de luz por lo que decidió arriesgar y encomendar a dios su designio.

Dicen que contaron los mayores del lugar que se vio aparecer una nube negra. También que rápido se enseñoró en aquellos parajes. Y que de repente estalló la tempestad, escuchándose por todos los valles el tronar de aquella inesperada cellisca que, entre remolinos, truenos y relámpagos hacía presentir el peor desenlace imaginable. Desorientada y presa del pánico, en el más descarnador abandono, se supone que falleció de frío y agotamiento aquella muchacha.

Se supone… porque nadie la volvió a ver jamás. También se conjeturó en el valle que habría sido devorada por los lobos. Y es que ni siquiera los restos de su cuerpo fueron jamás hallados. Tan sólo sus dos trenzas, cruzadas entre sí, marcadas milagrosamente sobre una piedra.

Aún hoy en día pueden visitarse esa piedra y sus marcas en el entorno de Nafarkorta, nada más entrar en el territorio vizcaíno de la gran montaña, en un lugar que, en memoria de la desdichada historia, se conoce desde entonces como Aranekoarri (Arane + ko + harri,la piedra de [la muchacha de] Arana’).

Desde entonces no hay pastor que por allí pase y no se descubra la cabeza frente a aquel humilde altar. Dicen que hasta las gotas de las nieblas tan amantes del lugar son allí más gruesas de lo normal. Y que por ello se precipitan al suelo al igual que gruesas lágrimas. Porque allí el cielo se retuerce en su penar y no es espacio de luz sino de eterno llanto. Por eso se sabe que nunca ha habido una Nochebuena más triste en toda la historia del universo vasco. De ahí que digamos que no en todas partes es dichosa la Navidad.

LA REALIDAD
Prácticamente en cada casa que preguntemos nos darán una versión de la misma leyenda pero con los adornos cambiados al antojo del hogar. Al margen de ésta que hemos presentado, la más común y relacionada con la Navidad, existe otra que dice que un padre despiadado y poco compasivo mandó a su hija pequeña a buscar las ovejas a aquella alta montaña, sin hacer referencia a fecha alguna, pero con el mismo desenlace.

La piedra citada es una estela funeraria medieval que se colocaría allí en memoria de algún personaje de cierta relevancia –la gente humilde no era merecedora de esos caros monumentos– que desconocemos y que fallecería súbitamente allí. Es circular y tiene cincelada una cruz griega, hoy casi inapreciable y que la imaginación popular relacionó con las formas de las dos trenzas cruzadas.

Tampoco el nombre del lugar hace en realidad mención al caserío Arana: en un antiguo apeo de límites se habla de ese entorno como «…llegaron al sel de Nafalgorta, al lugar […] que se llama “la piedra de HARNA” por donde ataja…» (1533). Arná es la denominación antigua de ese macizo entre Oderiaga, Egilleor, Kolometa… y que, al quedar en el olvido –aún queda algún anciano que lo recuerda pero es algo extraordinario– no tuvieron dudas en conectarlo equivocadamente con el nombre del caserío Arana, al otro lado del valle.

La leyenda no es sino una versión de unos cuentos populares extendidos por toda Europa y que en cada lugar se adaptó al lugar. Es la misma leyenda que nuestros Txanogorritxu, Caperucita Roja, Le Petit Chaperon rouge, Rotkäppchen… que Charles Perrault recogió del folklore popular y que publicó en 1697, ayudando a su difusión. Con el poco creíble recurso a la cándida niña, sola y desamparada, indefensa ante los más atroces peligros del mundo exterior.

No sería por tanto de extrañar que esta leyenda fuese moderna entre nosotros y que su presencia no se remonte más allá del XVIII o incluso del XIX.

En el legendario lugar de Aranekoarri, dos orozkoarras erigieron en 1988, con más entusiasmo que acierto, un monumento con una fecha del fallecimiento de la muchacha, un 24 de diciembre y con un año estrafalariamente inventado: 1308. Por imaginación que no quede.

La estela que allí se muestra estuvo desaparecida durante décadas y fue reencontrada en unas peñas cercanas en 1985. Tienes una información más amplia y detallada en un extenso artículo que publiqué en la revista AUNIA-21, 2007, págs 96-116.

Cuando andábamos entrevistando pastores allá por 1985 –también en diciembre– fue José Larrinaga, de la majada de Okelugorta, el que más detallada información nos dio. Recientemente ha fallecido y le dedicamos aquí hace poco unas emotivas líneas. Quiere el destino que, también este 24 de diciembre vaya a esparcir la familia –en la mayor intimidad posible– sus cenizas en aquellos parajes. Ahora sí, en un día tan coincidente: un 24 de diciembre en el que seguro se rencontrarán en sus caminos de eternidad José que va y la muchacha de Arane que viene. Me sumo al recuerdo y homenaje a ambos.

Para finalizar no puedo evitar hacer hincapié en la admiración que he profesado siempre a esa leyenda. Por ello, a nuestra única hija, le pusimos el nombre de Arane. Porque soy de los que me gusta conocer la historia pero… también de deleitarme en las leyendas, siempre más sugerentes que la realidad. ¿Y por qué vamos a dejar de soñar? Menos estando como estamos en plena Navidad. Eguberri on.

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Pan, magia y rituales en Nochebuena

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Cuando hace unos años fui padre, me invadió la necesidad de tener que recuperar el ritual del pan de Navidad, una costumbre muy nuestra y que habíamos abandonado años atrás, tras siglos de convivencia íntima con ella.

Quizá ya no tenía razón de ser desde que, deslumbrados por la modernidad, nos vimos aturdidos con la irrupción de la televisión y por los destellos cegadores de mariscos, cavas y turrones, con los que ya convivimos en estas últimas décadas. Unos lujos estos que, dicho sea de paso, nunca me han dado tanto placer como cuando hemos vuelto a la esencia, a cosas tan simples como rescatar el rito del pan de Nochebuena. Porque al ser padre y como nunca hasta entonces, se me ha reactivado la necesidad de transmitir lo mejor que llevo dentro. Y si es algo mágico, prodigioso y encantador como lo que os voy a contar, mejor que mejor para estas fechas.

Aunque a algunos os parezca mentira, hoy por hoy no hay nadie de cierta edad en el mundo rural vasco al que le resulte desconocido aquel ritual tan especial que daba —y da aún en muchos hogares— el pistoletazo de salida a la cena más ceremoniosa del año y, por ende, a todo el período de la Navidad.

Era el de más edad de la mesa el que cargaba con la responsabilidad de hacerlo, con la mayor solemnidad posible. En algunos pueblos, no en el mío, era costumbre rezar previamente un padrenuestro por cada difunto de la familia. Tras trazar con la punta del cuchillo una cruz en la base del pan, se besaba éste. Así quedaba purificado, apto para adquirir su verdadero potencial sobrenatural. A continuación, se procedía a cortar diversas rebanadas de pan que se repartían siguiendo la edad o la jerarquización de la mesa.

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Pero el primero de los trozos cortados, el currusco, era el que iba a ser el protagonista del acto. Separado de la hogaza, se guardaba bajo el mantel, lugar que habría de ocupar toda la noche para pasar luego el resto del año en un armario o cajón. Todo el mundo con el que hablemos nos repetirá insistentemente que era un trozo que no se enmohecía en todo el año, indicio que ya nos pone sobre aviso de sus cualidades mágicas.

En algunos lugares, una vez colocado el pan ritual bajo el mantel, se rescataba el del año anterior y se repartía para ingerirlo, en pequeños trozos, entre todos los comensales y los animales de la casa, cerrando un ciclo anual. Se creía que actuando así se preservaba la salud: no en vano también es conocido en euskera como ogi salutadore, ‘pan que da salud’. En otras localidades, el más anciano de la casa untaba una punta del currusco en vino para ablandarlo y poder comerlo, repartiendo el resto entre los animales.

En mi familia sin embargo, no se hacía eso. Al contrario y al igual que en otros muchos lugares, se guardaba por si había que dárselo a algún perro enfermo de rabia: era el único método de sanación conocido para esa enfermedad. En otros valles cercanos, se arrojaba a los ríos crecidos cuando era inminente la inundación, para rebajar su cauce.

Asimismo en la costa vizcaína era lanzado al mar embravecido, para calmarlo, o en otros muchos lugares a las tormentas de pedrisco para evitar que descargasen, una vez más, su rabia.

2003 eta 2004ko Gabonetako ogiak

No era extraño tampoco pensar que mientras aquel pan estuviese en casa preservaría de desgracias el hogar. También se daba a los mendigos pensando que así pondría fin a sus cuitas, porque su capacidad milagrosa no conocía límites.

Nosotros, que hoy vivimos en un piso y no tenemos ríos, mares o tormentas que calmar, pintamos con un rotulador el año en el primer trozo de pan cortado. Y lo tenemos como comensal invitado debajo del mantel durante toda la cena y, a la mañana siguiente, una vez pasado Olentzero, lo guardamos en un cajón junto a los de otros años. De ese modo vamos completando poco a poco el álbum de nuestras Navidades, el de nuestras fugaces vidas familiares.

Cada 25 de diciembre los miramos y comentamos al añadir un ejemplar más, contentos al ver que a Olentzero le ha encantado la idea y que por eso ha sido tan generoso con nuestra familia. Es lo que tiene la paternidad…

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Este año pretendo hacerlo más bonito si cabe. Vamos a ser más desprendidos en el corte y dejaremos al día siguiente parte del pan en un exitoso comedero de pajarillos que hemos hecho este otoño. Para que ellos también sean felices y gocen de eterna salud. Porque nos hacen plenamente dichosos cada vez que acuden a comer y los vemos revolotear.

Es decir, que hemos adecuado e integrado la vieja tradición en los tiempos modernos para de ese modo intentar preservarla de la desaparición total.

Y lo hago así porque no quiero prescindir de esta costumbre tan íntima y que conocemos como “pan de Navidad”, “Gabonetako ogi bedeinkatua”, “ogi saludatu”, “ogi salutadore”… rito solsticial anual que es, al parecer, la última reminiscencia de una costumbre antiquísima que estuvo generalizada por toda Europa. ¡Vaya privilegio y suerte el poder rememorarla cada año!

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Pero, como acostumbramos a hacer con este tipo de tradiciones tan interesantes, las abandonamos a su suerte para dejarlas morir por inanición. Sin el mínimo esfuerzo por revitalizarlas, readecuarlas o transmitirlas. Mientras, acogemos con generosidad y los brazos abiertos otros ritos navideños o de cualquier tipo que nunca han sido nuestros. Es que, a veces lo pienso, parecemos bobos.

Por favor, haced este año un esfuerzo para integrarlo en vuestras cenas. Os prometo que vais a ser más dichosos. Y que no os engañe el sistema: esto hace más felices a los pequeños de la casa que todos los juguetes del mundo. Eguberri on.

 

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