Santiago del Chile y alrededores: El final del viaje.

Todavía nos quedan cuatro noches por delante, pero cuando tomamos el vuelo de Isla de Pascua a Santiago de Chile, parece que el viaje a concluido, máxime después de los lugares de los que hemos disfrutado en la argentina región de Cuyo y en Rapa Nui. Al día siguiente a nuestra llegada pedimos un Uber (más barato que el metro) y nos trasladamos al mercado central, declarado monumento histórico en 1984. Hoy se ha convertido principalmente en un centro con bares y restaurantes, aunque cuenta también con varios puestos de pescado y uno de frutas y verduras. El mercado principal está en otro lugar. Casi enfrente tenemos la vieja estación de Mapucho, a la que llegó el tren de Mendoza entre 1912 y 1987. Desde 1994 es un centro cultural, en cuyo vestíbulo hay una interesante exposición de imágenes de un concurso fotográfico. En el interior hay una feria de deportes de montaña, que no nos da tiempo a visitar.

Por un animado paseo peatonal nos dirigimos al lugar más interesante de la capital, la plaza de Armas, a la que se asoman notables edificios, como el de Correos, la Catedral metropolitana, finalizada en 1775, y la contigua Iglesia del Sagrario. También podemos contemplar a un mimo, puestos de venta de cuadros, la estatua de Pedro de Valdivia y el monumento a la libertad americana, dedicado a Simón Bolívar. Todas las fotos de esta ciudad están sacadas con el móvil, pues varias personas me han recomendado que, por seguridad, no lleve la cámara de fotos. Luego me he arrepentido, pues en ningún lugar he tenido sensación de inseguridad aunque, eso sí, en la plaza de Armas la presencia policial era elevada.

Hemos tenido que comer pronto, en el popular y excelente parrilla El Novillero, pues a las tres de la tarde teníamos concertada la visita al Palacio de la Moneda, sede de la presidencia de la República de Chile y de varios ministerios. Durante el golpe de Estado de 1973, el edificio que era defendido por Allende y algunos de sus partidarios, fue bombardeado por cañones del ejército de Chile y cohetes lanzados desde dos aviones. Aquí falleció Salvador Allende el 11 de septiembre de ese año. Como estaba el presidente trabajando, aunque pudimos estar a unas escaleras de su despacho, no pudimos visitar algunas dependencias. Quién nos iba a decir que el 17 de octubre íbamos a ser los últimos turistas en poder acceder al palacio, pues al día siguiente comenzaron los graves incidentes en la capital, que luego se extendieron a otros muchos lugares del país.

Tras la visita seguimos recorriendo la ciudad en busca de una cafetería que no estuviera en zona peatonal y tuviera wifi, para poder pedir un Uber. Cuando conseguimos contactar, no nos quisieron llevar porque había mucho tráfico, así que cogimos un taxi en la calle para dirigirnos al funicular que sube al cerro San Cristóbal, sobre el que se alza el santuario de la Inmaculada Concepción, que se eleva casi 300 metros sobre la ciudad. Las vistas no resultan hermosas, destacando el rascacielos Torre Costanera. Mucho más interesante nos pareció la calle Pío Nono, situada junto a la base del funicular en el barrio Bellavista, una zona de ambiente llena de pequeños bares y pinturas murales, en la que nos detuvimos a tomar un buen vino chileno. Lástima que en los días posteriores no pudimos llegar a este lugar, dado que teníamos que cruzar las plazas Italia y Baquedano, el epicentro de las protestas que comenzaron al día siguiente.

18 de octubre. Para este día habíamos contratado con Tour Chile una excursión al Cajón de Maipú y la laguna del Yeso, que la siguen vendiendo pese a saber que lleva cerrada desde principios de junio, debido al mortal accidente que costó la vida a dos niñas brasileñas. Como es una zona de constantes desprendimientos, no tienen previsto volver a abrir el sendero. Tres días antes nos ofrecen otra excursión al mismo precio, pese a que cuesta más del doble. Hasta las 10 de la noche de la víspera no nos informan de que pasarán a recogernos a las 06:30 h, así que toca madrugar. La primera visita la realizamos al mirador interpretativo de la batalla de Chacabuco, que tuvo lugar en este lugar el 12 de febrero de 1817 y fue crucial para la independencia de Chile. Fue construido en 2017, con motivo del bicentenario, aunque desde 1971 existía el gran monumento de 20 metros de altura.

Nos volvemos a detener en la ruta para contemplar de nuevo, pero muy de lejos, el Aconcagua, para luego seguir por la carretera de las 29 curvas en zigzag hasta los 3200 metros de altitud en los que se sitúa el Paso de los Libertadores, frontera con Argentina. Los paisajes de montaña son extraordinarios. Poco antes de llegar nos desviamos a la estación de esquí de Portillo, ubicada a unos 2800 metros de altitud y una de las más famosas de Chile, a cuyos pies se encuentra la preciosa laguna del Inca, rodeada de montañas nevadas. Tuvimos la suerte de poder contemplar este espectáculo antes de que se levantara el viento y desaparecieran los reflejos en el agua. El viaje ha merecido la pena. Al regresar a Santiago, por la radio del minibús nos enteramos de que habían comenzado los disturbios en la capital y que tendríamos complicado llegar a la puerta del Hotel.

19 de octubre. Por Internet hemos contratado un tour a Valparaíso, una ciudad de la que nos habían hablado de la inseguridad. En buena hora lo hicimos, pues el conflicto se estaba extendiendo por todo el país. Además de esta forma viajamos mucho más cómodos y seguros, pudiendo acceder a la casa de Pablo Neruda y caminar por los cerros como el Concepción, al que accede el funicular más antiguo de la ciudad, que data de 1883. También subimos al cerro Artillería, donde se encuentra el Museo Marítimo. Sacamos muchísimas fotos a las escaleras y a las casas con su fachada pintada. Bajamos en un arcaico funicular y contemplamos otra joya de Valparaíso, los viejos trolebuses.

Debido a su riqueza arquitectónica desarrollada principalmente a finales del siglo XIX, en 2003 el centro histórico de Valparaíso fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si de algo disfrutamos fue contemplando y fotografiando el llamado Museo a cielo abierto, formado por infinidad de pinturas murales esparcidas por las calles que descienden del cerro. Tuvimos suerte de abandonar esta ciudad a mediodía, pues aquí los incidentes comenzaron a primeras horas de la tarde, llegando a destruir la estación principal del metro.

La siguiente visita fue a la conocida como “Ciudad Jardín”, Viña del Mar, principal y elitista centro estival de Chile, pero nos recordó a Benidorm. No pudimos acercarnos al centro histórico de la ciudad, pues en la plaza Italia ya estaba preparado el ejército para intervenir en caso de incidentes, así que nos conformamos con ver su emblema, el Reloj de las Flores y los exteriores del Museo Fonck, en el que hay un moai auténtico traído de Rapa Nui y la escultura La Defensa, de Auguste Rodin. Comimos junto a la playa de Reñaca, la más popular de la ciudad pese a estar prohibido el baño por las corrientes. En esta temporada estaba casi desierta, pues todavía hace frío. Salimos de Viña del Mar entre caceroladas de los manifestantes, pero peor fue la llegada a Santiago. Para llegar al hotel tuvimos que cruzar la zona de la plaza de Italia, con gran picor en ojos y nariz debido a los gases lacrimógenos.

Cuando salimos hacia Valparaíso el día 19 de octubre, pudimos ver los destrozos del día anterior, marquesinas de autobús destrozadas, semáforos, mobiliario urbano y autobuses quemados y restos de barricadas por todas partes. También destrozaron muchas estaciones de metro, incendiaron varios vagones y saquearon e incendiaron comercios. El transporte público fue completamente suspendido y también las clases escolares y universitarias, así como las competiciones deportivas. Todo comenzó el día anterior con unas protestas pacíficas, siendo el tema desencadenante la subida del precio del metro de 800 a 830 pesos. Aunque el gobierno enseguida rectificó los ánimos se calentaron al sacar a los militares (los milicos) a la calle, al mando del general Iturriaga, e instaurar el estado de excepción con toque de queda de 22:00 a 07:00 h, algo que no sucedía desde la época de Pinochet.

Pude que conversar con una pareja que salía de la barricada incendiada que teníamos a unos pasos del hotel, cuando faltaban menos de 10 minutos para el toque de queda. Me dijeron que lo del metro solo fue la gota que colmó el vaso, pues el gran problema es la gran desigualdad existente en el país, con el salario mínimo en 375 € cuando la vida es muy cara. Las pensiones, la electricidad, el agua, la sanidad y la educación están privatizadas. “Esto no va a parar hasta que el presidente Piñera dimita”, concluyeron. El 20 de octubre el toque de queda comenzaba a las 7 de la tarde, hora de salida de nuestro avión de regreso, así que a las 11 de la mañana nos trasladamos al aeropuerto, en el que 5.000 personas pasaron la noche, por cancelación y retraso de sus vuelos o por no poder salir del aeropuerto por el toque de queda. El de Madrid-Frankfurt y el de París, creo que fueron los únicos que salieron en hora. Así concluyó este viaje de 21 días.

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