Feliz salida

“Decenas de espías y sus familias dejarán el País Vasco tras décadas infiltrados entre ETA” (The Objective). Lo harán “después de que el Gobierno haya decidido eliminar el departamento antiETA en País Vasco”. En la pieza, sin fuentes directas, citan a “fuentes cercanas al Centro Nacional de Inteligencia” que se preguntan: “Son unos ‘borrokas’ más, allí se les ve como a iguales a todos los efectos. ¿Qué va a ser ahora de ellos?”. ¿Quiénes son? ¿Cuántos son? ¿Qué han hecho estos años en los que ETA ya no mataba? ¿Y sus entornos familiares también servían para pasar información? ¿Cuánto tardarán en hacer la serie en Amazon?

No pongamos mal el foco

Mi amatxu es pensionista y cualquier subida que le beneficie es celebrada por toda la familia. Pero antes de que las famosas marchas de pensionistas, más beligerantes en Bilbao que en ningún otro sitio, retomen su actividad, igual hay que tener en cuenta también esto: “Las pensiones subirán el triple que los salarios” (Vozpópuli). A este titular podemos sumar el que leíamos hace días sobre el incremento de los gastos salariales del funcionariado, por ejemplo, y acabamos con la sencilla conclusión que siempre acaba apareciendo: “Los trabajadores pagan la crisis”. Y las facturas. Y separamos la basura. Y ahorramos energía.

Que les sancionen

No ha empezado el mundial en Qatar, cuya celebración tiene que servir para poner de manifiesto todo lo que está mal en el fútbol y las relaciones internacionales en la actualidad, y leemos que Arabia Saudí se está preparando para albergar unos Juegos de Invierno en 2029, según Nius. De invierno, sí. Y solo como antesala de unos Juegos Olímpicos. ¿Cómo lo harán? Según el digital, con “la creación de una enorme y modernísima ciudad en pleno desierto que tendrá un complejo turístico montañoso”, en el que con cantidades enormes de energía, esa que está tan cara porque escasea, generarán nieve, hielo y frío en el desierto.

Gana Disney, como siempre

Netflix, HBO y Amazon apostaron por el streaming y revolucionaron la forma de ver la tele… Y la partida la gana al final Disney, que ha sumado “221 millones de suscriptores por los 220 de su competidor”, en este caso, Netflix. No solo eso: la plataforma pionera sigue perdiendo suscriptores y busca atajar el uso de cuentas compartidas y la de la mayor empresa mundial del entretenimiento todavía está lejos de su techo. El paso de Disney de gran productora de películas tirando a moñas pero muy bien vendidas a gigante imbatible del entretenimiento es de los que merecen ser estudiados en las escuelas de negocios.

España… Y cualquiera

Si de pronto cambia el parque móvil no tendríamos electricidad con la que recargar todos los coches eléctricos. Pero parece que el reemplazo será paulatino y lento, sobre todo si las marcas siguen apostando por eléctricos de alta gama y desprecian a quienes dedicamos los recursos justos para nuestro vehículo. Un único modelo de 20.000 € destaca sobre el resto, que escalan desde los 36.000 hasta casi el infinito (hace años que hay deportivos de alta gama eléctricos), según leemos en Xataka, donde confirman que “el mercado del coche eléctrico se está llenando de coches caros. España prefiere uno de 20.000 euros”.

Nos quejábamos de Rajoy…

Nunca llegué a entender que Mariano Rajoy tirara del decreto ley con tanta alegría en la legislatura en la que disfrutó de su mayoría absoluta. ¿Era esa imagen del subterfugio mejor que la del rodillo? ¿No podían usar un poco la democracia y alcanzar acuerdos mínimos para ampliar el apoyo a sus leyes? Con este antecedente, no sorprende nada que el primer gobierno de coalición de España, el más progresista y mazo mogollón de molón, haya superado a casi todos sus predecesores y Pedro Sánchez haya firmado más de 120 decretos ley. Solo le queda superar a Aznar (127 en ocho años) y González (130, en 14).

Un país de funcionarios

No tengo nada en contra del funcionariado. Pero sí en contra de las desigualdades. Y no quiero que nadie empeore sus condiciones laborales, lo que quiero es que todas y todos mejoremos las nuestras sin que importe tanto el tipo de trabajador que seas. “La masa salarial del sector público crece tres veces más que la del privado” es un titular (en Vozpópuli) bastante significativo. Al respecto, “la reforma laboral ha mejorado la contratación indefinida pero no las retribuciones”, más allá del SMI (que sé lo importante que es). Con todo, no creo que una Euskadi o una España de dos velocidades convenga a nadie.

La realidad es esta

Hace solo unas jornadas traíamos a esta columna las conclusiones de las y los trabajadores que habían participado en el mayor experimento para aplicar la jornada de cuatro días. La opinión generalizada era de éxito personal. Ahora falta comprobar que la productividad de las empresas no ha empeorado y ver si las dos partes deciden continuar con este formato de 4+3. En España, “si no mejora la productividad, la semana de cuatro días es inviable” (Pymes y Autónomos). “España está varios puntos por debajo de la media europea en cuanto a productividad”. Como bien recuerdan, además, “esto las que están legalmente registradas”.

Pero falta gente

Esto no podemos dejar de repetírnoslo: falta gente y va a faltar cada vez más. En Magnet lo explican muy bien: “La escasez de trabajadores no sólo es una cuestión de talento, sino también demográfica. Y va a ir a peor”. No estamos hablando de Euskadi o España, si no de todos los países occidentales: parece que ahora faltan trabajadores con la cualificación necesaria, pero lo que va a faltar porque no nacen suficientes personas son, simplemente, trabajadoras y trabajadores. Así que todos esos discursos xenófobos son propios de personas poco inteligentes pero por partida doble: por lo humano y por lo práctico.

Un mundo para millonarios

Este mundo, con esta economía virtual que beneficia al más espabilado, está preparado, cada vez más, para quien más tiene. En vacaciones como las actuales, en las que no nos privamos de casi nada, podemos pensar que somos nosotros los afortunados, los que pueden. Pero es solo una ilusión: el planeta se rinde ante quienes pueden pagarlo todo. “El precio de viajar unos minutos al espacio con Blue Origin es de 1,25 millones de dólares”, leo en Microsiervos y pienso que no solo es una cuestión de dinero: lo que contaminarán los clientes de Blue Origin en cada viaje tampoco podemos permitírnoslo los demás.

No lo olvidemos, tampoco en vacaciones

Tengo cuarenta y pocos y mucha, mucha gente de mi entorno, con trabajos muy diferentes entre sí, e hijas e hijos pequeños, toma una pastilla para la tensión. Es uno de los males de nuestros días pero el peor, sin duda, es lo poco que nos tomamos en serio nuestra salud mental: el estrés (no solo laboral) nos está machacando. Somos una generación que intenta llegar a todo, también a la diversión y el asueto, que no se permite un segundo de respiro y que minimiza las consecuencias de la ansiedad y el poder sentirse cansado o, simplemente, mal. La mayoría está de vacaciones, sí. La mayoría también sabe de lo que hablo, estoy seguro.

Lo peor de nosotros

Nunca he digerido demasiado bien esas imágenes de celebridades que viajan a África a tocar a niñas y niños con la piel más oscura, a poder ser en poblados, y a dejarse sacar fotos y grabar vídeos. Lo hizo Diana de Gales, lo hizo Sofia de Grecia, y lo hacen ahora las y los influencers, porque algunos modelos nunca han pasado de moda para el postureo mundial. María G. San Narciso ha hecho un buen repaso en El Periódico de España sobre esta tendencia que no envejece y que, de hecho, cada vez provoca más repelús. “Se hace un atractivo turístico de la pobreza, que acaba por ser un negocio”, redondea una de sus fuentes.

Y lo peor de la creatividad

Odio los linchamientos públicos que permiten las redes sociales. Alguna vez los he sufrido, incluso instigados por “compañeros” de esta nuestra sagrada profesión. Y cuando me ha tocado apreciarlos tan de cerca solo he visto podredumbre. Por eso me he apartado varios días de la polémica generada por el cartel del ministerio español de Igualdad y no pido ahora tampoco la cabeza de nadie aunque crea que la metedura de pata de la agencia ArteMapache es de las más difíciles de explicar y justificar que yo recuerdo. Tampoco me parecen suficientes la petición de disculpas, el hilo en Twitter y la aclaración sobre la facturación.

Queremos saber

No necesito saber ningún detalle de la agenda de la casa real española en Mallorca. Doy por hecho que están haciendo todas y todos (empezando por Froilán, a todas luces) lo que le sale del ciruelo. Yo lo que pido es transparencia en los costes: ¿cómo se paga el mantenimiento del palacio durante el año y cuánto cuesta? ¿Pasa toda la familia las vacaciones en la misma casa o están en otros inmuebles? ¿Quién los paga? ¿Quién paga los barcos, coches y demás que tienen a su disposición en la isla? ¿Cuánto cuesta? ¿Con quién cenan, tienen intereses de algún tipo sus “amistades”, son todas plenamente democráticas? Todo lo demás es chismorreo.

El deporte, preso de las redes

Uno de los síntomas de mi vejez es que no me gusta seguir en redes a equipos de fútbol, por mucho que me guste este deporte. Lo hago por militancia con el Club del que soy socio y poco más. No entiendo su modo de comunicar (y eso que los clubes vascos, salvo contadas excepciones, siguen siendo como la moda vasca: entre el chandalismo y la camisa de cuadros) ni esa ansiedad por repetir contenidos transformándolos en videojuegos. Pero es evidente, como explican en 2playbook, que esa es la tendencia: una comunicación constante (todo el día, todos los días) y desenfadada. Lo contrario a mi ritmo que roza la ancianidad.

Lo mismo que se jugó

Yolanda Díaz pasa de las elecciones municipales: su proyecto político se presentará a las Generales. Como todo el mundo sabe: ser vicepresidenta, ministra y diputada, mola mucho. Ser concejala en un pueblo pequeño es un acto heroico. Lo que me resulta sorprendente e incluso divertido, no voy a negarlo, es que en Podemos, precisamente, se quejen de que Díaz no adelante la puesta en marcha de ya famoso “paraguas”. Y me resultad divertido porque Podemos, en su día, hizo exactamente lo mismo: dejó a su suerte a grupos municipales a los que no iba a amparar con la marca Podemos para no desgastarla.

Una dimensión paralela

Jaime Peñafiel es una persona mayor y, por lo que hemos visto durante décadas, también es una persona a la que no le gusta que dejemos de hacerle caso. Pero también es el epítome de lo que fue y es hoy el juancarlismo: una corriente negacionista (de las primeras que vimos) capaz de creerse un racimo de mentiras para negar una realidad incómoda. “Si don Juan Carlos muere en el exilio, a Felipe le maldecirá la opinión pública”, asevera en Vozpópuli, donde le han rescatado para meterse, además, con Letizia Ortiz (allá él). Pero Peñafiel no es una excepción: es el ejemplo del cortesano que no quiere saber.

Sí, son todos iguales

La casa real española tiene un problema de reputación ganado por Juan Carlos I. Las nórdicas y las centroeuropeas parecen herméticas, lejanas, frías. Las de Oriente Próximo son voraces y poderosas. Y la británica parece una especie de entretenimiento un poco caro pero inocuo. Pero no lo es: “El príncipe Carlos aceptó una donación de 1,2 millones de la familia Bin Laden” (EPE) dos años después de la muerte de su miembro más conocido, por desgracia. Esa familia era rica y poderosa y que no tenía nada que ver con el terrorismo, y que la donación fue para causas benéficas. Pero las relaciones públicas nunca son fortuitas.

El mundo pierde color

Los coches, blancos. Y las cafeterías, grises. No es una sensación aislada ni una casualidad: un estudio realizado por el Museo de Ciencias británico (no todo lo de la Gran Bretaña va a ser malo) con más de 7.000 fotografías a objetos de su catálogo, muestra claramente cómo hemos ido perdiendo el gusto por lo colorido y nos hemos ido decantando por el blanco y negro. Y ponen un ejemplo muy claro: “Lo podemos ver en la evolución del teléfono. Los de los años 60, 70 y 80 cubrían una gama más amplia de colores. La mayoría de smartphones de hoy en día siguen el mismo esquema: negro o plateado” (Magnet).

Las noticias que necesitamos

De la vida prepandémica solo nos separan las mascarillas en el transporte público y los centros de salud, y las cifras de contagios y fallecimientos que, de vez en cuando, llaman nuestra atención en los medios. Por lo demás, no seamos hipócritas, vivimos y turisteamos sin pensar en el virus. No voy a hacer de Pepito Grillo, siempre he odiado ese papel. Pero sí reconoceré que estas son las noticias que quiero leer: “Este otoño esperamos mejoras en las vacunas que pueden ser clave para la evolución de la pandemia”, afirma Luis Enjuanes, director del laboratorio de coronavirus del CSIC, a El Independiente.

En Euskadi lo sabemos

La conflictividad sindical, la constante insistencia de la oposición parlamentaria por destruir en vez de por construir, y la carrera de Bildu en Congreso y Senado por convertirse en aquello que siempre han odiado, están logrando que volvamos a una época afortunadamente pasada: cada vez cuesta más encontrar una buena noticia sobre Euskadi, tanto en Euskadi como fuera de Euskadi. Pero de vez en cuando siguen apareciendo, como la pieza en El Periódico de España sobre Gizonduz, el plan del Gobierno Vasco para implicar a los hombres contra el machismo, que ha merecido un reportaje en el periódico de Prensa Ibérica.

En las antípodas

En el otro rincón del cuadrilátero encontramos a EE.UU., por lo menos a esa parte que está convirtiendo el cristianismo en una especie de religión extremista, y que ha dado a pie a decisiones como la de la ilegalización del aborto, y ha permitido emerger a personajes como Lauren Boebert, una congresista republicana, activista a favor de las armas y que, según The Whasington Post, que dice estar cansada de la separación de poderes entre Estado e Iglesia. Boebert asegura que es la Iglesias la que tiene que dirigir al Estado, y no el Estado a la Iglesia. Parece loco, pero este también es el debate. Estamos todas y todos en peligro.

Dejemos de perder tiempo y dinero

Las millonadas que se han movido con las criptomonedas resultan inexplicables, y algunas caras de pardillos son los poemas que debemos recitarnos para no ir a peor ahora que los “mineros” venden sus equipos porque mantenerlos cuesta más que las monedas virtuales. David García-Asenjo lo resumía muy bien en Twitter: “Una forma de especulación que ha derrochado energía, ha encarecido el precio de componentes electrónicos y ha ocasionado problemas de suministro durante años para que todo eso se haya desvanecido como el humo. Una hoguera para quemar dinero que a muchos les parecía estupenda”.

Y tengamos más debates honestos

En plena crisis de suministros el mundo avanza hacia una nueva trampa al solitario: el coche eléctrico no es la solución a ningún mal. ¿Estamos seguros que con la producción de energía eléctrica actual podemos cambiar todo el parque móvil? ¿O se trata de que haya menos coches porque estos se convertirán en inaccesibles (“Comprar un coche en 2035 podría ser inaccesible para millones de españoles”, según Vozpópuli)? ¿Dejaremos de consumir combustibles o estos se usarán para generar más energía? ¿Será el uranio el nuevo petróleo y los países productores los nuevos emiratos? ¿Por qué nos ocultan la verdad como a niños?

Siempre quedará Alemania. O no

“Una semana de 42 horas sin duda sería más fácil de implementar que una introducción general de pensiones de jubilación a los 70”, esta es la disyuntiva que planteaba recientemente el presidente de la Federación de Industrias Alemanas, Siegfried Russwurm, según Magnet. Los partidos de izquierdas, evidentemente, se han manifestado en contra del falso dilema. Su problema no son las pensiones, sino los 1,7 millones de puestos de trabajo que están sin cubrir. Pero, ojo, porque “Alemania es un país que lleva 25 años haciendo crecer la parcialidad de los empleos”, y este hecho también explica la espectacular cifra.