Hética

No, lo que ven encabezando estas líneas no es ninguna barbaridad. Aunque su uso no es frecuente, esa palabra existe desde hace siglos en el idioma castellano. La encontramos, por ejemplo, en el célebre trabalenguas infantil de la cabra (hética, pelética, pelimpimplética…) y también la utilizó Cervantes en el Quijote para subrayar lo escuchimizado y poca cosa que era Rocinante. Y es justamente en ese sentido —“Muy flaco y casi en los huesos”, según la tercera acepción del diccionario de la RAE— como me ha venido a la cabeza estos días al escuchar una y otra vez el término que suena igual pero se escribe sin hache.

Esa ética a la que tanto y tan campanudamente se está apelando en relación al caso del consejero Ángel Toña se me antoja escuálida, sin gota de carne ni sustancia. Es otro de esos significantes vacíos con que se engolfan los que además de ser populistas, lo llevan a gala y teorizan sobre lo fácil que es timar a sus (futuros) votantes.

En nombre de la ética, tipos que no la distinguirían de una onza de chocolate reclaman la cabeza de alguien que se condujo de acuerdo con unos principios éticos. No es improbable que, yendo a la literalidad del código supuestamente vulnerado, la comisión que debe decidir sobre el asunto acabe mostrando el pulgar hacia abajo y Toña tenga que irse a su casa. Si así fuera, y ya que no habría más bemoles que aceptarlo, deberíamos establecer exactamente ahí el listón de la exigencia para el desempeño de una responsabilidad pública. De entre el bando de los íntegros sermoneadores —¡panda de fariseos!— no quedaría en su puesto ni el que reparte las cocacolas.

Pereza siria

¿Siria para la columna de vuelta? ¡Qué pereza! Y tanto, solo que la otra opción que me proponían mis neuronas en recomposición era atizarles por tercer año consecutivo la consabida reflexión sobre cómo se relativiza la actualidad cuando a uno no le toca contarla. En el fondo, algo me dice que, una vez destiladas y libadas, las líneas que vienen acabarán siendo exactamente eso, un lamento fingido sobre la insoportable levedad de lo que llamamos información. O si lo prefieren, sobre la brutal asimetría entre el tiempo y espacio dedicados a un asunto equis y la atención despertada en los supuestos destinatarios del inmenso despliegue.

Porque, con la mano en el corazón, ¿cuánto nos importa lo que está pasando en ese trozo del mapa que malamente sería capaz de situar la mayoría, incluyendo los pontificadores que nos disparan a bocajarro su opinión de copia-pega? Yo diría que muy poco tirando a absolutamente nada. Puede parecer una declaración escandalosamente cínica rayando lo provocador. Sin embargo, defiendo que es menos hipócrita que hacer como que nos caemos del guindo con dos años de retraso, que mes arriba o mes abajo, es lo que llevan matándose las tropecientas facciones que andan a la gresca. Se diría que las decenas de miles de muertos —siempre calculados a ojo— han sido apenas unos preliminares macabros. Una guerra no es tal hasta que el malvado sheriff del imperio anuncia su intención de mandar la caballería a poner orden. Entonces sí, se desempolvan las pancartas y se sacan a paseo. Es el momento de tomar postura, recauchutarse de moralina y echar los eslóganes a pastar. No a la guerra y otra de calamares.

Pues vale, me apunto. A los calamares y a la negativa, no se vaya a decir que no soy un tipo comprometido o que me alineo vergonzosamente con los villanos. Otra cosa es que guarde para mi la íntima convicción de que da exactamente igual lo que servidor piense o diga.

Agonía de ETA

Me estoy haciendo tan cínico, que he abandonado la fila de los que hacen rogativas o exhortativas sobre, por y para la disolución de ETA. No diré que por mi como si se operan, pero viniendo de donde venimos, este barbecho prolongado y sin otra salida que la recalificación del solar se me antoja un mal menor de lo más llevadero. Incluso, dada mi cierta inclinación lírico-morbosa por los fenómenos crepusculares, le estoy encontrando su puntito a asistir desde butaca de patio a la patética y a la vez impúdica extinción de la bicha. Cualquiera con una gotita más de pundonor habría corrido la cortina del biombo para no dar tres cuartos de su agonía indecorosa al pregonero. Pero no; entre el exhibicionismo y el recato, la banda siempre ha optado por lo primero, igual cuando tenía la herramienta de matarile en perfecto estado de revista que en esta hora pre-póstuma donde las fuerzas le alcanzan justitas para autoplagiarse comunicados.

¿Que me fíe y no corra? Sí, ya sé que según se lean, algunas de las palabras de su última epístola a los filisteos —esa en la que se liaba con las agendas— pueden tomarse como un aviso a navegantes y mareantes. ETA amenazando, vaya sorpresa, ¿eh? Más bien, ninguna. En todo caso, la pereza de ver cómo vuelve la burra al trigo por enésima vez. Ya, ¿pero si no es al cereal dialéctico donde regresa, sino a las andadas que manchan el asfalto de sangre? Confieso que ni yo ni nadie nos atrevemos a descartarlo al ciento por ciento. Lo que no tengo tan claro, eso también lo digo, es a quién acojona más ahora mismo tal eventualidad. Ojalá no tengamos oportunidad de comprobarlo.

Más que ese retorno, que al fin y al cabo es hipotético, me preocupa una realidad contante y sonante que atisbo en derredor. En demasiadas conciencias y discursos las tres siglas siguen triunfando como comodín, asustaviejas o término para comparaciones odiosas. No se ha ido y ya la echan de menos.

El ciclo de la ciénaga

Si hay algo que me sorprende es, justamente, que sigamos sorprendiéndonos. Bendita memoria de pez, que permite que nos hagamos de nuevas cada vez que vemos al otro lado del acuario lo que hemos contemplado mil y cien veces. La corrupción política, por ejemplo. La respiramos cada día sin mutar el gesto ni albergar la menor gana de montar un buen pollo hasta que en los titulares, que no son nada inocentes, caen cuatro gotas más de lo habitual y nos da por pensar que una de ellas es la que colmará el vaso. Se eleva entonces el tono de las tertulias y de las conversaciones junto a la máquina de café, suben también los niveles de vinagre en sangre, se clama al cielo, se jura en arameo y luego… nada. Cada mochuelo retorna a su olivo, es decir a sus propias apreturas de zapato, que también incluyen la marcha de nuestro equipo en la liga o ese viral tan simpático que rula por internet. Los mangantes, que además de eso, son contumaces y metódicos, pliegan el paraguas y vuelven a sus quehaceres cotidianos, o sea, a afanar. Primero con la precaución del que acaba de librarse de una de órdago, pero enseguida con la velocidad de crucero habitual. Es el ciclo de la vida en la ciénaga sucediéndose a sí mismo infinitamente.

Según el obispo Munilla en su muy recomendable homilía del día de San Sebastián (sí, eso he escrito; no es una errata ni un sarcasmo), lo que acabo de exponer me incluiría entre los que, sintiéndose impotentes en medio de la avalancha de lodo, se han refugiado en el cinismo. Bien quisiera militar en una postura de más provecho. La que él propone después de un diagnóstico —insisto— brillante es confiarse a Dios, lo que no deja de tener un punto incluso mayor de derrotismo porque supone el reconocimiento implícito de que ya no queda nada humano por hacer. ¿Habrá alguna alternativa intermedia y viable? Si los lectores la conocen, se gratificará. Así en la tierra como en el cielo.

Elogio de la pobreza

Qué lata con lo de la pobreza. Que si es una lacra, que si es un estigma, que si hay que erradicarla… Pero hombres y mujeres de Dios, eso sería segar la hierba bajo nuestros propios pies, apedrear el tejado de nuestra primera, segunda y tercera residencia. Para empezar, ¿a qué le íbamos a dedicar días internacionales como el de ayer? ¿Al jamón de bellota, a los gintonics de Citadelle, al Iphone y al Ipad? Psssé, no digo que esas cuestiones no lo merezcan, pero creo que a la larga acabarían aburriéndonos y no sabríamos qué hacer cuando pasaran de moda, lo que ocurrirá mañana o pasado. Ese peligro no se da con la pobreza. Desde que el mundo es mundo, está ahí. Por algo será, ¿no? Si no fuera útil, ya habría desaparecido de la faz de la tierra hace tiempo, igual que lo hicieron los dinosaurios, los corsés de ballena o las sesiones continuas de los cines.

Así que mucho cuidado con violentar el devenir de la Historia eliminando un elemento que aún tiene por delante siglos y siglos de vigencia. ¿Acaso no estamos a favor de la biodiversidad? Pues los menesterosos, los desgraciados y los miserables —cuánto debe la literatura a esta bella y sugerente palabra— cumplen una misión insustituible. Bueno, una no; mil. Lo mismo sirven para desembarazarte de la incómoda calderilla al tiempo que te sientes un gran ser humano, que para enseñar a los churumbeles lo que les puede pasar si se van por el mal camino o, sin ir más lejos, para celebrar que no eres uno de ellos. Como detergente para la conciencia no hay nada mejor. Y si pides justificante (un atraso, que no todos los pordioseros lo den), hasta desgravas en el IRPF.

Definitivamente, es una gloria que haya pobres. Gracias a eso, la revolución está siempre pendiente, y existen ONGs (*)  chachipirulis, congresos sobre la cuestión en auditorios de lujo, memorandos de encargo a chopecientos mil el folio y, por supuesto, días para pedir su erradicación.

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(*) Para que no queden dudas, porque varios lectores me han llamado la atención sobre esto.  No hablo, ni mucho menos, de todas las ONGs, cuya labor respeto y admiro en general. Me refiero a algunas muy determinadas que, pese a su nombre, son gubernamentales e institucionales y se conducen de un modo que deja bastante que desear.