El enigma de nuestra palabra “agur”

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En el euskera no existe ni de lejos otra palabra tan grandiosa como nuestro AGUR. Se mire por donde se mire es sublime: en lo referente a su extensión geográfica ocupa todo el territorio del euskera, no tiene variantes dialectales de ningún tipo (inaudito en nuestro idioma) y, por otra parte, es el vocablo con mayor aceptación y uso social, incluso entre los que no saben euskera. Es la palabra-llave de la que primero se valen los extraños que desean integrarse en Euskal Herria, la que les abre la puerta a las mil y una maravillas de nuestra cultura, idioma y país. Es también la palabra de nuestra lengua que primero ofrecemos para que todos la compartan con nosotros. AGUR es, al fin y al cabo, el vocablo con el que los vascos abrazamos y besamos el universo que nos rodea…

Y esta reflexión no es fruto de una enajenación momentánea o porque me desborde la pasión. No… Ya en el año 1588 se dijo al hablar retrospectivamente de ella que «esta palabra de “agur” era tenida en mucha y muy gran veneración, grandeza y cortesía y tal que ninguna otra se le igualaba».

Veneración… grandeza… inigualable… Y nosotros mientras, ¿a qué jugamos? ¿qué hemos hecho mal, dónde nos hemos extraviado para usarla sin darle importancia alguna, sin reparar en ella, para no caer arrodillados sintiéndonos dichosos de que haya amanecido un nuevo día en que poder usarla y gozarla…?

PALABRA DE IDA Y VUELTA
Aunque ahora la usemos fundamentalmente como fórmula de despedida, en origen fue un saludo ambivalente, tanto para dar la bienvenida como el adiós. De ahí que aún en muchos lugares se interprete el himno “agur jaunak” para recibir –y no despedir– a aquellos personajes distinguidos, honoríficos o autoridades a los que se les quiere hacer gala de los mayores honores. Era, por así decirlo y como tantas veces se ha recordado, algo similar al “salve” o al “ave” de los romanos.

Hoy en día, y especialmente en en Ipar Euskal Herria, aún es común el uso de “agur” como saludo de distinguido de recepción, por ejemplo al encabezar una carta, en oraciones (“Agur Maria”…).

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UN SALUDO Y MEDIO
Era tal la grandiosidad que encerraba en sí la palabra “agur” que no podía deshonrarse repartiéndola por el mundo sin miramiento o mesura alguna. Y es que, en realidad, al usar otras fórmulas como “mila esker” o “esker mila” (‘mil gracias’) estamos dando a entender que esas “esker” están devaluadas, que poco han de valer para ofrecerlas así, a millares.

El “agur” es otra cosa. Mucho más solemne y excelso, sin duda. Nada apto para excesos y aspavientos. Así, cuando queremos echar el resto, cuando por la situación o el personaje necesitamos exhibir el máximo boato en nuestro saludo de recepción, usamos la fórmula clásica “agur eta erdi”, “agur t’ erdi” que no es sino ‘un agur y medio’. No somos los vascos gente de exuberancias como puede verse…

Tal era la excelsitud de nuestro vocablo, que los vascos usamos el verbo “gurtu” para referimos a ‘adorar, venerar’ algo en su máxima intensidad, referido a divinidades, santos, etc. Es una vez más, un derivado de “agurtu”, es decir, ‘hacer agur”, porque nuestros antepasados no quisieron renunciar a ese extraordinario punto de partida para edificar aquella nueva palabra, aquel nuevo altar con el que ofrendar a los dioses. Un auténtico tesoro, insisto…

USO CLASISTA
No es que en sí el saludo “agur” fuese clasista sino que en su antiguo uso quedaba reflejada la estratificación social de otras épocas. ¿Y por qué decimos esto?

Pues porque no sabemos cómo eran los tratos sociales habituales, simples, diarios. Pero sí tenemos constancia de que la palabra “agur”, por ser tan grandiosa, reverente y solemne sólo podía usarse para dirigirla a gente de un estatus igual o superior: «…en tiempo antiguo se encaminaba e dirigía por los inferiores solamente a sus superiores y parientes mayores e no a otros ningunos de menos autoridad y dignidad» tal y como se recoge en torno al año 1588 (Ibargüen-Cachopín).

Debía ser una expresión muy común pero a su vez añadiéndoles grandes dosis de veneración cada vez que se usaba, sentido que hoy hemos perdido: «Bien sabéis que el modo y explicación ordinaria de nuestra salutación es “agur, jauna”. Y con ser tan usada entre los nuestros, como el “beso las manos” en los romancistas» (año 1607, Balthasar de Etxabe).

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ADIO, AIO, KAIXO…
Desde luego que “agur” era una palabra con fuerza, de raza, la mayor ostentación léxica que podían hacer nuestros antepasados. Nada que ver con ese “adio” (pronunciado a menudo “aio”), más común en los dialectos centrales, y que no es sino el castellano “A Dios” (‘a Dios te encomiendo’). Por no hablar del “kaixo” de chirigota ese, relativamente nuevo y que es en realidad la contracción de la expresión mezcla de castellano y euskera “¿qué hay txo?”, una especie de ‘¿qué pasa, tío?’. Tal cual.

Desde luego que, ni uno ni otro llegan ni de lejos a lo que fue, a cómo se percibió o se sintió nuestro “agur”.

AGUR, ABUR
Y tal fue la robustez de nuestro saludo que marcó tendencia y fuimos capaces de embelesar con ella a otras comunidades lingüísticas cercanas, porque soñaban con poder gozar ellos también de una palabra así, tan perfecta. Por ello el castellano, aún hoy en día, usa y admite como propias las palabras “agur” y su interjección derivada “abur”, reconociéndolas como préstamos lingüísticos cogidos del euskera.

ORIGEN DE AGUR
Pero donde las dan las toman. Y es muy probable que esa palabra-saludo que hoy usan millones de hablantes (tanto a través del euskera como del español) también la fraguásemos en su día los vascos valiéndonos de influencias externas. Su origen está probablemente inspirado en el latín vulgar “agurium” de donde también surge la palabra castellana “agüero”. Y ese “agurium” procede, claro está, del latín clásico “augurium” ‘presagio, anuncio, indicio de algo futuro’ o, la palabra castellana “augurio”. Ahí actuamos con inteligencia y supimos sacar lo mejor de aquellos siglos de convivencia con los romanos. En cualquier caso, que nadie dude que la palabra “agur” es vasca entre las vascas y nuestra seña de identidad.

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ATRAER LA SUERTE
Al regalar un “agur” a alguien, en realidad le estamos deseando lo mejor. Incluso podríamos ir más allí y afirmar que, en esas épocas en que se forja el término, el citar esa palabra mágica suponía hacer un llamamiento para intentar atraer con ella a aquellas buena suerte y prosperidad tan necesarias.

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AGUR ETA OHORE
Para acabar, me gustaría traer hasta estas líneas la expresión clásica vasca, “agur eta ohore”, ‘agur y honor’, el mayor homenaje que a algo o a alguien se le puede ofrecer por medio de unas palabras. Y quiero dedicárselo a esa bendita palabra “agur”. De pasado ilustre y glorioso, cabalga ya para batallar por la conquista de nuevos territorios, los del futuro. Pero no necesita de artilugios belicosos para ello, porque ella en sí es la mejor de las armas que han defendido esta tierra y pueblo: el arma del saber dar la bienvenida, la de la hermandad, la de desear lo mejor al que tenemos al lado, la del abrazo al extraño, la del llanto de los que se van… Hay que sentirla y llevarla con orgullo por el mundo como siempre se ha hecho. Porque agur es nosotros y nosotros somos agur. Agur, agur eta agur…

NOTA: la imagen de portada procede del blog “violetaestademoda” en el que hicieron esta reinterpretación de un retrato renacentista.

 

Un incendio, Espartero y mi txapela

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Iglesia de Luiaondo, con su edificio del antiguo concejo —en blanco— anexo a la fachada principal

Siento que la vida que llevamos sea tan ajetreada y que por ello me vea obligado a publicar estas alborotadas líneas a unas horas tan tardías de la jornada, cuando ando ya casi arrastrándome de sueño. Pero es que he de hacerlo ahora y no otro día porque un 23 de enero, como hoy, aunque de 1835 (hace 182 años), el general Espartero ordenó incendiar el pueblo en donde vivo, Luiaondo, en la Tierra de Ayala. Y creo que el hecho merece unas reflexiones de descargo o, al menos, un recuerdo.

Como se ve por la fecha, nos encontramos en la primera de las confrontaciones bélicas llamadas “carlistas”. El motivo para la guerra fue el fallecimiento dos años antes de nuestro incendio, en 1833, del rey Fernando VII, sin hijo varón. Los liberales querían que cogiesen la regencia su esposa Mª Cristina (liberales cristinos o guiris) o su hija Isabel (isabelinos). Por otra parte se encontraban los carlistas, que tenían por legítimo rey al infante Carlos, hermano del fallecido Fernando VII, por ser varón.

Simbolizan, sin embargo, algo más profundo: el aferramiento al Antiguo Régimen frente a la imprevisible modernización.

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Baldomero Espartero era el general de generales del ejército isabelino (o cristino), el terror de los carlistas ya que era un militar curtido en muchas batallas previas, especialmente en Perú, y sin duda un gran estratega. Pero la ideología que promulgaba a fuego era extraña en estas tierras tan rurales, con unas poblaciones prácticamente en su totalidad carlistas. Era por tanto héroe o villano en función de quién lo observase.

Y, ante su gran poderío militar, no se le ocurrió otra cosa a algún lugareño de Luiaondo que hacerle un atentado a modo de guerrilla, usando un tronco lleno de pólvora y con una mecha de retardo, con la intención de asesinar al que quizá era la persona más importante en la España del momento y, a su vez, su gran enemigo. Falló en el intento y la venganza de Espartero, como era habitual en él, fue cruel y atemorizadora. Tanto que hasta sus mismos correligionarios que escribieron su historia, dudan de la mesura de su proceder:

«Durante su mando en las provincias vascongadas, solía Espartero pasar de Orduña á Bilbao por un mismo camino y esta circunstancia motivo que un paisano habitante de un caserío entre Llodio y Luyando pusiese por obra la idea de atentar contra su vida. Con esta idea se apoderó de un corpulento tronco, lo convirtió en un mal cañón y cargándolo hasta la boca lo colocó en un sitio que dominaba el camino real. Al pasar Espartero, el paisano dio fuego a su pieza, pero se vio en la necesidad de apelar a la fuga sin alcanzar su propósito. Los soldados de la reina treparon en seguida a la altura donde había salido el disparo y encontraron el tronco hecho pedazos por la violencia de la explosión. Todos estos indicios revelaban que el atentado era particular, pero las tropas de Espartero entregaron a las llamas a Luyando como si fuese responsable una población de las acciones de uno de sus habitantes. Y aniquilaron la fortuna de otros muchos honrados vecinos que vivían á costa de su trabajo. De las sesenta casas con que contaba el pueblo, más de la mitad quedaron reducidas á cenizas. iTriste padrón de las monstruosas exigencias de las guerras civiles, siempre sangrientas, siempre desapiadadas!»

(Galería militar contemporánea, 1846).

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Todavía la gente anciana del pueblo habla de ello, de aquella catástrofe que sucedió 182 años atrás pero que sus mayores siempre les contaron para que no se olvidase jamás. Dicen que el conato de magnicidio fue en el extremo del pueblo, cerca del caserío Otazu y que los autores del atentado huyeron hacia Olarte, barrio ya de Laudio.

Sirve también de recuerdo perpetuo del atroz hecho el inicio del primer libro de actas del concejo disponible, en el que los allí presentes escriben lo que de memoria recordaban, ya que el fuego había devorado con todas las actas y acuerdos previos.

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MI TXAPELA
Aquel Espartero que tanto se enaltece en su provincia natal (Ciudad Real) o en la misma Logroño, con su ostentosa y vanagloriada estatua ecuestre, es por aquellos mismos hechos relatados, alguien nada querido en este humilde pueblo de Luiaondo.

Y nos encontramos tan distanciados en lo que a honrar memorias se refiere que por no olvidar su cruel acción, la que desgarró en llantos a aquellos pobres vecinos, suelo vestir, a modo de recuerdo-homenaje y protesta histórica, una flamante txapela. Porque era ésta una prenda que Espartero odiaba y no podía ver, algo que le encrispaba ya que representaba todo aquello contra lo que luchaba.

Así es, así fue… Ni corto ni perezoso, tres años después de quemar nuestro pueblo, en 1838, arremetió contra nuestras txapelas, prohibiendo su uso «convencido de los males que causa el uso de la boina» ya que «sólo tiende a la confusión y alarma». Por eso ordenó que se prohibiese «el uso de la boina a toda clase de personas», penándolo con multas la primera vez y con prisión para los reincidentes. Azuzó a todas las autoridades locales para que fuesen celosos con el cumplimiento de la prohibición… aunque no consiguió nada ya que el arraigo de dicha prenda fue cada vez mayor. Y no olvidemos que aquella orden nunca se derogó por lo que el que la use sigue en rebeldía. Qué mejor razón para vestirla…

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Así es que aquí estoy, a horas tardías, muy cansado y nada lúcido, aunque a la vez orgulloso y feliz de encontrarme en este preciso instante aquí. En un acogedor Luiaondo con una txapela plantada en la cabeza y jugueteando con un botón de uniforme de la guardia real, del cuerpo de élite que flanqueaba a Espartero, encontrado en una cuneta a no muchos metros de donde vivo… 182 años después, improvisando estas somnolientas líneas para que nada se quede en el olvido. Por nada del mundo… y menos por mi txapela: por ella no pasarán…

A candela encendida

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Anoche fui un comensal más en la más sugerente y mágica de las cenas que uno pueda imaginarse. No por el menú o el ambiente, que también fueron inmejorables, sino por poder gozar de un cúmulo de costumbres ancestrales que, a modo de fósiles, han resistido excepcionalmente al paso de tiempo allí arriba, en la ermita de San Antón, encaramada en las nevadas laderas de Gorbeia. Acudí solo, casi de incógnito, rodeado de gente que no conocía, para así poder vivir en toda su intensidad el ritual que allí se esperaba. Noche inclemente y con la constante amenaza de nieve por lo que, para mi fortuna, acudió menos gente de lo habitual.

Fue en el barrio más alto de Baranbio, aquel al que los últimos euskaldunes locales denominaban Baranbiogoi. Una aldea que se mece entre los inconmensurables bosques de Altube y las gélidas laderas de Arna, en Gorbeia, sujetando como puede toda la riqueza etnográfica, histórica y arquitectónica que ha heredado, para que no se derrumbe para siempre.

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Por ello, por estar tan olvidados en aquel paraje, los poquísimos vecinos de Baranbiogoi viven con más pasión si cabe los rituales de su ermita, dedicada a San Antón, el patrón de los animales como bien sabemos. Porque es la fecha principal de su calendario y porque saben que el año que no lo repitan, se habrá deshumanizado para siempre aquel altivo y frío enclave. Así es que, este año una vez más, motivados de modo instintivo, han repetido la costumbre que, asegura el sacerdote, data al menos del siglo XVIII. Y allí estaba yo, dando fe.

Tras degustar una cena elaborada entre varios vecinos y que se come dentro de la misma ermita, llegó lo más extraordinario del festejo, lo que iba buscando.

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En el pórtico y en lo más cerrado de la noche, una vez elevados los ánimos con la ingesta previa, el alcalde pedáneo Jesús Mari Bernaola se vistió con una blusa tradicional y con la obligada txapela para dar comienzo a la puja de los lotes que las familias del barrio aportan y con la que pretenden sacar algún dinero para mantener la ermita durante el ejercicio siguiente. Estos dos últimos años se alterna en la labor con una vitoreada neska local llamada Karmele y que es en las que todos los vecinos depositan las esperanzas de continuidad de la tradición.

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Lotes de patas u orejas de cerdo desfilaron uno por uno junto a cazuelas listas para comer, añadidas botellas de vino y algún que otro gallo o capón que nunca faltan. Y los asistentes, siguiendo la tradición, pujan por ellos, envueltos por una nebulosa de alcohol, pasión y fervor. Las adjudicaciones se llevan a cabo siguiendo el antiguo procedimiento de las pujas “a candela encendida”, sin duda lo más interesante y excepcional del acto.

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Jose Mari y Karmele, en plena puja o remate

Para quien lo desconozca, los remates a candela encendida fueron el modo en el que se adjudicaban la mayoría de las contratas, generalmente de servicio público, como la ejecución de obras, el suministro de provisiones, etc. en todos nuestros pueblos, un método que una y otra vez nos aflora en la documentación histórica. Este modo de remate o puja tan entrañablemente nuestro desapareció desde que lo prohibiera la Ley de Enjuiciamiento Civil en 1881.

Pero allí, en Baranbiogoi hizo su reaparición ayer, una vez más, 136 años después de aquel precepto derogatorio. En la más sugerente clandestinidad y encubierto por la noche y lo remoto del enclave.

Consiste en dar a conocer a todos los asistentes el lote por el que se va a pujar a continuación y del que se da el precio de salida que antes han acordado en una especie de tasación. Y… comienza la magia en el preciso instante en que se prende una cerilla o mixto que será seguida de otras dos más. Siempre en conjuntos de tres. Mientras sujeta la cerilla, el subastero va incitando a los presentes para que aparten ese día la sensatez y que se entreguen a la locura de una buena causa. La más alta puja que se haya realizado al consumirse la tercera cerilla es la que se lleva el lote. Pero, por añadir algo más de emoción, si se hubiese producido una puja en la tercera de las cerillas, se prenden otras tres, para dar opción a rematar a quien esté indeciso. Así indefinidamente hasta que una tercera cerilla se consuma sin postura alguna.

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A cada oferta, que se proclama en voz alta, el alcalde contesta con un simpático “ardaoa!” o “¡vino!”. Raudo acuden a donde el o la pujadora con un vaso de vino cocido (o mosto para quien no pueda beber alcohol) que han de ingerir. Así, según avanza la noche, los ánimos están cada vez más eufóricos y los bolsillos más desprendidos. Y, como si fuese niebla rampante, van apareciendo las generosas ofertas. Doy por hecho que en tantos años habrá habido en las mañanas siguientes más de un dolor de cabeza y arrepentimiento por lo excesivo de lo pagado. Pero es así la costumbre y se repetirá año tras año sin que nadie la ponga en tela de juicio.
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Por lo que a mí respecta, pasada la media noche abandoné el lugar con todo el sigilo que me fue posible, sin ni siquiera despedirme, no queriendo interferir en el desarrollo del acto que era de sus vecinos y que se prolonga hasta altas horas. Borracho yo también, aunque de emoción, totalmente exaltado por lo que acababa de vivir, me lancé cuesta abajo por aquellas carreterillas que sin pudor alguno y con toda la pendiente posible buscan el valle principal que duerme a sus pies, aquel que, al enlazar con la carretera que baja de Altube me devolvió a la normalidad, a la realidad.

Hoy todavía me froto los ojos y me pregunto si no habrá sido un sueño el hacer presenciado allí arriba un remate a candela encendida, aquel método de subastas que fue tan común en nuestro país pero que desapareció de entre nosotros hace más de un siglo. Frío, fuego, vino, griterío y aquellas cerillas… aquellas cerillas que me volvieron loco de alegría por el simple hecho de haberlas visto encenderse allí una vez más.

Mila esker, bihotz-bihotzez han izan zineten guztiei, bereziki Jesus Mari Bernaolari eta Leire Lusarretari. Hurrengo urtera arte.

El alcornoque de Markuartu

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Markuartu (“Malkuartu” en la dicción popular generaliza actual) es un barrio ubicado en un alto entre Okondo y Laudio. Y es en su vertiente hacia esta última localidad, frente al caserío más antiguo de los que conformaban aquella aldea —hoy derruido—, en donde se encontraba un alcornoque grandísimo, de dimensiones descomunales, gigantesco para lo habitual en su especie. Por lo abrumador de su porte y por lo inaudito de esa clase de árbol, era muy conocido en toda la comarca. Era el reputado y nombrado “alcornoque de Markuartu”.

Y decimos “era” porque tal día como hoy pero de hace 35 años se derrumbó con gran estrépito, según comentaron los vecinos del lugar. Precisamente el ciclópeo tamaño fue el que firmó su sentencia de muerte, ya que era demasiada la superficie expuesta para hacer frente a aquellos vientos huracanados de fin de año.

Mi relación con el lugar ha sido siempre intensa, íntima, ya que de allí procede mi línea familiar paterna. Por eso aquel alcornoque era algo que estaba muy arraigado a mi alma en aquella lejana infancia, ya que mi padre, tíos o abuelo —no llegué a conocer a mi abuela, la oriunda el lugar— nos lo mostraban siempre con grandiosidad, haciéndonos sentirlo como algo casi totémico, divino, extraordinario. No sé cómo describirlo, pero se esforzaban en transmitirnos la sensación de que aquello era especial, único, algo memorable y reverenciable, no un árbol más. Desgraciadamente, no conozco imagen alguna que lo inmortalizase.

Por eso su desplome y muerte fueron recibidos en el pueblo y en especial en mi entorno personal como una auténtica catástrofe, un drama: acababa de fallecer un miembro más de nuestra comunidad.

La desdichada noticia generó no poco revuelo y pronto comenzaron las especulaciones. Hasta allí subieron una cohorte de sabelotodos, leguleyos, sabihondos y picapleitos que esperaban gozar de su porción de momento de gloria, empeñado cada uno de ellos en imponer como dogma universal sus más peregrinas divagaciones.

Al instante comenzaron a teorizar sobre su edad, algo que generó gran expectación ya que interesaba más idealizar la leyenda cargada de pasado glorioso que la realidad entristecedora de aquel gigante caído.

Primeramente se consultó a los lugareños que no dudaron en añadir sal al plato: “inmemorial”,mi abuela murió con xx años y lo conoció siempre así“, “de toda la vida“… eran los datos más sólidos que podían ofrecer. Eso sí: aseverados con tanta contundencia que se acordó, por consenso del “consejo de ancianos” locales, que aquel alcornoque tendría más de tres siglos de vida. Aunque a algunos aquella cantidad les parecía escasa e indigna para la leyenda arbórea más grande que jamás había conocido la comarca. “De la época de los Reyes Católicos” fue la conclusión de los de aquella corriente de opinión disidente.

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Algunos, con métodos algo más científicos, practicaron un corte con la motosierra e intentaron contar los anillos que, como sabemos, determinan la edad del árbol. Pero su engorde había sido tan pausado como la historia de aquella aislada aldea, algo que frustró la iniciativa: se hacía difícil o casi imposible contabilizarlos. Sobre 400 anillos y años fue el consenso acordado viendo que no había otra solución mejor. Doy fe de que allí no se veía nada.

También pronto se aseveró —y hasta hoy en día es corriente escucharlo— que era el único alcornoque que habían conocido las tierras vascas, algo que lo hacía más sobrenatural aún.

Hoy sabemos que no es cierto. Por ejemplo, en Getaria existe uno declarado “árbol singular” por lo raro de la especie y por su gran edad. Y no es el único. Sin ir más lejos, en el mismo Markuartu existe hoy en día otro que, cuando menos, cuenta con un siglo de existencia y no sería extraño que fuese contemporáneo al derrumbado. Ha pasado siempre desapercibido porque el terreno rocoso sobre el que se arraiga, no le permitió medrar como su compañero de historias. Pero ahí ha estado y está.

Casi ahogado por unas invasoras mimosas, apenas nadie se percata de su existencia. Pero sí que es llamativa aquella contundente sentencia de decir que el caído era el único en Euskal Herria sin fijarse en que a 100 metros tenían otro congénere o sin escuchar a los lugareños, que siempre lo habían conocido allí. Así de rigurosos somos en los ambientes populares…

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En cualquier caso, aquel día de hace 35 años acababa de caer algo irrepetible: el más grande entre los alcornoques, el gigante, el único… nada que ver con ese pusilánime compañero.

En cierto modo dábamos las gracias por haber conocido aquel emblemático árbol en vida y en muerte, de ser vivos testigos de lo que en aquel recóndito lugar estaba sucediendo en esos precisos días: el destino nos había elegido para dar fe de aquel instante.

Recuerdo que, como si de una reliquia milagrosa se tratase, recogí emocionado una corteza que aún conservo con cierta devoción y admiración. Yo por entonces era un adolescente que vivía, bebía y gozaba con aquel nacionalismo resurgente tras décadas de represión y que necesitaba de historias y leyendas para insuflarle vida y edificar un próspero futuro.

También las casualidades de la vida me han llevado años después a formar parte de un grupo de amigos que cantamos en un coro callejero, de nombre “Los Arlotes”, y en cuyo local pusieron algunos de mis predecesores (K. Abrisketa, L. M. Ibarluzea y A. M. Santamaría), una rama del venerado alcornoque de Markuartu, para poder honrarlo y para no permitir que por nada del mundo quedase en el olvido. Con una nota en un euskera muy sui generis,  que nos aclara cualquier duda sobre las fechas.

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Fueron varias jornadas de vientos huracanados, generando numerosos destrozos en todo el país. Y, entremezclándose en aquella alteración, amanecimos al día siguiente con el disgusto del más legendario de nuestros árboles por los suelos y el extraño y rocambolesco secuestro del padre de Julio Iglesias por ETA. Un insólito fin de año, sin duda.

Escribo estas líneas con el trozo de corteza del memorable alcornoque de Markuartu entre manos. Gozoso porque cuando lo recogí hace 35 años adquirí el compromiso personal de trasmitir su memoria y inmensidad a las generaciones venideras. Hoy, en cierto modo, siento que estoy saldando aquella deuda pendiente. Porque hasta ahora nada se había escrito al respecto. Así, con estas líneas, elevo a la eternidad el recuerdo de aquel gigante, el alcornoque de Markuartu, el que creció durante siglos y siglos mirando orgulloso al Gorbeia. Qué digo siglos… ¡miles de años! O incluso más…

POST SCRIPTUM (11-01-2017)

Tras la publicación de este post, una amable lectora (Josune Ibarra) me ha facilitado un recorte de periódico (29-12-1981) en el que se describe el acontecimiento recordado aquí. Me parece tan bonito lo expuesto y tan acorde con las sensaciones que yo os había intentado transmitir que, además de poner la imagen, os lo trascribo para facilitaros su lectura.
«EL ALCORNOQUE DE MALCUARTU, UNA MITOLOGÍA DERRIBADA
Los fuertes vendavales que padecimos días pasados y causaron en nuestro valle al igual que en toda la región, importantes daños materiales, fueron lo suficientemente duros como para dar por tierra con un árbol que para los llodianos de varias generaciones había venido siendo todo un mito: el alcornoque de Malcuartu.
El citado árbol, famoso por lo insólito de su ubicación, había extendido sus potentes raíces en el alto de Malcuartu a lo largo de los últimos trecientos años, siendo el único de su especie, no sólo de los que se asientan en Llodio, sino probablemente de toda Euskalerria.
Nadie en nuestros días, ni viejos ni jóvenes, han sabido a ciencia cierta el origen de tan singular árbol, que si común en otras latitudes y otros climas, por aquí de siempre se le ha visto como el mirlo blanco de nuestras ahora desamparadas especies.
En la tarde del pasado miércoles, día 29, toda la majestuosidad de este único ejemplar arbóreo, con sus veinticinco metros largos de envergadura, fue a dar con sus ramas en el suelo, no pudiendo con los envites del fuerte viento y después de soportar con espléndida altivez desde el mirador de Malcuartu el paso de varias generaciones de llodianos, amén de esas agresiones en su tronco (¡quién no cayó en la tentación de hacerse con un trozo de su corteza?) que en muchas ocasiones habían hecho peligrar su vida.
El alcornoque de Malcuartu pasa pues a la historia y al anecdotario de otras tantas y tantas cosas que fueron y que no volverán»

Pie de foto: «El vendaval de viento huracanado sufrido en los últimos días derribó el mítico alcornoque de Malcuartu” (Foto Montes)»

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26 de diciembre: San Esteban y la pedrea

piedraNo hay como ser ateo para disfrutar de la cultura del cristianismo en toda su intensidad. Porque así lo gozas más puramente, con libertad plena, lejos de la perspectiva mutilada a la que te fuerzan las creencias.

NUMBER ONE
Si hiciésemos una lista con todos los mártires de la religión cristiana nos tiraríamos toda una tarde. Pero el santo que celebramos hoy destaca por ser el precursor de ellos, el primero en diñarla al proclamar que era cristiano, partidario de un profeta que se autodefinía hijo del único dios hasta entonces conocido, Yahvé, en unas épocas en que sólo el sugerirlo era una gran ofensa al orden establecido. Por ser el primero de los caídos por aquella nueva y revolucionaria causa, se le llama “protomártir”. Porque “proto” es ‘primero’, ‘antes’ e incluso ‘preminente’ en griego.

26 DE DICIEMBRE
Normalmente las festividades que celebra la Iglesia católica conmemoran el fallecimiento de sus mártires. Pues mira tú por dónde, el primero de ellos se desmarca de esa tradición.

Al parecer, un día como hoy pero de hace 1.601 años, el 26 de diciembre de 415, se llevaron reliquias de San Esteban hasta un templo. Así a partir de ese día podrían ser veneradas como merecía el personaje. Es decir, que hoy celebran los cristianos el traslado de sus residuos orgánicos, pasándolos del anonimato y olvido al culto y la veneración.

Los restos del cadáver habían sido hallados unos meses atrás, el 3 de agosto, fecha en la que también se celebra San Esteban o, al menos, su “invención”: así se llama la festividad.

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Las reliquias fueron descubiertas por un sacerdote, de nombre Luciano, y que tuvo un sueño revelador que le indicó dónde estaba enterrado aquel primer mártir con cuyo posible hallazgo tan obsesionado vivía. Dicen los relatos que al desenterrarlos, de los huesos allí enterrados emanó un seductor e irresistible perfume. Y sólo de olerlo sanaron muchos enfermos que por allí estaban.

¡CEDE EL PASO, LORENZO!
Tras dar bastantes vueltas de templo en templo, sus reliquias fueron trasladadas a Roma por el papa Pelagio II (siglo VI) durante la construcción de la basílica de San Lorenzo Extramuros. Sus restos fueron enterrados junto a la tumba de san Lorenzo mártir, a quien se le dedicaba el templo.

Dicen que fue tal la importancia de San Esteban que, a la hora de hacer aquella obra, los restos de Lorenzo se trasladaron ellos solos (¡¡milagro a la vista!!) a un lado de la sala para dejarle ese sitio a los de Esteban. Por eso éste ocupa un lugar más central que San Lorenzo, titular de la basílica.

DISCURSO ROMPEDOR
La que sí parece más histórica es la trascendencia del discurso que profesó aquel joven llamado Esteban frente al Sanedrí, el decir, el concejo formado por los hombres (¡nunca mujeres!) relevantes, sabios y sacerdotes. Un discurso en el que replanteó la nueva visión del cristianismo, que no era por aquel entonces sino una corriente revolucionaria y “antisistema”.

Allí, ni corto ni perezoso, contradijo gritando a la autoridad varios de los tabúes político-religiosos, por ejemplo, diciendo que dios estaba en el cielo y en la tierra, no solamente en una casa, un templo. Encendió las iras de los gobernantes… Y, para rematarlo, acabó el discurso llamando “duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos” a aquellas incuestionables autoridades del Sanedrí.

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PEDREA
Si una simple blasfemia ya daba derecho al pueblo judío a sacar fuera de las murallas al malhablado y, sin juicio previo ni autoridad competente, matarlo a pedradas, pues imaginaos la que le calló a San Esteban después de haber dicho varias docenas de esas injurias y haber irritado a la máxima autoridad.

Dicen que no se achantó ni un pelo frente a su inminente ejecución y, delante de todos, oró a Dios para que recibiese su espíritu y, con bastante coña, para que perdonase a sus asesinos. Se puso de rodillas y allí le cayó la pedrea, el gordo y hasta el dinero atrás. Y quedó muerto claro.

Desde entonces se le representa con unas piedras: una pista para reconocerlo si algún día estáis mirando un retablo o imagen.

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REVOLUCIÓN
Y eso es lo que hoy celebramos. Una especie de homenaje a alguien que se inmoló por abrir unas nuevas vías en el campo de las creencias. Como ya hemos dicho, también lo hacemos el 3 de agosto, fecha que por razones netamente meteorológicas, ha tenido más éxito en las fiestas de nuestros pueblos.

Ateos o creyentes, lo interesante es hacer que cada día sea diferente, que algo irrelevante lo convierta en especial y que aflore en este mar de monotonía que nos ahoga. Ésa y no otra es la intención de estas letras: el hacernos sentir que estamos gozando de un día único, especial e irrepetible. Amén.

Pan, magia y rituales en Nochebuena

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Cuando hace unos años fui padre, me invadió la necesidad de tener que recuperar el ritual del pan de Navidad, una costumbre muy nuestra y que habíamos abandonado años atrás, tras siglos de convivencia íntima con ella.

Quizá ya no tenía razón de ser desde que, deslumbrados por la modernidad, nos vimos aturdidos con la irrupción de la televisión y por los destellos cegadores de mariscos, cavas y turrones, con los que ya convivimos en estas últimas décadas. Unos lujos estos que, dicho sea de paso, nunca me han dado tanto placer como cuando hemos vuelto a la esencia, a cosas tan simples como rescatar el rito del pan de Nochebuena. Porque al ser padre y como nunca hasta entonces, se me ha reactivado la necesidad de transmitir lo mejor que llevo dentro. Y si es algo mágico, prodigioso y encantador como lo que os voy a contar, mejor que mejor para estas fechas.

Aunque a algunos os parezca mentira, hoy por hoy no hay nadie de cierta edad en el mundo rural vasco al que le resulte desconocido aquel ritual tan especial que daba —y da aún en muchos hogares— el pistoletazo de salida a la cena más ceremoniosa del año y, por ende, a todo el período de la Navidad.

Era el de más edad de la mesa el que cargaba con la responsabilidad de hacerlo, con la mayor solemnidad posible. En algunos pueblos, no en el mío, era costumbre rezar previamente un padrenuestro por cada difunto de la familia. Tras trazar con la punta del cuchillo una cruz en la base del pan, se besaba éste. Así quedaba purificado, apto para adquirir su verdadero potencial sobrenatural. A continuación, se procedía a cortar diversas rebanadas de pan que se repartían siguiendo la edad o la jerarquización de la mesa.

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Pero el primero de los trozos cortados, el currusco, era el que iba a ser el protagonista del acto. Separado de la hogaza, se guardaba bajo el mantel, lugar que habría de ocupar toda la noche para pasar luego el resto del año en un armario o cajón. Todo el mundo con el que hablemos nos repetirá insistentemente que era un trozo que no se enmohecía en todo el año, indicio que ya nos pone sobre aviso de sus cualidades mágicas.

En algunos lugares, una vez colocado el pan ritual bajo el mantel, se rescataba el del año anterior y se repartía para ingerirlo, en pequeños trozos, entre todos los comensales y los animales de la casa, cerrando un ciclo anual. Se creía que actuando así se preservaba la salud: no en vano también es conocido en euskera como ogi salutadore, ‘pan que da salud’. En otras localidades, el más anciano de la casa untaba una punta del currusco en vino para ablandarlo y poder comerlo, repartiendo el resto entre los animales.

En mi familia sin embargo, no se hacía eso. Al contrario y al igual que en otros muchos lugares, se guardaba por si había que dárselo a algún perro enfermo de rabia: era el único método de sanación conocido para esa enfermedad. En otros valles cercanos, se arrojaba a los ríos crecidos cuando era inminente la inundación, para rebajar su cauce.

Asimismo en la costa vizcaína era lanzado al mar embravecido, para calmarlo, o en otros muchos lugares a las tormentas de pedrisco para evitar que descargasen, una vez más, su rabia.

2003 eta 2004ko Gabonetako ogiak

No era extraño tampoco pensar que mientras aquel pan estuviese en casa preservaría de desgracias el hogar. También se daba a los mendigos pensando que así pondría fin a sus cuitas, porque su capacidad milagrosa no conocía límites.

Nosotros, que hoy vivimos en un piso y no tenemos ríos, mares o tormentas que calmar, pintamos con un rotulador el año en el primer trozo de pan cortado. Y lo tenemos como comensal invitado debajo del mantel durante toda la cena y, a la mañana siguiente, una vez pasado Olentzero, lo guardamos en un cajón junto a los de otros años. De ese modo vamos completando poco a poco el álbum de nuestras Navidades, el de nuestras fugaces vidas familiares.

Cada 25 de diciembre los miramos y comentamos al añadir un ejemplar más, contentos al ver que a Olentzero le ha encantado la idea y que por eso ha sido tan generoso con nuestra familia. Es lo que tiene la paternidad…

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Este año pretendo hacerlo más bonito si cabe. Vamos a ser más desprendidos en el corte y dejaremos al día siguiente parte del pan en un exitoso comedero de pajarillos que hemos hecho este otoño. Para que ellos también sean felices y gocen de eterna salud. Porque nos hacen plenamente dichosos cada vez que acuden a comer y los vemos revolotear.

Es decir, que hemos adecuado e integrado la vieja tradición en los tiempos modernos para de ese modo intentar preservarla de la desaparición total.

Y lo hago así porque no quiero prescindir de esta costumbre tan íntima y que conocemos como “pan de Navidad”, “Gabonetako ogi bedeinkatua”, “ogi saludatu”, “ogi salutadore”… rito solsticial anual que es, al parecer, la última reminiscencia de una costumbre antiquísima que estuvo generalizada por toda Europa. ¡Vaya privilegio y suerte el poder rememorarla cada año!

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Pero, como acostumbramos a hacer con este tipo de tradiciones tan interesantes, las abandonamos a su suerte para dejarlas morir por inanición. Sin el mínimo esfuerzo por revitalizarlas, readecuarlas o transmitirlas. Mientras, acogemos con generosidad y los brazos abiertos otros ritos navideños o de cualquier tipo que nunca han sido nuestros. Es que, a veces lo pienso, parecemos bobos.

Por favor, haced este año un esfuerzo para integrarlo en vuestras cenas. Os prometo que vais a ser más dichosos. Y que no os engañe el sistema: esto hace más felices a los pequeños de la casa que todos los juguetes del mundo. Eguberri on.

 

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Santo Tomás, mi abuelo y la renta del caserío

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Día de Santo Tomás. José Arrue artistak Arcadio D. de Corcuera S. A. enpresaren 1950eko egutegirako egokituriko margolana

Hoy, 21 de diciembre, es el día de Santo Tomás (San Tomas en euskera).

Quisiera tener un recuerdo para mi abuelo Martín Mugurutza Zendegi (1896-1972) que cada año, tal día como hoy, bajaba a pagar la renta anual del caserío en Markuartu (Laudio) al gran propietario y adinerado Enrique Escauriaza. Era en Bilbao, en donde todo bullía con la gran feria creada unas décadas atrás por Felix Garci-Arcellus, un personaje bilbaíno que vivió muchos años en Laudio.

Bilbo. Baserritarrak azokara bidean

La renta a abonar era en su caso una cantidad más bien simbólica de dinero, algún par de gallinas y unos huevos. También de vez en cuando unas nueces… o lo que había, porque mucho más no se podía.

El propietario, a sabiendas de que aquellos inquilinos necesitaban el dinero más que ellos, correspondía con buenos regalos, generalmente una gran bacalada, con la que mi abuelo volvía feliz y orgulloso en el tren.

Los regalos recibidos igualaban o superaban por tanto el valor de la renta. Debía de ser, como en la actualidad, que el espíritu de la Navidad hace que el día de hoy sea tan especial.

Y es que, con la perspectiva del tiempo, me he dado cuenta de que lo que hacía feliz a aquel propietario era el ayudar a una familia que estaba más para recibir que para dar. Porque, siendo adinerado y terrateniente como era, poco le apasionaba acaparar anualmente un mísero capital que en nada le iba a cambiar la vida. No buscaba la usura.

Asimismo, por lo que veo, nuestros antepasados han sido más de honradez que de dinero porque, sin faltar de nada, tampoco nunca les sobró. Pero, lo que son las cosas, ahora me doy cuenta que es la honradez y no las riquezas, la que me ha hecho sentirme una persona afortunada y feliz.

Porque —eso me lo han inculcado bien— no hay cosa más grande y reconfortante en esta vida que el ser decente y vivir en paz con uno mismo, sin desear aquello que no se puede alcanzar o, lo peor, que ni siquiera se necesita.

Y es que la humildad, la gratitud y la conformidad son los grandes capitales que realmente te hacen pudiente, porque son los que facilitan la libertad, “el mayor tesoro que los cielos dieron al hombre”, como apuntase el loco caballero andante de La Mancha. No el dinero. Definitivamente, creo que es la necesidad y no la opulencia la que esculpe las más modélicas personas.

No me diréis que estas enseñanzas no son la mejor de las herencias…

La imagen del encabezamiento es El día de Santo Tomás, pintado por José Arrue en aquellos años en que mi abuelo bajaba a pagar la renta. Era José Arrue también íntimo amigo de aquel soñador Félix Garci-Arcelus que decidió en 1915 hacer una gran feria para reforzar aquel comercio rural generado en el día de Santo Tomás con la bajada de tantos y tantos baserritarras a Bilbao para pagar sus rentas.

 

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