Tengo una resaca tacatá

Les juro que yo no quería, pero me pasó como a la restauradora octogenaria del Ecce Homo, que se me fue de las manos. Salí a ver los fuegos, me lié, me lié, y aún no me he desenredado. La culpa la tiene mi amiga Maite, que se cree que por echarse crema con efecto lifting tiene veintitantos, y se empeñó en que nos tomásemos unos machacados por los viejos tiempos. Y luego unos destornilladores y un par de katxis para celebrarlo. Para cuando me quise dar cuenta, estábamos en la zona cero de las txosnas, con el pañuelo de las baldosas a lo baturro y unas gafas con forma de guitarra eléctrica. Y, claro, lo veía todo distorsionado.

Hasta que me entraron ganas de mear, me chupé una cola de tres cuartos de hora y, oye, ni rastro de colocón. Ahora, al volver con la cuadrilla, casi me da algo. Y no solo por el tufamen. Entre mi recuperada lucidez y que se me cayó un cristal de las gafas, lo vi todo en su patética dimensión. Mi amiga Maite había seguido al pie de la letra la canción de Kiko Rivera, Quítate el top, y bailaba semidesnuda con un vendedor ambulante cubano. El resto movían espasmódicamente sus caderas al ritmo de Dale mamasita con tu tacatá, mueve tu culito, tacatá. Y yo, no sé cómo ni por qué, estaba moderando un debate sobre Llorente entre dos borrachos. Si no fuera porque se me ha quedado una sandalia pegada al suelo, ya me habría pirado. Por cierto, cari, me han robado el móvil. Vete descongelando algo y deja a los niños con tu madre, que tengo una resaca tacatá.

Madres que temen que a sus hijos les parta un rayo en la cocina

La noche del viernes el británico Adrian Bayford se enteró de que había ganado 188 millones de euros, mientras su esposa, Gillian, dormía a los niños. «¡Estaba intentando contarle que nos había tocado la lotería y ella no paraba de decirme que no hiciese ruido!», explicó él, sorprendido. Nosotras, Gillian, estamos contigo. A mí ahora mismo me regalan un viaje a Brasil y, en vez de pensar en caipiriña, mulatos y tangas, me preocupo de si me entrará la batidora en la maleta para hacer los purés al crío. De eso y de no volar con Ryanair, no sea que el avión lleve el combustible justo y tenga que parar a repostar en mitad del Atlántico.

La inquietud por los hijos, para más inri, no se pasa con la edad. Las amamas, por culpa de las alertas meteorológicas, viven en un sinvivir. Si por ellas fuera, tendrían a todos sus descendientes refugiados en un búnker. «¡Cómo vas a salir con los niños con esta ola de calor!», te reprenden a tus cuarenta y tantos. Y cuando no es la ola de calor, es la de frío o una ciclogénesis explosiva, que, entre ustedes y yo, intimida a cualquiera. Así, de enero a diciembre.

Lo peor es que se hereda. El otro día la psicópata que llevo dentro le espetó a mi hija: «No andes descalza por la cocina porque puede estar el suelo mojado, que caiga un rayo, entre por la ventana, rebote en la campana extractora, se redireccione hacia el charco y te electrocutes». La pobre me miró como si estuviese loca y se dio media vuelta. Vale, es muy difícil que ocurra, pero alguna posibilidad hay, ¿no?

Ab(s)orto

Así se ha quedado el personal, pasmado, al conocer que la malformación del feto ya no será un supuesto para interrumpir el embarazo. Inexplicable, más si cabe, cuando se escucha al ministro de Justicia tratando de explicarlo. «Los discapacitados deben tener exactamente los mismos derechos que el resto de los españoles», clama Gallardón. Pues van dados. Porque del «resto de los españoles», unos cinco millones y medio, para ser más exactos, por no tener, no tienen ni derecho al trabajo.

El PP, como no podía ser de otra manera, ha aplaudido la propuesta porque defiende a «los más débiles». Si quieren proteger a los débiles, servidora les puede presentar a unos cuantos. Solo tienen que decir qué prefieren, si un parado de larga duración o un desahuciado, si una familia bajo el umbral de la pobreza o un pensionista sin opción a ser rescatado, si un inmigrante con sida a punto de quedarse sin tratamiento o un indigente alcoholizado. El abanico es muy amplio. Y eso, al ladito de casa. Que si te vas al Cuerno de África, te los topas sin necesidad de buscarlos.

Vamos, que si quieren convertirse en los superhéroes de los más desfavorecidos, tienen en la Tierra suficiente trabajo. En vez de empeñarse en que se desarrollen embriones con graves anomalías, podrían dedicarse a garantizar el bienestar de quienes ya las padecen. Muchos viven sin vivir en sí, para sufrimiento propio y de sus abnegadas familias, y eso, por mucho que se empecine el ministro, no es vida.

Santo Jobs

Admitámoslo. Ya nadie se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. Ni de ella ni del resto de canonizados. Y menos la gente joven. El otro día le dije a mi sobrina de 16 años que su madre tenía más paciencia que el Santo Job y me miró extrañada por encima de su iPad. «¿Que el Santo Jobs? ¿Steve Jobs?». Para darse de cabezazos.

Es lo que tiene la educación laica, que mencionas el arca de Noé y los chavales se piensan que el tipo es un defraudador que acaba de sacar a relucir su tesoro gracias a la amnistía fiscal. A María Magdalena la sitúan, junto a las galletas tocayas, en la estantería de bollería de un supermercado y eso de multiplicar panes y peces les parece una chorrada después de haber visto a David Copperfield hacer desaparecer la Estatua de la Libertad. Si les dices que Jesús surcó las aguas, se imaginan al presentador Jesús Vázquez con su marido en una moto acuática y para ellos solo existe un Judas, el grupo heavy Judas Priest. De vírgenes, mejor ni hablamos. Y los únicos ángeles que conocen son los de Victoria’s Secret. Nada que ver con los otros, tipo michelín.

Tampoco los refranes tienen garantizada su supervivencia. Le sueltas a una preadolescente, de esas que van en sujetador largo y pantalón braga: «Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo» y te mira como si llevaras puesto el chándal olímpico y acabaras de meterte un chute de yo qué sé qué. Está claro, somos más viejos que Matusalén, el abuelo de Noé, el defraudador.

Todo incluido

Deberían advertirlo en los catálogos de viajes: el régimen todo incluido no es aconsejable para aprensivos. Porque eso de llegar al hotel y que te coloquen una pulserita de plástico como la que te ponen en Urgencias da un mal rollo que no veas. De hecho, el primer día, el padre de las criaturas se echó una siesta con pérdida de consciencia en la tumbona de la piscina y cuando despertó y se miró la muñeca, pensaba que estaba en una camilla y le acababan de extirpar un riñón.

Su temor de que el menú fuera una bolsa de suero o, lo que es peor, un puré sin sal, se disipó al pisar el restaurante y ver sendas colas calibre Lanbide ante las fuentes de paella y pizza. Ni en época de racionamiento, se lo juro. El pepino rebozado, sin embargo, se antojaba acomplejado. Intacto, al igual que las alubias matutinas, parecía preguntarse: ¿qué hace un pepino como yo en un bufé como este?

Calorías aparte, si algo tiene un comedor para 430 personas es que pasa uno desapercibido. Anteayer, por despiste, bajé a desayunar en camisón y ni una sola mirada, oigan. Estaban todas concentradas en el hombre de los calcetines con chanclas. Estoy por hacer la prueba con el gorro de ducha, a ver si causa más impacto. Lo que peor llevamos, sin duda, es madrugar para pillar sombrilla. Hay quien acampa a la noche, como si fuera a comprar entradas para una final del Athletic, para marcar territorio con la toalla ¡a las ocho de la mañana! Solo nos falta fichar.