Txarriboda en Okeluri

Con el nombre de txarriboda denominamos en nuestro entorno —y en amplias zonas del país— a la matanza del cerdo. Evidentemente, está compuesto del término txarri ‘cerdo doméstico’ más boda que, aparte de la unión matrimonial significa, también en castellano, ‘gozo, alegría, fiesta’. Y éste es el significado que nos interesa para nuestro caso. Porque, como bien lo sabe la gente que lo ha vivido, la matanza del cerdo tiene conferidos unos rituales y liturgias especiales que no se dan con el sacrificio de otros animales domésticos: pollos, conejos, vacas, ovejas… El cerdo es diferente.

No olvidemos que al cerdo se le confieren en muchas ocasiones cualidades casi humanas. Sin ir más lejos, recogí en su día en Laudio o en Okondo creencias de que los cerdos se ponían de pie sobre sus patas traseras, desafiantes, poniendo patente la presencia de una bruja por la casa. No es exclusivo de nuestra zona y sí conocido en otros pueblos de Vasconia.

Los cerdos a sacrificar, gozando el amanecer, inconscientes de su destino. Un gato negro mira hacia la mesa del sacrificio, quizá presintiendo el fatal desenlace.
Los cerdos y los gatos son los dos únicos animales domésticos que pueden tratarse en realidad de brujas que adquieren su form
a, según creencias populares locales y generales

Y es ahí, casualmente, entre Laudio —pertenece a este municipio— y Okondo, en donde se encuentra el enclave y caserío de Okeluri. Allí he vivido este fin de semana una txarriboda, invitado por una gran familia, tanto en lo numeroso de sus miembros y en su categoría humana y nobleza, los Barbara-Urkijo. Con la matanza de dos de sus cerdos, además de pasar unos extraordinarios momentos, he rememorados vivencias que gocé hasta los años de juventud en casa, trescientos metros más abajo del bello Okeluri.

El cerdo. El cerdo ha sido un animal con un tratamiento especial dentro del caserío, siendo el más mimado en el establo —aquí llamamos txarrikorta o cortín a la pocilga—, el que gozaba de las sobras de comida —hondakines— de los humanos y el que, como todo baserritarra sabe porque algún médico se lo ha contado, el animal más parecido en su anatomía y órganos al ser humano. El cerdo es lo que se come, como ofrenda al bosque, en los kanporamartxo (basaratatuste) del domingo anterior a carnaval.

Abriendo la puerta de la txarrikorta, mientras esperan fuera los ganchos para el sacrificio

Quizá por todo ello, la muerte del cerdo se conciba como un sacrificio. Porque el cerdo no solo se mata sino que se sacrifica, verbo éste que curiosamente proviene del latín con un significado de sacrum facere ‘hacerlo sagrado’. Esa es la connotación de lo que es una txarriboda, lo que supone, lo que provoca un reagrupamiento familiar de tal importancia que podría comparase al de la Navidad.

También el euskera usa para su sacrificio el verbo hil, reservado tan solo a los humanos y a las abejas —de carácter cuasi-divino en nuestra cultura— y a los animales que han de entregar su vida por los humanos, en especial el cerdo. Porque es de tal fuerza dicho verbo, de tan gran contenido semántico, que ni siquiera debe citarse «en vano» con otro tipo de animales, usando en aquellos casos eufemismos como tragatu, akabatu… pero jamás hil.

Sabemos también de otros pueblos que, cuando el animal estaba colgado y abierto en canal, se introducían dentro de él a los bebés, para que les confiriese salud y buena suerte, por considerar que el cerdo tenía un carácter sobrenatural que se lo iba a transmitir.

La mayoría de los preparativos previos a la matanza, han sido llevados a cabo por las mujeres, en este caso, Arantza

Por otra parte, no hay más que consultar en la Biblia para comprobar que el cristianismo —junto a las religiones judaica y musulmana— repudian el cerdo por ser un animal «notoriamente especial». Sin embargo, en las culturas nórdicas y europeas del «mundo bárbaro» y que se daba por incivilizado, el cerdo era un animal totémico, casi sagrado, admirado y usado por ello en los sacrificios como símbolo de aquellas creencias. Y debieron ser de tal arraigo que el cristianismo hubo de ceder y adaptarse a aquel animal que tanta reputación gozaba. Se llega a convertir incluso, en el animal compartido por toda la comunidad, como sucede con el cerdo amparado bajo la imagen de San Antón.

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La matanza. La liturgia de la matanza comienza siempre temprano, justo al amanecer. Dicen que por ganar tiempo y por aprovechar el fresco aunque opino que es porque la tensión que reina en el ambiente impide dormir más.

Antaño se miraba que fuese en luna creciente porque, se creía, aumentaba así el tamaño de la carne al guisarla. Aunque… en otros pueblos recogemos que hay que hacerlo en menguante para que no se malogren los productos de la matanza. Hoy en día, sin tener en cuenta ninguna fase lunar, suele hacerse directamente en fin de semana, para conciliarlo con los horarios laborables de los participantes. Por eso tampoco se recuerda casi que antiguamente se escusaba a los pequeños de ir a la escuela en el día de matanza. Porque era un día especial…

El cerdo, enganchado con el gancho, en el momento de ser subido por hombres a la mesa del sacrificio

Todo comienza sacando al animal de la txarrikorta. Entonces se acerca a él con tiento y suavemente el matarife, en nuestro caso el mismo propietario de los cerdos. En el momento oportuno se le mete un gancho afilado en forma de S por la papada, de tal forma que lo deje atrapado por la mandíbula. La otra curva del gancho se pasará de inmediato por el muslo de matarife para tensionarlo en todo momento, para impedir que escape el animal a la vez que deja libres las manos para poder coger enseguida el cuchillo. A su vez, tal y como se ha acordado de antemano, otros hombres —es labor masculina— sujetan cada uno una pata, subiéndolo sobre una mesa de poca altura, especial para la matanza. Con las patas hacia arriba y bien sujeto, el matarife secciona con un corte certero la aorta del animal porque, de no hacerlo bien, no se desangraría como corresponde y la carne no quedaría tan blanca y de tanta calidad.

Instante previo a la muerte del animal. Corresponde a una mujer la recogida atenta de la sangre, que ha de batir con sus maños para que no se coagule

Todo ello trascurre en un ambiente tenso, vertiginoso, en el que los estridentes chillidos y pataleos desesperados del desdichado animal conmocionan el ambiente. El resto de los animales, como las personas que lo observan, se sumergen en un tenso silencio que nadie se atreve a romper.

Recogida de la sangre del animal en una imagen sin duda dura

Justo en el momento de clavarse el cuchillo, la mujer —se considera labor femenina— que está en cuclillas frente al animal se santiguaba antiguamente, buscando la intercesión divina para que todo fuese bien. Hoy no, claro está.

Debe estar lista y atenta para girar en una sola dirección lo recogido del chorro de sangre que brota del cuello del animal, que la salpica y pringa, porque de otra forma se coagularía. Hasta hace bien poco —lo he vivido personalmente— ninguna mujer que estuviese con la menstruación podía hacer esa labor ni siquiera tener contacto con la carne porque, como si de una maldición se tratase, se echaría todo a perder.

Muerto ya el cerdo, se saca de la cuadra para ser pesado. Existe cierta expectación, pues deja en evidencia quién ha tenido más atino y conocimiento a la hora de hacer el cálculo del peso. No olvidemos que, en ferias como la de San Blas de Laudio en la que se rifa un cerdo, se hace apuestas sobre el peso del animal.

Preparando el pesaje del animal
Cara de contrariedad al ver que el peso real ha sido ligeramente inferior al esperado

Entonces llega el momento del refrigerio, que pone fin a esta primera parte de la matanza, la más peligrosa y tensa. Se ofrecen algunas galletas y algún vino quinado reconstituyente, usado antes en la revitalización de enfermos y convalecientes. Se ofrece al matarife —el personaje principal de la matanza— y los hombres que han sujetado al animal. Recuerdo yo, en mi caso, cómo teníamos permiso para beberlo, algo que en otro momento sería impensable, por la edad.

Refrigerio reconstituyente, junto al gancho de la matanza
Quemado del cerdo, antes con helechos, ahora con candileja de gas

A continuación, el cerdo ha de ser quemado. Antes lo hacíamos con helechos que se guardaban previamente. Pero ahora suele hacerse con una candileja de gas unida a una bombona, por ser más cómodo y limpio.

Una vez chamuscado y ayudados con el oportuno chorro de agua, se raspa con la hoja de un dallo —especie de guadaña aunque más corta— y luego se cepilla hasta dejarlo limpio. El raspado lo hacíamos nosotros con cuchillos o con trozos de teja. No sería de extrañar que el uso de la teja encerrase además algún simbolismo especial, como elemento identificador del hogar.

Con la ayuda del gancho con el que comenzó el sacrificio, se arrancan los cascos de las pezuñas y se abre en canal el animal para extraer las vísceras. Inmediatamente después es colgado por medio de unas poleas y, cabeza abajo y abierto, se deja para que refresque la carne.

En la matanza que he vivido en Okeluri, tienen elaborados unos ganchos de tal forma que el cerdo queda bien abierto. Recuerdo cómo nosotros sujetábamos con unos palos las dos mitades del cerdo que, de por sí, tienden a cerrarse.

Es éste el momento del almuerzo, mientras la carne se refresca. Una buena comida en nuestro caso y que precede al despiece del animal. Las mujeres solían ir en este intervalo a un regato o fuente cercanos para limpiar en sus heladas aguas los intestinos del animal que a la tarde se rellenan y baskotxan —cuecen— para convertirse en morcillas. Hoy en día, por comodidad y por evitar aquella dura labor, los intestinos se compran limpios.

A mitad de mañana y mientras se enfría el animal se hace un almuerzo fuerte. A la derecha, José Barbara el matarife y propietario, junto a su hermano Carlos

Todo lo demás del proceso de la matanza consiste en el despiece y manipulación de las piezas de carne, muchas llevadas a cabo al día siguiente.

En nuestro caso, el trabajo se ha multiplicado ya que se han sacrificado dos cerdos. Curiosamente, ello era antiguamente una muestra de poderío y opulencia del caserío, para hacer saber al resto de vecinos que allí no se pasaba hambre. Matar dos cerdos en el mismo día era algo ansiado, un reto, para muchos de nuestros antiguos baserritarras.

La liturgia de la matanza. Al margen del proceso descrito, la txarriboda o matanza encierra otras muchas más sensaciones, únicas y especiales, que son difíciles de recoger y transmitir por escrito. Como hemos adelantado, la matanza del cerdo suponía y supone una gran fiesta para la familia que lo celebra. También para los vecinos que eran convocados para echar una mano. Vecinos a los que, inexcusablemente y al margen de que hubiesen participado o no, había que llevar una morcilla de regalo al final de la tarde como me ha tocado hacer tantas veces.

Era un acontecimiento que, al amanecer de cada sábado o domingo, descubríamos que se celebraba aquí o allí por los agudos gritos de los cerdos que se estaban sacrificando. Y, nuestros o del vecino o de alguien lejano, se recibían como algo gozoso, fuente de alegría, sabiendo que allí había llegado la alegría.

Por eso, a pesar de que sigue impresionándome el momento del sacrificio en sí, de que me hielen el corazón los alaridos tan cercanos a lo humano de ese desdichado animal, he gozado estos días con gran intensidad la fiesta de la txarriboda, la «boda del cerdo» vivida ayer y hoy en Okeluri. Más aún rodeado de una gente tan entrañable y bondadosa como los que allí habitan, gente que no sé a ciencia cierta por qué, significan tanto para mí. Algo mágico ha pasado con el sacrificio, porque me han hecho inmensamente feliz… Eskerrik asko, familia.

Niños y Feli Urquijo, la gran matriarca del caserío, observan desde el balcón el desarrollo de la matanza
Itziar Barbara, encargada de recoger la sangre del animal
Raspado y limpieza del animal tras ser quemado
Humanos y animales, fundidos en un mismo destino
Extracción de las pezuñas con ayuda del gancho
Caja del matarife, con las herramientas necesarias para la matanza
Caprichoso estuche para las herramientas de la matanza, con el nombre del caserío grabado: Okeluri
Apertura en canal del animal, con el corazón dicen tan similar al humano
Abriendo en canal al cerdo
Feli, acompañada por su hija Estibaliz
Picado de la manteca que luego servirá para conservar los chorizos
Iratxe, ensimismada mientras pica la manteca
Odolosteak, morcillas, el primer manjar recibido del animal
Picado de la carne para los futuros chorizos
Belén y Jose troceando y picando la carne
Varias generaciones toman parte en la labor familiar de la txarriboda. Janire junto a su tía y madrina Belén
Txarripatas
Cuatro días más tarde de la matanza se dio comienzo a la elaboración de los chorizos, a partir de una masa llamada txitxiki, compuesta de carne picada, pimiento choricero, sal… que se introducirá en los intestinos
Txitxiki en la máquina para hacer los chorizos
Si bien ha solido hacerse también con unos embudos metálicos, lo habitual es ayudarse de unas máquinas, típicas de la primera mitad del siglo XX
Llenado de los intestinos
El intestino lleno, se ata para hacer las ristras y dividirlo en los chorizos con la longitud que se desee
Piezas de tocino curándose en el camarote del caserío
Los chorizos permanecerán colgados en torno a dos semanas (puede ser menos o más en función de la humedad, temperatura, etc.). Para ayudar al secado, se suele encender un fuego con leña que aporta además a los chorizos el sabor característicos
Entrañable estampa de Feli y Estíbaliz mientras atienden los chorizos. Madre e hija, uña y carne, en plena sintonía para garantizar la transmisión intergeneracional de todos los conocimientos propios del caserío
Cerdos abiertos en canal junto al único personaje ajeno a la familia. Gracias por acogerme en vuestra fiesta y hogar con tanto cariño y cercanía

Errautsak soroetara botatzean

Aurreko idazki batean plazaratu bezala, Gabon gauean enbor handi batez pizten zen su berri bat eta, egun zehatz horretan egina izate soilagatik, naturaz gaindiko ahalmen magikoak bereganatzen zituen bertatik sortutako hausterre berriak. Horregatik, errauts eta errekin-hondakin haiek ez ziren edonola erabiltzen, zuten potere berezi horiek baliatu behar zirelako, gizakion onerako.

Behinolako nekazariak lanean Legazpian

Su berri miresgarri hori, urtezahar-gauera arte egon ohi zen piztuta, egun horretantxe, herri askoan, urte osoan iraun behar zuen beste su berri bat pizten zelako.

Esaterako, Ibarruri herrian (Muxika, Bizkaia) honelako ohitura hau jaso zuen Barandiaranek: «Enbor hori etxean erretze orduan sortutako errautsa, Done Eztebe [abenduak 26, egun pare batez beraz] egunera arte kontserbatzen da, Ibarrurin. Egun horretan, laborantzako soroetara eramaten dute, eta gurutze baten itxura emanda, zabaltzen dute lurrean».

Herri-ustearen arabera, horrela jokatuz gero, soro eta baratzetan kalte egiten zezaketen animaliek (mozorroak, intsektuak, basurdeak…) atzera egingo lukete, botatako hausterre bedeinkatzaile haren beldurrez.

Luiaondon eta Okondon (Araba) ere jasoak ditut nik Gabonetako ohitura horren erreferentziak baina batere zehaztasunik gabe, errito hori praktikatzen zuten pertsonak hilda daudelako aspaldi. Eta, gainera, garrantzi gutxi eskaini zaie horrelako «ipuinei». Soroak babesteko lurrera botatzen zela besterik ez da gogoratzen.

Egia da hausterreak beti bota izan direla baratzetara, ongarri gisa, tartean inolako superstizio-asmorik izan gabe, errautsek potasio-kopuru handia uzten dutelako, nitrogenoaren ondoren, landareek gehien eskatzen duten makronutrientea dela kontuan izanda. Potasioak, bestalde, hostoen eta fruituen hazkundea suspertzen du eta, ur gabeziaren aurrean landareak duen tolerantzia hobetzen du. Baliteke beraz, nekazarien eskarmentutik hautatzea errautzak elementu miresgarri gisa erabiltzeko. Izan ere, baserri giroko herri-aratusteetan, maskaradetan, ohikoa da pertsonaiak egotea errautsa botatzen bisitarien gainean. Zirikatzeaz gain, bestelako esanahi sakonagoa egon liteke horren atzean, naturaren ziklo berria abiaraztearena.

Gabonetako errautsak, Ubiden

Urtearen beste muturrean, hau da, udako solstizioan, erritu bera burutzen da gure herri askoan: San Joan gaueko sutzarretik lortutako hondakinak baratze eta soroetatik banatzen dira, gurutze forma eginaz sarri, horrela, lur-zati horregangandik zori txarreko guztiak uxatzeko eta onekoak erakartzeko. Oparotasuna erakartzeko, azken finean.

Asmo berarekin erabiliko zen Agurainen (Araba) olentzero-enborra bera —erre gabeko zatiren bat, ez errautsak— berriz ere Barandiaranek jasotakosari erreparatzen badiogu: «Agurainen uste dute Gabonzuzik [gabon-enborra] ekaitzak urruntzeko bertutea duela eta sutan jartzen dute ekaitza hurbiltzen den bakoitzean». Berriz, nekazaritzari lotua…

Ez dut uste gure Euskal Herri osoan inork egongo denik oraindik ohitura sinboliko hauek praktikatzen, betiko galdu zaizkigulako azken hamarkadetan. Eta ez da berpizteko aukera berririk izango. Honela bada, ezagut eta gorde ditzagun, behinik behin, gure oroimen kolektiboan. Bestela, su magikoa zer zen ahazten badugu, noraezean ibiliko da gure herria, eternitatean betiko herratua.

La Mala Vecina de Menèrba

La bautizaron como «la Malvoisine«, ‘la Mala Vecina’, porque la habían concebido para hacer el mal, para atormentar a la asustada población que huía de una muerte segura. La Mala Vecina era la más grande de las cuatro catapultas instaladas en Menèrba y, a pesar de encontrarse a casi 600 km de donde vivimos, no cabe duda de que cambió nuestra historia. Sin aquella Mala Vecina, probablemente,también Euskal Herria sería diferente. Quizá mejor…

A la izquierda y en primer término, el aljibe. Al fondo, a la derecha, destaca sobre el cielo la verga de la réplica del trabuquete (catapulta) de la Malvoisine. A pesar de la cercanía, entre ambos se abre un escarpado y profundo barranco.

Menèrba —Minerve en francés— es una pequeña y pintoresca población encaramada en un risco, flanqueada y protegida por grandes farallones rocosos. Tanto que la hacían prácticamente inexpugnable para aquellos envites medievales que a continuación vamos a relatar. Pero comencemos por el principio.

Iglesia y riqueza. Un período de más de mil años desde la existencia de Cristo había sido tiempo más que suficiente para que la Iglesia católica oficial, como institución, descuidase la pobreza ejemplarizante que predicaba su líder Jesús y se hallase totalmente entregada a la acumulación de riquezas, al servicio del poderoso y al castigo del diferente. En contraposición a esos excesos, en el Languedoc francés —donde se encuentra Menèrba— surgió una corriente ideológica diferente que propugnaba retornar a las raíces, a la esencia del mensaje cristiano para predicando con el ejemplo, servir más a la salvación del alma que a la acumulación de riquezas, etc. Fueron los que conocemos como cátaros, aquellos que promulgaban el rechazo del mundo material, algo que en su credo se percibía como una concepción de Satán, algo que echaba a perder a toda la cristiandad.

La Iglesia «oficial», muy apegada a las comodidades y excesos del poder, pronto vio en aquella variante ideológica una gran amenaza. Y no dudó en declararla como herejía, a pesar de ser en sí una reivindicación para retornar a la pureza del mensaje de Cristo, a la esencia de la fe, a la palabra transmitida por la Biblia.

Pero tanto los nobles feudales como la Iglesia preferían la holgura que mutuamente se ofrecían, para taparse y justificarse recíprocamente todas las atrocidades que cometían con los débiles.

Así se entiende que el papa Inocencio III no titubease para emprender una cruzada de exterminio contra aquellos incómodos «nuevos» religiosos y que contase desde el principio de la persecución con el férreo apoyo militar de la dinastía de los Capetos, reyes de «aquella Francia» de la época. Una vez más, al poder no le interesaba el cambio. Es más: lo temía.

El primer gran ataque se produjo en Besièrs —Béziers en francés— y de allí huyeron como pudieron aquellos despavoridos cátaros, hasta la cercana Menèrba, en donde confiaron su suerte a las potentes defensas naturales del lugar.

Asedio de un castillo medieval mediante un trabuquete

Es tras comprobar que aquella defensa de la fortaleza era inquebrantable cuando el ejército perseguidor decidió apostar por el paciente pero implacable asedio. Y nada mejor para ello que hostigar con el martilleo insistente de piedras lanzadas por trabuquetes, una especie de catapultas.

Con gran instinto militar, pronto se percataron de que el aljibe que suministraba de agua a la población quedaba en la parte baja y ligeramente exterior de la fortaleza. A la vista. El agua… en un lugar tan caluroso y en pleno verano sabían que era cuestión de insistencia.

Y por ello fabricaron y colocaron al otro lado del barranco la «Malvoisine«, ‘la Mala Vecina’, la más grande de las máquinas, para atacarlo y destrozarlo con el lanzamiento de bolaños de piedra. Las otras tres catapultas, menores, centrarían sus estruendosos impactos en la puerta de acceso a la fortaleza.

Al comienzo del verano comenzó su perversa actividad la Mala Vecina y, tras siete semanas de incesantes golpes, consiguió destrozar el estratégico pozo, el hilo de vida para los que habitaban en su interior. Inmediatamente, con la suerte ya echada, el vizconde de la ciudadela negoció la rendición de la fortaleza.

Él logró salvar su vida así como la de sus conciudadanos. Pero no había misericordia posible para los 150 mujeres, niños y hombres cátaros, aquellos que habían apostado por la no acumulación de riquezas por la Iglesia.

Allí fueron quemados en una gigantesca fogata, el 22 de julio de 1210, un día de Sta. María Magdalena, casualmente otro personaje repudiado por la Iglesia oficial. Fue la primera gran hoguera homicida entre semejantes. Y 34 años más tarde, la última, a los pies del castillo de Montsegur, donde fueron convertidos a cenizas los últimos cátaros que existían. Una persecución y exterminio implacables, sin ningún superviviente.

Siguió a partir de entonces la Iglesia bien arrimada a la riqueza y al poder, lejos del pueblo pobre y llano que la vio nacer. Nadie osó a protestar de nuevo.

Quizá por ello tengamos hoy la historia y el patrimonio artístico que tenemos. Por una mala vecina y sus atroces consecuencias.

Nota: Minerve no queda lejos de Carcassonne y debería ser inexcusable su visita si, como en mi caso, se está por allí de vacaciones. Hoy una réplica de la gran catapulta preside el lugar. En frente, el perseguido aljibe, en reconstrucción dentro de unas intervenciones arqueológicas. Sin embargo no hay ni un panel ni una nota explicativa que relate cómo allí mismo eliminó la Iglesia a 150 cristianos en nombre del mismo Dios. Quizá porque bien podría tratarse del mayor de los pecados imaginables, la verdadera herejía: la peor de las vecinas para exterminar una práctica basada en practicar la bondad.

El viaje de despedida del kuku

Dice la tradición popular que el kuku —cuco, cuculus canorus— es el único animal que sabe pronunciar su nombre. Un don que lo hace destacar de entre el resto de bestias de la Tierra y que ya nos ofrece una pista sobre su carácter casi humano o, yendo más allá, casi divino.

Sin ir más lejos, en mi entorno familiar (Laudio, Álava) siempre se ha creído que nos abandona el día de hoy, 29 de junio, San Pedro. Y para ello, acude primero a Murueta (un cercano barrio de Orozko, Bizkaia, de fiesta en esta fecha) en donde da cuenta de una opípara merienda antes de acometer el gran viaje a no se sabe dónde. Hay quien asegura que vuela a la misma Roma para escuchar misa en este día del titular del Vaticano.

Su deseada llegada se produjo supuestamente el 25 de marzo, coincidente con la simbólica fecha del embarazo de la Virgen, y nos abandona hoy, tras impregnarnos de buena suerte, tres meses después. El euskera recuerda bien esa exactitud de fechas con el refrán Sanjoanetan kuku, sanpedroetan mutu ῾cu-cu por fiestas de San Juan pero mudo por las de San Pedro῾.

Al sur de la península ibérica, fuera ya del ámbito de la cultura vasca, se comenta que es por San Juan cuando emprende su partida: Por San Juan, el cuco se vuelve gavilán. Y es que ha sido creencia generalizada que el cuco en realidad no migra sino que se metamorfosea para, haciendo uso de sus poderes casi mágicos, convertirse en gavilán durante el resto del año.

No es una creencia nueva sino ya constatada hace más de dos milenios por Plinio el Viejo. O cuando lo cita el griego Aristóteles para explicar desesperadamente que aquella superstición tan generalizada en su tiempo era falsa ya que, a pesar del parecido entre ambas especies, el cuco tenía las garras mucho menores y el pico sin curvar: no era una especie sino dos. Pero no parece que tuvo mucho éxito porque, a pesar de lo evidente de su razonamiento, aquella creencia pagana en lo sobrenatural del cuco ha superado siglos, religiones y diversas culturas para continuar aún arraigada en el ámbito rural popular. Todo un milagro…

En realidad, aquella semejanza entre el cuco y el gavilán que tanto desconcertaba a nuestros antepasados, no es sino es una estratagema de la evolución de las especies ya que, al poner los cucos los huevos en los nidos de otras aves (no hacen su nido sino que parasitan otros de otras especies menores), ganan con ese “disfraz” el tiempo necesario para hacer su puesta, pues las avecillas titulares huyen espantadas creyendo que se trata la rapaz depredadora y así no se percatan de la fechoría que el astuto cuco les acaba de hacer.

Pero, de vuelta a las creencias, quizá la más asombrosa y sobrecogedora que se ha asociado a esta ave casi divina, es la capacidad para dar o quitar vida.

En efecto, dentro de las creencias célticas europeas y en las que tanto tenemos para hurgar si pretendemos conocer en profundidad nuestra cultura, se creía que el cuco era un animal al servicio de hadas y otros númenes mitológicos. Y que tenían la capacidad exclusiva para volar entre el mundo de los muertos y el de los vivos tantas veces como quisieran. Disponían incluso de la capacidad de para profetizar y adivinar la duración de la vida de una persona o animal, cuando serían padres, etc. Era por tanto un ser que enlazaba el presente con el futuro como ningún otro animal.

No es extraño por tanto que, tras un salto de varios milenios, observemos aún actualmente que es suficiente con que un enfermo escuche el primer canto del cuco para librarle del riesgo de fallecimiento. Al igual que cualquier animal doméstico moribundo sanará si tiene la fortuna de escuchar el característico canto del ku-ku. Son estas creencias aún corrientes y que, sin ir más lejos, escucho en mi entorno habitualmente.

Tampoco creo que sea casualidad que, esa ave que porta la vida y la buena suerte, aparezca entre nosotros, según las conjeturas populares, el día del embarazo de María, el 25 de marzo. El comienzo de la vida, el arrancar de la naturaleza, el inicio de la primavera… aquello que traían las aves migratorias, txori onak, y que se convertía en prosperidad y felicidad, zoriona.

Por otra parte sabemos que en las Hébridas —archipiélago en la costa occidental de Escocia— cuando alguien escuchaba el cuco sintiendo hambre era un mal augurio y los problemas y desgracias recaerían uno tras otro sobre él. Pero sucedía lo contrario si se escuchaba con la tripa llena, saciado. Sin duda alguna es la misma superstición, tan extendida entre nosotros, de la necesidad de disponer dinero en el bolsillo cuando se le escucha por primera vez. Por cierto, no podemos dejar de hablar de Escocia sin citar las grandes piedras rituales cuyo origen se atribuye a un culto a la llegada del kuku.

Para finalizar, es su partida la que marca la entrada al verano, el fin de las estrecheces para dar paso a la abundancia que la naturaleza ya ofrece a raudales. Kukua etorri, gosea etorri; kukua joan, gosea joan decían nuestros antepasados vascos: ῾venir el cuco y viene el hambre; marchar el cuco y marcha el hambre῾. Por eso el verano y el posterior otoño son dos estaciones sin apenas rituales populares, porque no hay que pedir al destino una buena suerte que ahora campa por sí sola.

Y poco más que añadir. Tan solo el deseo de que nuestro kuku se esté dando ahora un buen banquete en Murueta de Orozko. También voy yo dentro de un rato a aquella romería, con la ilusión de verlo antes de convertirse en gavilán, antes de que emprenda el vuelo al mundo de los muertos, el de nuestros antepasados, esos que tanto añoramos y a los que tanto debemos en este tipo de creencias y supersticiones populares que no podemos olvidar. La vida o la muerte… el ser o no ser: esa es la cuestión.

Vendimia, lastapeko y añoranzas

Uvas listas para verter sus lágrimas

Aunque dudo de que ya la use alguien, con la palabra lastapeko se conocía en nuestra comarca (Orozko, Arrankudiaga, Arrigorriaga…) el trago del primer mosto de la prensada, aquel que honoríficamente y en muestra de agradecimiento, se ofrecía a quienes habían vendimiado las uvas.

Quizá soñando con revivir rituales tan exquisitos, pensando en reengancharme con una rica cultura popular que se nos fue, sólo pude contestar “sí, quiero” a la invitación que mi buen amigo Iñaki me hizo para que este pasado sábado les ayudase a vendimiar.

Pero la realidad, por lo general, entiende poco de atmósferas románticas. Por ello, una vez llegado a aquel barrio del poniente vasco a la hora prevista, observé que ya rulaba por allí un enjambre humano que ocupaba cada rincón de la finca. Así es que poco más que posar para la foto pude hacer porque, cuando llevaba medio cesto, ya había finalizado todo. Eran los G. C.  y los C. G., dos familias que alternan idénticos apellidos, estirpes uncidas con el yugo de la vida y que en la práctica son una unidad monolítica inquebrantable.

Menos mal que, siendo el día de San Miguel como era, me había comprometido a elaborarles una limonada de garrafa con su txakolin para así hacer una especie de lastapeko granizado al final de la comida. De ese modo parecía ganarme el derecho a gozar en vivo y en directo del proceso de la vendimia, estrujado y prensado de sus uvas.

Deambulando por allí, sin pretenderlo, comenzaron a brotarme de los cajones de la memoria recuerdos de otras lejanas vendimias. Cajones que llevaban cerrados durante décadas y que se abrían ahora de par en par al sentir de nuevo la pegajosidad en las manos y al olfatear el olor dulzón de los hollejos ya vacíos.

No tendría ni diez años y estábamos una vez más en el caserío de los tíos Lorenzo y Ana Mari en Arbide, Arrankudiaga. La vendimia de aquellas uvas en parra era algo que se vivía por aquel entonces con gran intensidad y liturgia desde semanas atrás. Había que sanear las viejas barricas, empaparlas para hincharlas y adecentar aquel lúgubre y oscuro espacio al final de la cuadra, en donde se ubicaba el lagar.

Recuerdo cómo nos dejaban recoger con las manos pequeños racimos de uvas que, en la mano, llevábamos hasta la gran barrica vertical abierta por su parte superior. Eso cuando no comíamos por el camino aquellos melosos granos, colocándolos en los labios y apretándolos con fuerza para que nos disparasen su pulpa hasta el centro de la boca. Así la separábamos de aquellos pellejos ásperos y poco agradables para el paladar infantil.

Después, bien llena la cuba, nos subían a ella para que pisásemos un rato la uva, quizá con la pedagógica intención de que nunca olvidásemos cómo se materializa unos de los mayores milagros de la naturaleza. Y, sin embargo, hemos traicionado a nuestra memoria de pueblo

Pronto tomaba las riendas de la situación mi tío Lorenzo Esparza, un hombrachón que buscaba apoyo en los hombros de otro compañero mientras ejecutaba aquella especie de danza atávica, interiorizada en sus genes desde siglos atrás.

Una vez «bailado» y roto el grano se pasaba al lagar. Allí, una larga viga de madera pivotaba sobre uno de sus extremos para apretar un entramado de tablas y cabrios dispuestos sobre la uva. Su empuje consistía en la fuerza que ejercían unas pesadas piedras que colgaban en la punta opuesta del madero. Así se dejaba toda la noche para que, en un prolongado lamento, fuese derramando todo el líquido que contenían sus granos. Aunque cierto es que de vez en cuando había que desmontar las piedras y elevar la viga con una polea unida al techo de la cuadra, para introducir de nuevo más maderas con las que prensar más la uva y así extraer hasta el último aliento del alma de aquellos benditos frutos.

Hablaba Lorenzo con irónico desprecio hacia su rústico artilugio porque ya conocía las modernas prensas de husillo metálico, como la que tenía el vecino José Arbide –apellido coincidente con el nombre de la casa y barrio– y con las que todo aparentaba ser más simple y beneficioso. Tanto que ya había ganado durante varios años consecutivos el título de mejor txakolingorri de Bizkaia. Lo mismo sucedía con la renovada maquinaria del caserío Errotalde, reconocible por sus flamantes emparrados. Todos menos él… Poco imaginaría Lorenzo que aquel trasto que tan pocas alegrías le daba era la gran joya etnográfica del barrio, lo puro entre lo auténtico, como lo era su propio caserío de frontal de tabique de escoria, recuerdo de legendarias ferrerías que en otro tiempo llenaron de ruido y riqueza el húmedo valle.

En aquella misma gran barrica llamada bukoe –que no es sino bocoy– en la que se había pisado la uva, se vertía el nuevo mosto recogido del lagar, atendiendo siempre a que estuviese rebosante para que expulsase las impurezas a medida que hervía el conjunto con la fermentación. Finalizada ésta, con paulatinos trasiegos entre barricas, se iba aportando limpieza hasta que ya se procedía al embotellado definitivo en el ritual día del menguante de febrero. Impensable hacerlo en otra fecha.

Aquella viga de lagar duró hasta que se rompió en las inundaciones de 1983 año en que se vieron obligados a reparar y renovar la maltrecha casa casi en su totalidad. Y la riada también llevó los recuerdos y aquellos quehaceres vitivinícolas que daban sentido a la vida del bueno de Lorenzo.

Pero ya no queda nada. Ni siquiera Lorenzo. Por ello, cada vez que nos juntamos, rememoramos y reímos con su viuda Ana Mari mil y una anécdotas. Sobre todo la de aquella vaca que en cierta ocasión yacía en el suelo, convulsionándose y moribunda. El veterinario acudió raudo al alarmado aviso y se sintió desconcertado al no saber qué contestar ante aquel cuadro que le resultaba desconocido. Hasta que alguien descubrió en la oscuridad del lugar que tenía la cadena rota y que se había bebido más de medio bukoe de aquel txakolin que alegre fermentaba. Una borrachera vacuna en toda regla… Recuerdos…

Añadido de uva a la prensa, en vistosa cascada.

Pero volví a la realidad y pronto me percaté de que en aquel paraje vizcaino-encartado era otra cosa, otro tiempo: sin duda me estaba haciendo mayor. En mi estancia de okupa en el lugar, observaba y fotografiaba cada movimiento que el omnipresente Vicente tenía bien estudiado y diseñado de antemano. Era el director de orquesta, el Lorenzo de aquel lugar, el que dirigía cada premeditado paso. Ingenioso como pocos, tenía una sorprendente solución para cada problema. Mientras Aitor me hablaba de sus cumbres, Oihan de la gran carretilla de plástico y el pequeño Ekhi de su casa imaginaria entre manzanos.

Máquina trituradora eléctrica, prensa de husillo e impecables depósitos de acero inoxidable con temperatura regulada. Otro paraíso…

Vicente y Jon, aplicados en la labor del prensado

Finalizada la labor, gozamos de una exquisita comida a base especialmente de asados de barbacoa y txakolin como única bebida permitida. También con el producto de su tierra elaboramos la garrafa que tanta admiración despertó pues les resultaba desconocida. Era el día de San Miguel y, sin querer, brindando con limonada bajo aquella parra hicimos una estampa que bien podría ser un cuadro de José Arrue.

«…brindando con limonada bajo aquella parra hicimos una estampa que bien podría ser un cuadro de José Arrue…»

Mientras, algo alejada y distante del bullicio que la ingesta del alcohol iba haciendo aflorar, Mili, la nonagenaria matriarca del solar, observaba con orgullo a toda su prole, pendiente en todo momento de que no les faltase nada. Como las gallinas cuidan de sus polluelos con una insondable generosidad que sólo puede entenderse desde unas entrañas femeninas, maternales. Era el prototipo de etxekoandre de las de siempre, de aquellas que sacrificaban todo por los demás y encima te desarmaban con una sonrisa contra la que poca resistencia se podía argüir. Y, de nuevo sin querer, afloró el recuerdo de una mujer similar a Mili, amama Clara (1987-1991) como nosotros la conocíamos, porque yo tenía abuelas pero también aquella amama de Arrankudiaga que, sin ser en realidad ser nada nuestro, tanto amor nos dio.

Amama Clara frente a su caserío en Arbide, Arrankudiaga en una imagen que yo mismo le hice décadas atrás

Así es que allí, en aquel entorno moldeado por el río Barbadun viví el sábado una jornada apasionante, llena de vivencias actuales y emotivos recuerdos del pasado. Mil gracias de todo corazón a los que hicisteis que me sintiese allí tan dichoso. Por orden alfabético, Aitor, Alaia, Ekhi, Guadalupe, Iñigo, Izaro, Janire, Jon, José Luis, Maitane, Miren, Oihan, Oli, Rebeca, Udane, Unai, Uri y Vicente, sin olvidar claro está a mi amigo Iñaki y a su entrañable madre Mili.

Y, cómo no, con un entrañable recuerdo en mi fuero interno para la memoria de Lorenzo (1928-2007) y amama Clara (1897-1991), aquellos que posiblitaron que en mi más tierna infancia arraigara la vendimia, un sentimiento que, partiendo de unos pequeños pies desnudos, ascendió hasta el centro del corazón.

Por todas vosotras/os, un brindis con el mejor de los lastapeko de nuestro país, Euskal Herria.

 

Los hermanos C. G., girando con ímpetu la garrafa

 

 

Culto y honra a nuestros muertos

Al margen de la conocida visita a los cementerios, diversos eran los rituales que, en torno a la festividad de Todos los Santos y Día de las Ánimas (1 y 2 de noviembre respectivamente) se han llevado a cabo en nuestros pueblos. Costumbres tradicionales que desaparecieron paulatinamente tras los acuerdos adoptados por el Concilio Vaticano II (1962-1965), punto de inflexión en la modernización de la Iglesia y sus liturgias.

Por ello, son costumbres que resultan cercanas y familiares a la gente de cierta edad y, a su vez, arcaicas y estéticamente tenebrosas para los más jóvenes.

No vamos a hacer ninguna exposición exhaustiva del tema de la muerte y su culto porque es en extremo rico, diverso y complejo. Pero sí vamos a rememorar en unas rápidas pinceladas algunas costumbres cercanas.

SEPULTURA EN LA IGLESIA
Los enterramientos dentro de las iglesias se generalizaron en el País Vasco durante los siglos XIII y XIV y la práctica perduró hasta finales del siglo XVIII. Está costumbre quedó prohibida por Carlos III, para evitar pestes y malos olores en los templos.

Sin embargo, a pesar de no contar con muertos presentes que llorar, se continuó «montando la sepultura», aquella especie de altar familiar, en los suelos de los templos, sobre aquellos antepasados a los cuales se negaban a olvidar.
Cada familia tenía su sepultura marcada en el suelo de la iglesia. Era conocida como “jarleku” (yarleku) y era la prolongación de la casa humana dentro de la casa de Dios. Era, por otra parte, la familia la posesora del derecho a sepultura.

Hasta mediados de los 60 del siglo pasado se mantuvo la costumbre de velar la sepultura, una labor que siempre era asumida por la mujer, bien por herencia directa, bien por haberse casado y, por tanto, haber entroncado con la casa del esposo a la que ya se debía en el ámbito de los difuntos.

La sepultura consistía en una mantilla de tela y dos candeleros. En mi familia y entorno se distinguen perfectamente entre candeleros (una sola vela) y candelabros (varias velas). Sólo se usan los primeros para este ritual. El conjunto se completaba con un reclinatorio –una especie de silla apta para arrodillarse– que hacía más fácil el rezo, arrodilladas frente a los antepasados. Posa para la imagen mi tía Ana Mari (Laudio, 1934), en la iglesia parroquial de Arrankudiaga en donde, por haberse casado en aquel pueblo, heredó la responsabilidad de la sepultura.

ARGIZARI-OHOLAK
El significado de «argizaiola« es el de «argizari-oholak«, ‘tablas para la cera’. La cera o cerillas, eran una especie de cordones de cera, con su mecha y que, normalmente enrollados en unas tablas de diversas formas, se colocaban el día de los difuntos sobre la sepultura para ofrendarles luz, la guía de las almas.

Había que ir girándolas según se consumía la cerilla y no ha sido extraño que en un descuido ardiesen. Hoy en día sólo pueden observarse en uso días como Todos los Santos en Amezketa, Zerain… (Gipuzkoa) en donde las mujeres mayores del pueblo encienden esas preciosas tablillas a la vez que hacen la ofrenda de alguna moneda sobre los difuntos que bajo esas luces reposan. Antaño era costumbre poner también alimentos, a modo de ofrenda, algo que hacía las delicias de los sacerdotes ya que eran ellos quienes luego lo comían.

ARGIA
La luz de las velas ha sido la mejor manera de encaminar el alma de los difuntos para su reencuentro con los vivos. O incluso para viajar a la eternidad. De ahí que días como el de los difuntos fuese costumbre encender una vela en alguna ventana del caserío, para indicar a las ánimas de la familia por dónde entrar para fundirse con esa familia que con una mezcla de alegría y temor espera la visita. Hasta se les reservaba un plato o alimento en la mesa.

Y es que los fallecidos eran difuntos (fallecidos pero a su vez presentes) mientras alguien los tuviese en el recuerdo. Es decir, no se acababan de marchar definitivamente de nuestro entorno. Por eso no es extraño que, en casos como por ejemplo Laudio, los cargos municipales elegidos sobre los muertos el día de San Miguel, jurasen sus cargos de nuevo sobre los vigilantes antepasados, a los que no se podía deshonrar por temor a sus reprimendas.

En la imagen, ritual de la vela en la ventana con una recreación en la que posa magistralmente Jasone Uriondo (una buena y paciente amiga de Orozko), en una imagen con extraordinaria belleza expresiva.

LIMBOS
También es Jasone Uriondo la que, ataviada con mantilla y ropa de luto de época, posó para la fotografía en el limbo de Sagarminaga (Orozko). Estos lugares son algo sorprendente y estremecedor a su vez. Y de un modo milagroso se han mantenido en la memoria de algunos pocos mayores de Orozko. Lo trataremos en otra ocasión con más detenimiento. Eran unos pequeños terrenos circulares en los que se enterraban aquellos bebés que habían fallecido sin bautizar y, por tanto, no podían ser inhumados en el interior de las iglesias. En otros lugares eran enterrados bajo el alero de la casa, envueltos en tejas que simbolizaban el hogar, algo que no hemos constatado en esta zona. Sí, por el contrario, el enterramiento en estos limbos. En la fotografía, el limbo de Sagarminaga (Orozko).

REFLEXIÓN
El modo de tratar a los difuntos como si estuviesen presentes, con esa «no ruptura» de vínculos, hacía sin duda más llevadero el duelo y la pérdida de un ser querido. Hoy en día, por el contrario, resulta más dramático y brusco al saber que de un día para otro se pierde el ser querido.

Como hemos dicho al principio, el mundo de la muerte es realmente complejo. Hoy hemos dado unas simples pinceladas, esperando haceros rememorar rituales no tan lejanos. Un saludo y felices días de Todos los Santos y de Ánimas.

 

 

San Blas haria Aratusteen amaieran erretzen denean…

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Noiz erre san blas haria?

Sarri idatzi izan da San Blas egunean (otsailak 3) bedeinkatzen den kordoitxoaz. “San Blas haria”, “San Blas firua” edo, gaztelaniaz, “cordón de san Blas” izenez da ezaguna. Antza, herri-usteen arabera, ahalmen miresgarria zuen eztarriko gaitzak sendatzeko eta saihesteko, santuaren laguntza bermatua zuelako samaren inguruan epe zehatz batez zeramak.

Baina, noiz arte eraman behar haria lepoaren inguruan errituak bere onurak emateko?

Era guztietako erantzunak daude eta leku batetik bestera aldatzen dira. Gehien zabaldu izan dena (hedabideek ere eragina izan dute honetan) bederatzi egunekoa da. Ondo eta horren kontra ez dut ezer esango.

Benantzio

Baina bada beste aukera bat, ni bizi naizen inguruan (Aiaraldea) oro har egiten dena eta gehiago gustatzen zaidana, zaharragoa izatearen itxura duelako. Eta ez da inon argitaratu. Hortaz lerro hauek…

Gurean, San Blas egunean jantzi eta lepoan eramaten da haria, Aratusteak amaitu arte, jai hauen azken aktoa izanda. Gutxira arte, ez dugu sardinaren hiletarik behar izan.

Hala bada, Aratuste (inauteri) asteartean, gauaren erdian, erre egiten da hari miraritsua. Horrek bukaera ematen dio Aratusteari eta hasiera Garizumari.

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Zenbait etxetan entzuna dut gauez lortzen ziren hari-errautsekin igurzten zirela ondoko eguneko mezakoak, Hausterre eguna zelako eta, ezaguna denez, hautsez ukitzen direlako gogorarazteko Garizumako penitentziak daudela eta hilkor eta ahulak garela biziaren aurrean.

Ez dakit nik egiazkoa izango ote den baina hala kontatu izan da. Gehienetan, eta jende gehienak ikusi eta egin izan duena izan da sutara botatzea, purifikazio erritu bat bailitzan.

Horrela gauzak, nire etxean, haria eramateko epea aldakorra da, Aratusteak mugikorrak direlako egutegian. Hala, urte batzuetan denbora luzez eramaten da haria saman. Baina, beste batzuetan, oso egun gutxian.

Harago joanda, nik susmoa dut bederatzi eguneko epe tinko hori jarriko zela bermatzeko gutxieneko epe batean eramango zela.

Aintzat hartu behar dugu, kasu muturrekoenean, otsailaren 3an bedeinkatu eta jar daitekeela haria eta gau horretan bertan erre behar izatea Aratusteen amaiera izanagatik. Baina lasai, gutako inork ez du ikusiko: 1818an gertatu zen azken aldiz eta 2285. urtera arte ez da berriz jazoko. Eta kasualitate susmagarria bada ere, Aratuste martitzena ezin daiteke inoiz ere San Blas eguna baino lehenago izan.

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Beno ba: zuek gehienok errea izango duzue dagoeneko. Baina gure etxean gaurko gauerdian ibiliko gara erretzen. Hortik aurrera, zerutarren ardura…