Villarejo, para todo

José Manuel Villarejo ha logrado tanta información, simplemente, porque era el policía de referencia del PP para absolutamente todos los chanchullos, porque el PP tenía muchos chanchullos y porque Villarejo grabó todas las conversaciones, dejando en muy mal lugar a quienes confiaron en él. Al expolicía su propio crédito a estas alturas le da igual, claramente. “Aguirre pidió ayuda a Villarejo para que se archivara la causa por aparcar mal en la Gran Vía”, leemos en República.com, que cita a El País. El titular de República.com evidencia cómo en el partido de Núñez Feijóo e Iturgaiz están acostumbrados a la impunidad.

Más gasto

Doy por hecho que el regreso de Juan Carlos I me va a costar dinero, directamente. Y eso que estamos hablando de una persona que ha generado una fortuna millonaria de forma ilícita e inmoral, pero debidamente prescrita. Pues bien, “Más protección para el Emérito en Sanxenxo: Interior envía a Pontevedra un rifle antidrones. La Guardia Civil dota al equipo PEGASO de la provincia de un material capaz de derribar aviones no tripulados. También envía un tercer dron de vigilancia”, leemos en Vozpópuli. Pues nada, para que un señor rico venga de los Emiratos Árabes Unidos a visitar a sus amigos ricos, tenemos que poner bote.

Y menos ingresos

No solo el regreso a España de Juan Carlos I nos va a costar dinero, es que además somos menos para pagar esa exclusiva fiesta: “Las grandes eléctricas pagaron un 20% menos de impuestos durante el primer trimestre de 2022. Endesa e Iberdrola aprovechan las exenciones fiscales para tributar menos durante el primer trimestre del año”. Pues nada, oye. ¿Qué dirían los de Podemos ante este titular de El Independiente? Mantras como “que pague más quien más tiene” está muy bien, pero a la hora de hacerlo realidad observamos que seguimos siendo los de siempre, quienes no nos beneficiamos de exenciones, los que apoquinamos.

Nos tangó un puto hortera

Precisamente con dinero público Alberto Luceño pudo comprarse la flota de coches de lujo que posee. Varios de ellos, según Nius, “acumulan polvo en el garaje de Pozuelo”, en la vivienda con tres plazas de aparcamiento que también adquirió con esos cinco millones de comisión por mascarillas y guantes al ayuntamiento de Madrid. Ferrari, Aston Martin, McLaren, Porsche, Mercedes, BMW, KTM y Range Rover son las marchas de los vehículos que compró y vendió con alegría porque tenía dinero. Coches que no conduce, que no admira, que no necesita, que compró porque es un hortera al que le llovió el dinero del cielo.

El desastre de la autarquía

Como a muchas otras personas, Corea del Norte es un país que me fascina y me horroriza al mismo tiempo: ¿cómo millones de personas viven bajo un engaño tan grande perpetrado por un personaje que parece sacado de “Humor Amarillo”? La pregunta genérica encierra realidades terroríficas, pero ahora hay una pregunta más concreta que guarda una realidad estremecedora: ¿cómo de grave será la situación generada por la pandemia del coronavirus para que un gobierno tan opaco admita que lo que les está sucediendo es “un desastre”? ¿Hasta cuándo aguantará por mantener su mentira sin ayuda del exterior?

Pero, ¿quién se cree esto?

Ni Internet nos garantiza el acceso al conocimiento, ni alcanzar ese acceso hace que nos caduque el carné de brutos, ni pasar una pandemia nos ha espabilado, ni ver la guerra tan cerca nos vuelve más pragmáticos: quien cree a Vladímir Putin (“Rusia realizó un ataque preventivo en Ucrania porque Occidente se estaba preparando para invadirnos”, en República.com) no se diferencia en nada de un terraplanista o un antivacunas: solo forma parte de ese grupo ruidoso (mucho más que numeroso) de personas que, simplemente, están dispuestas a creerse lo que sea para presumir de espíritu crítico o estar libres de culpa.

El crédito lo perdemos nosotros

Por lo visto en el párrafo anterior y en los últimos 15 años de Internet, no está la actualidad ni la audiencia para que Europa, precisamente en la jornada en la que celebra su día, pierda crédito: “La UE no logra un acuerdo para prohibir las importaciones de petróleo ruso” (Nius). Hungría, Eslovaquia y República Checa aseguran que no pueden cerrar el grifo. En el caso del primer país, y después de lo que hemos escuchado a Orbán, yo no tengo claro si no puede o no quiere, pero la búsqueda de la unidad nos debilita. Simplemente, si esta no es posible pero el asunto es urgente e importante, ¿no debería alguien forzar las normas?

Absuelto. Y punto

Cuando vero a Íñigo Errejón en la tribuna del Congreso o leo y escucho sus respuestas en alguna entrevista, puedo relacionarlo con un par de adjetivos, pero nunca con el de violento. Así que, sí, me costó mucho creerme que el de Más País había arreado una patada a un pobre hombre que le había pedido sacarse un selfie con él. La absolución por falta de pruebas es, por lo tanto, una noticia esperada, pero no por ello hay que dejar de difundirla: los malos ya se han preocupado de relacionar su nombre con el de una agresión y un juicio al que, y esto es para mí lo más alucinante, se llegó sin prueba alguna, por lo que sabemos hoy.

Qué ridículo

El relato en Público sobre cómo Podemos se ha quedado legalmente fuera de una coalición de izquierdas con IU para las elecciones andaluzas es vergonzante: tactismo y comportamientos bastante infantiles sirven para dibujar a un partido que siempre pretende salirse con la suya y al que no le importa pinchar el balón si no puede elegir equipo, ser el capitán, el portero, el delantero y el que tire los penaltis. En Podemos confían tanto en su propio arte para malmeter que no se dan cuenta de que nadie está libre de empezar por Juego de Tronos y terminar en Aterriza Como Puedas. O Entre Pillos Anda El Juego.

Otra desgracia

Luis Enrique Ramírez Ramos es el nombre del último periodista, por lo menos a la hora a la que escribo estas líneas, asesinado en México por ser periodista. A sus 59 años ha perdido la vida en Sinaloa por escribir columnas en un medio que se llamaba El Debate. Una desgracia incuestionable que merece una respuesta contundente de la prensa internacional y del propio gobierno mexicano, últimamente demasiado tibio ante este exterminio ideológico: les matan por pensar y por hablar en alto, les matan porque un periodista que sepa contar lo que ve siempre es peligroso. Les matan y no podemos permitirlo.

No vivo para trabajar

Hoy que muchas y muchos volvemos al trabajo y afrontamos otra semana de tareas que siempre se acumulan, es un buen día para recordar esto que escribió Jordi Martí el pasado 1 de mayo: “Mi vida empieza al acabar mi trabajo. Y solo tengo una, así que debo aprovecharla al máximo posible”. Este profesor valenciano recordaba en su blog que el trabajo es solo eso, que llega un momento en el que tienes que tener claras tus prioridades, y que si detraes tiempo a tu familia ya puede ser a cambio de dinero que te permita disfrutar cuando vuelvas a descansar. Es un pensamiento tan básico y sencillo que lo olvidamos.

La gran dimisión

Recuerdo perfectamente cómo, hace unos meses, leía columnas y posts sobre “la gran dimisión”: el movimiento que había surgido en EE.UU. con de la pandemia por el que la ciudadanía, después de probar a quedarse en casa, aunque fuera por un confinamiento forzado, decidía no regresar a sus puestos de trabajo. No lo hacían porque estos eran una mierda y habían descubierto que no les compensaban. Ahora asistimos a la llegada de un fenómeno parecido a España y, por contagio, a Euskadi: algunos tipos de vacantes han dejado de cubrirse porque las malas condiciones se han generalizado.

Derechos laborales básicos

“La hostelería no encuentra camareros para hacer frente a la recuperación del turismo” (Nius). Y no lo hace porque los “trabajadores del sector han optado por sectores con menos restricciones como el comercio y la logística” y “por las condiciones laborales del sector”. Y estas nos las conocemos todos: horarios imposibles, sueldos bajos y falta de estabilidad. Es decir: faltan derechos laborales básicos que las y los empleados exigen. Por lo menos, ya han conquistado uno (o así debería de ser): el de ser tratado con el necesario respeto porque ya no hay una cola de gente esperando para coger la bandeja.

Si me voy, que pongan un robot

No planteo nada loco en esta columna, no me he vuelto un sindicalista, no he empezado a gritar “sí se puede” sin pensar antes si realmente puedo hacer yo algo para sentirme más a gusto con cómo me gano la vida (es decir, lo que empieza cuando termina mi horario laboral). Solo hablo en estos párrafos del mínimo exigible en un empleo. Y si ese mínimo no es satisfactorio ni con lo que he puesto de mi parte, no pasa nada: yo buscaré mi satisfacción en otro lado… Y siempre podrán poner un robot en mi puesto: “Las cadenas de comida rápida no encuentran trabajadores humanos. Así que los están sustituyendo con robots” (Nius). O no.

Nuevos empleos, viejos problemas

El texto de Analía Plaza en El Periódico de España sobre los editores de los vídeos de los youtubers ha dado mucho que hablar, también entre quienes emiten ahora en Twitch mientras se jactan de no leer webs de noticias. Plaza explica cómo las grandes estrellas de Internet cuentan con chavales que cortan sus largas intervenciones para hacerlas más atractivas en otras redes sociales. Eso hacen los editores, en muchos casos, por menos de un euro la pieza. Unos precios exageradamente baratos que han provocado el inicio de una actividad sindical y la subsiguiente indignación de la patronal. Nada nuevo bajo el sol.

En el día de la Libertad de Prensa

Ayer celebramos, o algo así, el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Y lo hicimos en Euskadi con un periodista, Pablo González, detenido en Polonia cuando se dirigía a Ucrania a hacer su trabajo: informar. Un periodista al que acusan de espionaje sin que conozcamos pruebas. Por no saber, no sabemos ni de qué se le acusa exactamente. Un periodista que apenas ha podido ponerse en contacto con su familia o su abogado. Un profesional que lleva años cubriendo conflictos y contándolo en los medios que han creído en su trabajo y su forma de narrar lo que sucede. No hay ni habrá libertad de prensa con periodistas detenidos por serlo.

Hitler tenía sangre judía, según Rusia

Gracias a que hay periodistas, precisamente, y por discutida que haya sido la entrevista a Lavrov en Italia, hemos sabido que “el ministro de exteriores ruso aseguró que Hitler tenía ‘sangre judía’ para equipararlo con Zelenski” (Nius). Es cierto que en tiempos de guerra todo vale, pero no todo tiene que funcionar al intoxicador. Sergei Lavrov está en su derecho de decir chorradas, de provocar y de intentar justificar una invasión injustificable en todo punto. Y nosotros estamos en nuestro derecho de señalar el exceso, a quien lo pronuncia y a también a quien se atreva a jalearlo y amplificarlo.

“Hasta ahora” eran “secretos”

La del espionaje a políticos vascos, catalanes y, ahora también, españoles, no es una buena película. Es una peli de espías, sí, pero una “españolada” de las que contribuyeron a crear y utilizar el adjetivo. La afectación de Rufián, Aragonés o Inarritu me sobran, como cualquier postura engolada que, cosas de hacerse viejo, cada vez soporto menos. Y el momento elegido por Moncloa para anunciar que Pegasus también es el software con el que habrían espiado desde fuera de España a Sánchez o Robles, simplemente, es lo que parece: una pantomima. Igual que lo es la justificación de por qué lo han hecho público esta semana.

Entonces, ¿para qué lo dices?

Si el gobierno español no quiere que conjeturemos sobre quién ha podido espiar desde fuera al presidente del gobierno y varias ministras, que no cuente que han sido espiados pero que no conocen por encargo de quién. Y si lo hacen, por supuesto, podemos elucubrar hasta acabar pensando que cualquiera con dinero habrá podido hacerlo, también desde España. ¿Por qué no? La explicación más lógica que he leído ha sido un hilo en Twitter en el que el autor señalaba a Marruecos, pero, ¿quién sabe? Y además: ¿qué más da? Lo que más importa, sin duda, es quién mando espiar desde el gobierno español a políticos fuera de él.

No hay suscriptores para seguir creciendo

Es evidente que todo lo que sube baja. Y es lógico que las curvas de crecimiento no se sostengan siempre. Era perfectamente esperable que Netflix o Spotify, simplemente, dejaran de sumar personas suscriptoras en algún momento para empezar a perderlas. Pero en este mundo dominado por una economía virtual voraz, el funcionamiento normal puede convertirse un severo castigo. Y la pérdida de valor, que nadie lo olvide, afecta más a quienes tienen metidos ahorros en acciones llamados por la burbuja tech pero con muchos menos recursos que otros (los que nunca pierden) para mover su dinero.

La guerra sigue

La guerra sigue en Ucrania. La muerte, el sufrimiento, continúan servidos por Rusia, que no se ha retirado del país que decidió invadir por el morro. Las fotos de las grandes agencias siguen llegando, las crónicas de las y los periodistas que se juegan el pellejo siguen difundiéndose, con menos atención por nuestra parte cada día que pasa. Ya ni nos sorprende que la visita del secretario general de Naciones Unidas a Kiev haya sido saludada por Putin con dos misilazos sobre la ciudad cuyo asedio, en teoría, ya cesó. La ciudadanía de Ucrania, masacrada y desplazada a millones, sigue malviviendo mientras nosotros seguimos con nuestras vidas.

Y lo que nos queda

Zelenski sigue siendo el presidente de un país invadido y su día a día consiste en intentar sobrevivir, en visitar zonas arrasadas, asoladas por la violencia, y en prepararse y preparar a su país para una guerra larga y una invasión sin fin: “Hay que pensar en cómo hacer más insoportable a Rusia la ocupación”. Este titular en República.com vale para estas semanas, pero también para los años de infinito drama que vendrán. La resistencia ucraniana ya ha demostrado de qué es capaz, y el Kremlin tendrá que prepararse para seguir enviando soldados a las zonas conquistadas a fuego mientras devuelve féretros a sus familias.

¿Pueden defenderse?

Ha caído la atención que le dedicamos a la invasión rusa sobre Ucrania pero quienes no han dejado de manifestarse son las y los equidistantes, quienes señalan a la OTAN como culpable de que Vladímir Putin haya ordenado ocupar militarmente un país y quienes insisten en que enviar armas a Ucrania e instar a su ciudadanía a que se defienda es un error. Pero ya no son solo lanzagranadas, chalecos antibalas y drones con explosivo lo que piden para las líneas de defensa: “Envían píldoras del ‘día después’ a Ucrania ante el aumento de denuncias de violaciones” (Nius). ¿Qué es mejor, una píldora del día después o un fusil?

Pues esto sí es muy comunista

Hablan más de la invasión de Rusia sobre Ucrania quienes creen equivocadamente que tiene algo que ver con el pasado socialista del país que quienes nos sorprendemos de que la OTAN haya reverdecido laureles en 2022 por culpa de Putin, que ha “dopado” a las y los candidatos de extrema derecha del mundo, Trump, incluido. Sin embargo, Rusia sí mantiene algunas tradiciones muy comunistas, como la homofobia (quien dude de esto hable con alguna persona homosexual en Cuba): “Tribunal de Moscú multa a TikTok con dos millones de rublos por promover la homosexualidad entre menores”, traducía Ricardo Maquina en Twitter.

Cada vez somos menos

La autocracia de Putin no es ningún accidente, que nadie se sorprenda: “Cada vez menos porcentaje de la población global vive en una democracia”. ¿Cómo es esto posible? Evidentemente, que el gobierno de India haya dejado de ser calificado como demócrata hace variar los datos, pero la respuesta que sobrevuela en Magnet tiene mucho que ver con quienes sí elegimos a nuestras y nuestros representantes: el modelo liberal y consumista ha empoderado a dictaduras proveedoras de materias primas al resto del mundo, y nos ha hecho dependientes de sus suministros para satisfacer nuestras demandas.