Otegi, tan lejos

La de estos días no es la primera muestra que ha dado Arnaldo Otegi de estar encerrado en una burbuja política, extremadamente aislado del resto de Euskadi. Que te hagan sentir el Mandela vasco puede estar bien, que te des cuenta de que es ridículo es incómodo, lo sé, pero necesario para alguien que se dedica a representarnos: primero fue su artículo de opinión sobre la violencia juvenil no política, y ahora su disposición a hablar con quien se sienta humillado por los “ongi etorris”. Ya hemos hablado (otra cosa es que se haya enterado) y por eso nos quedamos perplejos antes de indignarnos por esos actos.

El riesgo de romantizar el pasado

El fenómeno editorial de Ana Iris Simón ha empujado a su autora a pisar todos los charcos en los que ve algo de romantización de la España de su madre y su padre. El debate que se enciende después del tuit de turno de Simón parece que ha resultado atractivo a otros usuarios de la red como Javier Villamor, que en un breve hilo habla de una España de los 80 en paz (con muertos de ETA a diario), seguridad (con jeringuillas en los suelos de los parques) y futuro (vivimos crisis gravísimas y la mía fue la primera generación azotada por la inestabilidad, como bien recuerda Simón). Un hilo muy contestado en Twitter.

¿Por qué lo ha hecho?

¿Por qué Otegi sugiere una justificación (vía singularidad) de la violencia callejera política del pasado? ¿Por qué Simón descontextualiza ese pasado que idealiza? ¿Por qué Villamor se mete en ese berenjenal tuitero? Margaret Castor concluía que el último “es un nazi de mierda” por su clara vinculación a Hazte Oír. La extrema derecha “olvida” el terrorismo, a los yonkis y las crisis económicas que lapidaron la industria para que parezca que ahora estamos peor que nunca (las declaraciones del lunes de Abascal iban en ese sentido, precisamente), y demuestra que no les importan nada las víctimas de todo aquello.

Más peguntas que respuestas

Es bueno tener siempre más preguntas que respuestas, pero oír alguna explicación da satisfacción, la verdad. La salida de EE.UU. de Afganistán, por ejemplo nos genera muchas dudas: ¿por qué Biden siguió adelante con el plan y la fecha de Trump? ¿Por qué lo decidieron si sabían que el gobierno afgano que dejaban (junto a unas fuerzas supuestamente formadas y armadas) duraría como mucho tres meses frente a los talibanes? Y ahora, las más difíciles: ¿qué preferimos como ciudadanía: la ocupación estadounidense o la autogestión talibán? ¿Aprobaríamos dedicar recursos a un ejército europeo para no depender del americano?

Por tontos, no

Había decidido pasar de los estudios en un internado de Gales de una de las hijas de los reyes de España. Sinceramente, hasta que he leído la pieza de Patricia Pereda no sabía ni cuál de las dos era porque me daba igual, pero que la prensa cortesana me tome por idiota (a mí y a cualquiera) me importa: “Una ‘compañera’ de la princesa: ‘Va a recibir la misma educación que yo, una niña de un pueblo gallego y de clase trabajadora’”, leo con asombro en Nuis Diario, donde Pereda ha entrevistado a Sara Parcero, una gallega que recibió una beca para estudiar donde Leonor. Pues muy bien por Sara, pero muy mal por quien quiere tomarme el pelo.

Ridículo y terrible

Los vídeos de los talibanes montados en autos de choque o jugando con las máquinas del gimnasio del palacio presidencial son bien descritos por el periodista Vicente Ruiz: “Sería cómico si no fuera tan dramático. Parecen escenas de Borat”. En efecto, son imágenes ridículas y terribles: esas personas que viven para la imposición de sus ideas pasan un rato toqueteando lo que van a destruir: el progreso, aunque sea en su expresión más trivial. Pero también van a destruir lo que más importa: la limitada libertad de un pueblo que, según su pirámide poblacional, mayoritariamente desconoce lo que es vivir bajo el yugo talibán.

Pero también pasajero

Juan Soto Ivars también clava su tuit: “La conmoción que provoca Afganistán puede ser sincera, pero es pasajera. La sumisión, la tortura y el terror en Afganistán no lo van a ser. La cultura de la conmoción consiste en espeluznarse a corto plazo y de forma anárquica por horrores que no acaban cuando pasamos a otra cosa”. En este momento que nos ha tocado observar, en el que las noticias se devoran a sí mismas y vivimos con una intensidad impostada cada drama, tuiteando desde nuestro sofá o nuestro puesto de trabajo, el interés por Afganistán pasará, como pasó el de Siria o Palestina. Pero los talibanes seguirán allí.

Lo que no debemos olvidar

Dejaremos de ver los rostros de las y los afganos, sobre todos, los de ellas: periódicos, teles, radios y Twitter se ocuparán de otros asuntos, de otra foto provocadora de C. Tangana o de una hambruna en el continente africano que, de pronto, centra nuestro interés. Pero mientras todo eso pase tenemos que ser muy conscientes de cómo funciona el mundo: “Lo único que se me ocurre decir sobre lo de Afganistán es qué vergüenza damos. Qué mentirosos son todos y qué gratis les salen a todos sus mentiras”, tuiteaba Diego E. Barros, señalándonos como sociedad y, sobre todo, a esos dirigentes que se contradicen sin ruborizarse.

Sus madres y padres no lo harán

Los talibanes no solo se van a quedar con los autos de choque, las máquinas de los gimnasios, los cines, las cometas y los derechos humanos de mujeres y niñas, también van a coleccionar armas de todo tipo que aprenderán a manejar (ese progreso sí les interesa). Miles de militares de varios países han pasado por Afganistán estos años armando a unas fuerzas autónomas que no han sabido oponer resistencia. Por el camino, afganos y visitantes perdieron su vida. ¿Por qué? ¿Para qué? Eso se pregunta el Daily Mail en una de las portadas más duras de la semana, con la foto de uno de los entierros de militares británicos muertos en Afganistán.

Las élites

En estos 20 años la población afgana se ha rejuvenecido, la mayoría solo conoce esa convivencia con militares de otros países. Y en estos 20 años también se ha desarrollado una élite, sobre todo política, que ha huido ante el avance talibán. Una élite que ha vivido hasta el último minuto con todas las comodidades occidentales, y no hablo solo de los autos de choque o el gimnasio: el “entrepreneur” Sultan Ghani subía a Instagram una foto de sí mismo acercándose a un jet privado con cierta parsimonia para abandonar Afganistán al principio del acercamiento talibán. La gilipollez, como todos sabíamos, es universal.