Pablo y el benemérito

La conmemoración del 23-F hace ya tiempo que es la continuación del propio golpe de estado por otros medios. Cada aniversario desde el primero, y con especial ahínco en los redondos, el personal se lanza al desbarre, la hipérbole, la memoria desmemoriada, el concurso de odas y topicazos, la impostura de toda la vida que ahora llaman postureo y, como novedad reciente, esos ejercicios de onanismo sin matices que decimos selfies.

A esta última modalidad pertenece la milonga que más me ha enternecido en esta edición de los juegos florales del tejerazo. Su autor no podría ser otro que quien ha hecho de la gallarda pública una de las bellas artes. Van a apuntar, lo sé, que es fijación, pero como diría aquel que le echó un par de narices en la tarde-noche de autos, puedo prometer y prometo que el tuit de Pablo —rebautizado Pueblo por un pérfido concejal donostiarra a quien no delataré— Iglesias convierte en prescindible todo lo que podamos farfullar los demás en torno a la efeméride de marras.

El prodigio comunicativo consta de dos imágenes y un texto. Las instantáneas muestran al susodicho —cómo no— en compañía de otro individuo. En ambas señalan con espontaneidad manifiestamente mejorable los puntos del Congreso de los Diputados donde se conservan, cual si fueran el brazo incorrupto de Santa Teresa, los impactos de bala que dejó la picoletada insurrecta. Como coralario, la emocionante leyenda que copio y pego para su solaz: “Hace 35 años un guardia civil entró aquí con pistola en mano; ahora otro lo hace de la mano de la gente”. No me lo digan. Se les ha puesto un nudo en la garganta. Y a quién no.

Yo no soy refugiado

Somos el perro de Pavlov. Nos hace falta la foto de un niño muerto en una playa para que se nos despierte la conciencia. ¿Durante cuánto tiempo? Bueno, eso es variable. Un minuto, tres, hora y media, un día entero menos el rato del gintonic… Suele depender de lo que tarda en llegar el siguiente estímulo. Y también de cómo tenga cada cual educados los esfínteres morales. Conozco personas —es decir, individuos— capaces de simultanear una indignación del carajo de la vela con una sesión de chistacos (ahora se dice así) y una ración de chopitos. Ni se dan cuenta de que han conseguido la sublimación del fariseísmo, pero casi es mejor no hacérselo ver, porque se enfadan, no respiran y dejan de ajuntarte, chincha rabiña.

Que sí, que yo también recibí como una patada en la boca del estómago la imagen de esa criatura que en mi cabeza tiene los rasgos de mi propio hijo. Claro que me provoca dolor, rabia y, sobre todo, una inmensa impotencia. Pero óiganme bien: yo no soy refugiado. Y siento añadir que tampoco lo son las miríadas de seres angelicales que lo están escribiendo compulsivamente en Twitter. De hecho, les deseo con toda mi alma que no lo sean nunca.

Entretanto, y aun comprendiendo la humanísima necesidad de conjurar el mal cuerpo repitiendo cual letanía unas palabras mágicas, les conmino a pensar un poco. Es muy loable la disposición a ponerse en la piel del otro, pero cuando, como afortunadamente para nosotros es el caso, las probabilidades de hacerlo realmente son nulas, las buenas intenciones acaban en postureo mondo y lirondo. O peor, en una infame banalización del sufrimiento ajeno.

De las pobrezas

Una de las mayores desgracias de los pobres es que buena parte de los que se han erigido en sus valedores no han pasado una estrechez en su puñetera vida. Ocurre así que burguesotes bien nutridos y sin mayores preocupaciones que la escasa duración de la batería del iphone se lían a pontificar sobre lo que supone o deja de suponer carecer de lo básico. No dudo que en muchos casos lo hagan con la mejor de las intenciones y hasta con el ánimo verdadero de luchar contra la desigualdad. Sin embargo, basta un vistazo a las tertulias, las columnas y, ¡ay!, los parlamentos, para comprender que la denuncia de la pobreza se ha convertido en un vehículo para el lucimiento dialéctico, cuando no directamente para la demagogia más rastrera.

Para hacer demoledores discursos sobre las tremendas consecuencias de la exclusión, es condición indispensable que haya excluidos, y cuantos más, mejor. He ahí una de las paradojas más perversas de lo que describo, que se une a otra más: nos faltan datos medianamente fidedignos sobre la pobreza en nuestro entorno. Y no será por falta de informes. De un tiempo acá, no dejan de llover estudios sobre la miseria. Cada cual resulta más alarmante que el anterior, pero si alguien se toma la tarea de confrontar cifras entre unos y otros, observa que coinciden más bien poco. Incluso dentro del mismo trabajo se tiende a hacer una sola suma, mezclando personas en situación de extrema necesidad con otras que llegan a fin de mes, aunque sea a duras penas. Quizá ese trato tan flexible de los números atienda a propósitos nobles, pero mentir no ayuda a resolver un brutal problema como este.

Sube el paro, qué bien

Otra vez Twitter y las chachitertulias de a cien pavos el cuarto de hora fueron una fiesta. Había motivos para la desenfrenada algarabía progresí: el paro volvió a crecer en agosto. ¿No es maravilloso? Qué zozobra, oyes, durante los últimos seis meses de descensos, que aunque fueran a base de empleos de mierda y burdo maquillaje de los números, amenazaban con hacer creíble la idea de que empieza a escampar y al personal le va llegando, quizá no para un gintonic reglamentario con ensalada incorporada, pero sí para un marianito y unas gildas el domingo a mediodía. ¿Qué sería de los profetas del apocalipsis si la cosa vuelve a ir regulín? Solo planteárselo provoca escalofríos rampantes en el espinazo. Iría contra el orden natural que establece que tiene que haber unos desgraciados, cuantos más y en peor situación, mejor, para que la izquierda de caviar lo sea también de Dom Pèrignon.

Abomino de la falsaria euforia gubernamental y de sus datos hinchados con indecencia creciente según se va acercando el momento de votar de nuevo, pero guardo similar desprecio hacia los que, agarrados a un currazo, celebran sin disimulo que otros lo pierdan. ¿Otra vez la proverbial equidistancia del columnista cascarrabias? Será eso, y también la impotencia de contemplar una paradójica alianza —simbiosis, nos dijeron en el cole que se llamaba— entre quienes nos conducen al desastre y los que, para seguir teniendo munición, necesitan que se cumpla la autoprofecía fatalista. Siempre, claro, con efecto único en la carne ajena de los que, como nacieron para martillo, del cielo les llueven los clavos, quieran o no.

Mayoría bulliciosa

Mírenla, ahí va, la mayoría que muchos llaman silenciosa y a este servidor le resulta, sin embargo, bulliciosa. Como los cometas y los eclipses en jornadas de cielo raso, es en estos días de villancicos y lucecitas urbanas lisérgicas cuando mejor se deja ver. Por supuesto, en tropel, en manada, en masa compacta, ocupando la calle, que para eso es suya, aunque a veces la presta para otros propósitos. Ya quisieran nueve de cada diez manifestaciones antiloquesea disfrutar de la misma afluencia que estas apabullantes procesiones por los lugares santos y profanos del consumismo. Qué dilema, oigan: ¿Consumir es una prueba de alienación y sometimiento o el estímulo indispensable para que despierte la economía de su letargo y eche a andar la locomotora? Supongo que la respuesta es diferente dependiendo del rato en que te pillen, si Visa en mano o tecleando con furia contra el sistema en ese smartphone carísimo que tanto y con tan mala hostia suelo citar. No saben lo que me reí el otro día en un foro de bienpensantes que debatían, con enorme conocimiento de causa, sobre los diferentes modelos de ordenadores de una marca a la que en público —y con razón, diría yo— satanizan.

No, no me desviaba del asunto. La pésima noticia es que hay muy poca escapatoria. Esos ciudadanos tan exquisitos, lo mismo que aquí el que suscribe y, sin ánimo de ofenderles, muchos de los que pasan sus ojos por estas líneas, formamos parte del rebaño. Conozco a tres o cuatro, de esos que entrevistan Roge Blasco o Iñaki Makazaga, que se han escapado echándose una mochila a la chepa y poniendo una pila de kilómetros de por medio. El resto, con resignación, disgusto o, por qué no, placer, integramos alguna de las centurias de la gran legión social. Si logran sobreponerse a la depresión de asumirlo, obtendrán un valioso diagnóstico que incluye la explicación sobre por qué pasa lo que pasa y, ¡ay!, por qué seguirá pasando.