Grecia, según quién lo cuente

Si no fuera literalmente una tragedia griega, tendría su chiste el contraste entre cómo nos cuentan la vaina los juglares de una u otra obediencia ideológica. Es digno de ver el esfuerzo de los que derrotan por la diestra en elevar el tono de las trompetas del apocalipsis. Además de hablar de caos, colapsos y abismos en cada titular, sumario o entradilla, han llegado a difundir como si fueran de ayer mismo —30 grados en Atenas— fotos de inmensas colas de individuos bien abrigados ante los cajeros. Con gran torpeza, por cierto, pues es público y notorio que tenían imágenes recientes muy parecidas.

Bueno, o no las tenían. Que ahí entran en danza los cronistas del otro lado a negar la existencia de tales filas con argumentos grandiosos como el que le leí a un Píndaro que goza de bastante predicamento entre la progresía. Aseguraba que esas aglomeraciones de las que hablaba el facherío cavernoso eran malvadas intoxicaciones, puesto que el dinero hacía tiempo que se había acabado en los cajeros, tracatrá. Acto seguido añadía, acogiéndose a un relato muy utilizado en su bandería, que la peña estaba de cañas y tapas como bien probaban las terrazas a reventar. Casi mejor que no se enteren Merkel, Lagarde, Draghi, Juncker, Dijsselbloem y demás supertacañones. Un aplauso para esas odas al consumismo de aluvión a cargo de los más anticapitalistas del lugar.

¿En qué quedamos? ¿El pánico se ha apoderado de Grecia, como dicen a estribor, o según el teorema que se propala a babor, el personal se lo está tomando con la filosofía ora estoica, ora hedonista, tan propia del lugar? Escoja cada quien lo que le plazca.

Manipula, que algo queda

Pues se siente, pero no. Miren que es un tipejo capaz de lo peor, pero el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, no dijo que no abría los comedores escolares en Navidad porque no quería fomentar la obesidad infantil. Soltó, sí, la chorrada demagógica de que entre los niños madrileños el mayor problema relacionado con la nutrición es el sobrepeso, pero no estableció relación de causa-efecto con la no apertura de los comedores. Eso fue cosa de un titular de los de buscar clics y retuits a tutiplén, y de hecho, la información contenía el video donde cualquiera que acudiera sin anteojeras podía comprobar el tirabuzón que se había largado el redactor. Ni por esas: a González le cayeron bofetadas a mansalva por algo que, por una vez, no había dicho.

Otro bocachancla de tronío, el ministro español de Interior, Jorge Fernández, se ha visto en una calcada. Quedará para los restos en las hemerotecas que el otro día espetó a los que critican las devoluciones de inmigrantes en caliente: “Que me den la dirección y les mando a esta gente”. La cosa es que el entrecomillado no es mentira del todo, sino algo peor, una media verdad. El ministro lenguaraz pronunció, en efecto, esas palabras, aunque no exactamente en el orden en que se transcribieron, y en compañía de otras que matizaban bastante el mensaje. Igual que en el caso anterior, hay un video para hacer la prueba del nueve… si no fuera porque la sugestión colectiva consigue que se oiga lo que se pretenda.

Sé a lo que me arriesgo con estas líneas y lo asumo. Simplemente, no me gusta la mentira. Ni siquiera cuando va a favor de mis causas.

Ingeniería electoral

Hay motivos, claro que sí, para echar sapos, culebras y escorpiones por la pretensión del Partido Popular de conservar un puñado de feudos municipales a base de cambiar el modo de elegir a los alcaldes. Hacerlo a apenas unos meses de los comicios y tirando una vez más del rodillo de su mayoría absoluta redondea la tropelía. Una cacicada del nueve largo sin matices. Bueno, con alguno, en realidad. Lo que se disponen a perpetrar Rajoy y sus peritos en manipulación de urnas es, básicamente, lo que ha venido haciendo cualquier formación de gobierno (en ocasiones, con cómplices en los bancos de enfrente) desde, como poco, la recuperación de la costumbre votar, allá por 1977.
Es norma no escrita —pero comúnmente aceptada— que todo reglamento electoral o modificación del mismo tenga entre sus funciones facilitar el mantenimiento del poder a quien ya lo posee y, como premio de consolación, asegurar una pingüe representación a los partidos que se prestan a colaborar. Supongo que por más cándidos que seamos, no creeremos que la proporcionalidad, el respeto a la voluntad popular o la justicia del proceso tocan algún pito en esta vaina. Las circunscripciones, la asignación del número de electos, los porcentajes mínimos, en conjugación con las pérfidas matemáticas de D’Hont, se han ido toquiteando según soplaran los vientos sociológicos. Con flagrantes contradicciones, además: lo que nos parece lógico en Navarra (unirse para derribar la mayoría minoritaria) nos resulta un desafuero, por ejemplo, en Gipuzkoa. Y viceversa, naturalmente. O sea, que quizá no estemos en condiciones de protestar demasiado.

Sube el paro, qué bien

Otra vez Twitter y las chachitertulias de a cien pavos el cuarto de hora fueron una fiesta. Había motivos para la desenfrenada algarabía progresí: el paro volvió a crecer en agosto. ¿No es maravilloso? Qué zozobra, oyes, durante los últimos seis meses de descensos, que aunque fueran a base de empleos de mierda y burdo maquillaje de los números, amenazaban con hacer creíble la idea de que empieza a escampar y al personal le va llegando, quizá no para un gintonic reglamentario con ensalada incorporada, pero sí para un marianito y unas gildas el domingo a mediodía. ¿Qué sería de los profetas del apocalipsis si la cosa vuelve a ir regulín? Solo planteárselo provoca escalofríos rampantes en el espinazo. Iría contra el orden natural que establece que tiene que haber unos desgraciados, cuantos más y en peor situación, mejor, para que la izquierda de caviar lo sea también de Dom Pèrignon.

Abomino de la falsaria euforia gubernamental y de sus datos hinchados con indecencia creciente según se va acercando el momento de votar de nuevo, pero guardo similar desprecio hacia los que, agarrados a un currazo, celebran sin disimulo que otros lo pierdan. ¿Otra vez la proverbial equidistancia del columnista cascarrabias? Será eso, y también la impotencia de contemplar una paradójica alianza —simbiosis, nos dijeron en el cole que se llamaba— entre quienes nos conducen al desastre y los que, para seguir teniendo munición, necesitan que se cumpla la autoprofecía fatalista. Siempre, claro, con efecto único en la carne ajena de los que, como nacieron para martillo, del cielo les llueven los clavos, quieran o no.

Farsantes

El relato es mucho más importante que los propios hechos. Lo estamos viendo de nuevo en estas horas de desvergonzada e incesante orgía laudatoria a Adolfo Suárez. En la mejor biografía del personaje que se ha escrito, Gregorio Morán clava este peculiar fenómeno de la memoria deconstruida a lo Adriá: “Quizá nos hicimos mayores cuando descubrimos que era el pasado el que cambiaba siempre, y que el presente seguía en general inmutable”. Manda pelotas que, teniendo edad y meninges para acordarnos de cómo discurrieron los acontecimientos, estemos dispuestos a dar por buenas las versiones trampeadas del ayer que nos están colando.

A Suárez, hoy loado a todo loar, lo dejaron tirado como a un perro después de haberle hecho pasar las de Caín. ¿Quiénes? Eso tiene gracia: los mismos que ahora se dan golpes de pecho y lo elevan a los altares. Su martirio fue obra —literalmente— de todos del rey abajo. No por nada fue el Borbón, ayer gimiente, el que dio la orden de acoso y derribo sin reparar en gastos. Sencillamente, se les había ido de las manos y había que quitarlo de en medio antes de que les jodiese el invento.

Eso también se cuenta poco: no lo habían escogido por ser el más brillante sino el que, gracias a su ambición y a su ego, parecía el más manejable. Las otras dos alternativas, Fraga y Areilza, le daban mil vueltas en talento (también para hacer el mal) y no era cuestión de arriesgarse. No contaban con que aquel chisgarabís se metería tanto en su papel y acabaría creyendo que era el elegido para devolver las libertades. Cuando le vieron las intenciones, lo fumigaron. Hoy lo lloran. Farsantes.

Mi gurú me tima

Pido perdón por llegar al humo de las velas y cuando probablemente ya se ha dicho todo sobre el falso documental —o lo que fuera— con que Jordi Évole hizo morder el polvo a millones de espectadores el pasado domingo. Soy incapaz de resistirme a meter la cuchara en tan suculenta e ilustrativa polémica. Creo que es justo anotar de saque que el solo hecho de que el programa haya levantado semejante polvareda es la prueba irrefutable de su éxito, incluso más allá de la espectacular audiencia que cosechó. Habrá que dar tiempo al tiempo, pero no me extrañaría que dentro de equis se recuerde Operación Palace como hoy evocamos La cabina de Mercero o algunos capítulos de ¿Es usted el asesino? de Ibáñez Menta. Y será cosa de comprobar también cuántas de las trolas sobre el 23-F que se colaron en el espacio se dan por buenas.

Sostienen los enfurruñados críticos que es precisamente ahí, en la difusión de falacias que un día pueden ser tenidas por verdades, donde reside lo intolerable de la emisión de la crónica fulera del Tejerazo. Se comprende la prevención, pero me parecen mucho más graves las fantasías animadas de las versiones oficiales, que ni siquiera incluían un epílogo aclarando que todo era bola. ¿Qué más da que se líe un poco más la madeja?

No es la discusión ética la que más me interesa en este caso. Lo que le aplaudo a Évole, del que no soy fan ni de lejos, es que haya demostrado a sus propios parroquianos lo relativamente fácil que es que se la metan doblada. Sobre todo, si están dispuestos a creerse cualquier cosa que les plante ante los ojos su gurú catódico. Diría que esa es la lección.

Periodismo de datos

En la acera opuesta del sensacionalismo de casquería sobre el que les lloré mis penas ayer está el periodismo de datos. Es tan viejo como la imprenta o más, aunque cada equis aparece un vivillo que le pega un lavado de cara y bajos y lo presenta tal que si lo acabasen de parir. El domingo pasado, sin ir más lejos, el canal con el que el Grupo Planeta juega al pressing-catch consigo mismo estrenó un programa que jura traernos en presunta primicia la novedad que ya les digo que no lo es. Se hace llamar El Objetivo, lo que viene a ser como si yo bautizara esta columna El rincón del macizo de ojos azules, y sin necesidad de abuela y cual si no conociera la programación de su cadena, dice tener la misión de purificar nuestras meninges podridas a base de chutarnos en vena tanta tertulia dicharachera. No es mala la intención, desde luego, pero me mosquea en varias acepciones del verbo que el purgante con el que se pretende acometer la limpieza neuronal esté compuesto a base de datos.

Les extrañará que lo enuncie así, porque a primera vista se diría que no hay nada más aséptico, neutro y fuera de sospecha que un dato. Tararí. Aparte de que casi nunca llegamos a saber cómo han sido cosechados y cuando nos llegan a la mesa han pasado ni se sabe por cuántas y cuáles manos, pocas herramientas de mentir son tan efectivas como un puñado de cifras aparentemente inocentes. Basta ordenarlas así o asao y apartar a un lado unas y poner doble subrayado a otras para obtener conclusiones diferentes. O para inducirlas, que tiene más mérito. Muy pero que muy diferentes, como cualquiera con diente levemente retorcido puede observar una noche electoral o, ¡ay!, cuando salen las mediciones de audiencias de los medios.

Con los mismos datos convenientemente destilados es posible demostrar, y de hecho se hace, una cosa y la contraria. Ténganlo en cuenta. Lo único cierto es que todo es según. Y tal vez, ni eso.