Marzas de Fresnedo: la piedra angular

En estos momentos se estará repitiendo un año más en Fresnedo —localidad rural del municipio de Soba, Cantabria— el ritual de las «marzas». La fiesta consiste en una cuadrilla de muchachos que desde la mañana hasta el anochecer, recorre los pueblos y aldeas del entorno cantando unas coplas y pidiendo ese donativo que luego usarán para hacer una merienda.

Es, en resumen, otro más de nuestros carnavales rurales. Pero en nuestro caso, sin ningún turista, en su más esencial expresión, con más pureza que adorno, más espontaneidad que diseño previo… Porque no lo necesitan.

Irrupción de los marceros, a la carrera, en el entorno de Casatablas

Allí estuve el año pasado, acompañándoles para interiorizar la fiesta y fotografiarla. Y desde aquel entonces, todo se zarandeó en mi interior porque creo que allí encontré la piedra angular necesaria para enlazar la interpretación de varias fiestas de invierno. De hecho, para eso fui hasta allí, guiándome por lo que había escuchado, a un ritual que, al margen de los que lo organizan o toman parte, poca información conseguiremos en internet o en el mismo ayuntamiento. De ahí su pureza, su estado virginal: mi cámara fue la única que les acompañó durante todo el recorrido de la tarde: magia en estado puro.

MARZAS. Las marzas, como recogemos de la wikipedia, son las «el nombre que reciben los cantos con los que se recibe al mes de marzo, conmemorando así la llegada de la primavera. Se cantan el último día de febrero o el primero de marzo en numerosas localidades ubicadas en la zona norte de España, como en Burgos León, Palencia y, especialmente, en Cantabria«. También, por proximidad, se dan en Bizkaia, en municipios como Karrantza o Lanestosa (pincha para ver vídeo) y, creo que en la actualidad desaparecidos, en Turtzios y Artzentales. Y nuestros estudios etnográficos los han pasado de puntillas porque quizá no encajaban con la idea preconcebida que teníamos de la cultura de nuestro país, cuando en realidad son una joya de valor patrimonial incalculable.

En la imagen superior, una marza, ataviados con palos decorados y madreñas. Foto: Wikipedia. Es indudable la semejanza con los coros de Santa ´Águeda en Bizkaia, como el que se muestra en la fotografía inferior. Revista Estampa, 1931.
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A pesar de lo aparentemente antiguo de esta celebración, su nombre no se documenta hasta 1910 (Diccionario Enciclopédico Hispano Americano) y ya en su definición nos da pistas de no ser tan estricto en las fechas como en la actualidad sino que se trata de un ritual de invierno, otra muestra más del carnaval rural. Dice así: «Copla que en la Nochebuena, en el Año Nuevo y en la misa de los Santos Reyes van cantando por las casas de las aldeas, por lo común en la corralada, unos cuantos mozos solteros«. También añade como segunda acepción que se conoce con el nombre de marza también al «obsequio de manteca, morcilla, etc. que se da en la casa a los marzantes para cantar o para rezar«.

De su amplitud de las fechas nos habla el Cancionero popular de la provincia de Santander (Córdoba y Oña, 1955) y que recoge también Antonio Montesino en su obra —imprescindible— Las marzas (1991): «los tiempos de celebración de esta modalidad de canto petitorio […] eran los meses de diciembre (Navidad y Nochebuena), enero (Año Nuevo y Reyes), febrero (última noche) y marzo (primer día o viernes del mes)«. Pero cita que se repiten rituales idénticos —algunos denominados asimismo como marzas— «en carnaval«, etc. Y eso, particularmente, me encanta que sea así por las puertas que nos abre.

Cantando las marzas en Fresnedo

EL NEXO. Lo que yo viví en Fresnedo el año pasado, en su estructura, planteamiento, participación y esencia no se diferencia mucho de los coros de Santa Águeda, tan típicos del occidente vasco, como luego veremos. Con una sola diferencia: las pieles de oveja a la espalda y los grandes cencerros —campanos— que hacen sonar en su espalda. Y es ahí en donde las marzas de Fresnedo se muestran como elemento patrimonial extraordinario, único, ya que nos muestras a las claras el nexo entre los carnavales de invierno y los coros de Santa Águeda.

Grupo de marceros en Fresnedo, con mozas locales en el balcón

RITUALES MASCULINOS. Tanto las marzas como los coros de Santa Águeda se han compuesto de jóvenes muchachos, siempre varones, recién pasados de la infancia a la juventud y es eso precisamente lo que se celebra, porque no deja de ser un ritual de paso, propio de la masculinidad, el acceso a la sexualidad, a la posibilidad de procrear, de generar nueva vida. Al igual que los carnavales rurales, siempre limitados a los muchachos que, a menudo, usan la metamorfosis que le facilitan la máscara y el disfraz, para representar lo femenino, la fertilidad y prosperidad.

Esos coros o rondas juveniles, representan esa época en la que los muchachos abandonan los juegos, comienzan a vestir pantalón largo, ocupan espacios para adultos dentro de las iglesias, comienzan a participar en labores sociales como auzolanes o veredas, en trabajos de casa propios de adultos. O, en su proyección social, toman a su cargo la organización de las principales fiestas y bailes del pueblo. En euskera se conoce ese tránsito como «mutiletan sartu» y como «la mocería» en castellano.

De ahí que, por coincidencia en la edad, ese rito de paso a la juventud como son los coros de Santa Águeda sea mezclado en muchas poblaciones con los quintos, aquellos muchachos que debían acudir al servicio militar, obligatorio en las provincias vascas a partir de la Constitución de 1876 —y su desarrollo especifico por Ley de 1878—, a los que se despedía con una fiesta realizada con lo recogido, ya que se alejaban en muchas ocasiones para varios años, a pasar serias penurias. Precisamente eran llamados a filas en la edad que ya se consideraban no niños sino principio de adultos. Todos hemos escuchado aquello de que de la mili se regresaba hecho un hombre.

El grupo de marceros recorre la práctica totalidad de las aldeas del entorno, para «cantar o rezar» y recoger los obsequios de los lugareños.

PRIMERA COMUNIÓN. Tampoco es ajena la Iglesia a este ritual del paso de la infancia a la edad adulta y que lo encubre y enmascara a través de una celebración creada ad hoc, como lo es la Primera Comunión. Recordemos asimismo que a esa fiesta cristiana accedían los muchachos jóvenes, de 12-14 años, y a los que se remarcaba al finalizar la ceremonia que «Orain, gizon egin zara«, ‘ahora te has hecho hombre’, algo clarificador para lo que intentamos mostrar den este artículo.

Es más, cuando en 1909 el papa Pío X ordenó rebajar la edad del ritual sacramental a los siete años aproximadamente, el pueblo no lo asumió bien porque aquello ya no representaba un paso de jóvenes a la edad adulta. De ahí que en muchas localidades vascas documentemos en esas décadas una duplicidad de dicha celebración: la «komunio txikia» y la «komunio handia» (‘comunión pequeña y comunión grande’), es decir, lo impuesto desde Roma frente a lo interiorizado en la población.

Tampoco es casualidad que la Iglesia celebre el sacramento de la Primera Comunión en primavera, el período pascual, renacimiento de la naturaleza per se, como lo es la juventud o la pubertad.

Las marzas de Fresnedo han guardado su pureza por el aislamiento y su desconocimiento general: al contrario que en la mayoría de carnavales rurales, aquí no hay ni un solo turista o visitante.

SANTA ÁGUEDA VASCA. No sabemos cuál es el motivo por el que aquellas fiestas de invierno en las que se los muchachos recientemente llegados a la edad adulta —el período de «mocería» finalizaba al casarse o al tener edad para ello— se celebraron en el occidente vasco en torno a la figura de Santa Águeda. Quizá por honrar a aquella primera mártir femenina del cristianismo, por el hecho de ser mujer y de haberle cortado los pechos, símbolo por excelencia de la fecundidad y la generación de vida. También acaso por su fecha a principio de febrero, propia para integrar y reconducir en ella los carnavales rurales que tanto incomodaban a la Iglesia.

Por otra parte, las «mocerías» tan propias de Álava y Navarra (Atlas etnográfico de Vasconia, Ritos de nacimiento al matrimonio, 1998) tienen como fiestas propias de los muchachos varones las de Carnavales y la de Santa Águeda, cuyas fiestas organizan por tenerla como su patrona. Algo muy propio por tanto.

Marceros. Unos con pieles, otros con camisa blanca y pañuelo rojo. El torreneru, con el cuévano para recoger los regalos.

LOS COROS. Los coros de las marzas de Fresnedo, que tanto me emocionaron hace un año por su extrema pureza, coinciden en muchos aspectos con las descripciones de los coros de Santa Águeda que disponemos. En tantos detalles que es inevitable el plantear que se trata de una misma celebración, con dos manifestaciones folclóricas posteriores que las diferencian en lo estético. Me valgo para esta ocasión del artículo periodístico «Los coros de Santa Águeda» de Víctor R. Añíbarro en la revista Estampa, nº 161, de 1931.

Habla este artículo de que en todos los coros hay un «gizonzarra, un hombre maduro» que es el que ordena y gobierna el grupo, el que se encarga de transmitir la tradición a los más jóvenes. Esta figura ya desdibujada en Fresnedo, también es habitual en las cuadrillas de mozos de la Vasconia meridional, conocida como «mozo mayor«.

También relata Añibarro cómo «los cantores detiénense ante los caseríos y uno de ellos hace la pregunta de ritual «Abestu edo errezau?» (¿cantamos o rezamos?). Porque en el caserío puede haber algún enfermo o sus habitantes están aún sumidos en el dolor de una desgracia reciente. Se atiende siempre a la respuesta«. Me quedé petrificado cuando, tras haber conducido hasta una vivienda lejana en las montañas de Fresnedo, se mandó no cantar porque alguien de la casa estaba enfermo en la cama.

También se tiene en común que cada participante se acompañe de un gran palo, adornado —no recuerdo haberlo visto el año pasado en Fresnedo— con cintas de colores que, por cierto, recuerdan a esas danzas tradicionales de un mástil y largas cintas que representan a los árboles o a los mismos árboles rituales llamados mayos, mayas o maiatzak.

Coinciden también en que se cante en corro, una canción repetitiva con alusiones en la letra de las marzas a la mujer, algo que recuerda al «si en la vivienda hay una joven, una neskatilla (sic), no hace falta tampoco en la canción la correspondiente alusión galante» del artículo vasco.

Y sobre todo, coinciden con la descripción de Añibarro en que «En todos los sitios son acogidos con cariño y, en la aldea sobre todo, tienen el valor de una emoción muy querida que subsiste en el alma aldeana con toda su fuerza primitiva«.

Las marzas tienen un gran valor como aglutinante social ya que muchas veces supone el encuentro entre buenos amigos

LAS MARZAS. Pero centrémonos en las marzas de Fresnedo de Soba, en todo su lujo de detalle. Para ello prefiero citar directamente las palabras de Ángel Rodríguez en su librillo Los dulzaineros de Fresnedo de Soba (2015) ya que lo resume perfectamente y con más certeza que lo que yo podría ofrecer: «El grupo de marceros lo forman exclusivamente los mozos, excluyendo al género femenino. Se reúnen en algún lugar sin ser vistos, donde se disfrazan y caracterizan convenientemente. Lo componen varios personajes, que se diferencian por sus vestimentas, encargados además de funciones diferentes. Los marceros, conocidos en Soba como «ramasqueros» por el ramo que porta uno de sus personajes, van ataviados con pieles de oveja colocadas en su espalda a modo de capa. A la cintura se ajustan las colleras, portando un buen número de campanos y campanillas que han sido retirados de sus animales para la ocasión. Llevan también un palo con el que andan y saltan al modo pasiego. A los encargados de cantar las marzas se les denomina «cantadores» visten de blanco luciendo una banda colorada. Otro componente que compone la mascarada es el «torreneru» que, cuévano a la espalda, es el encargado de recoger el aguinaldo (chorizos, huevos, castañas, quesos…). Por último está el «ramasquero» que porta el ramo, generalmente de acebo, decorado para la ocasión. Este es el personaje más peculiar. Cubre su rostro con una careta de piel de oveja y lleva un atuendo formado por elementos carnavalescos y prendas femeninas, en ocasiones llevando una pandereta. Todos los personajes cubren su cabeza con un capirote adornado con cintas de colores.

Una vez terminada la caracterización, los ramasqueros se dirigen a las casas de los vecinos. Resuenan los campanos, agitados por los mozos que los portan, hasta que llegan a la vivienda donde los cantadores hacen la pregunta de rigor: «¿Cantamos o rezamos?». Si en la casa se guarda luto, se rehúsa al cantar y se reza si así se solicita. Si se pide del canto, pronto los mozos cantadores comienzan a entonar las marzas. Rara es la vez que se cantan al completo, pues enseguida los ramasqueros comienzan a agitar sus campanos entre gritos y relinchos. Y es que, como dice la canción «…dénoslo señora, si nos lo han de dar, sin cortos los días y hay mucho que andar». El torreneru se encarga de recoger el aguinaldo y se dirigen a una nueva casa. Este proceso se repite en todas y cada una de las casas del pueblo, así como en los pueblos vecinos. Con los obsequios obtenidos, se reúnen todos los participantes para celebrar la parranda«.

Sobran las palabras ante tal cúmulo de símbolos tan virginales y desconocidos fuera de Fresnedo. Pero es fácil enlazarlo no sólo con nuestros coros de Santa Águeda sino con carnavales mucho más alejados, como los de Ituren y Zubieta, u otros similares o rituales en torno al árbol, conocidos entre nosotros como basaratuste ‘carnaval del bosque’ o kanporamartxo y etxeramartxo— cuyo segundo componente del término, martxo, al menos en apariencia, no dista nada del nombre «marza«.

LAS LÁGRIMAS DE GELÍN. Por nada del mundo habría de imaginarme yo que, cuando buscaba algún enlace para participar como observador en las marzas de Fresnedo, la familia más memorable del mismo iba a ser la de los Pérez, saga de dulzaineros locales. Y es que allá por el año 2000 estuve en casa de Terio, al que fotografié junto a su esposa. Terio era un afamado dulzainero y motor de las marzas, ya fallecido, e hijo del legendario Ángel Pérez— gracias a uno de sus nietos, Mikel, del que por aquel entonces era yo profesor y ahora amigo. Hijo de Terio y nieto de Ángel es otro Ángel —padre de Mikel— que, por diferenciarlo del abuelo, se conoce en este entorno como «Gelín» (de Angelín, claro está), al que también conozco.

Fotografía del archivo familiar, con el legendario dulzainero y motor de las marzas Ángel Pérez. Junto a él, sus nietos Gelín (Angelín) y Jesús.
Fotografía que en el año 2000 hice a Terín, hijo de Ángel, padre de Gelín y abuelo de Alberto, Mikel y Adrián.
La tradición reverdece cada principio de marzo en la familia Pérez. Sin participar, Ángel, Gelín, junto a su hijo Mikel, sobrino Adrián e hijo Alberto.
Instantánea tras el encuentro en el restaurante Casatablas, centro neurálgico del valle.

Con él coincidí en el bar Casatablas, el punto de encuentro referente del valle —y por cierto con muy buena y económica comida— mientras esperábamos a que apareciesen los marceros en su recorrido. Un problema en una pierna le impedía participar este año, supongo que por primera vez en su vida. Pronto irrumpieron los atronadores campanos y en una carrera por la carretera aparecieron de la nada los sudorosos marceros. Allí, dentro del grupo, estaban sus hijos Alberto y Mikel. Y Adrián, el hijo de su hermana Delfina. En ese momento, cuando vimos aparecer en la lejanía al grupo, mientras charlábamos con sendos vasos de vino en la mano, vi cómo se le humedecían a Gelín los ojos por la emoción. No dije nada y respeté su silencio. Porque en ese mágico momento necesitaba todo el universo para él: le estaban hablando sus genes, sus raíces ancestrales. Allí estaba, con la mirada perdida, ausente, inmerso en la silenciosa soledad que había edificado para aislarse del tronar de los campanos. Y sus vivencias personales propias, las de sus antepasados y las de su descendencia se encontraron allí, junto a la húmeda tierra de aquel encajado valle en donde nos encontrábamos. Entonces comprendí lo que eran las marzas de Fresnedo para aquella gente que, dicho sea de paso, tan bien me acogió: historia, pureza y, sobre todo, emoción. Benditas aquellas lágrimas de Gelín, que regaron el renacer primaveral de la historia…

El Árbol Malato

No sabemos a ciencia cierta desde cuándo era considerado el Árbol Malato de Luiaondo como el más celebre, simbólico y renombrado hito fronterizo de Bizkaia.

La explicación más recurrida y que más retrocede en el tiempo es la de la legendaria batalla de Padura, en la cual se cuenta cómo, tras haber vencido los vizcaínos al ejército compuesto por asturianos y leoneses, persiguieron a éstos en su fuga hasta el árbol Malato de Luiaondo, árbol que, desde aquel mismo instante, pasaría a ser la muga más reconocida de Bizkaia.

Pero dejemos a un lado los detalles de una batalla sobre la que tendremos ocasión de volver más tarde.

La historiografía legendaria, más basada en sucesos maravillosos que históricos o verdaderos, hace concurrir en un momento concreto varios elementos: la batalla de Padura, el origen del Señorío de Bizkaia, la aceptación del cargo por parte del primer Señor de Bizkaia, Jaun Zuria, y cómo no, la aparición del Árbol Malato a modo de un indiscutible símbolo de limitación territorial. Desde entonces y hasta nuestros días, no hay duda de que dicho elemento se ha convertido en el icono que más proyección ha dado a Luiaondo, resistiendo como ningún otro todos los envites del tiempo.

Aparte de la cita en la batalla de Padura, la otra gran referencia que la historia hace del árbol en cuestión, es la que se constata en el Fuero de Bizkaia.

El Fuero parece tener su origen en una serie de sistemas de ordenamiento y convivencia y que, similar a lo que sucedía en otros lugares, se basaba en unas costumbres asumidas por la comunidad y que venían aplicándose desde tiempos atrás.

Dichas normas no fueron recopiladas por escrito hasta 1342, en una especie de esbozo que luego daría lugar, tras las ampliaciones y desarrollos correspondientes, al llamado Fuero Viejo de Bizkaia, redactado en 1452. Es ahí donde se cita, en su ley quinta, la obligatoriedad de defender con las armas el territorio que tenían todos los vizcaínos, obligación que finalizaba en el Árbol Malato. A partir de ahí, irían a guerrear con un pago por su servicio, como simples asalariados, pero no sin compensación económica, tal y como debían hacer dentro del territorio vizcaíno. Es la misma disposición del Fuero la que más explícitamente detalla tales aspectos:

«Otrosí dixieron que los caualleros e escuderos e fijosdalgo, así de las uillas como de la Tierra Llana de el dicho Condado de Vizcaia, siempre vsaron e acostumbraron de yr cada e quando el Sennor de Vizcaya los llamase, sin sueldo alguno, por cosas que a su seruicio los llamase, fasta el árbol Malato que es en Lujaondo; e si el Sennor con su sennoría les mandase yr allende de el dicho logar de el árbol Malato, que el Sennor deue el sueldo de dos meses si ouieren de yr aquende los puertos, e para allende los puertos de tres meses. E si dando el dicho sueldo en el dicho lugar que los caualleros, escuderos y fijosdalgo de el dicho Condado acostumbraron e acostumbran de yr con el Sennor a su seruiçio, a do quier que los man/dase. E si el dicho Sennor no les diese el dicho sueldo, en aquel lo/gar de el dicho robre Malato, dende adelante nunca vsaron ni acostumbraron yr con el Sennor sin reçiuir el dicho sueldo. E que los dichos caualleros e escuderos, fijosdalgo así vsaron e acostumbraron, e siempre así les fue goardado por los Sennores de Vizcaya»

Al citar «los puertos», se refiere al comienzo de la Meseta, a los territorios sobre Orduña y más allá.

Monumento del Árbol Malato en torno a 1910

 

Esta disposición del Fuero –por otra parte, gracias a la cual sabemos que el árbol era un roble– ha hecho correr ríos de tinta aunque, en la mayoría de los casos, acompañando a una carga de idealismo tal que prácticamente ha desfigurado la realidad. Ésta, como siempre sucede, es menos fabulosa que lo que las apariencias nos muestran.

¿POR QUÉ EL ÁRBOL MALATO? En realidad, sucede que en torno al 1200 se producen en Europa una serie de cambios sociales, económicos y estructurales. Éstos se reflejan en muchos aspectos de la vida y, entre ellos, en la codificación que de los desperdigados derechos feudales existentes se hace, como decimos, en toda Europa. No impermeable a dichas corrientes, también esa tendencia general afecta a nuestro ordenamiento legal. De ahí la redacción del Fuero Viejo.

Al igual que sucede con el Fuero, también la existencia del famoso icono de Luiaondo responde a unas razones más pragmáticas que las que nos han llegado durante siglos a través de las fantasiosas explicaciones.

La interpretación más coherente para aclarar la existencia del Árbol Malato es que durante la Edad Media, por simple subordinación, los aristócratas y nobles acompañaban a los reyes o señores de rango superior en las diferentes aventuras militares que aquellos planteasen, aceptando la misión con la más absoluta obediencia y sin llegar jamás a ponerla en tela de juicio.

Pero con el paso de los siglos, la nobleza va paulatinamente alcanzando cotas más altas de poder y, cada vez asume con más incomodidad el tener que obedecer a los caprichos del Señor, que a partir de las últimas décadas del siglo XIV será el rey de Castilla. Un mandatario que en infinidad de ocasiones les aboca, gratuitamente, a auténticos desastres económicos y humanos. Son éstos unos peajes que la pujante nueva nobleza no está dispuesta ya a asumir. Es más, es tal el poderío que ha alcanzado que llega a desafiar el orden establecido y a negarse a un vasallaje incondicional.

Ante la nueva relación de fuerzas, son pactadas las obligaciones militares con los reyes, señores, etc., así como las condiciones de las mismas.

De hecho, lo que anteriormente hemos visto en el Fuero, no es sino un contrato por servicios militares, una especie de convenio colectivo, con todos los aspectos económicos claramente especificados.

Es éste y no otro el origen del Árbol Malato: una limitación en lo geográfico, una referencia nítida para acotar hasta dónde correspondía el servicio por subordinación y a partir de qué punto comenzaban aquellos encaprichamientos del Señor y cuyas funestas consecuencias no se estaba dispuesto a asumir. No al menos gratuitamente.

EL MONUMENTO. Refiere Iturriza al hablar del Árbol Malato que «…después que por su antigüedad se secó, se colocó en sus raíces una cruz de piedra, costeada por el Señorío, el año 1730, para perpetuar su memoria«. Pero, insistentemente, una vez más, la realidad se nos muestra laberíntica.

Por ello, si pretendiéramos ubicar en el tiempo la existencia del famoso hito, nos percataríamos de que en el momento de la redacción del Fuero Viejo de Bizkaia, en el año 1452, se certifica claramente la presencia física del árbol. Podemos además suponer que, por el simbolismo que se le otorga, sería para aquel entonces un ejemplar de cierta envergadura y edad.

Siglo y medio después, más concretamente en 1603, sabemos que llevaba un largo período desaparecido ya que se expresa la preocupación de que su recuerdo pudiera perderse.

Sabemos este último dato por el acuerdo tomado en las Juntas Generales del Señorío celebradas en mayo de dicho año. El acta dice así:

«Otrossi, atento que el árbol malato que dispone el Fuero de este Señorío, por el trascurso del tiempo se havía perdido y es necesario se buelva en poner en el propio lugar donde antes solía estar y lo dispone el dicho Fuero, se acordó y mandó quel dicho señor Hortuño de Alçaybar y Francisco de Urquiça bayan al valle y Tierra de Ayala y aga poner el dicho arbol con una cruz de piedra con su letrero en que se declara que es el dicho arbol, y cerca dello agan si fuere necessario las diligencias necessarias, que para ello les dio poder en forma»

«Otrossí, atento que el árbol malato…» documento de 1603, primera constatación de la desaparición del árbol y de la preocupación de las Juntas por erigir un monumento que perpetuase su memoria

 

Pero todo parece sugerir que dicha resolución no se llevó a cabo ya que, en un nuevo acuerdo de 14 de junio de 1609, seis años después, se insiste en la necesidad de perpetuar la memoria del glorioso árbol:

«Así mismo propuso el dicho síndico que si estubiere hecho algún decreto en razón del árbol malato, se guarde y cunpla; y si no hubiere, que al alcalde que es o fuere de la çiudad de Hurduña, se le comete para que plante un árbol en el puesto donde antes solía estar, para que se sepa donde hes el dicho lugar del dicho árbol malato, para en conservaçion de las franquezas y libertades deste dicho Señorío, y que se bea el decreto que se hizo sobre ello en tiempo del licenciado Villabeta y Montoya, corregidor, y el dicho alcalde cunpla como en él se contiene, y aga el dicho alcalde poner en dicho sitio una cruz de piedra con su letrero que diga: «aquy es el sitio del arbol malato«.

Desconocemos si este segundo acuerdo fue ejecutado y se arruinó posteriormente o, lo más probable, que nunca se cumpliese. Decimos esto a tenor de lo recogido en el nuevo acuerdo de las Juntas Generales celebradas en Bilbao en 4 de noviembre de 1723 y que insiste, una vez más, en la necesidad de eternizar el recuerdo del «Arbol Malato quees en el lugar de Luyaondo«. Dice así:

«…en decreto de Regimiento General de diez y siette de Junio año de mill seiscientos y nuebe para que no perdiese la memoria de la sittuacion que ttubo y se conservase la zittada franqueza y exención, se acordó que se plantase otro Arbol en el sitio antiguo y se pusiese una Cruz de Piedra con letrero que dijese: Aqui es el sitio del Arbol Malato. Lo cual parece no haverse executado por omision de la persona a quien se comendo, por tanto Decrettaron y Mandaron sus Señorias queel Señor Sindico General, Don Juan Joseph de Aranguren y Sobrado haga cumplir y que se cumpla el referido Decreto fixando la Cruz de Piedra con la referida inscripcion y lettrero y plantando el arbol en el propio sittio antiguo baliendose para ello de los medios y personas que fuesen designadas«.

Aún así, hasta el año 1730 no se puso por fin la piedra. Casi tres siglos después de su instalación, recordamos aquella fecha al leer la inscripción  que observamos en el pétreo monumento:

«Éste es el sitio donde estaba el memorable Árbol de Malato, de que hablan las historias y la Ley quinta del Título primero del Fuero del Muy Noble y Leal Señorío de Vizcaya. Año 1730

De sobre si se cumplió la parte del acuerdo que ordenaba también plantar un árbol, no sabemos nada pero es probable que no se llevase a cabo.

Encabezamiento del acuerdo de 1723, instando a poner el monumento

 

El monumento que hoy disfrutamos consiste en una base de piedra cuadrada en la que, en dos de sus caras y a renglón corrido, se encuentra grabado el texto más arriba citado. El material parece ser roca caliza de la zona de Ayala, blanda y quebradiza, por lo que su estado de conservación no es del todo óptimo.

Sobre dicha base se levanta la cruz de piedra, elaborada en mejor roca –probablemente extraída de las canteras de Bitorika (Laudio), antaño famosas por la extraordinaria calidad de sus materiales– y en apariencia bastante más moderna.

No sabemos nada al respecto pero la tradición oral recogida en Luiaondo nos habla de que la parte superior se cayó y rompió en algún vendaval y que por ello fue reparada posteriormente, eso sí, con mejor material.

Igualmente se comenta que dicho monumento estuvo en otra ubicación, justamente en el lado opuesto de la carretera rayante ya que el primitivo camino real pasaba, al parecer, entre las actuales carretera interior y circunvalación del pueblo.

Pero no todo han sido glorias para el famoso monumento. Prácticamente hasta hace dos décadas, se encontraba en un total estado de abandono, entre zarzas y descuidado. Afortunadamente para todos, alguien debió sufrir viendo el lamentable estado y se acometieron unas mejoras del entorno que han contribuido a dignificar del lugar. Para ello se acondicionaron los alrededores y se colocó una nueva placa con el siguiente texto explicativo: «Árbol Malato, hoy cruz, ayer libertad recuperada. Aquí el vasco abandona el arma» y su versión en euskera: «Malato Zuhaitza, gaur egun gurutzea, antzinean zuhaitza, askatasun berreskuratua. Hemen euskaldunak arma uzten du«.

También se plantó un retoño del solemne roble de Gernika aunque, cosas incomprensibles de la vida, fue atacado y destruido –al parecer por motivos políticos– en una noche de irracionalidad. Hoy otro árbol cualquiera, sin pedigree para que la intransigencia no se ensañe de nuevo contra él, da sombra y decoro a la cruz conmemorativa.

Imagen (cedida por Kuki Gregorio Seoane) del homenaje de 19 de enero de 2019. Se observa cómo la parte inferior de la cruz, en donde se encuentran las inscripciones, es de otro material diferente a la cruz superior. El árbol posterior sustituyó de urgencia a un retoño del árbol de Gernika que, en los años más convulsos (década de los 80), fue destruido en un acto vandálico con motivaciones políticas antivascas.

 

EL NOMBRE. El nombre de dicho árbol, malato, ha dado juego para las más variopintas explicaciones. Las más conocidas son las dos que propuso el insigne Antonio de Trueba (1819-1889). Para la primera de ellas la hace derivar de malastu, que él traduce como «lozano». Su segunda hipótesis nos lleva a unos términos diametralmente opuestos al primero: sería a través de mallatu, «macerado», «golpeado». Esta ha sido la etimología que más se ha divulgado, probablemente motivada por aquel gesto de clavar las armas en el árbol que las leyendas nos han acercado.

Por nuestra parte preferimos pensar en el término «malato», como «leproso». Recordemos que de la misma raíz surgen los italianos malato «enfermo» o, por ejemplo, malade «enfermedad» en francés.

A favor de dicha hipótesis tendríamos la otra denominación con la que Lope García Salazar designa el célebre árbol en el siglo XV: «árbol gafo«. Con el término «gafo» se denominaban a aquellas personas que por enfermedad degenerativa, solían tener encorvados, en permanente contracción, los dedos de la mano. Era una de las consecuencias más palpables de la lepra. El mismo García Salazar usa el término “malato” para referirse a un enfermo de lepra: «E después fue malato este Constantino. E bautizolo San silvestre e salió del agua del bautismo sano de aquella gafedad…»

Podría, así, sin más, hacer referencia a la disposición o forma del árbol y sus ramas, aunque esta vía daría perfecta cabida a cualquier otro planteamiento.

A pesar de que todo parece indicarnos que ésa debe ser la vía etimológica a seguir, no hemos de perder de vista, sin embargo, que a lo largo de la geografía vasca existen varios topónimos como Malatua, Malatuaga o Malatu y que nos obligarían a buscar en otros espacios idiomáticos.

Monumento a principio de los años 80, en notable grado de abandono

 

NOSTALGIAS. Tras la derrota sufrida en las Guerras Carlistas y con la consecuente abolición de los Fueros en 1876, una oleada de pesimismo y nostalgia se instala en el País Vasco. Las referencias a la pérdida de algo que se tenía como pilar estructural de la sociedad vasca y que es arrebatado bruscamente, por la fuerza, son continuas. Ello hace que los Fueros, las libertades vascas y, cómo no, incluso nuestro Árbol Malato, queden idealizados como nunca antes lo habían estado.

Irrumpen así una serie de escritores, pintores, etc. que intentan acercarnos por medio de sus obras a la perfección que, al parecer, se había dado hasta la ley de la abolición foral.

Sin duda la literatura neo-medievalista de Antonio Trueba, Juan Araquistain o Vicente Arana, creó un caldo de cultivo perfecto para inspirar infinidad de obras pictóricas con alusión mítica a los viejos fueros, Jaun Zuria, etc. Este tipo de obras son especialmente abundantes en la década posterior a 1880.

Uno de ellos será el cuadro titulado El árbol malato y que su autor, Mamerto Seguí Arechabala (1862-1908) realizó en 1882 en Roma. El óleo le reportó, además, el segundo premio de la Exposición Provincial del mismo año y que habían organizado conjuntamente la Diputación de Bizkaia y el Ayuntamiento de Bilbao.

Cuadro El Árbol Malato (1882) pintado por Mamerto Seguí en Roma. Muestra la exaltación romántica del mito, con Jaun Zuria mostrando el Árbol Malato a los soldados vascos supervivientes en la batalla de Padura (Arrigorriaga)

En él se representa en grandes dimensiones –la imagen supera los dos metros de altura– a Jaun Zuria en el Árbol Malato, tras la batalla de Padura, adoctrinando a sus aguerridos soldados sobre cuál es el punto que deben guardar para siempre en sus memorias. Por ello en el cuadro, por querer exclusivamente realzar el mito, el paisaje parece no tener importancia alguna. Por el contrario, toda nuestra atención es acaparada por la inevitable nos impone la figura de Jaun Zuria, ligeramente elevado sobre las gruesas raíces del recio roble, el árbol sagrado de los vascos.

Sobra decir que las armas y vestimentas representadas están lejos de cualquier rigor historicista pero no tiene demasiada importancia ya que el autor busca tan sólo recrear un paisaje de gran carga política, henchido de tanta mitología que hiciese superar la depresión anímica provocada, como hemos dicho, por la pérdida de los Fueros y mantener viva la esperanza de poder recuperarlos algún día.

Lo que está fuera de duda es la fuerza del conjunto, de la composición, con una intensidad expresiva tal que llega a sobrecoger. Hoy es una de las piezas más seductoras del Museo de Euskal Herria, ubicado en el Palacio Allendesalazar de Gernika y en donde puede disfrutarse en toda su plenitud.

También como muestra de idealización ante el legendario origen del Árbol Malato, existen unos versos de corte épico medieval y que dicen

«Odoldurik heldu ginian / mallatu arbola onetara / eta urren datozenak bere / alan ikusiko gaitubela» // «Cubiertos de sangre llegamos a este Árbol Malato, y los que osen a volver nos verán del mismo modo«, en clara alusión a la batalla de Padura.

No hemos conseguido dar con el autor de dicha poesía si bien sabemos que Juan Gorostiaga la recoge, en su versión romance, en la obra Épica y lírica vizcaína antigua  publicada en 1952. En ella dice que, en las alegaciones que el Padre Henao (1611-1704) hizo para tratar de resolver si el árbol del escudo de Bizkaia era el roble de Gernika o el de Luiaondo, cita además de las crónicas de Lope García Salazar, una «copla vulgar en Vizcaya y no de muy buen romance» y que refiere así:

Llegamos ensangrentados /  en el árbol donde veis / porque nos pinten con armas / los venideros después

A pesar de la discordancia, no cabe duda de que estamos hablando de la misma poesía.

Homenaje que las Juntas Generales de Bizkaia ofrecieron al ärbol Malato el 23 de octubre de 2016

 

LA BATALLA DE PADURA (ARRIGORRIAGA). Existe una leyenda en Bizkaia que ha sido transmitida a través de los siglos y que sin duda es la más conocida de entre todas las que han surgido en su territorio.

Según la misma, en las últimas décadas del siglo IX y en una fecha sin mayor precisión, hubo una gran batalla en Arrigorriaga y que fue de vital importancia para el nacimiento de Señorío de Bizkaia.

Al parecer, habiéndose dado ciertas desavenencias y disturbios entre don Zenón –heredero de las tierras de Bizkaia– y el rey de Asturias Alfonso el Magno, retuvo éste cautivo al primero en Oviedo. Tras varios años de padecimientos, exhausto, falleció don Zenón.

Humillados y dolidos los vizcaínos por la pérdida de su caudillo, se sublevaron contra el rey Alfonso. Éste, para poner orden en aquella incómoda situación, envió sus ejércitos a Bizkaia, capitaneados nada menos que por su hijo, el príncipe Ordoño.

Al campo de batalla salieron los vizcaínos, guiados por un personaje llamado Jaun Zuria y que a la sazón se convertiría en el primer Señor de Bizkaia algo que, como veremos más adelante, choca con la documentación conocida.

Vencieron los vizcaínos y persiguieron a los asturianos y leoneses hasta el Árbol Malato de Luiaondo, dejándoseles huir a partir de dicho lugar.

Al parecer, fue tan cruenta la batalla, tanta la sangre derramada, que las piedras del lugar quedaron totalmente rojas. De ahí que al lugar se le llamase a partir de entonces Arrigorriaga, de harri («piedra») y gorri («roja(s)»), denominación hoy que se corresponde con el conocido municipio vizcaíno.

Dice también la tradición que los muchos vizcaínos fallecidos fueron enterrados, a modo de honor, en el mismo campo de batalla. También falleció el príncipe enemigo Ordoño, al que se le reservó, por decencia, un enterramiento digno de su categoría. Así fue creado un gran sepulcro de piedra, con una hermosa cruz de piedra tallada en su tapa, y que aún puede verse en la entrada de la iglesia parroquial de Sta. Mª Magdalena de Arrigorriaga. Los expertos en este tipo de elementos no dudan al datarlo en el siglo XV algo que, como veremos, pone en duda el origen mitológico atribuido.

A pesar de ello, la creencia de que dicho elemento ha pertenecido al hijo del rey Alfonso, parece constatarse ya desde épocas notablemente antiguas. Así, en la partida bautismal de una criatura abandonada en la puerta de la iglesia y fechada a 20 de abril de 1621 se dice que «…se halló una criatura junto a la puerta principal en el cementerio de la iglesia de La Magdalena de Arrigorriaga, sobre la piedra del sepulcro del príncipe de León que está sita junto a la dicha puerta…».

Al parecer el sepulcro fue expoliado durante las invasiones napoleónicas de principios del XIX. Lo recoge perfectamente el catalán Mañé y Flaquer en su libro El Oasis (1880):

«…El cadáver permaneció intacto hasta que los franceses invadieron Vizcaya. Al saber los invasores que aquel era el sepulcro de un príncipe, tentados sin duda por la codicia, creyeron hallar alhajas de oro y plata, levantaron la tapa, arrojaron al suelo las cenizas y se llevaron una enorme espada que se conservaba dentro. Cerca de este sepulcro existe un disco de piedra, evidentemente muy antiguo, que fue traído de otro punto del mismo valle«.

Hace referencia a una estela funeraria medieval que aún puede verse junto al sepulcro y que procede de la cercana necrópolis de Finaga. Por su tipología debió ser realizada en el siglo IX o X, es decir, fechas que en esta ocasión sí son más cercanas a la mítica confrontación bélica.

Retomando de nuevo la leyenda de la batalla de Padura, al parecer, en los momentos más cruentos del enfrentamiento, vio Jaun Zuria –el dirigente de los vizcaínos– cómo atravesaron el campo dos lobos con sendos corderos en sus fauces. Por eso, y por inmortalizar el momento más eminentemente histórico del Señorío, se incorporaron como iconos al escudo de Bizkaia. En realidad, los lobos de Bizkaia proceden del apellido de los Haro, Lope (‘lobo’).

También existen vagas referencias a un par de cuadros de óleo que existieron en el salón de sesiones de la casa consistorial de Arrigorriaga y que debieron hacer referencia a la batalla del lugar. Uno de ellos, según nos refieren las noticias que de ello nos han llegado, se encontraba muy deteriorado. En el otro había «una curiosa inscripción» alusiva a los hechos de Jaun Zuria. Pero no sabemos nada más; nadie recuerda ya referencia alguna de aquellos cuadros. El historiador local Juan José Agirre nos sugiere que debieron perderse en el incendio que arruinó la casa consistorial hace más de medio siglo.

ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD. La noticia de la batalla de Padura nos llega por dos vías. La primera es del conde Barcelos, escrita en el siglo XIV. La misma leyenda pero con algún aditamento más la publica posteriormente Lope García Salazar en el siglo XV. Es ésta la segunda constatación de la leyenda y a su vez la más conocida y sobre la que se han creado otras muchas versiones posteriores, eso sí, cada vez con mayor aporte de elementos fantasiosos.

Por su belleza e interés reproducimos a continuación la cita de las Bienandanzas y fortunas, obra escrita en el período 1471-1475 por Lope García Salazar. Para facilitar su comprensión se han realizado ciertas adecuaciones lingüísticas, especialmente ortográficas. Dice así:

«Siendo este don Zuria hombre esforzado e valiente con su madre allí cavo Mondaca, en edad de XXII años entró un fijo del Rey de León con poderosa gente en Vizcaya, quemando e robando e matando en ella porque se quitaran del señorío de León. E llegó hasta Baquio. E juntados todos los vizcaínos en las cinco merindades, tañendo las cinco bocinas en las cinco merindades según su costumbre en Gernjca. E habiendo acuerdo de ir pelear con él para lo matar o morir todos allí. E enviáronle decir que querían poner este hecho en el juicio de Dios e de la batalla aplazada a donde él quisiese.

E por él les fue respondido que él no aplazaría batalla, sino con Rey o con hombre de sangre real y que les quería hacer su guerra como mejor pudiese. E sobre esto acordaron de tomar por mayor e capitán de esta batalla a aquel don Zuria que era nieto del rey de Escocia. E fueron a él sobre ello e halláronlo bien presto para ello. E enviando sus mensajeros, aplazaron batalla para en Padura, cerca de donde es Vilvao. E llamaron a don Sancho Astegis, señor de Durango, que los viniese a ayudar a defender su tierra. E vino de voluntad e juntose con todos ellos en uno. E habiendo fuerte batalla e mucho porfiada e después de muchos muertos de ambas partes, fueron vencidos los leoneses e muerto aquel hijo del Rey e muchos de los suyos. E murió aquel Sancho Astegis señor de Durango e otros muchos vizcaínos.

E siguieron el alcance matando en ellos, que no dejaban ninguno a vida, hasta el árbol de Luyaondo. E porque se tornaron de allí pesándoles, llamaron el árbol gafo. E los leoneses que escapar pudieron, salieron por la peña de Gorobel que es sobre Ayala. E como encima de la sierra dijeron ‘a salvo somos’, e por eso la llaman Salvada. E porque en Padura fue derramada tanta sangre, llamaron Arrigorriaga, que dice en vascuence peña viciada de sangre, como la llaman ahora«.

En realidad no existe constancia documental alguna de aquella batalla de Padura por lo que, a pesar de que sí que sabemos que se dieron una serie de rebeliones y levantamientos contra los afanes expansionistas de aquellos nuevos reinos occidentales de Asturias y León, no podemos, por cautela, ubicar la épica batalla fuera del terreno de las leyendas fabulosas.

Tampoco tiene lugar en la documentación histórica el referido Jaun Zuria porque, como sabemos, el primer Señor de Bizkaia constatado es Eneko López.

A ello debemos añadir que, según los estudios realizados parece ser que la leyenda de la batalla de Padura se crea en torno al siglo XIV, casi quinientos años después de los hechos descritos y que, por la cronología de los personajes referidos, debieron suceder en las últimas décadas del IX.

Quienes conocen con más profundidad la época medieval, opinan que la leyenda no es sino una invención para explicar la situación política de la Baja Edad Media, marcada por la necesidad de fijar por escrito las relaciones entre el Señor de Bizkaia y el Señorío y los derechos, obligaciones, impuestos o rentas que a cada uno correspondía. Es decir, surge para dar credibilidad y estabilidad a una situación que, siendo novedosa, pretende presentarse como netamente tradicional y perteneciente a la personalidad misma del Señorío. Es, por así decirlo, una voluntad de explicarse a sí mismos su propia identidad.

Como una bola de nieve, la leyenda va cargándose de más y más elementos según pasa el tiempo y así se convierte en el mejor oráculo para poder explicar, basándose en una tradición como decimos inexistente, cualquier aspecto referido al Señorío.

Esto se produce fundamentalmente a partir de la abolición foral, cuando la leyenda había dejado ya de ser un instrumento útil para explicar la situación del momento, y pasa a convertirse en un mecanismo de autodefensa frente a las agresiones del centralismo borbónico.

Inmersos ya como estamos en el siglo XXI, tan sólo nos queda luchar para que esa cruz que encontraremos cada vez que pasemos por Luiaondo, un pueblecillo ayalés entre Laudio y Amurrio, vuelva a convertirse en elemento mítico, no ya para justificar ningún aspecto histórico, sino para gozarlo, ahora que lo conocemos un poco más, con toda la intensidad que se merece.

OHARRA: gaurko egunean, omenaldi xume bat egin dio Luiaondo herriak bere sinbolorik  esanguratsuenari. Eskerrik asko bertaratu zareten guztiei.