Papá Pitufo

Qué quieren que les diga. A mí eso de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid me recuerda a una excursión con las monjas del colegio, pero a lo bestia. De aquellas en las que todas las niñas de la clase, incluida la pitagorina, torturábamos al chófer del autobús entonando Para ser conductor de primera, acelera, acelera. ¿Pero qué tipo de cántico suicida era ese? ¿En qué parte del catecismo venía que daba puntos hacer el kamikaze? Por si fuera poco con azuzar al pobre hombre para que se estampara en una curva con cuarenta escolares, le minábamos la moral gritando El señor conductor no se ríe, no se ríe, no se ríe. Seguro que ese acoso hoy día está penado por ley. Inexplicablemente -entonces no existía eso del síndrome del chófer quemado– llegábamos sanas y salvas al Santuario de Nuestra Señora de Estibaliz, de donde las más pelotas se llevaban como recuerdo una postalita y lo más de lo más, una molona virgencita fluorescente que brillaba en la oscuridad.

Aquello me debió de dejar marcada, pero para mal, porque todo lo que leo estos días sobre el macrofiestón católico me da yuyu. Que si una capsulita con sangre de Juan Pablo II, que si un joven mexicano pirado… Hasta el papamóvil -es retorcido, lo sé- se me antoja un terrario. Benedicto XVI espera que el evento sirva para evangelizar a las nuevas generaciones, pero mi hija al único papa al que profesa devoción es a Papá Pitufo. Y mientras, en el cielo, Gérard Depardieu meando.

Niños condón

Ya en el aeropuerto suelen apuntar maneras. Se les cala porque intentan plastificar a su hijo, para que no se ensucie la ropa durante el viaje, como si fuera una maleta. Al llegar al hotel y bajar a la piscina se confirman todas las sospechas. Embuten al crío en un traje largo de neopreno. Le colocan las gafas de bucear, los tapones antiotitis, el gorro de baño, el chaleco salvavidas y las aletas. Lo insertan en un flotador y, para evitar cualquier posibilidad de movimiento, le endosan un par de manguitos. Lo depositan en el agua y se sientan en el borde, con los pinreles a remojo, para vigilar. Pero ¿qué demonios temen que le pase? ¡Si le podrían lanzar en alta mar y llegaría, cual botella con mensaje, a tiempo de hacer la comunión en las Seychelles! Que a esa boya infantil, se lo digo yo, no hay tsunami que la sumerja. Me apuesto un abono de transporte con descuento para la visita papal a que el pobre llega a la pubertad sin saber lo que es una aguadilla ni haber catado un buchito de mar. De hecho, la protección es tal que sale de la piscina seco o, como mucho, empapado en sudor.

Luego lo llevan a la playa, pero como si no, porque lo meten en una especie de tienda de campaña y no toca ni la arena. Ahora, eso sí, su padre carga con la pala, el rastrillo, la piqueta, la excavadora, la hormigonera… Más que un castillo parece que va a hacer una réplica de los túneles de Malmasin. Seguro que ha pedido hasta licencia de obras. Y el niño condón, de mientras, se queda con las ganas.

¿Presidenta yo?

Calamardo

En su afán por aprendérselo todo los niños no discriminan. Lo mismo se saben los nombres de los habitantes de Fondo de Bikini -desde Bob Esponja hasta el último pecezuelo animado- que se aprenden el de José Luis Rodríguez Zapatero. Quizá porque su mirada tristona se parece cada vez más a la de Calamardo. Y lo memorizan justo ahora que está a punto de espicharla, políticamente hablando. Es un incordio, pero a los hijos, como a los antivirus, hay que actualizarlos

Y en esas estaba el pasado fin de semana, intentando explicarle a la cría que en unos meses, salvo providencia divina o meteoritazo espacial, iba a mandar en España un señor de barbas que se llama Rajoy. «¡Qué morro! Y a nosotras ¿cuándo nos toca?», me saltó la mocosa toda indignada, como si la presidencia del Estado rulase entre los vecinos como la de la comunidad. Pues solo faltaba que, además de por las humedades -en julio nos han salido en la escalera más caras de Bélmez que en todo el año pasado-, me tuviese que pelear en los pasillos del Congreso por si tapizamos de cebra los escaños o mejor nos subimos el sueldo aprovechando que los parados están mirando para otro lado. 

Ahora que, si por ella fuese, gobernaba tan ricamente con cinco años. Pero si luego tienen un ministro de Economía de color amarillo y agujereado, a mí no me vengan a pedir cuentas, que la del bajo se ha ido a Benidorm y bastante tengo con pescar los calcetines que se nos caen al patio con un cordelito y un gancho.

Pepe por su casa

Vale que hay qu pagar una fianza por alquilar un apartamento en verano, aunque joroba que, como con el canon de la SGAE, desconfíen de uno por adelantado, pero ¿quién protege al veraneante de los arrendatarios tronados? Porque hay algunos de juzgado de guardia. Como Pepe, que tiene inventariados en el contrato desde las pinzas de la ropa hasta los armarios empotrados. ¿Pero por quién nos ha tomado? ¿No ve que llevamos el coche petado de juguetes de playa y por mucho que queramos no nos caben en el maletero ni su taza de váter ni su escobilla de baño? ¿A qué clase de chorizos ha tenido alojados en el pasado?

El día que nos entregó las llaves llevaba un traje de Esteso y Pajares que ya hacía presagiar algo raro. Por los solapones, porque era festivo y porque hacía 35 grados. Tras pedirnos que le regásemos las plantas -a nosotros, que se nos chamuscan hasta los geranios-, nos anunció por sorpresa que tenía el piso en venta y que volvería para enseñárselo a unos rusos a las cuatro. O sea que lo del inquietante chaleco de satén era para impresionar a los eslavos.

En apenas cinco días han pasado por mi cuarto tres familias alemanas, unos señores de Cuenca y cuatro parejas de franceses jubilados. Al principio resultaba violento, pero una se va acostumbrando. Ayer aprovechó la visita para traer unas mantas y llevarse un macetero y hoy amenaza con venir a arreglar un enchufe estropeado. Como si no hubiese tenido tiempo el resto del año. Anda como Pepe por su casa.

Al barqui, barqui

Una de dos. O les ha dado el chivatazo un topo infiltrado entre los bañistas o tienen sensores de movimiento enterrados, porque ha sido atornillar la sombrilla en la Costa Brava y empezar a desfilar ante mí una legión de estilistas y vendedores ambulantes entregados. Una mujer oriental insiste en masajear mis chichas blanco nuclear, otra de raza negra quiere trenzarme las greñas y una tercera, autóctona, venderme uno de los vestidos playeros que lleva colgados del brazo. Rechazo las tres ofertas y apenas termino de rasear con crema solar protección 300 a la cría -el año que viene la cemento y me ahorro horas y horas de pringoso trabajo-, contraatacan un tatuador, un hombre que ofrece piñas y cocos y un africano cargado de cinturones, bolsos y gafas de sol. Por un momento, dudo de si he extendido la toalla en la playa o en un centro comercial tapizado de arena. Idea que termino descartando solo porque no veo ningún Zara a mano.

Mientras me pregunto si el del «¡barqui, barqui!» se habrá jubilado o le habrán cerrado la franquicia, temo que estén al caer los vendedores de implantes de silicona, jarras de sangría y triquinis para hacer posados a lo Anita Obregón. Resumiendo, si su jefe le sigue endiñando marrones hasta el último minuto y no ha tenido tiempo ni para comprarse unas chanclas, que no cunda el pánico. Puede tumbarse en la playa con el traje chaqueta de la oficina y customizarse en menos que se derrite un helado.