A los de Ugao se les fue la olla

Pobre pueblo de Ugao, que se le fue la olla y ni siquiera saben cuándo…

Si os fijáis, el escudo municipal de Ugao-Miraballes ostenta una marmita como símbolo distintivo. Pero es una olla concreta, tangible, una olla que como cada año sacarán a la calle este lunes, en el mal llamado día de la Cofradía o, peor aún, el Día de las Alubias. Es una perola antigua, memorable pero que, al igual que la celebración actual, poco tiene de genuina. Porque parece un puchero mindundi, pusilánime y descorreado si lo comparamos con el antiguo… Pero vayamos por partes.

La olla de Udiarraga, en la comida (alubiada) celebrada junto a su ermita en 2012. Es el elemento que, junto a la torre de Ugao, conforma el escudo municipal de Ugao-Miraballes, a la izquierda de la imagen.

LA FIESTA. La Cofradía de Udiarraga, de gran arraigo y fama en otros siglos, se celebraba el domingo siguiente al 8 de septiembre. La fiesta comenzaba con los previos el sábado, para explotar en gran concurrencia de visitantes y banquete el domingo —la Cofradía propiamente dicha—, finalizando en el día siguiente, lunes, cumpliendo así con el típico ciclo de tres días, un día que podemos presuponer que correspondería a la mujer, como ya lo comentamos al hablar de los Berakatz Egun o Días de Ajos de los pueblos cercanos. Una vez más, este último día, el lunes, el más informal, es el que más arraigo popular ha adquirido con el paso del tiempo. Era el día después, la última oportunidad… el que los documentos denominan “el lunes de Cofradías”. Pero no la Cofradía en sí, como hoy erróneamente se cree.

Detalle del retablo de la ermita de Udiarraga, con el que se cree fue el antiguo escudo local, mostrando la torre de Ugao y un árbol -quizá el que generó el nombre de Udiarraga- , pero sin el gran puchero, hoy parte intrínseca del mismo. El retablo fue tallado por Laynez y Biadero (1680), para la antigua ermita ubicada en una montaña cercana. Se reaprovechó para el templo actual, que se comenzó a construir en 1778 en el casco urbano de la villa.

LA OLLA. Algo bochornoso debió suceder con la inconmensurable olla antigua, ya que no se habla de su pérdida en ningún documento. Porque sí: hubo una anterior, venerable y venerada, magnífica por dentro y magnificente por fuera. Pero, ante todo, con muchísima más capacidad, algo fuera de lo normal. Quizá fuese requisada en alguna guerra para fundir su metal, sin que nada sepamos ya: ¡Vaya usted a saber!

Pero salta a la vista que lo que ahora vemos, la que se muestra en el escudo municipal, es un elemento moderno para su época, el último grito de las modas que vinieron de Francia, las conocidas como “ollas de Burdeos” de hierro colado, furor en los menajes del XIX. Fueron la primera gran aportación material de la Revolución Industrial al caserío rural vasco. Y su expansión fue tal que las encontraremos en cualquier lugar de Europa o América, con una morfología similar. ¿No nos recuerdan a los potes gallegos? Pues eso mismo son…

Detalle de la venerada olla, con el nombre UDYERRAGA inscrito en letras de molde

De nuevo con nuestra olla de Ugao, sí la hace extraordinaria la inscripción con letras de molde que muestra en su panza: “Udyerraga 1848”, con el 4 totalmente girado, desplazado, y que nos deja a las claras que el taller que la fabricó estaba aún experimentando con el novedoso hierro colado. Y no atinaron con el molde por lo que les apareció desplazado el número de aquella década.

Era tan deslumbrante aquel nuevo sistema de trabajar el metal, parecía tan irreal, que los receptores quedarían hechizados con el resultado, sin dar importancia a aquella tara que era un mal menor e insignificante. Y es que una virguería así era imposible de lograr a mazazos sobre una masa viscosa, como hasta entonces se había trabajado en nuestras ferrerías.

No sería extraño que nuestro esbelto perolo fuese una donación de los, para aquel entonces, recién nacidos Altos Hornos de Santa Ana de Bolueta, la punta tecnológica del momento, lo que acarreó la clausura definitiva de todas las tradicionales ferrerías. Todo un hito…

Por ello pronto se debió perder el recuerdo de la anterior olla gigante, fabricada con toscos golpes, un elemento vetusto que ya no parecía ni siquiera digno de aquella gran mesa de la Cofradía. Una Cofradía que, a la vez que su marmita, desaparecería para siempre unos años después. Y se olvidaron de ella y, desde entonces, la memoria popular de Ugao quedó huérfana de su mayor símbolo de hermandad y convivencia social…

El núm. 4 del año 1848 se encuentra girado, por un error o accidente en la fabricación del molde

LAS ALUBIAS. Tampoco tienen nada de históricas o tradicionales esas alubias que hoy parecería herejía el ponerlas en tela de juicio. El menú tradicional de la Cofradía, como luego veremos, era de carne de vacuno, tocino, garbanzos… y mucho vino, como solía ser habitual. O, anteriormente, tal y como recogen por primera vez los documentos históricos, con grandes dosis de «pan, vino tinto y claro, gallina, queso, especias, mostaza, cebolla y fruta de manzana y castaña» (1570).

¿Y cómo llegamos hasta las alubias actuales? La cofradía de Udiarraga hacía muchísimo que se había dejado de celebrar, en torno a 1890. Por ello, unos amigos entusiastas, románticos amantes de su villa, acordaron hacer una comida popular con la disculpa de rememorar aquella histórica cofradía. Era el 1959, hace ahora 60 años, en pleno franquismo e inmigración motivada por las boyantes fábricas locales.

Con más jovialidad que fidelidad histórica —de hecho la celebraron un 21 de septiembre en vez del 14 «que tocaba»—  no se les ocurrió mejor idea que poner alubias como menú, lo más normal en una comida popular de la época. No eran conscientes que aquel pequeño detalle estaba cambiando la historia local para siempre… Porque, aunque posteriormente hicieron algún experimento con sopa, bacalao, pollo y pera (1965) aquel recuerdo de la comida inicial había arraigado como “la histórica” en el recuerdo de los más jóvenes.

Imagen de la primera comida popular (1959) hecha en memoria de la histórica Cofradía de Udiarraga. Es la primera vez que se comen las alubias, tan incuestionables hoy, 60 años después. Preside el evento la famosa olla de 1848.
Fotografía de Javier García Rodrigo (d.e.p.), uno de los promotores de la recuperación de la Cofradía.

Tras un nuevo parón en la comida popular, en 1985 renace aquella celebración —emulando la histórica cofradía— de sus enésimas cenizas y, ahora sí, se apuesta definitivamente por las alubias. Fruto de ello, hoy en día no hay hogar, restaurante, lonja o txoko alguno que en ese lunes no tenga en Ugao su gran perola de alubias.

LA HISTORIA. Soy de los asiduos a esas alubiadas de Ugao y las gozo con toda mi alma. Pero, a su vez, no me gusta descuidar la perspectiva histórica, esa que tantos o mayores placeres que los rebosantes platos me da. Y, mientras voy dando paletadas con la cuchara, pienso en aquella romántica fiesta de la Cofradía de Udiarraga, aquella que para siempre se perdió. Y no creo que para ello pueda concebirse una descripción más bonita que la que hizo el periodista catalán Mañé i Flaquer (1823-1901) — obra El Oasis que tan buenas lecturas me ha dado— sobre una referencia del impresor Delmas (1820-1892). Encima, es la única descripción que conocemos. No perdáis detalle porque cada frase encierra un auténtico museo y es el único y último testimonio de aquella reunión humana. Ahí es donde nos aparece la, textual, «famosa olla enorme por su magnitud»:

«Miravalles, dice el Señor Delmas, es renombrada por la famosa romería que se celebra en el campo de Udiarraga el primer domingo del mes de octubre [es una errata y se refiere a septiembre: ver nota al final] inmediato a la fiesta de la Natividad de la Virgen María. Esta romería […] en un sitio ameno poblado de árboles […]. Esta ermita […] está servida por dos sacerdotes de la villa y una cofradía formada por la mayor parte de los vecinos. Los cofrades se congregan el sábado víspera de la popular diversión y en su presencia y en el campo de Udiarraga matan un becerro, con que sacian su apetito al día siguiente.

Poco después del sacrificio se saca del templo una famosa olla, enorme por su magnitud, como que ha de contener toda la res hecha pedazos. Ésta se cuelga al aire libre en el campo que se extiende al lado de la ermita y al amanecer del domingo se coloca la olla, repleta ya con carne del becerro, de tocino, de garbanzos y de otras vituallas nutritivas y sabrosas sobre un hogar formado con crecidos troncos de árbol.

Los cofrades van llegando, provistos de un plato, una taza y un vaso, toman asiento que tienen preparado bajo una tejavana construida aquí cerca y a las doce del mediodía del domingo se les sirve la parte que a cada uno le corresponde a la vista de millares de personas que acuden a la romería.

Es curioso el espectáculo que presenta la interminable mesa, cubierta de enormes trozos de carne y otros manjares y circuida [rodeada] de venerables ancianos y gallardos mancebos del campo, dispuestos a engullirse aquellas raciones que cada una sola bastaría para mantener a una familia entera.

Y es por demás agradable observar el orden que reina durante la comida hasta que cuando ya toca a su término desaparecen como por ensalmo los jóvenes congregados para ir a tomar parte en los animados aurrescus, fandangos y arin-arin que se bailan en la romería, permaneciendo los ancianos sentados en sus bancos, muchos de ellos sin poderse mover por los efectos que en su cabeza ha producido la libación. Entre tanto, el encargado de la comida de la cofradía, que generalmente suele ser una mujer, famosa en los fastos de la culinaria vizcaína, recoge la venerable olla… y la deposita en el lugar que tiene destinado en el templo y no la deja ver la luz durante los 365 días de cada año».

Precioso, sublime… ¡Nos vemos el lunes en Ugao, en torno al plato de gozosas alubias que cumplirán 60 años de tradición. Y, claro está, en recuerdo y honor de siempre gloriosa y memorable Cofradía de Udiarraga y su descomunal olla.

NOTA: quiero pensar que el lapsus de la cita histórica al describir la fiesta como «de octubre» —en vez de como «de septiembre«— no es casualidad y en realidad se debe a que la referencia sería recogida de alguien euskaldun ya que, en estos valles más occidentales del territorio del euskera, tanto septiembre como octubre se denominan «urria» (diferenciados entre ellos como «urri lehen» y «urri bigarren» cuando es necesario). De hecho, esta fiesta de la natividad de la Virgen se conoce por estos valles como «Urriko Andra Maria«. Sin duda, alguien que no fuese del entorno lo traduciría como «Nuestra Sra. de octubre» aunque hace referencia a septiembre.

La estatua que cambió las fiestas de Laudio

Mañana, 15 de agosto, arrancan las fiestas de Laudio con un estruendoso chupinazo, en un día en el que, hasta hace poco más de un siglo, no se consideraba parte de los sanroques. Y, aunque hoy se desconozca, el cambio de fecha se debe a un monumento: “la estatua del Marqués”, como en el pueblo se conoce.

Y lo traemos al recuerdo porque mañana, se cumplen 110 años del cambio festivo, 110 años desde que se inaugurara una estatua erigida en honor del primero de la saga de los marqueses de Urquijo: Estanislao Urquijo Landaluze (1816-1889), pretendiéndose así conmemorar el 20 aniversario de su fallecimiento. La mandó erigir su sucesor, su sobrino, para ensalzar y dar a conocer las grandes aportaciones que al pueblo de Laudio había hecho aquel hombre de origen campesino y humilde pero que había alcanzado las mayores cotas de poder y riqueza.

No sería casualidad la elección de la fecha ya que Estanislao, aquel primer marques, era de profundísimas convicciones religiosas y había elegido esa jornada en otras ocasiones para inauguraciones de relevancia. Qué día más reseñable y esplendoroso que el de la ascensión de la Virgen María a los cielos…

Estanislao Urquijo Landaluze (1816-1889), primer marqués de Urquijo a quien su sucesor le dedicó la polémica estatua.

Para la inauguración de la estatua, no se escatimó en recursos, con música, actos religiosos y hasta una carrera ciclista. Así se pretendió dar realce a la nueva efigie y al nuevo paseo a lo parisino que presidía, denominándose a partir de ese instante como “el Paseo del Marqués de Urquijo”.

Si bien el 15 de agosto era por su importancia religiosa una fiesta de renombre y celebrada, no será hasta ese año cuando, con la disculpa de la inauguración del monumento, aquella servil corporación presidida por el alcalde Jerónimo Ibarrola —el mismo que diseñó y ordenó construir la actual ermita de San Juan de Larrazabal— incorporase por primera vez dicha fecha como parte del programa de los sanroques. En cualquier caso, todo parecía indicar que era una inclusión coyuntural, provisional.

Pero… entre la población local, no todo eran simpatías con la saga de los marqueses. Parte de aquel Laudio, de gran corte tradicional y carlista, veía en las injerencias del acaudalado personaje una incomodidad que no estaba dispuesta a aguantar. Así, en la Nochevieja de ese mismo año, la estatua sufrió un atentado y, amparados por la oscuridad, algunos le arrancaron la cabeza y la arrojaron a las frías aguas del Nervión. No faltaron las notas de repulsa, la concurrencia de la servil prensa y, cómo no, el voluntario que se prestó a introducirse en la helada corriente para recuperarla.

Tras varios cambios de ubicación, la estatua está hoy en día en el ruinoso edificio del asilo para ancianos que el marqués regaló al pueblo

Buscando la concordia entre los bandos de opinión vecinales (pro y anti marqués) y la del mismo aristócrata con su desapegado pueblo, al año siguiente se invirtió aún más en la fiesta, volviendo a incluirlo en el programa y añadiendo además una esplendorosa comida de hermandad en el Paseo del Marqués de Urquijo, presidida por la estatua ya reparada, y regada por las tradicionales limonadas de garrafa. No faltaron un gran baile y fuegos de artificio. Otro regalo más del magnánimo personaje.

Como parecía surtir el efecto buscado, el marqués siguió apostando por esa celebración, concebida como una dádiva de marca aristocrática hacia el pueblo llano para, sutilmente, ir disipando el rechazo de algunos sectores poblacionales. Y arraigó y se repitió año tras año.

Así es como la fiesta verdadera del día de San Roque y su repetición de Sanrokezar —17 de agosto, incorporada en el XVIII— quedan hoy en un segundo lugar, desplazados. Detalles residuales de aquel desfase de calendario respecto al pasado tradicional es el del grupo Los Arlotes cantando la alborada por las calles del pueblo en la madrugada del día 16, avisando de que empiezan las fiestas… fiestas que para esas alturas ya han provocado más de una dura resaca…

Lo mismo sucede con el grupo Rakatapla, que baja su carroza festiva ese día, el de San Roque, desde barrio de Gardea al centro del pueblo. O, la costumbre aún sostenida por bastantes mayores, de no ponerse el pañuelo festivo hasta ese día 16.

Pero ese recuerdo es algo cada vez más anecdótico y relegado a unas pocas personas. Por eso, desde hace 110 años ya, las fiestas empezarán mañana, día 15 de agosto. Todo por la estatua de un cacique que algunos exaltados decapitaron y arrojaron al río…



Como si de un retablo se tratase, la estatua hace un repaso a las grandes obras realizadas por el marqués. En este caso, la escuela (hoy centro de Formación Profesional Laudioalde Eskola) pública.
Otra de sus grandes obras benéficas fue el Asilo, la residencia para los mayores más desprotegidos del valle. Es en ese edificio, abandonado, en donde en la actualidad se encuentra la estatua.